Santo tomas de aquino



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Solución. Hay que decir: Como se dijo (a.2), a Dios le conocemos a partir de las perfecciones que, procedentes de El, es- tán presentes en las criaturas. Tales per-


9. l.1 c.32: ML 34,32.

10. § 3: MG 3,141.


11. Prol.: ML 16,583.



C.13 a.4


Sobre los nombres de Dios

185



fecciones son más sublimes en Dios que en las criaturas. Nuestro entendimiento las aprehende tal como están en las cria- turas; y tal como las aprehende, así las llama. Así, pues, en los nombres que se dan a Dios hay que tener presente lo si- guiente: Las mismas perfecciones expre- sadas, como bondad, vida, y otros; y el modo de expresarlas. Por lo que respec- ta a lo que significan tales nombres, en sentido propio le corresponden a Dios, y mucho más a El que a las criaturas, y primeramente se dicen de El. Por lo que respecta al modo de expresarlas, no se dicen de Dios en sentido propio


g, pues el modo de expresión les corresponde a las criaturas.


Respuesta a las objeciones: 1. A la primera hay que decir: Algunos nombres


expresan tan imperfectamente las perfec- ciones que, procedentes de Dios, están en las criaturas, como imperfectamente la criatura participa de la perfección di- vina. Este modo imperfecto está inclui- do en el mismo significado del nombre. Como el nombre piedra, que expresa una realidad material. Tales nombres no pue- den ser dados a Dios más que en sentido metafórico. En cambio, otros nombres expresan absolutamente las mismas per- fecciones sin que se incluya en su signi- ficado algún modo de participación. Nombres como ser, bueno, viviente y simi- lares. Tales nombres son dados a Dios en sentido propio.


2.


A la segunda hay que decir: Dionisio dice que tales nombres deberían serle negados a Dios, porque lo que expresa

tal nombre no le corresponde a Dios en

la misma medida que tiene el significado

de tal nombre, sino que le corresponde

de un modo más sublime. De ahí que en


el mismo lugar12 Dionisio diga que Dios está sobre toda sustancia, sobre toda vida.


3.


A la tercera hay que decir: Los nombres que son dados a Dios, implican condiciones corporales no en lo concer- niente a lo expresado con el nombre, sino en cuanto al modo de expresarlo.

Así, aquellos nombres que son dados a Dios en sentido metafórico, en su misma realidad expresada implican condición corporal.




ARTICULO 4


Los nombres que se dan a Dios, ¿son o no son sinónimos?


In Sent. 1 d.2 a.3; d.22 a.3; Cont. Gentes 1, 35; Com- pend. Theol. c.25; De Pot. q.7 a.6.


Objeciones por las que parece que los nombres que se dan a Dios son sinó- nimos:


1. Nombres sinónimos son aquellos que significan completamente lo mismo. Pero estos nombres dados a Dios, en Dios significan completamente lo mis- mo, porque la bondad de Dios es su esencia, lo mismo que la sabiduría. Por lo tanto, estos nombres son completa- mente sinónimos.


2. Más aún. Si estos nombres signi- fican lo mismo en cuanto a la realidad, pero conceptos diversos, la réplica es: Un concepto sin contenido real es super- fluo. Por lo tanto, sí estos conceptos son muchos y la realidad sólo una, parece que estos conceptos son superfluos.


3. Todavía más. Es más uno lo que es uno en la realidad y en el concepto, que uno en la realidad y múltiple en la conceptualización. Pero Dios es uno en grado sumo. Luego parece que no es uno en la realidad y múltiple en la con-


12. De Cael. Hier. c.2 § 3: MG 3,141.


g. En los nombres atribuidos a Dios cabe ver dos cosas: a) el modo humano de significar. Nuestro lenguaje tiene su origen en la realidad vivida, en la experiencia, en lo sensible y verifi- cable, en las «criaturas». Por lo mismo, significan al «modo humano», es decir, según el conte- nido experimental de los mismos. Si con este mismo sentido se atribuyen a Dios, no dejarán de ser una farsa, un equívoco, una falacia. Y aun cuando se les conceda un valor analógico- eminente, siempre significarán de acuerdo con su origen, por lo que más bien dirán quid non sit.-b) el contenido divino. Y es que la realidad significada por el nombre se da «más propiamen-

te» en Dios que en las criaturas y «per prius» (principalmente) debe afirmarse de El. En efecto, Dios es la fuente y el origen, la causa primera de todas las perfecciones creadas. Ahora bien, esta realidad -inalcanzable por la razón o, mejor, alcanzable sólo deficientemente- puede irse captando en virtud de la misma revelación divina. Dios ha hablado al hombre de sí mismo con lenguaje humano.



186



La naturaleza divina


C.13 a.4


ceptualización. Los nombres dados a Dios no expresan conceptos distintos; y, así, son sinónimos.


En cambio, todos los sinónimos, unidos entre si, son una tautología, como

si se dice vestido traje. Por lo tanto, si to- dos los nombres dados a Dios son sinó- nimos, congruentemente no se puede decir Dios bueno o algo parecido. Sin em- bargo, está escrito en Jer 32,18: Señor de



los ejércitos, tu nombre es de gran fuerza, in- menso, poderoso.


Solución. Hay que decir


h: Los nom- bres dados a Dios no son sinónimos. Esto se entendería fácilmente si pensára- mos que tales nombres no son aplicados para negar algo o para designar su situa- ción de causa respecto de las criaturas, pues de este modo los distintos concep- tos corresponderían a las cosas negadas

o a los efectos afirmados. Pero, como se dijo (a.2), estos nombres expresan la sus- tancia divina, si bien imperfectamente, aunque también es evidente que, par- tiendo de lo establecido (a.1 y 2), tienen conceptualizaciones distintas.




Pues la idea expresada con un nombre es la con- cepción que el entendimiento hace de la cosa expresada con tal nombre. Nuestro entendimiento, por conocer a Dios a partir de las criaturas, para entender a Dios se forma concepciones proporcio-


nadas a las perfecciones que, proceden- tes de Dios, encuentra en las criaturas. Tales perfecciones preexisten en Dios en forma única y simple, mientras que en las criaturas se reciben en forma variada y múltiple.


Por lo tanto, así como las diversas perfecciones de las criaturas responden a un único y simple principio, así también, a las variadas y múltiples concepciones de nuestro entendimiento les corresponde uno completamente simple, aun cuando sea entendido imperfectamente. De este modo, los nombres atribuidos a Dios, aun cuando signifiquen una realidad, sin embargo, porque expresan tal realidad con variados y múltiples conceptos, no son sinónimos.


Respuesta a las objeciones: 1. A la primera hay que decir: La respuesta resulta clara por lo dicho. Porque son sinóni-


mos los nombres que significan algo único según un único concepto. Pues los que expresan conceptos distintos de una realidad, en cuanto tales, no significan lo mismo; porque el nombre no expresa la realidad a no ser a través de la concep- ción del entendimiento, como dijo se an- teriormente (a.l).


2.


A la segunda hay que decir: Los conceptos expresados con esos nombres

no son vanos ni superfluos, porque su




h. Este es el artículo clave de toda la cuestión. La verdadera respuesta del Santo. Una res- puesta que sigue siendo válida hoy para resolver los graves problemas del lenguaje religioso.


K. Barth considera la «analogia entis (del ser)» como una invención del Anticristo y afirma que es el único verdadero obstáculo para poder aceptar el catolicismo (Dogmatique 1/1 [Genève

1953] XII). Pero es necesario observar: 1.° que la expresión «analogia entis» no la usa nunca Santo Tomás (cf. E. GILSON, Le Thomisme (Paris 1948) p.155; H.BOUILLARD,Karl Barth. Parole de Dieu et existence humaine [Paris 1957] p.199); 2.° que Barth mismo reconoce no tener inconve- niente en declararse «tomista» con tal de que la «analogia entis» se resuelva en el sentido pro- fundo de una «analogía fidei (de la fe)» (o.c. 1/1 231-232; XII 252).




Pues bien, aunque no use la terminología, Santo Tomás, está pensando también en una «analogia fidei». No se olvide su constante división: el modo humano parte de la experiencia; el contenido divino se toma de la Palabra de Dios. Dios habla al hombre con términos a su alcance.

Se sirve de conceptos naturales para dar a entender realidades que los sobrepasan. Se adapta

al hombre para que éste le entienda. La Revelación implica que Dios hace accesible su intimi- dad. Por ejemplo, cuando Dios se autorrevela como «padre», el concepto humano de paterni- dad es el presupuesto de la Palabra divina; pero lo que quiere darse a entender no puede com- prenderse por el mero análisis de la paternidad terrena. Cuando Dios se declara «padre nues- tro», no sólo informa sobre algo que es verdad, sino que más bien produce un nuevo significado por la palabra «padre»: crea una nueva relación vivencial entre el hombre y Dios (cf. In 1 Co c.1, lect.3).


Aparte de la obra exhaustiva de S. RAMÍREZ, De Analogía (Madrid 1970ss) en cuatro volu- minosos tomos en latín y de muchos otros estudios especializados -prácticamente todos los comentaristas de Santo Tomás abordan el tema- el lector puede encontrar buenos resúmenes,

p.ej.: E. SCHILLEBEECKX, Revelación y Teología (Salamanca 1968) p.295-325; G. SHONGEN, Analo-




gía: Conceptos fundamentales Teología I (Madrid 1966) p.98; La sabiduría de la teología por el ca- mino de la ciencia: Mysterium Salutis I/II (1969) p.1017-1025; L. SCHEFFCZYK, Analogía de la fe: Sacramentum Mundi I (Barcelona 1972) p.138-143; J. SPLETT, Analogía del ser: 1.c.,143-151.



C.13 a.5


Sobre los nombres de Dios

187

objeto es único y simple, y ellos lo re- presentan de forma múltiple e imperfecta.

3.




A la tercera hay que decir: También le corresponde a la perfecta unidad de Dios que lo que en las cosas es múltiple

y dividido, en El esté de forma simple y única. De ahí que lo que es uno sea múltiple según los conceptos, porque nuestro entendimiento lo concibe con la misma multiplicidad con que la realidad

lo representa.


ARTICULO 5

Los nombres dados a Dios y a las


criaturas, ¿son o no son dados unívocamente a ambos?


In Sent. 1 Prol. a.2 ad 2; d.2 q.1 a.3; d.19 q.5 a.2 ad 1; d.35 a.4; De Verit. q.2 a.3 ad 4; a.11; q.3 a.1 ad


7; q.8 a.1 ad 6; q.23 a.7 ad 9; In De Div. Nom. c.1

lect.3; Cont. Gentes 1, 32.33.34; Compend. Theol. c.27;




De Pot. q.7 a.7.


Objeciones por las que parece que los nombres dados a Dios y a las criatu- ras, son dados unívocamente:


1. Todo lo equívoco se reduce a lo unívoco como lo múltiple al uno. Pues si el nombre perro se dice equívocamente del que ladra o del cazón13, es necesario que de algunos se diga unívocamente, por ejemplo, de los que ladran; en caso contrario se entraría en un proceso inde- finido. Se encuentran también algunos agentes unívocos que concuerdan con el nombre y definición con sus efectos. Ejemplo: el hombre engendra al hom- bre. En cambio, hay algunos agentes equívocos, como por ejemplo, el sol causa calor, aun cuando no es calor sino equívocamente. Así, pues, parece que el primer agente, al que se reducen todos los agentes, sea agente unívoco. Por lo tanto, lo que se dice de Dios y de las criaturas se dice unívocamente.


2. Más aún. Entre equívocos no hay semejanza. Como quiera que entre Dios

y las criaturas hay alguna semejanza, se-

gún aquello de Gen 1,26: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza, parece que hay algo que se dice unívocamente de Dios y de las criaturas.


3. Todavía más. Como se dice en X


Metaphys.14, la medida es homogénea con lo medido. Pero, como se dice allí mismo, Dios es la medida de todos los seres. Luego Dios es homogéneo con las criaturas. Por lo tanto, hay algo que se puede decir unívocamente de Dios y de las criaturas.


En cambio, lo que se dice de algo con el mismo nombre, pero con distinto sentido, se está diciendo equívocamente. Pero ningún nombre se da a Dios con el mismo sentido con que se da a las cria- turas. Pues la sabiduría en las criaturas es una cualidad; en Dios, no. Y el géne- ro, al variar cambia el concepto, ya que es parte de la definición. Lo mismo pue- de decirse de otras cosas. Por lo tanto, lo que se dice de Dios y de las criaturas,

se dice equívocamente.




Por otra parte, más se distingue Dios de las criaturas que cualquiera de las criaturas entre sí. Pero por la diferencia existente entre las criaturas sucede que nada se puede decir de ellas unívoca- mente; al igual que de aquellas cosas que no concuerdan en algún género. Luego mucho menos se puede decir algo uní- vocamente de Dios y de las criaturas; sino que todo deberá decirse equívoca- mente.


Solución. Hay que decir: Es imposible que algo se puede decir unívocamente de Dios y de las criaturas. Porque todo efecto no proporcionado a la capacidad causal del agente, recibe la semejanza del agente no en la misma proporción, sino deficientemente. Así, lo que es diviso y múltiple en los efectos, en la causa es simple y único. Ejemplo: El sol, siendo una sola energía, produce, en los seres de aquí abajo, múltiples y variadas for- mas. Igualmente, como ya se dijo (a.4), todas las perfecciones de las cosas, que en la realidad creada se encuentran en forma divisa y múltiple, en Dios preexis- ten en forma única.


Así, pues, cuando algún nombre que se refiera a la perfección es dado a la criatura,

expresa

aquella

perfección como distinta por definición de las de- más cosas. Ejemplo: Cuando damos al




13. Original: Latrabili et marino. También conocido por Nioto y Tollo. Se trata de los llama- dos peces selacios (como el tiburón, la tintorera o la raya). El nombre más usado es el de cazón, referido siempre a los más voraces y temibles. El carácter de este último choca con el del pri- mero, generalmente doméstico. Ambos, llamados perros, dan fuerza al ejemplo aducido en el texto. (N. del T.)


14. ARISTÓTELES, 9 c.1 n.3 (BK 1053a24): S. Th. lect.2 n.1954.

hombre el nombre de sabio, estamos ex- presando una perfección distinta de la esencia del hombre, de su capacidad, de su mismo ser y de todo lo demás. Pero cuando este nombre lo damos a Dios, no pretendemos expresar algo distinto de su esencia, de su capacidad o de su ser. Y así, cuando al hombre se le da el nombre de sabio, en cierto modo deter- mina y comprehende la realidad expresa- da. No así cuando se lo damos a Dios, pues la realidad expresada queda como incomprehendida y más allá de lo expre- sado con el nombre. Por todo lo cual se ve que el nombre sabio no se da con el mismo sentido a Dios y al hombre. Lo mismo cabe decir de otros nombres. De donde se concluye que ningún nombre es dado a Dios y a las criaturas unívoca- mente.


Pero tampoco equívocamente, como


i. En la concepción tomista de la analogía se entrecuzan sin duda varias corrientes filosófi- cas. Por una parte, la idea de «participación» que S. T. recibe de Platón (comprensión de la realidad en términos de modelo e imagen entre el mundo de las ideas y el plano de lo sensible

y, por tanto, su distinción y coincidencia). Por otra, la «unidad de relación de semejanza» o re- lación objetiva (proporcionalidad) que toma de Aristóteles. Finalmente, la «unidad de referen-

cia a un primero» (= «per prius et posterius» = atribución) que toma del mismo Aristóteles

y de la filosofía judeo-árabe. La auténtica originalidad del Angélico está en la síntesis armonio-

sa que consigue (cf. E. SCHILLEBEECKX, Revelación y Teología [Salamanca 1968] p.295-296; S. GÓMEZ NOGALES, 1.c.,248).


j. Puede apreciarse en Santo Tomás una cierta evolución (cf. E. SCHILLEBEECKX, 1.c.297-

321).

1.


En I y II Sent. (año 1256) no habla nunca de analogía de «proporcionalidad» a no ser en un sentido metafórico. Habla de analogía «unius ad alterum», a la cual llama a veces «analo-

gia creaturae ad creatorem» y también «similitudo imitationis», es decir, analogía de atribución

o de proporción. Esta se entiende, no como si el mundo y Dios se refieran al ser (esto es lo que llama «plurium ad unum») sino en el sentido de que el mundo depende de Dios, que es el pri- mer analogado («unius ad alterum»).


2.


En III y IV Sent. (año 1357) deja de hablar de «proporción» y habla sólo de «propor- cionalidad» y ello porque esta última le permite mejor subrayar la distancia infinita existente entre el mundo y Dios. Ya no se trata de un nombre que se predica primariamente de un suje- to y de los demás sólo por referencia o dependencia de él, sino de un nombre (concepto) que se predica de varios según una «igualdad de proporción» («unidad de relación de semejanza» en Aristóteles). Cierto que presupone la de atribución, pues no se trata de que Dios y las cria-

turas convengan en un algo superior del que participan gradualmente; sino de que lo que en Dios es plenitud (Ipsum esse) y, por tanto, Primum analogatum, es también participado gradual- mente en una igualdad proporcional (III Sent. d.1 q.1 a.1 c y ad 3; IV Sent. d.1 q.a5 ad 3; d.49




q.2 a.1 ad 6).


3. En De Veritate q.2 a. 11 (año 1259) rechaza la analogía de atribución (llamada aquí «conveniencia proportionis») y acepta sólo la de proporcionalidad, «convenientia proportionali-

tatis». La razón aducida es que la primera dice una determinada distancia, por lo que no puede predicarse de la relación mundo-Dios.




4. Más tarde, y particularmente en la Suma Teológica (año 1266ss) usa indistintamente una y otra. La de proportio o atribución, para subrayar la dependencia de las criaturas con respecto al Creador; la de proporcionalidad para remarcar la distancia infinita. - En el presente artículo cita tan sólo la de «proporción» (atribución), pero tanto en la q.4 a.3 como en la q.6 a.4 establece los principios para una doble analogía.


15. Cf. MAIMÓNIDES, Docl. Perplex. p.1 c.59 (FR84); AVERROES, In Metapbys. 1.12,

comm.51 (8, 337B).




dijeron algunos15. Pues, de ser así, par- tiendo de las criaturas nada de Dios po- dría ser conocido ni demostrado, sino que siempre se caería en la falacia de la equivocidad. Y esto va tanto contra los filósofos que demuestran muchas cosas de Dios, como contra el Apóstol cuando dice en Rom 1,20: Lo invisible de Dios se hace comprensible y visible por lo creado.


Así, pues, hay que decir que estos nombres son dados a Dios y a las criatu- ras por analogía


i, esto es, proporcional-

mente



j. Lo cual, en los nombres se pre- senta de doble manera. 1) O porque muchos guardan proporción al uno, como sano se dice tanto de la medicina como de la orina, ya que ambos guardan relación y proporción a la salud del ani- mal, la orina como signo y la medicina como causa. 2) O porque uno guarda proporción con otro, como sano se dice


C.13 a.5

188



La naturaleza divina

C.13 a.6


Sobre los nombres de Dios

189



de la medicina y del animal, en cuanto que la medicina es causa de la salud que hay en el animal. De este modo, algunos nombres son dados a Dios y a las criatu-

ras analógicamente, y no simplemente de forma equívoca ni unívoca. Pues no po- demos nombrar a Dios a no ser partien- do de las criaturas, como ya se dijo (a.1). Y así, todo lo que se dice de Dios y de las criaturas se dice por la relación que la criatura tiene con Dios como principio y causa, en quien




16


preexisten de modo sublime todas las perfecciones

de las cosas. Este modo de interrelación. es el punto medio entre la pura equivo- cidad y la simple univocidad. Pues en la relación analógica no hay un solo senti- do, como sucede con los nombres uní- vocos, ni sentidos totalmente distintos, como sucede con los equívocos; porque

el nombre que analógicamente se da a muchas cosas expresa distintas propor- ciones; a algún determinado uno, como

el nombre sano, dicho de la orina, ex- presa el signo de salud del animal; y di- cho de la medicina, en cambio, expresa

la causa de la misma salud.


Respuesta a las objeciones: 1. A la primera hay que decir: En las atribuciones es necesario reducir las equívocas a las


unívocas; sin embargo, en las acciones, el agente no unívoco, necesariamente precede al agente unívoco. Pues el agen- te no unívoco es causa universal de toda especie, como el sol es causa generativa de todos los hombres. El agente unívo- co no es causa agente universal de toda especie (en caso contrario sería agente de sí mismo, puesto que está contenido en una misma especie); sino que es causa particular de aquel individuo que parti- cipa de la especie. Así, pues, la causa universal de toda especie no es agente unívoco. La causa universal, además, es anterior a la particular. Este agente uni- versal, aun cuando no sea unívoco, sin embargo no es completamente equívoco, porque, de serlo, no podría obrar algo semejante a sí mismo; pero puede decir-


se que es agente analógico, como en las atribuciones todos los unívocos son re- ducidos a un primero no unívoco, sino análogo, que es el ser.


2.


A la segunda hay que decir: La se- mejanza que la criatura tiene con respec-

to a Dios es imperfecta; porque no re- presenta tampoco lo mismo según el gé-

nero, como ya se dijo (q.4 a.3).


3.


A la tercera hay que decir: Dios no es la medida proporcionada de lo medi- do. De ahí que ni sea necesario que

Dios y la criatura entren en un mismo género.




Todo lo dicho en sed cont.17 lleva a la conclusión de que los nombres dados a Dios y a las criaturas no son atribui- dos unívocamente; y no porque lo sean equívocamente.


ARTICULO 6


Los nombres, ¿son o no son dados a las criaturas antes que a Dios?


In Sent. l.1 d.4 q.2 a.1; d.22 a.2; De Verit. q.4 a.1; In Ephes. c.3 lect.4; Cont. Gentes 1, 34; Compend.


Theol. c.27.




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