Santo tomas de aquino



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En cambio está lo que dice Agustín en XV De Trin.6: El Espíritu Santo pro- cede (temporalmente) para santificar la criatura. Pero la misión es una procesión temporal. Así, pues, como quiera que la santificación de la criatura no se da más que por la gracia santificante, hay que concluir que la misión de la persona di- vina no se dé más que por la gracia san- tificante.


Solución al problema. Hay que decir: A la persona divina le corresponde ser enviada por cuanto que existe en alguien de un modo nuevo. Y le corresponde ser dada, en cuanto que es tenida por al- guien. Ninguna de estas cosas puede su- ceder más que por la gracia santificante. Pues hay un modo común por el que Dios está en todas las cosas por esencia, potencia y presencia, como la causa está en los efectos que participan de su bon- dad. Por encima de este modo común, hay otro especial


d

que corresponde a la


4. C.20: ML 42,907.


5. RÁBANO MAURO, Enarr. in Ep. Pauli, l.11, super 1 Cor 12 11:


ML 112,109.


6. C.27: ML 42,1095.




d. Por la presencia de inmensidad, Dios está en todas las cosas como causa (p.t. como uno en esencia); por la de inhabitación, Dios-trino (Padre-Hijo-Espíritu) mora en los justos como en

un templo, como en su propia casa, siendo objeto por parte del hombre de un conocimiento amoroso y de una fruición que le hace deiforme y superhombre (In Sent. 3 d.27 q.2 a.1 ad 9; De Carit. q.1 a.2 ad 3; 1-2 q.65 a.5; cf. también la nota a I q.8).




Se trata de dos presencias realmente distintas. El pensamiento de la Suma coincide en esto con el de las Sentencias (In sent. 1 d.37 q.1 a.2; I q.8 a.3). Hay una clara distinción entre lo «natural» y lo «sobrenatural». Sin embargo, se trata de dos presencias de las cuales la segunda (la de inhabitación) presupone necesariamente la primera.


Con otras palabras: no es que las Personas divinas comiencen a existir sustancialmente en el alma por la presencia de inhabitación. De hecho, ya existían en ella por la presencia de in- mensidad. El Dios que crea es un Dios-trinitario, Padre, Hijo y Espíritu. Es la Trinidad quien crea y quien redime y quien santifica, es decir, quien es causa. Precisamente porque quien crea no es la naturaleza sino las Personas divinas será posible descubrir huellas trinitarias en la creación.


Ahora bien, estas «huellas» o vestigios trinitarios los descubre el hombre que se deja guiar de la fe. El hombre «natural», el hombre filósofo, el hombre que se deja conducir sólo por la razón, nunca alcanza a Dios como Persona, sino simplemente como Causa.



C.43 a.3


La misión de las personas divinas

417



criatura racional, en la que se dice que Dios se encuentra como lo conocido en quien conoce y lo amado en quien ama, y porque, conociendo y amando, la cria- tura racional llega por su mismo obrar hasta el mismo Dios


e. Según este modo especial, no solamente se dice que Dios se encuentra en la criatura racional, sino también que está en ella como en su templo. Así, pues, ningún otro efecto, a no ser la gracia santificante, puede ser el motivo por el que la persona divina esté de un modo nuevo en la criatura racio- nal. Consecuentemente, sólo por la gra- cia santificante la persona divina es en- viada y procede temporalmente. Por lo mismo, no se dice que tenemos sino sólo aquello de lo que podemos hacer uso y disfrutar libremente. Poder disfru- tar de la persona divina sólo es posible por la gracia santificante. Sin embargo, por el mismo don de la gracia santifican-

te, se tiene el Espíritu Santo, que habita en el hombre. Por eso, el mismo Espíri- tu Santo es dado y es enviado.




Respuesta a las objeciones: 1. A la


primera hay que decir: La criatura racional es perfeccionada por el don de la gracia santificante, no sólo para hacer un uso libre del don creado, sino para disfrutar de la misma persona divina


f. De este modo, la misión invisible se lleva a cabo por el don de la gracia santificante, y,

sin embargo, se dice que se da la misma persona divina.




2.


A la segunda hay que decir: La gra- cia santificante prepara al alma para po-

seer a la persona divina. Esto es lo que

se indica cuando se dice que el Espíritu Santo es dado según el don de la gracia.

Sin embargo, a esto no se le opone el

que el mismo don de la gracia provenga

del Espíritu Santo. Esto es lo que se in-

dica cuando se dice que el amor de Dios

ha sido difundido en nuestros corazones por el Espíritu Santo (Rom 5,5).


3.


A la tercera hay que decir: Aun cuando por algunos efectos el Hijo pue-

de ser conocido por nosotros, sin em- bargo, por algunos efectos habita en nosotros o es poseído por nosotros.




4.


A la cuarta hay que decir: El hacer milagros manifiesta la gracia santificante


Una vez alcanzado por la gracia (Tomás diría: en cuanto es amado de una forma particular por Dios: 1-2 q.110 a.1), el hombre adquiere una nueva relación con la divinidad. Ya no se re- liga con El como de efecto a causa, sino como de persona amada a persona que le ama, como de amigo a amigo; y es esta nueva relación lo que le permite alcanzar (conocer, amar, disfrutar)

la tri-personalidad divina.




e. Sin la gracia no hay inhabitación. Ahora bien, no es la gracia misma lo que constituye la razón formal de la presencia trinitaria, sino la gracia en cuanto que dispone y capacita al hom- bre no sólo para usar los dones de Dios, sino incluso para alcanzar a las mismas Personas divi- nas y para poder disfrutar de su compañía en una relación amigable. Por esto, la razón formal de la inhabitación son los actos de conocimiento y amor que el hombre es capaz de realizar una vez que ha sido elevado por la gracia. Hay aquí un cambio de perspectiva con respecto a las Sentencias. Allí se fijaba más en la asimilación a las Personas enviadas, siguiendo el esque-

ma de Dionisio sobre la emanación creadora. Aquí subraya los actos del hombre que, al ser elevados por la gracia (cf. nota a I q.12 a.1) son capaces de abarcar como objeto a las mismas Personas divinas.




f. Tradicionalmente se venía hablando de una unión sustancial -de sustancia a sustan-

cia- entre el hombre y el Espíritu Santo (cf. RUPERTO DE DEUTZ, De Opera Spir. Sancti I,26:

ML 167,1598). Abelardo, sin embargo, reducirá esta presencia apenas a una metáfora. Para él, la persona del Espíritu ni habita ni se une al hombre; se limita a actuar por medio de la gracia (Intr. Theol. 111,6: ML 178,1105; cf. 1024.1027). Pedro Lombardo radicaliza la doctrina lleván- dola al otro extremo: «El mismo Espíritu es el amor o la caridad por la cual nosotros amamos a Dios y al prójimo» (I Sent. d.17 a.1: Quar. n.143).


Tomás, con su peculiar equilibrio, se muestra en este punto tan distante de Abelardo como de Lombardo. Cree en la presencia real y sustancial de las Personas divinas -que apropia al Espíritu- y piensa que dicha presencia se realiza por un don gratuito cuya iniciativa procede del Padre mismo. Ahora bien, está lejos tanto de quedarse en el don, como hace Abelardo; como de identificar el don con la Persona, como hace Pedro. Ni un dios neutro, ni sólo sus «dones» o sus «gracias», sino las Personas mismas se comunican al hombre creyente. «La obra del Espíritu Santo que nos mueve y protege, no se reduce al efecto del don habitual que causa en nosotros sino que, más allá de este efecto, nos mueve y protege (El mismo) juntamente con el Padre y el Hijo» (I-II q.109 a.9 ad 2; cf. I Sent. d.14 q.2 a.1 sol.1; q.2 a.2 sol.2; Summa I q.38 a.1; q.43 a.3 ad 3). Pensar lo contrario es un error para el Santo (I Sent. d.14 divisio tex-


tus).

418



La trinidad de personas


C.43 a.4-5


lo mismo que lo hace el don de la profe- cía o cualquier otra gracia gratuita. Por eso en 1 Cor 12,7 la gracia gratuita es llamada manifestación del Espíritu. Así, se dice que el Espíritu Santo fue dado a los Apóstoles para hacer milagros, porque les fue dada la gracia santificante como signo revelador. Pero si sólo se diera el signo de la gracia santificante sin la gra- cia, de ninguna manera podría decirse que el Espíritu Santo es dado, a no ser que se le añada alguna restricción. Ejem- plo: A alguien se le da el espíritu de pro-


fecía, o el de hacer milagros, en el sentido que ha recibido del Espíritu Santo poder profetizar o hacer milagros.


ARTICULO


4


Al Padre, ¿le corresponde o no le corresponde ser enviado?


In Sent., 1 d.15 q.2; Cont. Errores Graec., c.14.


Objeciones por las que parece que al Padre también le corresponde ser envia-

do:



1. Que la persona divina sea enviada significa que es dada. Pero el Padre se da a sí mismo, pues nadie podría poseer- lo si él mismo no se diera. Por lo tanto, puede decirse que el Padre se envía a sí mismo.


2. Más aún. La persona divina es enviada por la inhabitación de la gracia. Pero por la gracia toda la Trinidad habi- ta en nosotros, según aquello de Jn 14,23: Acudiremos a El y en El haremos morada. Por lo tanto, cualquiera de las personas divinas es enviada.


3. Todavía más. Todo lo que co- rresponde a una de las personas, le co- rresponde a todas excepto las nociones y las personas. Pero la misión no indica ninguna persona, ni tampoco noción, ya que no hay más que cinco nociones, como dijimos anteriormente (q.32 a.3). Por lo tanto, a cualquiera de las perso- nas le corresponde ser enviada.


En cambio está lo que dice Agustín en II De Trin.7: Nunca se ha escrito que el Padre haya sido enviado.


Solución. Hay que decir: Conceptual- mente, la misión implica procesión de otro. Y en Dios, la implica según el ori-


gen, como dijimos anteriormente (a.1). Por eso, como quiera que el Padre no procede de otro, bajo ningún concepto le corresponde ser enviado. Esto sólo le corresponde al Hijo y al Espíritu Santo, los cuales proceden de otro.


Respuesta a las objeciones: 1. A la primera hay que decir: Si dar implica libre


comunicación de algo, el Padre se da a sí mismo en cuanto que libremente se comunica a la criatura para que disfrute de El. Pero si implica superioridad del que da con respecto a lo dado, entonces ser dado, como ser enviado, en Dios no le corresponde más que a la persona que procede de otra.


2.


A la segunda hay que decir: Aunque el efecto de la gracia sea causado tam- bién por el Padre, que habita en nos- otros por la gracia, también le corres- ponde al Hijo y al Espíritu Santo. Sin embargo, al no proceder de otro, no se dice que sea enviado. Esto es lo que dice Agustín en IV De Trin


8: Cuando el Padre es conocido por alguien en el tiempo, no se dice que haya sido enviado, pues no tiene nadie de quien venir ni de quien proceder.


3.


A la tercera hay que decir: La mi- sión, en cuanto que implica procesión con el que envía, en su significado inclu-

ye la noción, pero no una noción en es- pecial, sino en general. Esto es, en cuan-

to que venir de otro es común a dos no- ciones.


ARTICULO 5


Al Hijo, ¿le corresponde o no le corresponde ser enviado


invisiblemente?


In Sent. 1 d. 15 q.4 a.1; Cont. Gentes 4, 23.


Objeciones por las que parece que al Hijo le corresponde ser enviado invisi- blemente:


1. La misión invisible de la persona divina responde al don de la gracia. Pero todos los dones de la gracia le co- rresponden al Espíritu Santo, según aquello de 1 Cor 12,11: Todo lo hace uno


y el mismo Espíritu. Por lo tanto, invisi- blemente, no es enviado más que el Es- píritu Santo.


2. Más aún. La misión de la persona

7. C.5: ML 42,849.


8. C.20: ML 42,908.



C.43 a.5


La misión de las personas divinas

419



divina se hace por la gracia santificante.

Pero los dones que pertenecen a la per- fección del entendimiento, no son dones

de la gracia santificante, ya que no pue-

den darse sin Amor, según aquello de

1 Cor 13,2: Si tuviera la profecía, y conocie- ra todos los misterios, toda la ciencia, y si tu- viera toda la fe capaz de trasladar montañas, sin amor, nada soy. Por lo tanto, como el

Hijo procede como Palabra del entendi- miento, parece que no le corresponde

ser enviado invisiblemente.


3. Todavía más. Como se dijo (a. 1.4), la misión de la persona divina es una determinada procesión. Pero una es la procesión del Hijo y otra la del Espí- ritu Santo. Por lo tanto, si los dos son enviados, las dos misiones son distintas. Consecuentemente, sobraría una de las dos, puesto que una es suficiente para santificar a la criatura.


En cambio está lo que Sab 9,10 dice

de la sabiduría divina: Desde el cielo y des- de el trono de tu grandeza, mándala a tus santos.




Solución. Hay que decir: Por la gracia santificante toda la Trinidad habita en el alma, según aquello de Jn 14,23: Acudi- remos a El y en El habitaremos. Que la persona divina sea enviada a alguien por

la gracia invisible, por una parte signifi-

ca el nuevo modo de inhabitación de aquella persona, y por otro, su origen de

otra persona. Por eso, como inhabitar por la gracia y proceder de otro les co- rresponde tanto al Hijo como al Espíritu Santo, tanto a uno como al otro les co- rresponde ser enviados invisiblemente.

Y aun cuando al Padre le corresponda inhabitar por la gracia, sin embargo, no

le corresponde proceder de otro y, con- secuentemente, tampoco le corresponde

ser enviado.


Respuesta a las objeciones: 1. A la primera hay que decir: Aun cuando todos los dones, en cuanto tales, son atribui-


dos al Espíritu Santo, que tiene razón de primer don por ser amor, como dijimos anteriormente (q.38 a.2), sin embargo,

hay otros dones que por sus propias ra- zones se atribuyen al Hijo por apropia-

ción, como los que pertenecen al enten- dimiento. Es por estos dones como hay

que entender la misión del Hijo. Por

eso, Agustín en IV De Trin.9 dice que entonces el Hijo es invisiblemente enviado a alguno cuando por éste es percibido y cono- cido.


2.


A la segunda hay que decir: Por la gracia el alma se asemeja a Dios. Por

eso, para que alguna persona divina sea enviada a alguien por la gracia, es nece- sario que se verifique su asimilación a la

persona que es enviada por algún don

de la gracia. Y porque el Espíritu Santo

es amor, el alma es asimilada al Espíritu

Santo por el don del amor. Por eso, la misión del Espíritu Santo es considerada

en razón del don del amor. Por su parte,

el Hijo, es la Palabra, pero no una pala-

bra cualquiera, sino la que espira amor.

Por eso, Agustín en IX de Trin.10 dice:



La palabra que intentamos comprender es co- nocimiento con amor. Así, pues, el Hijo no

es enviado para formar el entendimien-

to, sino para que, por la formación de di-

cho entendimiento, el entendimiento se transforme en amor, como se dice en Jn

6,45: Todo el que oye a mi Padre y le acepta, viene a Mí. Y en el Salmo 38,4 se dice: Meditándose se encenderá el fuego. Por eso, Agustín


11


dice señaladamente que el Hijo es enviado cuando es conocido y perci- bido por alguien, puesto que la percepción indica cierto conocimiento vivenciag.

Esto es propiamente lo que se llama sa-




9. C.20: ML 42,907.

10. C.10: ML 42,969.


11. De Trin. l.4 c.20: ML 42,907.




g. No se trata de un conocimiento filosófico y ni siquiera de un conocimiento teológico, sino de un conocimiento «místico»: experimental, por con-naturalidad, conocimiento amoroso

dirá repetidas veces. Pero, atención, a diferencia de ciertos autores contemporáneos que redu- cían la teología a una «scientia affectionis», Santo Tomás establece una clara diferencia entre el conocimiento de fe por vía intelectual (= la teología) y el conocimiento de fe por vía de inclina-



ción o por con-naturalidad (1 q.1 a.6 ad 3; 2-2 q.9 a.1). La teología será una reflexión científica sobre la fe. Pero, además de esa vía intelectual, Tomás admitirá un camino afectivo, entendido como una vivencia de amor que brota de un previo amor gratuito del Padre (1 Jn 4,7-10). Y

será precisamente esa vía la que permita llegar a una común-unión de vida con el Padre y el Hijo y el Espíritu. La filosofía y la teología son incapaces de alcanzar tal plenitud. Esto lo mantiene el Santo a lo largo de toda su docencia. Para la PRIMERA ETAPA del Comentario a las





420


La trinidad de personas


C.43 a.6


biduría, esto es, un sabroso saber, según aquello de Ecl 6,23: La sabiduría de la doctrina justifica su nombre.


3. A la tercera hay que decir: Como la misión implica el origen de la persona enviada y la inhabitación por la gracia, como dijimos anteriormente (a. 1.3), si hablamos de la misión en cuanto al ori- gen, la misión del Hijo se distingue de

la misión del Espíritu Santo como la ge- neración se distingue de la procesión. Pero en cuanto al efecto de la gracia, ambas comunican en la raíz de la gracia, pero se distinguen en los efectos, que

son iluminar la inteligencia y encender el corazón. Resulta evidente de este modo, que una no puede existir sin la otra, porque ambas requieren la gracia santifi- cante, y porque una persona es insepara- ble de la otra.


ARTICULO 6


La misión invisible, ¿se hace o no se hace a todos los que participan de la


gracia?


In Sent. 1 d.15 q.5 a.1 q.ae 1-4.


Objeciones por las que parece que la misión invisible no se hace a todos los que participan de la gracia:


1. Los patriarcas del Antiguo Testa- mento participaron de la gracia. Pero no parece que a ellos les fuera hecha la mi-

sión invisible, pues se dice en Jn 7,39: Todavía no había sido dado el Espíritu, por- que Jesús todavía no había sido glorificado. Por lo tanto, la misión invisible no se

hace a todos los partícipes de la gracia.


2. Más aún. El crecimiento virtuoso no se hace más que por la gracia. Pero la misión invisible no parece correspon- der al crecimiento virtuoso, puesto que el crecimiento virtuoso es, al parecer, continuo, porque la caridad aumenta o disminuye constantemente. De este modo la misión debería ser continua. Por lo


tanto, la misión invisible no se hace a todos los partícipes de la gracia.

3.



Todavía más. Cristo y los bien- aventurados poseen la gracia en toda su plenitud. Pero no parece que la misión invisible se les haga a ellos, porque la misión se hace a alguien distante, y Cris- to, en cuanto hombre, y todos los bien- aventurados están íntimamente unidos a Dios. Por lo tanto, la misión invisible no se hace a todos los partícipes de la gracia.


4.


Por último. Los sacramentos de la Nueva Ley contienen la gracia; sin embargo, con respecto a ellos no se dice que se haga la misión invisible. Por lo tanto, la misión invisible no se hace a todo lo que contiene la gracia.


En cambio está lo que dice Agus-

tín



12: La misión invisible se hace para santi- ficar a la criatura. Pero toda criatura que


tenga la gracia se santifica. Por lo tanto, la misión invisible se hace a toda criatu- ra que tiene la gracia.


Solución. Hay que decir: Como diji- mos anteriormente (a.1), la misión impli- ca conceptualmente que el enviado, o bien empiece a estar donde antes no es- tuvo, y esto es lo que les sucede a las criaturas, o que empiece a estar donde ya estaba, pero de un nuevo modo, que es el modo como se atribuye la misión a las personas divinas. Por lo tanto, en aquél a quien se hace la misión invisible es necesario tener presente dos cosas: la inhabitación de la gracia y una cierta in- novación producida por la gracia. Por lo tanto, la misión invisible se hace a todos aquellos en quienes se encuentran estos dos aspectos.




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