Santo tomas de aquino


Respuesta a las objeciones



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Respuesta a las objeciones: 1. A la primera hay que decir: Agustín aquí sigue


la opinión de Platón que no admitía un quinto elemento


23. O también hay que decir: La materia informe es una con unidad de orden, como todos los cuer- pos son uno en el orden de la criatura corpórea.


2.


A la segunda hay que decir: Si el gé- nero se considera en sentido físico, los

seres corruptibles y los incorruptibles no

están en el mismo género debido al di- verso modo de la potencia que se da en ellos, tal como se dice en X Metaphys.24

Por otra parte, considerándolo lógica- mente, uno es el género de todos los cuerpos, debido a la única razón de cor- poreidad




i.

3.




A la tercera hay que decir: La forma


de la corporeidad no es una en todos los cuerpos, debido a que no es distinta de las formas por las que los cuerpos se distinguen, tal como ya se dijo (sol.).


4.


A la cuarta hay que decir: Como la potencia tiende al acto, el ser en poten- cia se diversifica por el hecho mismo de

estar ordenado a un acto diverso, como

la vista al color y el oído al sonido. De ahí que, por lo mismo, la materia del cuerpo celeste sea distinta de la materia del elemento; es decir, porque no está en potencia hacia la forma del elemento.


ARTICULO


3


El cielo empíreo, ¿fue o no fue creado junto con la materia informe?


j


In Sent.l.2d.11q.2 a.1-3.


Objeciones por las que parece que el cielo empíreo no fue creado junto con la materia informe:


1. El cielo empíreo, si es algo, es necesario que sea cuerpo sensible. Todo cuerpo sensible es movible. No obstan- te, el cielo empíreo no es movible; por- que su movimiento debería percibirse por el movimiento de algún cuerpo visi- ble; lo cual no se da. Por lo tanto, el cie- lo empíreo no es algo creado juntamente con la materia informe.


2. Más aún. Dice Agustín en el III

22. ARISTÓTELES, Metaphys. 11 c.2 n.4 (BK 1069b26): S. Th. l.12 lect.2 n.2437.




23. Ori- ginal latino: non ponentis quintam essentiam. La traducción literal sería: que no establece la quintaesen- cia. La Real Academia admite el término quintaesencia y quintaesenciar, con el sentido de refina-

miento, extracto de algo (y sus acciones verbales). No creemos que traduzca el sentido original propio del latín medieval académico. (N. del T.)




24. ARISTÓTELES, 9 c.10 n.1 (BK

1058b28): S. Th. 1.10 lect.12 n.2136.




y, finalmente, impide que los seres corporales puedan ser inteligibles en acto: debido a la mate-

ria son sensibles en acto, pero inteligibles en potencia, y no pueden ser entendidos por el hom-

bre más que por la intervención del entendimiento agente que ilumina los fantasmas (cf. Summa

Theol. 1 q.54 a.4; q.79 a.3; Cont. Gentes 2,77; De spirit. creat. a.9; Q. de anima a.4; Compend. theol. c.83). Cf. sobre este particular, TH. LITT, Les corps célestes dans l'univers de Saint Thomas d'Aquin


p.57.


i. Hay predicados genéricos que son unívocos desde la perspectiva de la lógica, y equívo- cos para los físicos y metafísicos: es el caso del género cuerpo cuando se predica de los cuerpos celestes y de los cuerpos inferiores. Es unívoco para la lógica, que los considera a ambos bajo la formalidad de ser sensibles y extensos; pero en la física y metafísica el predicado cuerpo es equívoco, porque se requeriría para la univocidad la unidad de materia en ambos y la posibili-

dad de generación y corrupción mutua (cf. In Boet. de Trin. 1 q.2 a.2; In Metaphys. 5 lect.22 n.1125-1127).




j. El cielo empíreo tiene a su favor sólo razones de orden teológico o exegéticas. Venía concebido como una cubierta material superpuesta y rodeando a todo el resto de sistemas de esferas.



C.66 a.3


Relación creación-diversificación

625



De Trin.


25: Los cuerpos de aquí abajo están regidos, en un cierto orden, por los de allí arriba. Por lo tanto, si el cielo empíreo

es el cuerpo de más arriba, es necesario que tenga alguna influencia sobre estos

de aquí abajo. Pero esto no parece ser así; de modo especial si se establece que

es inmóvil, pues ningún cuerpo se mue- ve si no es movido. Por lo tanto, el cie-

lo empíreo no ha sido creado juntamen-

te con la materia informe.




3. Todavía más. Si se dice

26


que el cielo empíreo es lugar de contemplación

no destinado a efectos naturales, hay que replicar: Agustín dice en IV De Trin.27: Nosotros, en cuanto que captamos algo eterno con la mente, no estamos en este mundo. Por lo cual, queda patente que la contempla- ción eleva la mente sobre lo corporal.

Por lo tanto, para la contemplación no

es pensable un lugar corpóreo.




4.


Por último. Entre los cuerpos ce- lestes se encuentra algún cuerpo en parte transparente y en parte luminoso: el cielo sideral. Se encuentra también algún cuer- po totalmente transparente, que algu- nos


28


llaman cielo acuoso o cristalino. Por lo tanto, si hay algún otro cielo más arriba, es necesario que sea totalmente luminoso. Pero esto no puede ser; por- que, de ser así, el aire continuamente es-

taría iluminado, y nunca sería de noche. Por lo tanto, el cielo empíreo no ha sido creado juntamente con la materia in- forme.




En cambio está lo que Estrabón

30


dice comentando aquello de: En el princi- pio creó Dios el cielo y la tierra, a saber:


Cielo no significa el firmamento visible, sino el empíreo, esto es, ígneo.


Solución. Hay que decir: El cielo em- píreo no se encuentra establecido más que por las autoridades de Estrabón


k

y


de Beda, y también por la de Basiliol.( Y al establecerlo coinciden en algo, y es en que se trata del lugar de los bienaventu- rados. Pues dice Estrabón


30, y también

Beda



31, que nada más acabado de hacer fue llenado de ángeles. También Basilio en el II Hexaem.


32


dice: Así como los condenados son arrojados a las más oscuras tinieblas, así también el premio para las que resplandecie- ron por sus obras se encuentra en aquella luz que está fuera del mundo, donde los bienaven- turados disfrutan en paz de su morada.


Sin embargo, hay diferencia entre ellos en cuanto a la razón de establecer el cielo empíreo. Pues Estrabón y Beda ponen el cielo empíreo porque el firma- mento por el que entienden el cielo side- ral, no fue creado en el principio, sino al segundo día. Basilio, por su parte, lo si- túa para que no parezca que Dios, sin más, empezó su obra creadora con las ti- nieblas, por lo cual los maniqueos blas- feman llamando al Dios del Antiguo Testamento dios de las tinieblas.


Pero estas razones no son de mucho peso. Pues la cuestión sobre el firma- mento, del que se lee que fue hecho el segundo día, ha sido resuelta de otra manera por Agustín y otros Santos. Y la cuestión sobre las tinieblas se resuelve, según Agustín


33, diciendo que el estado informe (indicado con las tinieblas) no precedió a la formación en la duración, sino en el origen. Según otros


34, como las tinieblas no son criaturas, sino priva- ción de luz, evidencia la sabiduría divina que las produjo de la nada, primero en un estado imperfecto y, después, lleván- dolas al perfecto.


De modo más apropiado puede to- marse la razón de todo esto a partir de la misma condición de gloria. Pues en el premio futuro se espera una doble glo- ria: la espiritual y la corporal, y no sólo


25. C.4: ML 42,873.

26. Cf. ALBERTO MAGNO, In Sent. l.2 d.2 a.5 (BO 27,54).


27. C.20: ML 42,907.


28. Cf. infra q.68 a.2.4.


29. Cf. Glossa ordin. a Gén. 1,1 (1,23F).


30. Ib. l.c. nota 29.


31. Hexaëm. l.1 a Gén. 1,6: ML 91,18.


32. MG 29,41.


33. Cf.



Contra Adv. Legis et Proph. l.1 c.8: ML 42,609.

34. Cf. BEDA, l.c. nota 31.




k. Se refiere a Walfrido Estrabón, monje benedictino muerto en el 849. Cf. su obra Glossa ordinaria: ML 113,69.


l. S. Basilio, habla en general de un infierno tenebroso y de un cielo luminoso, sin estable- cer ninguna distinción entre un cielo empíreo y los otros cielos, y sin usar la palabra empíreo. En su homilía primera In Hexaëmeron (MG 29,13) se encuentra la idea de un cielo anterior al origen del mundo, mientras que el firmamento o cielo de estrellas fue creado el segundo día. Tampoco en este texto se usa la palabra empíreo.



626


Tratado de la creación corpórea


C.66 a.3


para los cuerpos humanos que serán glo- rificados, sino para la misma renovación de todo el mundo. La gloria espiritual empezó desde el mismo principio del mundo con la bienaventuranza de los ángeles, cuya igualdad ha sido prometida a los santos (Lc 20,36). Por eso, también fue conveniente que, desde el principio;

la gloria corporal empezara en algún cuerpo; que también desde el principio no estuviera sometido a la corrupción y a la mutabilidad, y que fuera totalmente luminoso. Tal como se espera para toda criatura corporal después de la resurrec- ción. Por eso, aquel cielo es llamado em- píreo, esto es, ígneo, y no por el ardor, sino por el esplendor.




Hay que tener presente que Agustín, en el X De Civ. Dei

35m




, dice que Porfirio distinguía los ángeles de los demonios, atribu-


yendo a los demonios los lugares aéreos, y a los ángeles los etéreos o empíreos. Pero Porfirio, como platónico que era, estimaba que el

cielo sideral era ígneo; y por eso lo lla-

maba empíreo o etéreo, en cuanto que

éter significa llamarada, y no en cuanto

que significa velocidad del movimiento,

como dice Aristóteles


36. Dejamos cons- tancia de todo esto para que no se pien- se que Agustín hablaba del cielo empí- reo en el sentido del que hablan ahora los modernos


37.

Respuesta a las objeciones: 1. A la


primera hay que decir: Los cuerpos sensi- bles son móviles por el mismo estado del mundo, porque por el movimiento

de la criatura corporal se multiplican los elegidos. Pero en la definitiva consuma- ción de la gloria acabará el movimiento de los cuerpos. Así convino que fuese desde el principio la disposición del cie- lo empíreo.




2.


A la segunda hay que decir: Es bas-

tante probable que, según algunos




38, el cielo empíreo, destinado para ser estado de gloria, no influyera en los cuerpos de aquí abajo, que están bajo otro orden, como es el hecho de estar ordenados al desarrollo natural de las cosas. Sin em- bargo, mucho más probable parece, si se dice que, así como los ángeles mayores, asistentes, influyen sobre otros, envia- dos, aunque, como dice Dionisio


39, aquellos no son enviados; así también el cielo empíreo influye sobre los cuerpos que se mueven aunque aquél no se mue-

va. Por esto puede decirse que imprime en el primer cielo que se mueve no algo que por el movimiento se traslade y cambie, sino algo fijo y estable, como puede ser el poder conservar y causar, o algo parecido propio de su dignidad




n.

3.




A la tercera hay que decir: Para la contemplación se designa un lugar cor- póreo, no por necesidad, sino por con- gruencia, como la luminosidad exterior

le corresponde a la interior. Por eso dice Basilio




40: El que concede el espíritu, no po- día estar acurrucado en las tinieblas, sino que su morada más digna está en la luz y en la alegría.


4. A la cuarta hay que decir: Dice Ba- silio en II Hexaem.41: Nos consta que el

cielo fue hecho redondo y cerrado, espeso y re- sistente, capaz de separar lo de dentro y lo de


fuera. Por eso fue necesario que detrás de él quedara una región oscura, sin luz, a la que no llega su fulgor. Pero, porque el cuerpo del firmamento, aun cuando sea sólido

es, sin embargo, transparente que no obstaculiza la luz (cosa que resulta evi- dente por el hecho que nosotros pode-

mos ver la luz de las estrellas a pesar de

los cielos intermedios); puede decirse, en

otra dimensión, que el cielo empíreo tie-

ne luz no condensada, capaz de emitir




35. C.9: ML 41,287.


36. ARISTÓTELES, De Caelo, 1, c.3 n.6 (BK 270b20): S. Th. lect.7 n.7; Meteor. 1, c.3 n.4 (BK 339b21): S. Th. lect.3 n.5.


37. Referido a las opiniones de Es-

TRABÓN y de BEDA que acaba de exponer.


38. Cf. ALBERTO MAGNO, In Sent. l.2 d.2 a.5


(BO 27,54).


39. De Cael. Hier. c.13 § 3: MG 3,301.


40. In Hexaëm. hom.2: MG


29,41.

41. Ib.


m. Se cita aquí a S. Agustín no para apoyar la existencia del cielo empíreo, sino para mos- trar que esta palabra no tenía aún en S. Agustín el mismo sentido que se le daba en el s.XIII.


n. En este punto de la influencia del cielo empíreo en los cuerpos inferiores se da una evo- lución en el pensamiento de Sto. Tomás: en In Sent. 2 d.2 q.2 a.3 se pronuncia por la no in- fluencia del cielo empíreo sobre los cuerpos inferiores. En este artículo de la Suma y en Quodl. 6 q.11 a.1 se inclina por algún tipo de influencia. Curioso notar que en el Quodlibeto 6 él mismo declara haber pensado de otra forma en otro momento: Hoc mihi aliquando visum est.



C.66 a.4


Relación creación-diversificación

627



rayos, como el sol, pero de forma más sutil. O que tiene el resplandor de la gloria, que no guarda parecido con la claridad natural.


ARTICULO 4


El tiempo, ¿fue o no fue creado juntamente con la materia informe?


o


In Sent. l.2 d.12 a.5.


Objeciones por las que parece que el tiempo no fue creado juntamente con la materia informe:


1. Hablándole a Dios, dice Agustín

en XII Confess.42: Observo que hiciste dos cosas no sometidas al tiempo; se refiere a la materia prima corporal y a la naturaleza angélica. Por lo tanto, el tiempo no fue creado juntamente con la materia infor-




me.


2. Más aún. El tiempo está dividido

en día y noche. Pero en el principio no había ni día ni noche; los hubo después, cuando Dios separó la luz de las tinieblas. Por lo tanto, en el principio no había tiempo.




3. Todavía más. El tiempo es el nú- mero del movimiento del firmamento; que fue hecho, tal como se lee, el segun- do día. Por lo tanto, en el principio no había tiempo.


4. Y también. El movimiento es an- terior al tiempo. Así, pues, entre las co- sas creadas se debería contar con mayor motivo antes el movimiento que el tiem-


po.


5. Por último. Así como el tiempo es una medida extrínseca, así también lo es el lugar. Por lo tanto, no hay mayor


motivo para contar entre las cosas crea- das antes el tiempo que el lugar.


En cambio está lo que dice Agustín en Super Gen. ad litt.


43: La criatura espi- ritual y la corporal fueron creadas al


principio del tiempo.


Solución al problema. 1. Hay que decir: Generalmente se dice

44


que fueron cuatro las primeras cosas creadas: la na- turaleza angélica, el cielo empíreo, la materia corporal informe y el tiempo.

Pero hay que tener presente que esto no responde a la opinión de Agustín. Pues Agustín




45


dice que dos fueron las prime- ras cosas creadas: la naturaleza angélica y la materia corporal; no menciona para nada el cielo empíreo. Además, estas dos, la naturaleza angélica y la materia informe, preceden a la formación no en duración, sino en naturaleza


p. Y de la misma manera que en naturaleza prece- den a la formación, también al movi- miento y al tiempo. Por eso el tiempo no puede ser enumerado juntamente con aquellas dos.


Aquella enumeración es viable según la opinión de otros Santos46, los cuales establecen que el estado informe de la materia precede en la duración a la for- mación; y entonces, resulta necesario que en aquella duración se ponga algún tiempo, puesto que no podría tomarse la medida de dicha duración.


Respuesta a las objeciones: 1. A la primera hay que decir: Esto lo dice Agus-


tín por el hecho de que la naturaleza an- gélica y la materia informe preceden al tiempo en el origen o naturaleza.


42. C.12: ML 32,831.

43. L.1 c.1: ML 34,247.


44. Cf. ALBERTO MAGNO, Summa de




Creatur. p.1.a (BO 39,307).

45. Confess. l.12 c.12: ML 32,831.


46. Cf. supra a.1.




o. La razón de este artículo ya está indicada en la nota a de esta cuestión. Ayudará a com- prender mejor este artículo la lectura del art.3 de la cuestión 46 de la primera parte de la Suma:

en ese artículo se reseñan tres interpretaciones del en el principio, que quieren salir al paso de otros tantos errores sobre la creación. La última de las interpretaciones reseñadas dice así: «otros dijeron que las cosas corpóreas fueron creadas por Dios por mediación de las criaturas espirituales; y contra este error se expone el texto En el principio creó Dios el cielo y la tierra, en

el sentido de que las creó todas antes de que existiese nada. Cuatro cosas se supone que fueron creadas simultáneamente: el cielo empíreo, la materia corporal, significada por la tierra, el tiem-

po y la naturaleza angélica». Afirmar la creación del tiempo de este modo, significa poner de manifiesto la temporalidad inherente a todo lo creado.




p. Se da la recta explicación del pensamiento de S. Agustín, precisando que entre la crea- ción de los ángeles y la materia informe, por una parte, y la formación no hay una duración temporal, sino de naturaleza.

628



Tratado de la creación corpórea


C.67


2.


A la segunda hay que decir: Así como, según algunos santos, en cierto modo la materia era informe y después

fue formada, así también el tiempo en cierto modo fue informe y después for- mado y distinguido entre día y noche.




3.


A la tercera hay que decir: Si el mo- vimiento del firmamento no empezó ya

desde el principio, entonces el tiempo

que precedió no era el número del mo- vimiento del firmamento, sino de cual-

quier movimiento primero. Pues sucede

que el tiempo es el número del movi-

miento del firmamento en cuanto que

este movimiento es el primero de los movimientos. Si hubiera otro movimien-

to anterior, su medida sería el tiempo,

porque todas las cosas se miden por lo primero de su género. Por lo tanto, hay

que decir necesariamente que ya al prin- cipio hubo algún movimiento, al menos

por lo que respecta a la sucesión concep-


tual y afectiva en la mente angélica


q. Además, el movimiento no se entiende

sin tiempo; pues el tiempo no es otra

cosa que el número de lo anterior y de lo posterior en el movimiento.


4. A la cuarta hay que decir: Entre las primeras cosas creadas se cuentan las que guardan relación general con las co- sas. De este modo, debió ser contado el tiempo, que tiene razón de medida gene- ral; pero no el movimiento, que está rela- cionado sólo con el sujeto móvil.


5.


A la quinta hay que decir: El lugar está comprendido en el cielo empíreo que lo abarca todo. Y porque el lugar pertenece a lo permanente, fue creado todo a un tiempo. Pero el tiempo, que

no es permanente, fue creado a su co- mienzo; del mismo modo que, al hablar del tiempo, nada puede ser tenido en acto más que el ahorar.




Siguiendo el plan trazado, hay que adentrarse ahora en el estudio sobre la obra de diversificación en cuanto tal. En primer lugar, lo referente al pri- mer día; después, lo referente al segundo día; por último, lo referente al ter- cer día. La cuestión sobre lo referente al primer día plantea y exige respues-

ta a cuatro problemas:




1. ¿Puede o no puede aplicarse propiamente la luz a los seres espiritua- les?-2. La luz corporal, ¿es o no es cuerpo?-3. ¿Y cualidad?-4. ¿Fue o

no fue conveniente que la luz fuera hecha en el primer día?




q. El tiempo es la medida del movimiento; pero el movimiento se entiende también en un sentido muy general, como paso de la potencia al acto. Esto se da en los ángeles en el mismo instante de su creación: «es indudable que la creación es instantánea y que en los ángeles lo es también el movimiento del libre albedrío, ya que no necesitan ningún raciocinio, según hemos dicho (q.58 a.3). Por consiguiente, nada se opone a que un mismo instante sea a la vez el tér- mino de la creación y el del movimiento» (Summa Theol. 1 q.63 a.3). Otro texto esclarece tam- bién el pensamiento de Sto. Tomás al respecto: «la criatura angélica tuvo desde el principio de

su creación la perfección que corresponde a su naturaleza, pero no la que debe adquirir por

su operación» (q.62 a.1 ad 2); esto supone que Dios no crea sólo para participar el propio ser, sino también para comunicar su bondad (cf. q.65 a.2), pero para participar formalmente en su bondad deben poder tender a él, y no se tiende a Dios sin algún tipo de movimiento (sucesión de conceptos o afectos). Cf. también q.10 a.5.


r. Este pensamiento se explicita en la q.46 a.3 ad 3: «nada es hecho sino en cuanto existe, y del tiempo no existe sino el momento presente. Luego del tiempo no puede hacerse más que algún momento presente. Y esto, no en el sentido de que en el primer instante mismo haya tiempo, sino en cuanto que desde ese primer instante comienza el tiempo».




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