Segunda parte



Descargar 0.56 Mb.
Página4/19
Fecha de conversión26.03.2018
Tamaño0.56 Mb.
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   19
urania (cultos puramente celestes) o "polar".
Distinta de la espiritualidad urania, existe otra que se refiere también al símbolo solar, pero en relación con el año (el "dios‑ año"), es decir con una ley de cambio, de ascenso y descenso, de muerte y renacimiento. El tema apolíneo u olímpico originario se encuentra entonces alterado por un momento que podríamos llamar "dionisíaco". Aparecen influencias propias de otro principio en otro culto, razas de otro linaje, en otra región. Se constata una interferencia diferenciadora.
Para determinarla tipológicamente, conviene considerar el punto que, en el símbolo del sol como "dios del año", es más significativo: el solsticio de invierno. Aquí un nuevo elemento interviene, adquiriendo una importancia cada vez más grande, a saber, que la luz parece difuminarse pero surge nuevamente como en virtud de un contacto con el principio original de su vida misma. Se trata de un símbolo que, o bien no figura en las tradiciones del tronco boreal puro, o bien figura solo a título completamente secundario, mientras que juega un rol preponderante en las civilizaciones y las razas del Sur donde adquiere a menudo un significado central y supremo. Son los símbolos femenino‑telúricos de la Madre (la mujer divina), la Tierra y las Aguas (o la Serpiente): tres expresiones características, en amplia medida equivalentes y frecuentemente asociadas (Madre‑Tierra, Aguas Generatrices, Serpiente de las Aguas, etc.). La relación que se establece entre los dos principios ‑Madre y Sol‑ es lo que da sentido a dos expresiones diferentes del simbolismo, una de las cuales conserva las huellas de la tradición "polar" nórdica, mientras que la otra conduce, por el contrario, a un ciclo nuevo, la edad de plata, una mezcla ‑que tiene ya el sentido de una degeneración‑ entre el Norte y el Sur.
Aquí donde el énfasis se pone sobre los solsticios, subsiste, en principio, un lazo con el simbolismo "polar" (eje norte‑sur) mientras que el simbolismo de los equinoccios se relaciona con la dirección longitudinal (oriente‑occidente), de forma que la preponderancia de uno o de otro de estos simbolismos en las diferentes civilizaciones permite frecuentemente, por sí mismo, determinar si hacen referencia, respectivamente, a la herencia hiperbórea o a la herencia atlante. En la tradición y la civilización atlante propiamente dichas, aparece sin embargo una forma mixta. La presencia del simbolismo solsticial testimonia la existencia de un elemento "polar", pero la preponderancia del tema del dios solar cambiante, al igual que la aparición y la importancia capital concedida a la figura de la Madre o a símbolos análogos, revelan, en el momento del solsticio, los efectos de otra influencia, de otros tipo de espiritualidad y de civilización.
Es por ello que, cuando el centro está constituido por el principio masculino‑solar concebido en tanto que vida que sube y baja, con un invierno y una primavera, una muerte y un renacimiento como los "dioses de la vegetación", mientras que lo idéntico, lo inmutable, está representado por la Madre Universal, por la Tierra, concebida como el principio eterno de toda vida, como matriz cósmica, sede y fuente inagotable de toda energía, estamos ya ante una civilización de la decadencia, en la segunda era, tradicionalmente situada bajo el signo acuoso o lunar. En todas partes, por el contrario, donde el sol continúa siendo concebido en su aspecto de pura luz, como una "virilidad incorpórea", sin historia y sin generación, donde, en línea con este significado "olímpico", la atención se concentra en la naturaleza luminosa celeste de las estrellas fijas, en tanto se muestran más independientes aun de esta ley de ascenso y decadencia que, en la concepción opuesta, afecta el sol mismo en tanto que dios‑año, subsiste entonces la espiritualidad más alta, más pura y original (ciclo de las civilizaciones uranias).
Tal es el esquema general, pero sin embargo fundamental. Se puede hablar, en un sentido universal, de Luz del Sur y de Luz del Norte y, en tanto que tal oposición pueda tener un significado relativamente preciso en lo que es temporal, remite, por lo demás, a épocas lejanas, pudiéndose hablar también de espiritualidad urania y de espiritualidad lunar, de "Artida" y de "Antártida".
Histórica y geográficamente, la Atlántida correspondería en realidad, no al Sur, sino a Occidente. Al Sur correspondería Lemuria, continente del que algunas poblaciones negras y australes pueden ser consideradas como últimos vestigios. Ya hemos realizado una rápida alusión a este respecto. Pero en tanto que seguimos esencialmente aquí la curva descendente de la civilización hiperbórea primordial, no consideraremos la Atlántida más que como una fase de este descenso y el Sur, en general, en función de la influencia que ha ejercido, en el curso del ciclo atlante (no solo en el curso de este ciclo, a menos de dar a la expresión "atlante" un sentido general y tipológico), sobre las razas de los orígenes y de civilización boreal, es decir en el marco de formas intermedias, al disponer del doble significado de una alteración de la herencia primordial y de una elevación a formas más puras de los temas ctónico‑demoníacos propios de las razas aborígenes meridionales. Es por ello que no hemos utilizado el término Sur, sino el de Luz del Sur y que emplearemos para el segundo ciclo, la expresión "espiritualidad lunar", al ser considerada la luna como un símbolo luminoso, pero no solar, parecido, de alguna manera, a una "tierra celeste", es decir a una tierra (Sur) purificada.
Es un hecho que los temas de la Madre o de la Mujer, del Agua y de la Tierra extrajeron su origen primeramente del Sur y se extendieron, a través del juego de interferencias e infiltraciones, en todos los vestigios y recuerdos "atlánticos" ulteriores, un hecho, decíamos, del cual numerosos elementos no permiten dudar y que explica que algunos hayan podido cometer el error de creer que el culto de la Madre era propio de la civilización nórdico‑atlante. Hay sin embargo alguna verosimilitud en la teoría según la cual existiría una relación entre la Môuru ‑una de las "creaciones" que sucedió, según el Avesta (4), a la sede ártica‑ y el ciclo "atlante", si se da a la Môuru el sentido de "Tierra Madre" (5). Algunos han creído ver, además, en la civilización prehistórica de la Madeleine (que es de origen Atlante), el centro originario desde donde se ha difundido en el Mediterráneo neolítico, sobre todo entre las razas camitas, hasta tiempos minoicos, una civilización donde la Diosa Madre jugó un papel preponderante, hasta el punto que ha podido decirse que en el alba de las civilizaciones la mujer irradió, gracias a la religión, "una luz tan viva que la figura masculina permaneció ignorada y en la sombra" (6). Según otros, encontraríamos en el ciclo ibérico‑cántabro, las características del misterio demetríaco‑lunar que predomina en la civilización pelasga prehelénica (7). Hay ciertamente en todo esto, una parte de verdad. Por lo demás, el nombre mismo de los Tuatha de Dannan del ciclo irlandés, la raza divina del Oeste de la que ya hemos hablado, significaría para algunos, "los pueblos de la diosa". Las leyendas, los recuerdos y las trasposiciones supra‑históricas que hacen de la isla occidental la residencia de una diosa, una reina o una sacerdotisa soberana, son en todo caso numerosas y, a este respecto muy significativas. Ya hemos tenido ocasión de facilitar, sobre este tema, cierto número de referencias. Según el mito, en el jardín occidental de Zeus, la custodia de los frutos de oro ‑que pueden ser considerados como la herencia tradicional de la primera edad y como un símbolo de los estados espirituales que le son propios‑ pasa, como se sabe a las mujeres ‑a las Hespérides‑ y más precisamente a las hijas de Atlas. Según ciertas leyendas gaélicas, el Avalon atlántico estaba gobernado por una virgen regia y la mujer que se apareció a Condla para llevarlo al "País de los Vivientes" declara, simbólicamente, que no encontró allí más que mujeres y niños (8). Según Hesiodo, la edad de plata estuvo caracterizada precisamente por una muy larga "infancia" bajo la tutela materna (9); es la misma idea, expresada através de idéntico simbolismo. El término mismo de edad de plata se refiere en general, a la luz lunar, a un época lunar matriarcal (10). En los mitos celtas en cuestión, se encuentra constantemente el tema de la mujer que inmortaliza al héroe en la isla occidental (11). A este tema corresponden la leyenda helénica de Calipso, hija de Atlas, reina de la misteriosa isla Ogygia, mujer divina que goza de la inmortalidad y hace participar de ella a aquel a quien elige (12); el tema de la "virgen que está sobre el trono de los mares", diosa de la sabiduría y guardiana de la vida, virgen que parece confundirse con la diosa‑madre Isthar (13); el mito nórdico relativo a Idhunn y a sus manzanas que renuevan y aseguran una vida eterna (14); la tradición extremo‑oriental relativa al "paraiso occidental", de la que ya hemos hablado, bajo su aspecto de "Tierra de la Mujer de Occidente" (15); finalmente, la tradición mejicana concerniente a la mujer divina, madre del gran Huitzlipochli, convertida en dueña de la tierra oceánica sagrada de Aztlan (16). Tales son los ecos, directos o indirectos, de la misma idea, recuerdos, símbolos y alegorías que conviene desmaterializar y universalizar en tanto hacen referencia a una espiritualidad "lunar", a un "reino" y a una participación en la vida caduca, trasladadas del signo solar y viril al signo "femenino" y lunar de la Mujer divina.
Pero hay más. Aunque se pueda evidentemente interpretar este género de mitos de diversas maneras, en la tradición hebraica relativa a la caida de los "hijos de los dioses", Ben Elohim ‑a la que corresponde, como se ha dicho, la tradición platónica concerniente a la degeneración, a través de la mezcla, de la raza divina atlántica primitiva‑ ocupa un lugar preponderante la "mujer", pues es a través suyo como se habría operado precisamente lo que se considera como una caida (17). Es muy significativo, a este respecto, que en el Libro de Enoch (XIX, 2) se diga que las mujeres, asociadas a la caida de los "hijos de los dioses" se convertían en Sirenas, pues las Sirenas son las hermanas de las Oceánidas, que la tragedia griega presenta en torno a Atlas. Podría verse también aquí una alusión a la naturaleza de esta transformación que condujo, de la espiritualidad original, a las formas de la edad de plata. Sería quizás posible extraer una conclusión análoga del mito helénico de Afrodita, diosa que, con sus variantes asiáticas, es característica de la composición meridional de las civilizaciones mediterráneas. Habría nacido en efecto, de las aguas, por la desvirilización del dios celeste primordial, Urano, que algunos asocian, con Cronos, sea a la edad de oro, sea a la región boreal. Igualmente, según la tradición más antigua del Edda, la aparición del elemento femenino ‑de "tres potentes niñas, hijas de gigantes" (18)‑ habría cerrado el ciclo de la edad de oro y dado origen a las primeras luchas entre las razas divinas (Asen y Wanen), luego entre gigantes y razas divinas, luchas que reflejan, como se verá, el espíritu de edades sucesivas. Una estrecha correspondencia se establece así entre la nueva manifestación del oráculo de la Madre, de Wala, en la residencia de los gigantes, el desencadenamiento de Loki y el "obscurecimiento de los dioses", el ragna‑rökr (19).
Por otra parte, ha existido siempre una relación entre el símbolo de la divinidad femenina y el de las aguas y las divinidades, incluso masculinas, de las Aguas (20). Según el relato platónico, la Atlántida estaba consagrada a Poseidón, dios de las aguas marinas. En algunas representaciones iranias, es un dios acuático quien toma el relevo de Cronos, rey de la edad de oro, lo que expresa evidentemente el tránsito al ciclo del Poseidón atlante. Esta interpretación se encuentra confirmada al estar representada la sucesión de las cuatro edades mediante la preponderancia sucesiva de los cuadro caballos de la cuádriga cósmica y estando consagrado el caballo que corresponde el elemento agua a Poseidón; una cierta relación con el fin de la Atlántida aparece igualmente en la alusión a una catástrofe provocada por las aguas o por un diluvio (21). Existe, además, una convergencia con el tema de los Ben Elohim caídos por haberse unido a mujeres: Poseidón mismo habría sido atraido por una mujer, Kleito, residente en la tierra atlante. Para protegerla, habría creado una ciudad circular aislada por valles y canales, y Atlas, primer rey mítico de esta tierra, habría sido el primer hijo de Poseidón y de Kleito (22). El dios Olokun, al que se refieren los ecos de tradiciones atlantes muy antiguas del litoral atlántico africano, puede ser considerado como un equivalente de Poseidón, y éste ‑como el antiguo Tarqu‑ representaba precisamente con la diosa Madre, Mu, un papel característico en el culto pelasgo (en Creta), que fue verosímilmente propio de una colonia atlante. El tesoro de Poseidón que "viene del mar", del ciclo pelasgo, tiene al mismo tiempo un significado lunar, como ocurre otro tanto con el Apis egipcio, engendrado por un rayo de luna (23). Se encuentran, aquí también, los signos distintivos de la edad de plata, que no estuvieron carentes de relación con el demonismo autóctono, pues Poseidón no fue considerado solo como el "dios del mar": bajo su aspecto de "sacudidor de las tierras" donde estuvo asociado a Gea y a las Moiras, es también el que abre la tierra, como para provocar la irrupción del mundo subterráneo (24).
Bajo su aspecto ctónico elemental, la mujer, junto a los demonios de la tierra en general, fue efectivamente el objeto principal de los cultos aborígenes meridionales, de donde derivaron las diosas ctónicas asiático‑meridionales y las que representaban a los monstruosos ídolos femeninos esteatopigios del alto megalítico (25). Según la historia legendaria de Irlanda, esta isla habría sido habitada originariamente por una diosa, Cessair, pero también por seres monstruosos y demonios de las aguas, los Fomores, es decir, los que moran "Bajo las Olas" descendientes de Dommu, personificación femenina de los abismos de las aguas (26). Es precisamente esta diosa del mundo meridional, transfigurada, reducida a una forma puramente demetríaca como se presenta ya en las cavernas de Brassempouy del hombre auriñaciense, quien debía introducirse y dominar en la nueva civilización de origen atlántico‑occidental (27). Del neolítico hasta el período micénico, de los Pirineos a Egipto, en la ruta de los colonizadores atlánticos, se encuentran casi exclusivamente ídolos femeninos y, en las formas del culto, más sacerdotisas que sacerdotes, o incluso, con bastante frecuencia, sacerdotes afeminados (28). En Tracia, Iliria, Mesopotamia, pero también entre algunas capas celtas y nórdicas, hasta el tiempo de los germanos, en India, sobre todo en lo que ha subsistido en algunas formas meridionales del culto tántrico y en los vestigios prehistóricos de la civilización llamada de Mohenjodaro, circula el mismo tema, sin hablar de sus formas más recientes, que veremos más adelante.
Tales son, brevemente descritas, las raices ctónicas originarias del tema propio de la "Luz del Sur", a la cual puede referirse la componente meridional de las civilizaciones, tradiciones e instituciones que se han formado tras el gran movimiento de occidente hacia oriente. A esta componente de disolución, se opone la que entronca con el tipo original de espiritualidad olímpico‑urania propio de las razas de estracción directamente boreal (nórdico‑atlántico) o las que consiguieron, a pesar de todo, mantener o volver a alumbrar el fuego de la tradición primordial en un área donde se ejercían influencias muy diferentes a las de la residencia original.
En virtud de la relación oculta que existe entre lo que se desarrolla sobre el plano visible, aparentemente en función de las condiciones exteriores y lo que obedece a un destino y a un sentido espiritual profundos, es posible, a propósito de estas influencias, referirse a los datos del medio y del clima para explicar analógicamente la diferenciación que sobrevino. Era natural, sobre todo durante el período del largo invierno glaciar, que entre las razas del Norte la experiencia del Sol, la Luz y el Fuego mismo, actuasen en el sentido de una espiritualidad liberadora, y así pues, que las naturalezas urano‑solares, olímpicas o de llama celeste figuren, antes que en otras razas, en primer plano de su simbolismo sagrado. Además, el rigor del clima, la esterilidad del suelo, la necesidad de cazar y, finalmente, de emigrar, de atravesar mares y continentes desconocidos, debieron conferirles de forma natural a aquellos que conservaban interiormente esta experiencia espiritual del Sol, del cielo luminoso y del fuego, temperamentos guerreros, conquistadores, navegantes, que favorecieron esta síntesis entre la espiritualidad y la virilidad, cuyas huellas características se conservan entre las razas arias. Esto permite también aclarar otro aspecto del simbolismo de las piedras sagradas. La piedra, la roca, expresan la dureza, la firmeza espiritual, la virilidad sagrada y al mismo tiempo inflexible, de los "Salvados de las aguas". Simboliza la cualidad principal de quienes se aplicaron a dominar los tiempos nuevos, quienes crearon los centros tradicionales post‑diluvianos, en los lugares donde reaparecen frecuentemente, bajo la forma de un piedra simbólica, variante del omphalos, el signo del "centro", del "polo", de la "casa de Dios" (29). De aquí el tema helénico de la segunda raza, nacida de la piedra, tras el diluvio (30), similar a Mithra, nacido así mismo de una piedra. Son igualmente piedras quienes indican a los verdaderos reyes o quienes marcan el principio de la "vía sagrada" (el lapis niger romano). De una piedra sagrada hay que extraer las espadas fatídicas y, es, tal como hemos visto, con piedras meteóricas, "piedras del cielo" o "del rayo" que se confecciona el hacha, arma y símbolo de los conquistadores prehistóricos.
En las regiones del Sur, era por el contrario natural que el objeto de la experiencia más inmediata no fuera el principio solar, sino sus efectos, la lujuriosa fertilidad ligada a la tierra; que el centro se desplazase hacia la Madre Tierra como Magna Mater, el simbolismo hacia divinidades y entidades ctónicas, los dioses de la vegetación y de la fecundidad vegetal y animal, y que el fuego pasase, de un aspecto divino, celeste y benéfico, a un aspecto opuesto, "subterráneo", ambiguo y telúrico. El clima favorable y la abundancia natural debían además incitar a la mayoría al abandono, a la paz, el reposo, y a una distensión contemplativa (31). Así, incluso sobre el plano de lo que puede ser condicionado, en cierta medida, por factores exteriores, mientras que la "Luz del Norte" se acompaña, bajo signos solares y uranios, de un ethos viril y de una espiritualidad guerrera, de dura voluntad ordenadora y dominadora, en las tradiciones del Sur corresponde, por el contrario, a la preponderancia del tema ctónico y al pathos de la muerte y de la resurrección, una cierta inclinación a la promiscuidad, a la evasión y al abandono, un naturalismo panteista con tendencias tanto sensuales, como místicas y contemplativas (32).
La antítesis del Norte y del Sur podría referirse igualmente a la existente entre los dos tipos primordiales del Rey y del Sacerdote. En el curso de períodos históricos consecutivos al descenso de las razas boreales, se manifiesta la acción de dos tendencias antagonistas que se reclaman bajo una forma u otra, de esta polaridad fundamental Norte‑Sur. En cada una de estas civilizaciones, habremos de discernir el producto dinámico del reencuentro o del enfrentamiento de estas tendencias, generadora de formas más o menos duraderas, hasta que prevalezcan los procesos y las fuerzas que desembocaron en las edades ulteriores de bronce y de hierro. Esto no se da por otra parte solo en el interior de cada civilización particular, sino también en la lucha entre distintas civilizaciones, en la preponderancia de una o en la ruina de otra, donde se evidenciarán a menudo significados profundos reclamándose de uno o de otro de los polos espirituales y aludiendo más o menos estrechamente a filiaciones éticas que conocieron originariamente la "Luz del Norte" o sufrieron por el contrario el encantamiento de las Madres y los abandonos extáticos del Sur.

6

LA CIVILIZACION DE LA MADRE



Para desarrollar este análisis es necesario proceder a una definición tipológica más precisa de las formas de civilización que han sucedido a la civilización primordial. En primer lugar estudiaremos el concepto mismo de "Civilización de la Madre"(1).
Su tema característico es una trasposición metafísica del concepto de la mujer, contemplado en tanto que principio y sustancia de la generación. Es una diosa quien expresa la realidad suprema. Todo ser es considerado como su hijo y aparece, en relación a ella, como algo condicionado y subordinado, privado de vida propia, es decir, caduco y efímero. Tal es el tipo de las grandes diosas asiático‑mediterráneas de la vida: Isis, Ashera, Cibeles, Afrodita, Tanit y sobre todo Démeter, figura central del ciclo pelasgo‑minoico. La representación del principio solar bajo la forma de un niño sostenido por la Gran Madre sobre sus rodillas, es decir, como algo engendrado; las representaciones egipcio‑minoicas de reinas o mujeres divinas mostrando el loto y la llave de la vida; Ishtar, de la cual uno de sus himnos más antiguos dice: "No hay ningún dios verdadero fuera de tí" y que es llamada Ummu ilani, Madre de los dioses; las diversas alusiones, amenudo acompañadas de transposiciones cosmológicas, a una primacía del principio de la "noche" sobre el principio "día" que surge de su seno, divinidades tenebrosas o lunares sobre las que se manifiesta; el sentimiento característico, que resulta y lo "oculta" es un destino, una invisible ley de fatalidad a la cual nadie puede sustraerse; el lugar acordado, en algunos simbolismos arcaicos (que frecuentemente reposan sobre el cálculo lunar, antes que solar, del tiempo) al signo o al dios de la Luna sobre el del Sol (por ejemplo, el Sin babilonio en relación a Sanash) y la inversión, en virtud de la cual la Luna toma en ocasiones el género masculino y el Sol el femenino; la importancia dada al principio de las Aguas (Zeus subordinado a Estigia; el Océano generador de los dioses y de los hombres, etc.) y a su culto correlativo, el de la serpiente y las divinidades análogas; en otro plano, la subordinación de Adonis en relación a Afrodita, de Virbio respecto a Diana, de algunas formas de Osiris, transmutado de su forma solar ogirinaria en dios lunar de las aguas, en relación a Isis (2), de Baco en relación a Demeter, del Hércules asiático respecto a Militta, etc... todo esto hace referencia, más o menos directamente, al mismo tema.
Por todas partes se encuentran, en el Sur, desde Mesopotamia hasta el Atlántico, estatuillas neolíticas de la Madre con el Hijo.
En Creta, la tierra de los orígenes era llamada, en lugar de "patria", "Tierra de la madre", particularidad que emparenta esta civilización de una forma específica con la civilización atlántico‑meridional (3) y con el substrato de cultos aun más antiguos del Sur. Los dioses son mortales; como el verano, sufren cada año la muerte (4). Aquí, Zeus (Teshub) no tiene padre y su madre es la sustancia húmeda terrestre: es pues la "mujer" quien está en el principio. El ‑el Dios‑ es algo "engendrado" y mortal: se muestra su tumba (5). Por el contrario el substrato femenino inmutable de cada vida es inmortal. Cuando se disipan las sombras del caos hesiódico, es la negra Gaia un principio femenino, quien aparece.


Compartir con tus amigos:
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   19


La base de datos está protegida por derechos de autor ©psicolog.org 2019
enviar mensaje

    Página principal
Universidad nacional
Curriculum vitae
derechos humanos
ciencias sociales
salud mental
buenos aires
datos personales
Datos personales
psicoan lisis
distrito federal
Psicoan lisis
plata facultad
Proyecto educativo
psicol gicos
Corte interamericana
violencia familiar
psicol gicas
letras departamento
caracter sticas
consejo directivo
vitae datos
recursos humanos
general universitario
Programa nacional
diagn stico
educativo institucional
Datos generales
Escuela superior
trabajo social
Diagn stico
poblaciones vulnerables
datos generales
Pontificia universidad
nacional contra
Corte suprema
Universidad autonoma
salvador facultad
culum vitae
Caracter sticas
Amparo directo
Instituto superior
curriculum vitae
Reglamento interno
polit cnica
ciencias humanas
guayaquil facultad
desarrollo humano
desarrollo integral
redes sociales
personales nombre
aires facultad