Santo tomas de aquino



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Solución. Hay que decir: Sobre este problema, se equivocó el abad Joaquín

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al sostener que, así como se dice Dios en- gendró a Dios, así también puede decirse


que la esencia engendró la esencia. Su funda- mento era: La simplicidad divina hace

que Dios no sea distinto de la divina esencia. Pero se equivocaba. Porque

para que una expresión sea verdadera,

no sólo hay que tener presente lo signi- ficado, sino también el modo de signifi-

car, como ya dijimos (a.4). Pues, aun cuando realmente Dios y deidad sean lo mismo, sin embargo, el modo de signifi- carlo no es el mismo. Pues la palabra

Dios, por significar la esencia divina en cuanto que está en el sujeto, en su modo

de significar exige, por naturaleza, que

pueda sustituir a la persona. Por eso, lo

que es propio de las personas, puede de- cirse de la palabra Dios. Ejemplo: Dios es engendrado o engendra, como dijimos ante- riormente (a.4). Pero la palabra esencia,

por su mismo modo de significar, no precisa que sustituya a la persona, pues-

to que significa la esencia como forma abstracta. De este modo, lo que es pro-

pio de las personas, por lo que las per- sonas se distinguen entre sí, no puede

ser atribuido a la esencia, pues significa-

ría que en la esencia divina hay dis- tinción como hay distinción en los su- puestos.


Respuesta a las objeciones: 1. A la primera hay que decir: Para resaltar más la


unidad de la esencia y de la persona, los Santos Doctores algunas veces usaron expresiones más rotundas de lo que ad-

mite el mismo lenguaje empleado. Por

eso, este tipo de expresiones no hay que propagarlas, sino explicarlas. Esto es, los nombres abstractos tienen que ser expli- cados con nombres concretos, o también

con nombres personales. Ejemplo: Al

decir esencia de esencia, o sabiduría de sabi- duría, el sentido es: El Hijo, que es esencia


y sabiduría, es del Padre, que es esencia y sa- biduría. Sin embargo, en los términos abstractos hay que conservar un cierto

orden, porque lo que se refiere al acto es




lo que está más cercano a las personas, porque los actos pertenecen a los su- puestos. Por eso, las expresiones: Natu- raleza de naturaleza, sabiduría de sabiduría, son menos impropias que la expresión: Esencia de esencia.


2.


A la segunda hay que decir: En las criaturas lo engendrado no recibe una naturaleza numéricamente idéntica a la

que tiene el que genera, sino otra dis-

tinta en número que nuevamente empie-

za a existir en él por generación, y deja

de existir por destrucción. De este modo

se engendra y se destruye por accidente.

Pero el Dios engendrado recibe la natu- raleza numéricamente idéntica a la del

que engendra. De este modo, en el Hijo

la naturaleza divina no es engendrada, ni directa ni accidentalmente.


3.


A la tercera hay que decir: Aun cuando Dios y la divina esencia sean realmente lo mismo, sin embargo, y atendiendo al modo de significar, es ne- cesario que se hable de distinta manera

de cada uno.




4.


A la cuarta hay que decir: La esen- cia divina se atribuye al Padre por modo de identidad, en razón de la simplicidad divina. Pero, en razón del diverso modo de significar, no puede sustituir al Pa-

dre. Aquella objeción sería viable siem- pre que se tratase de seres en los cuales algo de uno es atribuible a otro, como

lo universal de lo particular.


5.


A la quinta hay que decir: La dife- rencia entre los sustantivos y los adjeti- vos, es la siguiente: Los sustantivos in- dican sujeto; en cambio, los adjetivos no, sino que ponen un significado al sustantivo. Por eso, los sofistas


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dicen que los nombres sustantivos sustituyen; por contra, los adjetivos no sustituyen, sino que unen. Así, pues, los nombres sustantivos personales, por la identidad real, pueden

ser dichos de la esencia. Sin embargo,

no se sigue que la propiedad personal determine una esencia distinta, puesto

que lo que hace es aplicarla al supuesto indicado con el sustantivo. Pero los ad- jetivos nocionales y personales no pue-

den ser atribuidos a la esencia si no van unidos a algún sustantivo. Por eso no podemos decir: La esencia es la que engen- dra. Sin embargo, podemos decir que la esencia es algo que engendra, o Dios que en-


26. Cf. Decretal. Gregor. 9 l.1 tit.1 c.2: Damnamus (RF 2,6).

27. Cf. l.c. nota 14.



C.39 a.6


Relación Personas-Esencia

385



gendra, si algo y Dios sustituyen a perso-

na; pero no si sustituyen a esencia. De

ahí que no haya contradicción en las fra-

ses: La esencia es algo que engendra, y algo que no engendra; porque en el primer caso



algo sustituye a persona; en el segundo, a esencia.


6.


A la sexta hay que decir: La deidad, en cuanto que es idéntica en varios su- puestos, tiene cierto parecido con la for- ma del nombre colectivo. Por eso, cuan-

do se dice: El Padre es principio de toda deidad, puede ser tomado en el sentido

de la totalidad de las personas; esto es,

en cuanto que en todas las personas di- vinas el principio es el mismo. Tampoco

es necesario que sea principio de sí mis- mo. Como cuando se dice que alguien

del pueblo es rector de todo el pueblo, y,

sin embargo, no lo es de sí mismo. Pue- de decirse también que es principio de

toda la deidad, no porque la engendre o espire, sino porque, al generarla y espi- rarla, la comunica.




ARTICULO 6


Persona, ¿puede o no puede aplicarse a los nombres esenciales?


In Sent. 1 d.4 q.2 a.2 ad 4.5.


Objeciones por las que parece que «Persona» no puede aplicarse a los nom- bres esenciales, de modo que pueda de- cirse Dios es fres personas, o es Trinidad:


1.


La expresión: El hombre es todo hombre, es falsa. Puesto que no puede ve- rificarse de ningún supuesto, pues ni Só- crates es todo hombre, como tampoco

lo es Platón, ni ningún otro. Pero tam- bién es falsa la siguiente: Dios es Trini- dad, puesto que no puede verificarse de ninguno de los supuestos de la naturale- za divina, puesto que ni el Padre es Tri- nidad, ni tampoco el Hijo, ni el Espíritu Santo. Por lo tanto, la expresión: Dios es




Trinidad, es falsa.

2. Más aún. Lo inferior no se atri-




buye a lo superior más que con una atri- bución accidental. Ejemplo: Cuando digo el animal es hombre, en el animal, ser hombre es accidental. Pero la palabra Dios, es, con respecto a las tres perso- nas, lo que lo común a lo particular, se-


gún dice el Damasceno


28. Por lo tanto, parece que los nombres de las personas no pueden ser atribuidos a la palabra Dios más que accidentalmente.


En cambio está lo que dice Agustín en el sermón De Fide


29: Creemos que un solo Dios es una sola Trinidad de nombre di- vino.


Solución. Hay que decir: Como diji- mos anteriormente (a.6 ad 5), aun cuan- do los nombres personales o los adjeti- vos nocionales no puedan ser atribuidos

a la esencia, sin embargo, sí pueden ser- lo los sustantivos, debido a la identidad real entre esencia y persona. Pues la esencia divina no sólo es realmente idén- tica a una persona, sino a las tres. Por eso, una persona, dos, tres, puede ser di- cho de la esencia. Ejemplo: La esencia es el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Y porque la palabra Dios, en cuanto tal, puede sustituir a la esencia, como diji- mos (a.4 ad 3), del mismo modo, así como la expresión: La esencia es tres per- sonas, es verdadera, así también lo es la expresión: Dios es tres personas.




Respuesta a las objeciones: 1. A la primera hay que decir: Como dijimos ante-


riormente (a.4 ad 3), la palabra hombre, en cuanto tal, puede sustituir a persona; pero, por algún añadido, expresa la na- turaleza común. De este modo, la expre- sión: El hombre es todo hombre, es falsa, porque no puede verificarse en ningún supuesto. Pero la palabra Dios, en cuan-

to tal, puede sustituir a esencia. Por eso, aun cuando la expresión: Dios es Trini- dad, no pueda sustituir a ninguno de los




supuestos de la divina naturaleza, sin embargo, sí puede sustituir a la esencia. Por no tenerlo en cuenta, el Porretano


30

lo negó. 2.




A la segunda hay que decir: Cuando se dice Dios o la divina esencia es Padre, hay una atribución por identidad, no

una atribución de inferior a superior. Porque en las personas divinas no se da

el universal y el singular. Por eso, así como la expresión: El Padre es Dios, por naturaleza es correcta, así también la ex- presión: Dios es Padre, por naturaleza es también correcta. Y de ningún modo ac- cidentalmente.


28. De Fide Orth. l.3 c.4: MG 94,997.

29. Cf. FULGENCIO, c.1: ML 65,673.


30. Cf.

GILBERTO PORRETA, In de Trin. § Postulas: ML 64,1311.

386


La trinidad de personas


C.39 a.7


ARTICULO 7


Los nombres esenciales, ¿son o no son atribuibles a las Personas?


In Sent. 1 d.31 q.1 a.2; De Verit. q.7 a.3.


Objeciones por las que parece que los nombres esenciales no son atribui- bles a las Personas:


1. Todo lo que puede inducir a error en la fe, al hablar de Dios, debe ser evitado, porque, como dice Jeróni- mo


31, partiendo de palabras mal entendidas se cae en la herejía. Pero atribuir a una persona lo que es común a las demás, puede inducir a error en la fe, porque puede entenderse que o sólo correspon- de a la persona a quien se le atribuye, o corresponde a una más que a las otras. Por lo tanto, los atributos esenciales no son atribuibles a las personas.


2. Más aún. Los atributos esenciales, en abstracto, tienen significado por modo de forma. Pero una persona no se relaciona con la otra como forma; pues- to que la forma en el sujeto no se dis- tingue de aquello de lo que es forma. Por lo tanto, los atributos esenciales, de modo especial en abstracto, no deben atribuirse a las personas.


3.


Todavía más. Lo propio es ante- rior a lo apropiado; pues lo propio entra en el concepto de lo apropiado. Pero los atributos esenciales son, a nuestro modo de ver, anteriores a las personas, como lo común es anterior a lo propio. Por lo


tanto, los atributos esenciales no deben ser atribuidos.


En cambio está lo que dice el Após- tol en 1 Cor 1,24: A Cristo, poder de Dios


y sabiduría de Dios.


Solución. Hay que decir: Para expresar mejor la fe, fue conveniente que los atri- butos esenciales fueran atribuidos a las personas. Pues, aun cuando no sea posi- ble demostrar la trinidad de las perso- nas, como dijimos anteriormente (q.33 a.1), sin embargo, fue conveniente darlas

a entender mediante cosas para nosotros más evidentes. Los atributos esenciales nos resultan a nosotros más evidentes racionalmente que las propiedades de las personas. Porque, partiendo de las cria- turas, de las cuales tomamos nuestros conocimientos, podemos elevarnos con certeza hasta el conocimiento de los atri- butos esenciales, no, en cambio, hasta el conocimiento de las propiedades de las personas, como dijimos anteriormente (q.32 a.1 ad 1). Así, pues, así como nos servimos de la semejanza del vestigio o de la imagen que encontramos en las criaturas para dar a entender a las perso- nas divinas, así también nos servimos de los atributos esenciales. La manifestación de las personas por medio de los atribu- tos esenciales es llamada apropiación




b. Las personas divinas pueden manifestar-

se por medio de los atributos esenciales, de una doble manera




c. 1) Una, por se-

31. Cf. PEDRO LOMBARDO, Sent. l.4 d.13 c.2 (QR 2,818).




b. La apropiación es un modo de hablar por el que se atribuye a una Persona divina más que a otra -no sin fundamento real- ciertos atributos esenciales o ciertas operaciones ad ex- tra, y ello con el intento de conocer mejor lo propio de cada Persona. Es como «un acercar la común a lo propio» dice el Santo en el De Verit. q.7 a.3.


Esta ley de las apropiaciones, bastante anquilosada ya en tiempos de Santo Tomás, se hizo con el tiempo tan rígida que no sólo se llegó a conclusiones paradójicas -Cristo es hijo adop- tivo de toda la Trinidad, decía Durando en el s.XIV, volviendo con ello a los antiguos errores adopcionistas- sino que se abrió un foso infranqueable entre teología y vida espiritual. Con- tribuyó sin duda a una visión trinitaria abstracta y desencarnada.


Tomás acepta ciertamente la doctrina tradicional, pero la usa con la suficiente flexibilidad como para integrar en su explicación elementos de un sabor claramente personalista. El subra- ya la unicidad divina. Según esta perspectiva, las Personas divinas se distinguen tan sólo en sus relaciones recíprocas, lo que sólo se da en el interior de la divinidad. De cara a las criaturas obran al unísono, conjuntamente, por una misma sabiduría, una misma voluntad, un mismo poder. Ad extra, todo les es común. Sin embargo, cada Persona actúa según su característica propia, por lo que deja en las criaturas su impronta. De ahí que el hombre pueda llegar a tener contacto directo y personal con cada una de las Personas trinitarias (cf. notas a I q.33 a.l; I q.43 a.3; S. FUSTER, ¿Hijos de la Trinidad o hijos del Padre?: EscVed XVI (1986) 97-105.


c. En realidad, Santo Tomás señala cuatro fundamentos reales de la apropiación:

1. El primero es el uso que de ella hacen tanto la Sda. Escritura (sed contra), como los




Doctores y Padres de la Iglesia (a.8).

mejanza. Es así como lo que pertenece al entendimiento se apropia al Hijo, que procede intelectualmente como Palabra. 2) Otra, por desemejanza. Es así como el poder se apropia al Padre, como dice Agustín32, porque entre nosotros, los padres, por la vejez, suelen ser débiles; pero no pensemos lo mismo de Dios.


Respuesta a las objeciones: 1. A la primera hay que decir: Los atributos esen-


2. El segundo es un argumento a fortiori: «Si podemos intentar el conocimiento de Dios partiendo de las criaturas, porque éstas proporcionan una base objetiva para el conocimiento

de los atributos esenciales de Dios; si nos es posible llegar a un cierto conocimiento de las Per- sonas en sí mismas considerando las criaturas en cuanto vestigio o imagen de la Trinidad: a




fortiori podremos abrigar la esperanza de llegar a un cierto conocimiento de las Personas par- tiendo de la esencia divina» (LAFONT 88-90).


3. El tercero es la semejanza existente entre un atributo esencial y lo que es propiedad de una Persona. Puede darse, en efecto, una afinidad o similitud particular entre un determinado atributo esencial, la Sabiduría por ejemplo, y una propiedad personal (el Verbo del Padre). Atribuir a una Persona una cualidad de la esencia no equivale a decir que dicha Persona la po- sea en propiedad. Pero tampoco se trata de un puro formulismo, sin contenido alguno, carente

de significado. No es un verbalismo hueco. Si fuera asi, cualquier atributo esencial podría afir- marse indistintamente de cualquier Persona. Es un camino legítimo para aspirar a conocer lo propio de cada Persona. La apropiación no ofrece un conocimiento exclusivo, pero sí avala el pensamiento en una dirección auténtica y fundada, de suerte que de alguna forma alcanza lo propio de la Persona. Amor, por ejemplo, se dice de la naturaleza divina y, bajo este aspecto, el Padre es amor, el Hijo es amor y el Espíritu Santo es amor. Amor es un nombre esencial. Y, sin embargo, Amor se apropia al Espíritu Santo de tal modo que llega a ser nombre propio




(I q.37 a.1).


4. El cuarto es la razón de desemejanza. Siempre se había hablado de la atribución de nom-

bres esenciales a las Personas en virtud de la semejanza entre lo significado por el nombre y la peculiaridad característica de la Persona. Alejandro de Hales (Summa I, Inq.II, tract.II, Sec.II q.3 m.1: ed. KLUMPER 646), Alberto Magno (I q.1 membr.1: Lyon 1651 t.17 p.289), San Bue- naventura (In I Sent. d.XXXIV q.3: Quaracchi t.I p.592) y Santo Tomás completaron la no- ción con la teoría de la desemejanza. Por ejemplo, al Padre se le atribuye el poder para evitar la idea de vejez aneja tantas veces al concepto humano de paternidad. Y al Hijo se le aplica la sabiduría para rechazar la impresión de inexperiencia e ignorancia que se tiene a veces con respecto a los hijos jóvenes. Y al Espíritu Santo se le asigna la bondad por contraste al espíritu terreno que con frecuencia anda envuelto en violencias y malicia.




d. Si la apropiación se funda realmente en lo privativo de cada sujeto trinitario es un modo

de hablar apto para conocerlos mejor. Es una «vía persuasiva para la manifestación de las per- sonas» (In Sent. 1 d.31 q.1 a.2). Santo Tomás llega a decir que las apropiaciones se darían en Dios «aun cuando nosotros no existiéramos» (l.c.), es decir: hay una base objetiva que hace de nuestro hablar algo más que una palabrería insulsa. Se puede llegar a conectar con las personas,

algo paralelo a como partiendo de lo sensible se puede ascender hasta una primera causa. Es decir, si partiendo de lo creado es factible elevarse hasta la causa creadora, tomando como punto de partida la causa creadora -aceptada esta vez por una opción de fe- se posibilita llegar

a cierto conocimiento de las Personas. No se trata, por tanto, de afirmar que lo que es común

a toda la Trinidad sea más propio de una Persona con respecto a otra, pero sí de decir que «esto que es común tiene mayor semejanza con lo que es propio de una Persona que con lo que es propio de otra» (De Verit. q.7 a.3). Si es preciso evitar la exclusión de las otras, es válido ad- mitir una preferencia con respecto a una. Se abre, pues, un camino correcto. La esencia no existe

si no es realizada en un individuo. No existe un dios al margen del Padre y del Hijo y del Espí-

ritu. Para Santo Tomás, «los actos corresponden a los sujetos» (I q.36 a.4 ad 7). Quien engen-

dra, no es la esencia divina, sino el Padre (1 q.33 a.1). Quien ama, no es la esencia, sino el Pa-

dre y el Hijo abrazados en un solo amor (1 q.37 a.l ad 3). Por lo mismo, «la fuerza creadora,

a pesar de ser común a las tres personas, les corresponde con un cierto orden» (1 q.45 a.6 ad 2). «Dios Padre ha llevado a cabo la creación por su Palabra, que es el Hijo, y por su Amor,

que es el Espíritu Santo» (1 q.45 a.6).


C.39 a.7


Relación Personas-Esencia

387



cíales no hay que atribuirlos a las perso- nas de modo que se diga que son suyos propios, sino para dar a conocer a las personas por semejanza o desemejanza, como acabamos de decir (sol.). Por eso, no se sigue ningún error de fe, sino, más bien, una manifestación de la ver-


dadd.

2.




A la segunda hay que decir: Si los atributos esenciales se apropiaran a las

32. Cf. HUGO DE SAN VÍCTOR, De Sacram. l.1 p.2.a c.8: ML 176,209.

388


La trinidad de personas


C.39 a.8


personas de modo que fueran propios suyos, se seguiría que una se relacionaría con la otra con relación de forma. Lo cual lo rechaza Agustín en VII De Trin.33, mostrando que el Padre no es sabio por la sabiduría que engendra, como si sólo el Hijo fuera sabiduría, y únicamente pudiera ser llamado sabio el Padre junto con el Hijo, y no el Padre sin el Hijo. Pero el Hijo es llamado sabi- duría del Padre, porque es la sabiduría que procede de la sabiduría del Padre, pues ambos por naturaleza son sabidu- ría, y en ambos simultáneamente hay una sola sabiduría. Por eso, el Padre no es sabio por la sabiduría que engendra, sino por la sabiduría que es su misma esencia.


3.


A la tercera hay que decir: El atri- buto esencial, aun cuando por su propia razón sea anterior a la persona, según el modo de entender, sin embargo, en cuanto que tiene razón de apropiado,

nada impide que lo propio de la persona

sea anterior a lo apropiado. Como el co- lor es posterior a un cuerpo en cuanto

que es cuerpo; sin embargo, es anterior por naturaleza a un cuerpo blanco en cuan- to que es blanco.




ARTICULO 8


Los Santos Doctores, ¿han o no han atribuido correctamente los atributos


esenciales a las personas?


In Sent. 1 d.14; d.31 q.2 a.1; q.3 a.1; d.34 q.2; d.36

q.1 a.3 ad 5; De Verit, q.1 a.7; q.7 a.3; In 2 Cor.


c.13 lect.3; In Rom. c.11 lect.5.






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