Segunda parte



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lux monachorum (lo que atestigua de nuevo la unidad del principio ascético y del principio guerrero propio a esta aristocracia caballeresca)‑ es la de un príncipe gibelino que no asciende al trono de Jerusalén más que tras haber llevado a Roma el hierro y el fuego, tras haber matado con sus manos al anticésar Rodolfo de Rhinfeld y haber expulsado al papa de la ciudad santa (24). Además, la leyenda establece un parentesco significativo entre este rey de los cruzados y el mítico caballero del cisne ‑el Helias francés, el Lohengrin germánico (25)‑ que encarna a su vez símbolos imperiales romanos (su lazo genealógico simbólico con el mismo César), solares (relación etimológicaposible entre Helias, Helios, Elías) e hiperbóreos (el cisne que lleva a Lohengrin a la "región celeste" es también el animal emblemático de Apolo entre los hiperbóreos y es un tema que se reencuentra frecuentemente en los vestigios paleográficos del culto nórdico‑ario). De estos elementos históricos y míticos resulta que sobre el plano de las Cruzadas, Godofredo de Bouillon representa, también, un símbolo del sentido de esta fuerza secreta en la que no hay que ver, en la lucha política de los emperadores teutónicos e incluso en la victorio de Otón I, más que una manifestación exterior y contingente.
La ética caballeresca y la articulación del régimen feudal, tan alejados del ideal "social" de la Iglesia de los orígenes, el principio resucitado de una casta guerrera ascética y sacralmente reintegrada, el ideal secreto del imperio y de las cruzadas, imponen pues a la influencia cristiana sólidos límites. La Iglesia los acepta en parte: se deja dominar ‑se "romaniza"‑ para poder dominar, para poder mantenerse en la cresta de la ola. Pero resiste en parte, quiere erosionar la cúspide, dominar el Imperio. La ruptura subsiste. Las fuerzas suscitadas escapan aquí y allí a las manos de sus evocadores. Luego ambos adversarios se separan y desprenden de la lucha y uno y otro emprenden la senda de una decadencia similar. La tensión hacia la síntesis espiritual se aminora. La iglesia renunciará cada vez más a la pretensión real, y la realeza a la aspiración espiritual. Tras la civilización gibelina ‑espléndida primavera de Europa, estrangulada en su nacimiento‑ el proceso de caida se afirmará a partir de entonces sin encontrar obstáculos.

12

DECLIVE DEL ECUMENE MEDIEVAL: LAS NACIONES


Fueron a la vez causas de "lo alto" y de "lo bajo", quienes provocaron la decadencia del Sacro Imperio Romano y, más generalmente, del principio de la verdadera soberanía. En cuanto a las primeras, figuran la secularización y la materialización progresiva de la idea política. Ya en un Federico II, la lucha contra la Iglesia, aunque emprendida para defender el carácter sobrenatural del imperio, deja aparecer el anuncio de una evolución de este tipo, que se traduce, por una parte, en el humanismo, el liberalismo y el racionalismo nacientes en la corte siciliana, la constitución de un cuerpo de jueces laicos y de empleados administrativos, la importancia dada por los legislae y los decretistae y para aquellos que un justo rigorismo religioso, señalado con autos de fé y hogueras sabonarolianas para los primeros productos de la "cultura" y del "libre pensamiento", calificaba con desprecio de theologi philosophantes, y, de otra parte, por la tendencia centralizadora y ya anti‑feudal de algunas nuevas instituciones imperiales. En el momento en que un imperio cesa de ser sagrado, comienza a dejar de ser un Imperio. Su principio y su autoridad bajan de nivel y, una vez alcanzado el plano de la materia y de la simple "política", no pueden mantenerse, porque este plano, por su naturaleza misma, excluye toda universalidad y toda unidad superior. En 1338 ya, Luis IV de Baviera declara que la consagración imperial ya no es necesaria y que el prìncipe elegido es emperador legítimo en virtud de esta mera elección: emancipación que Carlos IV de Bohemia culmina con la "Bula de Oro". Pero, de hecho, la consagración no fue reemplazado por nada metafísicamente equivalente y los emperadores destruyeron así ellos mismos su dignitas trascendente. Se puede decir que tras esta época, perdieron "el mandato del Cielo" y que el Sacro Imperio no fue más que una superviviencia (1). Federico III de Austria fue el último Emperador coronado en Roma (1452), cuando el rito ya se había reducido a una ceremonia vacía y sin alma.
En lo que concierne al otro aspecto del declive, se ha señalado justamente que la mayor parte de las grandes épocas tradicionales se caracterizan por una constitución de forma feudal, que conviene más que cualquier otra a la formación regular de sus estructuras (2). Allí donde el énfasis está puesto sobre el principio de la pluralidad y de la autonomía política de las unidades particulares, aparece, al mismo tiempo, el verdadero lugar de este principio universal, de este unun quod non est pars, capaz de ordenarlos y utilizarlos realmente, no oponiéndose a cada uno de ellos, sino dominándolos gracias a la función trascendente, suprapolítica y reguladora a la cual corresponde (Dante). Nos encontramos entonces en presencia de una realeza que se corresponde con la aristocracia feudal, de una "imperialidad" ecuménica que no atenta contra la autonomía de los principados o de los reinos particulares y que integra, sin desnaturaliezarlas, las nacionalidades particulares. Cuando, por el contrario, decae la dignitas que permite situarse por encima de lo mútiple, de lo temporal y de lo contingente, cuando disminuye, de otra parte, la capacidad de una fides, es decir de un compromiso más que simplemente material, de la parte de cada elemento subordinado, entonces surge la tendencia centralizadora, el absolutismo político que busca mantener la cohesión del conjunto por medio de una unidad violenta, política y estática y no ya esencialmente suprapolítica y espíritual. O bien son procesos de particularismo puro y de disociación quienes toman la delantera. Por estas dos vías se realiza la destrucción de la civilización medieval. Los reyes comenzaron a reivindicar para sus unidades particulares el principio de autoridad absoluta propia al imperio (3), materializándola y proclamando finalmente la idea nueva y subversiva del Estado nacional. Un proceso análogo hace surgir una multitud de comunas, ciudades libres y repúblicas, entidades que tienden a constituirse cada una para sí, pasando a la resistencia y a la revuelta, no solo contra la autoridad imperial sino también contra la nobleza. Y la cúspide desciende, el ecumene europeo de deshace. El principio de una legislación única, dejando sin embargo un campo suficiente al jus singulare, correspondiente a una lengua única y a un único espíritu, desaparece; la caballería misma decae y, con ella, el ideal de un tipo humano formado por principios puramente éticos y humanos. Los caballeros llegan a defender los derechos y a sostener las ambiciones temporales de sus príncipes y, finalmente, de los Estados nacionales. Las grandes alineaciones inspiradas por el ideal suprapolítico de la "guerra santa" y de la "guerra justa" dan lugar a combicaciones, guerreras o pacíficas, trazadas en número creciente por la habilidad diplomática. No solamente la Europa cristiana asiste, inerte, a la caida del Imperio de Oriente y de Constantinopla provocada por los otomanos, sino que un rey de Francia, Francisco I, da el primer golpe al mito de la "cristiandad" base de la unidad europea, no dudando, en su lucha contra el representante del Sacro Imperio romano, no solamente en sostener a los príncipes protestantes sublevados, sino incluso en aliarse con el Sultán. La Liga de Cognac (1526) vió al jefe de la Iglesia de Roma seguir el mismo camino. Se asiste a este absurdo: Clemente VII, aliado de la Casa de Francia, entra en liza contra el Emperador aliándose con el Sultán precisamente en el momento en que el avance de Soliman II en Hungría amenaza a toda Europa y donde el protestantismo en armas está en trance de derribar su centro. Y se verá, igualmente, a un sacerdote al servicio de la casa de Francia, Richelieu, sostener de nuevo, en la última fase de la guerra de los Treinta Años, la liga protestante contra el emperador, hasta que, tras la paz de Augusta (1555), los tratados de Westphalia (1648) suprimen a los últimos restos del elemento religioso, decretan la tolerancia recíproca entre las naciones protestantes y las católicas y acuerdan a los príncipes sublevados unas independencia casi completa respecto al Imperio. A partir de esta época, el interés supremo y la resolución de los conflictos no serán del todo la defensa ideal de un derecho dinástico o feudal, sino una simple disputa en torno a un trozo de territorio europeo: el Imperio es definitivamente suplantado por los imperialismos, es decir por los movimientos de los Estados nacionales deseosos de afirmarse militar o económicamente sobre las demás naciones. La Casa de Francia juega, en estas convulsiones, tanto sobre el plano de la política europea, como en su función netamente anti‑imperial, un papel preponderante.
En el conjunto de estos desarrollos y fuera de la crisis de la idea imperial, la noción misma de soberanía se seculariza sin cesar del todo. El rey no es más que un guerrero, el jefe político de su Estado. Encarna también, durante un cierto tiempo, una función viril y un principio absoluto de autoridad, pero que no se refieren ya a una realidad trascendente, sino a una fórmula residual y vacía del "derecho divino", tal como fue definido, para las naciones católilcas, tras el concilio de Trento, en el período de la Contra‑refoma. La Iglesia se declaraba dispuesta a sancionar y a consagrar el absolutismo de soberanos íntimamente desconsagrados, a condición de que se convirtieran en el brazo secular de esta misma Iglesia que seguía a partir de ese momento la vía de la acción indirecta.
Es por ello que en el curso del período consecutivo al declive del ecumene gibelino, desapareció poco a poco, en cada Estado, la premisa en virtud de la cual la oposición a la Iglesia podía proseguirse sobre la base de un sentido superior: un reconocimiento más o menos exterior es concedido a la autoridad de Roma en materia de simple religión, cada vez que se puede obtener, a cambio, algo útil para la razón de Estado. O bien se asiste a intentos abiertos de subordinar directamente lo espiritual a lo temporal, como en el movimiento anglicano o galicano y, más tarde, en el mundo protestante, con las Iglesias nacionales controladas por el Estado. Avanzando en la edad moderna, se verá a las patrias constituirse en otros tantos verdaderos cismas y oponerse unas a otras, no solamente en tanto que unidades políticas y temporales, sino también en tanto que entidades casi míticas rechazando admitir un cualquier autoridad superior .
De todas formas, un punto aparece muy claramente: si a partir de ahora el Imperio declina y no hace más que sobrevivir a sí mismo, su adversario, la Iglesia, aunque teniendo el campo libre, no sabe asumir la herencia, dando así la prueba decisiva de su incapacidad para organizar Occidente según su propio ideal, es decir, según el ideal guelfo. Lo que sucede al Imperio, no es la Iglesia, una "cristiandad" reforzada, sino una multiplicidad de Estado nacionales, más o menos intolerantes respecto a todo principio superior de autoridad.
Por otra parte, la "desconsagración" de los príncipes, junto a su insubordinación respecto al Imperio, al privar a los organismos de los que son jefes del carisma de un principio más elevado, los llevan fatalmente a la órbita de las fuerzas inferiores, que tomarán progresivamente la delantera. En general, es fatal que cada vez que una casta se subleva contra la casta superior y se vuelve independiente, pierda el carácter específico que tenía en el conjunto jerárquico, para reflejar el de la casta inmediatamente inferior (4). El absolutismo ‑transposición materialista de la idea unitaria tradicional‑ prepara las vías para la demagogía y las revoluciones nacionales antimonárquicas. Y allí donde los reyes, en su lucha contra la aristocracia feudal y en su obra de centralización política, fueron llevados a favorecer las reivindicaciones de la burguesía y de la plebe misma, el proceso se realizó más rápidamente. Con razón se ha fijado la atención sobre la figura de Felipe el Hermoso, en efecto, quien, destruyendo, de acuerdo con el papa, a los Templarios, destruyó al mismo tiempo la expresión más característica de la tendencia a reconstituir la unidad del elemento guerrero y del elemento sacerdotal, que era el alma secreta de la caballería; es él quien comienza el trabajo de emancipación laica del Estado respecto a la Iglesia, proseguido casi sin interrupción por sus sucesores, al igual que se prosiguió ‑sobre todo por Luis XI y Luis XIV‑ la lucha contra la nobleza feudal, lucha que no desdeñaba el apoyo de la burguesía y toleraba incluso, para alcanzar su fin, el espíritu de revuelta de capas sociales aún más bajas; es él quien favorece ya una cultura antitradicional, gracias a sus "legistas" que fueron, antes que los humanistas del Renacimiento, los verdaderos precursores del laicismo moderno (5). Es significativo que fuera un sacerdote ‑el cardenal Richelieu‑ quien afirmó, contra la nobleza, el principio de centralización, preparando la sustitucion de las estructuras feudales por el binomio nivelador moderno del gobierno y de la nación, es incontestable que Luis XIV, dando forma a los poderes públicos, desarrollando sistemáticamente la unidad nacional, y reforzándola sobre el plano político, militar y económico, ha preparado, por así decirlo, un cuerpo para la encarnación de un nuevo principio, el del pueblo, de la nación concebida como simple colectividad burguesa o plebeya (6). Así, la obra antiaristocrática emprendida por los reyes de Francia, cuya oposición constante al Sacro Imperio ya se ha subrayado, debía lógicamente, con un Mirabeau, volverse contra ellos y expulsarlos finalmente del trono contaminado. Se puede afirmar que es precisamente por haberse comprometido la primera en esta vía y haber, por ello, acrecentrado sin cesar el carácter centralizador y nacionalista de la noción de Estado, que Francia conoció el primer hundimiendo de un régimen monárquico y, de una forma precisa y abierta, con el advenimiento del régimen republicano, el tránsito del poder a las manos del Tercer Estado. Se convirtió así, en el seno de las naciones europeas, en el principal foco de este fermento revolucionario y de esta mentalidad laica y racionalista que debían destruir los últimos vestigios de tradicionalidad (7).
Existe otro aspecto complementario de la Némesis histórica igualmente preciso e interesante. A la emancipación, respecto del Imperio, de los Estados convertidos en "absolutos", debía suceder la emancipación, respecto del Estado de los individuos soberanos, libres y autónomos. Una usurpación llama y prepara a la otra, hasta que, en los Estados que, en tanto que Estados soberanos nacionales que habían caido en la estatitación y la anarquía, la soberanía usurpada del Estado se inclinaba ante la soberanía popular, en el marco de la cual la autoridad y la ley no son legítimas más que en la medida en que expresan la voluntad de los ciudadanos considerados como individuos particulares y soberanos, esperando la última fase, la fase puramente colectivista.
Si bien fueron causas de "lo alto" quienes determinaron la caida de la civilización medieval, las de "lo bajo", distintas, aunque solidarias de las primeras, no deben ser olvidadas. Toda organizaicón tradicional es una formación dinámica, que supone fuerzas de caos, impulsos e intereses inferiores, capas sociales y étnicas más bajas, que un principio de "forma" domina y frena: implica el dinamismo de ambos polos antagonistas, cuyo polo superior, inherente al elemento supranatural de las castas superiores, intenta arrastrar hacia lo alto, mientras que el otro ‑el polo inferior ligado a la masa, al demos‑ busca arrastrar el primero hacia lo bajo (8). Así, a todo debilitamiento de los representantes del principio superior, a toda desviación o degeneración de la cúspide, corresponden, a manera de contrapunto, una emergencia y una liberación en el sentido de una revuelta de las capas inferiores. A través de procesos ya analizados, el derecho de pedir a los sujetos la fides, con el doble sentido espiritual y feudal, de la palabra, debía progresivamente decaer, mientras que los mismos procesos abrían virtualmente la vía a una materialización de esta fides en sentido político, y luego, a la revuelta en cuestión. En efecto, mientras que la fidelidad espiritualmente fundada es incondicionada, la que se relaciona con el plano temporal es, por el contrario, condicionada y contingente, sujeta a revocación según las circunstancias y por motivos empíricos, y el dualismo, la oposición persistente de la Iglesia al Imperio, debían contribuir por su parte, a arrastrar toda fides a este nivel inferior y precario.
Por lo demás, ya en la Edad Media, la Iglesia no experimentó escrúpulos en "bendecir" la infracción a la fides alineándose al lado de las Comunas italianas, sosteniento moral y materialmente la revuelta que, al margen de su aspecto exterior, expresaba simplemente la insurrección de lo particular contra lo universal, inspirándose en un tipo de organización social que ya no reposaba en absoluto sobre la casta guerrera, sino indirectamente sobre la tercera casta, la de los burgueses y mercaderes. Estos usurparon la dignidad del poder político y del derecho a las armas, fortificaron sus ciudades, alzaron sus estandartes, organizaron sus milicias contra las cohortes imperiales y la alianza defensiva de la nobleza feudal. Es aquí donde empieza el movimiento de "lo bajo", la sublevación de la marea de las fuerzas inferiores.
Las Comunas prefiguran el ideal completamente profano y antitradicional de una organización democrática fundada sobre el factor económico y mercantil y sobre el tráfico judaico del oro, pero su revuelta demuestra sobre todo que el sentimiento del sentido espiritual y ético del lealismo y de la jerarquía, estaba ya, en ese momento, a punto de extinguirse. No se reconoce ya en el Emperador más que un jefe político, a cuyas pretensiones políticas se puede resistir. Se afirma esta mala libertad que destruirá y desconocerá todo principio de verdadera autoridad, dejando a las fuerzas inferiores a sí mismas, y haciendo descender todas las formas políticas a un plano puramente humano, económica y colectivo, llegando a la omnipotencia del mercader y, más tarde, de los "trabajadores" organizados. Es significativo que el núcleo principal de este cáncer haya sido el suelo italiano, cuna de la romanidad. En la lucha de las Comunas apoyadas por la Iglesia contra los ejércitos imperiales y el corpus saecularium principum, se encuentran los últimos ecos de la lucha entre el Norte y el Sur, entre la tradición y la anti‑ tradición. Federico I ‑figura que la falsificación plebeya de la historia "patriótica" italiana se ha esforzado en desacreditar‑ combatió en realidad en nombre de un principio superior y de un deber que su función misma le imponía, contra una usurpación laica y particularista fundada, entre otras, sobre rupturas unilaterales de pactos y juramentos. Dante verá en él al "buen Barbarroja" legítimo representante del Imperio, que es la fuente de toda verdadera autoridad; considera la revuelta de las ciudades lombardas como ilegal y facciosa, conforme a su noble desprecio por las "gentes nuevas y las ganancia rápidas" (9), elementos del nuevo e impuro poder comunal, al igual que había reconocido una heregía subversiva en el "libre régimen de los pueblos particulares" y en la nueva idea nacionalista (10). En realidad, no fue tanto para imponer un reconocimiento material y para satisfacer ambiciones territoriales, como en el nombre de una reivindicación ideal y por la defensa de una derecho suprapolítico,que lucharon los Ottones y luego los Suavios: exigían obediencia no en tanto que príncipes teutónicos, sino en tanto que Emperadores "romanos" ‑romanorum reges‑, es decir, supranacionales. Es por el honor y por el espíritu que lucharon contra la raza de los mercaderes y de los burgueses en armas (11), y es por ello estos fueron considerados como rebeldes, menos contra el emperador que contra Dios ‑obviare Deo. Por orden divino ‑jubente Deo‑ el príncipe los combate como representante de Carlomagno, con la "espada vengadora", para restaurar el orden antiguo: redditu res publica statui votuta (12).
Enfin, si continuamos considerando sobre todo a Italia, los Señoríos, contrapartidas o sucesiones de las Comunas, aparecen como otro aspecto del nuevo clima del cual "El Príncipe" de Maquiavelo, es un índice barométrico. No se concibe ya, como jefe, más que al individuo poderoso que no domina en virtud de una consagración, en virtud de su nobleza, por que representa un principio superior y una tradición, sino que domina en nombre de sí mismo, se sirve de la astucia y de la violencia, recurre a las fuentes de la política entendida a partir de ahora como un "arte", como una técnica desprovista de escrúpulos: el honor y la verdad no tienen para él ningún sentido y no se sirve eventualmente de la religión misma más que como de un instrumento entre otros. Danta había dicho justamente: Italorum principum... qui non heroico more sed plebeo, secuntur superbiam (13). La sustancia de este gobierno no es pues "heroica", sino plebeya; es a este nivel que se encuentra reducida la virtus antica, al igual que la superioridad en relación al bien y al mal inherente a aquel que dominaba en virtud de una ley no‑humana. Se ve reaparecer aquí el tipo de algunos tiranos de la antigüedad y se encuentra al mismo tiempo la expresión de este individualismo desencadenado que, como veremos, caracteriza, bajo formas múltiples, este momento crucial de la historia. Se puede ver finalmente la prefiguración brutal de la "política absoluta" y de la voluntad de poder que se reafirmará, sobre una escala más amplia, en una época reciente, al producirse el ascenso del Cuarto Estado.
Estos procesos marcan pues el fin del ciclo de la restauración medieval. De cierta forma, se reafirma la idea ginecocrático‑ meridional, en los marcos de la cual el principio viril, fuera de las formas extremas que acaban de ser mencionadas, e incluso cuando es encarnado en la figura del monarca, no tiene más que un sentido material (político, temporal), mientras que la Iglesia permanece depositaria de la espiritualidad bajo la forma "lunar" de religión devocional y, en pocos los casos, de contemplación, en las Ordenes monásticas. Una vez confirmada esta escisión, el derecho de sangre y de la tierra o las manifestaciones de una simple voluntad de poder imponen su supremacía. El particularismo de las ciudades, de las patrias y de los nacionalismos supone la inevitable consecuencia, al igual que, más tarde, el principio de la revuelta del demos, del elemento colectivo, subsuelo del edificio tradicional, que tenderá a apropiarse de las estructuras niveladas y de los poderes públicos unificados creados en la fase antifeudal precedente.
La lucha más característica de la Edad Media, la del principio "heroico"‑viril contra la Iglesia, aborta. A partir de entonces, el hombre occidental no tiende a la autonomía y a la emancipación del lazo religioso más que bajo la forma de una desviación contaminadora y llegando, políticamente, hasta lo que se podría llamar un retorno demoníaco del gibelinismo, prefigurado por lo demás por la utilización que los príncipes germánicos hicieron de las ideas del luteranismo. De manera general, en tanto que civilización, Occidente no se emancipa de la Iglesia y de la visión católica del mundo, tras la Edad Media, más que laizizándose y cayendo en el naturalismo, exaltando como una conquista el empobrecimiento propio a un punto de vista y a una voluntad que no reconocen ya nada más allá del hombre ni más allá de lo que está enteramente condicionado por lo humano.
La exaltación polémica de la civilización del Renacimiento contra la de la Edad Media forma parte de las convenciones de la historiografía moderna. Si bien no se trata aquí más que de una de las numerosas sugestiones difundidas en la cultura moderna por los dirigentes de la subversión mundial, habría que ver en ello la expresión de un incomprensión típica.


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