Segunda parte



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pontifex, pueda ser infalible en materia de doctrina sagrada y pueda pues reivindicar legítimamente una autoridad que no admita discusiones, es considerada una aberración absurda; Cristo no dió a ninguna Iglesia, ni siquiera a la protestante, el privilegio de la infalibilidad (3). Pertenece a cada cual juzgar, gracias a un libre examen individual, en materia de doctrina y de interpretación de los libros sagrados, independientemente de todo control y tradición. No es solamente en el terreno del conocimiento que la distinción entre laico y sacerdote es fundamentalmente abolida: se niega igualmente la dignidad sacerdotal comprendida, no como un atributo vacío, sino como la dignidad de aquel que, a diferencia de los otros hombres, está provisto de un carisma sobrenatural y lleva la impronta de un "caracter indeleble" que le permite activar los ritos (tales son los vestigios de la idea antigua del "Señor de los ritos") (4). Así, el sentido objetivo y no‑humano que podía tener, no solo el dogma y el símbolo, sino también el sistema de ritos y sacramentos se encuentra negado y desconocido.
Se puede objetar que todo esto ya no existía en el catolicismo y que incluso no había existido jamás, salvo en la forma, o, como hemos dicho, a título de reflejo. Pero, en este caso, no habría habido más que una sola manera de operar una verdadera reforma: actuar seriamente y sustituir a los representantes indignos de un principio y de una tradición, por representantes que fueran dignos. El protestantismo adoptó, por el contrario, una actitud de destrucción y negación, que no era compensada por ningún principio verdaderamente constructivo, sino solamente por una ilusión, la pura fé. La salvación no existe más que en la simple convicción subjetiva de formar parte de la tropa de aquellos que la fe en Cristo ha salvado y que han sido "elegidos" por la gracia. De esta forma, se llega aun más lejos en la vía del irrealismo espiritual, pero el contragolpe materialista se volvía inevitable.
Una vez negado el concepto objetivo de la espiritualidad como realidad viviente superpuesta de lo alto a la existencia profana, la doctrina protestante permitió al hombre sentirse, en todas las formas de la existencia, como un ser a la vez espiritual y terrestre, justificado y pecador. Y esto debía finalmente desembocar en una secularización completa de toda vocación superior, no a la sacralización, sino al moralismo y al puritanismo. En el desarrollo histórico del protestantismo, sobre todo en el calvinismo y el puritanismo anglosajones, la idea religiosa se convirtió en cada vez más ajena a todo interés trascendente, reduciéndose sin cesar primero a un simple moralismo dispuesto a santificar no importa que realización temporal, hasta el punto de dar nacimiento a una especie de mística del servicio social, del trabajo, del "progreso" y, finalmente, de la ganancia y el beneficio. Estas formas de protestantismo anglo‑sajón terminaron por excluir, como hemos visto, no solo la idea de una Iglesia, sino también la de un Estado organizado de "lo alto". Al igual que se asimila la Iglesia a la comunidad de los fieles, sin jefe representante de un principio trascendente de autoridad, así mismo el ideal del Estado se limita al de la simple "sociedad" de los "libres" ciudadanos cristianos. En una sociedad de este tipo, el signo de elección divina deparará el éxito, es decir, la fase donde el criterio preponderante será el criterio económico, la riqueza y la prosperidad. Aquí aparece muy claramente uno de los aspectos de la inversión degradante ya indicada: la teoría calvinista se presenta, en el fondo, como la contrapartida materialista y laica de la antigua doctrina mística de la victoria. Facilitará, durante cierto tiempo, una justificación ético‑religiosa a la voluntad de poder de la casta de los mercaderes, del Tercer Estado, en el curso del ciclo que lleva su impronta, el de las grandes democracias modernas y del capitalismo.
El individualismo inherente a la teoría protestante del libre examen, estuvo relacionado con otro aspecto del humanismo moderno: el racionalismo. El individuo que ha liquidado la tradición dogmática y el principio de la autoridad espiritual pretendiendo determinar en sí mismo la capacidad del justo discernimiento, se orienta progresivamente hacia el culto de lo que es en él, en tanto que ser humano, la base de todo juicio, a saber, la razón, haciendo de ella la medida de toda certidumbre, verdad y norma. Es precisamente esto lo que sucedió en Occidente tras la Reforma. Ciertamente, el racionalismo existía ya en la Hélade (con la sustitución socrática del concepto de la realidad a la realidad) y en la Edad Media (con la teología reducida a la filosofía). Pero a partir del Renacimiento el racionalismo se diferencia, asume, en una de sus corrientes más importantes, un carácter nuevo, de especulativo se convierte en agresivo hasta el punto de engendrar el enciclopedismo, la crítica antireligiosa y revolucionaria. Conviene señalar igualmente, a este respecto, los efectos de procesos ulteriores de involución e inversión, que presentan un carácter netamente siniesto en tanto que apuntan a algunas organizaciones subsistentes de tipo iniciático: es el caso de los Iluminados y de la masonería moderna. La superioridad, en relación al dogma y a las formas occidentales de tipo puramente religioso, que confiere al iniciado la posesión de la iluminación espiritual, es, a partir de ahora, reivindicada por aquellos que defienden el derecho sobrerano de la razón y pertenecen precisamente a las organizaciónes en cuestión, donde se construyen los instrumentos de esta inversión, hasta transformar los grupos en los cuales militan en instrumentos activos de difusión del pensamiento antitradicional y racionalista. Se puede citar, a este respecto, a título de ejemplo particularmente significativo, el papel que juega la masonería en la revolución americana, como en la preparación ideológica subterránea de la revolución francesa y de un gran número de revoluciones ulteriores (España, Italia, Turquía, etc.). No es pues solamente a través de influencias generales, sino también a través de centros precisos de acción concertada que les sirven de soporte, como se está formado lo que se puede llamar el frente secreto de la subversión mundial y de la contra‑tradición. En otra dirección, limitada sin embargo al terreno del pensamiento especulativo, el racionalismo debía desarrollar el irrealismo hasta las formas del idealismo absoluto y del panlogismo. Se celebra la identidad del espíritu y del pensamiento, del concepto y la realidad, e hipóstasis lógicas, tales como el "Yo trascendental", suplantan al Yo real, y a todo presentimiento del verdadero principio sobrenatural en el hombre. El pretendido "pensamiento crítico", al alcanzar conciencia de sí, declara: "Todo lo que es real es racional y todo lo que es racional es real". La forma‑límite del irrealismo se alcanza aquí (5). Pero, prácticamente, el racionalismo ha tenido una parte importante en la construcción del mundo moderno, no como similares abstracciones filosóficas, sino asociándose al empirismo y al experimentalismo en los marcos del cientifismo.
El nacimiento del pensamiento naturalista‑cientifíco moderno es también casi contemporáneo del Renacimiento y de la Reforma, pues en todo esto, en el fondo, se trata de expresiones solidarias de una revolución unica. El naturalismo desemboca necesariamente en el individualismo.
Con la revuelta del individuo, toda conciencia del mundo superior se pierde. Entonces queda la mera visión omnicomprensiva que permanece es la visión material del mundo, la visión de la naturaleza como exterioridad y fenómeno. Las cosas van a ser vistas como no lo habían sido jamás. Habían aparecido signos precursores de estas convulsiones, pero no se trataba, en realidad, más que de apariciones esporádicas que jamás se habían convertido en fuerzas formadoras de civilización (6). Es ahora cuando realidad se convierten en sinónimo de materialidad. El nuevo ideal de la ciencia concierne únicamente a lo que es físico para agotarse luego en una construcción: no es ya la síntesis de una intuición intelectual iluminadora, sino el efecto de facultades puramente humanas en vistas de unificar por el exterior, "inductivamente", por titubeos esporádicos y no por una visión, la variedad múltiple de impresiones y de apariciones sensibles, por alcanzar relaciones matemáticas, leyes de constancia y series uniformes, hipótesis y principios abstractos, cuyo valor es únicamente función de una posibilidad de previsión más o menos exacta, sin que aporten ningún conocimiento esencial, sin que descubran significados, sin que conduzcan a una liberación y a una elevación interiores. Y este conocimiento muerto de cosas mortales alcanza al arte siniestro de producir seres artificiales, automáticos, oscuramente demoníacos. Al advenimiento del racionalismo y del cientifismo debían fatalmente suceder el advenimiento de la técnica y de la máquina, centro y apoteosis del nuevo mundo humano.
Es a la ciencia moderna que se debe, por otra parte, la profanación sistemática de los dominios de la acción y de la contemplación, al mismo tiempo que el desencadenamiento de la plebe a través de Europa. Es ella quien ha degradado y democratizado la noción misma del saber, estableciendo el criterio uniformista de la verdad y de lo cierto, fundada sobre el mundo sin alma de las cifras y sobre la superstición del método "positivo", indiferente a todo dato de la experiencia, teniendo un carácter cualitativo y un valor de símbolo. Es ella quien a hecho imposible la comprensión de las disciplinas tradicionales y, gracias al espejismo de evidencias accesibles a todos, ha afirmado la superioridad de la cultura laica creando la superstición del hombre cultivado y del sabio. Es la ciencia quien, huyendo de las tinieblas de la "superstición" y de la "religión", insinuando la imagen de la necesidad natural, ha destruido progresiva y objetivamente toda posibilidad de relación "sutil" con las fuerzas secretas de las cosas, es ella quien ha hurtado al hombre la voz de la tierra, de los cielo y lo mares, y ha creado el mito de la "epoca nueva", del "progreso", abriendo indistintamente todas las vías a todos los hombres y fomentando, finalmente, la gran revuelta de los esclavos.
Es la ciencia quien, facilitando hoy los medios de controlar y utilizar todas las fuerzas de la naturaleza según los ideales de una conquista ahrimánica del mundo, ha hecho nacer la tentación más peligrosa que se haya ofrecido jamás al hombre: la de considerar como una gloria su propia renuncia y confundir el poder con el fantasma del poder.
Este proceso de distanciamiento, de pérdida del mundo superior, de la tradición, de laicismo agresivo, racionalismo y naturalismo triunfantes, se manifiesta de forma idéntica sobre el plano de las relaciones del hombre con la realidad y sobre el plano de la sociedad, el Estado y las cotumbres. Tal como hemos visto al tratar el problema de la muerte de la civilización, la sumisión íntima del humilde y del hombre desprovisto de conocimientos sobre los principios y las instituciones tradicionales, se justificaba en la medida en que permitía una relación jerárquica eficaz con seres que sabían y que "eran", que atestiguaban y mantenían viviente la espiritualidad no humana, de la que cada ley tradicional es el cuerpo y la adaptación. Pero cuando este centro de referencia ya no existe, o no subsiste más que como símbolo vacío, entonces la sumisión es vana, la obediencia estéril: de ello deriva una petrificación, no una participación ritual. Así, en el mundo moderno, humanizado y privado de la dimensión de la trascendencia, era fatal que desapareciera toda ley inspirada en un principio de jerarquía y de estabilidad, incluso sobre el plano más exterior y que desembocara en una verdadera atomización del individuo, no solo en materia de religión, sino también en el tereno político, al mismo tiempo que en el desconocimiento de todo valor, cualquier institución y autoridad tradicional. Una vez secularizada la fides, a la revuelta de las almas sucedió la revuelta de los hombres; a la revuelta contra la autoridad espiritual suceden la revuelta contra el poder temporal y la reivindicación de los "derechos del hombre", la afirmación de la libertad y de la igualdad de cada uno, la abolición definitiva de la idea de casta y privilegio, la desintegración libertaria.
Pero una ley de acción y reacción requiere que toda usurpación individualista acarree automáticamente una limitación colectivista. El sin‑casta, el esclavo emancipado y el paria glorificado ‑"el hombre libre" moderno‑ encuentra frente a él la masa de otros sin casta, y finalmente, la potencia brutal de lo colectivo. Es asi como prosigue el derrumbe: de lo personal se retroce a lo anónimo, al rebaño, a la cantidad pura, caótica e inorgánica. Y al igual que la construcción científica ha intentado, actuando desde el exterior, recomponer la multiplicidad de los fenómenos particulares ahora privados de esta unidad interna y verdadera que no existe más que sobre el plano del conocimiento metafísico; así mismo los modernos han buscado reemplazar la unidad que resultaba, en las sociedades antiguas,de tradiciones vivientes y de derecho sagrado, por una unidad exterior, anónima, mecánica, de la que todos los individuos sufren su apremio, sin tener entre ellos ninguna relación orgánica y sin percibir principios o figuras superiores, gracias a los cuales la obediencia era también un asentimiento y la sumisión un reconocimiento y una elevación. Esencialmente fundados sobre las condiciones de la existencia material y de la vida puramente social, dominada sin luz por el sistema impersonal y nivelador de los "poderes públicos", surgen por tal vía formas colectivas, que caen en la absurda inversión individuaista. Se presienten también bajo la máscara de la democracia o bien de los Estados nacionales, repúblicas o dictaduras, formas que no tardan en ser arrastrados por fuerzas infra‑humanas independientes.
El episodio más decisivo del desencadenamiento de la plebe europea, a saber la Revolución francesa, ya hizo aparecer los rasgos típicos de esta convulsión. Permite constatar como las fuerzas escapan al control de quienes aparentemente las han suscitado. Una vez desencadenada, se diría que esta revolución ha marchado sola, guiando a los hombres más que conducida por ellos. Uno a uno, devora a sus hijos. Los jefes, antes que verdaderas personalidades, parecen ser aquí encarnaciones del espíritu revolucionario, arrastrados por el movimiento como ocurriría con algo inerte o automático. Emergen sobre las olas tanto como siguen la corriente y sirven a los fines de la revolución; pero a penas intentar dominarla o frenarla, el torbellino les sumerge. El todo‑poder pandémico del contagio, de la fuerza‑límite de los "estados de masa" donde la resultante supera y entraña la suma de todas las componentes, la rapidez con la cual los acontecimientos se suceden, con la cual todos los obstáculos son superados, el carácter fatídico de muchos episodios, constituyen otros tantos aspectos específicos de la Revolución francesa, a través de los cuales se manifiesta la aparición de un elemento no humano, de algo subpersonal que posee sin embargo una vida y una inteligencia propias y de la que los hombres se convierten en simples instrumentos (7).
Este fenómeno es igualmente perceptible en grados y bajo formas diferentes, en algunos aspectos brotados de la sociedad moderna en general, tras la ruptura de los últimos diques. Políticamente, el anonimato de las estructuras confiere al pueblo y a la "nación" el origen de todo poder no interrumpiéndose más que para dar lugar a fenómenos absolutamente parecidos a las antiguas tiranías populares: emergen personalidades de forma fugaz, gracias al arte de despertar y arrastrar a las fuerzas del demos, sin apoyarse sobre un principio verdaderamente superior, y no dominando más que de una forma ilusoria las fuerzas que suscitan. La ley de aceleración propia de toda caida implica la superación de la fase del individualismo y del racionalismo y la emergencia consecutiva de fuerzas irracionales elementales salidas de una mística correspondiente. Tales son las fases ulteriores del proceso de inversión, que se acompañaba, en el dominio de la cultura, de convulsiones que alguién ha llamado la traición de los clérigos (8).
Estos hombres que, consagrándose a formas desinteresadas de actividad y a valores universales, servían todavía de reactivo al materialismo de las masas y, oponiéndo a la vida pasional e irracional de estas, por su fidelidad a intereses y principios superiores, afirmaban una especie de trasfondo de trascendencia que impedia, al menos, a los elementos inferiores trasformar en religión sus ambiciones y su modo general de existencia, estos hombres, recientemente, se dedicaron a celebrar precisamente este realismo plebeyo y esta existencia inferior "desconsagrada", confiriéndole la aureola de una mística, de una moral y una religión. No solo se han puesto a cultivar ellos mismos las pasiones materiales, los particularismos y los odios políticos, no solo se han abandonado a la embriaguez de las realizaciones y las conquistas temporales en el momento preciso en que, ante la potencia creciente del elemento inferior, su papel de contraste hubiera sido el más necesario, sino que, cosa infinitamente más grave, han pretendido exaltar en todo esto las meras posibilidades humanas como lo más bello y noble a cultivar, las únicas que permiten al hombre alcanzar la plenitud de la vida moral y espiritual. Han facilitado luego a estas pasiones una poderosa armadura doctrinal, filosófica, e incluso religiosa (y por esto mismo han acrecentado desmesuradamente su fuerza cubriendo al mismo tiempo de ridículo y abyección todos los intereses o principios trascendentes, superiores a los particularismos raciales o nacionales, libres de los condicionamientos humanos y político‑sociales) (9). Es aquí donde aparece de nuevo una inversión patológica de polaridad: la persona, en sus facultades superiores, se convierte en el instrumento de otras fuerzas que la suplantan y que, frecuentemente sin que lo sospeche, utilizan estas facultades con fines de destrucción espiritual (10).
La "traición" empieza, a partir del momento en que las facultades intelectuales fueron aplicadas masivamente a la investigación naturalista, y donde la ciencia profana que deriva pretendió ser la única ciencia verdadera, se hizo aliada del racionaismo en su ataque contra la tradición y la religión y se puso esencialmente al servicio de las necesidades materiales de la vida, de la economía, la industria, la producción y la superproducción, la sed de poder y riqueza.
En la misma dirección la ley y la moral se secularizan, no estando orientadas ya "de lo alto hacia lo bajo", pierden toda justificación y toda finalidad espirituales, adquieren puramente un sentido social y humano. Es significativo, sin embargo, que en ciertas ideologías recientes hayan terminado por reivindicar su antigua autoridad, pero según una dirección invertida; "de lo bajo hacia lo alto". Nos referimos aquí a la "moral" que no reconoce valor al individuo más que en tanto que miembro de un ser colectivo acéfalo, identificando su destino y su felicidad con los de esta entidad y denunciando como "decadentismo" y "alienación" toda forma de acividad que no sea "comprometida", que no esté al servicio de la plebe organizada, en marcha hacia la conquista del planeta. Volveremos más adelante a ello cuando examinemos las formas específicas bajo las cuales el presente ciclo está a punto de cerrarse. Nos contentaremos con señalar aquí una de las consecuencias de esta situación, a saber la inversión definitiva de las reivindiciaciones individualistas que están en el origen del proceso de desintegración y que no subsisten más que en los vestigios y las veleidades de un pálido e impotente "humanismo" de literatos burgueses. Se puede decir que con el principio según el cual el hombre, antes de sentirse persona, debe sentirse grupo, fracción, partido y finalmente colectividad, y valer esencialmente en relación a aquellos, reaparece la relación que existía entre el salvaje y el totem de su tribu, cuando no es el marco de un fetichismo aún mas grosero.
En lo que respecta a la visión general de la vida, los modernos han considerado como una conquista el tránsito de una "civilización del ser" a una "civilización del devenir". Una de las consecuencias han sido la valoración del aspecto puramente temporal de la realidad sobre el plano de la historia, es decir, el historicismo. Distanciado de los orígenes, el movimiento indefinido, insensato y acelerado de esto que se ha llamado justamente "fuga adelante", se convirtió el tema dominante de la ciilización moderna, a menudo bajo la etiqueta del evolucionismo y del progresismo. A decir verdad, los gérmenes de esta mitología supersticiosa aplicada al tiempo se pueden encontrar en la escatología y el mesianismo hebraico‑cristiano, pero también en la primera apologética católica; esta atribuía, en efecto, valor al carácter de "novedad" de la revelación cristiana, hasta el punto que se puede ver, en la polemica de San Ambrosio contra la tradición romana, una primera desembocadura de la teoría del progreso. El "descubrimiento del hombre", propio al Renacimiento, da un terreno, particularmente fértil, donde estos gérmenes debían desarrollarse hasta el período del iluminismo y el cientifismo, tras lo cual el espectáculo del desarrollo de las ciencias de la naturaleza, de la técnica, de las invenciones, etc. ha jugado el papel de estupefaciente, ha girado las imágenes, a fin de evitar que fuera comprendida la significación subyacente y esencial de todo el movimiento: el abandono del ser, la disolución de toda centralidad en el hombre, su identificación con la corriente del devenir, a partir de ahora más fuerte que él. Y cuando las quimeras del progresismo más grosero corren el riesgo de aparecer como tales, las nuevas religioses de la Vida y del impulso vital, el activismo y el mito "faústico", acaban por facilitar otros estupefacientes, a fin de que el movimiento no se detenga sino que sea, por el contrario, estimulado, adquiera un sentido de sí, tanto en lo que concierne al hombre como a la existencia en general. Una vez más la inversión es evidente. El centro es desplazado hacia esta fuerza elemental y huidiza de la region inferior que siempre ha sido considerada, en el mundo de la Tradición, como un poder enemigo cuya sujeción y fijación en una "forma", en una posesión y en una liberación iluminada del alma, constituía la tarea de aquel que aspiraba a la existencia superior preconizada por el mito heroico y olímpico. Las posibilidades humanas que, tradicionalmente, se orientaban en esta vía de desidentificación y liberación o que, por lo menos, reconocían la dignidad suprema hasta el punto de hacer de ella la piedra angular del sistema de participaciones jerárquicas, estas posibilidades, cambiando brucamente de polaridad, han pasado en el mundo moderno al servicio de las potencias del devenir, en el sentido de algo que les dice si, ayudando, excitando, acelerando y exasperando su ritmo, viendo no solo lo que es, sino también, lo que debe ser, aquello que está bien que sea.
De ello deriva que el activismo moderno, en lugar de representar una vía hacia lo supra‑individual ‑tal fue el caso, como hemos vito, de la antigua ascesis heroica‑ representa una vía hacia lo sub‑individual, que favorece y provoca irrupciones destructoreas de lo irracional y de lo colectivo en las estructuras ya vacilantes de la personalidad humana. Es un fenómeno "frenético" análogo al del antiguo dionisismo, pero que se sitúa evidentemente sobre el plano mucho más bajo y oscuro, porque toda referencia a lo sagrado está ausente, porque los circuitos humanos son los únicos que acogen y absoren las fuerzas evocadas. A la superación espiritual del tiempo, que se obtiene elevándose justo hasta una sensión de eterno, se opone hoy su contrapartida: una superación


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