Santo tomas de aquino


La enseñanza teológica de la Escritura



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La enseñanza teológica de la Escritura

Las generaciones de los primeros siglos del cristianismo forjaron un es-




píritu que permanecerá en la tradición como punto de referencia constante

y siempre obligado. No tanto porque hagan inútil el esfuerzo intelectual de sus sucesores, sino porque su actitud y sus obras han tenido un valor funda- mentalmente positivo hacia la cultura. Efectivamente, también los Padres se encontraron con el problema de la aportación de la sabiduría pagana a la hora de transmitir el patrimonio cristiano. De este modo no solamente lega- ron a las generaciones posteriores su talante, sino también el resultado con- creto de sus obras. No se trata aquí de justificar esta tarea ni de seguirla en todas sus implicaciones, sino de afirmar que de hecho significó la legitima- ción del pensamiento cristiano105.




La necesidad de contraponer la sabiduría cristiana integral a la de los fi- lósofos paganos apremia a los Padres a poner el acento en la revelación cris- tiana, ya que vivían en un mundo de régimen pagano. Por eso, la fe se pre- senta tanto como principio formal de unidad de toda la construcción teoló- gica cuanto como fuente de conocimiento racional. Las soluciones varían según los ambientes patrísticos, pero en la Edad Media la visión agustiniana será la más conocida. Para Agustín de Hipona, la revelación es el criterio va- lorativo de las verdades de razón, y su quehacer teológico tiene una profun- da inspiración religiosa, pero es consciente también de estar impregnado de ideas platónicas. Esta perspectiva teológica será muy viva en la tradición cristiana y en ella influye la célebre fórmula teológica del obispo de Hipo- na


106. Esta actitud no descarta el tema de la cultura humana, como la misma

vida de Agustín demuestra, pero, entendida rígidamente y en un mundo reli- gioso cerrado, puede producir una crisis en el pensamiento cristiano cuando el orden racional adquiera más consistencia.




Las aportaciones del siglo XII en este campo abren el camino hacia el prototipo de obra teológica medieval. La misma organización escolar del tiempo revela ya las tendencias que se van a ir imponiendo. La formación de aquellos pueblos sigue el esquema ya conocido en la sociedad pagana. Entre las organizaciones del saber de más tradición encontramos la célebre división en trivio y cuadrivio107. Estas enseñanzas constituían los conocimien-

tos imprescindibles para poder estudiar el libro por antonomasia de aquella civilización: la Biblia. Es bien sabido que el primer estadio de acercamiento a la Sagrada Escritura lo constituía la lectura, y las materias estudiadas en ese programa escolar facilitaban la tarea. Hasta el presente estas preocupaciones

se habían mantenido vivas en los monasterios, pero en este siglo toman


II.


La Suma en la historia de la teología

29


105


F. CAYRÉ, Précis de patrologie et d'histoire de la théologie, 3 vols. (París 1927-1943);

M. GRABMANN, Historia de la teología católica. Desde finales de la era patrística hasta nuestros días (Madrid 1946); E. VlLANOVA, Historia de la teología cristiana. I Des dels orígens al segle XV (Barce- lona 1984).




106


E. GlLSON, Introduction à l'étude de saint Augustin (París 1929) 33-34; A. AROSTEGUI, In- terpretación agustiniana del «nisi credideritis non intelligetis»: Revista de filosofía 24 (1965) 277-283; A. C. VEGA, Introducción a la filosofía de San Agustín: Obras completas II (Madrid 1964) 74ss.


107


H.-I. MARROU, Histoire de l'éducation dans l'antiquité (París 19502); R.-A. MARTIN, Arts libéraux: Dic. d'histoire et géographie ecclésiastique IV (París 1930) col. 827-843; P. RICHE, La educación en la cristiandad antigua (Barcelona 1983).





auge las ciudades con la emancipación de muchos municipios y la creación de las escuelas urbanas108.


Por ello, a los instrumentos primeros de la gramática y la retórica vemos sobreponerse en este tiempo la dialéctica. La historia reconoce el influjo de las controversias eucarísticas del siglo precedente en este tema, pero, sobre todo, pone de relieve los nuevos conocimientos introducidos en Occidente. Hasta entonces la civilización occidental solamente conocía las categorías de Aristóteles transmitidas por Boecio. Es lo que se denomina la logica vetus


109. Por eso, la teología de la primera escolástica va ligada a estas artes. Pero la importancia de Boecio está justamente en que los métodos racionales se in- troducen en la tarea teológica. Hacia la mitad del siglo XII se introducen nuevos libros de Aristóteles, particularmente los relativos al silogismo como

forma de demostración científica110.




El texto sagrado tenía entonces una tradición asentada. Aunque la tra- ducción más comúnmente aceptada continúa siendo la de los Setenta, la transmisión de la Biblia en la Edad Media sigue los derroteros de la glosa. El texto constituía parte central en la misma disposición del libro, donde las glosas o comentarios se hacían al margen o entre líneas. La más conocida

es la glossa ordinaria, usada por los teólogos del tiempo y cuya paternidad se ha atribuido recientemente a Anselmo de Laón. Se comprende que semejan-

te método llegara a tal saturación, que incluso atentara a la misma percep- ción originaria del texto. Los resultados de semejantes procedimientos pe- dían la introducción de un método que pusiera orden racional entre los co- mentarios al texto sagrado.


Durante un largo período de tiempo, el trabajo teológico se realiza reco- giendo el material de la tradición patrística. Este patrimonio se transmite mediante florilegios o cadenas, en las que se recogen los textos espigados de los autores, principalmente de Agustín y de Gregorio Magno. La palabra sentencias se refiere originariamente a estas colecciones de textos de la anti- güedad agrupados según criterios diversos. Este tipo de obras arranca ya de finales de la era patrística, pero serán más características del trabajo teológi-

co de esta época. Hoy se reconocen como obras características del siglo XII, y la prueba la constituyen las compilaciones de este período conocidas como florilegios y sentencias111. A estos textos, particularmente de los Padres y

que acompañaban la glosa medieval, se les denomina auctoritas. Estas autori- dades se convierten también en el fundamento de la teología, pero aplicán- dole el sentido lógico y dialéctico introducido en este siglo.


Este nuevo filón de la teología tiene una amplia gama de representantes y escuelas en el siglo XII. La historia pone de relieve a Anselmo y Abelar- do112. En el primero, la preocupación por la comprensión racional es asi- mismo ingrediente del aspecto contemplativo. En Anselmo se da una fe que busca la inteligencia, frase de indudable éxito histórico, con la que expresa el


108H. PIRENNE, Las ciudades de la Edad Media (Madrid 19804); PH. DELHAYE, L'organisation scolaireau XIIe siède: Traditio 5 (1947) 211-268.


109


L. MINIO PALUELLO, Les traductions et les commentaires aristotéliciens de Boèce: Studia pa- trística 2 (Berlín 1957) 358-365; ID., Note sull'aristotelismo medievale: Rivista di fil. neo-scolastica 54 (1962) 137-147; J. ISAAC, Le «Peri Hermeneias» de Boèce a St. Thomas (París 1953).


110


F. VAN STEENBERGHEN, Aristote in Occident. Les origines de l'aristotelisme parisién (Lo- vaina 1946); L. GENICOT, Le XIIIe siècle européen (París 1968) 212-219; P. M. PESSION, Alle ori-


gini dell'aristotelismo del secolo XII: Sap. 1 (1948) 374-386 y 2 (1949) 61-78.

111



J. DE GHELLINCK, Le mouvement théologique du X I Ie siècle (Bruselas-París 19482) 112-148; P. GLORIEUX, Sentences: DTC, XIV, 2 (París 1941) col. 1860-1884.


112

M.-D. CHENU, La théologie au douzième siècle (París 19662) 350.




Introducción

30



espacio concedido por él a la dialéctica113. Abelardo se encuentra con las re- copilaciones, que presentan una gran variedad y disparidad. Su preocupa- ción será introducir el sentido lógico en estos textos, de modo que con él la dialéctica, cada vez más impregnada de lógica, va a tener una aplicación intensa a la teología114. Es en este momento de la historia cuando el nombre de teología comienza a usarse en el sentido epistemológico moderno115.


El siglo XII tiene también otra aportación importante en la enseñanza teológica de la Escritura. Se trata de la sistematización de la teología deriva- da de estas exigencias. Aunque los diversos esquemas teológicos no se pre- senten en estado químicamente puro, no obstante, en algunas prevalece la ordenación histórica, mientras que, en otras, una ordenación inspirada en- Agustín116. La obra de Pedro Lombardo va a adquirir una dimensión ex- traordinaria, pues se va a constituir en el texto de teología, con toda la fuer-

za que la palabra texto tenía en aquel ambiente. Los jóvenes bachilleres es- tudiaban este libro, y Tomás de Aquino no será una excepción. Se puede discutir el éxito de su empresa, pero lo cierto es que su obra es fundamental

en la enseñanza de la teología hasta el siglo XVI


117.

La exposición de la Biblia, forma por antonomasia de la tarea teológica,




presenta al concluir el siglo XII una gran ebullición. El papel de la dialéctica, forma frecuentemente artificial, es suplantada por la lógica gracias a la obra

de Abelardo. De este modo la teología especulativa tiende a ampliar sus márgenes. Los temas humanísticos y naturales son cultivados en los ambien- tes de Chartres y San Víctor. La filosofía de tipo aristotélico, por Juan de Salisbury, Domingo Gundisalino y Gilberto de la Porré. En este ambiente, el problema filosófico aún no estaba planteado con toda su amplitud, pues todavía predomina la lógica sobre la metafísica, pero los sistemas clásicos de formación comienzan a advertir su desfase y el siglo XIII deberá afrontar ese problema.




2. La teología en el marco universitario

Las grandes instituciones de la Edad Media pueden relacionarse con el sa-




cerdotium, el regnum y el studium, que constituyen capas sociales muy defini- das. Son las fuerzas preponderantes de aquella civilización, a las cuales co- mienzan a contraponerse movimientos más populares, generalmente de ins- piración evangélica, pero también por el espíritu comunal que aflora en

otros sectores de la sociedad y en los municipios más organizados. El si- glo xm se abre como una nueva era para la historia de la Iglesia que, con Inocencio III (1198-1216), consigue el triunfo del sacerdocio sobre el reino. También el afianzamiento de las monarquías nacionales favorece, al mismo tiempo, una sociedad más próspera y abierta. El mundo medieval es muy




diversificado, pero encuentra en Roma el centro rector de sus destinos.

113



ANSELMO DE CARTERBURY, Proslogion 1: ML 158,225: la frase fides quaerens intellectum tuvo indudable éxito histórico: cf. Y. CONGAR, La fe y la teología (Barcelona 19772) 282-289..


114


E. BERTOLA, I precedente storici del metodo del «Sic et Non» di Abelardo: Riv. di fil. neo- scolastica 53 (1961) 255-280; M.-D. CHENU, La fe en la inteligencia (Barcelona 1966) 133-146.


115J. DE GHELLINCK, «Pagina» et «sacra pagina». Histoire d'un mot et transformation de l'objet primitivement designé: Mél. A. PELZER (Lovaina 1947) 23-59.


116


H. DE SAN VÍCTOR, De sacramentis christianae fidei: ML 176, 173-618; R. M. MARTIN, Oeuvres de Robert de Melun, 3 vols. (Lovaina 1932-1947); P. LOMBARDO, Libri IV sententiarum (Quaracci 1916).


117

J. DE GHELLINCK, Le mouvement 250-277.




II. La Suma en la historia de la teología

31



También surgen otra serie de ciudades importantes, pero la cúspide espiri- tual del tiempo la detenta la Iglesia


118.

La renovación evangélica es tan intensa que surgen en aquel mundo




nuevas órdenes. Son principios dinamizadores de aquella sociedad que pre- cisan una moderación. «Pero -escribe Chenu-, si la mayor parte de estos movimientos van a perderse en sectas revolucionarias y heterodoxas, otros adquieren en la Iglesia su equilibrio: Francisco de Asís, hijo de su siglo, si es que lo hubo, encarna este nuevo espíritu de santidad; y Domingo, vir evange- licus (Jordán de Sajonia), funda un "ordo praedicatorum", en el que el viejo edificio regular se transforma según las constituciones de las Comunas y de las corporaciones, donde las más intensas curiosidades racionales se ejercitan

a la luz de la fe»119. Estas dos órdenes adquieren su estatuto canónico en 1216 los dominicos y en 1223 los menores, y en seguida estarán presentes entre los estudiantes y los maestros de teología. Aunque la constitución de las mismas no era la investigación científica, sin embargo, ya encontramos en las constituciones de los predicadores de Raimundo de Peñafort de 1228 las exigencias del estudio y la utilidad de las ciencias profanas para el teólo-

go. La evolución de los menores exigió más esfuerzos de adaptación, aunque entran pronto en el ambiente universitario.


Pero el siglo XIII conoce también el auge del estudio, que constituye un fuerte estamento social por obra de las agrupaciones universitarias. Más allá

de los acontecimientos de tipo político o religioso se encuentran en nuestro caso los culturales, que van a lograr su mayor resonancia en el nuevo tipo de organización escolar




120. La agrupación de las escuelas urbanas permite el intercambio y la confrontación de las ideas entre las diversas facultades. La universitas studiorum no es solamente comunidad de estudios, sino también in- tegración de todos cuantos se relacionan con el mundo de la cultura, tanto estudiantes como profesores. Funcionan como un grupo autónomo dentro

de la sociedad con sus pruebas de acceso y sus ritos de celebración, pero so- metidos a los principios rectores de aquella sociedad, el papa o el empera- dor




121. Integraban estas universidades las facultades de teología, artes, dere- cho y medicina.


Él sistema universitario, en el que prevalecía la facultad de teología, no permitía que ésta quedara al abrigo de los influjos de otras facultades. Cuan-

do la ciencia y la filosofía griegas se van asimilando, la teología no podía quedar sin la aportación de aquel espíritu, si quería seguir estando en la uni- versidad y ser la facultad más importante. El siglo xm conoce varias genera- ciones de maestros, que perciben este problema y que en dependencia de él han escrito su teología. Porque la filosofía, pero aún más la teología, son solidarias de las instituciones que las producen. El influjo universitario se




32


Introducción

118



Y. AZAIS-A. FLICHE-C. THOUZELLIER, La cristiandad romana: Historia de la Iglesia X (Valencia 1975); J. LE GOFF, La civilización del Occidente medieval (Barcelona 1969); L. GENICOT, Le XIIIe siècle européen (París 1968); F. HEER, El mundo medieval. Europa 1100-1350 (Madrid 1963); CH. DAWSON, Ensayos acerca de la Edad Media (Madrid 1960); J. HUIZINGA, El otoño de la Edad Media (Madrid 19793). La circunstancia medieval es muy importante para la comprensión de la obra de Tomás de Aquino, y sus historiadores así lo han puesto de relieve.


119M.-CHENU, La théologie comme science 104.

120



H. DENIFLE-A. CHATELAIN, Chartularium Universitatis Parisiensis I (París 1889); St. D'IRSAY, Histoire des universités françaises et étrangères des origines à nos jours. I Moyen Age et Renais- sance (París 1933); P. MICHAUD-QUANTlN, Universitas. Expressions du mouvement communautaire dans le moyen âge latin (París 1970); J. LE GOFF, Los intelectuales en la Edad Media (Barcelona 1986).


121

G. DUPONT-FERRIER, Aspects de l'université de París (París 1949).





percibe particularmente en su estructura técnica, pero también en el mismo espíritu atento a los nuevos modos de inteligibilidad.


En este contexto se hace imprescindible una organización de las ciencias, entre las que la sabiduría derivada del Evangelio mantiene su primacía. Pero en el siglo XIII estas exigencias serán cada vez mayores, porque el ingreso del saber proveniente de mundos no cristianos en los ambientes universita- rios ponía en juego el mismo dominio de la sabiduría cristiana. «La vida intelectual del siglo xm, escribe van Steenberghen, está dominada por un hecho histórico capital: la introducción en Occidente, en sucesivas olas a partir del siglo XII y hasta finales del siglo xm, de una abundante literatura filosófica y científica, de origen griego, judío y árabe. La historia de este movimiento de traducciones, arabo-latinas y greco-latinas, constituye toda- vía un amplio campo de investigación»


122. Este tema encuentra amplio eco en las historias de la filosofía, y las interpretaciones no son homogéneas. Lo cierto es que los teólogos de este siglo son deudores de este ambiente en di- versa medida, aunque en muchos casos el aristotelismo no les ha llegado en su estado puro, sino mediante fuentes eclécticas.


La historia de la cultura de este siglo demuestra que, para el conocimien- to de las Sagradas Escrituras, este ambiente espiritual era un reto, capaz de


regenerar la teología pero también de arruinarla. La perpetuación de una teología que no aceptara la visión más crítica de la realidad que la filosofía imponía, corría el riesgo de vaciar el mismo significado de la teología. «Era, escribe Chenu, para una tradición religiosa espontáneamente alimentada, con pequeñas excepciones, de la filosofía platónica, un delicado retorno compro- meterse con los caminos de Aristóteles; incluso antes de revelarse la incom- patibilidad de los dos sistemas, la ruptura de solidaridades adquiridas no po-

día consumarse sin problemas. Pues el universo aristotélico mismo aparecía irreconciliable con la concepción cristiana del mundo, del hombre, de Dios: no hay creación, sino un mundo eterno, en manos del determinismo, sin que un Dios providente conociese las contingencias, un hombre ligado a la materia y con ella mortal, cuya perfección moral no está abierta a un valor religioso. Filosofía orientada hacia la tierra, que por su negación de las ideas ejemplares ha cortado todo itinerario hacia Dios y ha replegado sobre sí misma la luz de la razón. La ciencia es contraria a la sabiduría cristiana»




123. Las generaciones de la primera mitad del siglo xm se encuentran ante una filosofía que daba pistas para una definición global de las cosas, y ello influ-

ye también en el mismo trabajo teológico.




El ingreso del aristotelismo en el mundo latino toma consistencia en esta primera mitad de siglo, aunque el estado actual de la crítica tiende a matizar el fenómeno por cuanto la transmisión de Aristóteles es todavía un problema de estudio. El hecho afecta a la nueva clase de maestros, que cada

vez sienten mayor atractivo por la teología especulativa. En esta tarea desta- can los profesores de la Universidad parisina, aunque no hay que olvidar la aportación de los maestros de Oxford. La historia de la entrada del aristote- lismo es una clave de interpretación fundamental para la comprensión de la

labor teológica de la Edad Media124. En torno a este problema se aglutinan


122


F. VAN STEHNBERGHEN, La philosophie au XIIIe siècle (Lovaina-París 1966) 29.


123


M.-D. CHENU, Introduction à l'étude de saint Thomas d'Aquin (Montréal 1950) 31. 124Además de la obra de STEENBERGHEN, cf. M. DE WULF, Histoire de la philosophie médiévale


(Lovaina 19476); G. FRAILE, Historia de la filosofía. II El judaismo, el cristianismo, el islam y la filo-

sofía (Madrid 19662); E. GlLSON, La filosofía en la Edad Media, desde los orígenes patrísticos hasta el fin del siglo XIV (Madrid 19762).


II.


La Suma en la historia de la teología

33



los espíritus de entonces, aunque con actitudes bien diversificadas. Además, la metafísica aristotélica había sido transmitida con prolongaciones neoplató- nicas


125, de donde la complejidad del problema.

La reconstrucción del período teológico que va desde 1200 hasta 1250,




pone de relieve el predominio oficial de las reservas suscitadas por esta cuestión


126. Las precauciones suscitadas por el movimiento cultural se ad- vierten ya en 1210, cuando Aristóteles fue prohibido en París, y se agrava- rán en las sucesivas intervenciones de Gregorio IX en 1228 y 1231, hasta convertirse en una especie de lugar común de los documentos pontificios


127. En estas intervenciones y en los teólogos que las secundaban aparece la preocupación por salvaguardar la trascendencia de la verdad divina amena- zada por esta excesiva racionalización128. Aunque de hecho estas prohibicio-

nes no se retiraron, sin embargo, las posibilidades que concedía la dispensa entre los dominicos o la misma interpretación del texto hicieron entrar a Aristóteles en el pensamiento teológico. Alberto el Grande, uno de los pro- motores más destacados del ingreso aristotélico en el mundo latino, enseña durante su magisterio parisino entre los años 1240 y 1248 la filosofía sobre textos aristotélicos, al mismo tiempo que la teología sobre el texto escritu- rístico y las Sentencias de Lombardo.




Las repercusiones de este clima en la facultad de teología se dejan adver- tir en los teólogos de la generación anterior a Tomás de Aquino, que rei- vindican los derechos de la razón en teología. La historia de la teología pone de relieve los nombres de Guillermo de Auxerre, Felipe el Canciller y Guillermo de Auvergne129. La obra de estos autores manifiesta el problema

de la credibilidad de la teología en aquel ambiente. Fe y razón son todavía dos realidades estrechamente unidas, pero independientes, aunque el recurso

al sentido aristotélico de ciencia es cada vez más frecuente. La situación de la teología se presenta, pues, con un nuevo caudal de materiales y también con nuevos sistemas de enseñanza. En este momento histórico, si quiere permanecer fiel a su misión de escrutar las Escrituras, el teólogo ha de pro- poner una fe que también produzca razón, en expresión de Guillermo de Auxerre


130. El problema está planteado en toda su radicalidad por cuanto creer no excluye otros tipos de actividad humana, particularmente la racio- nalidad.


La crítica moderna considera la aportación de Alejandro de Hales como fundamental en esta dirección, que va a culminar en la obra de Tomás de Aquino. Resueltos los problemas literarios con la publicación de su obra


131,

34


Introducción

125



Un caso típico es el célebre Liber de causis, cuyo origen neoplatónico fue Tomás el pri- mero en percibirlo, pues venía con la tradición aristotélica: C. VANSTEENKISTE, Notes sur le Commentaire de saint Thomas du Liber de Causis: Études et Recherches 8 (1952) 171-191.


126


M. GRABMANN, I divieti ecclesiastici di Aristotele sotto Innocenzo III e Gregorio IX: Miscel- lanea Historiae Pontificiae 5 (Roma 1941); F. EHRLE, L'agostinismo e l'aristotelismo nella scolastica del secolo XIII. Ulteriori discussioni e materiali: Xenia thomistica 3 (Roma 1925) 517-588; A. MAS- NOVO, Da Guglielmo d'Auvergne a San Tommaso d'Aquino I (Milán 1930). Para la historia de la teología medieval, además de los textos generales citados: A. FOREST-M. GANDILLAC-F. VAN STEENBERGHEN, El pensamiento medieval: Historia de la Iglesia XIV (Valencia 1974).


127


F. VAN STEENBERGHEN, La philosophie: «En pocas palabras, pienso que la renovación de la prohibición de 1231 en la bula del 1263 no tiene ningún alcance histórico» p.326.


128


M.-D. CHENU, La théologie comme science 26-32; C. DUMONT, La théologie comme science chez les scholastiques du XIIIe siècle (Lovaina 1962).


129FOREST-GANDILLAC-STEENBERGHEN,El pensamiento245-246.

130



M.-D. CHENU, La théologie comme science 35.

131V. DOUCET, De «Summa fratis Alexandri Halensis»: Rivista di filosofía neo-scolastica 40


(1948) 1-44; F.-M. HENQUINET, Commentaire d'Alexandre de Halès sur les «Sentences» enfin retrouvé: Miscellanea G. MERCATI II (Studi e testi 122) (Vaticano 1946) 359-382.





sabemos que la enseñanza teológica de este maestro de origen inglés se sitúa hacia 1225 en París. Posteriormente regenta la cátedra de teología, que los menores tenían en la universidad, desde 1236 hasta 1245. Es interesante ha- cer notar la presencia en París en este tiempo de Guillermo de Auvergne, Juan de la Rochelle, Pedro de España, Guillermo de Saint Amour, Roberto Kilwardby y Roger Bacon. Aunque la vida de Alberto el Grande está toda- vía sujeta a hipótesis, no obstante sabemos que llega a París en 1240, donde adquiere el grado de bachiller sentenciario, y que ocupa una de las dos cáte- dras de los dominicos entre 1242 y 1248. Tomás de Aquino llega a París en 1245, cuando Alejandro de Hales desaparecía, y permanece como novicio y estudiante hasta 1248, cuando viaja a Colonia donde Alberto el Grande fundaba un studium generale de la Orden. Se comprende la efervescencia cul- tural del momento y la orientación que estos autores marcan a la teología.


La evolución de la teología hacia una mayor técnica científica es progre- siva. El texto bíblico seguía siendo primario, pero las técnicas de análisis se habían perfeccionado con los materiales aristotélicos y con la introducción

de un texto nuevo en la enseñanza de la teología. Alejandro de Hales es el primero en adoptar el Liber sententiarum de Lombardo como texto en la fa- cultad de teología, hecho que atrae las reservas del mismo Bacon132. Alejan-

dro mantiene el espíritu de inspiración bíblica en su glosa, pero introduce tanto la lógica aristotélica como su metafísica. También aparece su aristote- lismo en sus numerosas cuestiones, pero es más significativa la obra conoci- da como Summa fratris Alexandri o Summa universae theologiae. Esta obra está abierta a las doctrinas filosóficas relativas al hilemorfismo universal, la dua- lidad de sustancias en el hombre, distinción real del alma y sus facultades,

el entendimiento agente propio de cada individuo y la iluminación divina

para el conocimiento superior. La tradición cristiana sigue teniendo más cré- dito que Aristóteles, pero ha percibido el problema crítico de la teología. Su obra se abre con la cuestión de la cientificidad de la teología y se estructura en cuatro partes sistematizadas según un orden de inteligibilidad racional: Dios en sí mismo, Dios creador, la persona del Salvador y los sacramentos.


El desarrollo concreto de esta Suma sigue la división en cuestiones, las cua- les están subdivididas en miembros y artículos. Estos artículos tienen tres partes: exposición de los argumentos negativos, argumentos positivos y conclusión con un esbozo de solución. La teología había adquirido así un rigor y una sistematización notable, pero la solución del cometido de la filo- sofía en la teología sigue siendo una cuestión pendiente.


La mayor parte de los teólogos de este tiempo consultaron y explotaron tanto el patrimonio aristotélico como el de otros filósofos paganos, a pesar de las prohibiciones oficiales. Se va creando así un clima favorable al es- tudio de las fuentes paganas, aunque las resistencias aún resuenan en las ex- presiones violentas de Alberto


133. Así entran en contacto no solamente con la lógica, que había dado un impulso a la teología en el siglo anterior, sino también con doctrinas metafísicas, psicológicas y morales, que urgen un nue- vo planteamiento teológico. Los teólogos de la primera mitad del siglo XIII

son sensibles a la divergencia entre la sabiduría cristiana y la ciencia pagana y a la necesidad de armonizar ambos mundos. Aquí se inscribe el significa- do histórico de la obra de Tomás de Aquino.




132

M.-D. CHENU, La théologie comme science 27-28.


133



ALBERTO EL GRANDE, In epistolas Dionysii Areop. VIII, 2: «Algunos, ignorantes, quieren combatir con todos los medios el uso de la filosofía, sobre todo entre los predicadores, donde nadie se les resiste; como brutos, blasfeman lo que ignoran».


II.


La Suma en la historia de la teología

35



3.



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