Segunda parte



Descargar 0.56 Mb.
Página12/19
Fecha de conversión26.03.2018
Tamaño0.56 Mb.
1   ...   8   9   10   11   12   13   14   15   ...   19
rakna‑rökkr, el "destino" u "oscurecimiento" de los dioses. Esto ocurre en un mundo en lucha, dominado por la dualidad. Esotéricamente, este "oscurecimiento" concierne metafóricamente a los dioses. Se trata ante todo del oscurecimiento de los dioses en la conciencia humana. Es el hombre quien, progresivamente pierde a los dioses, es decir las posibilidades de contacto con ellos. Sin embargo este destino puede ser eludido durante largo tiempo en tanto sea mantenido, en su pureza, el depósito de este elemento primordial y simbólico, con el que había sido construido, en la región original del Asgard, el "palacio de los héroes", la sala de los doce tronos de Odín: el oro. Pero este oro que podía ser un principio de salvación en tanto que no ha sido tocado por la raza elemental, ni por el hombre, cae finalmente en poder de Alberic, rey de los seres subterráneos, que se convertirán en los Nibelungos en la redacción mas tardía del mito. Se trata manifiestamente aquí de un eco de lo que corresponde, en otras tradiciones, al advenimiento de la edad de bronce, al ciclo de la usurpación titánico‑prometeica, en la época prediluviana de los Nephelin. No está quizás carente de relación con una involución telúrica y mágica, en el sentido inferior del término, de los cultos precedentes (7).
En frente, se encuentra el mundo de los Ases, divinidades nórdico‑germánicas que encarnan el principio uranio bajo su aspecto guerrero. Es Donnar‑Thor, exterminador de Thym e Hymir, "el más fuerte entre los fuertes", el señor del "asilo contra el terror" cuya arma terrible, el doble martillo Mjölnir, es, al mismo tiempo una variante del hacha simbólica hiperbórea bicúspide y un signo de la fuerza‑rayo propia de los dioses uranios del ciclo ario. Es Wotan‑Odín, aquel que concede la victoria y posee la sabiduría, el dueño de las fórmulas mágicas todopoderosas que no son comunicadas a ninguna mujer, ni siquiera a una hija del rey, el Aguila, huesped de los héroes inmortalizados que las Walkirias elijen sobre los campos de batalla y a quienes hacen sus hijos (8); aquel que da a los nobles "de este espíritu que vive y no perece, incluso cuando el cuerpo se disuelve en la tierra" (9); aquel al cual, por otra parte, los linajes reales remiten su origen. Es Tyr‑Tiuz, dios de las batallas y, al mismo tiempo, dios del día, del cielo solar irradiante, al cual se asocia la runa, Y, que corresponde al signo muy antiguo, nórdico‑atlántico, del "hombre cósmico con los brazos alzados" (10).
Uno de los temas de los ciclos "heroicos" aparece en la leyenda relativa al linaje de los Wölsungen, engendrado por la unión de un dios con una mujer. De esta raza nacerá Sigmund, que se apropiará de la espada clavada en el Arbol divino; luego, el héroe Sigurd‑Siegfried, que se vuelve dueño del oro caido en las manos de los Nibelungos, mata al dragon Fafnir, variante de la serpiente Nidhögg, que roe las raices del árbol divino Yggdrassil (a la caida del cual se hundirá también la raza de los dioses) y personifica así la fuerza oscura de la decadencia. Si el mismo Sigurd es finalmente muerto a traición, y el oro restituido a las aguas, no es menos cierto que el héroe posee la Tarnkappe, es decir, el poder simbólico que hace pasar de lo corporal a lo invisible, el héroe predestinado a la posesión de la mujer divina, sea bajo la forma de una reina amazónica vencida (Brunhilde como reina de la isla septentrional) sea bajo la forma de Walkiria, virgen guerrera pasada de la sede celeste a la terrestre.
Los más antiguos linajes nórdicos consideraron como su patria de origen Gardarika, tierra situada en el extremo norte. Incluso aun cuando este país no fuera considerado mas que como una simple región de Escandinavia, seguiría asociado al recuerdo de la función "polar" del Mitgard, del "centro" primordial: transposición de recuerdos y tránsitos de lo físico a lo metafísico, en virtud de los cuales Gardarika fue, correlativamente, considerada también como idéntica al Asgard. Es en el Asgard donde habrían vivido los antepasados no‑humanos de las familias nobles nórdicas y algunos reyes sagrados escandinavos, que como Gilfir, habrían ido allí para anunciar su poder y recibir la enseñanza tradicional del Eda. Pero el Asgard es también la tierra sagrada ‑keilakt land‑ la región de los olímpicos nórdicos y de los Ases, prohibida a la raza de los gigantes.
Estos temas eran pues propios de la herencia tradicional de los pueblos nórdico‑germánicos. En su visión del mundo, la percepción de la fatalidad de la decadencia, de los ragna‑rökk, se unía a ideales y a representaciones de dioses típicos de los ciclos "heroicos". Más tarde, sin embargo, esta herencia, tal como hemos dicho, se convirtió en subconsciente, el elemento sobrenatural se encontró velado en relación a los elementos secundarios y bastardos del mito y de la leyenda, y con él, el elemento universal contenido en la idea del Asgard‑Mitgard, "centro del mundo".
El contacto de los pueblo germánicos con el mundo romano‑ cristiano tuvo una doble consecuencia.
De una parte, si su descenso terminó por trastornar, en el curso de un primer momento, el aparato material del Imperio, se tradujo, interiormente, en una aportación vivificante, gracias a la cual debían ser realizadas las condiciones necesarias para una civilización nueva y viril, destinada a reafirmar el símbolo romano. Fue en el mismo sentido que se operó igualmente una rectificación esencial del cristianismo e incluso del catolicismo, sobre todo en lo que concierne a la visión general de la vida.

Por otra parte, la idea de la universalidad romana, al igual que el principio cristiano, bajo su aspecto genérico de afirmación de un orden sobrenatural, produjeron un despertar más alto de la vocación de los linajes nórdico‑germánicos, y sirvieron para integrar sobre un plano más elevado y hacer vivir en una forma nueva lo que se había materializado y particularizado frecuentemente entre ellos bajo la forma de tradiciones propias a cada una de las razas (11). La "conversión", en lugar de desnaturalizar sus fuerzas, las purificó y volvió precisamente aptas para recuperar la idea imperial romana.


La coronación del rey de los francos comportaba ya la fórmula: Renovatio romani Imperii; además, una vez fue asumida Roma como fuente simbólica de su imperium y de su derecho, los principes germánicos debieron finalmente agruparse contra la pretensión hegemónica de la Iglesia y convertirse en el centro de una gran corriente nueva, tendiente a una restauración tradicional.
Desde el punto de vista político, el ethos innato de las razas germánicas dió a la realidad imperial un carácter viviente, firme y diferenciado. La vida de las antiguas sociedades nórdico‑ germánicas se fundaba sobre los tres principios de personalidad, libertad y fidelidad. El sentido de la comunidad indiferenciada les era completamente ajeno así como la incapacidad del individuo para valorizarse fuera de los marcos de una institución abstracta. La libertad es aquí, para el individuo, la medida de la nobleza. Pero esta libertad no es anárquica e individualista; es capaz de una entrega trascendente de la persona, conoce el valor transfigurante de la fidelidad hacia aquel que es digno y al cual se somete voluntariamente. Es así como se formaron grupos de fieles en torno a jefes a los cuales podía aplicarse la antigua fórmula: "La suprema nobleza del Emperador romano es ser, no un propietario de esclavos, sino señor de hombres libres, que ama la libertad incluso de aquellos que le sirven". Conforme a la antigua concepción aristocrática romana, el Estado tenía por centro el consejo de jefes, cada uno libre, señor en su tierra, jefe del grupo de sus fieles. Más allá de este consejo, la unidad del Estado y, en cierta forma, su aspecto suprapolítico, estaba encarnado por el rey, en tanto que pertenecía ‑a diferencia de los meros jefes militares‑ a un linaje de origen divino: entre los godos, los reyes eran frecuentemente designados bajo el nombre de amales, los "celestes", los "puros". Originariamente, la unidad material de la nación se manifestaba solamente con ocasión de una acción, de la realización de un fin común, particularmente de conquista o defensa. Es en este caso solamente como funcionaba una institución nueva. Junto al rex, era elegido un jefe, dux o heretigo, y una jerarquía rígida se formaba expontáneamente, el señor libre se convertía en hombre del jefe, cuya autoridad llegaba incluso hasta la posibilidad de quitarle la vida si faltaba a los deberes que había asumido. "El príncipe lucha por la victoria, el sujeto por su príncipe". Protegerlo, considerarlo como la esencia misma del deber de fidelidad "ofrecer en honor del jefe sus propios gestos heroicos", tal era, ya según Tácito (12), el principio. Una vez finalizada la empresa, se recuperaban la independencia y la pluralidad originales.
Los condes escandinavos llamaban a su jefe "el enemigo del oro" porque en su calidad de jefe, no debía guardar nada para él y también "el anfitrión de los héroes" por que constituía para él un honor acoger en su casa, casi como a sus padres, a sus guerreros fieles, sus compañeros y sus pares. Entre los francos también, antes de Carlomagno, la adhesión a una iniciativa era libre: el rey invitaba, o procedía a realizar un llamamiento, o bien los príncipes mismos proponían la acción, pero no existía en todo caso ningún "deber", ni "servicio" impersonal: por todas partes reinaban relaciones libres, fuertemente personalizadas, de mando y obediencia, de entente, fidelidad y honor (13). La noción de libre personalidad se convertía así en la base fundamental de toda unidad y jerarquía. Tal fue el gérmen "nórdico" de donde pudo nacer el régimen feudal, sustrato de la nueva idea imperial.
El desarrollo que desembocó en este régimen derivó de la asimilación de la idea de rey con la de jefe. El rey va ahora a encarnar la unidad del grupo incluso en tiempos de paz. Esto fue posible por el reforzamiento y la extensión del principio guerrero de la fidelidad a los tiempos de paz. En torno al rey se formó una cohorte de fieles (los huskarlar nórdicos, los gasindii, longobardos, los gardingis y los palatinos góticos, los antrustiones o convivae regis francos, etc.) hombres libres, que consideraban que el hecho de servir a su señor y defender su honor y su derecho, como un privilegio y como una manera de acceder a un modo de ser más elevado que aquel que les dejaba, en el fondo, el principio y fin de si mismos (14). La constitución feudal se realiza gracias a la aplicación progresiva de este principio, aparecido originalmente entre la realeza franca, a los diferentes elementos de la comunidad.
Con el período de las conquistas se afirma un segundo aspecto del derecho en cuestión: la asignación, a título de feudo, de tierras conquistadas, con la contrapartida del compromiso de fidelidad. En un espacio que desbordaba el de una nación determinada, la nobleza franca, irradiando, sirvió de factor en cohesión y unificación. Teóricamente, este desarrollo parece traducirse por una alteración de la constitución precedente; el señorío aparece condicionado; es un beneficio real que implica la lealtad y el servicio. Pero, en la práctica, el régimen feudal corresponde a un principio, no a una realidad cristalizada; reposa sobre la noción general de una ley orgánica de orden, que deja un campo considerable al dinamismo de las fuerzas libres, alineadas, unas junto a otras, o unas contra otras, sin atenuaciones ni alteraciones ‑el sujeto frente al señor, el señor frente al señor‑ de forma que todo ‑libertad, honor, gloria, destino, propiedad‑ se funda sobre el valor y el factor personal y nada, o casi nada, sobre un elemento colectivo, un poder público o una ley abstracta. Como se ha señalado justamente, el carácter fundamental y distintivo de la realeza no fue, en el régimen feudal de los orígenes, el de un poder "público", sino el de fuerzas en presencia de otras fuerzas, cada una responsable respecto a sí misma de su autoridad y su dignidad. Tal es la razón por la cual esta situación presenta a menudo más similitud con el estado de guerra que con el de "sociedad" pero es también por ello que comporta ‑eminentemente‑ una diferenciación precisa de las energías. Jamás, quizás, el hombre se ha visto tratado más duramente como bajo el régimen feudal y sin embargo este régimen fue, no solo para los feudatarios, obligados a velar por sí mismos y continuamente por sus derechos y su prestigio, sino para los sujetos también, una escuela de independencia y de virilidad antes que de servilismo. Las relaciones de fidelidad y de honor alcanzaron un carácter absoluto y un grado de pureza que no fueron alcanzados en ninguna otra época en la historia de Occidente (15).
De forma general, cada uno pudo encontrar, en esta nueva sociedad, tras la promiscuidad del Bajo Imperio y el caos del período de las invasiones, el lugar conforme a su naturaleza, tal como ocurre cada vez que existe un centro inmaterial de cristalización en la organización social. Por última vez en Occidente, la división social tradicional en siervos, burgueses, nobleza guerrera y representantes de la autoridad espiritual (el clero desde el punto de vista guelfo, las órdenes ascético‑ caballerescas desde el punto de vista gibelino) se constituye de una forma casi expontánea y se estabiliza.
El mundo feudal de la personalidad y de la acción no agotaba, sin embargo, las posibilidades más profundas del hombre medieval. La prueba de esto es que su fides supo también desarrollarse bajo una forma, sublimada y purificada en lo universal, teniendo por centro el principio del Imperio, sentido como una realidad ya supra‑política, como una institución de origen sobrenatural formando un poder único con el reino divino. Mientras que continuaban actuando en su espíritu formador unidades feudales y reales particulares, tenía como cúspide al emperador, que no era simplemente un hombre, sino más bien, según las expresiones características, deus‑homo totus deificatus et sanctificatus, adorandum quia praesul princeps et summus est (16). El emperador encarnaba también, en sentido eminente, una función de "centro" y pedía a los pueblos y a los príncipes, contemplando la realización de una unidad europea tradicional superior, un reconocimiento de naturaleza tan espiritual como el que la Iglesia pretendía para sí misma. Y al igual que dos soles no pueden coexistir en un mismo sistema planetario, imagen que a menudo fue aplicada a la dualidad Iglesia‑Imperio, así mismo el contraste entre estos dos poderes universales, referencias supremas de la gran ordinatio ad unum del mundo feudal, no debía tardar en estallar.
Ciertamente, de una y otra parte, los compromisos no faltaron, como tampoco las concesiones más o menos conscientes al principio opuesto. Sin embargo, el sentido de este contraste escapa a quien, deteniéndose en las apariencias y en todo lo que no se presenta, metafísicamente, más que como una simple causa ocasional, no ve más que una competición política, un conflicto de intereses y ambiciones y no una lucha a la vez material y espiritual, y considera este conflicto como el de dos adversarios que se disputan la misma cosa, que reivindican cada uno para sí la prerrogativa de un mismo tipo de poder universal. A través de esta lucha se manifiesta por el contario el contraste entre dos puntos de vista incompatibles, lo que nos remite de nuevo a las antítesis del Norte y del Sur, de la espiritualidad solar y de la espiritualidad lunar. A la idea universal de tipo "religioso" de la Iglesia, se opone el ideal imperial, marcado por una secreta tendencia a reconstruir la unidad de los dos poderes, el religioso y el hierático, lo sagrado y lo viril. Aunque la idea imperial, en sus manifestaciondes exteriores, se limitara frecuentemente a reivindicar el dominio del corpus y de la ordo del universo medieval; aunque solo fue en teoría,de hecho los Emperadores encarnaron la lex viva y estuvieran a la altura de una ascesis de la potencia (17), mientras, se retornó a la idea de la "realeza sagrada" sobre el plano universal. Y aquí donde la historia no indica más que implícitamente esta aspiración superior, es el mito quien habla: el mito que, aquí también, no se opone a la historia, sino que la completa, revelando una dimensión en profundidad. Ya hemos visto que en la leyenda imperial medieval figuran numerosos elementos que se alinean más o menos directamente con la idea del "Centro" supremo. A tavés de los símbolos variados, hacen alusiones a una relación misteriosa entre este centro y la autoridad universal y la legitimidad del emperador gibelino. Al Emperador se han transmitido los objetos emblemáticos de la realeza iniciática y se le aplica el tema del héroe "jamas muerto", oculto en la "montaña" o en una región subterránea. En él se presenta la fuerza que debería despertarse al final de un ciclo, hacer florecer el Arbol Seco, librar la última batalla contra la invasión de los pueblos de Gog y Magog. Es sobre todo a propósito de los Hohenstaufen que se afirma la idea de un "linaje divino" y "romano", que no solo detentaba el regnum, sino era capaz de penetrar en los misterios de Dios, que los otros pueden solamente presentir a través de imágenes (18). Todo esto tiene pues como contrapartida la espiritualidad secreta, de la que ya hemos hablado (I, 14), que fue propia de la otra culminación del mundo feudal y gibelino, la caballería.
Formando la caballería de su propia sustancia, el mundo de la edad media demostró de nuevo la eficiencia de un principio superior. La caballería fue el complemento natural de la idea imperial, respecto a la cual se encuentra en la misma relación que el clero en relación a la Iglesia. Fue como una especie de "raza del espíritu", en la formación de la cual la raza de la sangre tuvo una parte en absoluto despreciable: el elemento nórdico‑ario se purificó en un tipo y un ideal de valor universal, análogo al que había representado en el origen, en el mundo, el civis romanus.
Pero la caballería permitió también constatar hasta qué punto los temas fundamentales del cristianismo evangélico habían sido superados y en que amplia medida la Iglesia se vió obligada a sancionar, o, al menos, tolerar, un conjunto de principios, valores y costumbres prácticamente irreductibles al espíritu de sus orígenes. Habiéndonos referido a la cuestión en la primera parte de esta obra, nos contentaremos con recordar aquí algunos principios fundamentales.
Tomando por ideal el héroe antes que el santo, el vencedor antes que el martir, situando la suma de todos los valores en la fidelidad y en el honor antes que en la caridad y la humildad; considerando la dejadez y la vergüenza como un mal peor que el pecado; no respetando en absoluto la regla que quiere que no se resista al mal y que se devuelva bien por mal; aprestándose, antes bien, a castigar al injusto y al malvado; excluyendo de sus filas a quien siguiera literalmente el precepto cristiano de "no matar"; teniendo por principio no amar al enemigo, sino combatirlo y no ser magnánimo con él hasta haberlo vencido (19), la caballería afirma, casi sin alteración, una ética nórdico‑aria en el seno de un mundo que no era más que nominalmente cristiano.
De otra parte, la "prueba de las armas", la solución de todo problema por la fuerza, considerada como una virtud confiada por Dios al hombre para hacer triunfar la justicia, la verdad y el derecho sobre la tierra, aparece como una idea fundamental que se extiende del dominio del honor y del derecho feudal hasta el dominio teológico, pues la experiencia de las armas y la "prueba de Dios" fue propuesta incluso en materia de fé. Esta idea no es en absoluto cristiana; se refiere, más bien, a la doctrina mística de la "victoria" que ignora el dualismo propio a las concepciones religiosas, une el espíritu y la potencia, y vé en la victoria una especie de consagración divina. La interpretación teista atenuada según la cual, en la Edad Media, se pensaba en una intervención directa de un Dios concebido como persona, no resta nada al espíritu íntimo de estas costumbres.
Si el mundo caballeresco profesó igualmente la "fidelidad" a la Iglesia, muchos elementos hacen pensar que se trataba aquí de una sumisión muy próxima a la que era profesada en relación a los diversos ideales y respecto a las "damas" a las cuales el caballero se volcaba impersonalmente, ya que para él, por su vía, solo era decisiva la capacidad genérica de la subordinación heroica de la felicidad y de la vida, no el problema de la fé en el sentido específico y teológico. En fin, ya hemos visto que la caballería, al igual que las Cruzadas, poseyó, además de su aspecto exterior, un aspecto interior, esotérico.
Por lo que respecta a la caballería, ya hemos dicho que tuvo sus "Misterios". Conoció un Temple que no se identificaba pura y simplemente con la Iglesia de Roma. Tuvo toda una literatura y ciclos de leyendas, donde revivieron antiguas tradiciones precristianas: característico entre todos es el ciclo del Graal, en razón de la interferencia del tema de la reintegración heróico‑iniciática con la misión de restaurar un reino caido (20). Se forjó un lenguaje secreto, bajo el cual se escondía a menudo una hostilidad marcada contra la Curia romana. Incluso en las grandes órdenes caballerescas históricas, donde se manifiestaba netamente una tendencia a reconstituir la unidad del tipo guerrero y la del asceta, corrientes subterráneas actuaron que, allí donde afloraron, atrajeron sobre estas órdenes la legítima sospecha e, incluso amenudo, la persecución de las representantes de la religión dominante. En realidad, en la caballería, actuó igualmente un impulso hacia una reconstitución "tradicional" en el sentido más elevado, implicando la superación tácita o explícita del espíritu religioso cristiano (se recuerda el rito simbólico del rechazo de la Cruz entre los Templarios). Y todo esto tenía como centro ideal el Imperio. Fue así como surgieron incluso leyendas, recuperando el tema del Arbol Seco, donde la refloración de este árbol coincide con la intervención de un emperador que declarará la guerra al Clero, hasta el punto de que en ocasiones ‑por ejemplo en el Compendium Theologiae‑ se llegará a atribuirle los rasgos del Anticristo: oscura expresión de la sensación de una espiritualidad irreductible a la espiritualidad cristiana.
En la época en que la victoria parecía sonreir a Federico II, ya las profecías populares anunciaban: "El alto cedro del Líbano será cortado. ¡No habrá más que un solo Dios, es decir, un monarca! ¡Maldito sea el clero! Si cae, un nuevo orden está presto" (22).
Con ocasión de las cruzadas, por primera y última vez en la Europa post‑romana, se realizó, sobre el plano de la acción, por un maravillso impulso y como en una misteriosa repetición del gran movimiento histórico del Norte al Sur y de Occidente hacia Oriente, el ideal de la unidad de las naciones representada, en tiempos de paz, por el Imperio. Ya hemos dicho que el análisis de las fuerzas profundas que determinaron y dirigieron las cruzadas, no sirven para confirmar los puntos de vista propios de una historia bidimensional. En el flujo en dirección a Jerusalèn se manifestó a menudo una corriente oculta contra la Roma papal que, sin saberlo, Roma misma alimentó, de la cual la caballería era la milicia, el ideal heroico‑gibelino la fuerza más viviente y que debía concluir con un Emperador que Gregorio IX estigmatizó como aquel que "amenaza con sustituir la fé cristiana por los antiguos ritos de los pueblos paganos y, sentándose en el templo, usurpa las funciones del sacerdocio". La figura de Godofredo de Bouillon ‑este representante tan característico de la caballería cruzada, llamado


Compartir con tus amigos:
1   ...   8   9   10   11   12   13   14   15   ...   19


La base de datos está protegida por derechos de autor ©psicolog.org 2019
enviar mensaje

    Página principal
Universidad nacional
Curriculum vitae
derechos humanos
ciencias sociales
salud mental
buenos aires
datos personales
Datos personales
psicoan lisis
distrito federal
Psicoan lisis
plata facultad
Proyecto educativo
psicol gicos
Corte interamericana
violencia familiar
psicol gicas
letras departamento
caracter sticas
consejo directivo
vitae datos
recursos humanos
general universitario
Programa nacional
diagn stico
educativo institucional
Datos generales
Escuela superior
trabajo social
Diagn stico
poblaciones vulnerables
datos generales
Pontificia universidad
nacional contra
Corte suprema
Universidad autonoma
salvador facultad
culum vitae
Caracter sticas
Amparo directo
Instituto superior
curriculum vitae
Reglamento interno
polit cnica
ciencias humanas
guayaquil facultad
desarrollo humano
desarrollo integral
redes sociales
personales nombre
aires facultad