Santo tomas de aquino



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C.19 a.3


4. Aún más. Entre el no ser necesa- rio y el posible no ser, hay cierta equiva- lencia. Pues, si a Dios no le es necesario querer lo que quiere, le es posible no querer aquello; y querer aquello que no quiere. Pero en ambos casos la voluntad divina sería contingente; y, por lo tanto, imperfecta, porque todo lo contingente es imperfecto y variable.


5. Y también. Del que está orienta- do a dos objetivos no se sigue ninguna acción si no es empujado a uno de ellos por otro, como dice el Comentarista en II Physic.6 Por lo tanto, si la voluntad de Dios se encuentra en este caso, se sigue que es empujada al objetivo por otro. Y, consecuentemente, hay una causa ante- rior a El.


6. Por último. Lo que Dios conoce, lo conoce por necesidad. Pero como la ciencia divina es su misma esencia, tam- bién es su voluntad. Luego lo que Dios quiere, lo quiere por necesidad.


En cambio está lo que dice el Após-

tol en Ef 1,11: El todo lo hace siguiendo el consejo de su voluntad. Pero lo que hace-

mos por deliberación de la voluntad, no

lo queremos necesariamente. Luego no

todo lo que Dios quiere, necesariamente

lo quiere.




Solución. Hay que decir: Necesario se dice en dos sentidos: absolutamente o según lo supuesto. Se juzga como abso- lutamente necesario por el contenido de los términos: bien porque el predicado está en la definición del sujeto, como, por ejemplo, es necesario en el hombre ser animal; bien porque el sujeto perte- nece a la razón del predicado, como, por ejemplo, es necesario que un número sea par o impar. Por otra parte, no es nece- sario, por ejemplo, en Sócrates estar sen- tado. No es absolutamente necesario, pero sí puede decirse necesario según lo supuesto. Ejemplo: Suponiendo que esté sentado, es necesario que esté sentado mientras está sentado.


Así, pues, con respecto a la voluntad divina hay que tener presente que en Dios es absolutamente necesario querer algo de lo que quiere; sin embargo, no lo es querer todo lo que quiere. Pues la voluntad divina tiene una relación nece- saria con su bondad, que es su objeto propio. Por lo tanto, Dios quiere por


necesidad su bondad, como nuestra vo- luntad necesariamente quiere el bien.


Lo mismo cabe decir de cualquier otra potencia que tiene una relación ne- cesaria con su propio objeto, como, por ejemplo, la vista con el color, porque en su naturaleza está el que tienda a ello.


Por otra parte, Dios quiere lo distinto

a El en cuanto que todas las cosas están orientadas a su bondad como fin. Lo que está orientado al fin, a menos que sea en cuanto tal fin, nosotros no lo queremos necesariamente, a no ser que sin ello, por ser medio, no podamos al- canzar el fin que queremos. Ejemplo: Queremos la comida en cuanto que que- remos conservar la vida; queremos el barco en cuanto que queremos cruzar el mar. Pero no queremos igual, es decir, por necesidad, aquello sin lo cual tam- bién podemos conseguir el fin; como, por ejemplo, el caballo para pasear, pues sin caballo también podemos pasear. Y así sucede con muchas cosas.




Por lo tanto, como la bondad de Dios es perfecta, y puede existir sin otra cosa, pues no es perfeccionada por nada que no sea El, se sigue que en Dios querer lo distinto a El no es absolutamente ne- cesario. Y, sin embargo, sí es necesario establecido un supuesto; ya que, supues-

to que quiere, no puede no querer, por- que su voluntad no es variable.




Respuesta a las objeciones: 1. A la primera hay que decir: Del hecho de que


Dios quiera algo desde la eternidad no se sigue que le sea necesario quererlo, a no ser partiendo de un supuesto.


2.


A la segunda hay que decir: Aun cuando Dios quiere necesariamente su bondad, sin embargo, no necesariamente quiere lo que quiere por su bondad; porque su bondad puede existir sin lo demás.


3.


A la tercera hay que decir: No es connatural en Dios querer algo que no

quiere por necesidad. Tampoco es inna-

tural ni contranatural. Es voluntario.


4.


A la cuarta hay que decir: Algunas veces una causa no guarda necesaria re- lación con un determinado efecto. Esto

se da por la deficiencia del efecto, no de

la causa. Ejemplo: La energía solar tiene

una relación no necesaria con algunos fenómenos que suceden aquí, y no por




6. AVERROES, comm.48 (4,68K).

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Sobre la voluntad de Dios

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deficiencia de la energía solar, sino por deficiencia del efecto no necesariamente proveniente de la causa. Asimismo, que Dios no quiera por necesidad algo de lo que quiere, no se debe a que la voluntad divina sea deficiente, sino a la deficiencia natural que hay en lo querido, porque la bondad de Dios es tal que puede ser perfecta sin aquello. La deficiencia se en- cuentra en todo lo creado.


5.


A la quinta hay que decir: La causa que en sí misma es contingente, precisa ser determinada por algo exterior a ella para producir el efecto. Pero la voluntad divina, que en sí misma es necesaria, se determina a sí misma para querer algo

con lo que guarda una relación no nece- saria.




6. A la sexta hay que decir: Como es necesario en sí mismo el ser divino, tam- bién lo es el querer divino y el saber di- vino. Pero el saber divino guarda una relación necesaria con lo conocido, mientras que no sucede lo mismo entre el querer divino y lo querido. Esto es así porque la ciencia lo es de las cosas en cuanto que están en quien conoce, mien- tras que la voluntad se adecúa a las co- sas por lo que son en sí mismas. Así, pues, porque las cosas tienen su ser ne- cesario en cuanto que están en Dios, sin embargo, por lo que son en sí mismas no tienen ninguna necesidad absoluta que las haga necesarias. Por eso, todo lo que Dios conoce, lo conoce necesaria- mente, pero no todo lo que quiere lo quiere por necesidad.


ARTICULO 4


La voluntad de Dios, ¿es o no es causa de las cosas?


In Sent. 1 d.43 q.2 a.1; d.45 a.3; Cont. Gentes 2,23;


De Pot. q.1 a.5; q.3 a.15.


Objeciones por las que parece que la voluntad de Dios no es causa de las co-

sas:



1. Dice Dionisio en el c.4 De Div.

Nom.7: Asi como nuestro sol, sin pensar ni elegir, sino por su simple existir, ilumina todo lo que puede participar de su lu^, así también el bien divino, por su misma esencia, derrama los rayos de su bondad sobre todos los seres. Pero todo lo que actúa con volun-


tad piensa y elige. Por lo tanto, Dios no actúa con voluntad. Luego la voluntad de Dios no es causa de las cosas.


2.


Más aún. Lo que es por esencia, es lo primero en algún orden. Como en el orden de lo caliente, lo primero lo es lo que por esencia es calor. Pero Dios es

el primer agente. Luego actúa por su esencia, que es su naturaleza. Por lo tan- to, actúa por naturaleza y no por volun- tad. Así, pues, la voluntad divina no es causa de las cosas.




3. Todavía más. Lo que por ser tal es causa de algo, es causa por naturaleza y no por voluntad. Ejemplo: El fuego es causa del calor porque es caliente. El ar- quitecto es causa de la casa porque la quiere hacer. Pero Agustín en el I De Doct. Christ.8, dice: Porque Dios es bueno, existimos. Luego Dios es causa de las co- sas por su naturaleza, no por voluntad.


4. Por último. Una es la causa de algo. Pero la causa de lo creado es la ciencia de Dios, como ya se dijo (q.14 a.8). Luego la voluntad de Dios no debe ponerse como causa de las cosas.


En cambio está lo que se dice en Sab 11,26: ¿Cómo puede algo durar si Tú no lo quisieras?


Solución. Hay que decir: Estamos obli- gados a afirmar que la voluntad de Dios es causa de las cosas y que Dios actúa por voluntad, no por necesidad natural, como sostuvieron algunos. Y esto se de- muestra de tres maneras. 1) Por el mis- mo orden de los agentes causales. Pues, como el entendimiento y la naturaleza obran por el fin, como se prueba en II Physic.9, es necesario que el que obra por el fin esté predeterminado por un entendimiento superior a tal fin y que tenga los medios necesarios para alcan- zarlo. Ejemplo: El arquero predetermina


el blanco y la dirección de la flecha. Por lo tanto, es necesario que el que obra por el entendimiento y voluntad sea, por naturaleza, el primer agente. Por eso, como en el orden de los agentes el pri- mero es Dios, es necesario que actúe por entendimiento y voluntad. 2) Por la ra- zón natural del agente, al que le pertene- ce producir un efecto. Porque la natura- leza obra siempre igual a no ser que se le impida hacerlo. Esto es así porque ac-


7. § 1: MG 3,693: S. Th. lect.1. 8. C.32: ML 34,32.

9. ARISTÓTELES, c.5 n.2 (BK


196b21): S. Th. lect.8 n.6; c.8 (BK 198b10): S. Th. lect.12-14.



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La naturaleza divina


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túa según lo que es y como es. Por eso, mientras es así, no hace más que lo pro- pio. Pues todo el que obra por naturale-

za tiene un ser determinado. Como quie- ra que el ser divino no está determina- do, sino que contiene en sí mismo toda la perfección del ser, no es posible que actúe por necesidad natural, a no ser, quizás para causar algo determinado e infinito, lo cual es imposible según lo expuesto anteriormente (q.7 a.2). Así, pues, no actúa por necesidad natural; pero determinados efectos proceden de su infinita perfección por la determina- ción de su voluntad y de su entendi- mientog. 3) Por la relación efecto-causa. Pues los efectos proceden de la causa agente tal como preexisten en la causa según el modo de ser de la causa. Por eso, como el ser divino es su mismo co- nocer, los efectos preexisten en ella, por- que todo agente hace lo semejante a él. Por lo tanto, los efectos preexisten en la causa según el modo de ser de la causa. Por eso, como el ser divino es su mismo conocer, los efectos preexisten en él de modo inteligible. Y de modo inteligible proceden de El. En consecuencia, tam- bién proceden por voluntad, ya que a la voluntad le corresponde la inclinación a hacer lo que el entendimiento concibe. Así, pues, la voluntad de Dios es causa de las cosas.




Respuesta a las objeciones. 1. A la primera hay que decir: Con aquellas pala- bras, Dionisio no pretende excluir abso-


lutamente la elección por parte de Dios; sino sólo en cierto modo. Esto es, en cuanto que comunica su bondad a todos y no sólo a unos pocos. Es en este senti- do en el que la elección es selección.


2.


A la segunda hay que decir: Porque la esencia de Dios es su conocer y que- rer en cuanto que obra por su esencia,

se deduce que obra también por su en- tendimiento y voluntad.




3.


A la tercera hay que decir: El bien es el objeto de la voluntad. Por eso se dice: Porque Dios es bueno, existimos, en-


tendiendo esta frase en el sentido de que su bondad es la razón de querer todo lo demás, como ya se dijo (a.2).


4.


A la cuarta hay que decir: También a nosotros nos sucede que, en un mismo efecto, la causa está en la ciencia, que di- rige y por la que se concibe la forma de la obra, y en la voluntad, que ordena. Porque la forma, que está sólo en el en- tendimiento, no se orienta a ser o no ser en el efecto más que por la voluntad.

Por eso, el entendimiento especulativo no entra en el actuar. Sino que el poder es la causa ejecutora porque es el poder inmediato de la acción. Pues bien, todo esto en Dios es una sola realidad.




ARTICULO


5


¿Hay o no hay alguna causa que determine la voluntad de Dios?


q.23 a.5; In Sent. 1 d.41 a.3; De Verit. q.6 a.2; q.23 a.1 ad 3; a.6 ad 6; In Eph. c.1 lect.1; Cont. Gentes


1,86.87.


Objeciones por las que parece que hay alguna causa que determine la vo- luntad de Dios:


1. Dice Agustín en el libro Octoginta trium quaest.10: ¿Quién osará decir que Dios lo hizo todo de un modo irracional? Pero en quien obra voluntariamente, la razón de obrar es también la causa de querer. Luego la voluntad de Dios tiene alguna causa.


2. Más aún. En aquello que es he- cho por alguien que quiere algo sin nin- guna causa concreta, no hay más causa que la voluntad del que lo hace. Pero, como quedó demostrado (a.4), la volun- tad de Dios es causa de todo. Por lo tanto, si su voluntad no es causa alguna, no sería necesario buscar en las cosas na- turales ninguna causa a no ser la volun- tad divina. De ser así, las ciencias que buscan las causas de los efectos, serían del todo inútiles, lo cual parece incon- gruente. Por lo tanto, hay alguna causa determinante de la voluntad divina.


g. Esta última afirmación tiene gran importancia para penetrar el pensamiento del Angélico referente al conocimiento que Dios tiene de los futuros contingentes (1 q.14 a.13). En el origen de todo acaecer histórico se da un decreto divino eterno -por pura iniciativa suya, ubérrima- mente, desde antes de la creación del mundo (cf. Ef 1,3-5)- en el que los conoce y por el que los quiere.


10. Q.46: ML 40,30.

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Sobre la voluntad de Dios

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3. Todavía más. Lo que es hecho por alguien sin causa concreta, depende simplemente de su voluntad. Por lo tan- to, si la voluntad de Dios no tiene nin- guna causa, hay que deducir que todo lo hecho depende simplemente de su vo- luntad, y no hay ninguna otra causa. Lo cual es incongruente.


En cambio está lo que dice Agustín en el libro Octoginta trium quaest.


11: Toda causa eficiente es superior al efecto producido. Como nada hay superior a la voluntad de Dios, no hay por qué buscar su causa.


Solución. Hay que decir: De ninguna manera la voluntad de Dios tiene alguna causa. Para demostrarlo, hay que tener presente que, como la voluntad sigue al entendimiento, sucede que del mismo modo causa el querer en quien quiere y el conocer en quien conoce. En el enten- dimiento ocurre que, si por una parte conoce el principio y por otra la conclu- sión, el conocimiento del principio causa el conocimiento de la conclusión. Pero si el entendimiento es el mismo princi- pio y viera la conclusión, aprehendiendo principio y conclusión en un único acto, el conocimiento de la conclusión no es- taría causado por el conocimiento del principio, porque lo mismo no es causa de sí mismo. Sin embargo, comprendería que los principios causan la conclusión. Algo similar sucede con la voluntad, en la que el fin guarda con los medios la misma relación que, en el entendimien- to, tienen los principios con las conclu- siones. Por lo tanto, si, con un acto, al- guien quiere el fin, y, con otro, los me- dios, querer el fin sería para él la causa de querer los medios. Pero si con un sólo acto quisiera fin y medios, esto no sería ya posible, porque lo mismo no es causa de sí mismo. Y, sin embargo, sería correcto decir que quiere orientar los medios al fin.


Dios, como con un solo acto todo lo conoce en su esencia, también con un solo acto todo lo quiere en su bondad. Por lo tanto, como en Dios conocer la causa no causa conocer el efecto, sino que El mismo conoce el efecto en la


causa, así también, querer el fin no causa querer los medios, empero quiere orien- tar los medios al fin. Por aquello quiere esto; y no por esto quiere aquello.


Respuesta a las objeciones. 1. A la primera hay que decir: La voluntad de


Dios es razonable, no porque en Dios algo sea causa del querer, sino en cuanto que quiere que algo exista por otro.


2. A la segunda hay que decir: Dios, por el orden en el mundo, quiere que los efectos dependan de causas concre- tas, y no resulta del todo inútil que, jun-

to a la voluntad de Dios, se busquen otras causas. Sí lo sería si se buscasen ta- les causas como causas primeras y no en cuanto dependientes de la voluntad divi- na. Por eso dice Agustín en el III De




Trin.12: La vanidad de los filósofos se com- placía atribuyendo los efectos contingentes a


otras causas, sin lograr ver la causa superior a todas, esto es, la voluntad de Dios.

3.




A la tercera hay que decir: Como Dios quiere que los efectos tengan sus causas, todo efecto que presuponga otro no depende de la exclusiva voluntad de Dios, sino de algo más. Pero el primer efecto no depende más que de la exclusi-

va voluntad de Dios. Como si dijéramos que Dios quiso que el hombre tuviera manos para que, haciendo una serie de cosas, sirvieran al entendimiento; y qui- so que tuviera entendimiento para que fuera hombre; y quiso que fuera hombre para que Le sintiera, o como comple- mento del universo. Y esto no es redu- cir unos fines creados a otros. Pues unos dependen de la exclusiva voluntad de Dios; otros, de la concatenación de otras causas.




ARTICULO 6


La voluntad de Dios, ¿se cumple o


no se cumple siempre?


h


q.22 a.2 ad 1; q.103 a.7; In Sent. 1 d.46 a.1; d.47 a.1.2.3; De Verit. q.23 a.2; In 1 Tim, c.2 lect.1; In


Metaphys. 6 lect.3.


Objeciones por las que parece que la voluntad de Dios no siempre se cumple:


h. Hasta aquí el discurso de Santo Tomás ha sido lógico e inflexible. El problema comien-

za cuando se trata de compaginar el querer absoluto de Dios con la libertad contingente del




11. Q.28: ML 40,18.

12. C.2: ML 42,871.



250


1.


Dice el Apóstol en 1 Tim 2,4: Dios quiere salvar a todos los hombres, y que lleguen al conocimiento de la verdad. Pero esto no siempre sucede así. Luego la vo- luntad de Dios no siempre se cumple.


2. Más aún. Así como la ciencia se relaciona con lo verdadero, la voluntad lo hace con lo bueno. Pero Dios conoce todo lo verdadero. Luego también quie- re todo lo bueno. Pero no hace todo lo bueno; pues muchas cosas buenas que pueden hacerse, no se hacen. Luego la voluntad de Dios no siempre se cumple.


3.


Todavía más. La voluntad de Dios, causa primera, no excluye las cau- sas intermedias, como ya se dijo (a.5). Pero los efectos de la causa primera pue- den ser impedidos por fallar las causas segundas. Ejemplo: El efecto de caminar puede ser impedido por la debilidad en las piernas. Por lo tanto, el efecto de la voluntad divina puede ser impedido por fallar las causas segundas. Luego la vo- luntad de Dios no siempre se cumple.


En cambio está lo que se dice en el Sal. 113,11: Todo lo que quiso Dios, lo hizo.


Solución. Hay que decir: Es necesario que la voluntad de Dios siempre se cumpla. Para demostrarlo, hay que tener presente que, como el efecto se adecúa al agente según su forma, la misma ra- zón existente en las causas agentes se da en las causas formales. Por su parte, en las formas se da el hecho de que, aun cuando algo pueda fallar por alguna for- ma particular, sin embargo, nada puede fallar por la forma universal. Ejemplo: Puede haber algo que no sea hombre o viviente, pero no puede haber algo que no sea ser. Lo mismo tiene que suceder en las causas agentes. Pues algo puede


llevarse a cabo al margen de alguna cau- sa agente particular, pero no al margen de la causa universal, en la que están contenidas las causas particulares. Por- que, si alguna causa particular falla por su efecto, esto sucede por la existencia de alguna otra causa particular que lo impide, y que está sometida a la causa universal. Por eso, ningún efecto puede darse fuera del orden de la causa univer- sal. Lo mismo ocurre con los seres cor- póreos. Ya que puede suceder que algu- na estrella no produzca su efecto; sin embargo, cualquier efecto que se pro- duzca en las cosas por la causa corpórea que lo impida, es necesario que se re- duzca, a través de las causas intermedias,

a la fuerza universal del firmamento.




Así, pues, como la voluntad de Dios es la causa universal de todas las cosas, es imposible que la voluntad de Dios no consiga su efecto. Por eso, lo que parece escaparse de la voluntad divina en un orden, entra dentro de ella en otro. Ejemplo: El pecador, en cuanto tal, pe- cando se aleja de la voluntad divina, y entra en el orden de la voluntad divina al ser castigado por su justicia.




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