Santo tomas de aquino


Respuesta a las objeciones



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Respuesta a las objeciones. 1. A la primera hay que decir: La frase del Apóstol:


Dios quiere salvar a todos los hombres, etc., puede ser entendida de tres maneras


i: 1) Acomodando la frase con el siguiente sentido: Dios quiere salvar a todos los hom- bres que son salvados, y, como dice Agus- tín


13, no porque haya algún hombre al que no quiera salvar, sino porque no se salva nadie que El no quiera salvar. 2) Ordenando la frase por géneros de individuos, pero no

por individuos de cada género, con el si- guiente sentido: Dios quiere salvar a los




13. Enchirid. c.103: ML 40,280.


hombre. ¿Se cumple siempre la voluntad divina? ¿Puede verse frustrada? El Angélico mantiene

de continuo estas dos afirmaciones: que la voluntad de Dios se cumple siempre y que el hom- bre es libre. ¿Cómo compaginarlo? La solución a esta antinomia dejará insatisfecho al espíritu. «Lo que parece apartarse de la voluntad divina en un orden, entra bajo ella en otro», dirá el Santo. Sobre el tema se escribirá y se discutirá durante siglos. Las polémicas entre molinistas y bañecianos de finales del s.xvi y principios del XVII serán duras y enconadas. Marín-Sola y Muñiz en el s.XX aportarán nuevas luces. Harán ver que el bañecianismo no es la auténtica doctrina de Santo Tomás. En todo caso, la antinomia persiste (cf. F. MUÑIZ, Apéndice II: Suma Teológica I [Madrid 1947] 978-1055).




i. La frase de San Pablo ha dado pie a múltiples interpretaciones, inspiradas más por la preocupación de compaginar su sentido con una determinada teología ya hecha, que por una inquietud auténticamente exegética. De las tres que recoge el Angélico, rechaza las dos prime- ras que atribuye a San Agustín.


C.19 a.6


La naturaleza divina

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Sobre la voluntad de Dios

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hombres de todas las condiciones: machos y hembras, judíos y gentiles, pequeños y grandes; sin embargo, no a todos de todas las condicio- nes. 3) Según el Damasceno14, hay que entender la frase referida a la voluntad antecedente, no a la consecuente


j. Esta dis- tinción no es aplicable a la voluntad de Dios, en la que no hay m antes ni des- pués; sino que hay que centrarla en lo querido. Para entenderlo, hay que tener presente que cada uno, en cuanto que es bueno, es querido por Dios. Puede ha- ber algo que en la primera considera- ción, es decir, absolutamente, sea bueno o malo, y que, sin embargo, considerado

con algo adicional, que es la segunda consideración, sea lo contrario. Ejemplo: Considerado absolutamente que el hom- bre viva, es bueno; matarlo, es malo. En cambio, si algún hombre es un homicida

o un peligro social, es bueno que muera, es malo que viva. Por eso puede decirse que un juez justo con voluntad antece- dente quiere que el hombre viva; con voluntad consecuente quiere colgar al homicida. De modo parecido, Dios quiere con voluntad antecedente salvar a todo hombre; con voluntad consecuente,

y por su justicia, quiere castigar a algu-




nos.


Sin embargo, no todo lo que quere- mos con voluntad antecedente lo quere- mos absolutamente, sino en cierto modo. Porque la voluntad se relaciona con las cosas por lo que son en sí mis- mas. Y en sí mismas son algo en par- ticular. Por lo tanto, queremos algo en cuanto que lo queremos después de ha- ber considerado todas las circunstancias particulares. Y esto es querer con volun- tad consecuente. Por eso puede decirse que un juez justo quiere absolutamente


colgar al homicida, pero en cierto modo quiere que viva, es decir, en cuanto que es hombre. De ahí que tal acción pueda ser llamada veleidad más que absoluta voluntad.


Resulta evidente, así, que lo que Dios quiere absolutamente, lo hace; aun cuan- do lo que quiere con voluntad antece- dente no lo haga.


2.


A la segunda hay que decir: El acto de la facultad cognoscitiva es tal en cuanto que lo conocido está en quien lo conoce. El acto de la facultad apetitiva está orientado a las cosas por lo que son

en sí mismas. Todo lo que puede tener razón de ser y de verdadero, virtualmen-

te está todo en Dios, pero no existe to- talmente en las cosas creadas. Así, Dios conoce todo lo verdadero; sin embargo,

no quiere todo lo bueno, a no ser en cuanto que se quiere a sí mismo, en quien virtualmente está todo lo bueno.




3.


A la tercera hay que decir: La causa primera puede ver impedido su efecto

por fallar la causa segunda cuando no es

la causa primera universal, en la que es-

tán contenidas todas las demás causas;

pues ningún efecto escapa al control de

la causa primera universal. Y esto es lo que sucede con la voluntad de Dios, como ya se dijo (sol.).




ARTICULO


7


La voluntad de Dios, ¿es o no es cambiable?


In Sent. 1 d.39 q.1 a.1; d.47 q.1 ad 2; De Verit, q.12 a. 11 ad 3; In Hebr. c.6 lect.4; Cont. Gentes 1,82;


3,91.96.98.


Objeciones por las que parece que la voluntad de Dios es cambiable:

14. De Fide Orth. 1.2 c.29: MG 94,968.




j. Hay en Dios un querer absoluto y eficacísimo, que se cumple siempre: es lo que llama voluntad consiguiente. Hay otro que no siempre se realiza, porque puede ser impedido y frustra- do por la libertad del hombre: es la que llama antecedente.


El primero en introducir esta terminología fue San Juan Damasceno (De Fide Ortodoxa II c.29: MG 94,968), si bien en los Padres anteriores se encuentra el contenido, ya que al hablar del pecado hacen referencia a cómo el hombre puede resistir a Dios.


Santo Tomás adopta la nomenclatura, pero modifica en algo su definición, como puede apreciarse analizando pasajes como el presente u otros paralelos (In Sent. 1 d.46 a.1; De Verit. q.23 a.2; In 1 Tm c.2, lect.1).


La diferencia está en el distinto criterio que siguen. El Damasceno se fija más en la libre determinación de la criatura, junto con la previsión que Dios tiene del pecado. El Angélico, en la omnipotencia divina, que a veces quiere una cosa en absoluto, prescindiendo de las cir- cunstancias y, a veces, quiere una cosa condicionada a las mismas.

252



La naturaleza divina


C.19 a.7


1. Dice el Señor en Gen 6,7: Me arrepiento de haber hecho al hombre. Pero todo aquel que se arrepiente de lo he- cho, tiene una voluntad cambiable. Lue-

go Dios tiene una voluntad cambiable.




2. Más aún. En Jer 18,7s se pone en

boca del Señor: Hablaré contra la gente y contra el reino para arrancarlo, destruirlo, dispersarlo. Pero si el pueblo hace penitencia por su mal, también yo me arrepentiré del castigo que tenía pensado infligirle. Luego




Dios tiene una voluntad cambiable. 3.


Todavía más. Todo lo que Dios hace, lo hace voluntariamente. Pero Dios no siempre hace lo mismo pues unas veces manda observar lo legal; otras, lo prohibe. Luego Dios tiene una voluntad cambiable.


4. Por último. Como se dijo ante- riormente (a.3), Dios no quiere por ne- cesidad lo que quiere. Luego puede que- rer y no querer lo mismo. Pero todo lo que tiene capacidad para hacer lo contra- rio es cambiable. Ejemplo: Todo lo que puede ser y puede no ser, es sustancial- mente cambiable. Todo lo que puede es- tar y no estar aquí, es localmente cam- biable. Luego Dios en cuanto a su vo- luntad es cambiable.


En cambio está lo que se dice en Núm. 23,19: Dios no miente como si fuera un hombre; Dios no cambia como si fuera un hombre.


Solución. Hay que decir: La voluntad de Dios es completamente inmutable. Pero con respecto a esto hay que tener presente que una cosa es cambiar la vo- luntad, y otra querer el cambio de algu- nas cosas. Pues alguien de voluntad per- manentemente inmutable, puede hacer esto ahora y después hacer lo contrario. Pero la voluntad cambiaría si alguien co- menzara a querer lo que antes no quiso, o deja de querer lo que quiso. Lo cual no puede suceder si no se presupone un cambio de conocimiento o de disposi- ción sustancial por parte del que quiere. Como quiera que la voluntad mira el bien, alguien puede empezar a querer nuevamente de dos maneras. Una, que de nuevo aquello comience a ser para él un bien. Lo cual no se da sin un cam- bio. Ejemplo: Llegando el frío, empieza a ser bueno estar sentado junto al fuego, algo que antes no lo era. Otra, que de nuevo empiece a conocer lo que es un


bien para él, cosa que antes ignoraba. Y para eso nos aconsejamos: para saber qué es bueno para nosotros. Ya quedó demostrado anteriormente (q.9 a.l; q.14 a. 15) que tanto la sustancia de Dios como su ciencia son completamente in- mutables. Por lo tanto, también lo es su voluntad.


Respuesta a las objeciones. 1. A la primera hay que decir: Aquella frase puesta en boca del Señor hay que entenderla


metafóricamente, es decir, por semejanza a lo que hacemos nosotros que, cuando nos arrepentimos de algo, destruimos lo hecho. Aunque también puede hacerse eso sin cambio de voluntad, como un hombre que, sin cambiar de voluntad, quiere hacer algo al mismo tiempo que tiene pensado destruirlo después. Así, pues, en este sentido se dice que Dios se arrepintió, por la semejanza de acción, ya que por el diluvio borró de la faz de la tierra al hombre que había creado.


2.


A la segunda hay que decir: La vo- luntad de Dios, como causa primera y universal, no excluye las causas interme-

dias en cuya capacidad está el que se den algunos efectos. Pero como no todas las causas intermedias se adecúan a la capa- cidad de la causa primera, hay muchas cosas en el poder, saber y voluntad de

Dios que no entran en el orden de las causas inferiores, como, por ejemplo, la resurrección de Lázaro. Por eso, quien

se detuviera sólo ante las causas inferio-

res, podría decir: Lázaro no resucitará.

Pero quien lo hiciera ante la causa pri- mera divina, podría decir: Lázaro resuci-



tará. Y ambas cosas quiere Dios, es de-

cir, que algo sea futuro según la causa inferior, y que, sin embargo, no sea fu-

turo según la causa superior. Y vicever-

sa. Por lo tanto, hay que decir que Dios anuncia a veces como futuro algo que

está dentro del orden de las causas infe- riores, como, por ejemplo, dentro de la disposición de la naturaleza o dentro de

los méritos; y que, sin embargo, no hace porque en la causa superior divina hay

otra determinación. Ejemplo: Como nos consta en Is 38,1, predijo de Ezequías: Prepara tu casa, porque morirás, no vivirás. Y, sin embargo, no sucedió así porque

había otra determinación en la inmutable ciencia y voluntad de Dios. Por todo lo cual, dice Gregorio15: Dios modifica la




15. GREGORIO MAGNO, Moral. l.16 c.10: ML 75,1127.

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Sobre la voluntad de Dios

253



sentencia, pero no su consejo, esto es, su vo- luntad. Por lo tanto, cuando dice yo me arrepentiré, hay que entenderlo en senti-

do metafórico, pues cuando los hombres




no cumplen sus amenazas, parecen arre- pentirse.

3.




A la tercera hay que decir: De aquel argumento no puede deducirse la con- clusión de que la voluntad de Dios es cambiable; sino que quiere el cambio.


4.


A la cuarta hay que decir: Aun cuando a Dios no le es absolutamente necesario querer algo, sin embargo, sí es necesario según lo supuesto, es decir, por la inmutabilidad de la voluntad divi- na, como ya se dijo (a.3).


ARTICULO 8


La voluntad de Dios, ¿impone o no impone necesidad a lo querido?

q.22 a.4; De Verit. q.23 a.5; Cont. Gentes 1,85; 2,30;




Quodl. 11 q.3; 12 q.3; De Malo q.16 a.7 ad 15; In Me-


taphys. 6 lect.3; In Periherm. 1 lect.14.


Objeciones por las que parece que la voluntad de Dios impone necesidad a lo querido:

1. Dice Agustín en el Enchirid.




16: Nadie se salva sino aquel a quien Dios quiere salvar. Así, hay que suplicarle que quiera,


porque si El lo quisiera, le sería necesario ha- cerlo.


2. Más aún. Toda causa que no pue- de ser impedida, necesariamente produce un efecto; porque la naturaleza siempre actúa igual, a no ser que algo lo impida, según consta en II Physic.17 Pero la vo- luntad de Dios no puede ser impedida, pues dice el Apóstol en Rom. 9,9: ¿Quién se resistirá a su voluntad? Luego la volun- tad de Dios impone necesidad a lo que- rido.


3. Todavía más. Lo que por anterio- ridad es necesario, se convierte en abso- lutamente necesario. Ejemplo: Es nece- sario que el animal muera porque está compuesto de elementos contrarios. Pero las cosas creadas por Dios se rela- cionan con la voluntad divina como a algo anterior y de lo que tienen necesi- dad. Como la condicional Si Dios quiere algo, se lleva a cabo, es verdadera, toda condicional verdadera es necesaria. Por lo tanto, todo lo que Dios quiere es ab- solutamente necesario.


En cambio, todo lo bueno que se hace, Dios quiere hacerlo. Así, pues, si su voluntad impone necesidad a lo que- rido, se sigue que todo lo bueno sucede por necesidad. Y así, desaparece el libre albedrío, el consejo y todo lo parecido a esto.


Solución. Hay que decir: La voluntad divina impone necesidad a algo de lo querido, pero no a todo. La razón de esto algunos la colocaron en las causas intermedias; porque lo producido por causas necesarias, es necesario; lo produ- cido por causas contingentes, es contin- gente. Pero esto no parece tener sólido fundamento por dos razones: 1) Una, porque el efecto de la causa primera es contingente por la causa segunda, y así el efecto de la causa primera queda im- pedido por fallar la causa segunda. Ejemplo: La acción del sol sobre una planta no surte efecto si ésta es defec- tuosa. Pero ningún defecto de la causa segunda puede impedir que se cumpla la voluntad de Dios. 2) La segunda, por- que, si la distinción entre lo contingente y lo necesario se centra sólo en las cau- sas segundas, se seguiría que no es ante- rior a la intención y a la voluntad; lo cual es incongruente.


Por eso, es mejor decir que esto suce- de por la eficacia de la voluntad divina. Pues cuando alguna causa es eficaz para obrar, el efecto le sigue no sólo como hecho, sino también como hecho según el modo de hacer y de ser. Así, pues, como quiera que la voluntad divina es del todo eficaz, no sólo se sigue que se haga lo que Dios quiere, sino que se haga tal como El quiere que se haga. Por otra parte, Dios quiere que algunas cosas se hagan necesariamente y otras contingentemente, para que haya armo- nía en las cosas como complemento del universo. De este modo, algunos efectos los vinculó a causas necesarias que no pueden fallar y cuyos efectos se dan ne- cesariamente; y algunos otros efectos los vinculó a causas contingentes que pue- den fallar y cuyos efectos se dan contin- gentemente. Por lo tanto, no es que los efectos queridos por Dios se den contin- gentemente porque las causas próximas


sean contingentes; sino que, porque Dios quiere que los efectos se den con-

16. C.103: ML 40,280.


17. ARISTÓTELES, c.8 n.10 (BK 199b18): S. Th. lect.14 n.7.



254


La naturaleza divina


C.19 a.9

tingentemente, les dispuso causas con- tingentes.




Respuesta a las objeciones: 1. A la primera hay que decir: En aquella frase de


Agustín hay que entender la necesidad condicional, no absoluta, impuesta por Dios a lo querido. Ya que es necesario que la condicional Si Dios quiere algo, se lleva a cabo, sea verdadera.


2.


A la segunda hay que decir: Del he- cho de que nada se resiste a la voluntad

de Dios, se sigue que no sólo se hace lo que Dios quiere; sino que se hace de modo contingente o necesario según El quiera hacerlo.




3.


A la tercera hay que decir: Lo pos- terior tiene necesidad de lo anterior se- gún el modo de lo anterior. Por eso, lo hecho por la voluntad divina tiene la ne- cesidad que Dios quiere que tenga: bien absoluta, bien sólo condicional. Así, no todo es absolutamente necesario.


ARTICULO 9


En Dios, ¿hay o no hay voluntad de mal?

q.48 a.6; q.49 a.2; 1-2 q.79 a.1; 2-2 q.19 a.1 ad 3; In




Sent. 1 d.46 a.4; Cont. Gentes 1,95.96; De Pot. q.1 a.6; De Malo q.2 a.1 ad 16; Compend. Theol. c.141-142.


Objeciones por las que parece que en Dios hay voluntad de mal:


1. Todo el bien que hace, Dios lo quiere. Pero hacer el mal es un bien,

pues dice Agustín en el Enchirid.18: Aun cuando el mal en cuanto tal no es bueno, sin embargo, es bueno que haya no sólo bien, sino también mal. Luego Dios quiere el mal.




2. Más aún. Dice Dionisio en el c.4 De Div. Nom.19: El mal contribuirá a la


perfección de todo (el universo). Y Agustín en el Enchirid.20 dice: Todo contribuye a la admirable belleza del universo, pues incluso el llamado mal, correctamente dispuesto y en su sitio, realza el bien, que es más placentero y más digno de alabanza cuando es comparado con el bien. Pero Dios quiere todo lo que colabora para la perfección y belleza del universo, porque es lo que más desea


Dios en lo creado. Luego Dios quiere el

mal.

3.


Todavía más. Hacer y no hacer el mal son una contradicción. Pero Dios

no quiere no hacer el mal, porque cuan- do se hace algún mal, no siempre se cumple la voluntad de Dios. Luego Dios quiere hacer el mal.




En cambio está lo que dice Agustín

en el libro Octoginta trium quaest.21: No se corrompe ningún hombre puesto en manos de un hombre sabio. Y Dios es más sabio que ningún sabio; por lo tanto, mucho menos se co- rromperá alguien en manos de Dios. Al decir en manos de Dios, se está diciendo su volun- tad. Luego no se corrompe el hombre porque lo quiera Dios. Pero nos consta

que el mal es lo que corrompe. Luego

Dios no quiere el mal.




Solución. Hay que decir: Como la ra- zón de bien es la razón de lo apetecible, como ya se dijo (q.5 a.1), el mal se opo- ne al bien. Y es imposible que algún mal, en cuanto tal, sea apetecido ni por el apetito natural, ni por el animal, ni por el intelectual que es la voluntad. Pero algún mal es apetecido accidental- mente, en cuanto que reporta algún bien. Y esto se da en cualquier tipo de apetito. Pues lo que busca el agente na- tural no es la privación o la corrupción, sino una forma a la que se le una la pri- vación de otra o la producción de algo que conlleva la corrupción de otro. Ejemplo: Cuando el león mata al ciervo, busca comida, que conlleva la muerte del animal. De la misma forma, quien forni-

ca busca el placer, que conlleva la defor- midad de la culpa.




El mal que va unido a un bien, con- lleva privación de otro bien. Así pues, nunca será apetecido el mal, ni siquiera por accidente, a no ser que el bien que conlleva el mal sea más apetecido que el bien del que se ve privado por el mal. Dios no quiere ningún bien más que su bondad; sin embargo, quiere algún bien más que algún otro bien. Por eso, Dios no quiere


k, de ninguna manera, el mal

18. C.96: ML 40,276.


19. § 19: MG 3,717.


20. C.10: ML 40,236.


21. Q.3: ML


40,11.



k. Este principio, constante en Santo Tomás, puede ser considerado como una regla her- menéutica para una acertada interpretación de su pensamiento. Dios no puede querer el mal de culpa (o pecado) porque supone una desviación de su Bondad divina. Puede querer indirecta- mente el mal físico o el de pena, en cuanto que quiere el bien al que el mal va anejo.



C.19 a.10


Sobre la voluntad de Dios

255



de culpa, que conlleva la privación de orden al bien divino. Pero quiere el mal como defecto natural, o el mal de pena, puesto que quiere algún bien que conlle- va dicho mal. Ejemplo: Queriendo jus- ticia, quiere el castigo; queriendo con- servar el orden de la naturaleza, quiere la destrucción de algo de la naturaleza.




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