Santo tomas de aquino


Respuesta a las objeciones



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Respuesta a las objeciones: 1. A la

primera hay que decir: Parece que algunos intentan solucionar el problema diciendo

que aquellas aguas, aun cuando por na- turaleza sean pesadas, sin embargo, el poder divino las mantiene sobre los cie-

los. Pero esta opinión la rechaza Agustín

en II Super Gen. ad litt.25 diciendo: Aho-



ra conviene investigar el estado en el que ins- tituyó Dios la naturaleza de las cosas, no lo que quiso hacer con ellas por el milagro de su poder.


Por eso, y en otra dimensión, la solu- ción se encuentra partiendo de lo dicho (sol.) y siguiendo las dos últimas opinio- nes sobre el agua y el firmamento. Se- gún la primera opinión, es necesario es- tablecer un orden en los elementos dis- tinto al dado por Aristóteles


26, para que algunas aguas espesas estén alrededor de la tierra y otras ligeras alrededor del cie- lo, a fin de que, de este modo, unas se relacionen con la tierra y otras con el


cielo. O que por agua se entienda, como se dijo (sol.), la materia de los cuerpos.


2.


A la segunda hay que decir: Aquí también la solución se encuentra partien-

do de lo dicho (sol.) y siguiendo las dos

últimas opiniones. Según la primera, Ba- silio


27


da una respuesta doble. Una: No es necesario que todo lo que en la con- cavidad de una esfera es redondo lo sea también en la convexidad. Dos: Las aguas que hay encima de los cielos no son líquidas, sino que están fijas alrede- dor del cielo como si fuesen hielo. Por eso algunos


28

lo llaman cielo cristalino.


3.




A la tercera hay que decir: Siguien- do la tercera opinión, las aguas están so- bre el firmamento vaporizadas, siendo elevadas para provocar las lluvias. Si- guiendo la segunda opinión, las aguas están sobre el firmamento, entendiendo

por firmamento el cielo totalmente diá- fano y sin estrellas. Algunos




29


lo llaman el primer móvil que hace girar todo el cielo con movimiento diurno, para que

con dicho movimiento se siga realizando la generación. Como el cielo en el que están las estrellas, por el movimiento zo- diacal realiza la diversidad de generación

y de corrupción, mediante acceso o rece- so


f

y por las diversas influencias de las estrellas.


Según la primera opinión, y como dice Basilio




30, las aguas están allí para mantener el calor de los cuerpos celes- tes. Algunos tomaron como signo de esto, dice Agustín


31, el que la estrella Saturno, por la cercanía de las aguas de allá arriba, sea gélidag.


25. C.1: ML 34,263.

26. ARISTÓTELES, De Caelo 2, c.4 n.9 (BK 287a32): S. Th. lect.6


n.5.

27. In Hexaëm. hom.3: MG 29,60.

28. Cf. infra a.4.




29. Cf. ALBERTO MAGNO, In Sent. 1.2 d.14 a.2 (BO 27,260); d.15 a.3 (BO 27,275); In Metaphys. l.11 tr.2 c.24 (BO 6,650).


30. In Hexaëm. hom.3: MG 29,69.

31. De Gen. ad litt. l.2 c.5: ML


34,266.

32. ARISTÓTELES, Top. 1, c.5 n.4 (BK 103a19).


d. Esta idea responde a que los cuatro elementos del mundo sublunar (tierra, aire, agua y fuego) estaban distribuidos en conjunto concéntricamente en el interior del orbe de la luna.


e. La expresión por debajo de la concavidad del orbe de la luna se refiere a la concavidad de la esfera en la que está fijo el cuerpo lunar; no tendría sentido si designase lo que nosotros llama-

mos hoy el globo lunar, porque la cara de la luna que nosotros vemos tiene forma convexa

y no cóncava.


f. Sobre la causalidad del mundo astral en los procesos de generación y corrupción del mundo sublunar, Sto. Tomás distingue, por una parte, la continuidad de la generación, y por otra, la diversidad; la continuidad está causada por el movimiento del cielo de las estrellas fijas, la diversidad por el movimiento de los siete cielos de los planetas o movimiento zodiacal.


g. Esta idea la repite Sto. Tomás otras dos veces: In Sent. 2 d.14 q.1 a.1 ad 3 y De pot. q.4 a.1 ad 5; Idea, dice TH. LlTT, o.c., p.222, que pudiera proceder de Ptolomeo.



C.68 a.3


Sobre el segundo día

639



ARTICULO 3


El firmamento, ¿separa o no separa unas aguas de otras?


Objeciones por las que parece que el firmamento no separa unas aguas de otras:

1. A cada cuerpo según su especie le corresponde un lugar natural. Pero, como dice el Filósofo




32, todas las aguas son de la misma especie. Por lo tanto, no hay que separar por el lugar unas aguas de otras.


2. Más aún. Si se dice que las aguas que están sobre el firmamento son de distinta especie de las que están debajo, se replica: las que son diversas en la es- pecie no necesitan algo más que las dis- tinga. Por lo tanto, si las aguas de arriba

y las de abajo son de distinta especie, el firmamento no las distingue entre sí.




3. Todavía más. Lo que separa unas aguas de otras por cada parte está en contacto con las aguas, como una pared levantada en medio de un río. Es evi- dente que las aguas de aquí abajo no lle- gan hasta el firmamento. Por lo tanto, el firmamento no separa unas aguas de otras.


En cambio está lo que dice en Gén 1,6: Hágase el firmamento en medio de las aguas y que las separe unas de otras.


Solución. Hay que decir: Es posible que alguien, interpretando superficial- mente el texto del Génesis, no concibie- ra más que simples fantasías acordes con la opinión de alguno de los antiguos fi- lósofos. Pues algunos


33


sostuvieron que el agua era un cuerpo infinito, principio de todos los cuerpos. Tal inmensidad puede entenderse por la palabra abismo, cuando se dice: Las tinieblas cubrían el abismo. También sostenían que este cielo sensible que vemos, no ampara debajo de él a todos los seres corporales, sino que por encima de él hay un cuerpo infi- nito de aguas. Así alguien podría decir que el firmamento del cielo separa las aguas exteriores de las interiores, es de- cir, de todos los seres corporales que es- tán debajo del cielo y cuyo principio de- cían que era el agua. Pero porque esta


postura, y por sólidas razones, es falsa, no hay que decir que éste sea el sentir de la Escritura. Pero hay que tener pre- sente que Moisés hablaba a un rudo pueblo, y poniéndose al nivel de su sim- plismo, sólo les propuso aquellas cosas que resultaban evidentes a primera vista. De esta manera, todos, por muy torpes que fueran, podían deducir que la tierra y el agua eran cuerpos. No obstante, que el aire sea un cuerpo ya no resultaba tan claro para todos, máxime si se tiene en cuenta que también algunos filóso- fos


34


dijeron que el aire era nada, y lla- maban vacío a lo lleno de aire. De este modo, Moisés menciona expresamente el agua y la tierra, pero no así el aire, a fin

de no presentar algo desconocido a aquel rudo pueblo. Sin embargo, para que a los más capacitados les quedara la verdad, les da pie para entender el aire, indicándolo como algo anexo a las aguas, cuando dice: Las tinieblas cubrían el abismo. Con lo cual se da a entender la existencia, sobre las aguas, de un cuerpo diáfano que es el sujeto de la luz y de las tinieblas.




Así, pues, tanto si entendemos por firmamento el cielo en el que están las estrellas, como el espacio aéreo nubilo- so, convenientemente se dice que el fir- mamento separa unas aguas de otras, siempre que por agua se indique la ma- teria informe o bien todos los cuerpos transparentes. Pues el cielo sideral separa los cuerpos transparentes de abajo de los de arriba. El aire nubiloso separa la par- te superior del aire en la que se forman las lluvias y fenómenos similares, de la parte inferior, contigua al agua, y cono- cida con el nombre de aguas.


Respuesta a las objeciones: 1. A la primera hay que decir: Si por firmamento


se entiende el cielo sideral, las aguas de arriba no son de la misma especie que las de abajo. Si por firmamento se en- tiende el aire nubiloso, entonces ambas aguas son de la misma especie. Y enton- ces se asignan dos lugares para las aguas, pero no por la misma razón. El lugar más alto es el de la generación de las aguas. El lugar más bajo, el de su asentamiento.


33. En concreto Tales, cf. ARISTÓTELES, Metaphys. 1 c.3 n.4 (BK 983b20); S. AGUSTÍN, De Civ. Dei l.8 c.2: ML 41,225.


34. Más que una opinión de filósofos, se trata de una opinión generalizada sin fundamento científico; cf. ARISTÓTELES, Phys. 4 c.6 n.2 (BK 213a27): S. Th. lect.9 n.4.



640


Tratado de la creación corpórea


C.68 a.4

2.




A la segunda hay que decir: Si se ad- miten diversas aguas según la especie, se

dice que el firmamento separa unas

aguas de otras, pero no como causa de

tal división, sino como límite de ambas aguas.




3.


A la tercera hay que decir: Moisés, debido a que el aire y otros cuerpos se- mejantes eran invisibles, los incluyó to-

dos en el nombre de aguas. Resultando evidente, de este modo, que en cualquier parte del firmamento, se entienda como

se entienda, hay aguas.


ARTICULO 4


¿Hay o no hay un solo cielo?h


In Sent: l.2 d.14 a.4; In 2 Cor. c.12 lect.1; In Io. c.6 lect.4.


Objeciones por las que parece que hay un solo cielo:


1. El cielo se contrapone a la tierra, cuando se dice: En el principio creó Dios el cielo y la tierra. Pero sólo hay una tierra. Luego sólo hay un cielo.


2. Más aún. Todo lo que consta de toda su materia, es uno solo. Pero, como demuestra el Filósofo en el I De Caelo


35, el cielo es así. Luego sólo hay un cielo.


3. Todavía más. Todo lo que se dice unívocamente de muchos, se dice de ellos sólo por una razón común. Pero si hay muchos cielos, cielo se dirá unívoca- mente de muchos, porque, si se dijera equívocamente, no se diría propiamente de muchos cielos. Por lo tanto, es nece- sario que, si se dice muchos cielos, haya alguna razón común por la cual son lla-


mados cielos. Pero esta razón no puede determinarse. Por lo tanto, no se ha de decir que hay muchos cielos.


En cambio, está lo que se dice en el Sal 148,4: Alabadle, cielos de los cielos.


Solución. Hay que decir: Sobre este problema parece que Basilio y el Crisós- tomo opinan de distinta manera. Pues el Crisóstomo


36


dice que sólo hay un cielo,

y que la expresión cielos de los cielos es una propiedad lingüística hebraica que

suele nombrar el cielo en plural, como también hay muchos nombres que en la-

tín carecen del singular. Basilio




37

y el

Damasceno


38, que le siguen, opinan que hay muchos cielos. Pero la diversidad de opiniones es más verbal que real, ya que

el Crisóstomo llama un cielo a todo el cuerpo que está sobre la tierra y el agua, pues también las aves, que vuelan por el aire, son llamadas por eso aves del cielo. Pero como en dicho cuerpo hay muchas distinciones, Basilio dijo que había mu- chos cielos.




Por lo tanto, para conocer la dis- tinción de los cielos, hay que tener pre- sente que cielo tiene en la Escritura una triple acepción. Pues, a veces, se dice propia y naturalmente. En este sentido se dice que el cielo es un cuerpo subli- me, luminoso en acto o en potencia e in- corruptible por naturaleza. Y según eso ponen tres cielos. El primero, totalmen- te luminoso y que llaman empíreo


39. El segundo, totalmente transparente y que llaman cielo acuoso o cristalino. El tercero en parte transparente y en parte lumino- soi en acto y que llaman cielo sideral. Está dividido en ocho esferas: La esfera


35. ARISTÓTELES, c.9 n.8 (BK 279a7): S. Th. lect.20 n.9.

36. In Genesim hom.4: MG


53,41.

37. In Hexaëm. hom.3: MG 29,56.

38. De Fide Orth. l.2 c.6: MG 94,880.


884.



39. Este nombre, al igual que los siguientes, los medievales los tomaron de Glossa ordin. a Gén 1,1 (1,23F); cf. BEDA, In Pentat. l.1 a Gén 1,1: ML 91,192. Sobre los distintos nombres y la disposición de los cielos, cf. ALEJANDRO DE HALES, Summa Theol. 1-2 n.266 (QR 2,327); ALBERTO MAGNO, In Sent. l.2 d.15 a.3 (BO 27,275); Summa De Creatur. p.1.a tr.3 q.10 (BO 34,415); S. BUENAVENTURA, In Sent. l.2 d.2 dub.2 (QR 2,85).


h. El procedimiento de este artículo es semejante al a.1 de la q.67; completará su exposi- ción sobre la obra del segundo día precisando los diversos sentidos que la palabra cielo puede tener en la escritura: en sentido propio se refiere a la realidad física, entendida de modo diverso por los distintos autores, y en sentido metafórico.


i. La diafanidad en el pensamiento de Sto. Tomás no indica primariamente la transparencia

de los cuerpos; señala, por el contrario, una cualidad (cf. q.67 a.3 nota c), aptitud (pasio o patibi-



lis qualitas) de los cuerpos para ser penetrados por la luz (cf. Cont. Gentes, 2,19). La luminosidad es cualidad activa, se dice de algo que contiene en sí mismo luz (cf. Summa Theol. 1 q.43 a.7 ad 3; q.66 a.3 obj.3,4; ad 2; q.67 a.4 ad 3; q.68 aa.2,4). El cielo de los astros es lúcido en cuan- to a éstos y diáfano en cuanto a la materia que compone las distintas esferas portadoras de los



C.69a.1


Sobre la obra del tercer día

641

fija de las estrellas, y las siete esferas de los planetas. Se puede decir: Ocho cie-

los.



En segundo lugar, se llama cielo por participación de alguna propiedad del cuerpo celeste, esto es, la sublimidad o luminosidad en acto o en potencia. Así, para todo aquel espacio que va desde las aguas hasta la esfera lunar, el Damasce- no pone un cielo, llamándolo aéreo. Se- gún él, hay tres cielos: El aéreo, el side- ral y otro superior, que sería el mencio- nado por el Apóstol cuando dice (2 Cor 12,2) que fue raptado hasta el tercer cielo.


Pero, porque este espacio contiene dos elementos, el fuego y el aire, y en ambos se menciona una región superior y otra inferior, este cielo Rábano


40


lo di- vidió en cuatro, llamando a la región

más alta del fuego cielo ígneo, y a la más baja cielo olimpo, por la altura de un monte llamado Olimpo. A la región más

alta del aire la llamó cielo etéreo por su inflamación, y a la región más baja la llamó cielo aéreo. De este modo, estos cuatro cielos, unidos a los otros tres, ha-

cen que en el universo haya, según Rá- bano, siete cielos.




En tercer lugar se dice cielo en sentido metafórico. Así, a veces la misma Santa Trinidad es llamada cielo por su subli-


midad y luz espiritual. De este cielo se dice que habla el diablo cuando dijo (Is 14,13): Subiré al cielo, esto es, a la igual- dad con Dios. A veces, y por su emi- nencia, son llamados cielos los bienes es- pirituales en los que está el premio de los santos. Como cuando se dice (Mt 5,12; Lc 6,23): Vuestra recompensa es gran- de en los cielos, como explica Agustín41. A veces, los tres géneros de visiones sobre- naturales: La corporal, la imaginaria y la intelectual, son llamados tres cielos. De ellos habla Agustín


42

al comentar que Pablo fue raptado hasta el tercer cielo.




Respuesta a las objeciones: 1. A la primera hay que decir: La tierra está rela-


cionada con el cielo como el centro a la circunferencia. Alrededor de un centro puede haber muchas circunferencias. Por eso, habiendo una tierra, se colocan mu- chos cielos.


2.


A la segunda hay que decir: Aquel argumento es viable si se entiende por cielo aquello que incluye la totalidad de

las criaturas corporales. Pues, de ser así,

sólo hay un cielo.


3. A la tercera hay que decir: Como resulta claro por lo expuesto (sol.), en todos los cielos se encuentra comúnmen-

te la sublimidad y alguna luminosidad.




CUESTIÓN


69


Sobre la obra del tercer día


Ahora hay que tratar lo referente a la obra del tercer día. Esta cuestión plantea y exige respuesta a dos problemas:


1. La acumulación de aguas.-2. La producción de plantas.


ARTICULO 1


¿Es o no es correcto decir que la acumulación de aguas fue hecha en


el tercer día?


In Sent. l.2 d.14 a.5; De Pot. q.4 a.1 ad 17-20.


Objeciones por las que parece que

no es correcto decir que la acumulación de aguas fue hecha el tercer día:




1. Todo lo hecho en los días prime- ro y segundo es expresado con el verbo hacer. Se dice: Dijo Dios: Hágase la luz (Gén


1,3); Hágase el firmamento (Gén 1,6). Pero el tercer día constituye un

solo bloque con los dos primeros. Por




40. BEDA, In Pentat. a Gén 1,1: ML 91,192.


41. De Serm. Dom. l.1 c.5: ML 34,1237. 42. De Gen. ad litt. l.12 c.28: ML 34,478; c.29: ML 34,479.


astros. El cielo acuoso o cristalino (cf. a.1 nota c), totalmente diáfano; el cielo empíreo, total- mente luminoso, «como todas las criaturas corporales esperan serlo después de la resurrección»


(cf. q.66 a.3).

642


Tratado de la creación corpórea


C.69 a.1


lo tanto, la obra del tercer día debió ser expresada con el verbo hacer y no sólo con el verbo acumular


a.

2. Más aún. Antes la tierra estaba


cubierta de aguas y por eso era llamada invisible. Por lo tanto, no había ningún lugar sobre la tierra en el que las aguas pudieran ser acumuladas


b.

3. Todavía más. Lo que no es conti-




nuo no ocupa un solo lugar. Pero no to- das las aguas son continuas entre sí. Luego no todas las aguas están acumula- das en un lugar.


4. Y también. La acumulación se debe al movimiento local. Pero parece que, por naturaleza, las aguas fluyen y corren hasta el mar. Por lo tanto, no fue necesario para esto un precepto divino.


5. Por último. La tierra también es nombrada al comienzo de su creación cuando se dice: En el principio creó Dios el cielo y la tierra (Gén 1,1). Por lo tanto, no es correcto decir que el nombre tierra se

dio en el tercer día.




En cambio es suficiente la autoridad de la Sagrada Escritura (Gén 1,9ss.).


Solución. Hay que decir: Es necesario que aquí se den soluciones distintas se- gún se siga a Agustín o a otros santos


1. Pues Agustín no pone en todas estas obras un orden de duración, sino sólo de origen y de naturaleza. Pues dice


2


que primero fue creada la naturaleza es- piritual informe (indicada con el nombre tierra y agua), no porque dicho estado informe precediera a la formación en el tiempo, sino sólo en el origen. Según él, tampoco una formación precede a la otra en duración, sino sólo en el orden de la naturaleza. Según este orden, fue necesario que primero se pusiera la for- mación de la suprema naturaleza, la espi- ritual, por lo cual se lee que en el primer día fue hecha la luz.


Así como la naturaleza espiritual es superior a la corporal, así también los cuerpos de allá arriba son superiores a los de aquí abajo. De ahí que, en segun-


do lugar, se apunte la formación de los cuerpos de allá arriba, cuando se dice: Hágase el firmamento (Gén 1,9), por el cual se entiende la impresión de la forma celeste en la materia informe, no exis-

tente con anterioridad temporal, sino

sólo en el origen. En tercer lugar, se co- loca la impresión de las formas elemen- tales en la materia informe, anterior no

en el tiempo, sino en el origen. Por eso, cuando se dice: Acumúlense las aguas y que



se vea lo seco (Gén 1,9), hay que entender que en la impresión de la materia corpo-

ral está la forma sustancial del agua, por

la cual le corresponde tal movimiento, y también la forma sustancial de la tierra,

por la que le corresponde ser árida.




Pero, según otros santos, en todas es- tas obras está presente también el orden de duración, pues sostienen que el esta- do informe de la materia precede en el tiempo a la formación, y una formación precede a la otra. Pero, según ellos, el estado informe de la materia no es en- tendido como carencia de forma, porque ya había cielo y agua y tierra (cuyos tres nombres responden a su evidente per- ceptibilidad por los sentidos), sino que el estado informe de la materia es enten- dido como carencia de la debida diversi- ficación y de la completa belleza de cada una. Y según estos tres nombres, la Es- critura puso tres estados informes. Pues al cielo, que está arriba, pertenece el es- tado informe de las tinieblas, porque en el cielo se origina la luz. El estado infor- me del agua, que está en medio, se indi- ca con el nombre de abismo, porque este nombre indica una cierta inmensidad descontrolada de las aguas, como obser- va Agustín en Contra Faustum


3. El esta- do informe de la tierra está apuntado cuando se dice que la tierra era invisible o estaba deshabitada, por estar cubierta de agua.


Así, pues, la formación del cuerpo de más arriba se hizo en el primer día. Y porque el tiempo sigue al movimiento del cielo, el tiempo es el número del


1. Cf. Supra q.66 a.1. 2. De Gen. ad litt. l.1 c.1: ML 34,247; l.5 c.5: ML 34,325. 3. L.22 c.11: ML 42,405.


a. Es S. Agustín quien se planteó originariamente esta dificultad en De Gen. ad litt. 2 c.11: ML 34,237; cf. el ad 1.


b. Objeción de los maniqueos recogida por S. Agustín en De Gen. cont. Manich. 1,12: ML 34,181. Cf. el ad 2.



C.69 a.1


Sobre la obra del tercer día

643



movimiento del cuerpo de más arriba. Con esta formación fue hecha la diversi- ficación del tiempo, es decir, el de la no-


che y el del día.


En el segundo día fue formado el cuerpo de en medio, es decir, el agua, tomando por el firmamento una deter- minada diversificación y orden (así como también todo lo que está comprendido en el nombre de aguas, tal como se dijo anteriormente, q.68 a.3).


En el tercer día fue formado el último cuerpo, es decir, la tierra, al quedar libre de las aguas que la cubrían. Así se hizo la diversificación en la parte más baja y que es llamada tierra y mar.


Por eso, es bastante congruente que,

así como el estado informe de la tierra había sido expresado diciendo que la tie- rra era invisible o deshabitada, así también está expresada su formación diciendo: Y apareció seca.






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