Segunda parte


ser, es decir de la verdad



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ser, es decir de la verdad en sentido trascendente(1). Esto es lo que se desprende no solo del término hindú satya‑yuga que lo designa, en donde sat quiere decir ser, o satya, la verdad, sino probablemente también de la palabra Saturno, que designa en latín al rey o dios de la edad de oro. Saturnus, corresponde al Kronos helénico, y evoca obscuramente la misma idea; su nombre está formado por la raíz aria sat, que quiere decir ser, unida a la desinencia atributiva urnus, (como en nocturnus, etc.) (2). Para expresar la edad de lo que es, es decir de la estabilidad espiritual, se verá más adelante que, en algunas representaciones del lugar original en donde este ciclo se desarrolla, se utilizan frecuentemente los símbolos de la "tierra firme" en medio de las aguas, la "isla", el monte o de la "tierra media". El atributo olímpico es pues aquel que mejor le conviene.
En tanto que edad del ser, la primera edad es también, en sentido eminente, la edad de los vivientes. Según Hesíodo, la muerte ‑ esta muerte que es verdaderamente un fin y no deja tras ella sino el Hades (2a)‑ no habría aparecido más que en el curso de las dos últimas edades (de hierro y de bronce). En la edad de Kronos, la vida era "similar a la de dos dioses. Existía una "eterna juventud de fuerza". El ciclo se cerró, "pero los hombres permanecieron en una forma invisible (3), alusión a la doctrina ya mencionada de la ocultación de los representantes de la tradición primordial y de su centro. En el reino del iranio Yima, rey de la edad de oro, no se habría conocido ni la enfermedad ni la muerte, hasta que nuevas condiciones cósmicas hubieran forzado la retirada a un refugio "subterráneo" en el que sus habitantes escapan al sombrío y doloroso destino de las nuevas generaciones (4), (5). Yima, "el Espléndido, el Glorioso, el que entre los hombres es semejante al sol", hizo de forma que, en su reino, la muerte no existiera (6). Según los helenos y romanos, en el reino de oro de Saturno, los hombres y los dioses inmortales habrían vivido una misma vida; igualmente, los dominadores de la primera de las dinastías míticas egipcias son llamados dioses, seres divinos y, según el mito caldeo, la muerte no habría reinado universalmente más que el la época postdiluviana, cuando los "dioses" hubieron dejado a los hombres la muerte y conservado solo para ellos la vida (7). Las tradiciones célticas, por su parte, utilizan, el término Tir na mBeo, la "Tierra de los Vivientes" y Tir na hOge, la "Tierra de la Juventud" (9) para designar una isla o tierra atlántica misteriosa que, según la enseñanza druídica, fue el lugar de origen de los hombres (8). En la leyenda de Echtra Condra Cain, este se identifica con el "País del Victorioso" ‑Tir na Boadag‑ al que se le llama "el País de los Vivientes, donde no se conoce ni la muerte ni la vejez" (10).
Por otra parte, la relación constante que existe entre la primera edad y el oro, evoca lo que es incorruptible, solar, resplandeciente, luminoso. En la tradición helénica, el oro correspondía al esplendor radiante de la luz y a todo lo que es sagrado y grande ‑tal como dice Píndaro (11); igualmente se califica al oro de luminoso, radiante, bello y regio (12). En la tradición védica el "germen primordial", el hiranya‑garbha es de oro, y más generalmente, se dice: "De oro, en verdad, es el fuego, la luz y la vida inmortal" (13). Ya hemos tenido la ocasión de mencionar la concepción según la cual, en la tradición egipcia, el rey esta "hecho de oro", en la medida en que por "oro" se entiende el "fluido solar" constitutivo del cuerpo incorruptible de los dioses celestes y de los inmortales, si bien el título "de oro" del rey ‑"Horus cuya sustancia es de oro"‑ designaba simplemente su origen divino y solar al mismo tiempo que su incorruptibilidad e indestructibilidad (14). Así mismo, Platón (15) considera el oro como el elemento diferenciador que definía la naturaleza de la raza de los dominadores. La cumbre de oro del Monte Meru, considerado como "polo", patria original de los hombres y residencia olímpica de los dioses, el oro de la "antigua Asgard", residencia de los Ases y de los reyes divinos nórdicos, situada en la "tierra del Centro" (16), el oro del "País puro" Tsing ta, y lugares equivalentes de los que se habla en las tradiciones extremo‑orientales, etc. expresan la idea según la cual el ciclo original vino a manifestar, de forma particular y eminente, su cualidad espiritual simbolizada por el oro. Y debe recordarse además que en numerosos mitos donde se trata del depósito o de la transmisión de un objeto de oro (desde el mito de las Hespérides hasta el de las Nixas nórdicas y de los tesoros de oro de las montañas dejados por los aztecas), no se trata en realidad más que del depósito y de la transmisión de algo que hace referencia a la tradición primordial. En el mito de los Eddas, cuando, tras el ragna‑rök, "el obscurecimiento de los dioses", nacen una nueva raza y un nuevo sol y los Ases se encuentran reunidos de nuevo, descubren la milagrosa tablilla de oro que habían poseído en los orígenes (17).
Las nociones equivalentes, relativas a la primera edad, de luz y esplendor, de "gloria" en el sentido específicamente triunfal ya indicado a propósito del hvarenô mazdeano (17a) precisan igualmente el simbolismo del oro. La tierra primordial habitada por la "semilla" de la raza aria y por el mismo Yima, el "Glorioso, el Resplandeciente" ‑el Airyanem Vaejô‑ aparece, en efecto, en la tradición irania, como la primera creación luminosa de Ahurá Mazda (18). El Çveta‑dvipa, la isla o tierra blanca del norte, que es una representación equivalente (al igual que el Aztlan, residencia septentrional original de los aztecas, cuyo nombre implica igualmente la isla de blancura y luminosidad)(19), es, según la tradición hindú, el lugar del tejas, es decir de una fuerza irradiante, donde habita el divino Narayana considerado como la "luz", "aquel en quien resplandece un gran fuego, irradiando en todas direcciones". En las tradiciones extremo‑orientales, según una transposición supra‑histórica, el "país puro", donde no existe más que la cualidad viril y que es "nirvana" ‑ni‑pan‑ se encuentra la residencia de Amitâbha ‑Mi‑tu‑ que significa igualmente "gloria", "luz ilimitada" (20). La Thule de los Griegos, según una idea muy extendida, tuvo el carácter de "Tierra del Sol": Thule ultima a sole nomen habens. Si esta etimología es oscura e incierta, no es menos significativa la idea que los antiguos se hacían de esta región divina (21) y corresponde al carácter solar de la "antigua Tlappallan", la Tulan o Tula (contracción de Tonalan ‑ el lugar del Sol), patria original de los Toltecas y "paraíso" de sus héroes. Evoca igualmente el país de los Hiperbóreos, que según la geografía sagrada de antiguas tradiciones, era una raza misteriosa que habitaba en la luz eterna y cuyo país habría sido la residencia y la patria del Apolo délfico, el dios dórico de la luz ‑el Puro, el Resplandeciente, representado también como un dios "de oro" y un dios de la edad de oro (22). Algunos linajes, a la vez reales y sacerdotales, como el de los Boreades, extrajeron precisamente su dignidad "solar" de la tierra apolínea de los Hiperbóreos (23). Y no costaría mucho poder multiplicar los ejemplos.
Ciclo del Ser, ciclo solar, ciclo de la Luz entendido como gloria, ciclo de los Vivientes en sentido eminente y trascendente, tales son pues, según los testimonios tradicionales, los caracteres de la primera edad, de la edad de oro, "era de los dioses".

3

EL "POLO" Y LA SEDE HIPERBOREA


Interesa examinar ahora un atributo particular de la edad primordial, que permite referir a esta representaciones histórico‑geográficas muy precisas. Ya hemos hablado del simbolismo del "polo", Isla o tierra firme que representa la estabilidad espiritual opuesta a la contingencia de las aguas, utilizada como residencia de los hombres trascendentes, héroes o inmortales; al igual que la montaña, la "altitud" o la región suprema, con los significados olímpicos que le están asociados, se unieron frecuentemente, en las tradiciones antiguas, al simbolismo "polar" aplicado al centro supremo del mundo y al arquetipo de toda "dominación" en el sentido superior del término(1).
Pero, fuera de este aspecto simbólico, numerosos datos tradicionales, muy precisos, mencionan el norte como emplazamiento de una isla, una tierra o una montaña, cuyo significado se confunde con el del lugar de la primera edad. Se trata pues de un conocimiento que tuvo un valor a la vez espiritual y real, por el hecho de que se aplica a una situación donde el símbolo y la realidad se identificaron, donde la historia y la suprahistoria, en lugar de aparecer como elementos separados, se fundieron por ósmosis uno a través del otro. Es en este punto preciso donde se pueden insertar los acontecimientos condicionados por el tiempo. Según la tradición, en una época de la alta prehistoria que corresponde a la edad de oro o edad del "ser", la isla o tierra "polar" simbólica habría sido una región real situada en el septentrión, próxima del lugar donde hoy se encuentra el polo ártico. Esta región estaba habitada por seres que poseerían una espiritualidad no‑humana a la que corresponden, como hemos visto, las nociones de "gloria", de oro, de luz y de vida y que fue evocada más tarde por el simbolismo sugerido precisamente por su sede; estos seres constituyeron la raza dueña de la tradición urania en estado puro y "uno" y fue la fuente central y más directa de las formas y de las expresiones variadas que esta tradición revistió en otras razas y civilizaciones(2).
El recuerdo de esta sede ártica forma parte de las tradiciones de numerosos pueblos, bajo la forma de alusiones geográficas reales o de símbolos de su función y de su sentido original, alusiones y símbolos frecuentemente trasladados ‑como veremos‑ a un plano supra‑histórico, o bien aplicados a otros centros susceptibles de ser considerados como reproducciones de este centro original. Es por esta razón que se constatan frecuentemente interferencias de recuerdos, es decir, de nombres, mitos y localizaciones, donde el ojo avisado puede fácilmente discernir los elementos constitutivos. Es interesante revelar muy particularmente la interferencia del tema ártico con el tema atlántico, del misterio del Norte con el misterio de Occidente. El centro principal que sucedió al polo tradicional original habría sido, en efecto, atlántico. Se sabe que por una razón de orden astrofísico, a saber la inclinación del eje terrestre, los climas se desplazan según las épocas. Sin embargo, según la tradición, esta inclinación se habría producido en un momento determinado y en virtud de una sintonía entre un hecho físico y un hecho metafísico: como si un desorden de la naturaleza reflejase un hecho de orden espiritual. Cuando Li‑tseu (c.V) habla, bajo una forma mítica, del gigante Kung‑Kung que rompe la "columna del cielo", es a este acontecimiento al que se refiere. Se encuentran incluso, en esta tradición, alusiones más concretas donde se constatan, sin embargo, interferencias con hechos correspondientes a catástrofes posteriores: "Los pilares del cielo fueron destrozados. La tierra tembló sobre su base. En septentrion los cielos descendieron cada vez más. El sol, la luna y las estrellas cambiaron su curso [es decir que su curso apareció cambiado por motivo de la inclinación sobrevenida]. La tierra se abrió y las aguas encerradas en su seno hicieron irrupción e inundaron los diferentes países. El hombre se había revuelto contra el cielo y el universo cayó en el desorden. El sol se oscureció. Los planetas cambiaron su curso [según la perspectiva ya indicada] y la gran armonía del cielo fue destruida"(3). De todas formas, el hielo y la noche eterna no descendieron más que en un momento determinado sobre la región polar. La emigración que resultó marcó el fin del primer ciclo y la apertura del segundo, el inicio de la segunda gran era, el ciclo atlántico.
Textos arios de la India, como los Veda y el Mahabharata, conservaron el recuerdo de la región ártica bajo forma de alusiones astronómicas y calendarios, que no son comprensibles más que en relación a esta región (4). En la tradición hindú, la palabra dvipa, que significa textualmente "continente insular" se emplea frecuentemente, en realidad, para designar a los diferentes ciclos, por transposición temporal de una noción espacial (ciclo = isla). Se encuentra en la doctrina de los dvipa referencias significativas al centro ártico, mezcladas en ocasiones con otros datos. La çveta‑divîpa, o "isla del esplendor", que hemos mencionado está localizada en el extremo septentrión y se habla frecuentemente de los Uttarakura como una raza originaria del Norte. Pero el çveta‑dvîpa al igual que el kura forman parte del jambu‑dvîpa, es decir, del "continente insular polar, que es el primero de los diferentes dvîpa, y al mismo tiempo su centro común. Su recuerdo se mezcla con el del saka‑dvîpa, situado en el "mar blanco" o "mar de leche", es decir en el mar ártico. No se habrá producido desviación en relación a la norma y a la ley de lo alto: cuatro castas, correspondientes a las que ya hemos mencionado, veneraron a Visnú bajo su forma solar, estando así emparentado con el Apolo hiperbóreo(5). Según el Kurma‑purana la sede de este Visnú solar ‑cuyo símbolo era la esvástica, cruz gamada o "cruz polar"‑ coincide también, con el çveta‑dvîpa, del que se dice en el Padmapurana que más allá de todo lo que es miedo y agitación samsárica, es la residencia de los grandes ascetas, mahayogi, y de los "hijos de Brhama" (equivalentes a los "hombres trascendentes" residentes en el norte de los que se habla en la tradición china): viven próximos a Hari, que es Visnú representado como "el Rubio" o "el Dorado" y cerca de un trono simbólico "sostenido por leones, resplandeciendo como el sol e irradiando como el fuego". Son variantes del tema de la "tierra del Sol". Sobre el plano doctrinal, se encuentra un eco de este tema en el hecho, ya mencionado, de que la vía de los deva‑yâna que, contrariamente a la del retorno a los manes o a las Madres, conduce a la inmortalidad solar y a los estados supraindividuales del ser, fue llamada la vía del norte: en sánscrito, norte, uttara, significa igualmente la "región más elevada" o "suprema" y se llama uttarâyana, camino septentrional, al recorrido del sol entre los solsticios de invierno y de verano, que es precisamente una vía "ascendente" (6).
Recuerdos aún más precisos se conservaron entre los Arios del Irán. La tierra original de los arios, creada por el dios de la luz, la tierra donde se encuentra la "gloria", donde, simbólicamente, habría "nacido" Zaratustra, donde el rey solar Yima habría encontrado a Aurá Mazda, es una tierra situada en el extremo norte. Y allí se guarda el recuerdo preciso de la congelación. La tradición refiere que Yima fue advertido de la proximidad de "inviernos fatales"(7) y que instigados por el dios de las tinieblas, se lanzó con el Arianem Vaejo la "serpiente del invierno". Entonces "hubo diez meses de invierno y dos de verano" y hubo "frío en las aguas, y en las tierras, frío para la vegetación. El invierno se abatió con sus peores calamidades"(8). Diez meses de invierno y dos de verano, tal es el clima del Artico.
La tradición nórdico‑escandinava, de carácter fragmentarios, presenta diversos testimonios confusamente mezclados, donde se encuentran sin embargo huellas de acontecimientos análogos. El Asgard, la residencia de oro primordial de los Ases, se localiza en el Mitgard, la "Tierra Media". Esta tierra mítica fue identificada a su vez ya sea con Gardarica, una región casi ártica, como con la "isla verde" o "tierra verde" que figura en la cosmología como la primera tierra salida del abismo Ginungagap, y que quizás no esté carente de relación con Groenlandia, Grünes Land. Groenlandia, como su mismo nombre parece indicar, presentó hasta el tiempo de los godos, una rica vegetación y no había sido afectada por la congelación. Hasta el inicio de la Edad Media, subsistió la idea de que región del norte habría sido la cuna de algunas razas y de ciertos pueblos(9). Por otra parte, los relatos épicos relativos a la lucha de los dioses contra el destino, rök, que terminó por golpear su tierra ‑relatos en los cuales recuerdos del pasado interfirieron con temas apocalípticos‑ pueden ser considerados como ecos del declive del primer ciclo. Se encuentra aquí, como en el Vendïdâd, el tema de un invierno terrible. Al desencadenamiento de las naturalezas elementales se añade el obscurecimiento del sol; el Gylfaginnin habla del temible invierno que precedió al final, menciona tempestades de nieve que impidieron gozar de las bonanzas del sol. "El mar se alzó en tempestad y tragó las tierras; el aire se volvió glacial y el viento acumuló masas de nieve" (10).
En la tradición china, la región nórdica, el país de los "hombres trascendentes", se identifica frecuentemente con el país de la "raza de los huesos blandos". A propósito de un emperador de la primera dinastía se cita un lugar situado sobre el mar del Norte, ilimitado, sin intemperies, con una montaña (Hu‑Ling) y una fuente simbólicas, llamado "extremo Norte" y que Mu, otra figura imperial, (11) debió abandonar muy entristecido. El Tíbet conserva igualmente el recuerdo de Tshan Shambaya, la mística "Ciudad del Norte", la Ciudad de la "paz", presentada igualmente como una isla donde ‑al igual que el Zaratustra del aryanem vâejo‑ habría "nacido" el héroe Guesar. Y los maestros de las tradiciones iniciáticas tibetanas dicen que los "caminos del Norte" conducen al yogi hacia la gran liberación (12).
En América, la tradición constante relativa a los orígenes, tradición que se encuentra hasta el Pacífico y la región de los Grandes Lagos, habla de la tierra sagrada del "Norte lejano", situada cerca de las "grandes aguas", de donde habrían venido los antepasados de los Nahua, los Toltecas y Aztecas. Tal como hemos dicho, el nombre de Aztlan, que designa frecuentemente esta tierra, implica también ‑como el çveta‑dvîpa hindú‑ la idea de blancura, de tierra blanca. Las tradiciones nórdicas, guardan el recuerdo de una tierra habitada por razas gaélicas, próxima al golfo de San Lorenzo, llamada "Gran Irlanda" o Hvitramamaland, es decir, "país de los hombres blancos" y los nombres de Wabanikis y Abenikis, que los indígenas llevan en estas regiones, proceden de Wabeya, que significa "blanco" (13). Algunas leyendas de América Central mencionan cuatro antepasados primordiales de la raza Quiché que intentan alcanzar Tula, la región de la luz. Pero no encuentran más que hielo; el sol jamás aparece. Entonces se separan y pasan por el país de los Quichés (14). Esta Tula o Tulán, patria originaria de los toltecas, de la que probablemente extrajeron su nombre y llamaron Tolla, el centro del Imperio que fundaron más tarde sobre la meseta de Méjico, representaban también la "tierra del Sol". Esta, ciertamente, es localizable en ocasiones en el Este de América, es decir, en el Atlántico; pero esto se debe verosímilmente al recuerdo de una sede ulterior (a la cual corresponde quizás más particularmente el Atzlan), que recuperó durante un cierto tiempo, la función de la Tula primordial cuando el hielo se enseñoreó de lo zona y el sol desapareció (15). Tula corresponde manifiestamente a la Thule de los griegos, aunque este nombre, por razones de analogía haya servido igualmente para designar a otras regiones.
Según las tradiciones greco‑romanas, Thule se habría encontrado en el mar que lleva precisamente el nombre del dios de la edad de oro, Mare Cronium, y que corresponde a la parte septentrional del Atlántico (16). En esta misma región las tradiciones más tardías situaron las islas que, sobre el plano del simbolismo y de la suprahistoria, se convirtieron en Islas Afortunadas, islas de los Inmortales (17), o isla Perdida, que, tal como la describía Honorius Augustodumensis en el siglo XII, "se oculta a la vista de los hombres, siendo descubierta solo casualmente, pero se oculta cuando se la busca". Thule se confunde pues con el país legendario de los hiperbóreos, situado en el extremo norte (18), de donde los linajes aqueos originarios llevaron el Apolo délfico, pero también con la isla Ogigia, "ombligo del mar", que se encuentra lejos, sobre el ancho océano (19) y que Plutarco sitúa en efecto en el norte de la (Gran) Bretaña, cerca del lugar ártico donde permanece aún, sumido en el letargo, Cronos, el rey de la edad de oro, allí el sol no desaparece más que una hora por día durante todo un mes y donde las tinieblas, durante esta única hora no son muy espesas, sino que recuerdan a un crepúsculo, exactamente como en el ártico (20). La noción confusa de la noche clara del norte contribuyó por otra parte a hacer concebir la tierra de los hiperbóreos como un lugar de luz sin fin desprovisto de tinieblas. Esta representación y este recuerdo fueron tan vivos, que subsistió un eco hasta en la romanidad tardía. La tierra primordial fue asimilada a la Gran Bretaña y se dice que Constancio Cloro se adelantó hasta allí con sus legiones, no tanto en busca de laureles de gloria militar, como para alcanzar la tierra "más próxima al cielo y más sagrada", para poder contemplar al padre de los dioses ‑es decir, a Cronos‑ y gozar de un "día casi sin noche", es decir para anticipar así la posesión de la luz eterna propia de las apoteosis imperiales (21). E incluso cuando la edad de oro se proyectó en el futuro como la esperanza de un nuevo saeculum, las reapariciones del símbolo nórdico no faltaron. Es el norte ‑ab extremis finibus plagae septentrionalis‑ que deberá alcanzar, por ejemplo, según Lactancio (22), el Príncipe poderoso que restablecerá la justicia tras la caída de Roma. Es en el norte donde "renacerá" el héroe tibetano, el místico e invencible Guesar, para restablecer un reino de justicia y exterminar a los usurpadores (23). Es en Shamballa, ciudad sagrada del norte, donde nacerá el Kalki‑avatara, aquel que pondrá fin a la "edad sombría". Es el Apolo hiperbóreo, según Virgilio, quien inaugurará una nueva edad de oro y de los héroes bajo el signo de Roma (24). Y los ejemplos podrían multiplicarse.
Habiendo precisado estos puntos esenciales, no volveremos sobre esta manifestación de la ley de solidaridad entre causas físicas y causas espirituales, en un dominio en el que se puede presentir el lazo íntimo unificador de lo que, en un sentido más amplio, puede llamarse "caida" ‑a saber la desviación de una raza absolutamente primordial‑ y la


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