Segunda parte


sin pensar un instante que pueda verse disminuido



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sin pensar un instante que pueda verse disminuido, de donde deriva "un colectivismo de hecho, querido por élites y alegremente aceptado por la masa, que mina subrepticiamente, la libertad del hombre y canaliza tan estrechamente su acción que, sin sufrir e incluso sin saber, confirma él mismo su abdicación". "La juventud, por su parte, no deja traslucir ninguna protesta, ninguna reacción contra la tiranía colectiva: lo acepta manifiestamente como algo implícito; en otras palabras, el régimen le conviene" (5).
Este estado de cosas provoca la aparición de temas idénticos en el el sentido que, incluso en el terreno más general de la cultura, se establece necesaria y expontáneamente una correspondencia con los principios formadores de la nueva "civilización" soviética.
Así, aunque América no piense en desplazar completamente todo lo que es intelectualidad, ciertamente experimenta en relación a esta y en la medida en que no aparece como instrumento de una realización práctica, una indiferencia instintiva, como respecto a un lujo ante el cual no debe entretenerse quien tiende hacia cosas serias tales como el "get rich quick", el "servicio", o una campaña a favor de tal o cual prejuicio social y así sucesivamente. En general, mientras los hombres trabajan, son sobre todo las mujeres quienes se ocupan, en América, de "espiritualismo": de ahí el muy importante porcentage de miembros femeninos en los miles de sectas y sociedades en las que el espiritismo, el psicoanálisis y las doctrinas orientales deformadas se mezclan con el humanitarismo, el feminismo el sentimentalismo, ya que fuera del puritanismo socializado y del cientifismo, es poco más o menos a este nivel donde se sitúa la "espiritualidad" americana. E incluso cuando América atrae con sus dólares a los representantes y las obras de la antigua cultura europea, utilizados gustosamente para diversión de los señores del Tercer Estado, el verdadero centro se encuentra en otra parte. En América, el "inventor" de algún nuevo ingenio que multiplique el "rendimiento" será siempre, de hecho, más considerado que el tipo tradicional de intelectual; no sucederá nunca que todo lo que es beneficio, realidad y acción en el sentido material, pese menos en la balanza de los valores que todo lo que puede proceder de una actitud de dignidad aristocrática. Si América no ha borrado oficialmente, como el comunismo, la antigua filosofía, ha hecho algo mejor: por boca de un William James, ha declarado que lo útil es el criterio de verdad y que el valor de toda concepción incluso metafísica, debe ser medida por su eficacia práctica, es decir, a fin de cuentas, según la mentalidad americana, por su eficacia económico‑social. El pragmatismo es una de las señas de identidad más características de la civilización americana contemplada en su conjunto, al igual que la teoría de Dewey y el behaviorismo corresponden exactamente a las teorías extraidas, en la URSS, de los puntos de vista de Pavlov sobre los reflejos condicionados y, como este, excluye totalmente el Yo y la conciencia en tanto que principio sustancial. La esencia de esta teoría típicamente "democrática" es que no importa quien puede devenir no importa que ‑a través de un cierto adiestramiento y una cierta pedagogía‑ lo que equivale a decir que el hombre, en sí, es una sustancia informe, maleable, tal como la concibe el comunismo, que considera como anti‑revolucionario y anti‑marxista la teoría genética de las cualidades innatas. El poder de la publicidad, del advertising, en América, se explica por lo demás a través de la inconsistencia interior y la pasividad del alma americana, que, en varios aspectos, presenta las características bidimensionales, no de la juventud, sino del infantilismo.
El comunismo soviético profesa oficialmente el ateismo. América no ha llegado a tanto, pero sin percibirlo ‑y aun estando convencida incluso de lo contrario‑ se desliza a lo largo de una pendiente donde no subsiste nada de lo que incluso en el marco del catolicismo, tenía el sentido de una religión. Ya hemos visto a que se ha reducido la religiosidad en el protestantismo: habiendo rechazado todo principio de autoridad y de jerarquía, habiéndose liberado de todo interés metafísico, de dogmas, ritos, símbolos y sacramentos, se ha empobrecido en un simple moralismo que, en los países anglosajones puritanos y sobre todo en América pasa al servicio de la colectividad conformista.
Siegfried (6) señala justamente que la única verdadera religión americana es el calvinismo, el cual profesa que "la célula verdadera del organismo social... no es el individuo, sino el grupo". La fortuna es considerada como un signo de elección divina, siendo "difícil distinguir la aspiración religiosa de la persecución de la riqueza". Se admite así como moral y deseable que el espíritu religioso se convierta en un factor de progreso social y de desarrollo económico. En consecuencia, las virtudes necesarias para la persecución de fines sobrenaturales terminan por aparecer inútiles e incluso nocivas. A los ojos de un americano puro, el asceta no es más que un hombre que pierde su tiempo, un parásito de la sociedad; el héroe en el sentido antiguo no es más que una especie de loco peligroso que conviene eliminar recurriendo a oportunas profilaxis pacifistas y humanitarias, mientras que el moralista puritano y fanático está rodeado de una aureola resplandeciente.
Todo esto ¿está muy alejado del principio de Lenin consistente en barrer "toda concepción sobrenatural o de alguna forma ajena a los interes de clase", a destruir como un mal infeccioso todo vestigio de espiritualidad independiente? ¿no es aprovechando la misma mística del hombre "terrestrificado" y todopoderoso que toma forma, en América como Rusia, la ideología del mesianismo técnico?
Hay otro punto sobre el cual conviene atraer la atención. Con la NEP, no se ha abolido el capitalismo privado en Rusia, más que para sustituirlo por un capitalismo de Estado, capitalismo centralizado sin capitalistas visibles, lanzado, por así decirlo, en una empresa gigantesca a fondo perdido. Teóricamente, todo ciudadano soviético es simultáneamente obrero y accionista del trust omnipotente y universal del Estado proletario. Prácticamente, sin embargo, es un accionista que no percibe dividendos: fuera de lo que recibe para vivir, el producto de su trabajo va inmediatamente al Partido que lo relanza en otras empresas sin permitir nunca que sea acumulado por el individuo, esforzándose por el contrario para que resulte un poder cada vez más grande del hombre colectivo, conforme a los planes de la revolución y de la subversión mundiales. Si se recuerda lo que hemos dicho a propósito de la ascesis capitalista ‑fenómeno sobre todo americano‑, o sobre la riqueza que, en lugar de ser el fin del trabajo y el instrumento para una grandeza extra‑económica o simplemente para el libre placer del individuo, se convierte en América, en el medio de producir un nuevo trabajo, una nueva riqueza y así sucesivamente, mediante procedimientos en cadena que van cada vez más lejos y no admiten tregua, llegamos así de nuevo a constatatar que en América, aquí y allí, de forma espontánea y en un régimen de "libertad", se afirma un estilo idéntico al que, de una forma sombría y violenta, las estructuras centralizadas de Rusia soviética están en vías de realizar. Así, en la talla inquietante de las metrópolis americanas donde el individuo, convertido en "nómada del asfalto", toma conciencia de su nulidad infinita ante el reino inmenso de la cantidad, ante los grupos, los trusts y los standars todopoderosos, la jungla tentacular de los rascacielos y de las fábricas, mientras que los dominadores son encadenados a las mismas cosas que dominan, lo colectivo se manifiesta primeramente y bajo una forma aún más desprovista de rostro que en la tiranía ejercida por el régimen soviético sobre elementos primitivos y amenudo apáticos.
La standarización intelectual, el conformismo, la "moralización" obligatoria y organizada en grande sobre bases puritanas, son fenómenos típicamente americanos, pero que encajan sin embargo con el ideal soviético de un "pensamiento de Estado" válido para toda la colectividad. Se ha señalado con razón que todo americano ‑llámese Wilson o Roosevelt, Bryan o Rockefeller‑ es un evangelista que no puede dejar a sus semejantes tranquilos, que considera como su deber constante predicar y convertir, purificar, elevar a cada uno al nivel moral "standard" de los Estados Unidos, del cual no se duda que sea el más elevado. Se ha empezado por el abolicionismo en la guerra de Secesión, y se ha terminado por la doble "cruzada" democrática wilsoniana y rooseveltiana. Pero, incluso a una escala más pequeña, se trate de la prohibición, de la propaganda feminista, pacifista, naturista, del apostolado eugenésico y así sucesivamente, el espíritu sigue siendo el mismo, es siempre la misma voluntad de standarización, la intrusión insolente de lo colectivo y lo social en la esfera individual. Es absolutamente falso pretender que el alma americana sea "abierta" y sin prejuicios: no hay otra con tantos tabúes. Pero los asimila de tal forma, que termina por no percibirlos.
Ya hemos dicho que una de las razones del interés que tiene la ideología bolchevique por América, es la importante contribución que la técnica aporta, en este tipo de civilización, al ideal de la despersonalización. El "standard" moral corresponde al "standard" práctico del americano. El "confort" al alcance de todos y la superproducción que caracterizan América han sido pagados con un trágico precio: millones de hombres reducidos al automatismo en el trabajo, a una especialización a ultranza que restringe el campo mental y embota toda sensibilidad. En lugar del antiguo artesano, para quien todo oficio era un arte, de forma que todo objeto llevaba la marca de su personalidad y, en todo caso, era producto de sus propias manos, suponía un conocimiento personal, directo, cualitativo de este oficio, estamos ahora ante una "horda de parias que sirven estúpidamente a los mecanismo de los cuales uno solo, aquel que los repara, conoce sus secretos, con gestos casi tan automáticos y uniformes como los movimientos de sus máquinas". Stalin y Ford se dan aqui la mano y, naturalmente, se establece un circuito: la standarización inherente a todo producto mecánico y cuantitativo determina e impone la standarización de quien lo consume, la uniformidad de los gustos y la reducción progresiva a algunos tipos, conforme a las tendencias que se manifiestan directamente en la mentalidad. Y todo, en América, converge en este fin: el conformismo bajo la forma de matter‑fact, likemindedness es, sobre todos los planos, la consigna. Así, cuando los diques no se rompen por el fenómeno de la criminalidad organizada y por otras formas salvajes de "super‑compensación" (ya hemos hecho alusión a la beat generation), el alma americana, aligerada por todos los medios del peso de una vida responsable de sí misma, llevada hacia la sensibilidad y la acción sobrelos railes ya colocados, claros y duros de Babbitt, se convierte en simple y natural como puede serlo una legumbre, sólidamente protegida contra toda preocupación trascendente por las ojeras del "ideal animal" y de la visión moralista, optimista y deportiva del mundo.
Se podría hablar, en lo que concierne a la masa de los americanos, de una refutación en grande del principio cartesiano "cogito, ergo sum": "no piensan, pero son", "son", incluso, a menudo, como seres peligrosos y en ocasiones sucede que su primitivismo supera con mucho el del eslavo que no se ha transformado enteramente en "hombre soviético".
La nivelación, naturalmente, se extiende también a los sexos. La emancipación soviética de la mujer concuerda con la que en América la idiotez feminista, extrayendo de la "democracia" todas sus consecuencias lógicas, había ya realizado desde hacia tiempo, en relación con la degradación materialista y utilitarista del hombre. Con los divorcios en cadena y en repetición, la desintegración de la familia prosigue en América a un ritmo análogo al que puede esperarse en una sociedad que no conoce más que "compañeros" y "compañeras" de los dos sexos; mujeres que, han abdicado en tanto que tales de sí mismas, creen elevarse asumiendo y ejerciendo una forma cualquiera de actividad masculina; mujeres que parecen ser castas en su impudicia, en el culto narcisista de su cuerpo e incluso en las perversiones más extremas, o que encuentran en el alcohol el medio de descargar energías reprimidas o desviadas de su naturaleza (7); hombres y chicas jóvenes, en fin que, en una promiscuidad amistosa y deportiva, parecen no conocer nada de la polaridad y el magnetismo elemental del sexo. Todo esto son fenómenos de pura marca americana, incluso si su difusión infecciosa en la casi totalidad del mundo, a partir de ahora, no permite prácticamente conocer el origen. En el estado actual de cosas, si existe, a este respecto, una diferencia, en relacion a la promiscuidad deseada por el comunismo, esta diferencia no es a favor de América; corresponde en efecto a la preponderancia del factor ginecocrático que se constata en América y en los países anglo‑ sajones en general,donde toda mujer y toda joven consideran como perfectamente natural que se le reconozca de derecho una especie de preeminencia y de intangibilidad moral.
En los inicios del bolchevismo, alguien había propuesto el ideal de una música hecha de ruidos colectivos para purificar también en este campo las concreciones sentimentales burguesas. Es esto lo que América ha realizado en grande y difundido en el mundo entero bajo la forma de un fenómeno extremadamente significativo: el jazz. En las grandes salas de las ciudades americanas donde centenares de parejas se sacuden concertadamente como muñecos epilépticos y automáticos al son de los ritmos sincopados de una música negra, es verdaderamente un "estado masas", la vida de un ser colectivo mecanizado, quien despierta (8). Hay pocos fenómenos que expresan, como este, la estructura general del mundo moderno en su última fase: esta estructura se caracteriza, en efecto, por la coexistencia de un elemento mecánico, sin alma, esencialmente hecho de movimiento y de un elemento primitivista y sub‑personal que arrastra al hombre a un clima de sensaciones turbulentas ("un bosque petrificado en el cual actúa el caos" H. Miller). Además, algunas representaciones "teatralizadas" del despertar del mundo proletario, que formaban parte del programa bolchevique, y han sido realizados, aquí y allí, como medio de activación sistemática de masas, tienen desde hace tiempo su equivalente, sobre una escala mayor y bajo una forma expontánea, en América: es el delirio insensato por los espectáculos deportivos, centrados en la degradación plebeya y materialista del culto a la acción, fenómeno de irrupción de lo colectivo y de regresión en lo colectivo, que por otra parte, como se sabe, han franqueado desde hace tiempo el océano.
El americano Walt Whitman, poeta y místico de las democracias sin rostro, puede ser considerado como un precursor de esta "poesía colectiva" incitando a la acción, que, como hemos dicho, es uno de los ideales del comunismo y forma parte de su programa. Es, en el fondo, el lirismo de este tipo que impregna numerosos aspectos de la vida americana: deporte, activismo, producción, servicio. Así como en la URSS basta esperar que los desarrollos adecuados disuelvan los residuos primitivos y caóticos del alma eslava, en los Estados Unidos hay que esperar solo, que los residuos individualistas del espíritu de los rangers, pioneros del Oeste, y de lo que se desencadena aun y busca una compensación en la gesta de los gansters, los existencialistas anárquicos, y otros fenómenos del mismo género, sean reducidos y recuperados en la corriente central.
Si el marco de esta obra lo permitiera, sería fácil aclarar otros puntos de correspondencia, permitiendo ver en Rusia y América dos caras de una misma cosa, dos movimientos correspondientes a los dos mayores centros de poder del mundo que convergen en su obra de destrucción. La una, realidad en vías de formación, bajo el puño de hierro de una dictadura, a través de una estatización y una racionalización integrales. La otra, realización expontánea (y por ello aun más preocupante) de una humanidad que acepta ser y quiere ser lo que es, que se siente sana, libre y fuerte y llega sola al mismo punto, sin sombra casi personificada del "hombre colectivo" que sin embargo lo tiene en su red, sin el compromiso fanático‑fatalista del eslavo comunista. Pero tras una y otra "civilización" tras una y otra grandeza, aquel que sabe ver reconoce los rasgos del advenimiento de la "Bestia sin Nombre".
A pesar de esto, existen quienes siguen defendiendo la idea de que la "democracia" americana es el antídoto del comunismo soviético, el otro término de la alternativa autotitulada "mundo libre". Se reconoce en general el peligro cuando se presenta bajo la forma de un ataque brutal, físico, exterior; no se le conoce, cuando sigue vias interiores. Desde hace tiempo ya, Europa sufre la influencia de América, y por tanto, la acción corruptora de los valores y de los ideales propios al mundo norte‑americano. Esto por una especie de cotragolpe fatal. En efecto, como se ha dicho con razón, América no representa más que un "extremo Occidente", el desarrollo ulterior, hasta el absurdo de las tendencias de base de la civilización moderna, en general. Es por ello que una verdadera resistencia es imposible cuando se mantienen los principios de esta civilización y sobre todo el espejismo de la técnica y de la producción. Con el desarrollo de esta influencia aceleradora, podría suceder que el cierre de la tenaza de Oriente y Occidente en torno a una Europa que, tras la segunda guerra mundial, privada a partir de toda idea verdadera, ha cesado, políticamente también, de tener el rango de una potencia autónoma y hegemónica mundial, podría suceder, decimos, que no se experimente siquiera el sentimiento de una capitulación. El hundimiento final podrá no tener siquiera los caracteres de una tragedia.
El mundo comunista y America, en su certidumbre de estar investidos de una misión universal, expresan una realidad de hecho. Como hemos dicho, un conflicto eventual entre los dos países correspondería, en el plano de la subversión mundial, a la última de las operaciones violentas, e implicaría el holocausto bestial de millones de vidas humanas, para que se realizara completamente la última fase de involución y descenso del poder, hasta la más baja de las antiguas castas, y el advenimiento de una humanidad colectivizada. Y aun cuando no se verificase tal catástrofe temida por algunos, resultante de la utilización de armas atómicas, al cumplirse este destino, toda esta civilización de titanes, de metrópolis de acero, de vidrio y cemento, de masas pululantes, de álgebra y de máquinas encadenadoras de fuerzas de la materia, de dominadores de cielos y océanos, aparecerá como un mundo que oscila en su órbita y tiende a disolverse para alejarse y perderse definitivamente en los espacios, donde no existe ninguna luz, fuera de aquella siniestra que nacerá de la aceleración de su propia caida.


1()HESIODO, Op et Die vv. 109, sigs.

2()Cf. por ejemplo Mânavadharmashastra, I, 81 y sigs.

3()Cf. F. CUMONT, La fin du monde selon les Mages occidentaux (Rev. Hist. Relig., 1931, nn. 1‑2‑3, pags, 50 y sigs.).

4()Cf. DION CHRYSOST., Or., XXXVI, 39 y sigs.

5()DANIEL, II, 31, 45.

6()Cf. E.V. WALLIS BUDGE, Egyp in the neolithic and archaic periods, London, 1902, v. I, pag. 164 y sigs.

7()Cf. REVILLE, Relig. du Mexique, cit., pag. 196‑198.

8()Cf. CICERON, De Leg., II, 11: "Antiquitas proxime accedit ad Deos".

9()Genesis, VI, 4 y sigs.

10()PLATON,ritias, 110 c; 120 d‑e, 121 a‑b. "Su participación en la naturaleza divina comenzó a disminuir en razón de múltiples y frecuentes mezclas con los mortales y la naturaleza humana prevaleció". Se dice igualmente que las obras de esta raza eran debidas, no solo a su respecto a la ley, sino "a la continuidad de la acción de la naturaleza divina en ella".

11()Cf. E. DACQUE, Die Erdzeitalter, München, 1929; Urwelt, Sage und Menscheit, München, 1928; Leben als Symbol, München, 1929. E. MARCONI, Historia de la involución natural, Lugano, 1915 y también D. DEWAR, The transformist illusion, Tenessee, 1957.

12()J. DE MAISTRE, Soirées de ST. Pétersbourg, Paris, 1960, pag. 59.

13()Ibid., pag. 60.

14()Ibid., pag. 75. Uno de los hechos que J. DE MAISTRE (ibid, pags. 96‑97 y II entretien, passim) pone de relieve es que las lenguas antiguas ofrecen un alto grado de esencialidad y de lógica superior a las madernas, haciendo presentir un principio oculto de organicidad formadora, que no es simplemente humano, sobre todo cuando, en las lenguas antiguas o "salvajes", figuran fragmentos evidentes de lenguas aun más antiguas destruidas u olvidadas. Se sabe que Platón había expresado ya ideas análogas.



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