Santo tomas de aquino



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Objeciones por las que parece que el hado no es inmóvil:

1. Dice Boecio en IV De Consol.




14: Lo que el raciocinio es al entendimiento, lo en-


gendrado a lo existente, el tiempo a la eterni- dad, y al punto central el círculo, eso mismo es la serie mutable del hado a la permanente simplicidad de la Providencia.


2. Más aún. Como dice el Filósofo

en II Topic.15: A.I cambiarnos nosotros, tam- bién se cambia lo que hay en nosotros. Pero el hado es una disposición inherente a lo muta- ble, como dice Boecio en el mismo lu- gar. Por lo tanto, el hado es mutable.




3. Todavía más. Si el hado es inalte- rable, lo que está sujeto a él sucederá de manera inmutable y necesaria. Pero lo sometido al hado parece ser precisamen- te lo mayormente contingente. Por lo tanto, no habrá nada contingente en las cosas, sino que todo sucederá necesaria- mente.


En cambio está lo que dice Boecio


16:


El hado es una disposición inmutable. Solución. Hay que decir: La disposi-


ción de las causas segundas, que llama- mos hado, puede considerarse bajo dos aspectos. 1) Uno, atendiendo a las mis- mas causas segundas que están así dis- puestas y ordenadas. 2) Otro, relacionan- do tal disposición con el primer princi- pio por el que son ordenadas, esto es, Dios. Algunos sostuvieron que la serie misma o disposición de las causas en cuanto tal es necesaria, de modo que todo sucede por necesidad, debiéndose esto a que todo efecto tiene su causa, y, puesta ésta, es necesario que se siga el efecto. Pero esto es evidentemente falso por todo lo que ya dijimos anteriormen- te (q.115 a.6).


Otros dijeron lo contrario, afirmando que el hado era mutable, incluso en cuanto relacionado con la Providencia divina. Por eso, los egipcios decían que podía cambiarse el destino mediante ciertos sacrificios, tal como nos cuenta Gregorio de Nisa


17. Pero esto ha sido

11. Ib.

12. De Civ. Dei c.8: ML 41,148.


13. Cf. HILDEBERTO CENOMANENSIS, Ver- sus de Exicidio Troiae ML 171, 1449D); cf. ALBERTO MAGNO, De Fato a.2 (MD 5,406); In Phys. l.2 tr.2 c.20 (BO 3,156).


14. Prosa 6: ML 63,817.

15. ARISTÓTELES, c.7 n.3 (BK


113a29).


16. L.c. nota 14.


17. Cf. NEMESIO, De Nat. Hom. c.36: MG 40,745.



974


Conservación y gobierno de las cosas por Dios


C.116 a.4

rechazado ya (q.23 a.8) por ser contrario a la inmutabilidad de la Providencia di- vina.




Hay que decir: El hado, respecto a las causas segundas es mutable. Pero referi- do a la Providencia divina es inalterable, no por absoluta necesidad, sino condi- cionalmente


b, es decir, en el sentido en el que afirmamos que esta condicional es verdadera o necesaria: Si Dios ha previsto tul cosa, sucederá. Por eso, Boecio


18, des- pués de haber dicho que la serie del hado

es alterable, poco después añade: La cual,



por proceder de los orígenes de la Providencia inmóvil, es necesario que ella misma sea inmu-


table.

Respuesta a las objeciones: Está in-

cluida en lo dicho.




ARTICULO 4


¿Está o no está todo sometido al hado?

Supra q.116 a.1.




Objeciones por las que parece que todo está sometido al hado:

1. Dice Boecio en IV De Consol.




19: La serie del hado mueve el cielo y las estre- llas, atempera entre sí los elementos y, por un cambio alternado, los transforma. Todo lo que nace y muere lo reproduce y renueva por la sucesión de gérmenes y fetos. Enlaza, en una conexión indisoluble de causas, actos y fortu- nas de los hombres. Por lo tanto, no parece exceptuarse cosa alguna de estar conteni-

da bajo la serie del hado.




2. Más aún. Agustín en V De Civ. Dei20 dice que el hado es algo en cuanto

se refiere a la voluntad y poder de Dios. Pero la voluntad de Dios es causa de todo lo hecho, como dice Agustín en III De Trin.




21

Por lo tanto, todo está someti-


do al hado.

3. Todavía más. Según Boecio22, el


hado es la disposición inherente a todo lo mu- table. Pero todas las criaturas son muta-


bles, y sólo Dios es verdaderamente in- mutable, como dijimos (q.9 a.2). Por lo tanto, el hado está en todas las criaturas.


En cambio está lo que dice Boecio en IV De Consol.


23: Algunas cosas que es- tán bajo la Providencia, están por encima del hado.


Solución. Hay que decir: Como ya diji- mos (a.2), el hado es la ordenación de las causas segundas a los efectos previs- tos por Dios. Por lo tanto, todo lo so- metido a las causas segundas está some- tido también al hado. Pero si hay algo que es hecho directamente por Dios, al no estar sujeto a las causas segundas, tampoco lo está al hado. Así, la creación de las cosas, la glorificación de las sus- tancias espirituales. Por eso, dice Boe- cio


24: Los seres que están próximos a la pri- mera divinidad, establemente fijos, están sobre el orden de la mutabilidad fatal. De aquí re- sulta también que, cuanto más alejada está una cosa de la Inteligencia, tanto más ligada está al hado, ya que está más sometida a

la necesidad de las causas segundas.




Respuesta a las objeciones: 1. A la primera hay que decir: Todo lo que se


menciona en aquel texto, es hecho por Dios mediante las causas segundas. Por lo tanto, está sometido al hado. Pero no puede decirse lo mismo de todo lo de- más, como acabamos de decir (sol.).


2.


A la segunda hay que decir: El hado se refiere al poder y la voluntad de Dios como a su primer principio. Por lo tan-

to, no es necesario que todo lo que está sometido a la voluntad o al poder de

Dios, esté también sometido al hado, como acabamos de decir (sol.).


3.


A la tercera hay que decir: Aun cuando todas las criaturas de alguna ma-

nera sean mutables, sin embargo, algu-

nas de ellas no proceden de causas crea- das variables. Por eso no están someti- das al hado, como acabamos de decir (sol.).


18. L.c. nota 14.

19. Ib.

20. C.1.8: ML 41,141.148.

21. C.1: ML 42,871.


22. L.c. nota 14.


23. Ib.



24. Ib.


b. Sobre esta distinción véase BOCHENSKI, I., Historia de la lógica formal (Madrid 1966) p.94.



CUESTIÓN


117


Sobre lo que pertenece a la acción del hombre


Después de lo estudiado, hay que tratar ahora lo referente a aquello que pertenece a la acción del hombre, compuesto a partir de lo espiritual y de lo corporal. En primer lugar, hay que tratar sobre la acción del hombre; en segundo lugar, lo concerniente a la propagación humana. La cuestión refe- rente a la acción del hombre plantea y exige respuesta a cuatro problemas:


1. Un hombre, ¿puede o no puede enseñar a otro provocando en él la ciencia?-2. Un hombre, ¿puede o no puede enseñar al ángel?-3. El hombre, por el poder de su alma, ¿puede o no puede alterar la materia cor- poral?-4. El alma del hombre separada, ¿puede o no puede mover los cuerpos con movimiento local?


ARTICULO 1


Un hombre, ¿puede o no puede enseñar a otro?


In Sent. l.2 d.9 a.2 ad 4; d.28 a.5 ad 3; De Verit. q.11 a.1; Cont, Gentes 2,75.


Objeciones por las que parece que un hombre no puede enseñar a otro:


1. Dice el Señor (Mt 23,8): No que- ráis ser llamados maestros. Y dice la glosa de Jerónimo1: No sea que tributéis a los hombres un honor divino. Luego parece que ser maestro es un honor divino. Pero propio del maestro es enseñar. Por lo tanto, el hombre no puede enseñar, ya que esto es sólo propio de Dos.


2. Más aún. Si un hombre enseña a otro, no lo hará más que sirviéndose de sus propios conocimientos para causar conocimientos en el otro. Pero toda cua- lidad por la que uno obra para producir algo semejante a sí es una cualidad acti- va. Por lo tanto, la ciencia es una cuali- dad activa, como lo es el calor.


3. Todavía más. Para el conocimien- to se requiere la luz intelectual y la espe- cie de lo conocido. Pero ninguna de es- tas cosas las puede causar un hombre en otro. Por lo tanto, un hombre no puede causar la ciencia en otro enseñándole.


4. Por último. El maestro no hace más que proponer al discípulo ciertos signos expresando algo, sea con pala- bras, sea con gestos. Pero proponiendo con signos no se puede enseñar a otro causando en él la ciencia, porque o pro- pone signos de lo conocido o de lo des-


conocido. Si es de lo conocido, entonces aquél a quien se le proponen tales signos ya tiene la ciencia y no la recibe del maestro. Si de lo desconocido, nada se puede aprender por tales signos. Ejem- plo: Si alguien propone algo en griego a uno que sólo habla latín nada puede en- señarle. Por lo tanto, de ninguna manera puede un hombre, enseñando, producir en otro la ciencia.


En cambio está lo que dice el Após-

tol en 1 Tim 2,7: Para este anuncio he sido hecho predicador y apóstol, maestro de los gen- tiles en la fe y en la verdad.




Solución. Hay que decir: Sobre esta cuestión ha habido diversas opiniones. Averroes en Coment. III De Anima


2


sostuvo la existencia de un solo entendi- miento posible para todos los hombres, como dijimos (q.76 a.2). De ahí se se- guiría que son las mismas las especies inteligibles de todos los hombres. Y ten- dríamos entonces que el hombre no cau- sa en otro hombre mediante la enseñan- za una ciencia distinta de la que él tiene, sino que le comunica la misma que él tiene, estimulándole a ordenar las imáge- nes en su alma de tal manera que sean convenientemente dispuestas para la aprehensión inteligible. Dicha opinión es verdadera por lo que se refiere al hecho de que la ciencia es una misma en el maestro y en el discípulo, si tal identi-


dad se entiende con respecto a la unidad de lo conocido. La verdad de lo conoci- do es la misma en el discípulo y el maes- tro. Pero por lo que se refiere a que el


1. Glossa interl, a Mat. 23,8 (V,71r).

2. Comm. 5, digressio, p.5.a (6,2,146F).



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Conservación y gobierno de las cosas por Dios


C.117 a.1


entendimiento posible es uno solo para todos los hombres, y que son unas mis- mas las especies inteligibles, diferencián- dose sólo por las imágenes, la opinión es falsa, como dejamos ya patente (q.76


a.2).

Otra opinión es la de los platónicos




a, los cuales sostuvieron que la ciencia está desde el principio en nuestras almas por

la participación de las formas separadas.

De esto ya hablamos anteriormente (q.84 a.3.4). No obstante, el alma, por

su unión con el cuerpo, queda impedida para penetrar libremente aquello que sabe. Según esto, el discípulo no adquie-

re, por el maestro, ciencia nueva, sino

que el maestro simplemente le estimula a analizar los conocimientos que el discí- pulo ya tiene, hasta el punto de que, se- gún los platónicos, aprender no es más que recordar. Asimismo afirmaban que

los agentes naturales no hacen sino dis- poner para la recepción de las formas

que la materia corporal adquiere por participación de las especies separadas. Pero contra esto, ya demostramos (q.79

a.2; q.84 a.3) que el entendimiento posi- ble del alma humana está en pura poten- cia para lo inteligible, como dice Aris- tóteles en III De Anima


3.

Puestos en otra dimensión hay que




decir: El que enseña causa ciencia en el que aprende haciéndole pasar de la po- tencia al acto, como se dice en VIII Physic.


4


Para demostrarlo, hay que tener presente que de los efectos procedentes de un principio exterior, unos provienen exclusivamente de un principio exterior. Ejemplo: La forma de la casa se origina en la materia sólo por el arte. Otros, proceden a veces de un principio exte- rior y a veces de un principio interior. Ejemplo: La salud es causada en el en- fermo unas veces por un principio exter- no, la medicina, y otras por un principio interno, como cuando alguno sana por virtud de la naturaleza. En esta segunda clase de efectos hay que tener presente:


Primero, que el arte imita a la naturale- za


b


en sus operaciones, porque, así como la naturaleza sana al enfermo alte- rando, digiriendo, y echando lo que cau- sa la enfermedad, así también el arte. Se-


gundo, hay que atender al hecho de que el principio externo, el arte, no obra como agente principal, sino como subsi- diario, ya que el agente principal es el principio interno, reforzándole y sumi- nistrándole los instrumentos y auxilios que ha de utilizar en la producción del efecto. Ejemplo: El médico refuerza la naturaleza y le proporciona alimentos y medicinas de los cuales podrá usar para el fin que persigue.


Ahora bien, el hombre adquiere la ciencia a veces por un principio interno, como es el caso de quien investiga por sí mismo; y, a veces, por un principio externo, como es el caso del que es ense- ñado. Pues a cada hombre le va anejo un principio de ciencia, la luz del enten- dimiento agente, por el que, ya desde el comienzo y por naturaleza, se conocen ciertos principios universales comunes a todas las ciencias. Cuando uno aplica es- tos principios universales a casos par- ticulares cuyo recuerdo o experiencia le suministran los sentidos, por investiga- ción propia adquiere la ciencia de cosas que ignoraba, pasando de lo conocido a

lo desconocido. De ahí que también todo el que enseña procura conducir al que aprende de las cosas que éste ya co- noce al conocimiento de las que ignora, siguiendo aquello que se dice en I Pos- ter.




5: Toda enseñanza, dada o adquirida, pro- cede de algún conocimiento previo.


El maestro puede contribuir de dos maneras al conocimiento del discípulo. La primera, suministrándole algunos medios o ayudas de los cuales pueda usar su entendimiento para adquirir la ciencia, tales como ciertas proposiciones menos universales, que el discípulo pue- de fácilmente juzgar mediante sus pre- vios conocimientos, o dándole ejemplos


3. ARISTÓTELES, c.4 n.11 (BK 429b30): S. Th. lect.9 n.722.

4. ARISTÓTELES, c.4 n.6


(BK 255a33): S. Th. lect.8 n.3.


5. ARISTÓTELES, c.1 n.1 (BK 71a1): S. Th. lect.1 n.9.




a. Sobre las fuentes utilizadas por Sto. Tomás puede verse HENLE, o.c., p.229. La idea de reminiscencia platónica le llega a Sto. Tomás a través de Macrobio, Boecio y Aristóteles.


b. Se trata de una fórmula aristotélica Phys. B,2 (BK 194a21). Sobre el conjunto de la doc- trina que afirma la dependencia del arte respecto de la naturaleza véase las contribuciones de A. MÜLLER y A. RECKERMANN en el art. Kunst del HWP 4 cols.1360-78.



C.117 a.2


Sobre la acción del hombre

977



palpables, o cosas semejantes, o cosas opuestas a partir de las que el entendi- miento del que aprende es llevado al co- nocimiento de algo desconocido. La se- gunda, fortaleciendo el entendimiento del que aprende, no mediante alguna virtud activa como si el entendimiento del que enseña fuese de una naturaleza superior, tal como dijimos que iluminan los ángeles, (q.106 a.1; q.111 a.1), puesto que todos los entendimientos humanos son de un mismo grado en el orden na- tural, sino en cuanto que se hace ver al discípulo la conexión de los principios con las conclusiones, en el caso de que no tenga suficiente poder comparativo para deducir por sí mismo tales conclu- siones de tales principios


c. Se dice en

I Poster.




6: La demostración es un silogismo que causa ciencia. De este modo, aquel que enseña por demostración hace que el oyente adquiera ciencia.


Respuesta a las objeciones: 1. A la primera hay que decir: Como acabamos de


decir (sol.), el hombre que enseña ejerce únicamente un ministerio externo, lo mis-

mo que el médico cuando sana. Pero como la naturaleza interna es la causa principal de la curación, así la luz inte- rior del entendimiento es la causa princi-

pal de la ciencia. Ambas cosas proceden

de Dios. Así como se dice de El: El que sana todas tus enfermedades (Sal 102,3), también se dice: El que enseña al hombre la ciencia (Sal 93,10), en cuanto que llevamos impresa en nosotros la luz de su rostro (Sal 4,7), por la que se nos manifiestan todas

las cosas.


2.


A la segunda hay que decir: El maestro no causa en el discípulo la cien-

cia a modo de agente natural como obje-

ta Averroes


7. Por eso no es necesario que la ciencia sea una cualidad activa, sino que ésta es un principio por el que alguien es dirigido al enseñar, como el


arte es el principio por el que alguien es dirigido a actuar.

3.




A la tercera hay que decir: El maes- tro no produce en el discípulo la luz in- telectual; no produce tampoco directa- mente las especies inteligibles, sino que

por la enseñanza mueve al discípulo para que él, por su propio entendimiento, forme las concepciones inteligibles, cu-

yos signos le propone exteriormente.


4.


A la cuarta hay que decir: Los sig- nos que el maestro propone al discípulo son de cosas conocidas en general y con cierta vaguedad, pero desconocidas en particular e indistintamente. Por eso, cuando adquiere uno por sí mismo la ciencia, no puede decirse que se enseña a

sí mismo o que es maestro de sí mismo, ya que no existe en él anteriormente la ciencia completa, como se requiere en el maestro.




ARTICULO


2


Los hombres, ¿pueden o no pueden enseñar a los ángeles?


In Sent. l.2 d.11 p.2.a a.4; In Ephes. c.3 lect.3; Contra Errores graec, c.26.


Objeciones por las que parece que los hombres pueden enseñar a los ánge-

les:



1. Dice el Apóstol en Ef 3,10: Para

que la multiforme sabiduría de Dios sea aho- ra notificada por la Iglesia a los Principados


y Potestades en los cielos. Pero la Iglesia es la congregación de los hombres fieles. Por lo tanto, se notifica algo a los ánge- les por los hombres.


2. Más aún. Los ángeles superiores, que son iluminados directamente por Dios sobre las cosas divinas, pueden ins- truir a los ángeles inferiores, como ya dijimos (q.106 a.1; q.112 a.3). Pero algu- nos hombres han sido instruidos en las cosas divinas directamente por la Pala-


6. ARISTÓTELES, c.2 n.4 (BK 71b17): S. Th. lect.4.

7. In De An. l.3 com.5, digressio,


p.5.a (6,2,152D).




c. Ambos son términos técnicos. «Diiudicare» -juzgar- tiene el sentido de «discernir», «resolver» a partir de unos principios; lo que supone la vinculación entre principios y conclu- siones. Así, por ejemplo, 2-2 q.53 a.4: «en las cuestiones especulativas la ciencia demostrativa se llama judicativa en cuanto que, mediante la resolución en los primeros principios, se juzga acerca de la verdad de las cosas investigadas».


En cuanto a «virtus collativa» -poder comparativo-, cf. PÉGHAIRE, J., Intellectus et ratio

selon St. Thomas d'Aquin (Paris, Ottawa 1936) p.90-94; CHENU, D., Note de lexicographie philoso- phique médiévale: RevScPhilThéol 16 (1927) 445ss.

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Conservación y gobierno de las cosas por Dios




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