San francisco de asíS


Capítulo 4 Francisco, constructor



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Capítulo 4

Francisco, constructor
Hemos llegado ahora a la gran ruptura en la vida de Francisco de Asís, al punto en que algo le aconteció que permanecerá oscuro para muchos de nosotros, hombres ordinarios y egoístas, a quienes Dios no ha quebrantado lo bastante como para hacemos nuevos.

Al tratar este pasaje difícil y teniendo en cuenta mi propósito de hacer las cosas fáciles para el simpatizan­te laico, me han asaltado dudas en cuanto al camino por seguir, y por fin me he decidido a contar los hechos añadiendo sólo un barrunto de lo que a mi en­tender fue su significado. La totalidad de éste se podrá debatir mejor cuando podamos proyectarlo sobre la vi­da completa de Francisco. He aquí, pues, lo acontecido. La anécdota se desarrolla casi por completo en la vecindad de las ruinas de la iglesia de San Damián, un antiguo santuario de Asís que estaba al parecer aban­donado y cayendo a pedazos. Allá acostumbraba orar Francisco ante un crucifijo durante aquellos días sombríos y sin rumbo que sucedieron al trágico fracaso de sus ambiciones militares, días mas amargos aún por la probable merma de prestigio social tan caro a su sensible espíritu. Mientras oraba oyó una voz que le decía: "Francisco , ¿por ventura no ves que mi casa es­ta en ruinas? Anda y restáurala por mi amor".

Francisco dio un salto y echó a andar. Marchar y hacer cosas era una de las exigencias tiránicas de su naturaleza; probablemente, pues, marchó y actuó sin meditar siquiera lo que hacía. De todas maneras, lo que hizo fue decisivo aunque de momento haya sido desastroso para su particular carrera social. Según el rudo lenguaje convencional de un mundo que no comprende, robó. Según el exaltado punto de vista del Santo, extendió hasta su venerable padre, Pedro Ber­nardo,, la emoción exquisita y el inestimable privile­gio de contribuir, bien que de manera más o menos in­consciente, a la restauración de la iglesia de San Da­mián.

En los hechos, lo que hijo fue vender primero el pro­pio caballo y luego algunas piezas de telas de su padre trazando sobre ellas la señal de la cruz para indicar el destino piadoso y caritativo. Pero Pedro Bernardone no vio las cosas bajo la misma luz. En realidad, Pedro Bernardone carecía de luces apropiadas para ver con claridad y captar el genio y temperamento de su extra­ordinario hijo. En vez de comprender el viento y lla­mas de abstractos apetitos que el muchacho estaba vi­viendo, en vez de decirle simplemente -como vino a hacerlo más tarde el sacerdote- que había hecho algo indefendible con la mejor de las intenciones, el viejo Bernardone consideró el asunto de la manera más du­ra posible: en forma literal y legal. Hechó mano de po­deres políticos absolutos como pudiera hacerlo un padre pagano y él mismo en persona encerró a su hijo bajo llave como a un vulgar ladrón. Según parece, lo hecho por Francisco escandalizó a muchos entre quienes e! infortunado mancebo gozó un tiempo de po­pularidad... ¡y en su afán por levantar la casa de Dios sólo había conseguido echarse encima la propia casa y yacer soterrado bajo los escombros! El conflicto se arrastró mortalmente por varias etapas; en un mo­mento el infeliz muchacho parece haber desaparecido como tragado por la tierra en una caverna o sótano donde estuvo sumido en la oscuridad sin esperanza.

Sea como fuere, aquél fue su instante más negro; el mundo entero yacía sobre él.

Cuando emergió, quizás aunque sólo gradualmente, la gente se percató de que algo había acontecido. Francisco y su padre fueron citados a comparecer ante el obispo ya que el Santo se había negado a reconocer los tribunales legales. El obispo le dirigió algunas re­convenciones cargadas de ese excelente sentido común que la Iglesia Católica mantiene permanentemente co­mo trasfondo ante todas las ardorosas actitudes de sus santos. Dijo a Francisco que debía restituir sin discu­sión el dinero a su padre, que ninguna bendición po­día coronar una buena obra realizada por medios injustos, en una palabra, por decirlo crudamente, que si el joven fanático devolvía el dinero al viejo loco, se da­ría por terminado el incidente. En Francisco se traslu­cía una nueva actitud. No se lo veía deprimido y me­nos aún servil ante su padre, y sus palabras no tradu­cían, en mi opinión, ni justa indignación ni desafiante insolencia ni nada que implicara mera continuación de la disputa. Las palabras de Francisco tenían más bien una remota analogía con las misteriosas frases de su gran dechado: "¿Qué tengo yo que ver contigo?" o también con aquel terrible: "No me toques".

Se puso de pie delante de todos y dijo: "Hasta hoy he llamado padre a Pedro Bernardo,, pero ahora soy el siervo de Dios. Restituiré a mi padre no sólo el dinero sino cuanto pueda llamarse suyo, aun los vestidos que me dio". Y se despojó de todas las ropas menos una, y todos vieron que ésta era una camisa de crin.

Amontonó las ropas en el suelo y encima arrojó el dinero. Luego se volvió al obispo y recibió su bendición como quien vuelve la espalda a la gente y, según reza la historia, salió tal como estaba al frío mundo. Al parecer, era éste un mundo literalmente frío. La nieve cubriendo el suelo. En el relato de esta gran crisis de la vida de Francisco se consigna un detalle curioso que estimo de muy honda significación. Salió medio des­ nudo con la sola camisa de crin hacia los bosques in­vernales y caminó sobre el suelo helado entre los árbo­les cubiertos de escarcha: era un hombre sin padre. No poseía dinero, no tenía familia en el mundo, carecía de ocupación, de plan y de esperanza. Y mientras ca­minaba bajo los árboles helados rompió de pronto a cantar.

Se ha notado como digno de destacarse que la len­gua en que cantó fue el francés o, para el caso, el pro­venzal al que convencionalmente se llamaba entonces francés. No lo hizo en su lengua nativa cuando precí­samente sería en ésta donde cobraría más tarde fama como poeta. Ciertamente San Francisco es uno de los primeros poetas nacionales en los dialectos auténtica­mente nacionales en Europa. Pero entonces cantó en la lengua con la que se identificaban sus ardores y am­biciones más juveniles; para él era ésta preeminente­mente la lengua del romance. El hecho de que el pro­venzal brotara de sus labios en esas circunstancias extremas me parece a simple vista cosa singular y en último análisis muy significativa. Señalar, empero, lo que fue o haya podido ser este significado intentaré su­gerirlo en el capítulo siguiente, por ahora baste indi­car que toda la filosofía de San Francisco se mueve en torno de la idea de una nueva luz sobrenatural que ilu­mina las cosas naturales, idea que implica la recupera­ción final de éstas y no su rechazo definitivo. Y para el propósito de esta parte de nuestra exposición pura­mente narrativa, baste consignar que mientras el San­to vagaba por el bosque invernal vistiendo su camisa de crin como el más áspero de los ermitaños cantó en el lenguaje de los trovadores.

Entre tanto, la narración nos vuelve naturalmente al problema de la iglesia arruinada o, por lo menos, abandonada que constituyó el punto de partida del inocente crimen del Santo y de su beatífico castigo. Es­te problema todavía dominaba su pensamiento y pron­to reclamó su actividad insaciable, pero fue ésta de ín­dole distinta: ya no intentaría más inmiscuirse en la ética comercial de la ciudad de Asís. Alboreaba en él una de esas grandes paradojas que son también pe­rogrulladas. Se percató de que la manera de construir un templo no consiste en andar mezclado en tratativas y en, para él, molestos reclamos legales. La manera de hacerlo consistía en pagar por ello y no ciertamente con dinero ajeno. La manera de construir un templo era construirlo.

Púsose, pues, a recoger piedras por sí mismo. Pidió a cuantos encontraba que se las dieran. De hecho se convirtió en mendigo de un nuevo tipo invirtiendo la parábola: un mendigo que no pide pan sino piedras. Probablemente, como habría de acontecerle muchas veces en el curso de su extraordinaria existencia, la misma singularidad de la súplica le dio una especie de popularidad, y mucha gente ociosa y opulenta se sintió comprometida con el generoso proyecto cual si fuera una apuesta. Trabajó Francisco con las propias manos en la reconstrucción de la iglesia arrastrando los mate­riales como una bestia de carga y aprendiendo las más bajas y rudas lecciones del trabajo. Se cuentan muchas historias sobre el Santo referentes a este y otros pe­ríodos de su vida; pero para nuestro propósito, que es de simplificación, lo mejor es detenernos en esta nueva y definitiva entrada de Francisco en el mundo por la angosta puerta del trabajo manual. Corre en verdad a lo largo de su vida una suerte de doble sentido como la propia sombra proyectada en su muro. Todo su ac­cionar revestía un cierto carácter alegórico al punto de

que no resulta improbable que a algún plúmbeo histo­riador científico se le ocurra un día demostrar que el mismo Santo sólo fue alegoría. Es ello bastante cierto en el sentido de que Francisco estaba trabajando en una tarea doble y reconstruyendo algo distinto a la par

de la iglesia de San Damián. Descubría la lección ge­nérica de que su gloria no consistía en acaudillar hombres en la batalla sino en edificar los positivos y creativos monumentos de la paz. En verdad construía algo distinto o empezaba a hacerlo por los menos; algo que con demasiada frecuencia ha caído en ruinas pero que nunca ha dejado de reconstruirse, una iglesia que puede siempre reedificarse a nuevo aunque se haya corrompido hasta la piedra angular, una Iglesia contra la que las puertas del infierno nunca prevalecerán.

El siguiente paso en el progreso de Francisco está probablemente señalado por la transferencia de iguales energías de reconstrucción arquitectónica a la pequeña iglesia de Santa María de los Ángeles en la Porciúncula. Cosa semejante había ya hecho antes en una iglesia dedicada a San Pedro, y aquella cualidad en la vida del Santo recién mencionada que hace de ella un drama simbólico ha llevado a muchos de sus más devotos biógrafos a subrayar el simbolismo numé­rico de las tres iglesias. De todas maneras, en cuanto a dos de el!as daba un simbolismo de carácter más histó­rico y práctico. Ya que la primitiva iglesia de San Da­mián habría de constituirse luego en asiento de su ad­mirable experimento de una Orden femenina y del pu­ro y espiritual romance de Santa Clara. Y la iglesia de !a Porciúncula quedará para siempre como una de las grandes construcciones históricas del mundo porque en ella reunió Francisco el pequeño grupo de amigos y devotos y en ella encontraron refugio muchos hombres sin hogar.

Sin embargo, no resulta claro que Francisco haya abrigado por aquel entonces la idea definida de seme­jante desarrollo monástico. Cuándo y cuán temprana­mente haya alumbrado éste en la mente del Santo es algo imposible de señalar; pero, de cara a los hechos, la idea monástica toma primero la forma de unos po­cos amigos que se unen a Francisco de manera indivi­dual por compartir su pasión por la simplicidad. Es, empero, muy significativo el relato sobre la forma de su compromiso porque reviste el tono de una invoca­ción a la simplicidad de la vida cual la sugiere el Nuevo Testamento. Por largo tiempo, ya en lo pasado, la adoración de Cristo formó parte de la naturaleza apasionada de los hombres. Pero la imitación de Cris­to como plan o programa ordenado de vida puede decirce comienza aquí.

Al parecer, los dos hombres a quienes cabe el crédi­to por haber percibido los primeros algo de lo que es­taba acaeciendo en el mundo de las almas fueron un sólido y rico ciudadano llamado Bernardo Guintavalle y un canónigo de una iglesia cercana llamado Pedro. Tanto más dignos de admiración cuando Francisco, si podemos decirlo así, se revolcaba por entonces en la pobreza y en la compañía de leprosos y harapientos mendigos y aquellos dos hombres mucho tenían que dejar: uno, comodidades mundanas, otro, ambiciones en la carrera eclesiástica. Bernardo, el pudiente burgués, acabó por vender todo cuanto poseía y darlo a los pobres. Pedro hizo aún más, pues descendió de una cátedra de autoridad espiritual, siendo probablemente hombre de edad madura y por ende de hábitos menta­les ya endurecidos, para ir en pos de un jovenzuelo extravagante y excéntrico que muchos miraban quizás como un maniático. Lo que ellos vislumbraron y cuya gloria viera a las claras Francisco podremos sugerirlo más adelante si hay manera de hacerlo. Por el momen­to sólo queremos ver lo que vio todo Asís, algo que bien merece un comentario. Los ciudadanos de Asís solo vieron al camello pasando triunfalmente por el ojo de la aguja y a Dios realizando cosas imposibles porque para él todas son posibles; sólo vieron al sacer­dote que razgaba sus vestiduras como publicano no co­mo fariseo y al hombre rico que marchaba alegremen­te porque no tenía posesiones.



Refiérese que estas tres singulares figuras construye­ron una especie de choza o cueva junto al hospital de los leprosos. Allí conversaban entre sí durante los in­tervalos de las faenas y peligros -pues requería diez veces más valor cuidar a un leproso que combatir por la corona de Sicilia-, en términos de su vida nueva cual si fueran niños hablando un lenguaje secreto. De los elementos individuales de su primera amistad no podemos decir gran cosa con certidumbre, pero es cierto que fueron amigos hasta el fin. Bernardo de Quintavalle ocupa en la historia un lugar parecido al de sir Bedivere, "el primer caballero que armara el rey Arturo y el último que le abandonó", pues reaparece a la derecha del Santo en el lecho de muerte recibiendo una bendición de tipo especial. Pero todas estas cosas pertenecen a otro mundo histórico y se hallan muy ale­jadas de ese trío harapiento y fantástico y de su choza medio arruinada. No eran monjes a no ser quizás en el sentido más literal y arcaico de la palabra que es idén­tico a eremita. Eran, por decirlo así, tres solitarios que vivían socialmente juntos sin constituir sociedad. Todo aquello poseía un carácter intensamente individual y, visto desde fuera, parecía indudablemente, individual hasta la locura. El agitarse de algo que encerraba en sí la promesa de un movimiento o de una misión se puede sentir, como ya indiqué, en el hecho de apelar al Nuevo Testamento.

Era ésto una manera de sors virgiliana aplicada a la Biblia; una práctica no desconocida entre los protes­tantes si bien, atento a su espíritu crítico, se inclina­rían ellos a considerarla superstición de paganos. De todas formas, abrir las Escrituras al azar parece casi lo opuesto a escudriñarlas; aquello, empero, fue lo que ciertamente hizo Francisco. De acuerdo con uno de los relatos, trazó una simple señal de la cruz sobre el Evangelio y lo abrió por tres lugares leyendo tres tex­tos. Era el primero la historia del joven rico cuya nega­tiva a vender todos sus bienes sirvió de ocasión a la pa­radoja del camello y la aguja. El segundo refería el mandato a los discípulos de no llevar nada en el viaje ni saca ni báculo ni dinero alguno. En el tercero aparecía aquella sentencia, a la que en términos literales cabe llamar crucial, sobre el seguidor de Cristo que debe cargar con su cruz. Otro relato no muy diferente habla sobre Francisco que encuentra uno de esos tex­tos casi por casualidad al escuchar el evangelio del día. Pues bien, según la anterior versión pareciera que el incidente debió ocurrir ciertamente en fecha muy temprana de la nueva vida de Francisco, acaso poco después de la ruptura con su padre, ya que aparente­mente fue de conformidad con dicho oráculo como Bernardo, el primer discípulo, se lanzó a la calle y re­partió todos sus bienes entre los pobres. Si acaeció así, al parecer nada siguió por el momento a este hecho más allá de la ascética vida individual en la choza por ermita. Por supuesto que esa vida eremítica debe de haber revestido características más bien públicas, aunque, no por ello dejaba de ser en un sentido muy real un alejamiento del mundo. San Simeón Estilita en lo alto de su columna fue en cierto sentido un personaje eminentemente público, pero, a pesar de ello, algo ha­bía de particular en su situación. Cabe presumir que muchos fueron los que estimaron particular la si­tuación de Francisco y aun algunos la creyeron parti­cular en demasía. Había por cierto en la sociedad ca­tólica de entonces y de siempre algo último y aun sub­consciente capaz de comprender lo acontecido mejor de como puede hacerlo una sociedad pagana o purita­na. Pero en este momento de los hechos creo que no debemos sobreestimar esa potencial simpatía pública. Como ya hemos indicado, la Iglesia y todas sus institu­ciones, entre ellas las monásticas, ya tenían por en­tonces el aire de cosas viejas, establecidas y juiciosas. El sentido común era en la Edad Media, creo, más co­mún que en nuestra agitada edad periodística; pero hombres como Francisco no son comunes en edad nin­guna ni pueden ser cabalmente comprendidos por el mero ejercicio del sentido común. El siglo trece fue, es cierto, un período de progreso, acaso el único real­mente progresista en la historia humana. Y se lo puede llamar progresista con justeza por la precisa razón de que su progreso fue muy ordenado: es realmente y con verdad ejemplo de una época de reformas sin revolu­ciones. Pero las reformas fueron no sólo progresistas si­ no también muy prácticas y sirvieron además para el adelanto de instituciones altamente prácticas a la vez: las ciudades, las corporaciones comerciales y las artes manuales. Pues bien, en tiempos de Francisco de Asís los hombres importantes de las ciudades y corpora­ciones fueron probablemente muy importantes por cierto. Pero gozaron además de mayor igualdad en lo económico y, dentro de esta esfera, estuvieron mejor gobernados que los modernos que luchan desesperada­mente entre e! hambre y !os precios monopólicos del ca­pitalismo; pero es bastante probable que la mayoría de ellos hayan sido también tercos como labriegos. Cier­tamente, la conducta del venerable Pedro Bernardone no manifiesta ninguna delicada simpatía por las finas y casi caprichosas sutilezas del espíritu franciscano. Y no podremos medir la belleza y originalidad de esta extraña aventura espiritual si carecemos de ingenio y simpatía humanos como para trasladar a palabras lla­nas lo que ella deber haber parecido a personas tan poco dispuestas, en el momento de ocurrir los hechos. En el próximo capítulo intentaré indicar, por fuerza de manera inadecuada, el sentido íntimo de la historia de la construcción de las tres iglesias y la pequeña cho­za. En e! presente no he hecho más que bosquejarla desde el exterior. Y al concluirlo ahora ruego al lector que recuerde y comprenda lo que debieron parecer los acontecimientos cuando se los veía desde afuera. Pa­ra el caso debemos suponer un crítico de sentido co­mún bastante rudo, carente ante los hechos de todo sentimiento que no fuera el de molestia y preguntar­nos: ¿Cómo se ubicaba para él la historia?

Sorprenden a un necio jovenzuelo o pilluelo roban­do a su padre y vendiendo mercadería que debió guar­dar, y la única explicación que da es que una fuerte voz salida de no se sabe donde le habló al oído orde­nándole reparar las grietas y rendijas de determinado muro. Luego se declara naturalmente independiente de todos los poderes propios de la policía o de los ma­gistrados y se refugia al amparo de un obispo amigable que se ve obligado a reñirle y decirle que está equivo­cado. Enseguida se despoja en público de sus vestiduras y prácticamente las arroja contra su padre anunciando

Que mismo tiempo que su padre no es su padre.' Corre luego por la ciudad mendigando de quienquiera piedras o materiales de construcción llevado según pa­rece por su antigua monomanía de reparar un muro. Que se rellenen los huecos de las hendiduras quizás sea cosa excelente, pero es preferible que lo haga quien no tenga el cerebro hueco; y las restauraciones arquitec­tónicas, como otras cosas, no se llevan a cabo mejor, precisamente, por quien tiene en su techo mental una teja suelta.5 Finalmente, el infeliz muchacho se hunde en los harapos y la inmundicia y prácticamente se su­me en el albañal. Este es el espectáculo que Francisco exhibió ante los ojos de muchos de sus vecinos y amigos.

Su modo de vivir debió parecerles dudoso; presu­miblemente ya mendigaba entonces por pan como por materiales de construcción. Pero ponía siempre sumo cuidado en pedir el pan negro y de peor calidad, las cortezas más duras o cosa cualquiera que fuera menos sabrosa que las migas que comen los perros al caer de la mesa del hombre rico. En esto su condición sería no­tablemente peor que la del mendigo porque éste busca para comer lo mejor que encuentra y el Santo, lo peor. Lisa y llanamente, Francisco había optado por vi­vir de sobras, una experiencia bastante más desagra­dable que la refinada simplicidad que vegetarianos y abstemios llaman vida sencilla. Lo que observaba con relación a los alimentos lo cumplía igualmente con re­lación al vestido. Se regía en ello por el mismo princi­pio de tomar lo que le ofrecían y de esto nunca lo me­jor de lo que así hubiera podido obtener. Según un re­lato, trocó sus ropas por las de un mendigo y no le hubiera disgustado cambiarlas por las de un espanta­pájaros. Según otra versión, echó Francisco mano de la áspera túnica parda del mendigo, pero presumible­mente así lo hizo porque primero de las suyas el labriego le dio más vieja ¡qué bien debía de serlo)



Los labriegos no suelen tener muchas ropas para rega­lar y la mayoría de ellos no se ven inclinados a ofre­cerlas hasta que su estado lo exige en absoluto. Se dice que en lugar del cinturón que acaba de arrojar lejos -probablemente con mucho de desprecio simbólico porque de él pendía la bolsa o la alforja según cos­tumbre de la época- recogió una cuerda porque la encontró a mano y se la ciñó. Hizo esto como pobre ex­pediente tal como el vagabundo abandonado ata a ve­ces el lío de sus ropas con un cordón. Quiso acentuar la nota de ceñir sus ropas sin mayor cuidado como ha­rapos hallados en armarios polvorientos. Diez años después aquel vestido improvisado era el uniforme de cinco mil hombres y, cien años más tarde, para mayor solemnidad pontifical, llevaron a enterrar al gran Dante con igual atuendo.
Capítulo 5

El juglar de Dios
Para dar una idea de lo que realmente acaeció en la mente del joven poeta de Asís se puede echar mano de numerosos símbolos y señales. En realidad son éstos ex­cesivos para no tener que elegir y al mismo tiempo de­masiado superciales para satisfacernos. Pero uno de ellos apunta en el hecho menor y aparentemente acci­dental que paso a narrar. Cuando Francisco y sus com­pañeros seglares paseaban por la ciudad los faustos de la poesía se llamaron a sí mismos trovadores; pero cuando el Santo y sus compañeros en la aventura del espíritu se volcaron sobre el mundo para llevar a cabo su labor espiritual su jefe los llamaba los juglares de Dios.

Con detenimiento nada hemos dicho aquí acerca de la gran cultura de los trovadores, a pesar de la notable influencia que tuvieron en la historia y en San Francis­co. Algo más diremos cuando nos llegue el turno de in­ventariar la relación del Santo con la historia; aquí bástenos notar en pocas frases los hechos acerca de los trovadores que son relevantes respecto a Francisco y en particular el punto singular que ahora discutimos y que de todos fue el más notable. Todo el mundo cono­ce quiénes fueron los trovadores; todo el mundo sabe que muy temprano en la Edad Media, durante los siglos doce y trece, floreció en el mediodía de Francia una civilización que amenazaba rivalizar con la de Pa­rís y acaso eclipsarla. Fue su fruto principal una es­cuela de poesía o más precísamente una escuela de po­etas. Conformaban éstas por lo común poetas del amor aún cuando a menudo hayan escrito también sá­tiras y críticas de orden general. Su posición pintoresca en la historia obedece en buena medida que cantaban sus propios poemas y con frecuencia ejecutaban tam­bién sus propios acompañamientos con los leves instru­mentos musicales de la época: eran ministriles a la vez que hombres de letras. Vinculadas con la poesía amo­rosa de los trovadores encontramos otras instituciones de naturaleza decorativa y fantasiosa que también guardan relación con el tema del amor. Ahí estaba la llamada gaya ciencia, intento de reducir a una suerte de sistema los bellos matices del galanteo y el cortejo. Encontramos también las cortes de amor en las que se discutían los mismos temas delicados con pompa legal y afectación. Y, al llegar a este punto, cabe señalar con respecto a San Francisco algo singular. Todo aquel soberbio sentimentalismo encerraba peligros morales manifiestos; pero sería erróneo suponer que el único era el de exageración por el lado del sensualis­mo. Había una tensión en los romances meridionales que era precísamente un exceso de espiritualidad; tal como la herejía pesimista que produjeran fue en cierto sentido un exceso de lo mismo. El amor que celebra­ban los trovadores no siempre fue material, a veces era tan etéreo que casi lindaba con lo alegórico. El lec­tor comprende sin dificultad que la dama de los trova­dores es lo más hermoso que darse pueda, pero tiene a veces sus dudas sobre la existencia de semejante ser. Dante debió algo a los trovadores, y las discusiones de los críticos acerca de su mujer ideal son un ejemplo ex­celente de aquellas dudas. Sabemos que Beatriz no fue su esposa; pero con igual certidumbre debemos insistir en que tampoco fue su amante, y hay críticos que han llegado a insinuar que Beatriz no fue nada en absoluto sino su musa. La idea de Beatriz como figura alegórica me parece poco sólida, y lo mismo pensará todo el que haya leído la Vita Nuova y haya estado enamorado. Pero el mero hecho de que sea posible insinuarla comprueba que algo había de abstracto y escolástico en aquellas pasiones medievales. Ahora bien, con todo y ser pasiones abstractas, eran pasiones muy apa­sionadas. Aun ante las alegorías y las abstracciones aquellos hombres podían sentirse casi como enamora­dos. Es necesario recordar estos hechos para compren­der que San Francisco hablaba el verdadero lenguaje de los trovadores al decir que también él servía a una gloriosísima y más graciosa dama y que su nombre era Pobreza.

Pero lo que aquí merece notarse no se relaciona tan­to con la palabra "trovador" como con la palabra "juglar". En especial con la transición de una a otra; y para esto es necesario captar otro detalle acerca de los poetas de la gaya ciencia. Un juglar no era lo mismo que un trovador aun cuando la misma persona fuese a la vez ambas cosas. En la mayoría de los casos, según estimo yo, eran hombres distintos como distintos eran sus menesteres. En muchas oportunidades, según pa­rece, juglares y trovadores andaban juntos por el mun­do como compañeros de armas o como compañeros de arte. Un juglar era, hablando con propiedad, un gra­cioso o chancero y a veces lo que llamaríamos un bufón. Este es el caso, me imagino, de Taillefer, el Juglar, en la batalla de Hastings, que cantaba la muerte de Rolando y lanzaba su espada al aire y la recogía como el bufón lanza y recoge las bolas. Y hasta podía el juglar ser un volantinero como aquel de la hermosa leyenda a quien llamaban El juglar de Nuestra Señora porque anduvo dando volteretas y se sostuvo pies arriba y cabeza abajo ante una imagen de la Virgen, por lo que se vio muy no­tablemente agradecido y consolado por Nuestra Señora y toda la celestial compañía. Podemos suponer que por lo común el trovador exaltaba los ánimos del público con intensos y solemnes arrebatos de amor que luego le seguía el juglar como una especie de extrémes cómico. Todavía está por escribirse el glorioso romance me­dieval de aquellos camaradas en su vagar por el mundo. De todas maneras, si en algún sitio puede encontrarse el verdadero espíritu franciscano fuera de la historia fran­ciscana auténtica, se lo encontrará en el relato del Juglar de Nuestra Señora; y cuando San Francisco lla­mó a sus seguidores juglares de Dios quiso significar al­go así como volatineros de Nuestro Señor.

Dentro de esta transición entre la ambición del tro­vador y las payasadas del bufón se esconde como una parábola la verdad de San Francisco. De los dos ministriles el bufón era presumiblemente el siervo o, por lo menos, la figura secundaria. San Francisco quiso sin duda significar lo que decía cuando afirmó que había hallado el secreto de la vida en ser siervo o la figura se­cundaria. A la postre, en semejante servicio se des­cubría una libertad rayana casi en la frivolidad. Se lo podía comparar con la condición del bufón porque ca­si lindaba con la ligereza. El juglar puede sentirse libre donde el caballero debe ser envarado y serio, y era po­sible ser bufón en un servicio que era la libertad per­fecta. Este paralelo entre dos tipos de poetas o ministriles es acaso la mejor aproximación externa y pre­liminar al cambio que el franciscanismo obró en los corazones, presentado en una imagen por la que la imaginación del mundo moderno siente cierta simpa­tía. En ello, por supuesto, se implicaba mucho más, y debemos aplicarnos, aunque sea imperfectamente, a penetrar la idea más allá de la imagen. Esta es para muchos una 'idea que discurre pies arriba y cabeza abajo como los volatineros.

Francisco, por el tiempo en que desapareció en la prisión o en una oscura caverna o poco más o menos, experimentó un cambio de tipo psicológico: fue real­mente como el cambio en la voltereta de un salto mor­tal donde en un círculo completo volvió a quedar o pa­reció quedar en la misma posición normal del princi­pio. Es necesario recurrir al símil grotesco de la pi­rueta acrobática porque difícilmente encontraremos otra imagen que aclare mejor el hecho. Pero en lo in­terior fue una profunda revolución espiritual. El hombre que entró en la caverna no fue el que salió de ella; en este sentido, era tan distinto como si hubiera muerto o se hubiera convertido en fantasma o espíritu bienaventurado. Y los efectos que esto produjo en su actitud frente al mundo de los mortales fueron en re­alidad tan extravagantes como no podrá expresarlos paralelismo alguno. Miraba al mundo de manera tan distinta de los demás como si hubiera salido de aquel antro oscuro caminando con las manos.

Si aplicamos a nuestro caso la parábola del Juglar de Nuestra Señoara nos acercaremos mucho al sentido re­al del cambio en Francisco. Y bien, es un hecho proba­do que a veces los paisajes se ven más clara y deliciosa­mente si se contemplan de cabeza abajo. Ha habido pintores paisajistas que adoptaron las posturas más sorprendentes y pintorescas para contemplarlos un ins­tante de esta manera. Así, esta visión invertida, tanto más brillante y singular y atractiva, tiene cierta seme­janza con el mundo que contemplaba un místico como san Francisco. Pero acotemos ahora lo que es el aspec­to esencial de la parábola. El juglar de Nuestra Señora no se mantuvo cabeza abajo con miras a contemplar las flores y los árboles en una visión más clara y origi­nal. No lo hizo con este fin ni tal cosa se le hubiera ocurrido nunca. Se sostuvo así para agradar a Nuestra Señora. Y bien, si san Francisco hubiera realizado algo semejante, como era muy capaz de hacerlo, lo hubiera hecho originariamente por idéntico motivo, por un motivo de carácter puramente sobrenatural. Y sólo después de ello su entusiasmo se hubiera extendido confiriendo una especie de halo al contorno de las co­sas terrenas. Por ello resulta erróneo presentar al San­to como simple precursor romántico del Renacimiento y restaurador de los placeres naturales gustados por sí mismos. El punto esencial de su pensamiento radica en que según él el secreto para recobrar los placeres naturales se encuentra en considerarlos a la luz del goce sobrenatural. Para decirlo de otro modo, repitió en la propia persona el proceso histórico a que nos referimos en e! primer capítulo introductorio: es decir, repitió la vigilia de! ascetismo que culmina en la visión de un mundo natural hecho nuevo. Pero en el caso personal del Santo había aún más que esto: se encontraban ele­mentos que hacen todavía más apropiado el paralelis­mo del juglar de Nuestra Señora.

No es desacertado pensar que en aquella celda oscu­ra o cueva debió pasar Francisco las horas más negras de su vida. Era él por naturaleza hombre con esa clase de vanidad que es cabalmente lo opuesto del orgullo, esa vanidad que se halla muy cerca de la humildad. No desprecio nunca a los demás y por esta razón tam­poco menosprecio nunca las opiniones de ellos inclu­yendo en esto la admiración que pudieran profesarle. Todo este aspecto de su naturaleza humana había sufrido golpes rudos y aplastantes. Es posible que a su humillante regreso tras la frustrada campaña militar !o hayan !lamado cobarde. Y es cierto que después del altercado con su padre a propósito de las piezas de tela !e !lamaron !adrón. Y aun aquellos que más simpatiza­ron con él, el sacerdote cuya iglesia restauro y el obispo que lo bendijo, le trataron evidentemente con diverti­da afabilidad que dejaba entrever muy claramente lo que pensaban de! caso. Había hecho un loco de sí mis­mo. Quien haya sido joven, quien haya montado ca­ballos o se haya sentido capaz de combatir, quien se haya imaginado un trovador y haya aceptado las for­ma!idades de la camaradería comprenderá el peso enor­me y aplastante de esta simp!e frase. En cierto modo, la conversión de san Francisco como la de san Pablo derribo súbitamente del caballo a su persona; pero hasta cierto punto fue una caída peor porque se trata­ba de un caba!!o de guerra. De cualquier modo, !o cierto es que nada quedaba en él que no fuera ridícu­!o. Todo e! mundo sabia que se había vuelto loco. Era esto un hecho so!ido y objetivo como las piedras del ca­mino. Se vio a sí mismo como un objeto pequeño pe­queño y distinto a la manera de una mosca caminando por el cristal de una ventana e indudablemente se ha­bía vuelto loco. Y mientras contemplaba el vocablo "loco" escrito ante su mirada en caracteres luminosos, la palabra empezó a brillar y a mudar de sentido,

En nuestra infancia solían contarnos que si un hombre practicaba un agujero en la tierra y fuese ba­jando continuamente por él llegaría un momento, en el centro de la tierra, en que le parecería estar subien­do. No sé si esto es cierto. Y no lo sé porque no he practicado nunca un agujero en la tierra y menos me he arrastrado tierra adentro. Si ignoro las sensaciones de esta inversión, es porque no la he podido experi­mentar nunca. Y también esto constituye una alego­ría. Es cierto que el autor y posiblemente el lector, siendo personas normales, nunca hayamos estado allí. Así tampoco podemos seguir a san Francisco hasta ese final giro espiritual en que la humillación total se transforma en total felicidad y bienaventuranza por­que tampoco estuvimos en esto. Por lo que a mí se re­fiere confieso que no puedo seguir al Santo más allá de aquella demolición de las barricadas románticas de la vanidad juvenil que he bosquejado en el párrafo ante­rior. Y aun ese párrafo no es, por supuesto, más que mera conjetura y una suposición de mi parte de lo que el Santo pudo sentir, pero quizás sintió cosa muy distin­ta. Sean, empero, los que fuesen sus sentimientos, fueron por lo menos análogos a los del cuento sobre el hombre del túnel tierra adentro en cuanto trata de al­guien que baja y baja hasta que en determinado y mis­terioso momento empieza a subir. Nosotros nunca su­bimos de igual manera porque tampoco nunca baja­mos así; pero cuanto más candorosa y pausadamente leemos la historia humana, y en especial la de los hombres más sabios y prudentes, más llegamos a la conclusión de que estas cosas acontecen. Sobre la esencia intrínseca de la experiencia no me atreveré a escribir nada. Pero el efecto externo de la misma puede expresarse, para el propósito de esta narración, diciendo que cuando Francisco emergió de la caverna de sus visiones portaba todavía la misma palabra "lo­co" como una pluma en su gorro, diríamos como un pe­nacho o una corona. No dejaría de ser loco y hasta se­ría cada vez más y más loco; de ahora en más sería el loco y el bufón de la corte del Rey del Paraíso.

Semejante estado sólo se puede representar median­te símbolos; más el símbolo de la inversión resulta exacto en otro sentido. Si un hombre ve el mundo al revés, con todos los árboles y las torres colgando cabe­za abajo como vistas reflejadas en un lago, el efecto obtenido será el de acentuar la idea de dependencia. El latín y el sentido literal establece aquí la conexión, pues la palabra "dependencia" significa simplemente "pender", "colgar". Lo que no hace sino más vívido el texto de la Escritura cuando dice que Dios suspendió al mundo de la nada. Si en uno de sus sueños singula­res san Francisco hubiera visto la ciudad de Asís patas arriba, no necesariamente diferiría ésta de sí misma ni en los menores detalles fuera de que la estaría viendo completamente al revés. Pero he aquí lo esencial: pues para el ojo normal las grandes piedras de sus murallas y los macizos fundamentos de la ciudadela y los eleva­dos torreones contribuían a dar a la ciudad gran segu­ridad y firmeza, al invertir todo aquello el propio peso de los mismos la haría aparecer más débil y en mayor peligro. Esto no es más que un símbolo que explica el hecho psicológico. San Francisco podía amar ahora su pequeña ciudad tanto o más que antes; pero la natura­leza de su amor se había mudado en cuando el amor se acrecentase. Podía ver y amar cada teja de los inclina­dos techos o cada pájaro en las almenas; pero debió verlo todo bajo nueva y divina luz de eterno peligro y dependencia. En vez de sentirse simplemente orgulloso de su esforzada ciudad porque era imposible conmo­verla, agradecía al Señor por no soltarla al vacío por no dejar caer al cosmos entero como un inmenso cris­tal que se fragmenta en lluvia de estrellas. Acaso san Pedro viera al mundo de este modo cuando lo crucifi­caron con la cabeza en tierra.

Los hombres dan generalmente un sentido cínico a la frase cuando dicen: "Bienaventurado quien nada espera porque no será defraudado". En un sentido ple­namente serio y entusiasta san Francisco dijo: "Biena­venturado quien nada espera porque de todo disfruta­rá". A causa de esta idea deliberada de arrancar de ce­ro, de partir de la oscura nada de los propios desiertos llegó el Santo a gozar aún de las mismas cosas terrenas como pocos lo lograron, y son ellas en sí mismas el ejemplo más valedero de la idea. Porque no hay otra manera para el hombre de conquistar una estrella o merecer los esplendores de un ocaso. Pero es mucho más lo que aquí se encierra y en palabras se puede expresar. Verdad llana es que cuanto menos el hom­bre piensa en sí mismo más piensa en su buena fortu­na y en todos los dones de Dios. Y también es verdad que mejor ve las cosas el hombre cuanto mejor capta su origen; porque su origen es parte de ellas y en ver­dad la más importante. Y así las cosas se convertirán en más extraordinarias por el hecho de ser explicadas. Por ellas sentirá ahora el hombre mayor admiración y menor miedo; porque una cosa es realmente admi­rable cuando es significante y no cuando es insignifi­cante; y un monstruo informe o mudo meramente destructor quizás sea mayor que las montañas pero si­gue siendo, en el sentido literal de la palabra, insigni­ficante, sin sentido. Para un místico como San Fran­cisco los monstruos tenían un sentido, o sea que ha­bían entregado al mundo su mensaje. Ya no hablaban una lengua ignorada. Y éste es el sentido de las narra­ciones,-legendarias o históricas, en las que se muestra al Santo como un mago hablando el lenguaje de las bestias y los pájaros. El místico nada tiene que ver con el mero misterio; el mero misterio es por lo común un misterio de iniquidad.

La transición entre el hombre bueno y el santo es una especie de revolución en virtud de la cual quien vela las cosas como ilustración y luz de Dios ve a Dios ilustrando e iluminando las cosas. Es esto parecido a la inversión de imagen que realiza un enamorado al de­cir, cuando ve por primera vez a su dama, que semeja una flor y decir luego que todas las flores le recuerdan a su dama. Un santo y un poeta ante una flor parece­rán decir la misma cosa; pero ciertamente, aunque ambos digan la verdad, estarán diciendo verdades dis­tintas. Pero uno de los efectos de la diferencia en el ca­so está en que el significado de la dependencia divina, que para el artista es como luz de rayo, para el santo es como pleno mediodía. Hallándose en sentido místico como del otro lado de las cosas, el santo las contempla saliendo de la divinidad como niños saliendo de una mo­rada familiar y conocida, en vez de tropezar con ellas, según hacemos muchos, a medida que nos salen al paso por los caminos del mundo. Y se da la paradoja de que por ra­zón de este privilegio el santo está, con respecto a las cosas, en actitud más familiar, más libre y fraternal y más naturalmente hospitalaria que nosotros. Para no­sotros los elementos son como heraldos que nos anun­cian al son de trompeta y tambor que nos acercamos a la ciudad del gran rey; pero el santo saluda a las cosas con una antigua familiaridad rayana casi en la frivoli­dad. Las llama hermano Fuego y hermana Agua.

Así surge desde lo profundo de este abismo casi nihilista esa cosa noble llamada la alabanza, algo que nadie comprenderá mientras la identifique con el cul­to de la naturaleza o con el optimismo panteísta. Cuando decimos que el poeta alaba la creación entera, por lo común sólo queremos significar que alaba la to­talidad del cosmos. Pero este tipo de poeta que es el místico alaba realmente la creación en cuanto acto de creación. Alaba el pasaje o transición del no ser al ser, pasaje sobre el que recae la sombra de la imagen ar­quetípica del puente que ha dado al sacerdote su nombre arcaico y misterioso. El místico que pasa a tra­vés del momento en que nada existe sino Dios presen­cia en cierto sentido los principios sin principio donde

en realidad había nada. No sólo descubre todo sino la nada de que todo fue hecho. Experimenta la alegría de alguna manera y aun contesta la ironía como donante del Libro de Job: en cierto sentido presencia el acto de asentar los fundamentos del mundo mientras el lucero del alba y los hijos de Dios cantan de alegría. Esto no es más que un lejano atisbo de la razón por la que los franciscanos, harapientos, sin dinero y al parecer sin esperanza, avanzaran por la vida elevando cánticos que parecían salir del lucero del alba y gritos de alegría dignos de los hijos de Dios.

Este sentido de mucha alegría y la sublime depen­dencia no es una simple frase ni un sentimiento si­quiera; lo importante en este tema es que constituye la roca viva de la realidad. No es una fantasía, sino un hecho, y sería más exacto decir que fuera de él todos los demás hechos son fantasías. Decir que en cada mo­mento y en cada detalle dependemos de Dios, como lo hace el cristiano, o de la existencia o de la naturaleza, como hasta el agnóstico es capaz de reconocer, no constituye una ilusión de la imaginación; por lo contrario, es el hecho fundamental que cubrimos, co­mo un manto, con la ilusión de la vida ordinaria. Es ésta cosa en sí admirable tanto como lo es también la imaginación. Pero en la trama de la vida ordinaria hay más imaginación que en la contemplación. Quien ha visto el mundo pendiente de la misericordia de Dios como de un cabello ha visto la verdad. Quien ha teni­do la visión invertida de su ciudad pies arriba no ha dejado de verla tal cual es.

Rosseti observa en alguna parte, amargamente pero con gran verdad, que el peor momento del ateo es aquel en que se siente agradecido y no encuentra a quien dar gracias. El reverso de esta proposición es también exacto, y es cierto que esta gratitud ha pro­porcionado a hombres como los que aquí considera­mos los instantes de más pura alegría que el hombre pueda conocer. El gran pintor se jacta de mezclar to­dos los colores con inteligencia y del gran santo se puede decir que mezcla todos sus pensamientos con gratitud. Todos los bienes parecen mejores cuando a la vista se exponen como dádivas. Y en este sentido re­sulta exacto decir que el método místico establece una muy saludable relación externa con todas las cosas del mundo. Pero nunca hay que olvidar que éstas ocupan por siempre un lugar segundo en comparación con el simple hecho de la dependencia de la realidad divina.

Mientras las relaciones sociales ordinarias traen en si algo que parece sólido y autosuficiente, un sentido de hallarse a la vez sobre base firme y mullida, mientras fundan la buena salud en el sentido de seguridad y la seguridad en el sentido de autosuficiencia, a quien ha visto el mundo pendiente de un cabello no le resulta fácil tomárselas tan en serio. Mientras las autoridades seglares y las jerarquías y las superioridades las más naturales y las subordinaciones las más necesarias tien­den a colocar al hombre en el lugar que le corresponde y al mismo tiempo a conferirle seguridad en su posi­ción, quien ha visto las jerarquías humanas pies arriba y cabeza abajo siempre tendrá sólo una sonrisa para ellas. En este sentido la visión directa de la realidad di­vina subvierte solemnidades que en sí mismas no dejan de ser sanas. Quizás el místico logre añadir un codo a su estatura, pero por lo general pierde con seguridad algo de su status. No puede ya sentirse garantizado por el mero hecho de comprobar su existencia en el re­gistro parroquial o en la biblia familiar. El místico tiene acaso algo del lunático que ha perdido su nombre con todo y conservar su naturaleza y que ha olvidado enteramente la clase de hombre que fue. "Hasta hoy he llamado padre a Pietro Bernardone, pe­ro ahora soy siervo de Dios."

Todas estas profundas materias podemos insi­nuarlas con frases cortas e imperfectas; y la más breve afirmación acerca de uno de los aspectos de esta ilumi­nación consiste en decir que es el descubrimiento de una deuda. Se tendrá posiblemente por paradoja si de­cimos que un hombre puede sentirse transportado de gozo al descubrir que tiene una deuda. Pero ello obe­dece solamente a que en las transacciones comerciales el acreedor no comparte los transportes de gozo del deudor, y con mayor razón cuando la deuda es por hi­pótesis infinita y, por ende, imposible de saldar. Pero de nuevo el paralelismo de una noble historia de amor natural disipa la dificultad con la rapidez del rayo. Allí el acreedor infinito comparte la alegría del infini­to deudor, porque en realidad son ambos a la vez acre­edores y deudores. En otras palabras, la deuda y la de­pendencia se convierten verdaderamente en placer an­te el amor no maculado; puede que en simplificaciones populares como las que aquí hacemos empleemos la palabra "amor" con excesiva laxitud y frecuencia, pe­ro en este caso la palabra es la clave. Es la clave para todos los problemas de la moralidad franciscana que embarazan a la mentalidad moderna, pero por enci­ma de todo es la clave del ascetismo. La más alta y san­ta de las paradojas se encuentra en el hecho de que quien sabe muy de veras que no podrá pagar su deuda esté pagándola siempre. Por siempre estará uno devol­viendo lo que no puede devolver, aquello de lo que ni siquiera tiene la esperanza de poder hacerlo. Por siempre estará el hombre desprendiéndose de cosas y echándolas en un abismo sin fondo de insondable ac­ción de gracias. Los que se crean excesivamente mo­dernos para comprender esto son en realidad dema­siados mezquinos, y la mayoría de nosotros somos en verdad demasiado mezquinos para practicarlo. No so­mos lo bastante generosos para ser ascetas, y me atre­vería a decir que no somos lo bastante geniales. El hombre necesita la magnanimidad de la renuncia, pe­ro de ella sólo en el primer amor alcanza por lo general un barrunto, como un atisbo del Edén perdido. Pero tanto si lo vemos como si no, la verdad está encerrada en este acertijo: que el mundo entero es cosa buena y mala deuda.



Si alguna vez este amor tan singular, que fue la ver­dad de los trovadores, llegara a pasar de moda y a ser tratado como ficción, semejante falta de comprensión se parecería a la del mundo moderno frente al ascetis­mo. Bárbaros puede haber, quién lo duda, que inten­tarán destruir la caballerosidad en el amor como destruyeron la caballerosidad en la guerra los bárba­ros que gobernaban Berlín. Sí esto llegara a ocurrir tendríamos que oír las mismas pullas carentes de ima­ginación e inteligencia. Aparecerá entonces gente que pregunte qué clase de mujer tan egoísta era ésta que exigía sin piedad tributo en forma de flores o cuán avara para reclamar oro sólido en forma de sortija. Del mismo modo se pregunta hoy qué clase de Dios es el que demanda sacrificio y negación de si mismo. Quienes así procedan habrán perdido la clave de todo lo que los enamorados entienden por amor y no comprenderán que estas cosas se hacen porque no son reclamadas. Pero sirvan o no estas cosas menores pata iluminar las más importantes, es de todas maneras inútil estudiar algo tan grande como el movimiento franciscano mientras se alimente esa condición moder­na que critica el ascetismo por sombrío. El punto esen­cial acerca de san Francisco está precisamente en que si fue asceta pero no sombrío. Tan pronto como se vio derribado de su cabalgadura por la gloriosa humilla­ción que le infiriera la visión de la dependencia del amor divino, lanzóse Francisco al ayuno y a la vigilia exactamente como antes se lanzara furiosamente a la batalla. Había vuelto las espaldas a su corcel, pero no hubo alto ni freno en el ímpetu atronador de su ata­que. No cabía en él nada negativo; su sistema no era ni régimen ni estoica sencillez de vida. Ni era negación de sí mismo en el sentido de autodominio. Era algo tan positivo como la pasión y tenia todo el regusto de algo tan positivo como el placer. Francisco devoraba el ayu­no como la gente el alimento. Se había sumergido en la pobreza como se sumergen tierra adentro los hombres que cavan locamente en busca de oro. Y es precisamente la calidad positiva y apasionada de este aspecto de su personalidad lo que constituye un desa­fío a la mentalidad moderna frente al problema de la prosecución del placer. Ahí está innegablemente el hecho histórico y ahí está unido a él otro moral casi tan indiscutible. Es cierto que el Santo se mantuvo en esta carrera heroica y nada natural desde el momento en que partió vistiendo su camisa de crin por los bosques invernales hasta el día en que, en su misma agonía, quiso yacer desnudo sobre la desnuda tierra para de­mostrar que nada poseía y nada era. Y casi con la mis­ma certidumbre podemos decir que, en sus brillantes rondas sobre el mundo de la humanidad que pena, las estrellas pudieron por una vez, al pasar por sobre este cuerpo enjuto y consumido yacente en el suelo roqueño, contemplar a un hombre feliz.


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