Segunda parte



Descargar 0.56 Mb.
Página1/19
Fecha de conversión26.03.2018
Tamaño0.56 Mb.
  1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   19

REVUELTA CONTRA EL MUNDO MODERNO
JULIUS EVOLA

Nota del traductor:

Esta traducción se realizó en 1991 para Editorial Grupo 88 a petición de Isidro Palacios. Cuando el libro estaba próximo a estar traducido, la editorial quebró y la traducción quedó en el cajón. Luego Editorial Harakles tradujo y editó en Argentina esta misma obra en 1996. Ahora presentamos la segunda parte del “Rivolta…” traducida de la primera edición francesa, tal y como la dejamos en 1991: se han omitido las palabras en alfabeto griego. Así mismo, no se ha realizado la corrección ortográfica ni de estilo, por lo que es posible que puedan ir apareciendo errores de este tipo que agradeceríamos se nos comunicada a fin de mejorar esta edición electrónica.

SEGUNDA PARTE


GENESIS Y ROSTRO

DEL MUNDO MODERNO


"El Sabio conoce muchas cosas ‑ prevé los acontecimientos, la decadencia del mundo ‑ el fin de los Ases"
(Völuspa, 44)
"Os revelaré un secreto. Ha llegado el tiempo en que el Esposo coronará a la Esposa. Pero ¿dónde está la corona? Hacia el Norte... Y ¿de donde viene el Esposo? Del Centro, donde el calor engendra la Luz y se dirige hacia el Norte... donde la Luz se vuelve resplandeciente. Pero ¿qué hacen los del Mediodía? Se han adormecido en el calor; pero despertarán en la tempestad y, entre ellos, muchos se aterrorizarán hasta el punto de morir"
J. Boehme (Aurora, II, XI, 43).

El método adoptado en la primera parte de esta obra presenta, en relación al que seguiremos a partir de ahora, una diferencia que interesa poner de manifiesto.


En la primera parte nos hemos situado en un punto de vista esencialmente morfológico y tipológico. Se trataba ante todo de extraer, a partir de testimonios diversos, los elementos que permitieran precisar mejor en lo universal, es decir, suprahistóricamente, la naturaleza del espíritu tradicional y de la visión tradicional del mundo, del hombre y de la vida. No era preciso, pues, examinar la relación existente entre los datos utilizados y el espíritu general de las diversas tradiciones históricas de las que dependen. Los elementos que, en el conjunto de una tradición particular y concreta, no eran conformes con el puro espíritu tradicional, podían ser ignorados y considerados como carentes de influencia sobre el valor y el sentido de los otros. No se trataba tampoco de determinar en que medida algunas posiciones e instituciones históricas eran "tradicionales" en el espíritu, o solamente en la forma.
A partir de aquí nuestro propósito varía. Consistirá en seguir la dinámica de las fuerzas tradicionales y antitradicionales a través de la historia, lo que excluye la posibilidad de aplicar el mismo método, a saber, aislar y valorizar, en razón de su "tradicionalidad" algunos elementos particulares en el conjunto de las civilizaciones históricas. Lo que contará en el futuro, y constituirá el objeto específico de este nuevo enfoque, será, por el contrario, el espíritu de una civilización determinada, el sentido según el cual han actuado de forma concreta todos los elementos comprendidos en su interior. La consideración sintética de las fuerzas reemplazará al análisis tendiente a desgajar los elementos válidos. Se tratará de descubrir la tendencia "dominante" en los diversos complejos históricos y determinar el valor de sus diferentes elementos, no en lo absoluto y lo abstracto, sino teniendo en cuenta la acción que han ejercido sobre tal o cual civilización contemplada en su conjunto.
Mientras que en la primera parte, hemos procedido a una integración del elemento histórico y particular en el elemento ideal, universal y "típico", se tratará pues, de ahora en adelante, de integrar el elemento ideal en el elemento real. Más que recurrir a los métodos y resultados de la historiografía crítica moderna, esta integración se fundará esencialmente, como en el primer caso, en un punto de vista "tradicional" y metafísico, y sobre la intuición de un sentido que no se deduce de los elementos particulares, sino que se presupone y a partir del cual se puede comprender y medir su valor orgánico así como el papel que han podido jugar en las diferentes épocas y en las diversas formas históricamente condicionadas.
Podrá suceder, pues, que aquello que se ha omitido en la primera integración figure en un plano destacado en la segunda, y otro tanto de forma inversa; en el marco de un civilización dada, algunos elementos podrán ser puestos de relieve y considerados como decisivos, mientras que en otras civilizaciones, donde también se dieron, deberán ser abandonados y considerados como carentes de interés.
Para cierta categoría de lectores estas precisiones no serán inútiles. Contemplar la Tradición en tanto que historia tras haberla contemplado en tanto que supra‑historia, comporta un desplazamiento de la perspectiva; el valor atribuido a los mismos elementos se modifica; cosas que estaban unidas se separan y otras que se encontraban separadas se unirán, según las fluctuaciones de las contingencias inherentes a la historia.
1

LA DOCTRINA DE LAS CUATRO EDADES


Mientras que el hombre moderno, en una época reciente ha concebido el sentido de la historia como una evolución y la ha exaltado como tal, el hombre de la Tradición tuvo conciencia de una verdad diametralmente opuesta. En todos los testimonios antiguos de la humanidad tradicional, se encuentra siempre, bajo una u otra forma, la idea de una regresión, de una "caída": de estados originarios superiores, los seres habrían descendido a estados cada vez más condicionados por el elemento humano, mortal y contingente. Este proceso involutivo habría tenido su origen en una época muy lejana. El vocablo ragna‑rökkr, de la tradición nórdica, "obscurecimiento de los dioses", es quizás el que caracteriza mejor este proceso. Se trata de una enseñanza que no se ha expresado en el mundo tradicional, de una manera vaga y general, sino que, por el contrario, ha sido definida en una doctrina orgánica, cuyas diversas expresiones presentan, en amplia medida, un carácter de uniformidad: la doctrina de las cuatro edades. Un proceso de decadencia progresiva a lo largo de cuatro ciclos o "generaciones", tal es, tradicionalmente, el sentido efectivo de la historia y en consecuencia el sentido de la génesis de lo que hemos llamado, en un sentido universal, el "mundo moderno". Esta doctrina puede pues servir de base a los desarrollos que seguirán.

La forma más conocida de la doctrina de las cuatro edades es la que reviste en la tradición greco‑romana. Hesíodo habla de cuatro edades que sucesivamente están marcadas por el oro, la plata, el bronce y el hierro. A continuación inserta entre las dos últimas una quinta edad, la edad de los "héroes", que, tal como la contemplamos no tiene otro significado que el de una restauración parcial y especial de un estado primordial(1). La misma doctrina se expresa, en la tradición hindú, bajo la forma de cuatro ciclos llamados respectivamente satyâ‑yuga, (o kortâ‑yuga), tetrâ‑yuga, vâpara‑yuga y kali‑yuga (es decir "edad sombría)(2), al mismo tiempo que mediante la imagen de la desaparición progresiva, en el curso de estos ciclos, de las cuatro patas o fundamentos del toro símbolo del dharma, la ley tradicional. La enseñanza irania es similar a la helénica: cuatro edades marcadas por el oro, la plata, el acero y una "aleación de hierro"(3). La misma concepción, presentada en términos prácticamente idénticos, se encuentra en la enseñanza caldea.

En una época más reciente, aparece la imagen del carro del universo, cuádriga conducida por el dios supremo y arrastrada en una carrera circular por cuatro caballos representantes de los elementos. Cada edad está marcada por la superioridad de uno de estos caballos que arrastra a los otros, según la naturaleza simbólica más o menos luminosa y rápida del elemento que representa(4).

La misma concepción reaparece, aunque modificada, en la tradición hebraica. En los Profetas, se habla de una estatua espléndida, cuya cabeza es de oro, el torso y los brazos de plata, el vientre y los muslos de cobre, y finalmente las piernas y los pies de hierro y arcilla: estatua cuyas diferentes partes, así divididas, representan cuatro "reinos" que se suceden a partir del reino del oro del "rey de reyes" que ha recibido "del dios del cielo, poder, fuerza y gloria"(5). En Egipto, es posible que la tradición, referida por Eusebio, relativa a tres dinastías distintas, constituidas respectivamente por dioses, semidioses y manes(6), corresponda a las tres primeras eras, las de oro, plata y bronce. Se puede considerar como una variante de la misma enseñanza las antiguas tradiciones aztecas relativas a los cinco soles o ciclos solares, de los que los cuatro primeros corresponden a los elementos y donde aparece, como en las tradiciones euro-asiáticas, las catástrofes del fuego y del agua (diluvio) y las luchas contra los gigantes que caracterizan, como veremos, el ciclo de los "héroes", añadido por Hesiodo a las otros cuatro(7). Bajo formas diferentes, y de una forma más o menos fragmentaria, el recuerdo de esta tradición se encuentra igualmente entre otros pueblos.

Algunas consideraciones generales no serán del todo inútiles antes de abordar el examen del sentido particular de cada período. La concepción tradicional contrasta en efecto de la manera más neta con los puntos de vista modernos relativos a la prehistoria y al mundo de los orígenes. sostener, como se debe tradicionalmente hacer, que haya existido,m en el origen, no el hombre animalesco de las cavernas, sino un "más que hombre", sostener que haya existido, desde la más alta prehistoria, no solo una "civilización", sino también una "era de los dioses"(8), es, para muchos, que, de una forma u otra, creen en la buena nueva del darwinismo, caer en la mera "mitología". Esta mitología, sin embargo, no somos nosotros quienes la hemos inventado hoy. Sería preciso explicar su existencia, explicar porque, en los testimonios más antiguos de los mitos y escritos de la antigüedad, no se encuentra nada que confirme el "evolucionismo", y porqué por el contrario se encuentra, la idea constante de un pasado mejor, más luminoso y suprahumano ("divino"); sería preciso explicar porque se ha hablado tan poco de los "orígenes animales", por que uniformemente se ha tratado, por el contrario, del parentesco originario entre hombres y dioses y porque ha persistido el recuerdo de un estado primordial de inmortalidad, ligado a la idea de que la ley de la muerte ha aparecido en un momento determinado y, a decir verdad, como un hecho contranatura o una anatema. Según dos testimonios característicos, la "caída" ha sido provocada por la mezcla de la raza "divina" con la raza humana en sentido estricto, concebida como una raza inferior, algunos textos llegan incluso hasta comparar la "falta" con la sodomía, con la unión carnal con animales. Existió primeramente el mito de los Ben-Elohim, o "hijos de los dioses", que se unieron a las hijas de los "hombres" de forma que finalmente "toda carne hubo corrompido su vía sobre la tierra"(9). Hay, por otra parte, el mito platónico de los Atlantes, concebidos igualmente como descendientes y discípulos de los dioses, quienes, mediante la unión repetida con los humanos, perdieron su elemento divino, y terminaron por dejar predominar en ellos a la naturaleza humana sensible(10). A propósito de épocas más recientes, la tradición, en sus mitos, se refiere frecuentemente a razas civilizadoras y a luchas entre las razas divinas y razas animalescas, ciclópeas o demoníacas. Son los Ases en lucha contra los Elementarwessen; son los olímpicos y los "Héroes" en lucha contra los gigantes y los monstruos de la noche, de la tierra o del agua; son los Deva arios lanzados contra los Asura, "enemigos de los héroes divinos"; son los Incas, los dominadores que imponen su ley solar a los aborígenes de la "Madre Tierra"; son los Tuatha de Danann que, según la historia legendaria de Irlanda, se afirmaron contra las razas monstruosas de los Fomores. Y se podrían citar otros muchos ejemplos. Podemos después pues que la enseñanza tradicional conserva perfectamente el recuerdo en tanto que substrato anterior a las civilizaciones creadas por las razas superiores- de linajes que pudieran corresponder a los tipos animalescos e inferiores del evolucionismo; pero el error característico de éste es considerar estos linajes animalescos como absolutamente originales, mientras que no lo son más que de una manera relativa, y concebir como formas "evolucionadas" a formas de cruce que presuponen la aparición de otras razas, superiores biológicamente y en tanto que civilización, originarias de otras regiones y que, sea en razón de su antigüedad (como es el caso de las razas "hiperbóreas" y "atlántica"), sea por motivos geofísicos, no dejaron más que huellas difíciles de encontrar cuando el investigador no se apoya más que sobre testimonios arqueológicos y paleontológicos, los únicos que son accesibles a la investigación profana.

Es muy significativo, por otra parte, que las poblaciones donde predomina aun lo que se presume es el estado original, primitivo y bárbaro de la humanidad, no confirman en absoluto la hipótesis evolucionista. Se trata de linajes que, en lugar de evolucionar, tienden a extinguirse, lo que prueba que son precisamente residuos degenerados de ciclos cuyas posibilidades vitales están agotadas, o bien de elementos heterogéneos, de linajes retrasados respecto a la corriente central de la humanidad. Esto es cierto para el hombre de Neanderthal, cuya extrema brutalidad morfológica parece emparentarlo con el "hombre mono" y que desapareció misteriosamente en cierta época. Las razas que han aparecido tras él -el hombre de Aurignac y sobre todo el hombre de Cro-Magnon- cuyo tipo es hasta tal punto superior que se puede ya reconocer en él el origen de muchas razas humanas actuales, no pueden ser considerados como una "forma evolutiva" del hombre de Neanderthal. Otro tanto ocurre con la raza de Grimaldi, igualmente extinguida. En cuanto a los pueblos "salvajes" aun existentes: no evolucionan, también se extinguen; cuando se "civilizan" no se trata de una "evolución", sino casi siempre de una brusca mutación que afecta a sus posibilidades vitales. En realidad, la posibilidad de evolucionar o de decaer no puede superar ciertos límites. Algunas especies guardan sus características incluso en condiciones relativamente diferentes de las que les son naturales. En casos semejantes, otras, por el contrario, se extinguen, o bien se producen mezclas con otros elementos, que no implican, en el fondo, ni asimilación, ni verdadera evolución sino que entrañan más bien algo comparable a los procesos contemplados por las leyes de Mendel sobre al herencia: el elemento primitivo, desaparecido en tanto que unidad autónoma, se mantiene en tanto que herencia latente separada, capaz de reproducirse esporádicamente, pero siempre con un carácter de heterogeneidad en relación al tipo superior.



Los evolucionistas creen mantenerse "positivamente" en los hechos. No dudan que los hechos, en sí mismos, son mudos, y que los mismos hechos, interpretados de manera diversa, atestiguan a favor de los temas más diversos. Así, alguién ha podido demostrar que, en último análisis, todos los datos considerados como pruebas de la teoría de la evolución, podrían igualmente venir en apoyo de la tesis contraria, tesis que, en más de un aspecto, corresponde a la enseñanza tradicional, a saber que no solo el hombre está lejos de ser un producto de la "evolución" de especies animales, sino que muchas especies animales deben ser consideradas como ramas laterales en las cuales ha abortado un impulso primordial, que no se ha manifestado, de forma directa y adecuada más que en las razas humanas superiores(11). Antiguos mitos hablan de razas divinas en lucha contra entidades monstruosas o demonios animalescos antes que apareciera la raza de los mortales (es decir la humanidad en su forma más reciente). Estos mitos podrían referirse, entre otros,a la lucha del principio humano primordial contra las potencialidades animales que lleva en él y que se encuentran, por así decir, separadas y dejadas atrás, bajo la forma de razas animales. Los pretendidos "ancestros" del hombre (tales como el antropoide y el hombre glaciar), representaron a los primeros vencidos en la lucha en cuestión: elementos mezclados con ciertas potencialidades animales o arrastrados por estas. Si, en el totemismo, que se refiere a sociedades inferiores, la noción del ancestro colectivo y mítico del clan se confunde a menudo con la del demonio de una especie animal dada, es preciso ver precisamente en ello el recuerdo de un período de mezclas de este tipo.

Sin querer abordar los problemas, en cierta medida trascendentes, de la antropogénesis, que no entrar en el marco de esta obra, observaremos que una interpretación posible de la ausencia de fósiles humanos y de la presencia exclusiva de fósiles animales en la más alta prehistoria, sería que el hombre primordial (si se puede llamar así a un tipo de hombre muy diferente del de la humanidad histórica) ha entrado el último en este proceso de materialización, que, -después de haberse dado en los animales- ha dado a sus primeras ramas ya degenerantes, desviadas, mezcladas con la animalidad un organismo susceptible de conservarse bajo la forma de fósiles. Conviene referir el recuerdo, guardado en algunas tradiciones, de una raza primordial "de huesos débiles" o "blandos", precisamente a esta circunstancia. Por ejemplo Li-tze (V), hablando de la región hiperbórea, donde toma nacimiento, como veremos, el ciclo actual, indica que "sus habitantes (asimilados a los "hombres trascendentes") tenían los huesos "débiles". En una época menos lejana, el hecho de que las razas superiores, venidas del Norte, no practicasen la inhumación, sino la incineración de los cadáveres, es otro factor a considerar en el problema que plantea la ausencia de osamentas.

Pero, se nos dirá, de esta fabulosa humanidad, !no existen huellas de otro tipo¡ Aparte de la ingenuidad de pensar que seres superiores hayan podido existir sin dejar huellas tales como ruinas, instrumentos de trabajo, armas, etc., conviene señalar que subsisten restos de obras ciclópeas, que no denotan siempre, ciertamente, la existencia de una alta civilización, pero se remontan a épocas bastante lejanas (los círculos de Stonehenge, las enormes piedras colocadas en equilibrios milagrosos, la ciclópea "piedra cansada" en Perú, los colosos de Tiwanaco, etc.) y que dejan perplejos a los arqueólogos respecto a los medios empleados, en cuanto a los medios necesarios para reunir y transportar los materiales de construcción. Remontándonos más lejos en el tiempo, se tiene tendencia a olvidar lo que por otra parte se admite, o al menos, no se excluye, a saber la desaparición de antiguas tierras y la formación de territorios nuevos. Hay que formular la pregunta, por otra parte, de si es inconcebible que una raza en relación espiritual directa con las fuerzas cósmicas, como la tradición admite para los orígenes, haya podido existir antes que se empezara a trabajar la materia, piedra o metal, como deben hacer quienes no disponen de otros medios para actuar sobre las cosas y los seres. Hoy está fuera de duda que "el hombre de las cavernas" es patrimonio de la fantasía: se empieza a suponer que las cavernas prehistóricas (muchas de las cuales muestran una orientación sagrada) no eran, para el hombre "primitivo", habitáculos de bestia, sino, por el contrario, lugares de culto, y que permanecieron bajo esta forma incluso en épocas indudablemente "civilizadas" (por ejemplo el culto greco-minoico de las cavernas, las ceremonias y los retiros iniciáticos sobre el Ida), que es natural no encontrar allí, en razón de la protección natural del lugar, huellas que el tiempo, los hombres y los elementoshubieran impedido, de otra forma que llegaran hasta nosotros.

De forma general, la Tradición ha enseñado, y es esta una de sus ideas fundamentales, que el estado de conocimiento y de civilización fue el estado natural, sino del hombre en general, al menos de ciertas élites de los orígenes; que el saber no fue en principio "construido" y adquirido, que la verdadera soberanía no extrae su origen de los bajo. Joseph de Maistre tras haber mostrado que lo que un Rousseau y similares habían presumido era el estado natural (aludiendo a los salvajes) no es más que el último grado de embrutecimiento de algunos linajes dispersados o víctimas de consecuencias de ciertas degradaciones o prevaricaciones que alteraron su sustancia más profunda(12), dice muy justamente: "Estamos ciegos sobre la naturaleza y la marcha de la ciencia por un sofisma grosero, que ha fascinado a todos: es juzgar el tiempo donde los hombres veían los efectos en las causas, por aquel donde se elevan penosamente los efectos a las causas, donde no se ocupan más que de los efectos, donde dicen que es inútil ocuparse de las causas, donde no saben ni siquiera lo que es una causa"(13). Al principio,m "no solamente los hombres han comenzado por la ciencia, sino por una ciencia diferente de la nuestra y superior a la nuestra; el hecho de que comenzara más alto la volvía ´más peligrosa; y esto explica porque la ciencia en su principio fue siempre misteriosa y encerrada en los templos, donde se extinguió finalmente, cuando esta llama ya no servía más que para arder"(14). Y es entonces que poco a poco, a título de sucedáneo, empieza a formarse la otra ciencia, la ciencia puramente humana y física, de la que los modernos están tan orgullosos y con la cual han creído poder medir todo lo que, a sus ojos, es civilización, mientras que esta ciencia no representa más que un vano intento de desprenderse, gracias a sucedáneos, de un estado no natural y en absoluto original, de degradación, del que ni siquiera se tiene conciencia.

Es preciso admitir, sin embargo, que indicaciones de este tipo no pueden ser más que una débil ayuda para quien no está dispuesto a cambiar su mentalidad. Cada época tiene su "mito" que refleja un estado colectivo determinado. El hecho de que a la concepción aristocrática de un origen de "lo alto", de un pasado de luz y de espíritu, se haya sustituido en nuestros días la idea democrática del evolucionismo, que hace derivar lo superior de lo inferior, el hombre del animal, la civilización de la barbarie, corresponde menos al resultado "objetivo" de una investigación científica consciente y libre, que a una de las numerosas influencias que, por vías subterráneas, al advenimiento en el mundo moderno de las capas inferiores del hombre sin tradición, ha ejercido sobre el plano intelectual,. histórico y biológico. Así, no hay que ilusionarse: algunas supersticiones "positivas" encontrarán siempre el medio de crearse coartadas para defenderse. No son "hechos" nuevos los que podrán llevar a reconocer horizontes diferentes, sino una nueva actitud ante estos hechos. Y todo intento de valorizar, sobre el plano científico lo que vamos a exponer sobre el punto de vista dogmático tradicional, no podrá triunfar más que len aquellos que están ya preparados espiritualmente para acoger conocimientos de este tipo.


2.

LA EDAD DE ORO


Nos dispondremos ahora a definir, primero sobre el plano ideal y morfológico, y luego sobre el plano histórico, en el tiempo y en el espacio, los ciclos correspondientes a las cuatro edades tradicionales. Empezaremos por la edad de oro.
Esta edad corresponde a una civilización de los orígenes, cuya concordancia con lo que hemos llamado espíritu tradicional era tan natural como absoluta. Por ello frecuentemente se encuentran para designar tanto el "lugar" como la raza a la que la edad de oro está histórica y supra‑históricamente relacionada, los símbolos y los atributos que convienen a la función suprema de la realeza divina (símbolos de polaridad, solaridad, altitud, estabilidad, gloria, "vida" en sentido eminente). Durante las épocas ulteriores y en el seno de tradiciones particulares, ya mezcladas y dispersas. Este hecho permite ‑en un tránsito, por decirlo así, de la derivada a la integral‑ deducir los títulos mismos y los atributos de estas capas dominadoras, los elementos propios que caracterizan la naturaleza de la primera edad.
Esta edad es esencialmente la edad del


Compartir con tus amigos:
  1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   19


La base de datos está protegida por derechos de autor ©psicolog.org 2019
enviar mensaje

    Página principal
Universidad nacional
Curriculum vitae
derechos humanos
ciencias sociales
salud mental
buenos aires
datos personales
Datos personales
psicoan lisis
distrito federal
Psicoan lisis
plata facultad
Proyecto educativo
psicol gicos
Corte interamericana
violencia familiar
psicol gicas
letras departamento
caracter sticas
consejo directivo
vitae datos
recursos humanos
general universitario
Programa nacional
diagn stico
educativo institucional
Datos generales
Escuela superior
trabajo social
Diagn stico
poblaciones vulnerables
datos generales
Pontificia universidad
nacional contra
Corte suprema
Universidad autonoma
salvador facultad
culum vitae
Caracter sticas
Amparo directo
Instituto superior
curriculum vitae
Reglamento interno
polit cnica
ciencias humanas
guayaquil facultad
desarrollo humano
desarrollo integral
redes sociales
personales nombre
aires facultad