Santo tomas de aquino


En cambio está lo que se dice en Gén 2,16: Puedes comer de todo árbol del paraíso. Solución



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En cambio está lo que se dice en

Gén 2,16: Puedes comer de todo árbol del




paraíso.

Solución. Hay que decir: El hombre en


el estado de inocencia tenía vida vegeta- tiva, que requeriría alimentos. Sin embar- go, después de la resurrección su vida será espiritual y no los necesitará. Para demostrarlo, hay que tener presente que el alma racional es alma y espíritu. Se dice que es alma por lo que tiene de co- mún con la de los animales: dar vida al cuerpo. Por eso se dice en Gén 2,7: Así


fue el hombre ser animado. Esto es, con cuerpo dotado de vida. Pero es también espíritu por lo que tiene de propio y no común con los demás animales, esto es, su potencia intelectiva inmaterial.


Así, pues, en el primer estado, el alma racional comunicaba al cuerpo lo que le era común; así, el cuerpo es llamado ani- mal, esto es, en cuanto que tiene la vida por el alma. El primer principio de vida en los seres inferiores es el alma vegeta- tiva, como se dice en el libro De anima


5, a la que le compete alimentarse, engen- drar y desarrollarse. Por lo tanto, estas cosas se daban en el hombre en el pri- mer estado. Pero en el último estado, después de la resurrección, el alma hará

que redunde en el cuerpo lo que le es pe- culiar como espíritu: la inmortalidad en todos; la impasibilidad, la gloria y la vir-

tud en los buenos, cuyos cuerpos serán llamados espirituales (cf. 1 Cor 15,44). Después de la resurrección, por lo tanto, los hombres no necesitarán alimentarse; pero en el estado de inocencia, sí lo ne- cesitaban.


Respuesta a las objeciones: 1. A la

4. Cf. ARISTÓTELES, De An. 1.3 c.4 n.2 (BK 429a13): S. Th. lect.7 n.675.


5. ARISTÓTE-


LES, l.2 c.4 n.2 (BK 415a23): S. Th. lect.7 n.309.



C.97 a.4


El primer hombre. Conservación del individuo

857



primera hay que decir: Dice Agustín en De quaest. Vet. et Nov. Test.6: .¿Cómo podía ser inmortal lo que necesitaba alimentarse? Pues lo inmortal no come ni bebe. Ya diji- mos (a.1) que la inmortalidad del primer hombre en aquel primer estado estaba sobreañadida como fuerza sobrenatural,

y no como disposición inherente al cuer- po. Así, el calor podría consumir parte

de la humedad de aquel cuerpo; y para que no se consumiera totalmente era ne- cesario suplirla alimentándose.


2.


A la segunda hay que decir: En la nutrición hay una cierta pasión o altera-

ción por parte del alimento al convertir-

se en sustancia del que lo toma. Pero de

aquí no se deduce que el cuerpo del hombre fuera pasible, sino que lo era el alimento. Aun cuando tal pasión fuera

para perfección de la naturaleza.


3.


A la tercera hay que decir: Si el hombre no se alimentara, pecaría, como pecó tomando el alimento prohibido.

Pues en un mismo mandato recibió la



orden de alimentarse de todo árbol del Paraíso y de abstenerse del de la ciencia del bien y del mal.


4.


A la cuarta hay que decir: Algunos opinan que el hombre en el estado de inocencia sólo tomaba el alimento nece- sario, por lo cual no le sobraba nada. Pero parece poco razonable que en la comida no hubiera nada, ni siquiera al- gún poso indigerible. Era necesario echar los residuos. Pero incluso esto estaba di- vinamente dispuesto, de forma que no resultaba indecente.


ARTICULO 4


El hombre en estado de inocencia, ¿hubiera o no hubiera alcanzado la


inmortalidad por el árbol de la vida?


In Sent. l.2 d.19 a.4; De Malo q.5 a.5 ad 9.


Objeciones por las que parece que el árbol de la vida no podía ser causa de inmortalidad:


1. Nada puede producir un efecto que exceda su causa. Ahora bien, el ár- bol de la vida era corruptible, como lo muestra su virtud de alimentar, que es una mutación sustancial, como dijimos


(a.3 ad 2). Por lo tanto, no podía causar la incorruptibilidad.


2. Más aún. Los efectos causados por las potencias vegetativas o de cual- quier otro ser natural, son naturales. Por lo tanto, si el árbol de la vida causase la inmortalidad, ésta sería natural.


3. Todavía más. Esto renueva las antiguas fábulas, ridiculizadas por el Fi- lósofo en III Metaphys.7, que atribuían la inmortalidad de los dioses a que comían cierto alimento.


En cambio está lo que se dice en Gén 3,22: No vaya ahora a poner su mano en el árbol de la vida y, comiendo de él, viva para siempre.


Más aún. Agustín, en Quaest. Vet. et Nov. Test.


8, dice: El comer del árbol de la vida apartaba la corrupción del cuerpo. Inclu- so después del pecado hubiera podido ser inco- rruptible, si se le hubiera permitido volver a comer de él.


Solución. Hay que decir: El árbol de la vida causaba tan sólo la inmortalidad en una cierta manera, no absolutamente. Para demostrarlo hay que tener presente que el hombre tenía dos remedios contra los dos siguientes defectos. El primero, la pérdida de humedad por efecto del ca- lor natural, instrumento del alma. Esto lo remediaba el hombre comiendo de los otros árboles del Paraíso, del mismo modo que ahora nosotros nos alimenta- mos comiendo.


El segundo se debe a que, como dice el Filósofo en I De generat.


9, cuando se añade algo extraño a una cosa húmeda, ésta pierde parte de su virtud activa. Ejemplo: El agua añadida al vino toma el sabor de éste. Pero si la cantidad aumenta, disminuye la fuerza del vino y acaba por aguarse. Así, pues, vemos que, en un principio, la fuerza activa de la especie es tan vigorosa, que no sólo transforma el alimento necesario para restaurar las fuerzas perdidas, sino tam- bién para el crecimiento. Después, el ali- mento sumido sólo da para restaurar las fuerzas perdidas; finalmente, en la vejez,

ni siquiera para esto, llegando así la de- crepitud y la disolución natural del cuer- po. Contra este defecto se fortalecía el hombre con el árbol de la vida, que ro-




6. Cf. AMBROSIASTER, p.1.a q.19: ML 35,2227.

7. ARISTÓTELES, l.2 c.4 n.12 (BK


1000a12): S. Th. l.3 lect.11 n.468.


8. Cf. AMBROSIASTER, l.c. n.6.


9. ARISTÓTELES, c.5


n.18 (BK 322a28): S. Th. lect.17 n.6.

858


Tratado del hombre


C.98 a.1


bustecía el vigor de la especie contra el desgaste originado por mezcla de cosas extrañas. Por eso, Agustín, en XIV De Civ. Dei


10, dice: Tenía a mano la comida, para que no tuviese hambre; la bebida, para que no tuviese sed; y el árbol de la vida para que no le aniquilara la vejez. Y en el libro


De quaest. Vet. et Nov. Test.11 dice: El

árbol de la vida infundía la incorrupción a los hombres como una medicina.


Pero esta inmortalidad no era absolu- ta, pues la virtud que redundaba del alma en el cuerpo no provenía del árbol de la vida, ni éste podía dar al cuerpo una inmortalidad perpetua. La virtud de cualquier cuerpo es finita; por eso, la virtud del árbol de la vida no podía ha- cer durar al cuerpo infinitamente en el


tiempo, sino sólo determinado tiempo. Es evidente que, cuanto mayor es la vir- tud de algo, más perdurable es su efecto. Por lo tanto, si la virtud del árbol de la vida era finita, su gusto preservaba de la corrupción por un cierto tiempo. Acaba- do este tiempo, o el hombre hubiera sido trasladado a una vida espiritual, o de nuevo hubiese necesitado comer del árbol de la vida.


Respuesta a las objeciones: Está in- cluida en lo dicho, pues de las primeras objeciones se concluye que no causaba la absoluta incorruptibilidad; y de las otras, que la causaba impidiendo la corrupción del modo como acabamos de explicar (sol.).


CUESTIÓN


98


Sobre el estado del primer hombre. La conservación de la especie


Ahora hay que tratar lo referente a la conservación de la especie. Prime- ro, la misma generación; segundo, la condición de la prole. La cuestión so- bre el primer aspecto indicado, plantea y exige respuesta a dos problemas:


1. En el estado de inocencia, ¿habría habido, o no, generación?- 2. ¿Habría habido, o no, generación por coito?


ARTICULO


1


En el estado de inocencia, ¿habría habido, o no, generación?


In Sent. l.2 d.20 q.1 a.1.


Objeciones por las que parece que en el estado de inocencia no habría habido generación:

1.



Se dice en V Physic.1: La genera- ción es contraria a la corrupción. Lo contra- rio lo es sobre lo mismo. En el estado

de inocencia no habría habido corrup-

ción. Por lo tanto, tampoco generación.


2. Más aún. La generación está or- denada a conservar en la especie lo que individualmente no puede conservarse. Así, en los seres eternos no hay genera- ción. Pero en el estado de inocencia el hombre hubiese vivido perpetuamente.


Por lo tanto, en el estado de inocencia no hacía falta generación.


3. Todavía más. Por la generación se multiplican los hombres. Multiplica- dos los dueños, es necesario dividir las posesiones para distinguir lo que es pro- pio de cada uno. Por lo tanto, habiendo sido constituido el hombre como señor de los animales, una vez multiplicados los hombres, se seguiría la división del dominio. Pero esto parece ir en contra del derecho natural por el que todas las cosas son comunes, como dice Isidoro


2. Por lo tanto, en el estado de inocencia no habría generación.


En cambio está lo que se dice en Gén


1,28: Creced, multiplicaos, llenad la tierra. Esta multiplicación no puede ha-

cerse más que por generación, supuesto

que en un principio sólo fueran creados


10. C.16: ML 41,434.


11. Cf. AMBROSIASTER, l.c. n.6 y 8.

1. ARISTÓTELES, c.5 n.6 (BK 229b12): S. Th. lect.8 n.11. 2. Etymol. l.5 c.4: ML 82,199.



dos. Por lo tanto, en el primer estado habría generación.




Solución. Hay que decir: En el estado de inocencia habría generación que mul- tiplicase los hombres. De no ser así, el pecado del hombre hubiera sido muy necesario como medio para alcanzar un gran bien. Hay que tener en cuenta que

el hombre, por naturaleza, es algo inter- medio entre lo corruptible y lo inco- rruptible, ya que su alma, por naturaleza, es incorruptible, y el cuerpo corruptible. La naturaleza tiende siempre a lo que continuamente es algo esencial a ella. Pero a lo que sólo tiende durante cierto tiempo no es algo primario en la natura- leza sino subordinado a otro. En caso contrario, su desaparición supondría la desaparición de la intención de la natu- raleza. Y porque en los seres corrupti- bles sólo la especie perdura siempre y continuamente, en éstos el bien de la es- pecie, a cuya conservación se ordena la generación, es el fin principal de la natu- raleza. Por el contrario, las sustancias in- corruptibles permanecen siempre especí-




fica e individualmente. Por lo cual, en ellas, la conservación de los individuos constituye también el fin principal de la naturaleza.


Así, pues, al hombre le corresponde la generación en su parte corporal, que, en cuanto tal, es corruptible. Por parte del alma, que es incorruptible, corres- ponde a su naturaleza -o mejor, al Autor de la naturaleza, único creador de las almas- el intento de multiplicar los individuos. Así, estableció la generación, incluso en el estado de inocencia, para multiplicar el género humano.


Respuesta a las objeciones: 1. A la primera hay que decir: El cuerpo del hom-


bre en el estado de inocencia era corrup- tible. El alma lo preservaba de la co- rrupción. Por lo tanto, al hombre no había por qué quitarle la generación, propia de lo que es corruptible.


2.


A la segunda hay que decir: Aun cuando la generación en el estado de inocencia no tuviera por fin la conserva-

ción de la especie, tendría la multiplica- ción del individuo.




3.


A la tercera hay que decir: En nues- tro estado, al aumentar los dueños se di-


El primer hombre. Conservación de la especie

859



viden las posesiones, pues la comunidad de posesión origina la discordia, como dice el Filósofo en II Politic.


3


Pero en el estado de inocencia estaban de tal modo armonizadas las voluntades de los hom- bres, que cada uno hubiese tomado del bien común lo que le correspondía sin peligro alguno de discordia. Y esto tam- bién se puede ver ahora entre hombres honestos.


ARTICULO


2

En el estado de inocencia, ¿habría


habido, o no, generación por coito?


In Sent. l.2 d.20 q.1 a.2; Cont. Gentes 3,126.


Objeciones por las que parece que en el estado de inocencia no habría habido generación por coito:


1.

El Damasceno


4


pinta al primer hombre en el Paraíso como otro ángel. Pero en el estado futuro de la resurrec- ción, cuando los hombres serán semejan-

tes a los ángeles, ni se casarán ni se darán en casamiento, como se dice en Mt 22,30.

Por lo tanto, tampoco en el Paraíso ha- bría habido generación por coito.


2. Más aún. Los primeros padres fueron creados en edad adulta. Así, pues, si la generación antes del pecado hubiera sido por coito, hubiesen estado unidos carnalmente en el Paraíso. Esto es falso, por la misma Escritura (Gén


4,1).

3.



Todavía más. Debido al alto gra-

do de placer que hay en este acto, el hombre es comparado a los animales;

por eso se alaba la continencia. Pero el hombre es comparado a los animales por

el pecado, según aquello del Sal 48,21:



El hombre, aun puesto en suma dignidad, no entiende. Es semejante a los animales. Por lo tanto, antes del pecado no habría habido

unión carnal del hombre y la mujer.




4.


Por último. En el estado de ino- cencia no había corrupción. Por el coito se corrompe la integridad virginal. Por lo tanto, el coito no habría existido en el estado de inocencia.


En cambio está el hecho de que Dios antes del pecado hizo al hombre y a la mujer, como se dice en Gén 1,27 y 2,22. Dios no hace nada en vano. Por lo tan-


3. ARISTÓTELES, c.2 n.3 (BK 1263a21): S. Th. lect.4.

4. De Fide Orth. l.2 c.11: MG


94,916.



C.98 a.2

860


Tratado del hombre


C.98 a.2


to, si el hombre no hubiese pecado, tam- bién habría habido coito al que se orde- na la diferencia de sexos,


Más aún. En Gén 2,18-20 se dice que la mujer ha sido creada para ayuda del varón, Y no podría serlo más que para

la generación, porque para cualquier otra cosa le sería más útil la ayuda de un hombre que la de la mujer. Por lo tanto, también en el estado de inocencia hubo generación por coito.




Solución. Hay que decir: Algunos anti- guos doctores


5, atendiendo a la fealdad de concupiscencia que conlleva este acto en la vida terrena, dijeron que en el estado de inocencia no habría generación por coito. Por eso Gregorio de Nisa, en el libro titulado De Homine6, dice que en el Paraíso el género humano se hubiese multiplicado sin unión carnal, como los ángeles se multiplicaron por obra del poder divino. Añade que Dios creó ma- cho y hembra en el primer estado pre- viendo el modo de generación que ha- bría de darse después del pecado.


Pero esto no es razonable. Lo que es natural en el hombre ni se le añade ni se le retira por el pecado. Como dijimos anteriormente (q.97 a.3), es evidente que el engendrar por coito es propio de la naturaleza animal del hombre, como lo es de los demás animales perfectos. Esto lo dejan al descubierto los miembros na- turales destinados para tal efecto, que no hay por qué afirmar que no tuviesen su función propia antes del pecado, como la tenían los demás miembros.


En el coito en el estado actual terreno hay dos aspectos. 1) Uno, propio, que es la unión del hombre y de la mujer para engendrar. En toda generación se re- quiere un principio activo y otro pasivo. Ya que en todos los seres con distinción de sexos el principio activo está en el macho y el pasivo en la hembra, la mis-


ma naturaleza exige la unión de ambos para engendrar. 2) El otro aspecto que se puede considerar es la deformidad de una concupiscencia desenfrenada, que no existiría en el estado de inocencia, por estar allí sometidas, las facultades inferio- res a las superiores. Por eso Agustín, en XIV De Civ. Dei


7, dice: Lejos de nosotros sospechar que no pudieran engendrar sus hijos sin intervención libidinosa. Pero esos miem- bros, como los demás, se movían sometidos en todo a la voluntad: sin ardor, sin provocación, con el espíritu sosegado, con el cuerpo rela-


jado


a.


Respuesta a las objeciones: 1. A la primera hay que decir: El hombre en el Pa-


raíso se asemejaba a los ángeles en su in- teligencia espiritual, pero tenía además un cuerpo material con vida animal. Sólo después de la resurrección el hombre será semejante al ángel en alma y en cuerpo. Por lo tanto, no hay paridad.


2. A la segunda hay que decir: Como dice Agustín en IX Super Gen. ad litt.


8, los primeros padres en el Paraíso no tu- vieron unión sexual, porque después de ser formada la mujer fueron arrojados del Paraíso por su pecado; o también porque esperaban la fijación del tiempo para la unión, cuyo mandato general ya tenían.


3.


A la tercera hay que decir: Los ani- males carecen de razón. Y el hombre en

el coito se compara a los animales en

que no puede moderar el deleite del acto

ni el impulso de la concupiscencia. Pero

en el estado de inocencia no habría nada que no estuviese moderado según la rec-

ta razón, lo cual no quiere decir, como afirman algunos




9, que no hubiese deleite sensible, pues la intensidad de éste es tanto mayor cuanto lo es la condición natural y la sensibilidad corporal; sino que el apetito no produciría de un modo


a. Según S. Agustín el cuerpo le servía a Adán en el paraíso de puro ornato y como instru- mento para comunicarse con el mundo exterior. En su opinión, la «concupiscencia» del hom- bre, su libido, procede del pecado; de ahí que ahora no se encuentre sujeta a los impulsos de la voluntad, y su exclusión en el paraíso. Si el cuerpo de Adán en el paraíso era, a semejanza

de los ángeles, un cuerpo «espiritual», también la copulación, según S. Agustín, habría de tener

un carácter «espiritual» (cf. D. COVI, Valor y finalidad del sexo según S. Agustín. La ética sexual en el paraíso según S. Agustín: Augustinus 18 [1973] 4-21).


5. Cf. GREGORIO DE NISA, De Hom. Opif. c.17: MG 44,189; JUAN CRISÓSTOMO, In Gen. hom.16: MG 53,126. 6. De Hom, Opif. c.17: MG 44,189.


7. C.26: ML 41,434

8. C.4: ML 34,395.


9. Cf. S. BUENAVENTURA, In Sent. l.2 d.20 q.3 (QR II,481).



C.99 a.1


Condición de la prole. El cuerpo

861



tan desordenado el deleite. Esto estaría regulado por la razón, la cual no lo dis- minuye, pero sí impide que el deleite esté sólo a merced de un inmoderado apetito. Entiendo por inmoderado lo que se escapa al control de la razón. Ejemplo: El sobrio no percibe un deleite menor que el goloso al comer moderadamente; pero su concupiscencia no se detiene en este deleite. Esto es lo que indican las palabras de Agustín


10, quien no excluye los placeres en el estado de inocencia, pero sí el ardor de la sensualidad y el desasosiego de ánimo. Por eso la conti- nencia en el estado de inocencia no sería virtud, pues, si ahora se la alaba, no es


como abstinencia, sino como liberación de una libido desordenada. Pero enton- ces la fecundación se hacía sin libido.


4. A la cuarta hay que decir: Dice Agustín en XIV De Civ. Dei


11: En aquel estado, la unión sexual no corrompería la in- tegridad corporal. La introducción del semen en el útero podría hacerse sin romper el himen de la mujer, como tambien ahora la mujer, durante la menstruación, echa sangre sin co- rromper su integridad genital. Así, el parto

no iría acompañado de gemidos dolorosos, sino por una relajación de las visceras femeninas.


Tampoco impulsaría a concebir el apetito li- bidinoso, sino el uso voluntario de unir ambas naturalezas.


CUESTIÓN


99




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