Santo tomas de aquino



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C.95 a.2-3


Condición del primer hombre. La voluntad

847



que sostuvieron que el hombre no fue creado en gracia, sino en estado natural sólo. O puede decirse también que, aunque el hombre fuera creado en gra- cia, no tuvo de la creación natural el po- der progresar por medio del mérito, sino que esto le fue añadido por gracia.


5.


A la quinta hay que decir: Al no ser continuo el movimiento de la voluntad,

no hay inconveniente en que el primer hombre hubiera dado su consentimiento

a la gracia incluso en el primer instante

de su creación.




6. A la sexta hay que decir: Merece- mos la gloria por medio de un acto de gracia, pero no la gracia por medio de un acto natural. Por lo tanto, no hay pa- ridad.


ARTICULO


2


El primer hombre, ¿tuvo o no tuvo pasiones?


De Verit, q.26 a.8.


Objeciones por las que parece que el primer hombre no tuvo pasiones:

1.



Por las pasiones del alma, la carne tiene tendencias contrarias al espíritu (Gál 5,17). Pero esto no se daba en el estado

de inocencia. Por lo tanto, en él no ha-

bía pasiones del alma.


2. Más aún. El alma de Adán era más digna que su cuerpo. Pero el cuerpo era impasible. Por lo tanto, tampoco el alma tenía pasiones.


3. Todavía más. Por medio de las virtudes morales se moderan las pasiones del alma. Pero en Adán había una virtud moral perfecta. Por lo tanto, las pasiones estaban excluidas totalmente de él.


En cambio está lo que dice Agustín en XIV De Civ. Dei


13: Había en ellos un amor imperturbable hacia Dios y otras pasio- nes del alma.


Solución. Hay que decir: Las pasiones del alma residen en el apetito sensitivo, cuyo objeto es el bien y el mal. Por eso unas pasiones del alma, como el amor y el gozo, se ordenan al bien; y otras, como el temor y el dolor, al mal. Como en el estado primitivo no había ni ame- nazaba ningún mal ni faltaba ningún bien cuya posesión pudiera desear en-


tonces la voluntad recta, según dice Agustín en XIV De Civ. Dei, las pasio- nes que se centran en el mal, como el te- mor, el dolor y otras semejantes, no se dieron en Adán; ni tampoco las que se centran en el bien no poseído y que se va a poseer, como un deseo ardiente. Pero las pasiones que pueden referirse al bien presente, como el gozo y el amor, y las que se refieren a un bien futuro, como el deseo y la esperanza, que no causan aflicción, se dieron en el estado de inocencia. Sin embargo, se dieron en él de modo distinto a como se dan en nosotros. En nosotros, el apetito sensiti- vo, en el que residen todas las pasiones, no está totalmente sometido a la razón, por lo cual, a veces, las pasiones previe- nen el juicio de la razón o lo impiden, y, otras veces, le siguen, en cuanto que el apetito sensitivo obedece, en cierto modo, a la razón. En el estado de ino- cencia, en cambio, el apetito inferior es- taba totalmente sometido a la razón; por eso no se daban más pasiones del alma que las procedentes a partir del juicio ra- cional.


Respuesta a las objeciones: 1. A la primera hay que decir: La carne tiene ten-


dencias contrarias al espíritu, en cuanto que las pasiones se oponen a la razón. Esto no se daba en el estado de inocen-


cia.

2.




A la segunda hay que decir: El cuer- po humano en estado de inocencia era impasible en cuanto a las pasiones que destruyen la disposición natural, como veremos más adelante (q.97 a.2). Igual- mente, el alma era impasible en cuanto a

las pasiones que impiden el ejercicio de

la razón.


3.


A la tercera hay que decir: La vir- tud moral perfecta no suprime, sino que ordena las pasiones; pues, como se dice

en III Ethic.14, es propio del moderado desear como conviene y lo que conviene.




ARTICULO


3 Adán, ¿tuvo o no tuvo todas


las virtudes?


In Sent. l.2 d.29 a.3.


Objeciones por las que parece que Adán no tuvo todas las virtudes:

13. C.10: ML 41,417.


14. ARISTÓTELES, c.12 n.9 (BK 1119b16): S. Th. lect.22 n.547.

848


Tratado del hombre


C.95 a.3


1. Algunas virtudes están ordenadas a frenar la inmoderación de las pasiones. Así, la templanza refrena la concupiscen- cia inmoderada; la fortaleza, el temor in- moderado. Pero en el estado de inocencia no había inmoderación en las pasiones. Por lo tanto, tampoco dichas virtudes.


2. Más aún. Algunas virtudes se re- fieren a las pasiones cuyo objeto es el mal; así, la mansedumbre se refiere a la ira; la fortaleza, al temor. Pero tales pa- siones no existían en el estado de ino- cencia, como dijimos (a.2). Por lo tanto, tampoco se daban estas virtudes.


3.


Todavía más. La penitencia es una virtud cuyo objeto es el pecado ya cometido. La misericordia, por su parte, tiene por objeto la miseria. Ambas cosas no se daban en el estado de inocencia. Por lo tanto, tampoco las virtudes co- rrespondientes.


4. Y también. La perseverancia, que es una virtud, no la poseyó Adán, como lo demuestra el pecado que cometió. Por lo tanto, no poseyó todas las virtudes.


5.


Por último. La virtud de la fe no existió en el estado de inocencia, pues implica un conocimiento oscuro, que no parece compaginarse con la perfección del estado primitivo.


En cambio está lo que dice Agustín en una homilía


15: El Príncipe del vicio ven- ció a Adán, hecho del barro a imagen de Dios, armado con la honestidad, compuesto con la templanza, resplandeciente de gloria.


Solución. Hay que decir: El hombre en estado de inocencia poseyó en cierto sentido todas las virtudes, como es evi- dente por lo dicho hasta ahora (a.1). En el estado primitivo había una rectitud tal, que la razón estaba sometida a Dios; y las potencias inferiores, a la razón. Por otra parte, las virtudes no son sino cier- tas perfecciones por las que la razón se ordena a Dios y las potencias inferiores se ajustan a las reglas de la razón, como se verá mejor cuando tratemos las virtu- des (1-2 q.56 a.4.6; q.63 a.2). De ahí que

la rectitud del estado primitivo exigía que el hombre poseyera en algún modo todas las virtudes.




Pero hay que tener en cuenta que hay virtudes que en su esencia no implican nada de imperfección, como son la can-


dad y la justicia. Dichas virtudes exis- tieron en el estado de inocencia de un modo absoluto, habitual y actualmente. Hay otras que implican imperfección, bien por parte del acto, bien por parte de la materia. Si tal imperfección no se opone a la perfección del estado primiti- vo, estas virtudes podían darse en él, como son la fe, que se centra en lo que no se ve; y la esperanza, cuyo objeto es lo que no se posee, ya que la perfección del estado primitivo no se extendía a la visión de Dios en su esencia ni a poseer- lo con el disfrute de la bienaventuranza final. Por eso la fe y la esperanza podían darse en el estado primitivo, en su hábi- to y en acto. En cambio, si la imperfec- ción esencial de una virtud se opone a la perfección del estado primitivo, tal vir- tud podía darse en cuanto al hábito, pero no en cuanto al acto. Son: La peni- tencia, que es el dolor por un pecado cometido; y la misericordia, que es dolor

de la miseria ajena; porque tanto el do- lor como la culpa y la miseria son in- compatibles con la perfección del estado primitivo. Por lo tanto, estas virtudes existían en el primer hombre en su hábi-

to, pero no en acto, porque su disposi- ción habitual era tal, que, si hubiera ha- bido un pecado, se dolería de él, y si viera en algún otro miseria, la remedia- ría en lo posible. Como dice el Filósofo en IV Ethic.16, la vergüenza, cuyo obje- to es algo torpemente hecho, le sobre- viene al virtuoso sólo condicionalmente, por estar dispuesto de tal modo que se avergonzaría si hiciera algo torpemente.


Respuesta a las objeciones: 1. A la primera hay que decir: El que la templanza


y la fortaleza refrenen el exceso de las pasiones, les es accidental a las mismas, porque en el sujeto encuentran sobradas pasiones. Pero, en cuanto tales, sólo les es propio moderar las pasiones.


2.


A la segunda hay que decir: Se opo- nen a la perfección del estado primitivo

las pasiones ordenadas al mal que se re- fieren a un mal en el sujeto afectado por

la pasión, como son el temor y el dolor. Pero las pasiones que se refieren al mal

en otro no se oponen a la perfección de dicho estado, ya que el hombre en el es- tado primitivo podía odiar la malicia del




15. Cf. Serm. contra Iudaeos, c.2: ML 42,1117; cf. PEDRO LOMBARDO, Sent. l.2 d.29 c.2 (QR 1,457).


16. ARISTÓTELES, c.9 n.7 (BK 1128b29): S. Th. lcct.17 n.877.

C.95 a.4


Condición del primer hombre. La voluntad

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demonio, como también amar la bondad de Dios. De ahí que las virtudes que se refieren a estos objetos podían darse en el estado primitivo en cuanto al hábito y en cuanto al acto. Pero las que se refie- ren a las pasiones del mal en el mismo sujeto, si afectan sólo a estas pasiones, no podían darse en el estado primitivo en acto, sino sólo en hábito, como he- mos dicho con respecto a la penitencia y a la misericordia (sol.). En cambio, hay otras virtudes que no versan sólo sobre estas pasiones, sino sobre otras, como la templanza, que se ocupa no sólo de las tristezas, sino también de los placeres; y la fortaleza, que se ocupa no sólo de los temores, sino también de la audacia y la esperanza. Por lo tanto, podían darse en el estado primitivo los actos de la tem- planza que moderan los placeres, y los de la fortaleza, que moderan la audacia y la esperanza; pero no en cuanto que mode- ran la tristeza y el temor.


3.


A la tercera hay que decir: Está in- cluida en lo dicho (sol.).

4.




A la cuarta hay que decir: La perse- verancia puede tomarse en dos sentidos. Primero, como virtud, y significa el há- bito por el que se elige perseverar en el bien. En este sentido, Adán poseyó la perseverancia. Segundo, como circuns- tancia de la virtud, y, así, significa una continuación de la virtud sin interrup-

ción. En este sentido no la poseyó Adán.




5. A la quinta hay que decir: Está in- cluida en lo dicho (sol.).


ARTICULO


4


Las obras del primer hombre, ¿fueron o no fueron menos dignas de mérito


que nuestras obras?


In Sent. l.2 d.29 a.4.


Objeciones por las que parece que las obras del primer hombre fueron me- nos dignas de mérito que nuestras obras:


1. La gracia de Dios se da por mise- ricordia, que ayuda más a los necesita- dos. Pero nosotros necesitamos la gracia más que el primer hombre en estado de inocencia. Por lo tanto, se nos infunde más abundantemente la gracia. Al ser


ésta la raíz del mérito, nuestras obras se hacen más meritorias.


2. Más aún. Para el mérito se re- quiere cierta lucha y dificultad, pues se dice en 2 Tim 2,5: No es coronado sino quien compite legítimamente. Y el Filósofo, en II Ethic.


17

dice: La virtud tiene por ob- jeto lo difícil y lo bueno. Pero ahora, en




nuestro estado, hay mayor lucha y difi- cultad. Por lo tanto, también mayor efi- cacia para merecer.


3. Todavía más. El Maestro en II Sent. d.24 dice


18: El hombre no hubiera me- recido resistiendo a la tentación, mientras que ahora merece el que resiste a ella. Por lo tanto, nuestras obras son más meritorias

que las del estado primitivo.




En cambio, de ser así, el hombre es- taría en mejor condición después de ha- ber pecado.


Solución. Hay que decir: La cantidad de mérito puede medirse por dos princi- pios. 1) Primero, por la raíz de la cari- dad y de la gracia. Tal cantidad de méri-

to responde al premio esencial, que con- siste en el goce de Dios, pues el que hace una obra por una caridad más gran- de gozará más perfectamente de Dios. 2) Segundo, puede medirse el mérito por la cantidad de la obra. Esta puede ser doble: absoluta y proporcional. Ejem-

plo: La viuda que echó dos chavos en el cepillo del templo (Mc 12,41) hizo una obra más pequeña que los que deposita- ron grandes limosnas; pero en cantidad proporcional hizo más, según la senten- cia del Señor, porque lo dado superaba sus posibilidades. Ambos géneros de can- tidad responden, sin embargo, al premio accidental, que es el gozo del bien creado.


Así, pues, hay que decir: Hubieran sido más meritorias las obras realizadas en el estado de inocencia que después del pecado, si consideramos la cantidad de mérito por parte de la gracia, que se- ría entonces más abundante por no opo- nérsele ningún obstáculo de la naturale- za humana. También serían más merito- rias considerando la cantidad absoluta de las obras, puesto que, al ser el hombre más virtuoso, realizaría obras más gran- des. Pero si se considera la cantidad pro- porcional, hay mayor razón de mérito después del pecado por la debilidad hu-


17. ARISTÓTELES, c.3 n.10 (BK 1105a9): S. Th. lect.3 n.278.

18. PEDRO LOMBARDO,




Sent. l.2 d.24 c.1 (QR 1,420).

850



Tratado del hombre


C.96 a.1


mana, ya que supera más las propias fuerzas una obra pequeña costosa que una obra grande ligera.


Respuesta a las objeciones: 1. A la primera hay que decir: El hombre después


del pecado necesita la gracia para más cosas, pero no necesita más de ella, por- que antes de pecar el hombre necesitaba la gracia para conseguir la vida eterna; y ésta es la necesidad principal de la gra- cia. Pero, después del pecado, el hombre la necesita, además, para la remisión del pecado y remedio de sus flaquezas.


2.


A la segunda hay que decir: La difi- cultad y la lucha pertenecen a la canti-

dad de mérito correspondiente a la can- tidad proporcional de la obra, como se

dijo (sol.). Y es un signo de la disponi- bilidad de la voluntad, que intenta lo


que le es difícil. Esta disponibilidad es causada por la grandeza de la caridad. Sin embargo, puede suceder que se haga con voluntad tan dispuesta una obra fá- cil como otra difícil, por estar dispuesto el sujeto a hacer también lo difícil. Pero la dificultad actual, que es penal, tiene también valor satisfactorio por el pecado.


3.


A la tercera hay que decir: La resis- tencia a la tentación en el primer hom-

bre no sería meritoria, según la opinión

de los que dicen que no poseía la gracia, como ahora no es meritorio para el que

no está en gracia. Pero la diferencia está en que en el estado primitivo no había interiormente nada que impulsara al pe- cado, como lo hay ahora. Por lo tanto, podía resistir a la tentación mejor que ahora.




Ahora hay que tratar lo referente al dominio que le correspondía al hombre por su estado de inocencia. Esta cuestión plantea y exige respuesta a cuatro problemas:


1. En el estado de inocencia, el hombre, ¿dominaba o no dominaba a los animales?-2. ¿Y a toda criatura?-3. En tal estado, ¿serían o no serían iguales todos los hombres?-4. En aquel estado, ¿dominaba o no dominaba

el hombre al hombre?




ARTICULO 1


Adán, en el estado de inocencia, ¿dominaba o no dominaba a los


animales?


In Sent. l.2 d.44 q.1 a.3.


Objeciones por las que parece que Adán, en el estado de inocencia, no do- minaba a los animales:


1. Agustín, en. IX Super Gen. ad litt.1, dice: Por el ministerio de los ánge- les, los animales fueron llevados hasta Adán para que les diera nombre. No hu- biera sido necesario el ministerio de los ángeles si el hombre por sí mismo domi- nara a los animales. Por lo tanto, en el


estado de inocencia el hombre no domi- naba a los animales.

2.



Más aún. No es fácil unir bajo un único dominio cosas discordantes. Son muchos los animales discordantes entre sí. Ejemplo: El lobo y la oveja. Por lo tanto, no todos los animales estaban bajo el dominio del hombre.


3. Todavía más. Dice Jerónimo


2: Dios dio al hombre el dominio de los animales antes del pecado, cuando no necesitaba de ellos;


pues sabía que le serían útiles después de la caída. Por lo tanto, al menos el uso de

ese dominio sobre los animales no le competía al hombre antes del pecado.




4.

Por último. Propio del señor es dar normas y preceptos. Pero el precep-


1. C.14: ML 34,402.


2. Cf. BEDA, Hexaëm. l.1 a Gén. 1,26: ML 91,200.




Sobre el dominio que le correspondía al hombre por su estado de inocencia


CUESTIÓN


96

C.96 a.1


El dominio en el estado de inocencia

851



to sólo se da al ser racional. Por lo tan- to, el hombre no tenía dominio sobre los animales irracionales.


En cambio está lo que se dice del

hombre en Gén 1,26: Domine sobre los pe- ces del mar, sobre las aves del cielo y las bes- tias de la tierra.




Solución. Hay que decir: Dijimos ante- riormente (q.95 a.1) que el hombre, como pena por su desobediencia a Dios, se encontró con la desobediencia de todo lo que le estaba sometido. En el es- tado de inocencia, anterior a esta des- obediencia, nada se oponía al someti- miento natural. Todo animal está por naturaleza sometido al hombre. Esto lo manifiestan tres hechos. 1) El primero, el proceso de toda la naturaleza. Pues, así como en la generación de las cosas se detecta un orden que va de lo imperfec- to a la perfecto, la materia se ordena a la forma, y la forma inferior a la superior, así también sucede en el uso de las cosas naturales, en el que las imperfectas están

al servicio de las perfectas: las plantas viven de la tierra; los animales, de las plantas; los hombres, de las plantas y ani- males. De donde se deduce que este do- minio de los animales es natural al hom- bre. Por eso dijo el Filósofo en I Poli- tic.




3, que la caza de animales salvajes es justa y natural, pues por ella el hombre reivindica lo que por naturaleza es suyo.


2) El segundo, el orden de la divina Providencia, que gobierna lo inferior por lo superior. Como el hombre ha sido creado a imagen de Dios, está por encima de los restantes animales, que le están sometidos.


3) El tercero, algo que es natural al hombre y a los animales. En éstos se ad- vierte, por una estimación que les es na- tural, una cierta participación de la pru- dencia en hechos concretos; mientras que en el hombre se encuentra la pru- dencia universal, razón de toda acción. Por otra parte, todo lo que es por parti- cipación está por debajo de lo que es esencial y universal. Por todo esto, el sometimiento de los animales al hombre es natural.


Respuesta a las objeciones: 1. A la


primera hay que decir: Sobre una misma cosa, la potestad superior tiene mayor dominio que la inferior. El ángel es na- turalmente superior al hombre. Por eso, sobre los animales, por virtud angélica, se pueden producir efectos que no puede hacer el hombre. Ejemplo: La reunión inmediata de los animales dispersos.


2.


A la segunda hay que decir: Algu-

nos

4


sostienen que los animales salvajes y carnívoros, en el estado de inocencia, eran mansos con el hombre y con los otros animales. Pero esto se opone a la razón, porque el pecado no cambió la naturaleza de los animales haciendo que los que ahora son carnívoros, como los leones y halcones, hasta entonces fueran herbívoros. La Glosa


5


de Beda a Gén 1,30 no dice que la hierba y los troncos fueron dados como alimento a todos los animales y aves, sino sólo a algunos. Por

lo tanto, había discordia entre los anima- les. Pero esto no limitaba el dominio del hombre, como tampoco limita ahora el dominio de Dios, cuya Providencia diri- ge todo esto. De esta providencia el hombre era el ejecutor, como ahora su- cede con algunos animales domésticos, como los halcones, a los que alimenta de gallinas.




3.


A la tercera hay que decir: En el es- tado de inocencia, los hombres no nece- sitaban animales para cubrir las necesida-

des corporales; ni para sus vestidos,

pues estaban desnudos y no se avergon- zaban, porque en ellos no había ningún movimiento desordenado de la concu- piscencia; ni para alimento, pues comían

de los árboles del paraíso; ni como ve- hículo, pues su cuerpo era robusto. Sin embargo, los necesitaban para un cono- cimiento experimental tomado de su comportamiento natural. Lo prueba el hecho que Dios le presentó a Adán los animales para que les diera nombre, que designa su naturaleza.




4.


A la cuarta hay que decir: También los animales tienen en su natural instinto una cierta participación de prudencia y razón. Ejemplo: Las grullas siguen a su guía y las abejas obedecen a su reina.

Así obedecerían al hombre todos los




3. ARISTÓTELES, c.3 n.8 (BK 1256b24): S. Th. lect.6.


4. Cf. ALEJANDRO DE HALES, Summa Theol. 1-2 n.522 (QR 11,781); PEDRO LOMBARDO, Sent. l.2 d.15 c.3 (QR 1,374); S. BUE- NAVENTURA, In Sent. l.2 d.15 a.2 q.1 (QR 11,383).


5. Glossa ordin. a Gén. 1,30 (I.28F);

BEDA, In Pentat. ML 91,202.

852


Tratado del hombre




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