Santo tomas de aquino



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Objeciones por las que parece que Dios no lo ama todo:

1. Según Dionisio, en el c.4 De Div. Nom.




5, el amor extrae el interior del amante y lo pone en el amado. Es una incongruencia decir que se extrae el in- terior de Dios y se pone en alguien. Lue-


2. ARISTÓTELES, c11 n.4 (BK 434a20): S. Th. lect.16 n.845.

3. ARISTÓTELES, c.14 n.8


(BK 1154b26): S. Th. lect. 14 n.5


4. ARISTÓTELES, c.1 n.11 (BK 403a30): S. Th. lect.2


n.24.

5. § 13: MG 3,712; S. Th. lect.10.

260


La naturaleza divina


C.20 a.2

go incongruente es también decir que Dios ame lo distinto a El.




2. Más aún. El amor de Dios es eterno. Pero lo distinto a Dios no existe desde la eternidad a no ser como presen- te en Dios. Por lo tanto, Dios no lo ama

a no ser en sí mismo. Pero en cuanto que está en El, no es distinto a El. Lue- go Dios no ama lo distinto a El mismo.




3. Todavía más. Hay un doble tipo de amor: el de concupiscencia y el de amistad. Pero Dios no ama a las criatu- ras irracionales con amor de concupis- cencia, ya que no necesita nada que esté fuera de El; tampoco los ama con amor de amistad, pues este tipo de amor no se tiene con las criaturas irracionales, como nos consta por el Filósofo en VIII Ethic.6 Luego Dios no lo ama todo.


4. Por último. En el Sal 5,7 se dice: Odiaste a todos los que hacían el mal. Pero no se puede odiar y amar algo al mismo tiempo. Luego Dios no lo ama todo.


En cambio está lo que se dice en Sab 11,25: Amas todo lo que existe, y nunca has odiado lo que creaste.


Solución. Hay que decir: Dios ama todo lo existente. Pues todo lo existente, por existir, es bueno; ya que el mismo ser de cualquier cosa es bueno, como también lo es cualquiera de sus perfec- ciones. Ya se demostró anteriormente (q.19 a.4) que la voluntad de Dios es causa de todo. Así, es necesario que algo tenga ser o algún bien en tanto en cuan-

to es querido por Dios. Por lo tanto, Dios quiere algún bien para cada ser existente. Por eso, como amar no es más que desear el bien a alguien, resulta evi- dente que Dios ama todo lo existente.




Sin embargo, no ama como nosotros


a


lo hacemos. Pues, como nuestra volun- tad no causa la bondad de las cosas, sino que es movida por ella como por el ob- jeto, nuestro amor, por el que queremos el bien para alguien, no causa su bon- dad. Sino que sucede al revés, es decir, su bondad, real o aparente, provoca el


amor por el que queremos que conserve el bien que posee y alcance el que aún no tiene. A ello nos entregamos. Pero el amor de Dios infunde y crea bondad en las cosas.


Respuesta a las objeciones. 1. A la primera hay que decir: El que ama sale de


su interior y se traslada al del amado en cuanto que quiere su bien y se entrega

por conseguirlo, como si fuera para sí mismo. Por eso, en el c.4 De Div.



Nom.7, Dionisio dice: Hay que arriesgarse

a decir en nombre de la verdad que El (Dios), causa de todo, por lo inmenso de su bondad amorosa, sale de su propio interior


para colmar todo lo existente. 2.


A la segunda hay que decir: Aun cuando las criaturas no existan desde la eternidad más que en Dios, sin embar-

go, Dios, por el hecho de que todo exis-

te en El desde fe eternidad, lo conoció todo tal como es en sí mismo; y por lo mismo lo amó. Como nosotros, que, por

la semejanza que en nosotros hay de las

cosas, las conocemos tal como son en sí mismas.


3.


A la tercera hay que decir: La amis- tad no se puede tener más que con las criaturas racionales, en las que puede ha-

ber correspondencia y participación, y a

las que la felicidad y el azar pueden re- portarles bienes o desgracias. Sólo en ellas, propiamente, cabe la benevolencia.

Por su parte, las criaturas irracionales no pueden llegar a amar a Dios ni a partici-

par intelectualmente de la bienaventura-

da vida en la que Dios vive. Así, pues,

y hablando con propiedad, Dios no ama

a las criaturas irracionales con amor de amistad, sino con una especie de amor

de concupiscencia, en el sentido de que

las subordina a las criaturas racionales y también a sí mismo. No porque lo nece-

site, sino por su bondad y para nuestra utilidad. Pues también nosotros desea-

mos algo para nosotros y para los de-




más.

4.




A la cuarta hay que decir: Nada im-

6. ARISTÓTELES, c.2 n.3 (BK 1155b27): S. Th. lect.2 n.1557.


7. § 13: MG 3,712: S. Th.


lect.10.



a. Hay una gran diferencia entre el amor de Dios y el nuestro. Nosotros queremos las co- sas porque son buenas. Pero Dios, queriéndolas, las hace buenas. Es decir, el amor de Dios

es creador del bien; el nuestro, presupone el bien que ama. O sea: no es que Dios ame las cosas porque son buenas, sino al revés: son buenas porque las ama. Dios es amor: ama y, amando, crea. Su amor es fecundo, portador de valores (1-2 q.110 a.1; 3 q.23 a.1).





C.20 a.3-4


Sobre el amor de Dios

261



pide que a alguien por algo se le ame y por algo se le odie. A los pecadores, por ser hombres, Dios los ama como seres que existen y que existen por El. Pero, por ser pecadores, no existen, ya que les falla el ser, y esto no proviene de Dios. En este sentido se dice que son odiados por Dios.


ARTICULO


3


Dios, ¿lo ama o no lo ama todo por igual?


In Sent. 2 d.26 a.1 ad 2; 3 d.19 a.5 q.a1; d.32 a.4; Cont. Gentes 1,91.


Objeciones por las que parece que Dios lo ama todo por igual:

1.



Se dice en Sab 6,8: Dios cuida a to- dos igual. Pero la providencia que Dios tiene de las cosas, procede del amor con el que ama las cosas. Luego lo ama todo por igual.


2. Más aún. El amor de Dios es su esencia. Pero la esencia de Dios no ad- mite el más y el menos. Por lo tanto, tampoco su amor. Así, pues, no ama a unos más que a otros.


3. Todavía más. Como el amor de Dios abarca lo creado, también lo abarca su ciencia y su voluntad. Pero no se dice que Dios conozca unas cosas más que otras, o que a unas las quiera más que a otras. Luego tampoco ama a unos más que a otros.


En cambio está lo que dice Agustín

en Super Ioann.8: Dios ama todo lo que hizo; y de esto, ama más a las criaturas ra- cionales; y de éstas, ama más a los que son miembros de su Unigénito. Y a su Unigénito lo ama mucho más todavía.




Solución. Hay que decir: Como amar es querer el bien para alguien, en un do- ble sentido puede decirse amar más o menos. 1) Uno, por parte del mismo acto de la voluntad, que puede ser más o menos intenso. En este sentido, Dios no ama a unos más que a otros, porque todo lo ama con un solo y simple acto de voluntad, que siempre tiene la misma intensidad. 2) Otro, por parte del mismo bien que alguien quiere para el amado. Y, en este sentido, decimos que alguien ama más a otro si el bien que se le desea

es mayor, aun cuando no sea con una




más intensa voluntad. Y en este sentido es en el que hay que decir que Dios ama

a unos más que a otros. Pues como el amor de Dios es causa de la bondad de las cosas, como ya se dijo (a.2), algo no sería mejor que lo otro si Dios no qui- siera un mayor bien para uno que para otro.




Respuesta a las objeciones. 1. A la primera hay que decir: Se dice que Dios


cuida de todos igual no porque distribu- ye entre todos iguales bienes con su cui- dado, sino porque lo hace con igual sa- biduría y bondad.


2.


A la segunda hay que decir: Aquel argumento es viable si se refiere a la in- tensidad de amor por parte de la volun- tad, que es la esencia divina. Pero el

bien que Dios quiere para la criatura no

es la esencia divina. Por lo tanto, nada impide que aumente o disminuya.


3.


A la tercera hay que decir: Conocer y querer indican actos, no incluyendo objetos en su significación, cuya diversi- dad permita decir que Dios conoce o quiere más o menos, como hemos dicho sobre el amor (sol.).


ARTICULO


4


Dios, ¿ama o no ama siempre más a los mejores?


In Sent. 3 d.31 q.2 a.3; q.3; d.32 a.5 q.ae1-4.


Objeciones por las que parece que Dios no ama siempre más a los mejores:


1. Es evidente que Cristo es el me-

jor de todo el género humano, ya que es

Dios y hombre. Pero Dios amó más al género humano que a Cristo, porque se

dice en Rom 8,32: No perdonó ni a su pro- pio Hijo, sino que por todos nosotros lo entre- gó. Luego no siempre ama Dios más a




los mejores.

2. Más aún. El ángel es mejor que el




hombre. Por eso en el Sal 8,6 se dice del hombre: Lo hiciste poco inferior a los ánge- les. Pero Dios amó más al hombre que al ángel; pues se dice en Hb 2,16: No esco-


gió a los ángeles, sino a la descendencia de Abraham. Luego no siempre ama Dios

más a los mejores.




3. Todavía más. Pedro fue mejor que Juan, porque amaba más a Cristo. Por eso el Señor, sabiendo que era ver-


8. Tr.110 sobre Jn 17,23: ML 35,1924.

262



La naturaleza divina


C.20 a.4


dad, preguntó a Pedro: Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos? (Jn 21,15). Pero sin embargo, Cristo amó más a

Juan que a Pedro, pues dice Agustín9, comentando Jn 21,16: Simón, hijo de Juan, ¿me amas?: Con esta señal, Juan se distingue de los demás discípulos; no porque le amase sólo a él, sino porque le amaba a él más que a los demás. Luego no siempre ama Dios

más a los mejores.


4.

Y también. Es mejor el inocente que el penitente; pues, como dice Jeró- nimo




10, la penitencia es una segunda tabla salvadora después de un naufragio. Pero Dios ama más al penitente que al ino-

cente, porque se alegra más en él, pues

se dice en Le 15,7: Os digo que habrá más alegría en el cielo por un pecador que hace pe- nitencia que por novena y nueve justos que no la necesitan. Luego no siempre ama Dios

más a los mejores.




5.


Por último. Es mejor el justo cuya caída Dios conoce, que el pecador destinado a salvarse. Pero Dios ama más al pecador destinado a salvarse porque quiere para él un bien mayor, esto es, la vida eterna. Luego no siempre ama Dios más a los mejores.


En cambio, cada uno ama a su seme- jante, como nos consta por lo que se dice en Eclo 13,19: Todo animal ama a su semejante. Pero algo es mejor tanto en cuanto es más semejante a Dios. Luego los mejores son amados más por Dios.


Solución. Hay que decir: Es necesario recalcar, según todo lo expuesto ante- riormente, que Dios ama más a los me- jores. Pues se dijo (a.3) que para Dios amar más a algo no significa más que querer un mayor bien; pues la voluntad de Dios es causa de la bondad en las co- sas. Y así, hay cosas que son mejores porque Dios quiere un bien mayor para ellas. Por lo tanto, se concluye que Dios ama más a los mejores.


Respuesta a las objeciones. 1. A la primera hay que decir: Dios ama a Cristo no sólo más que a todo el género huma- no, sino también más que a todo; pues


para El quiso el mayor bien, porque le

dio el nombre que está sobre todo nombre (Flp 2,9), para que fuese verdadero Dios.

Y tal amor no queda ensombrecido por-

que lo entregara a la muerte para la sal- vación del género humano, pues de ahí mismo le viene el ser glorioso vencedor.

Dice Is 9,6: En su hombro puso la sobera-




nía.


2.


A la segunda hay que decir: Según lo expuesto (a.1), Dios ama la naturaleza humana asumida por la Palabra de Dios

en la Persona de Cristo, más que a todos

los ángeles. Y es mejor que ellos, de modo especial en razón de la unión. Pero hablando de la naturaleza humana

en general, y comparándola a la angéli- ca, en el orden de la gracia y de la glo- ria, encontramos igualdad; pues, según Apoc. 21,17: La medida del hombre y del ángel es la misma; y, sin embargo y con respecto a esto, encontramos que algu- nos ángeles son superiores a algunos hombres, y que algunos hombres son superiores a algunos ángeles. Pero en cuanto a la condición de la naturaleza, el ángel es mejor que el hombre. Tampoco Dios asumió la naturaleza humana por- que amara absolutamente más al hom- bre; sino porque más lo necesitaba. Como un buen padre de familia da a su criado enfermo algo de más valor que

no da a su hijo sano.


3.


A la tercera hay que decir: El asun- to sobre Pedro y Juan ha recibido mu- chas soluciones. Pues Agustín


11


lo tras- lada al símbolo diciendo que la vida ac- tiva (Pedro) ama más a Dios que la contemplativa (Juan); porque siente más las angustias de la vida presente y desea ardientemente liberarse de ellas e ir a Dios. Pero Dios ama más la vida con- templativa, porque la prolonga más, ya que no acaba al mismo tiempo que la vida corporal, como la vida activa.


Otros12, por su parte, dicen que Pe- dro amó más a Cristo en sus miembros; y así también fue más amado por Cristo, hasta el punto de que le encomendó la Iglesia. Juan, en cambio, amó más a


9. Tr. 124: ML 35,1971. El texto de Agustín ofrecido en esta objeción ha sido sacado de su contexto. La frase Con esta señal, que no queda explicada, curiosamente en el contexto se re- fiere al hecho que Jesús no pronuncie su nombre (el de Juan). El razonamiento por el que Agustín concluye que Juan es más amado que los demás es sorprendente. La respuesta, y sobre

todo el final, a esta tercera objeción una vez más pone al descubierto la grandeza interior de

Sto. Tomás (N. del T.)


10. In Isaiam 3,8: 1.2 ML 24,66.

11. Cf. obj.3.


12. Cf. AL-


BERTO MAGNO, In Sent. 1.3 d.31 a. 12 (BO 28,593).



C.21a.1


La justicia y misericordia de Dios

263



Cristo en sí mismo, y así también fue más amado por Cristo, hasta el punto de que le encomendó a su Madre.


Otros

13


dicen que no está claro quién de los dos amó más a Cristo con amor de caridad, y a quien amó más Dios para concederle mayor gloria de la vida eter- na. Se dice que Pedro amó con más prontitud y fervor; y que Juan fue más amado por cierta familiaridad con que Cristo le trataba de modo especial por su juventud y pureza.


Otros14 dicen que Cristo amó más a Pedro en cuanto al más excelente don de caridad; y más a Juan en cuanto al don de entendimiento. Por eso Pedro fue absolutamente mejor y más amado. Juan lo fue en cierto modo.


Sin embargo, me parece presuntuoso juzgar esta cuestión; porque, como se dice en Prov 16,2: El Señor, y no otro, es el examinador de espíritus.


4. A la cuarta hay que decir: La rela- ción entre penitentes e inocentes es idén- tica a la existente entre excedencia y ex- ceso. Pues tanto si son penitentes como si son inocentes, los mejores y más ama-

dos son los que poseen más gracia. Sin




embargo, puestos a la par, la inocencia

es más digna y más amada. Sin embar-

go, se dice que Dios se alegra más por

el penitente que por el inocente, porque muchos penitentes se convierten en per-

sonas cautas, humildes y fervorosas. Por

eso dice Gregorio15: En la guerra, el jefe



ama más a aquel soldado que, habiendo huido, regresa y lucha con todas sus fuerzas contra el enemigo, que a aquel que nunca huye pero siempre lucha a medias. O también, porque

el mismo don de gracia es más a los ojos

del penitente, que merece pena, que a

los ojos del inocente, que no la merece.

Al igual que una misma cantidad de di-

nero a los ojos de un pobre tiene más

valor que a los ojos de un rey.


5. A la quinta hay que decir: Como la voluntad de Dios es causa de la bondad en las cosas, la bondad de aquel que es amado por Dios se refiere al tiempo concreto en que por bondad divina se le concederá algún bien. Por lo tanto, y te- niendo por referencia el tiempo, el peca- dor predestinado es mejor cuando vaya a recibir un mayor bien; en otro tiempo, es peor; y en otro tiempo no es ni bue- no ni malo.


Después de haber investigado sobre el amor de Dios, ahora hay que ha- cerlo sobre su justicia y su misericordia. Esta cuestión plantea y exige res- puesta a cuatro problemas:


1. En Dios, ¿hay o no hay justicia?-2. Su justicia, ¿puede o no puede ser llamada verdad?-3. En Dios, ¿hay o no hay misericordia?-4. En

todo lo que Dios hace, ¿hay o no hay justicia y misericordia?




ARTICULO 1


En Dios, ¿hay o no hay justicia?


1-2 q.61 a.5; In Sent. 4 d.46 q.1 a.l q.a1; In De Div. Nom. c.8 lect.4; Cont. Gentes 1, 93.


Objeciones por las que parece que en Dios no hay justicia:

1.

La justicia se da con la templanza.

Pero en Dios no hay templanza. Luego tampocojusticia.




2. Más aún. El que lo hace todo se-

gún el deseo de su voluntad, no actúa

con justicia. Pero, como dice el Apóstol

en Ef 1,11: Dios lo hace todo siguiendo el consejo de su voluntad. Luego no debe atri- buírsele la justicia.




3. Todavía más. El acto de justicia

13. Cf. S. BERNARDO, Serm. de Diversis n.29: ML 183,622.


14. Cf. ALBERTO MAGNO,




Enarr. in Ioann. Prol. (BO 24,13).

15. GREGORIO MAGNO, In Evang. 1.2 hom.34 § 4: ML


76,1248.



Sobre la justicia y misericordia de Dios


CUESTIÓN 21

264



La naturaleza divina


C.21 a.1


consiste en dar lo debido. Pero Dios no es deudor de nadie. Luego no le corres- ponde tener justicia.


4. Por último. Lo que hay en Dios

es su esencia. Pero esto no le correspon- de a la justicia, pues dice Boecio en el li-

bro De Hebdomad,1: El bien contempla la esencia; y la justicia, la acción. Luego la justicia no le corresponde a Dios.


En cambio está lo que se dice en el Sal 10,8: El Señor es justo y ama la justicia.


Solución. Hay que decir: Hay una do-

ble especie de justicia. Una consistente

en el mutuo dar y recibir. Ejemplo: La compraventa, la intercomunicación, la conmutación. En V Ethic.2 es llamada

por el Filósofo justicia conmutativa o re- guladora de conmutaciones o comunica-

ciones. Esta justicia no le corresponde a

Dios, porque tal como dice el Apóstol

en Rom 11,35: ¿Quién le dio primero para

que le tenga que devolver? La otra, consiste en la distribución. Es llamada justicia dis- tributiva, por la cual el que manda o ad-

ministra da a cada uno según su digni-

dad. Así como una correcta organiza-

ción de la familia o de cualquier multitud gobernada, demuestra que hay

dicha justicia en quien manda, así tam-

bién el orden del universo, que aparece

tanto en las cosas naturales como en las voluntarias, demuestra la justicia de

Dios. Por eso dice Dionisio en el c.8 De



Div. Nom.3: Es necesario ver que la justicia

de Dios es verdadera en el hecho de que da a cada uno lo que le corresponde según su digni- dad, y que mantiene la naturaleza de cada uno en su lugar y con su poder correspondiente.


Respuesta a las objeciones: 1. A la primera hay que decir: Algunas virtudes


morales tienen su punto de referencia en las pasiones: La templanza, en la concu- piscencia; la fortaleza, en el temor y la audacia; la mansedumbre, en la ira. Ta- les virtudes no pueden ser atribuidas a Dios más que metafóricamente; porque como ya se dijo (q.20 a.1 ad 1), en Dios no hay pasiones, ni apetito sensitivo, que es el sujeto de tales virtudes, como dice el Filósofo en III Ethic.4 Algunas virtudes morales, por otra parte, tienen


su punto de referencia en las operacio- nes: como la justicia, la liberalidad y la magnificencia, en el dar y recibir. Estas no están en la parte sensitiva, sino en la voluntad. Por eso, nada impide que se atribuyan a Dios, pero no con respecto a acciones específicamente humanas, sino las propias de Dios. Pues resulta ridículo alabar en Dios la virtuosidad política, como dice el Filósofo en X Ethic.5


2.


A la segunda hay que decir: Como el bien conocido es el objeto de la volun- tad, le resulta imposible a Dios querer si

no es por el contenido de su sabiduría. De la misma forma que por la ley de la justicia su voluntad es recta y justa. Por



eso, lo que hace según su voluntad, lo hace justamente. Como nosotros que, al obrar según la ley, obramos justamente.

Pero mientras nosotros obramos según

la ley de alguien superior a nosotros, Dios es para sí mismo Ley.


3.


A la tercera hay que decir: A cada uno se le debe lo que es suyo. Se dice que es de alguien aquello que le está su- bordinado. Ejemplo: El siervo al Señor. Pero no a la inversa; ya que libre es aquel que dispone de sí mismo. Y lo de- bido conlleva una cierta exigencia o ne- cesidad por parte del subordinado. En las cosas hay que tener presente, en este sentido, un doble aspecto, Por una par-

te, algo creado está subordinado a algo creado, como las partes al todo, los acci- dentes a las sustancias, y cada cosa a su fin. Por otra parte, todo lo creado está subordinado a Dios. Y en esto último, que es la operación divina, hay que con- siderar una doble dimensión: algo que se debe a Dios y algo que se debe a lo creado. Dios es quien lo satisface todo. Pues a Dios se debe el que se cumpla en

las cosas lo que determina su sabiduría y

su voluntad y que pone al descubierto

su bondad. En este sentido, la justicia de Dios mira su propio decoro, pues se da lo que a sí mismo se debe. Y a lo creado se le debe que posea lo que le corres- ponde. Ejemplo: Que el hombre tenga manos, y que le estén sometidos los ani- males. En este sentido también Dios hace justicia dando a cada uno lo que le


1. ML 64,1314: S. Th. lect.4.

2. ARISTÓTELES, c.4 n.1 (BK 1131b25): S. Th. lect.6


n.947.

3. §7: MG 3,896; S. Th., lect.4.

4. ARISTÓTELES, c.10 n.1 (BK 1117b24): S.


Th. lect.19 n.595-597.


5. ARISTÓTELES, c.8 n.7 (BK 1178b10): S. Th. lect.12 n.2121-


2123.




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