Santo tomas de aquino



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En cambio está lo que dice Dionisio

en c.4 De div. nom.5: L,os dones angélicos otorgados a los demonios, no fueron alterados, sino que permanecieron íntegros y en todo su esplendor. Pero entre estos dones natura-

les está el conocimiento de la verdad.

Por lo tanto, en ellos hay algún conoci- miento de la verdad.




Solución: Hay dos clases de conoci- miento de la verdad. 1) Uno, se obtiene por la gracia. 2) Otro, por la naturaleza. El que se obtiene por la gracia, a su vez, se divide en otros dos: Uno que es sola- mente especulativo, como el de aquel a quien se le revela algún secreto divino. Otro, que es afectivo y produce el amor de Dios. Este es el que propiamente per- tenece al don de la sabiduría.


De estos tres géneros de conocimien- to, 1) el primero ni fue suprimido ni tan siquiera atenuado


b


en los demonios. Pues deriva de la misma naturaleza del ángel, el cual por su naturaleza es un de- terminado entendimiento o mente. En efecto, como debido a la simplicidad de su sustancia nada de ella puede ser subs-


traído, es imposible castigarle privándole de una parte de su naturaleza, como se castiga al hombre amputándole una mano, un pie o cualquier otra parte del cuerpo. Por esto dice Dionisio


6


que en ellos permanecieron íntegros los dones naturales. Por lo tanto, su conocimiento natural no pudo ser disminuido. 2) Por

lo que se refiere al segundo género de co- nocimiento, el puramente especulativo, obtenido por gracia, no fue totalmente borrado, sino disminuido, porque de es-

tos secretos divinos solamente los más convenientes les son revelados, o por medio de los ángeles, o por medio de algu-

nos efectos temporales de la virtud divina, como dice Agustín en IX De civ. Dei7. Aunque no les son revelados como a los ángeles santos, a quienes en la Palabra

les son revelados más secretos y con ma-

yor claridad. 3) En cuanto al tercer gé- nero de conocimiento, están totalmente privados, como también lo están de la caridad.


Respuesta a las objeciones: 1. A la primera hay que decir: La felicidad consiste


en la unión con algo superior. Puesto que las sustancias separadas son, en el orden de la naturaleza, superiores a nos- otros, para el hombre puede haber algu- na razón de felicidad en conocerlas, si bien su felicidad perfecta consiste en co- nocer la sustancia primera, esto es, Dios. Pero el que las sustancias separadas co- nozcan la sustancia separada, en ellas es connatural, como lo es para nosotros co- nocer las naturalezas sensibles. Por lo tanto, así como la felicidad del hombre no consiste en que conozca las naturale- zas sensibles, tampoco la del ángel con- siste en conocer las sustancias separadas.


2.


A la segunda hay que decir: Que lo naturalmente más cognoscible sea oculto

para nosotros, se debe a que excede la capacidad de nuestro entendimiento, y

no solamente a que nuestro entendi- miento tome su saber de las imágenes.


4. De Civ. Dei l.11 c.19.33: ML 41,333.346.

5. §23: MG 3,725: S. Th. lect.19.


6. Ib.

7. C.21: ML 41,274.


b. Aquí y en los artículos siguientes, Santo Tomás hace un gran esfuerzo por mantener todo lo que de bien puede permanecer en el ángel después de la culpa. El ángel malo no sólo conserva toda la ciencia natural, sino también algo de la sobrenatural, en cuanto que Dios se sirve también de él para cumplir en los hombres sus designios de salvación (cf. a.4), que de algún modo les da a conocer. Pero este conocimiento es aflictivo para el ángel malo, cuya envi- dia no puede soportar que los hombres se salven (cf. 63 a.2).

594



Tratado de los ángeles


C.64 a.2


Pero la sustancia divina no sólo supera la capacidad de nuestro entendimiento, sino también la del angélico, y, por lo tanto, ni el propio ángel puede, por na- turaleza, conocer la esencia de Dios. Sin embargo, sí puede, en virtud de la per- fección de su naturaleza, tener un cono- cimiento de Dios más elevado que el del hombre. Dicho conocimiento de Dios permanece en los demonios. Pues, si bien no poseen la pureza que otorga la gracia, tienen la de su naturaleza, que les es suficiente para alcanzar el conoci- miento de Dios que naturalmente les co- rresponde.


3.


A la tercera hay que decir: Si la criatura se compara con la excelencia de

la luz divina, es tiniebla; por esto el co- nocimiento de las criaturas en su propia naturaleza es llamado vespertino. La tarde,

en efecto, si bien lleva mezcla de tinie- blas, tiene, sin embargo, algo de luz, puesto que, cuando ésta desaparece, es

ya de noche. De aquí que, cuando el co- nocimiento de las cosas en su propia na- turaleza se orienta a la alabanza del Creador, como hacen los ángeles bue-

nos, tiene algo de luz divina y puede lla-

marse vespertino. Por el contrario, cuan-

do no se orienta a Dios, como es el caso

de los demonios, no se llama vespertino sino nocturno. Por eso se dice en Gen 1,5

que Dios llamó noche a las tinieblas que había separado de la luz.


4.


A la cuarta hay que decir: El mis- terio del reino de Dios realizado por Cristo fue conocido de alguna manera

por todos los ángeles desde el principio;

y sobre todo lo fue a partir del momen-

to en que consiguieron la bienaventu-

ranza por la visión de la Palabra. Esto nunca lo tuvieron los demonios. Sin em- bargo, no todos los ángeles lo conocie-

ron completamente ni por igual. Por su- puesto que mucho menos los demonios debieron de conocer el misterio de la en- carnación mientras Cristo estuvo en este mundo. Dice Agustín8: No se les dio a co- nocer como a los ángeles santos, que gozan por




participación de la eternidad de la Palabra, sino que se les notificó, para su espanto, por ciertos efectos temporales. Por lo demás, si hubieran conocido con seguridad y cer-

teza que era el Hijo de Dios y cuáles ha-

bían de ser los efectos de su pasión,


nunca hubieran dirigido la crucifixión del Señor de la gloria.

5.




A la quinta hay que decir: Los de- monios conocen la verdad de tres mane-

ras. 1) Una, en virtud de la perspicacia de su naturaleza, ya que, aunque oscure- cidos por la privación de la luz de la gracia, no obstante, son iluminados por

la luz de su naturaleza intelectual. 2) La segunda, por revelación de los ángeles santos, porque, si bien no concuerdan

con ellos en voluntad, sin embargo, sí tienen con ellos en común la naturaleza intelectual, y por ella pueden recoger lo que los otros manifiestan. 3) La tercera es por la experiencia de mucho tiempo,

y no porque la adquieran por medio de algún sentido, sino porque, cuando en

las cosas particulares se lleva a cabo la semejanza de la especie infusa que natu- ralmente poseen, conocen como presen- tes cosas que antes no habían conocido como futuras, como dijimos anterior- mente al tratar lo referente al conoci- miento de los ángeles (q.57 a.3 ad 3).




ARTICULO


2


La voluntad de los demonios, ¿se obstinó o no se obstinó en el mal?


In Sent. l.2 d.7 q.1 a.2; De Verit. q.24 a. 10; De Malo

q.16 a.5.




Objeciones por las que parece que la voluntad de los demonios no se obstinó

en el mal:




1. El libre albedrío es un atributo de la naturaleza intelectual que, como diji- mos (a.1), conservan los demonios. Pero, en cuanto tal, el libre albedrío an- tes se ordena al bien que al mal. Pero la voluntad del demonio no está tan obs- tinada en el mal que no pueda volverse al bien.


2. Más aún. Mayor es la misericor- dia de Dios, infinita, que la malicia del demonio, finita. Pero nadie pasa de la maldad de la culpa a la bondad de la jus- ticia si no es por la misericordia divina. Por lo tanto, tampoco los demonios pueden pasar del estado de maldad al es- tado de justicia.


3. Todavía más. Si los demonios tu- vieran la voluntad obstinada en el mal, la tendrían, sobre todo, en cuanto al pe-


8.Ib.

C.64 a.2


Sobre la pena de los demonios

595



cado que ocasionó su caída. Pero aquel pecado, la soberbia, ya no lo tienen, puesto que ha desaparecido su motivo, la grandeza. Por lo tanto, el demonio no está obstinado en el mal.


4.

Y también. Gregorio dice


9


que el hombre pudo ser redimido por otro, porque por otro cayó. Pero, como diji- mos (a.8), los ángeles inferiores cayeron

a causa del primero. Por lo tanto, su rui-

na puede ser reparada por otro, y conse- cuentemente, no están obstinados en el


mal.


5. Por último. Nadie que esté obs- tinado en el mal hace una cosa buena.

Pero el demonio hizo algunas cosas bue-

nas. Así, confesó la verdad a Cristo cuando dijo: Sé que eres el santo de Dios (Mc 1,24). También los demonios creen y tiemblan, se dice en Sant 2,19. Y, como dice Dionisio en el c.4 De div, nom.10: Desean cosas buenas y óptimas, como ser, vi- vir y entender. Por lo tanto, no están obs- tinados en el mal.


En cambio está lo que se dice en el Sal 72,23: La soberbia de los que te odiaron crece siempre. Esto hay que entenderlo de los demonios. Por lo tanto, perseveran siempre obstinados en el mal.


Solución. Hay que decir: Orígenes

11


sostuvo la teoría de que toda voluntad creada puede inclinarse al bien o al mal en virtud del libre albedrio, excepto el alma de. Cristo, a causa de su unión con la Palabra. Pero esta postura destruye la verdad de la bienaventuranza de los án-


geles santos y de los hombres, porque la estabilidad perpetua es esencial a la bien- aventuranza, que, por esto mismo, es llamada vida eterna. Además, se opone a la autoridad de la Sagrada Escritura cuando enseña que los demonios y los hombres malos serán enviados al castigo eterno, mientras que los justos serán tras- ladados a la vida eterna (Mt 25,46). Por lo tanto, esta opinión debe ser considerada como errónea. Siguiendo la fe católica, hay que sostener que la voluntad de los ángeles santos está confirmada en el bien. La de los demonios, en el mal


c. En cuanto a la causa de dicha obstina-


ción, no se ha de buscar en la gravedad

de la culpa, sino en la condición del es- tado natural. Esto es así porque, como

dice el Damasceno12, lo que para los hom-

bres es la muerte, esto es para los ángeles la caída. Es evidente que todos los pecados mortales, grandes o pequeños, de los hombres son remisibles antes de la muerte. Después de la muerte, son irre- misibles y duran siempre


d.

Por lo tanto, para buscar otra causa




de esta obstinación, hay que tener en cuenta que el poder apetitivo es en to- dos proporcional al poder cognoscitivo, que es el que mueve como el motor al móvil. Ahora bien, el apetito sensitivo tiene por objeto el bien particular, mien- tras que la voluntad, como dijimos (q.59 a.1), tiene el bien universal; como tam- bién el sentido tiene por objeto los sin- gulares, y el entendimiento los universa-


9. Moral. l.4 c.3: ML 75,642.

10. § 23: MG 3,725: S. Th. lect.19.


11. Peri Archon


l.1 c.6.8: MG 11,168-178.


12. De Fide Orth. 1.2 c.4: MG 94,877.




c. La confirmación definitiva de los ángeles buenos en el bien y la obstinación, también de- finitiva, de los malos en el mal es un dato de fe. Si se excluyera la duración eterna no habría ni bienaventuranza ni condenación propiamente dichas. Son verdades sobrecogedoras, ante las cuales el hombre se siente aterrado. Pero, como advierte Santo Tomás, «la autoridad de la Sa- grada Escritura» es irrecusable. Estar obstinado en el mal con la obstinación definitiva, de que aquí se trata, significa que el ángel malo se ha hecho incapaz de tener intención deliberada de cosa alguna buena. Si alguna vez hace algo que sea objetivamente bueno, la intención que le guía es siempre perversa (sol.5). Permanece irremediablemente fijo en la voluntad pecaminosa por la que se apartó de Dios (cf. sol.3).


d. El pecado del ángel es de una gravedad para nosotros incomprensible; porque su volun- tad actúa con una intensidad que no podemos medir. Así como el conocimiento del ángel es mucho más luminoso que el humano, así también su malicia es incomparablemente más refina- da. Pero la razón de la obstinación del ángel no está en la malicia objetiva de su culpa, sino en la propia naturaleza angélica, cuya «voluntad se adhiere de modo fijo o inmóvil», una vez que ha elegido algo determinado. Para el ángel, una sola elección buena introduce inmediata- mente en la bienaventuranza, y también una sola elección mala acarrea inmediatamente la con- denación eterna y la obstinación en el mal. La psicología del ángel es mucho más perfecta que la del hombre; pero, en cierto sentido, más peligrosa también, porque su eternidad se «juega» toda en un solo acto.



596


Tratado de los ángeles


C.64 a.3


les. Pero el conocimiento del ángel difie-

re del del hombre en que el ángel conoce por su entendimiento de un modo inmutable, a la manera como nos-

otros conocemos de modo inmutable

los primeros principios, que son el obje-

to del entendimiento. El hombre, en cam- bio, conoce por la razón de una manera mutable, con el camino abierto para lle-

gar a metas opuestas. De donde se sigue que la voluntad del hombre se adhiere a

los objetos de una manera mutable, ya

que puede abandonar uno y adherirse a

su contrario. Libremente puede adherir-

se a una cosa o a su opuesta (entiéndase

de las cosas que no quiere por naturale- za). Pero, una vez adherida, esta adhe-

sión es inmutable. Por esto suele decirse

que el libre albedrío del hombre es flexi-

ble en sentidos opuestos antes de la elec- ción y después de ella; mientras que el li- bre albedrío del ángel lo es antes de la elección, pero no después. Así, pues, los án- geles buenos, adheridos desde siempre a

la justicia, están confirmados en ella, mientras que los malos, los pecadores,

están obstinados en su pecado. Sobre la obstinación de los hombres condenados, hablaremos más adelante (Supl. q.98

a. 1.2; In Sent. 4 d.50 q.2).


Respuesta a las objeciones: 1. A la primera hay que decir: Lo mismo los ánge-


les buenos que los malos tienen libre al- bedrío, pero según el modo y condición de su naturaleza, como ya dijimos (sol.).


2.


A la segunda hay que decir: La mise- ricordia divina libra del pecado a los que

se arrepienten. Pero a los que, por estar adheridos irrevocablemente al mal, no

son capaces de arrepentimiento, la mise-

ricordia de Dios no los libra




e.

3.




A la tercera hay que decir: El pri- mer pecado del demonio permanece en

él en cuanto a lo que apeteció, aunque

no en cuanto que crea poderlo conse- guir. Es como el que se convence de po-

der cometer un homicidio y quiere co-




meterlo, que, si después se le escapa la posibilidad de hacerlo, sin embargo, su voluntad puede seguir queriéndolo, bien porque quisiera haberlo cometido, bien porque todavía querría cometerlo si pu- diera.


4.


A la cuarta hay que decir: La causa total de que sea remisible el pecado del hombre no es porque haya pecado por instigación de otro. Por lo tanto, no hay paridad.


5.


A la quinta hay que decir: En el de- monio hay dos clases de actos. 1) Uno, procedente de su voluntad deliberada,

que es lo que propiamente puede llamar-

se acto suyo. Este acto en el demonio es siempre malo, porque, aun cuando a ve-

ces hace algo bueno, sin embargo, no lo hace bien. Así, cuando dice la verdad es

para engañar, y cuando cree y confiesa,

no lo hace voluntariamente, sino forzado

por la evidencia de las cosas. 2) El otro acto del demonio es el natural, que pue-

de ser bueno y atestigua la bondad de su naturaleza, a pesar de que, incluso de

este acto, abusan para el mal.


ARTICULO


3 ¿Hay o no hay dolor en los


demonios? Objeciones por las que parece que

no hay dolor en los demonios:

1. Como el dolor y la alegría se


oponen, no pueden estar en el mismo sujeto. Pero los demonios experimentan alegría. Dice Agustín en Contra Mani- cheos


13: El diablo tiene poder sobre todos los que desprecian los mandamientos divinos, y se alegra de este desdichado poder. Por lo tan- to, en los demonios no hay dolor.


2. Más aún. El dolor es causa del te- mor, porque las cosas que tememos an- tes de que lleguen son las mismas de las que nos dolemos cuando han llegado. Pero en los demonios no hay temor, se- gún aquello de Job 41,42: Fue hecho para


13. De Genesi contra Manicheos, l.2 c.17: ML 34,209.


e. La misericordia de Dios es infinita, y así como basta para perdonar todos los posibles pe- cados de todos los hombres, así también basta o bastaría para perdonar el pecado del ángel.

Si éste no recibirá nunca el perdón, no se debe a insuficiencia de la misericordia divina, sino al hecho de que el ángel malo no se arrepentirá nunca de su culpa, es decir, no se pondrá nun-

ca en la disposición necesaria para recibir el perdón de la misericordia divina. El pecado del ángel es por naturaleza irremisible. Al hombre pecador Dios le prometió y le otorgó un Re- dentor para sacarlo del pecado. Cuando falta la capacidad de arrepentimiento, como en el ángel malo, no hay tampoco posibilidad de envío de un redentor.



C.64 a.4


Sobre la pena de los demonios

597



no tener miedo a nada. Por lo tanto, en los demonios no hay dolor.


3. Todavía más. Dolerse del mal es un bien. Pero los demonios no pueden hacer nada bien. Por lo tanto, no pue- den dolerse al menos del mal de culpa que pertenece al gusano de la concien-


cia.


En cambio está el hecho de que el pe-

cado del demonio es más grave que el

del hombre. Pero el hombre es atormen- tado con dolores en castigo por el goce

del pecado, según aquello del Apoc 18,7: Cuanto se envaneció y entregó al lujo, dadle otro tanto de tormento y duelo. Por lo tanto, mucho más castigado con tormen-

to y duelo será el diablo, que tanto se ufanó.


Solución. Hay que decir: Si el temor, el dolor, la alegría y, en general, las afecciones de este género se toman como pasiones, no pueden atribuirse a los demonios, puesto que en este sentido son propias del apetito sensitivo, que es una facultad unida a algún órgano cor- poral. Pero si, en cambio, se toman como simples actos de la voluntad, pue- den existir en los demonios. Hay que decir: En ellos hay dolor. El porqué de esto radica en que el dolor, en cuanto simple acto de la voluntad, no es otra cosa que una reacción contra lo que es y lo que no es. Pero es indudable que los demonios quisieran que muchas cosas que existen, no existieran. Así, por ejem- plo, y por estar llenos de envidia, quisie- ran la condenación de los que se salvan. Por lo tanto, hay que decir: En los de- monios hay dolor. Primero, porque es esencial a la pena el que sea contraria a la voluntad. Además, porque están pri- vados de una bienaventuranza que de- sean naturalmente, y también porque en


muchas ocasiones encuentran cohibida su perversa voluntad.


Respuesta a las objeciones: 1. A la primera hay que decir: La alegría y el do-


lor son opuestos cuando se refieren a un mismo objeto, pero no lo son respecto a objetos distintos. Por eso no hay incon- veniente en que alguien se duela de una cosa y a la vez se alegre de otra distinta. Esto sucede sobre todo cuando el dolor y la alegría son simples actos de la vo- luntad, porque puede suceder que, no ya en cosas diversas, sino en la misma cosa, se encuentre algo que queremos y algo que no queremos.


2.


A la segunda hay que decir: Por lo mismo que en los demonios hay dolor

del mal presente, también hay temor del mal futuro. En cuanto al texto: Fue hecho




para no tener miedo (Job 41,24), se entien- de el temor de Dios que aparta del peca- do. En otra parte está escrito (Sant 2,19): Los demonios creen y tiemblan.


3.


A la tercera hay que decir: Dolerse del mal de culpa es prueba en favor de

la bondad de la voluntad, a la que se le opone el mal de culpa. En cambio, do- lerse del mal de pena o del mal de culpa por razón de la pena, atestigua la bon- dad de la naturaleza, a la que se opone el

mal de pena. Por eso dice Agustín en XIX De civ. Dei


14: El dolor del bien perdi- do por causa del tormento es prueba de una naturaleza buena. Por lo tanto, como el demonio tiene una voluntad perversa y obstinada, no se duele del mal de culpa.


ARTICULO 4

El aire, ¿es o no es el lugar penal de


los demonios?f

In Sent., l.2 d.6 q.1 a 3; l.4 d.45 q.2 a 3.




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