Roverismo hacia el éxito



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"Este es uno de los males que actualmente padece el país y causa del desempleo entre los trabajadores jóvenes.

"Digo esto para hacer ver a los jóvenes que por bien de ellos mismos no deben fumar."

Pero aun existe otra razón para no fumar, que se aplica también a las personas mayores y que muchos olvidar, y es que el fumar afecta a los demás.

Cuando vayáis a encender vuestra pipa (no hablo de los cigarrillos que son cosas de mujeres y niños), y os encontrareis en un tren, en un cuarto o en algo parecido, aseguraos antes de que no vais a causar molestias a vuestros vecinos.

Muchos hombres, y la mayoría de las damas no soportan el humo del tabaco, y muy especialmente el olor que les queda en sus ropas después de haber estado entre fumadores. Naturalmente que sienten pena de hacer objeciones y tienen que soportar en silencio el malestar que les causa. Un hombre que tenga en sí algo de caballerosidad, guardará su pipa para una ocasión más propicia.

Me parece que los cigarrillos los fuma el vulgo, los impacientes, los inconstantes; en cambio la pipa es más individual, la fuma el individuo tranquilo que con toda calma medita mientras lo hace.

Si fumáis cigarrillos porque éstos son baratos, recordad que, para que sean baratos deben estar hechos de material corriente.

He aquí lo que un expendedor de tabaco ha dicho acerca de este asunto: "De cada seis centavos pagados por diez cigarrillos, dos y medio recibe el gobierno por concepto de impuesto, uno y medio el vencedor y los centavos restantes van al fabricante y con ello tiene que pagar el costo del tabaco, la picadura, la hechura, el empaquetado, el manejo, el anuncio, los gastos de venta, etc., y todavía obtener utilidad."

Yo fumaba bastante en pipa, pero dio la casualidad de que entré en contacto con unos guardafrontera americanos que habían servido como Scouts en la guerra contra los indios pieles roja.

Ninguno de ellos fumaba y se reían de mí con conmiseración viéndome como a un Pietierno, mientras yo me consideraba un hombre en toda la extensión de la palabra. Entonces me explicaron que el tabaco iba a jugarme una mala pasada a mi vista y a mi olfato; el sentido del olfato es inapreciable para un Scout que desarrolla trabajo durante la noche. Así pues, decidí ahí mismo y en ese momento, dejar de fumar y nunca jamás lo he vuelto a hacer, con lo que he ganado ciertamente en salud y en ahorro.


Comer demasiado.
Cuando estuve sitiado en Mafeking, todos teníamos que vivir con raciones muy reducidas y era interesante ver cómo esto afectaba a los diferentes miembros de la guarnición. Y los afectaba de muy distintas maneras. Algunos permanecieron casi igual, otro, visiblemente bajaron de peso y creo que uno o dos engordaron Pero el resultado se vio al final de los siete meses, cuando yo pido voluntarios para hacer una salida contra el enemigo. Pregunté quiénes se sentían capaces de marchar ocho kilómetros y aun cuando todos querían tomar parte en la expedición, pronto nos dimos cuenta que sólo una pequeña porción de ellos podía aguantar un prueba tan sencilla. Sin embargo, era evidente que los más capaces para desempeñar aquel trabajo, eran aquellos que durante toda su vida habían sido moderados en el comer, el beber y el fumar.

Los mismos resultados se obtuvieron mientras duró una expedición de la que yo formé parte en la costa occidental del Africa a través de los panteones y los bosques de Ashanti, región que popularmente se conoce con el nombre de "la tumba del hombre blanco". Los hombres que habían vivido con dejadez y bien en su vida ordinaria, caían como naipes. En cambio los que eran moderados en la comida y activos fueron los que sobrevivieron. Incidentalmente, en esa expedición se descubrió que la carne no es un alimento esencial en la dieta del hombre. Por mucho tiempo viví exclusivamente comiendo plátanos, y aun cuando enterrado en lo más espeso de la selva donde rara vez podíamos ver la luz de sol, y el aire tenía el hedor de un jardín de coliflor, debido a que la vegetación se pudría en el pantano, nunca estuve en mejores condiciones físicas durante toda mi vida, y podía caminar 30 kilómetros al día marchando con el corazón contento y el estómago ligero.


Dormir demasiado.
Dormir demasiado es otra de las complacencias que rara vez toma la gente en consideración, pero los japoneses tienen la teoría de que cada hora de sueño más de las que son esenciales para descansar y restaurar la energía del cerebro y los músculos, es dañina y estimula la gordura. Así pues, si un hombre se da cuenta de que está volviéndose corpulento debe quitarle una hora todos los días a su sueño y per contra si es demasiado delgado deberá dormir una o dos horas extras durante unas cuantas semanas hasta que adquiere el peso satisfactorio. Si deseáis hacer descansar vuestro cuerpo, leed un buen libro. Si deseáis hacer descansar vuestro cerebro, jugad fútbol o salid de pesca.
Lenguaje demasiado crudo.
Otra forma común de complacencia, pues a eso equivale, es el usar lenguaje duro. Tal cosa demuestra la falta de dominio sobre uno mismo y aun cuando por el momento lo hace a uno descansar (cosa que he comprobado por mí mismo) no por eso deja de ser una debilidad que fácilmente crece mientras más se le da rienda suelta. A uno no le hace ningún bien y, empleado contra otros hace daño. Causa sentimiento por parte de quien recibe la ofensa y a ratos disminuye la dignidad del que la usa. Pett Ridge sugiere que el decir palabras duras es un gran alivio para desperdiciarlo y que lo que debe hacerse es conservarlo para los momentos de crisis. Napoleón dijo una vez, refiriéndose al General Lannes, uno de sus jefes que más prometía: "El condenado de Lannes posee todas las cualidades que se requieren para ser un gran soldado, pero nunca llegará a serlo por cuanto se deja llevar de su mal genio al reprender a sus oficiales y considero éste como uno de los más grandes defectos que un general puede tener."
El soldado mal hablado.
A Lannes, el general Marbott que era un gran amigo suyo y ayuda de campo de Napoleón, le refirió en privado lo que éste había dicho de él. Lannes, que estaba ansioso de ser un buen general, desde aquel día se hizo el propósito de dominar su genio y su lengua y llegó a ser Mariscal de Francia.

¿Cuántos Lannes en los negocios habrán dejado de ascender por causa de este defecto? Un mal hablado jamás podrá esperar ser conductor de hombres, aun cuando lo trate.

Trabajar demasiado es otra complacencia en la que algunas personas incurren.

He dicho algunas, no todas.

El editor de este libro en inglés, el difunto Herbert Jenkins, era una de ellas. Mientras escribo esto, tengo delante de mí una nota de él, en la que me dice que está trabajando durante trece horas diarias y no puede abandonar Londres por una noche. Lo conocía desde hace años y sabía que siempre hacía lo mismo. Siempre trabajó trece horas diarias. Murió joven debido principalmente a haberse excedido en el trabajo.

Me divirtió bastante hace poco, el saber que un periódico había abierto una encuesta sobre quiénes eran los tres hombres más ocupados del país y que mi nombre había sido mencionado, junto con los de los señores Lloyd George y el Príncipe de Gales.

No merezco esa alabanza más de lo que la merece mi sombrero (por cierto la merezco menos que mi sombrero; ya que éste se ha excedido en el trabajo debido a los precios de la posguerra).

Es verdad que yo estoy escribiendo esto a las cinco y cuarto en una mañana extremadamente fría de invierno, pero es que siempre me he levantado temprano en mi vida y que nunca hubiera gozado ni la mitad si no lo hubiera hecho así.

Pensad que si tan sólo añadís una hora extra cada día habréis ganado 365 horas en el año o sea tres semanas más de vida de lo que la mayoría de vuestros vecinos habrá tenido.

Personalmente, calculo conseguir vivir trece meses en vez de doce cada año. Algunas personas el tiempo extra lo colocan al final del día, cuando el cuerpo y cerebro están cansados. No hay nada como las primeras horas de la mañana para hacer lucir el trabajo.

El hombre que se enorgullece de su trabajo, goza más de la vida.

Una vez hablaba con un joven ingeniero a quien encontré trabajando durante una huelga. Le pregunté por qué estaba ahí y me contestó con orgullo perdonable: "Ved ese trabajo. ¿No es algo? Yo no podía dejar de hacerlo."

Se mantuvo en él por el amor que le tenía. Hay mucha diferencia en trabajar por amor al trabajo que hacerlo de otra manera.

El único peligro consiste en convertirse en esclavo del trabajo y no darse uno mismo el descanso o recreo necesarios.

Por descanso no quiero dar a entender ocio sino cambio de ocupación. Los cambios de ocupación que yo acostumbro varían considerablemente. Una vez, por ejemplo, consistió en meterme en un arroyo cenagoso para extraer de él la yerba. Este trabajo me interesaba; pero tenía mayor interés para un desocupado, que sentado en el parapeto del puente fumaba su pipa y gozaba viéndome trabajar.

¿Habéis observado el interés con que la multitud se agolpa en cualquiera de las calles transitadas en Londres para ver trabajar a los operarios que remiendan el pavimento con algo parecido a chocolate caliente? Pues bien, así estaba este individuo.

Al fin su curiosidad sobrepasó a su satisfacción, y murmuró: "parece un trabajo sucio". Yo estuve de acuerdo. No podía ser de otra manera, pues me encontraba cubierto de loco de pies a cabeza.

"¿Qué tanto le pagan por eso compañero?"

"Ni un centavo", le contesté.

"¡Dios me libre! ¡Diantre de mí si lo hiciera!"

Y no lo puse en duda ni un solo momento.
Trabajo sucio, ¿no es así, compañero?
La salud ayuda al dominio de sí mismo.
Una vez tuve a mis órdenes unos soldados, que tuvieron que deshacerse, por determinadas circunstancias, de parte de su equipo ordinario: sus cantimploras.

Esto suena a crueldad y los soldados así lo consideraron al principio, y no modificaron su modo de pensar hasta que vieron que se habían evitado el peso de la cantimplora y el constante golpeteo de ésta sobre la cadera, pudiendo marchar tres veces más que cualquier otra tropa.

Y lo que fue mejor, ninguno de ellos se enfermó de diarrea o tifoidea como acontecía con otros. La razón de esto fue que cuando los soldados llevan cantimplora, generalmente se beben su contenido hasta vaciarla durante la primera hora de marcha.

Después de atragantarse en esa forma se ponen más sedientos y llenan sus cantimploras en el primer arroyo o charco que cruzan, de donde pescan enfermedades.

Cualquier líquido, especialmente alcohol, tomado entre comidas, es perjudicial para la buena condición de un soldado. Ningún individuo, durante su adiestramiento de corredor o boxeador podrá estar en condición si bebe alcohol, excepto en pequeñas cantidades con sus comidas, aun cuando tampoco esto le hará mucho

Una de las señales de estar "bien" es el no sentir sed. Un individuo se acondiciona para jugar al fútbol o para cualquier otro deporte, pues de otra manera no podría ejecutarlo, pero parece olvidar esta regla cuando se trata del trabajo del cual depende su sueldo y su promoción. Si el individuo se conservara en buena condición física todo el tiempo, podría hacer mejor su trabajo y gozar dos veces más de su descanso.

Si tiene cuidado de evitar el beber entre comidas, vivirá cien años.
El tío Juan Shell.
"El año pasado el tío Juan Shell regresó a su casa y se encontró con que su mujer había muerto. Los parientes de ella la habían enterrado y decidido que su hijo, de siete años, debería irse con ellos. El tío Juan protestó enérgicamente; pero aquellos se lo llevaron. Al ver esto, el tío Juan fue a su casa, tomó su rifle de chispa, que él mismo había construido hacía más de cien años y montado en su mula se dio a perseguir a los raptores. Alcanzo a su suegro en el camino y con el rifle lo obligó a entregarle al niño."

"¡Ciento treinta y dos años tenía el tío Juan y todavía le sobraba energía para pelear!"

Sí, no es una equivocación. De acuerdo con la reseña autentica publicada en el Landmark en 1920, el viejo Juan Shell nació en Koxville el 3 de septiembre de 1788 y todavía vivía y estaba fuerte. El hijo que figuró en la reseña tenía siete años, pero su hijo mayor tenía más de 90 y él tenía 27 hijos entre estos dos. El más viejo de sus hijos era agricultor y daba esta receta para vivir mucho:

"Trabajar fuerte, pero no demasiado. Demasiado trabajo es tan malo como muy poco. Tomar todos los días el alimento y el sueño que necesite el cuerpo y además un poco de diversión."

Pero jamás había bebido nada más fuerte que el agua.
Diversiones.
Una forma pequeña de "diversión" que algunas veces me permito, después de un día largo en la oficina o en comités, me voy - por favor no lo digáis a nadie - a un cinematógrafo o a un teatro de vodevil.

Sé bien que las gentes respetables dirán que eso es degradante. Pero ¿qué quieren ustedes?, no lo puedo evitar. No hay nadie que sea perfecto.

He recomendado un cambio activo de ocupación como la diversión más adecuada y no tengo defensa al permitirme ocasionalmente un poco de diversión pasiva consintiendo que otros me diviertan.

Cuando voy al cine, caigo en un estado de somnolencia muy descansado al que me conduce la película que pasa ante mi vista y si es un argumento malo como con frecuencia sucede, entonces tranquilamente me duermo. Ahora es distinto, con el nuevo tipo de cinematógrafo no es posible dormir, hablan demasiado.

En el género de vodevil prefiero al ciclista y al malabarista y no al excéntrico. Una buena dosis de risa me hace el efecto de un baño para el cerebro.

Al mismo tiempo no puedo negar que durante tres cuartas partes de la función, me aburro soberanamente con la cantante con la suegra y con las palabras de doble sentido que usan los actores que no pueden hacer reír con méritos auténticos de humorista.

Si la diversión en estas salas fuera realmente sana y graciosa el público concurriría más y los empresarios también ganarían más.

Es verdad que hoy día las damas pueden ir a los teatros de vodevil, los que antes les estaban vedados por las canciones y palabras indecentes que ahí se usaban.

La gente de hoy día es más sana de mente de lo que era antes y toca a vosotros, la generación de jóvenes, el continuar esa mejoría aun cuando no sea sino por respeto a vosotros mismos.

Hay otras muchas debilidades y puntos de complacencia a los que no me he referido aquí; pero que vosotros los conocéis por vosotros mismos estudiando cuidadosamente vuestro carácter y vuestras costumbres. Muchos de ellos ni siquiera los sospechabais hasta ahora, pero cuando los descubrís por vosotros mismos, en vez de que alguien os los señale, veréis la necesidad y la forma de corregirlos.

He señalado varios de ellos en el último capitulo, junto con sus antídotos.
Manera de rodear el escollo.
Ya véis que este escollo denominado "vino" que se atraviesa en vuestro camino no es otra cosa sino complacencia, Con esto quiero decir el dejarse llevar por sus inclinaciones, ya sea hacia la bebida, el tabaco, la comida o cualquier otra forma de voluptuosidad. La complacencia puede traducirse en ruina individual y daño a la comunidad. En mucho se debe a que la gente se deja llevar por lo que hacen los demás, cerrando los ojos al peligro. Pero con los ojos abiertos y remando uno su propia canoa, controlándose a sí mismo, se puede navegar con seguridad al lado bueno del escollo, adquiriendo con ello la firmeza de carácter necesaria para precaverse de otras tentaciones a que es uno conducido por la propia debilidad.

Y esto ayuda a tener éxito,


Dominio de sí mismo.
Son varios los ingredientes que forman el carácter. La clase de carácter a la que yo me refiero es la que hace que un hombre sea realmente hombre o aun mejor, un caballero.

De estos ingredientes el primero es dominio de sí mismo. Un hombre que puede dominar su ira, su miedo, sus tentaciones, de hecho todas sus inclinaciones, excepto su conciencia y su vergüenza, ese hombre está en el camino de ser caballeroso.

Por "caballero" no quiero decir esos pedantes que usan polainas, monóculo y tienen dinero; sino un hombre limpio", un hombre en cuyo honor puede uno descansar tanto en la adversidad como en el triunfo y que siempre hará tratos correctos, será caballeroso y servicial.

Dominio de sí mismo, es un punto en el que los británicos, por regla general, son fuertes. Somos tan inclinados a ocultar nuestros sentimientos, que los extranjeros con frecuencia juzgan que no somos observadores ni sentimos conmiseración, pero nos conceden que se puede depender de nosotros porque generalmente conservamos la cabeza en los casos de emergencia

Ya esto es algo de cualquier manera, pero creo que todavía se puede hacer más con el dominio de sí mismo. Este ciertamente lo capacita a uno para resistir con éxito a las tentaciones.

Es algo que puede ser cultivado y que debe ser cultivado por todo aquel que quiera tener carácter.

Algunas personas, se ríen de la Ley Scout porque dice que cuando un muchacho se encuentra en apuro, peligro o dolor, debe tratar de sonreír o de silbar y esto hará que cambie su situación.

Y, sin embargo, no conozco a nadie que, después de haber ensayado este consejo, no esté de acuerdo con la idea.

No cabe duda que produce el efecto deseado y que también, entre más se practica, más se desarrolla convirtiéndose en un hábito y es por tanto parte del propio carácter.
El plan era muy sencillo, especialmente para el león.
Una vez tuve que arrastrarme por un campo cubierto de maleza de espinas, persiguiendo a un león que trataba de cazar. Me encontraba en un trance mortal, pero mi rastreador zulú estaba muy pendiente y había planeado que si nos atacaba el león, él me cubriría con su escudo. Aun cuando temía yo al león, más temía yo la pretensión de mi zulú. Así pues, me arrastré, y puedo deciros que sentí un gran consuelo: después de cierto tiempo, nos dimos cuenta que el león había huido en otra dirección.

Sucedió que en otra ocasión, en la India, me vi obligado a repetir el acto, esta vez con un puerco espín. Habíamos estado tratando de cazarlo a caballo y con lanzas, habiendo logrado herirlo seriamente antes de que se pudiera esconder en un lugar donde la maleza era sumamente espesa y de donde sus perseguidores no podíamos desalojarlo.

Atravesaron el lugar haciendo mucho ruido, pero salieron al otro extremo anunciando que no se encontraba ahí.

Sin embargo, nosotros sabíamos que estaba ahí, pues habíamos cuidado bien todas las salidas.

Habiendo ganado a muy poco costo reputación en esa clase de juegos, tuve que apearme del caballo e ir con los que hacían la batida, estimulándolos en su empresa.

Seguramente que lo encontramos, o mejor dicho, él me encontró a mí. En el centro de la espesura, escuché de repente un ruido y un gruñido, al tiempo que la bestia se lanzaba desde su escondite sobre mí. Tenía mi lanza preparada de tal manera que en el ataque él se lanzó derecho sobre ella, clavándosela en medio del pecho; pero la fuerza con que se me abalanzó me hizo caer sobre mi espalda, conservando, sin embargo, bien asida la lanza, lo que me permitió retenerlo a suficiente distancia, para impedirle abrirme en dos el pecho con sus púas.

Bien que trató de hacerlo con gran empeño, empujándome más y más contra el suelo, pero pude poner la cache de la lanza en el piso a un lado de mí y así contenerlo.

Los demás de la batida, hombres fuertes, trataron de ganarse los unos a los otros en llevar la noticia fuera de la maleza a lo otros cazadores, diciéndoles que yo había sido muerto. Estos vinieron corriendo y trayendo consigo sus lanzas con las que por fortuna pronto dieron fin al señor puerco, evitando que me siguiera prodigando sus atenciones.

Sin embargo, después de algún tiempo, a pesar de lo atormentador que era aquel recuerdo, fuimos poco a poco tomándole gusto a la emoción que proporcionaba este método de terminar la lucha por lo que cada vez que heríamos a un puerco espín, nos apeábamos de los caballos y le hacíamos frente a pie.

Me imagino que de haber habido muchos dragones alrededor de San Jorge en su época, le habría gustado, después de haber tenido éxito en su primer encuentro, el tomar la muerte de dragones como una diversión de todos los días.

Si uno se domina a sí mismo, y se obliga a hacer frente a una dificultad, o a un trabajo que parece peligroso y tiene éxito, la siguiente ocasión le será más fácil vencer.

El dominio sobre sí mismo, no solamente lo capacita a uno para dominar sus malos instintos sino que le da dominio hasta sobre sus pensamientos.

Y es un punto de importancia vital para la felicidad.

Forzáos siempre, a ver el lado bueno que tiene hasta aquello que parece más oscuro, y veréis que os es más fácil, llenos de confianza, enfrentaros a los prospectos difíciles.

La ansiedad es un pensamiento deprimente, pero una vez que se le domina, y se le puede sustituir por una esperanza brillante, jamás habrá necesidad de beber para tener valor o para olvidar.

La gran ventaja que se saca de la práctica del dominio de sí mismo, es la habilidad que se obtiene para poder alejar los pensamientos desagradables y sustituirlos por otros que satisfagan y sean alegres.

Si os tomáis la pena, podéis cultivar este hábito de cambiar la célula del cerebro que está dando lugar a los pensamientos desagradables, por una nueva célula que contenga buenos ideales.

En esta forma os podréis convertir en hombres nuevos.


La autodisciplina del general Nogi.
El célebre general japonés Nogi, explicó una vez delante de mí, cómo se había adiestrado en el dominio de sí mismo y en valor. Era un asunto de autodisciplina. Al principio de su existencia él era un joven débil con disposición nerviosa pero tenía tal voluntad, que reconoció su debilidad y determinó conquistarla.

Cada vez que él tenía que enfrentarse a una situación que no le gustaba o que le causaba temor, por principio se forzaba a hacerle frente, repitiendo esto cada vez que se le presentaba la oportunidad, hasta que al final vencía su debilidad.

Así pudo eventualmente libertarse de la tiranía del temor. Se convirtió en el jefe más audaz y el soldado más intrépido de su época.

Cuando a su hijo lo mataron en combate, no dio la menor muestra de pena por no causar depresión entre los demás. Sin embargo, no por eso dejaba de sentir profundamente esa muerte.

Cuando murió su emperador, pensó que como sirviente fiel que él era, no debería seguir viviendo y se mató por propia mano cortándose el estómago.

Maravilloso ejemplo de dominio de sí mismo sobre el miedo y el dolor.


El control de sí mismo es lo que caracteriza al caballero.
"Una multitud en Londres es excepcionalmente educada. Puede permanecer durante horas enteras viendo en silencio cómo una enorme caja fuerte es elevada hasta el último piso de un gran edificio. He dicho en silencio, es decir, sin tratar de dar consejo a los que están trabajando. Gran ejemplo de dominio de sí mismo."

Es esto lo que Pett Ridge dice sobre el dominio de sí mismo y cómo contribuye éste a los buenos modales.

El viejo William de Wykeham declaró hace tiempo que "los modales caracterizan al hombre" y estaba en lo justo. Un hombre de verdad, es cortés; es decir, muestra deferencia, simpatía humana y buen humor sin límites.

Eso es lo que constituye un caballero y con verdad he oído decir que lo mismo de difícil es ser caballero para un duque que para un albañil.

Acostumbraba a jugar polo contra cierto equipo que tenía un buen jugador, pero éste tenía su lado flaco: no era un caballero tenía muy mal genio.

Nadie podía tropezar con él o detenerle el mazo en el momento en que iba a darle a la pelota (las dos cosas permitidas en el juego); perdía el control y con él la cabeza para el resto del juego, convirtiéndose en algo enteramente inútil para su equipo

Pues lo mismo sucede en una discusión o debate, si el adversario no puede dominar su genio, uno lo tiene a su arbitrio, esto es, siempre que uno sí pueda controlar el suyo.




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