Santo tomas de aquino


Respuesta a las objeciones



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Respuesta a las objeciones: 1. A la primera hay que decir: Hay dos tipos de


cantidad. Una, la llamada cantidad de masa o cantidad dimensiva, que solamen- te se da en los seres corpóreos. Por eso, no tiene cabida en Dios. Otra es la can- tidad virtud, que se mide por el grado de perfección de alguna naturaleza o alguna forma. Esta es la que se indica al decir que una cosa es más o menos caliente, en cuanto que es más o menos perfecta su cualidad de calor. La cantidad virtual


406


La trinidad de personas


C.42a.1

1. ARISTÓTELES, 4 c.15 n.4 (BK 1021a12): S. Th. lect.17.


2. C10: ML 42,931.


3. Symbolo Quicumque (DZ 39).


4. ARISTÓTELES, 9 c.5 n.6 (BK 1056a22): S. Th. lect.7


n.2069.

5. C.1: ML 64,1249.

C.42 a.1


Igualdad y semejanza entre las personas divinas

407



puede ser vista primero en su misma raÍ2, esto es, en la misma perfección de

la forma o de la naturaleza. Así, se habla

de una grandeza espiritual y de un gran calor, atendiendo a su perfección o in- tensidad. De este modo, Agustín, en VI

De Trin.6, dice: En las cosas que no son grandes por su masa, ser mayor es ser mejor.


Pues se llama mejor a lo más perfecto. Segundo, puede ser vista en lo que se refiere a los efectos de la forma. Él pri- mer efecto de la forma es el ser, pues todo tiene ser por razón de su forma. El segundo efecto, la operación, pues todo agente obra por su forma. Así, pues, la cantidad virtual puede ser considerada con respecto al ser o con respecto a la operación. Con respecto al ser, lo que tiene una naturaleza más perfecta es tam- bién lo más duradero. Con respecto a la operación, los seres de naturaleza más perfecta son los más capacitados para obrar. Consecuentemente, como dice Agustín en el libro De Fide ad Petrum


7, la igualdad entre el Padre, el Hijo y el

Espíritu Santo hay que entenderla en el sen-



tido de que ninguno de ellos precede en la eter- nidad, ni excede en la magnitud, ni supera en el poder.


2.


A la segunda hay que decir: Allí donde hay igualdad por la cantidad vir- tual, la igualdad incluye semejanza y algo más, porque excluye el exceso. Aquellas cosas que participan de la mis- ma forma, pueden ser llamadas semejan- tes, aunque no participen en el mismo grado. Así, puede decirse que el aire se asemeja al fuego por participar del calor. Pero no pueden ser llamadas iguales si

una cosa participa más perfectamente de aquella forma que otra. Como quiera que el Padre y el Hijo no sólo tienen la misma naturaleza, sino que la poseen con igual perfección, no solamente deci- mos que el Hijo es semejante al Padre, y

así rechazamos el error de Eunomio


8, sino que también decimos que es igual, con lo cual rechazamos el de Arrio


9.

3.




A la tercera hay que decir: En Dios la igualdad o la semejanza puede ser in- dicada de dos maneras: Con nombres o con verbos. Indicarla con nombres sig- nifica que tanto la igualdad como la se-


mejanza en las personas divinas es mu- tua. Pues el Hijo es igual y semejante al Padre, y al revés. Esto es así porque la esencia divina no es mayor en el Padre que en el Hijo. Por eso, así como el Hijo tiene la magnitud del Padre, y en esto consiste ser igual al Padre, el Padre tiene la magnitud del Hijo, y en esto consiste ser igual al Hijo. Pero en lo que se refiere a las criaturas, como dice Dio- nisio en c.9 De Div. Nom.10, no hay reci- procídad de igualdad y semejanza. Esto es


así porque, al hablar de las criaturas, se dice que lo causado es semejante a la causa en cuanto que tiene la forma de la causa. Pero no se dice lo contrario, por- que la forma principalmente está en la causa, secundariamente en el efecto. In- dicarla con verbos, significa igualdad con movimiento. Y, aunque en Dios no hay movimiento, sin embargo, sí se da

la recepción. Así, pues, porque el Hijo re- cibe al Padre por lo que es igual a El, pero no al revés, decimos que el Hijo es igual al Padre, y no al revés.




4.


A la cuarta hay que decir: En las personas divinas no hay que tener pre-

sente más que la esencia, en la que con- vienen, y las relaciones, en las que se distinguen. La igualdad implica ambas

cosas, esto es, la distinción de las perso-

nas, pues nada es llamado igual a sí mis-

mo, y la unidad de esencia, pues las per-

sonas divinas son iguales entre sí poique

tienen la misma magnitud y esencia. Es evidente que un individuo no puede re- lacionarse consigo mismo por una rela-

ción real, como tampoco una relación

con otra por una tercera. Por eso, cuan-

do decimos que la paternidad se opone a

la filiación, dicha oposición no es una relación media entre la paternidad y la filiación, porque, en ambos casos, la re- lación se multiplicaría indefinidamente.

Por lo tanto, la igualdad y la semejanza

en las personas divinas no es una rela-

ción real distinta de las relaciones perso- nales. No obstante, conceptualmente, es-

tán incluidas tanto las relaciones que dis-

tinguen a las personas como la unidad

de esencia. Por todo lo cual, el Maestro

en I Sent. d.31




11, dice que en las perso- nas divinas sólo la apelación es relativa.

6. C.8: ML 42,929.


7. Cf. FULGENCIO, c.1: ML 65,674.


8. Cf. S. AGUSTÍN, De Hae-




res. § 54: ML 42,40.

9. Cf. S. AGUSTÍN, De Haeres. § 49: ML 42,39.


10. § 6: MG 3,913:


S. Th. lect.3.


11. PEDRO LOMBARDO, c.1 (QR 1,190).

408


La trinidad de personas


C.42 a.2


ARTICULO


2

La persona que procede, ¿es o no es


coeterna con su principio, como el Hijo con el Padre?


In Sent., 3 d.11 a.1; In Io., c.1 lect.1; Compend. Theol.,

c.43; De Pot., q.3 a.13.




Objeciones por las que parece que la Persona que procede no es coeterna con su principio, como el Hijo con el Padre:


1. Arrio

12


designa doce modos de generación. 1) Primero, como el de la línea, que surge del punto. Ahí falta la igualdad de simplicidad.


2) Segundo, como el de los rayos que surgen del sol.

Ahí falta la igualdad de naturaleza.

3) Tercero, como el carácter, o la impre-

sión con el sello. Ahí falta la consus- tancialidad y la eficiencia de poder.

4) Cuarto, como el de la buena voluntad comunicada por Dios. Ahí falta la con- sustancialidad. 5) Quinto, como el acci- dente emana de la sustancia. Al acciden-

te le falta la sustancia. 6) Sexto, como el

de la especie abstraída de la materia, al modo como el sentido recibe las imáge-

nes de lo sensible. Ahí falta la igualdad

de simplicidad espiritual. 7) Séptimo,

como el del estímulo de la voluntad por

el pensamiento. Dicho estímulo es tem- poral. 8) Octavo, como el de la transfigu- ración. Una imagen está hecha de un

metal, pero es material. 9) Noveno, como

el del movimiento causado por el motor.

Ahí se incluye el efecto y la causa.

10) Décimo, el de la especie deducida del género. Esto no le corresponde a Dios,

pues el Padre no se dice del Hijo como

el género de la especie. 11) Undécimo, como aquello de lo que emana una idea, como un arcón emana del que hay en la mente. 12) Duodécimo, el del nacimiento, cómo del Padre nace el Hijo. Ahí hay

antes y después en el tiempo. Por todo

lo cual se ve que, cualquiera que sea el modo como una cosa procede de otra, o bien le falta la igualdad de naturaleza, o

bien la duración. Así, pues, si el Hijo procede del Padre hay que decir, o que

es inferior al Padre, o que es posterior,

o ambas cosas.




2. Más aún. Todo lo que procede de otro, tiene principio. Pero nada eterno

tiene principio. Por lo tanto, el Hijo no es eterno. Tampoco el Espíritu Santo.




3. Todavía más. Todo lo que se co- rrompe. deja. de existir. Por lo tanto, todo lo que es engendrado empieza a existir, ya que para esto es engendrado, para que exista. Pero el Hijo es engen- drado por el Padre. Por lo tanto, empe- zó a existir, y no es coeterno con el Pa-


dre.


4. Por último. Si el Hijo es engen- drado por el Padre, o siempre se está en- gendrando, o bien se puede fijar el mo- mento de su generación. Si siempre es engendrado, como quiera que mientras un ser es engendrado es imperfecto, tal como aparece en los seres sometidos a la sucesión, que están en un continuo ha- cerse, hay que concluir que el Hijo es siempre imperfecto, lo cual es incon- gruente. Por lo tanto, hay que fijar el instante de su generación. Consecuente- mente, antes de dicho instante el Hijo no existía.


En cambio está lo que dice Atana-

sio



13: Todas las tres personas son coeternas entre sí.


Solución. Hay que decir: Es necesario afirmar que el Hijo es coeterno con el Padre. Para demostrarlo, hay que tener presente que el hecho de que una cosa procedente de otra como de su principio sea posterior al principio, puede depen- der de lo siguiente: O de la causa agente

o de la acción. Por parte de la causa agente, puede ser voluntario o natural. En los agentes voluntarios, la posteriori- dad se debe a la elección temporal, pues así como el agente voluntario puede es- coger la forma que ha de dar al efecto, como dijimos anteriormente (q.41 a.2), así también puede elegir el tiempo en el que lo ha de producir. En lo que se re- fiere a los agentes naturales, hay agentes que no tienen desde el principio la capa- cidad o la perfección para obrar, sino que la adquieren por el tiempo, tal como sucede con el hombre, que desde el ins- tante primero no está en condiciones para engendrar. Por parte de la acción, lo que impide que un ser procedente de principio sea simultáneo con su princi- pio es el hecho de que la acción es suce-




12. Cf. CÁNDIDO ARRIANO, De Gener. Div.: ML 8,1015.

13. Symbolo Quicumque (DZ 39).



C.42 a.3


Igualdad y semejanza entre las personas divinas

409



siva. Por eso, suponiendo que la causa de una determinada acción empezase a actuar en el mismo instante de su exis- tencia, el efecto no se produciría en aquel mismo instante, sino en el que acabase la acción.


Es evidente que, según lo establecido (q.41 a.2), el Padre no engendra al Hijo por voluntad, sino por naturaleza. Asi- mismo, la naturaleza del Padre es perfec- ta desde la eternidad. Y también la ac- ción por la que el Padre engendra al Hijo no es sucesiva, porque, de ser así, el Hijo sería engendrado sucesivamente y su generación sería material y con mo- vimiento, lo cual es imposible. Hay que concluir, por tanto, que el Hijo existió siempre que existió el Padre, y, conse- cuentemente, el Hijo es coeterno con el Padre. Y el Espíritu Santo lo es con los


dos.


Respuesta a las objeciones: 1. A la primera hay que decir: Como dice Agustín


en el libro De Verbis Domini


14, ningún modo de procesión de las criaturas re- presenta perfectamente la generación di- vina. Por eso es necesario llegar a una representación partiendo de muchos mo- dos, a fin de que con uno se supla lo

que le falta al otro. Por eso se dice en el Concilio de Efeso: El Esplendor te delata que el Hijo coexiste siempre coeterno con el Padre. La Palabra descubre la impasibilidad del nacimiento. El nombre del Hijo insinúa la consustancialidad. Sin embargo, lo que mejor la representa es la procesión de la palabra que brota del entendimiento, que no es posterior a aquel de quien procede, a no ser que dicho entendi- miento pase de la potencia al acto. Y

esto no se puede decir de Dios.


2.


A la segunda hay que decir: La eter- nidad excluye el principio de duración,

pero no el principio de origen.




3.


A la tercera hay que decir: Toda co- rrupción es una determinada mutación.

Por eso, todo lo que se corrompe em- pieza a no ser y deja de ser. Pero la ge- neración divina no es una transmuta- ción, como dijimos anteriormente (q.27 a.2). Por lo tanto, el Hijo siempre es en- gendrado y el Padre siempre engendra.




4.


A la cuarta hay que decir: En el


tiempo hay algo que es indivisible: El instante. Y algo duradero: El tiempo. Pero en la eternidad el mismo ahora indi- visible permanece siempre, como diji- mos (q.10 a.2 ad 1; a.4 ad 2). La genera- ción del Hijo no se da en el ahora del tiempo o en el tiempo, sino en la eterni- dad. De este modo, para indicar la pre- sencialidad y la permanencia de la eterni- dad, puede decirse que siempre nace, como dijo Orígenes


15. Pero, como dicen

Gregorio

16

y Agustín




17, es mejor decir que siempre es nacido, a fin de que el tér- mino siempre indique la permanencia de

la eternidad; y nacido, la perfección del engendrado. Por lo tanto, ni el Hijo es imperfecto, ni existió cuando no existía, como sostuvo Arrio18.




ARTICULO


3


En las personas divinas, ¿hay o no hay orden de naturaleza?


In Sent. 1 d.12 a.1; d.20 a.3 q.a1.2; Cont. Errores Graec., c.32 a.30; De Pot., q.10 a.3.


Objeciones por las que parece que en las personas divinas no hay orden de na- turaleza:


1. Todo lo que hay en Dios, es esencia, persona o noción. Pero el orden de naturaleza no significa esencia, ni tampoco es persona o alguna de las no- ciones. Por lo tanto, en Dios no hay or- den de naturaleza.


2. Más aún. En aquellos seres en los que hay orden de naturaleza, uno es an- terior a otro, al menos según la naturale- za y el entendimiento. Pero, como dice Atanasio


19, en las personas divinas nada es anterior y posterior. Por lo tanto, en las personas divinas no hay orden de natu- raleza.


3. Todavía más. Lo que está ordena- do se distingue. Pero en Dios no hay distinción de naturaleza. Por lo tanto, no está ordenada. Consecuentemente, en Dios no hay orden de naturaleza.


4. Por último. La naturaleza divina es su esencia. Pero no se dice que en Dios haya orden de esencia. Por lo tanto, tampoco hay orden de naturaleza.


En cambio, allí donde hay pluralidad

14. Serm. ad Popul. n.117 c.6: ML 38,666; c.10: ML 38,669.


15. In Ierem. hom.9: MG


13,357.

16. Moral. l.29 c.1: ML 76,477.


17. Octog. trium quaest. q.37: ML 40,27. 18. Cf. ATANASIO, Contra Arianos Orat.1: MG 26,19.


19. Cf. Symbolo Quicumque (DZ 39).

410



La trinidad de personas


C.42 a.4

sin orden, hay confusión. Pero en las personas divinas, como dice Atanasio




20, no hay confusión. Por lo tanto, hay or-

den.



Solución. Hay que decir: Se dice orden por relación a algún principio. Por eso, así como los principios son múltiples, por ejemplo, el del sitio con el punto, y el del entendimiento con el principio de demostración, y el de cada una de las causas, así también, el orden será múlti- ple. En las personas divinas hay princi- pio de origen sin prioridad, como diji- mos anteriormente (q.33 a.1 ad.3). Por lo tanto, es necesario que haya orden se- gún el origen sin prioridad. Este orden es llamado orden de naturaleza, como lo llama Agustín


21, no porque uno sea an- terior al otro, sino porque uno procede del otro.


Respuesta a las objeciones: 1. A la primera hay que decir: El orden de natura-


leza significa la noción de origen en co- mún, aunque no en particular.

2.




A la segunda hay que decir: En las cosas creadas, procedentes de un princi- pio, aunque, en cuanto a la duración, fueran coetáneos con su principio, sin embargo, el principio es siempre anterior

en el orden de la naturaleza y del enten- dimiento, si se tiene presente aquello

que es el principio. En cambio, si se tie- nen presentes las mismas relaciones de la causa a lo causado y del principio a lo

que de él dimana, es evidente que los términos relativos son simultáneos tanto

en el orden de la naturaleza como en el del conocimiento, pues cada uno entra

en la definición del otro. Pero en Dios

las mismas relaciones son personas sub- sistentes en una naturaleza. Por eso, ni

por parte de la naturaleza ni por parte

de la relación, una persona puede ser an-

terior a otra, y no sólo en el orden de la naturaleza, sino tampoco en el orden del conocimiento.




3.


A la tercera hay que decir: Se llama orden de naturaleza no porque la misma naturaleza esté ordenada, sino porque el

orden entre las personas divinas respon-

de a la razón de su origen natural.


4.


A la cuarta hay que decir: Naturale- za en cierto modo implica la razón de principio. La esencia, no. De este modo,


el orden de origen es mejor que sea lla- mado orden de naturaleza que orden de esencia.


ARTICULO 4


El Hijo, ¿es o no es igual al Padre en cuanto a la grandeza?


In Sent. 1 d.19 q.1 a.2; In Boet. De Trin., q.3 lect.4; Cont. Gentes 4 c.7.11.


Objeciones por las que parece que el Hijo no es igual al Padre en cuanto a la grandeza:


1. El mismo Hijo dice: El Padre es mayor que yo (Jn 14,28). Y el Apóstol, en

1 Cor 15,28, escribe: El mismo Hijo estará sometido a aquel que sometió todas las cosas.




2.


Más aún. La paternidad pertenece a la dignidad del Padre. Pero la paterni- dad no le corresponde al Hijo. Por lo tanto, no toda la dignidad que tiene el Padre la tiene el Hijo. Por lo tanto, no es igual al Padre en grandeza.


3.


Todavía más. Allí donde hay todo y parte, muchas partes son algo mayor que una o pocas, como tres hom- bres son algo mayor que dos o que uno. Pero en Dios parece que hay un todo universal y parte. Pues en la relación o la noción están contenidas muchas nociones. Así, pues, como quiera que en el Padre hay tres nociones, mientras que en el Hijo no hay más que dos, parece que el Hijo no es igual al Padre.


En cambio está lo que se dice en Flp 2,6: No consideró como robo que fuese igual a Dios.


Solución. Hay que decir: Es necesario afirmar que el Hijo es igual al Padre en grandeza. La grandeza de Dios no es más que la perfección de su naturaleza. Al concepto de paternidad y de filiación pertenece que el Hijo, por la generación, llegue a tener la perfección de la natura- leza que hay en el Padre como Padre. Pero, porque en los humanos la genera- ción es la transmutación de una cosa que pasa de la potencia al acto, el hombre hijo no es desde el primer momento igual al padre que lo engendró, sino que, por un normal desarrollo, llega a alcanzar dicha igualdad, a no ser que ocurra algo debido a algún defecto en el


20. Ib.

21. Contra Maximinum, l.2 c.14: ML 42,775.





Igualdad y semejanza entre las personas divinas mismo principio de la generación. Es

evidente que, partiendo de lo dicho an-

teriormente (q.27 a.2; q.33 a.2 ad 3.4;

a. 3), en Dios hay propia y verdadera-

mente paternidad y filiación. No puede

decirse que la capacidad del Padre Dios

para engendrar fuera deficiente, ni tam-

poco puede decirse que el Hijo de Dios

haya llegado a la perfección de un modo

progresivo y por transmutación. Por

eso, es necesario afirmar que desde toda

la eternidad es igual al Padre en grande-

za. Por eso, dice Hilario en el libro De

Synod.22: Quita las debilidades corporales,

quita el principio de la concepción, quita los

dolores y toda humana flaqueza, y todo hijo,

por su nacimiento, es igual al padre, porque


tiene una naturaleza semejante. Respuesta a las objeciones: 1. A la


primera hay que decir: Aquellas palabras hay que entenderlas como dichas por Cristo en cuanto a su naturaleza huma- na, por la que es inferior al Padre y le está sometido. Pero por la naturaleza di- vina es igual al Padre. Esto es lo que dice Atanasio


23: Igual al Padre según la di- vinidad, menor al Padre según la humanidad. O lo que dice Hilario en el IX De Trin.24: Por la autoridad de dador el Padre es mayor, pero no es menor aquel a quien se le da el mismo ser. Y en el libro De Synod.25 dice: El sometimiento del Hijo es una piedad de la naturaleza, esto es, reconocimiento

de la autoridad paterna. Y el sometimiento



de lo demás, es debilidad de la creación.


2.


A la segunda hay que decir: La igualdad responde a la grandeza. En Dios la grandeza significa la perfección

de la naturaleza y pertenece a la esencia,

como ya dijimos (sol.). Por lo tanto, en

Dios la igualdad y la semejanza respon-

den a lo esencial. Por las relaciones, aunque sean distintas, no puede deducir-

se que haya desigualdad o desemejanza.

Por eso, Agustín, en Contra Maximinum


26


dice: El problema del origen se formula di- ciendo qué es de quién, y el problema de igual- dad, diciendo: Cuál o cuánto. Así, pues, la paternidad es dignidad del Padre, y es la

esencia del Padre, puesto que la digni-

dad es algo absoluto y pertenece a la esencia. Por lo tanto, como quiera que

la misma esencia que en el Padre es pa-




ternidad, en el Hijo es filiación, así tam-

bién la dignidad que es paternidad en el Padre, en el Hijo es filiación. Por lo tan-

to, verdaderamente se dice que lo que tiene de dignidad el Padre, lo tiene el Hijo. Pero de ahí no se deduce: El Padre tiene paternidad, por lo tanto, el Hijo tiene paternidad. Pues se pasa de la sustancia a


la relación. La esencia y dignidad del Pa- dre y del Hijo es la misma, pero en el Padre está con la relación del que da, y en el Hijo con la relación del que recibe.


3.


A la tercera hay que decir: En Dios, la relación no es un todo universal, aun cuando se diga de muchas relaciones. Porque todas las relaciones, por esencia

y ser, son una, y esto contradice el con- cepto de universal, cuyas partes se dis- tinguen por el ser. Lo mismo cabe decir de persona, que no es algo universal en Dios, como dijimos anteriormente (q.30 a.4 ad.3). Por lo tanto, ni todas las rela- ciones son algo mayor que una sola, ni todas las personas son algo mayor que una sola, porque toda la perfección de la naturaleza divina está en cualquiera de

las personas.


ARTICULO


5


El Hijo, ¿está o no está en el Padre? ¿Y el Padre en el Hijo?


In Sent. 1 d.19 q.3 a.2; Cont. Gentes 4,9; In Io c.10 lect.6; c.16 lect.7.




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