Rojas Marcos, Luis La autoestima [R1]



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La autoestima

Nuestra fuerza secreta

Luis Rojas Marcos


ESPASA - HOY
© Luis Rojas Marcos, 2007

© Espasa Calpe, S. A., 2007


Primera edición: marzo, 2007

Segunda edición: abril, 2007

Tercera edición: abril, 2007

Cuarta edición: mayo, 2007


Diseño de la colección: Tasmanias

Ilustración de cubierta: Corbis

Foto del autor: Pablo Collantes/Hachette Filipacchi

Realización de cubierta: Alejandro Colucci


Depósito legal: M. 18.168-2007

ISBN: 978-84-670-2465-4


Impreso en España/Printed in Spain

Impresión: Huertas, S. A.


Editorial Espasa Calpe, S. A.

Vía de las Dos Castillas, 33

Complejo Ática - Edificio 4

28224 Pozuelo de Alarcón (Madrid)




Índice de contenido

Primera parte 6

1 7


El escenario del «yo» 7

Fascinación con uno mismo 8

Retos del estudio de la autoestima 12

Tumbos de la infancia 18

Manos a la obra 24

2 27


La luz de la conciencia 27

Claridad interior 28

La introspección 33

Segunda parte 37

3 38

El concepto de uno mismo 38



Nacemos y nos hacemos 39

Reflejos del mundo exterior 48

Presentación del «yo» 59

Funciones ejecutivas 67

4 73

El termómetro de la autoestima 73



autovaloración 74

En legítima defensa 83

Reparto del amor propio 93

Tercera parte 99

5 100

El lado oscuro de la autoestima 100



Narcisismo y violencia 101

El odio a uno mismo 108

6 119

Autoestima aplicada 119



Las dos parcelas favoritas 120

Satisfacción con la vida en general 125

Recapitulación y agradecimientos 129

Referencias bibliográficas 133

Índice analítico 138




«Escucha, presta atención a lo que digo:

A lo largo de los años han pasado muchos maestros por mi orquesta.

Algunos fueron famosos; la mayoría, personas corrientes.

Esta canción va dedicada a todos ellos.

He actuado en locales de barrio y en grandes teatros.

He sido muy pobre y también muy cotizado.

Empecé por abajo y alcancé la cumbre.

Y tengo que decirte que la experiencia ha sido grandiosa.

Pero no hubiera sido posible sin ellos.

Sin sus notas mágicas, sin sus perlas musicales, no lo hubiese conseguido.

¡Este brindis es por la orquesta!».

Frank Sinatra,

Brindis por la orquesta, 1983


    1. Primera parte

      1. 1

        1. El escenario del «yo»


«Qué extraño, dondequiera que fijo los ojos, siempre ven las cosas desde mi punto de vista.»

Ashleigh Brilliant,



Pensamientos, 1985
          1. Fascinación con uno mismo

«¡Pero basta ya de mí! Hablemos de ti... ¿Qué piensas de mí?».

Edward I. Koch,



alcalde de Nueva York, entrevista, 1987
Para el común de los mortales lo más importante del mundo es uno mismo. Cuando reflexionamos o conversamos con alguien cercano, los temas que nos resultan más relevantes y emotivos son aquellos que tratan sobre algún aspecto de nuestro «yo», sobre sucesos que nos afectan personalmente.

La curiosidad por entenderse a sí mismos es la principal fuerza que impulsa diariamente a millones de hombres y mujeres a buscar con avidez historias humanas con las que identificarse, ya sea en las noticias de la prensa, en las tertulias de la radio, en los programas de televisión, en el cine, en las obras de teatro, en los libros y revistas o en Internet. La preocupación con su propio «yo» también impulsa a incontables personas a acudir a psicólogos, psiquiatras, echadores de cartas, adivinos, brujas, astrólogos, grafólogos y hasta a quienes leen las rayas de la mano, en busca de respuestas a algún conflicto en sus relaciones, de pronósticos sobre lo que está por llegar o de aclaraciones de facetas de su carácter que les agobian o no comprenden.

Pese a este insaciable y universal interés por saber sobre nosotros mismos, todos atravesamos momentos en los que no nos entendemos. Expresiones comunes como «me pregunto por qué dije aquello», «no parece que sea yo con esto que siento», «verdaderamente no tengo ni idea de por qué les caigo mal», o «estoy hecho tal lío conmigo mismo que no puedo decidir», ilustran este punto. La verdad es que a casi todos nos cuesta bastante trabajo definirnos. Y no es por falta de palabras. En 1974, el Departamento de Psicología de la Universidad de California, en Los Ángeles, recopiló una lista de más de veinte mil adjetivos en inglés —casi todos con traducciones a otras lenguas románicas— que podemos usar para describirnos. Aunque bastantes vocablos son sinónimos, la variedad es impresionante. Si además añadimos comentarios sobre nuestros gustos, intereses, actitudes, valores, experiencias, sentimientos y creencias, las posibilidades son casi infinitas.

Precisamente, muy pronto en mi carrera profesional comprendí que la información más reveladora que nos puede comunicar una persona es lo que nos relata cuando habla genuinamente de sí misma. Por eso, en mi libro de notas de las primeras consultas como psiquiatra, después de escribir el motivo principal de la visita, siempre recojo la respuesta de los pacientes a mi pregunta clave: «Háblame de ti». La respuesta a esta cuestión pocas veces fluye con facilidad. Bastantes clientes se quedan perplejos y me dicen que nunca les habían preguntado semejante cosa. Algunos enmudecen dubitativos unos minutos, o me ruegan que les aclare mi petición con un «¿Qué quiere decir?» o «¿A qué se refiere?». La mayoría de la gente no está preparada para describirse espontáneamente ni ha puesto en orden su autobiografía. Parte de su indecisión también puede ser debida a que no quieren revelar aspectos personales por temor a crear una mala impresión de sí mismos en el interlocutor.

Imagínate por un momento, querido lector o lectora, que te planteo la misma pregunta. Estamos charlando amigablemente en algún lugar tranquilo y te pido que te describas como persona. Sospecho que lo más probable es que te sorprendas, que vaciles y que no estés seguro de por dónde empezar: ¿comenzarías, quizá, por la edad, el lugar de nacimiento, tu estado civil, la familia, tus relaciones importantes?; ¿me contarías primero las cosas que te gustan y las que te disgustan?; ¿identificarías tu profesión, algún rasgo de tu físico, alguna característica de tu personalidad, o un problema serio que te aflige?; ¿describirías el tipo de casa o la marca del coche que tienes?; ¿o me explicarías antes de nada tus creencias religiosas, tus valores sociales, o tus ideas políticas?

Tu probable reacción de perplejidad ante mi pregunta es muy normal. Aunque te sientas cómodo y confíes en tu interlocutor, e incluso seas dado a la introspección y hayas logrado construir una imagen clara de ti mismo, sospecho que muy raras veces te habrás parado a describirte, y mucho menos en voz alta. Excepto los datos personales concretos y fáciles de expresar, como la fecha de nacimiento, la altura, el color de los ojos o el número de hermanos, la mayor parte de nuestra identidad es abstracta, al ser una representación mental que construimos de nosotros mismos. Además, ciertos componentes de nuestro carácter están enterrados en el inconsciente, y muchas de nuestras tendencias y emociones se prestan a una amplia gama de matizaciones.

No pocas personas reconocen facetas contradictorias de sí mismas según el papel que desempeñan en la sociedad. Por ejemplo, un magistrado de los tribunales comentaba: «Como hombre muchos de los criminales que sentencio me dan lástima; pero como juez siento que lo justo es condenarlos a cadena perpetua». Una profesora de instituto decía algo parecido: «Como mujer soy muy cariñosa con los niños, pero como maestra soy todo lo severa que es preciso; por eso me llaman "el hueso del centro"». Bastantes adolescentes se consideran jóvenes recatados ante sus padres o profesores, aunque reconocen que se comportan como gamberros impresentables cuando están con su pandilla.

Resulta también curioso cómo las personas, a la hora de configurar su identidad, mezclan atributos del pronombre personal «mi» y del posesivo «mío». Por ejemplo, incluyen su reputación, su familia o sus propiedades como parte de su «yo». Y si estos atributos son atacados, los defienden con la misma firmeza que defenderían una agresión contra ellas mismas. Me viene a la cabeza un suceso que divulgaron los medios de comunicación mientras trabajaba en este punto que ahora puede servir como ejemplo. El incidente tuvo lugar en el verano de 2006, durante la final del campeonato mundial de fútbol en Berlín, entre Francia e Italia. De repente, el famoso y carismático capitán del equipo francés, Zinedine Zidane, propinó un tremendo cabezazo en el pecho al jugador italiano Marco Materazzi. Esta sorprendente agresión, en el último partido que jugaba antes de retirarse del fútbol para siempre, le supuso la expulsión inmediata del campo y una mancha imborrable en su imagen de deportista. Un par de días después, durante su primera comparecencia pública, Zidane pidió perdón a los millones de espectadores y telespectadores que contemplaron el partido y vieron atónitos la agresión, pero se cuidó mucho de excusarse de su conducta. «No me arrepiento, no puedo hacerlo... Fueron palabras muy duras, muy graves, que me tocaron en lo más profundo», afirmó. El futbolista aludía a que Materazzi había insultado a su madre para explicar su ataque. Esto me hace sospechar que el conocido dicho popular «todito te lo consiento menos faltarle a mi madre» refleja la tendencia universal a incorporar a nuestro «yo» a otras personas que son muy importantes para nosotros.

Tampoco hay que olvidar que la predisposición para abrirnos y hablar sobre nosotros mismos está influenciada por nuestro estado de ánimo, de forma que las ideas que expresamos varían, según cómo nos sintamos en un momento dado. Los sentimientos desempeñan un papel fundamental en cómo pensamos y en cómo interpretamos las cosas. En el cerebro, las zonas encargadas de elaborar las emociones, como el hipotálamo, también modulan las neuronas encargadas de razonar. Esto hace que exista coherencia o relación entre el tono positivo o negativo de lo que sentimos y lo que pensamos.

Por todos estos motivos, es comprensible que nos desconcertemos y dudemos al enfrentarnos con la tarea de describirnos, y necesitemos tiempo para deliberar interiormente antes de hacerlo.

La realidad, sin embargo, es que los seres humanos gozamos de una sorprendente aptitud para observarnos, analizarnos y juzgarnos. Todos en algún momento valoramos nuestro físico a través de nuestra lente crítica particular. También podemos evaluar nuestro temperamento, nuestras actitudes y conductas, de acuerdo con nuestros ideales o las normas que establece la cultura en que vivimos. Los juicios de valor que hacemos pueden ser de muchos tipos; por ejemplo, estéticos (bonito o feo), morales (bueno o malo), emocionales (alegre o triste), sensoriales (placentero o doloroso), sociales (honorable o despreciable), médicos (saludable o enfermo). Dependiendo de las valoraciones que formulemos, y de cómo sobrellevemos las que adoptamos como definitorias de lo que somos, nos sentiremos más o menos bien con nosotros mismos.

La luz de la conciencia hace posible la introspección, esa habilidad especial que tenemos para «asomarnos» a nuestro interior y examinarnos. Gracias a mi trabajo en medicina y en psiquiatría he dispuesto de un magnífico escenario en el que observar y admirar la capacidad de las personas para ser conscientes de sí mismas y contemplarse como entidades individuales separadas de todo lo que les rodea. Tal habilidad les permite ser simultáneamente actores y espectadores de sus sentimientos, pensamientos y conductas, y ejercer al mismo tiempo de sujetos y de evaluadores de los atributos físicos, psicológicos y sociales que conforman nuestra singular e irrepetible identidad. Resulta verdaderamente fascinante contemplar a los niños y adolescentes construir, paso a paso, el concepto de sí mismos y, una vez adultos, comprobar cómo los juicios de valor y los sentimientos favorables o desfavorables que forjan hacia su «yo» gobiernan sus vidas y moldean sus destinos.


          1. Retos del estudio de la autoestima

«Todas las generalizaciones son erróneas, ésta incluida.»

Alexander Chase,



Perspectivas, 1966
Desde que comencé a trabajar en este libro, hace unos tres años, enseguida me di cuenta de que el análisis de nuestra autoestima plantea por lo menos dos interesantes desafíos. El primero tiene que ver con el propio concepto, con su definición y el significado que le damos. El segundo reto nos lo plantea el hecho de que la naturaleza de la autoestima es esencialmente subjetiva e invisible, lo que dificulta su estudio con un grado razonable de imparcialidad.
Mito y realidad
En la comunidad de psicólogos, psiquiatras y demás especialistas del ramo, todavía no hay unanimidad sobre lo que es exactamente la autoestima. Para algunos se trata de una respuesta emocional automática y global de aprecio o de rechazo hacia uno mismo. Para otros es el resultado de la suma metódica de las evaluaciones que hacemos sobre nuestra lista personal de atributos o cualidades. A mi modo de entender, la autoestima comprende ambas cosas. Es el sentimiento, placentero de afecto o desagradable de repulsa, que acompaña a la valoración global que hacemos de nosotros mismos. Pero esta autovaloración intelectual y afectiva se basa en nuestra percepción, más o menos positiva o negativa, de las diversas partes de nuestra persona y de nuestra vida que seleccionamos porque las consideramos relevantes. Según nuestras prioridades particulares, a la hora de valorarnos podemos incluir una amplia gama de factores; desde la habilidad para relacionarnos con los demás hasta la apariencia física, pasando por rasgos de nuestro carácter, la capacidad intelectual, la aptitud para llevar a cabo ciertas actividades que valoramos, los logros que cotizamos, las cosas materiales que poseemos, o la alegría que en general sentimos en la vida cotidiana.

Junto a la complicación que supone la pluralidad de definiciones del concepto de autoestima, tenemos además que enfrentarnos al mito casi universal de que la alta apreciación de uno mismo es, por definición, un atributo beneficioso que siempre se manifiesta en comportamientos constructivos, mientras que la baja autoestima es causa frecuente de conductas aberrantes o antisociales.

La verdad es que desde los principios de la psicología y la psiquiatría, hace aproximadamente un siglo y medio, los peritos en estos campos han aceptado como dogma que la alta autoestima va de la mano de un alto nivel de dicha y de la participación gratificante y útil en la sociedad. Por el contrario, la baja autoestima o el rechazo de uno mismo se ha considerado motivo de infelicidad y de conductas nocivas, actitudes intolerantes e incluso propensión a la violencia. De ahí el conocido principio de que «para descubrir en nosotros el amor lo primero es amarnos a nosotros mismos». Esta visión de la autoestima también explica que las psicoterapias, los libros de autoayuda y los profesionales dedicados a mejorar la vida a los demás insistan mucho en que debemos aprender a valorarnos y a justipreciar nuestras cualidades y virtudes. Nos aconsejan que alimentemos una imagen positiva como sea, ser benévolos con nuestras actitudes y comportamientos, y comprensivos con nuestros fallos o defectos. De acuerdo con esta creencia, la promoción al por mayor de la autoestima entre la población es invariablemente provechosa. Aumentar la autoestima se ha considerado un objetivo muy deseable, una meta muy recomendable para todas las personas.

Sin embargo, hoy sabemos que estas generalizaciones sobre el valor absoluto de la alta autoestima, y las indiscutibles ventajas de impulsar indiscriminadamente la autovaloración de las personas, más que teorías científicas válidas, son el resultado de la vieja quimera que glorifica incondicionalmente el embelesamiento con uno mismo. La utilidad de la autoestima como indicador seguro y fiable de salud psicológica y social de la persona es relativa.

Una alta autovaloración no es siempre un dato psicológico saludable, mientras que una baja valoración de uno mismo no es necesariamente causa de inadaptación o de tendencias antisociales. Lo importante a la hora de catalogar la apreciación que las personas hacen de sí mismas es examinar la calidad de los ingredientes que consideran relevantes para medir su valía y el empleo que hacen de estos ingredientes en el día a día. Por ejemplo, según sus biografías, bastantes personajes diabólicos de la Historia, como Calígula, Gengis Kan, Jack el Destripador o Idi Amin, no tenían problema de baja autoestima, sino todo lo contrario. La cuestión es que un alto aprecio a uno mismo puede acarrear consecuencias destructivas cuando este aprecio está basado en tendencias egocéntricas y prepotentes. Por eso, fomentar indiscriminadamente la autovaloración positiva en este tipo de personas puede ser peligroso.

Cuando hablamos, pues, de alta autoestima es importante distinguir la autoestima saludable o constructiva de la autoestima narcisista o destructiva. La autoestima saludable consiste en la valoración global positiva, razonable y optimista que hace la persona de sí misma. Para hacer esta autovaloración la persona elige y sopesa sus virtudes, defectos, capacidades, limitaciones, y también las consecuencias gratificantes de sus comportamientos para su sano bienestar y desarrollo, y el de los demás. Por el contrario, la alta autoestima narcisista o destructiva se basa en valorar, en exclusiva, las capacidades y talentos que alimentan el sentimiento de superioridad o de poder sobre el prójimo, y las conductas placenteras que resultan del ejercicio o la puesta en práctica de dicho dominio o supremacía sobre otros.

Las semillas de la tesis revisionista de la autoestima que apoya esta distinción entre la alta autovaloración saludable y la enfermiza fueron sembradas hace unos veinte años en California, como consecuencia de un insólito movimiento político. Se trata de un acontecimiento ciertamente curioso e inolvidable, por lo menos para mí y para muchos colegas de mi gremio. El episodio en cuestión tuvo lugar en 1988, cuando los legisladores californianos votaron por unanimidad una ley de la autoestima. Cuatro años antes, el veterano y persuasivo senador californiano John Vasconcellos había presentado en la legislatura de aquel estado un inédito proyecto de ley destinado a crear una «Comisión para aumentar la autoestima de los ciudadanos». La premisa de esta política era que la baja autoestima constituía la causa fundamental de la falta de responsabilidad personal y social en la población. Por ello, el objetivo de esta ley consistía sencillamente en impulsar entre los ciudadanos una valoración positiva de sí mismos, lo que previsiblemente conllevaría la disminución de seis graves lacras sociales de la América urbana del siglo xx: el crimen violento, el maltrato doméstico, el abuso de alcohol y otras drogas, los embarazos en adolescentes, el fracaso escolar y la dependencia crónica de las prestaciones de la Seguridad Social.

La singular iniciativa de Vasconcellos arrancó de sus convicciones personales. De hecho, el senador a menudo exponía públicamente que su excelente forma física y mental se debía exclusivamente a que gozaba de una buena autoestima. Nacido en Estados Unidos de padre portugués y madre alemana, estudió derecho, pero siempre mostró un profundo interés por la psicología. Elegido en 1967 como representante en el Parlamento de California, este político carismático y de inagotable energía se dedicó obsesivamente a promover la idea de que aumentar la autoestima de los ciudadanos, sobre todo entre los jóvenes, era una especie de «vacuna social» que serviría para disminuir o incluso erradicar numerosos problemas sociales. Al final logró su objetivo y, una vez aprobada la nueva ley, se crearon y financiaron con fondos públicos una serie de programas educacionales, en especial en los colegios públicos, destinados a incrementar la autoestima del pueblo.

Con Hollywood a dos pasos, la promoción de la autoestima se convirtió en un fenómeno de la cultura pop, glorificado como una moda en los medios de comunicación, en el mundo de la psicología, de la enseñanza y de la política. Tener una autoestima alta se transformó en una meta dorada ansiada por todos, en una mercancía tan codiciada como el elixir de la eterna juventud. Sin embargo, pese al entusiasmo con que se puso en práctica esta célebre y original iniciativa pro autoestima entre la población californiana, la experiencia terminó mostrando un resultado muy distinto del que en principio se esperaba. El célebre movimiento no amainó en lo más mínimo la marea de males que buscaba resolver.

Pocos años después, una gran mayoría de expertos y analistas llegaron a la conclusión de que el experimento de ingeniería social fue un verdadero desatino, poco menos que una fantasía de una mente calenturienta, aunque bien intencionada. Pienso que este resultado constituye una prueba más que confirma la advertencia que en su día hiciera el carismático presidente John F. Kennedy: «El gran enemigo de la verdad no es la mentira deliberada y artificiosa, sino el mito persistente y persuasivo» (discurso en la Universidad de Yale, 1l de junio de 1962).

Estudios posteriores revelaron dos motivos del fracaso de la ley de la autoestima. El primero fue que la baja autoestima no era necesariamente la causa principal, ni siquiera secundaria, de los males sociales identificados por los legisladores, como el crimen violento, el fracaso escolar o la dependencia crónica de prestaciones estatales. El segundo motivo fue la superficialidad y la falta de especificidad de las medidas adoptadas, ya que los programas que se diseñaron y pusieron en práctica ignoraban las bases legítimas que configuran la autoestima saludable. Me refiero a cualidades positivas concretas, como el cultivo de relaciones gratificantes, conseguir objetivos válidos a base de un esfuerzo consciente o poner en marcha los talentos naturales. La ley californiana se tradujo en meras intervenciones que consistían, casi exclusivamente, en tratar de borrar sentimientos como «no me gusto» o «soy inferior», a base de mensajes simplistas y eslóganes mágicos del corte de «eres especial», «¡quiérete a ti mismo!» o «siéntete bien como sea». Este tipo de fórmulas facilonas descartaron el valor de la autodisciplina o del tesón personal y pasaron por alto la competición sana y la capacidad de aprender de los propios fallos.

La otra cara de la moneda fue el efecto positivo que tuvo en Estados Unidos y en otros países la amplia difusión del fallido experimento. Concretamente, despertó el interés en muchas instituciones académicas por analizar el significado de la autoestima, aumentó los recursos públicos y privados para investigar esta característica de la naturaleza humana, y motivó a varios grupos de científicos a estudiar la posible relación entre autoestima, personalidad y adaptación social.

Ejemplos de este nuevo interés son las investigaciones llevadas a cabo por Roy F. Baumeister, profesor de Psicología de la Universidad de Case Western, en Ohio, y Nicholas Emler, otro psicólogo de la Facultad de Economía de Londres. Los resultados de estos estudios demostraron que ciertos individuos con altos índices de autoestima en las pruebas psicológicas sufren serios problemas de personalidad e inadaptación social. Con frecuencia son personas engreídas, arrogantes y prepotentes, con una clara predisposición a utilizar los medios sociales, económicos o físicos a su alcance para dominar o subyugar a otros. Por lo tanto, como ya he comentado, no tiene sentido impulsar la auto-valoración narcisista y destructiva de estos sujetos, cuyos problemas de personalidad y de conducta radican precisamente en su exagerado egocentrismo.
Un valor secreto
El segundo desafío que plantea el estudio de la autoestima reside en el hecho de que la valoración que los seres humanos hacemos de nosotros mismos es el resultado de millones de interacciones neuronales que tienen lugar en el cerebro, el superprotegido centro vital y estratégico de nuestro ser que no se presta al examen directo ni a su cuantificación objetiva. De momento, pues, no podemos medirla como hacemos con la presión arterial, con el nivel de colesterol en la sangre o con la temperatura del cuerpo. La cantidad y calidad de nuestra autoestima es algo esencialmente íntimo, personal y subjetivo.

La intimidad de la autoestima se refleja en el hecho de que la gran mayoría de los hombres y las mujeres, mayores y pequeños, prefieren mantener la consideración y el aprecio o rechazo de sí mismos en privado, cuando no en secreto. Cómo se valoran es un tema del que no suelen hablar, sobre todo si la valoración es razonablemente positiva y se gustan. Las personas con una autoestima saludable, que son la mayoría, tienden a pasar inadvertidas.

La autoestima es algo personal en el sentido de que cada uno construye el concepto de su «yo» con distintos ingredientes. Recuerdo que hace unos meses estaba cenando en casa de unos buenos amigos y surgió en la conversación el tema de la autoestima. Aproveché la ocasión para preguntarle a su simpática y habladora hija Anya, de doce años, que nos acompañaba: «¿A ver, Anya: del cero al diez, en cuánto te valoras a ti misma?». La pequeña se concentró unos segundos y me respondió sin vacilar: «Un nueve». «¿Y por qué un número tan alto?», insistí. A lo que ella me respondió con una expresiva sonrisa y los ojos bien abiertos: «Mira, Luis, tengo unos padres que me quieren, voy a un colegio estupendo, soy bastante lista y cuando estudio saco buenas notas». Después de una pausa, añadió: «¡Ah!, y estoy viva». La verdad es que me sorprendió la facilidad con la que Anya identificó los ingredientes de su fórmula de la autoestima. Días después le hice una pregunta similar a Jennifer, una niña de la misma edad, hija de otros amigos: «¿Para ti y tus compañeras de colegio, qué cosas son las más importantes a la hora de sentiros bien con vosotras mismas?». Su respuesta fue inmediata: «Ser guapa, tener éxito entre las chicas y los chicos».

Al ser un fenómeno tan íntimo y personal, el estudio de la autoestima casi siempre está impregnado de subjetividad. La verdad es que todos enjuiciamos y explicamos nuestro mundo y el mundo de los demás a nuestra manera o, como asegura el viejo refrán, «cada cual cuenta la feria según le va en ella». Nuestras experiencias pasadas, nuestros valores y nuestras expectativas moldean nuestras opiniones, especialmente sobre ideas abstractas o temas tan emocionalmente cercanos e importantes para nosotros como la propia valoración de lo que somos.

En el campo de las ciencias, el factor subjetividad está aceptado, sobre todo desde que el físico alemán Albert Einstein formulase la teoría especial de la relatividad, hace poco más de un siglo. Esta teoría transformó conceptos que se consideraban absolutos, como los del tiempo y el espacio, en fenómenos relativos que dependían del lugar concreto donde se situara el observador. Pienso que el gran regalo de Einstein ha sido advertirnos de que el punto de mira del observador moldea inevitablemente su percepción de las cosas. Esta revolucionaria revelación científica se plasma en la actualidad en el campo de la física cuántica, donde se ha llegado a comprobar que los movimientos de las más ínfimas partículas que componen los átomos de la materia son susceptibles de verse alterados por la sutil y subjetiva disposición psíquica del propio observador o investigador.

Mi perspectiva de la autoestima está seguramente influida por mi trabajo en el mundo de la medicina y la psiquiatría, y por los mensajes que emanan de la sociedad urbana neoyorquina. Por cierto, yo diría que vivir en una cultura individualista como Nueva York me ha dado la oportunidad de ser testigo del protagonismo que ejerce el aprecio de uno mismo a la hora de sacarle a la vida lo mejor que ofrece. A la vez, he podido observar de cerca los efectos perniciosos del narcisismo y las consecuencias devastadoras de la autoestima dañada por los avatares de la vida en este tipo de sociedad, cada día más frecuente y universal, donde, para bien y para mal, la importancia del «yo» supera con mucho a la del «nosotros».

A un nivel más personal, he de confesar que desde niño me ha picado la curiosidad por entender cómo las personas construimos el concepto de nosotros mismos. Lo que originalmente alimentó en mí este interés fueron las escaramuzas y pequeñas batallas que mi autoestima y yo libramos durante los primeros diecisiete años de mi vida.

Sin duda, los cristales de mi observatorio están teñidos por esas vicisitudes tempranas. Por este motivo, creo que para hacer más transparente mi discurso puede resultar oportuno que comparta brevemente con vosotros, amables lectores, algunas notas personales antes de entrar en materia.


          1. Tumbos de la infancia

«Hay niños que atraviesan la infancia sin sobresaltos y aterrizan suavemente en el mundo adulto con sensatez y cordura. Bastantes se desorientan y tropiezan durante un tiempo, pero, de pronto, florecen. Los más, tiemblan, se tambalean, luchan, se enderezan, cambian de rumbo, y finalmente encuentran su auténtico equilibrio personal.»

Stella Chess,



De la niñez a la independencia, 1978
Durante la infancia y parte de la adolescencia mi adaptación al mundo que me tocó vivir fue bastante turbulenta. La hiperactividad, la curiosidad insaciable, la intolerancia al aburrimiento, la atracción por aventuras de intensidad elevada y el hecho de que podía resistirme a cualquier cosa menos a una tentación me conducían con regularidad a travesuras y situaciones arriesgadas que preocupaban a mis padres y maestros y ponían a prueba su paciencia. Recuerdo, por ejemplo, que con ocho años me gustaba participar en carreras de bicicletas sin frenos, y nadar en el mar bastante más lejos de lo que me permitían mis fuerzas y posibilidades de volver a la playa. Si bien era un muchacho sociable y alegre, cualidades que facilitaban las relaciones de amistad, con frecuencia mis arrebatos indignaban a mis mejores amigos.

Entre los nueve y los once años, después de haber cometido alguna barrabasada, me asaltaba interiormente la pregunta: «¿Y quién demonios soy yo?». Entonces, desfilaban por mi cabeza los calificativos que los adultos más queridos solían utilizar para describirme: «es un niño muy travieso», «un diablillo», «no para quieto», «más malo que la quina», «siempre enredando», «un rabo de lagartija».

Para apoyar esta reseña personal acostumbraba a representar en mi teatro mental algunas escenas de dramas pasados: mi madre llorando angustiada y llamándome a voces desde la azotea de la casa de Sevilla, porque los vecinos alarmados la alertaron de que yo andaba saltando alegremente por los tejados colindantes. A menudo recordaba la figura de mi padre enfurecido, cuando descubrió que yo había arrancado del costoso diccionario de la lengua todas las páginas que contenían fotos en color —banderas, mapas, animales, paisajes— para coleccionarlas y componer mi álbum personal. No olvido tampoco las caras descompuestas de las exasperadas monjas del colegio de párvulos de la Doctrina Cristiana intentando, por las buenas y por las malas, mantenerme quieto y callado en el pupitre de la clase. Entre paréntesis diré que esta primera crisis escolar tuvo un final feliz para mí —reconozco que no fue así para mis padres—, pues las hermanas, hartas de tratar inútilmente de moderar mi inatención y nerviosismo, decidieron liberarse de mí y un Miércoles de Ceniza del mes de febrero me devolvieron para siempre a casa con una mentira piadosa. La breve nota decía textualmente: «Por razón de la avanzada edad del niño, no puede seguir en este colegio». Sospecho que la idea de utilizar esta misericordiosa excusa debió de surgir en un momento de improvisación, pues mi cumpleaños no se celebraba hasta finales de agosto.

En mi pequeño mundo de entonces, la impotencia para regular mi bullicioso temperamento se traducía en reiterados y fallidos propósitos de enmienda. Unas veces exteriorizaba mi frustración con brotes de mal genio, otras somatizaba mi descontento y lo transformaba inconscientemente en trastornos digestivos. Después de cada trastada me invadían la culpa y el remordimiento. Sin ser un niño devoto, con once años llegué a salir de penitente hasta en tres cofradías durante la Semana Santa sevillana. Confieso que los efectos terapéuticos de estos actos expiatorios me duraban pocos días.

Por fortuna, a la hora de atravesar los campos de minas que se interponían en mi camino, casi siempre aparecía algún ángel de carne y hueso que me guiaba, a la vez que me transmitía vibraciones de comprensión y de apoyo. Por ejemplo, mi madre, mi hermana Piluca, Manuel el portero, mi tío José María, o mis amigos Diego, Jesús, Manolo y Miguel. Gracias a estos ángeles con nombre, y a otros anónimos, no pasaba mucho tiempo sin que se iluminara en mi mente el presentimiento reconfortante de que un día el buen futuro enterraría al mal presente.

Sin duda, mi madre fue el ángel más importante. Era el tipo de madre que todo niño travieso anhelaría de pequeño. Le encantaban los críos —«los niños alegran la vida», solía decir—, era comprensiva, flexible y permisiva, e incluso a veces mis diabluras le hacían gracia. Según gustaba de explicar, mi hiperactividad, a la que había bautizado con el nombre inventado de furbuchi, contenía una buena dosis de creatividad, por lo que el quid de la cuestión estaba en saber encauzarla. Así pues, a los ocho años detectó que tenía buen oído para la música y me persuadió para que aprendiese a tocar el piano, la guitarra y finalmente el instrumento musical idóneo para un niño hiperactivo: la batería. «Mira, Luis, la música amansa a las fieras», me repetía con una sonrisa cariñosa de complicidad. Aquellas largas horas de darle a las teclas, a las cuerdas y a los tambores me ayudaron a canalizar constructivamente una parte del exceso de energía que me desbordaba. Además, durante los años posteriores de la adolescencia, interpretar en público las canciones del momento en un conjunto musical que habíamos formado unos cuantos amigos constituyó un eficaz reconstituyente de mi autoestima.

Estas experiencias me convencieron de dos cosas. Una, que la noción que los niños tienen de sí mismos es simplemente el reflejo de las opiniones que los demás forman y difunden de ellos. La segunda, que para apreciarse a uno mismo es esencial contar durante los altibajos de la niñez con el cariño y suave apoyo de algún adulto. Y cuanto más espinosas sean las circunstancias de la infancia, más indispensables son estos vínculos afectivos.

Pese a ser razonablemente intuitivo e inteligente, mi perpetuo estado de «marcha» y agitación interior me robaban una gran parte de la concentración necesaria para asimilar las materias escolares. Los tropiezos colegiales culminaron a los catorce años, en cuarto de bachillerato, curso en el que suspendí cinco de las ocho asignaturas que lo componían. La mezcla del descalabro escolar y el alto grado de atención y seguimiento que yo requería por parte de los atareados profesores precipitó mi «diplomática» salida del Colegio Portaceli, de Sevilla, un aciago día de septiembre de 1957. «Creemos que lo mejor para el niño quizá sea aprender un oficio», comunicaron los jesuitas de forma escueta pero afable a mis consternados padres, en mi presencia. De vuelta a casa, totalmente derrotado, me tuve que encarar con un ambiente familiar enrarecido por el disgusto y las reprimendas.

Pasé un año dando bandazos «por libre» en varios institutos y academias. Mis padres comenzaron a pensar que, con vistas al futuro, quizá lo mejor para mí podía ser aprender algún idioma u oficio que no requiriese el bachillerato. Como última oportunidad, decidieron matricularme en un instituto conocido en Sevilla por aceptar a muchachos «cateados» de otros centros de enseñanza. Este nuevo reto, sin embargo, abrió inesperadamente un esperanzador capítulo en mi vida. El Santo Ángel —así se llamaba el colegio— era más que apropiado para mi coyuntura, pues alguien muy especial me esperaba allí, doña Lolina, ni más ni menos que la temida directora del colegio.

Rondando los cincuenta años, corpulenta, con pelo corto y despeinado, labios amplios pintados de un rojo fuerte y mirada expresiva y penetrante, doña Lolina era, por encima de su apariencia física, una mujer seria, fuerte, perceptiva y, sobre todo, experta en la vida y milagros de adolescentes problemáticos. Su timbre de voz era tal que un breve grito desde el patio era suficiente para infundir respeto, terror o seguridad —dependiendo de su objetivo— en cada uno de los doscientos y pico alumnos y profesores que ocupábamos el edificio de cuatro plantas. El caso es que, desde los primeros días de clase, doña Lolina se tomó un genuino interés personal en mí. La primera orden que me dio fue que en el aula me sentara en la primera fila —hasta entonces mi sitio, preferido por mí y por mis maestros, siempre había sido la última—, y cuando intuía que estaba teniendo dificultad con alguna asignatura, me animaba a que hablase con el instructor y negociara amistosamente la solución. Estoy convencido de que ella antes, sin decírmelo, había preparado el terreno. Doña Lolina, según me explicó vagamente bastantes años más tarde ante mi insistencia por entender estos trascendentales momentos de mi vida, al parecer había detectado «un algo», algo recuperable en mí que no me supo definir.

Con la confianza y mi motivación estimuladas por el nuevo y receptivo ambiente escolar —y probablemente por los efectos favorables de la maduración del cerebro que ocurre normalmente en la primera mitad de la adolescencia—, a los quince años comencé a practicar lo que en psicología se conoce por las «funciones ejecutivas». Por ejemplo, aplicar el freno a la impulsividad, controlar en lo posible mi comportamiento y fijarme algunos objetivos.

Recuerdo que en este tiempo descubrí los beneficios de conversar conmigo mismo. Estos diálogos y debates íntimos se sucedían y me ayudaban a analizar y explicarme los sucesos que me afectaban. También me sirvieron para montar estrategias que me facilitaron el aprendizaje. Por ejemplo, advertí la utilidad de dividir la materia en partes, hacer esquemas y resúmenes, y hasta estudiar en lugares sin moscas que me distrajesen, sin música de fondo o vistas gratificantes pero inoportunas. Al mismo tiempo acepté que, a la hora de estudiar ciertas asignaturas, tenía que ajustarme a mi propio ritmo de aprendizaje. Yo necesitaba hora y pico para retener una fórmula química o una lección de historia que mis compañeros de clase absorbían en media hora. Aprendí que cuando hay obstáculos en el camino la distancia más corta entre dos puntos puede ser la línea curva.

Paulatinamente noté que el termómetro para medir mi autoestima era más sensible a «sentirme eficaz» que a «sentirme bien». Por ejemplo, marcaba más grados cuando veía que mis esfuerzos tenían un impacto positivo en las relaciones con las personas que quería, o me llevaban a alcanzar alguna meta que me había fijado, aunque fuese muy modesta.

Del mismo modo intuí que, para lograr hacer realidad el concepto privado de mí mismo que yo deseaba, primero tendría que persuadir a los espectadores que me rodeaban. Por suerte, el nuevo escenario escolar y social en el que me movía me ofreció la oportunidad de representar la imagen pública del «yo» ideal al que aspiraba: un muchacho más sereno, prudente y responsable. La respuesta de alivio de mis padres y demás adultos y compañeros que estaban preocupados por mi suerte se hizo evidente en poco tiempo. Aunque sorprendidos por la inesperada transformación —para algunos, milagrosa—, su explicación fue bien sencilla: «Finalmente, Luis ha encontrado el juicio y se ha dado cuenta de las grandes ventajas que aporta cumplir con las reglas y obligaciones establecidas». Poco a poco este cambio positivo se fue incorporando a las opiniones que los demás tenían de mí, opiniones que, a su vez, se reflejaban en el espejo de mi identidad.

Puedo deciros que a los diecisiete años salí del atolladero de mi infancia y empecé a reconducir poco a poco mi vida por un camino más seguro y despejado. Con el paso del tiempo, casi sin darme cuenta, aquellos torbellinos fueron perdiendo intensidad emocional hasta convertirse en vestigios imprecisos e indoloros. Un regalo de la memoria.

En la primavera de 1972 había volcado ya todo mi entusiasmo en la vieja ilusión de especializarme en psiquiatría en el Hospital Bellevue de Nueva York, ciudad a la que había inmigrado cuatro años antes. Como médico residente, seguía el curso que impartía Stella Chess, profesora de Psiquiatría infantil de la Universidad de Nueva York. El tema del día, de hecho su favorito, era «El trastorno por hiperactividad de la infancia». El entusiasmo que manifestaba la doctora Chess al exponerlo era comprensible, pues la Asociación Americana de Psiquiatría acababa de reconocer oficialmente este diagnóstico apoyándose, en gran medida, en los resultados de sus reconocidos estudios sobre el temperamento infantil. Concretamente, en 1956, esta profesora y su equipo comenzaron a seguir metódicamente el desarrollo a largo plazo del temperamento en un amplio grupo de recién nacidos. Los investigadores llevaban a cabo evaluaciones periódicas de los pequeños, de sus padres y cuidadores, y de sus ambientes familiares y escolares.

Para Chess y unos pocos expertos de su tiempo, el exceso de actividad, la fácil distracción y la impulsividad en los niños eran problemas biológicos infantiles que respondían a una alteración del funcionamiento de las zonas cerebrales encargadas de regular la energía física de los pequeños, y afectaban aproximadamente al 4 por 100 de la población entre los siete y los dieciocho años de edad. Un dato esperanzador, según esta especialista, era que la mayoría de estos niños y niñas, que soportaban durante años el frustrante desequilibrio entre su deseo de encajar con normalidad y el descontrol que les dominaba, con el tiempo maduraban y superaban o minimizaban sus dificultades.

Aquella reveladora clase de Stella Chess despertó en mí la idea de que quizá mi carácter inquieto de niño fuese debido a este trastorno médico. Confieso que la posibilidad de que dificultades infantiles como las mías tuviesen un nombre y fuesen ajenas a la maldad de los niños y la ineptitud de sus padres me resultó realmente consolador.

Sea como fuere, hoy estoy convencido de que la moraleja de las experiencias personales que os he confiado es la misma que apunta un antiguo proverbio chino al advertir que «en el corazón de todas las crisis se esconde una gran oportunidad», y que aquellos que la encuentran gozan de abundantes beneficios. Realmente, esta es la lección que hemos aprendido los incontables hombres y mujeres que tuvimos la suerte de descubrir en las adversidades de la infancia y adolescencia la oportunidad de conocernos mejor. Así hemos podido apreciar lo que otros hacen por nosotros, hemos aceptado ser perdonados, hemos aprendido a perdonar, a luchar, a cambiar, y a lograr un día dirigir razonablemente el rumbo de nuestras vidas.

Pero esto no es todo, pues otra enseñanza no menos importante ha sido que, para poder encontrar la oportunidad en la crisis, una condición necesaria es contar, en algún momento, con el afecto y apoyo incondicional de otras personas. Por esto, antes de pasar página, permitidme hacer una pausa para, como dice Frank Sinatra en la canción con la que abro este libro, brindar por los «maestros y las maestras» que nos salvaron de las tormentas.


          1. Manos a la obra

«El Conejo Blanco se caló las gafas y preguntó:

—¿Por dónde quiere Su Majestad que comience?

—Comienza por el comienzo —le dijo el Rey, con toda gravedad—; continúa con la continuación, y finaliza en el final. Y luego, párate.»

Lewis Carroll,



Alicia en el País de las Maravillas, 1865
En los capítulos que siguen empiezo por describir dos condiciones necesarias para que los seres humanos podamos valorarnos. La primera es ser conscientes de nosotros mismos. Esta visión interior es indispensable para poder sentirnos y observarnos como individuos respecto del resto de las personas, los animales y las cosas que nos rodean. La segunda es la capacidad de introspección, que, unida a la memoria y al lenguaje, nos permite identificar, entender y explicar nuestras emociones, nuestros pensamientos, nuestros actos y sus consecuencias. En este capítulo también hago mención a los trastornos que sufren las personas cuando se les perturba la conciencia o la habilidad para examinarse internamente.

A continuación, enfoco la construcción de nuestra idea o representación mental de quiénes somos. En concreto, explico la influencia o el poder modelador que ejercen en la creación de nuestro «yo» el equipaje genético que traemos al mundo, los vínculos afectivos de la infancia, las opiniones de los demás, los valores sociales y las normas culturales. Examino el papel que juega en la formación de nuestra identidad interna la presentación que hacemos de nosotros mismos en público, y describo las funciones «ejecutivas» que configuran el sentido de la propia competencia. Estas actividades hacen posible que gestionemos, planifiquemos y regulemos nuestros deseos y comportamientos con el fin de alcanzar las metas que nos proponemos.

Seguidamente, me centro en la valoración global que hacemos de nosotros mismos y los diversos ingredientes que seleccionamos a la hora de autovalorarnos. Asimismo, examino los mecanismos que utilizamos para protegernos de las amenazas a nuestra autoestima, y analizo las diferencias en la autoestima de diversos grupos de población. A renglón seguido, enfoco la cara oscura de la autoestima. Por un lado, exploro la relación entre la alta autoestima narcisista y la violencia; por otro, me centro en las raíces del odio a uno mismo, como las situaciones de acoso y los sentimientos de indefensión persistentes, el estado de víctima perpetua, la persecución de ideales físicos o psicológicos inalcanzables, y los estados depresivos. Por último, exploro el papel que juega la autoestima en las relaciones con otras personas, en las ocupaciones cotidianas, y en el nivel de satisfacción con la vida en general.

Reconozco que a la hora de indagar sobre la autoestima, además de tener que enfrentarnos al hecho de que es un tema empapado de mitología y subjetividad, la realidad hoy por hoy es que casi todas las investigaciones y opiniones de expertos y profanos se basan en las observaciones y creencias de poblaciones occidentales de raíces culturales judeocristianas, de estrato económico medio y de raza blanca. Este hecho me hace recordar un correo electrónico —de esos con múltiples destinatarios— que leí hace tiempo de un profesor de la Universidad de Stanford (California), en el que reflejaba los porcentajes de las poblaciones de los cinco continentes del planeta en un pueblo imaginario de cien habitantes. Concretamente, este pueblo hipotético estaría compuesto por sesenta asiáticos, catorce americanos, doce africanos, once europeos y tres de Oceanía. De todos estos habitantes, sólo treinta y dos serían de creencias judeocristianas, veinte de raza blanca, ocho pertenecerían a un estrato socioeconómico medio o más alto, cuatro poseerían un ordenador y dos tendrían estudios universitarios. Por lo tanto, desde el marco de la población del mundo, sólo si no eres cristiano, ni blanco, ni has ido a la universidad, ni tienes ordenador, ¡ah!, y eres pobre y habitas en Asia, puedes empezar a pensar y a hablar por la mayoría.

Antes de centrarme de lleno en el tema, queridos lectores, quiero dejar claro que este libro no ofrece remedios omnipotentes para fortificar autoestimas debilitadas ni recetas universales para curar autoestimas enfermas. El motivo es que desafortunadamente no conozco tales remedios ni recetas. Mi propuesta es compartir con vosotros lo que he aprendido hasta el momento sobre cómo los seres humanos construimos, valoramos, protegemos y aplicamos a la vida cotidiana el concepto de nosotros mismos. Y mi deseo es estimular en vosotros la curiosidad y la reflexión sobre esta asombrosa facultad, exclusiva de nuestra especie.

También me gustaría animaros a aprovechar esta lectura para que consideréis con curiosidad cómo habéis elaborado la idea de vosotros mismos y cómo esa representación mental que habéis creado afecta vuestro día a día. Por esto, os aconsejo leerlo con un espíritu abierto y sin perder el contacto con las experiencias significativas pasadas y presentes de vuestra vida.

Y no os olvidéis de que, como tan acertadamente nos advirtió Lewis Carroll hace siglo y medio en el citado cuento de Alicia en el País de las Maravillas, «Todos los argumentos tienen su moraleja; el caso es dar con ella».

      1. 2

        1. La luz de la conciencia


«Que algo tan extraordinario como el hecho de ser conscientes de nosotros mismos sea producido por la simple estimulación de unas neuronas en el cerebro es tan inexplicable como la aparición del genio cada vez que Aladino frotaba su lámpara.»

Thomas Huxley,



El lugar del hombre en la naturaleza, 1863
          1. Claridad interior

«Eva tomó la fruta del árbol prohibido y comió. Seguidamente, le ofreció a Adán, y él también comió.

De inmediato, los ojos de ambos se abrieron y se dieron cuenta de que estaban desnudos. Cosieron apresuradamente unas hojas de higuera en forma de ceñidores y se cubrieron.»



Génesis, 3

(h. 440 a. C.)
Verdaderamente, nadie o casi nadie se para a pensar sobre el sorprendente fulgor mental que nos hace visibles a nuestros propios ojos.

En el marco de los millones de años con que cuenta nuestra especie, la capacidad de ser consciente de uno mismo es relativamente nueva. Si bien sólo podemos especular sobre cómo eran nuestros antepasados remotos que no dejaron rastro escrito, la mayoría de los expertos está de acuerdo en que gracias al lento pero evidente desarrollo evolutivo del cerebro humano —en número de neuronas y de conexiones o sinapsis entre ellas— hace sólo cincuenta mil años que se prendió en la mente humana la bombilla de la conciencia. Esta claridad interior permitió a nuestros lejanos parientes verse a sí mismos como entes diferenciados de las demás criaturas.

Me figuro que el primer símbolo o concepto que crearon nuestros ancestros al percibirse como individuos fue el «yo» o el «mí». Seguidamente, inventarían el resto de los pronombres personales para representar a los demás, y los pronombres posesivos, sobre todo «mío» y «nuestro», para denotar lo que les pertenecía a ellos y no a los otros.

La luz de la conciencia les facultó, además, para adoptar una perspectiva del tiempo en los tres contextos —el pasado, el presente y el futuro—, y les proporcionó el sentido del espacio, o de la posición que ocupaban con respecto a las cosas que les rodeaban y al horizonte. Más impresionante aún, el primer viso imaginable de conciencia humana hizo posible que los hombres y mujeres que poblaban el planeta pudiesen observarse y analizar sus propios pensamientos, emociones y conductas.

Los arqueólogos sospechan que fue en esa época cuando aparecieron por vez primera los adornos personales, como pulseras y collares. Esto sugiere que nuestros antepasados del Paleolítico podían cuestionarse cómo eran percibidos por los demás y habían desarrollado el sentido de la diferenciación entre semejantes por razones de casta o de poder. De esa misma era son también los primeros enterramientos donde se sepultaba a los difuntos con bienes y provisiones, lo que parece indicar su preocupación por la muerte y la otra vida.

Para Antonio R. Damasio, profesor de Neurología de la Universidad estadounidense de Iowa, la conciencia es «el sentimiento totalmente individual y reservado de primera persona, un sentimiento fundamental en ese flujo de sensaciones íntimas que configuran nuestra mente». Este reconocido científico portugués describe la aparición de la conciencia como si de repente los seres humanos se hubiesen percatado de que en su cerebro se estaba rodando una película de la que eran al mismo tiempo guionistas, actores y espectadores.

Es posible que algunos mamíferos superiores cuyas hembras poseen placenta —lo que permite que el desarrollo intrauterino del embrión sea prolongado— gocen de una capacidad rudimentaria para percibirse como entidades separadas de otras criaturas y de su entorno, e incluso ser mínimamente conscientes de sí mismos. A simple vista, parece que los chimpancés, los orangutanes y los gorilas —nuestros parientes más cercanos, que en el largo viaje evolutivo dejamos atrás hace seis o siete millones de años— son capaces de observarse y de cuestionarse algunas de sus percepciones. Por ejemplo, si se miran en un espejo reconocen que la figura que observan es la de ellos mismos y no la de otro animal.

En un curioso experimento, el experto en primates Gordon Gallup, con la ayuda de otros investigadores, pintaron de color blanco las orejas de un grupo de monos mientras dormían. Una vez despiertos, los situaron uno a uno frente a un espejo. La mayoría de los monos reaccionaron con sorpresa e inmediatamente intentaron limpiarse sus teñidas orejas. De hecho, bastantes simios usan el espejo para explorar partes de su cuerpo que no pueden ver directamente, para lavarse los dientes o acicalarse, como hacemos los humanos. Sin embargo, el talento de los monos para crear símbolos y comunicar sus experiencias es tan ínfimo que, de momento, nadie ha podido demostrar con certeza científica que estén facultados para practicar la introspección.

La aptitud para ser conscientes de nosotros mismos o la percepción de la propia individualidad parece ser un atributo exclusivo y esencial de la especie humana.

La aparición de la luz de la conciencia y la creación de símbolos con los que designar y comunicar los diversos aspectos de nuestro ser aumentaron extraordinariamente el papel de la memoria en nuestra especie. La gran mayoría de los miembros del reino animal necesitan la memoria para sobrevivir. En nuestro caso, la memoria es mucho más. Se trata de una potencia del alma que depende de una masa de neuronas, desparramadas por el cerebro, en las que registramos no sólo hechos concretos, sino nuestras interpretaciones personales de los hechos y los sentimientos y emociones que los acompañan. Por eso los recuerdos tienen el poder de hacernos llorar, reír y temblar. Las reminiscencias del ayer definen gran parte de nuestra personalidad y determinan nuestra visión del presente y del mañana. La memoria es selectiva. El olvido, por ejemplo, cura muchas heridas de la vida y nos ayuda a distorsionar inconscientemente los recuerdos para que confirmen las explicaciones de la realidad que más nos convienen.

La conciencia, el lenguaje y la memoria nos permiten mantener un diálogo con nosotros mismos sobre todo lo que nos sucede. Un ejemplo sencillo y cotidiano sirve para ilustrar esta capacidad maravillosa. Es sábado por la tarde y estoy clavando un gancho para colgar un cuadro en casa. De repente, me doy un martillazo en un dedo sin querer, siento dolor, me enojo por mi torpeza y me digo algo así como: «¡Vaya!, Luis, aquí estás, dolorido y enfadado contigo mismo por tu mala puntería». Seguidamente, me explico: «Es que hoy estoy cansado y este martillo es demasiado pesado». Accedo a información que he almacenado en la memoria y añado: «Pero ya es la segunda vez que me pasa en una semana, ¿no estaré perdiendo concentración y reflejos?». Y tomo una decisión: «Ahora lo que tengo que hacer es ponerme hielo en el dedo y dejar el cuadro para mañana; si no, me temo que llegaré tarde al cine».

En condiciones normales, el nivel de conciencia varía según las circunstancias. Por ejemplo, cuando nos despertamos por la mañana la luz de la conciencia se enciende, pero no alumbra la totalidad de nuestro ser. Normalmente notamos las sensaciones corporales de calor o frío, de energía o de cansancio, de tranquilidad o de inquietud. Llevamos a cabo automáticamente tareas rutinarias como asearnos, desplazarnos al trabajo, comer o hacer ejercicio físico, sin pararnos a pensar y sin alcanzar una conciencia plena de lo que estamos haciendo.

Por lo general, no somos conscientes del funcionamiento del cuerpo. De hecho, somos mucho más sensibles a las averías de los órganos internos que a sus actividades normales. Pero habitualmente utilizamos la luz de la conciencia cuando nos enfrentamos a decisiones importantes, analizamos nuestras relaciones afectivas, cuidamos nuestra imagen pública, programamos nuestro futuro, tratamos de entender nuestros deseos o comportamientos, examinamos nuestra biografía o reflexionamos sobre el significado de la vida y nuestro papel en este mundo.

Desde la perspectiva de la psiconeurología y la medicina, la capacidad de ser consciente de uno mismo tiene aspectos interesantes que me gustaría resaltar. Por ejemplo, para tener conciencia de uno mismo y del entorno hay que estar despierto. Cuando soñamos podemos representarnos en situaciones más o menos posibles, pero no percibimos nuestro estado físico real ni el medio que nos rodea. Igualmente, las personas sonámbulas pueden llevar a cabo, mientras duermen, actos relativamente complejos, como vestirse, comer, conversar o incluso salir de casa y darse un breve paseo, aunque sin ser conscientes de lo que hacen. Por ello, al despertar no recuerdan nada de lo que han hecho. Otros trances patológicos temporales en los que la persona parece estar despierta, pero sus comportamientos no son voluntarios, son causados por trastornos epilépticos que afectan a la actividad eléctrica del lóbulo frontal del cerebro.

Aunque aún no se conocen todos los mecanismos neurológicos que regulan nuestro nivel de lucidez, gracias a las investigaciones en la década de los cuarenta del italiano Giuseppe Moruzzi y el estadounidense Horace Magoun se sabe que lo que nos mantiene despiertos gran parte de nuestra vida es la actividad estimulante de una red difusa de tejido nervioso desparramada por el cerebro, que estos científicos denominaron sistema reticular. Las lesiones cerebrales que dañan gravemente el sistema reticular producen coma, un estado de inconsciencia o de sopor profundo que, sin embargo, no altera necesariamente funciones vitales como la circulatoria y la respiratoria. Hay personas en coma por conmoción cerebral, intoxicación de drogas o alcohol que despiertan y se recuperan.

Con todo, una cosa es estar despierto y otra distinta es ser consciente de uno mismo. Para ser conscientes no bastan los estímulos del sistema reticular, sino que se requiere además el buen funcionamiento de otras áreas del cerebro, como la corteza y el tálamo, y las múltiples conexiones que existen entre ellas.


Vidas sin conciencia
Hay casos de personas que sufren daños cerebrales irreversibles que yacen en la cama con los ojos abiertos cuando están despiertas y cerrados cuando duermen; respiran por su cuenta, mueven sin ningún propósito los músculos del rostro o los miembros. Incontinentes, mantienen una vida puramente física, desprovista de pensamientos y emociones. Conocido en medicina por estado vegetal persistente, este terrible cuadro patológico puede ser para los familiares enormemente desconcertante, pues el enfermo a menudo muestra expresiones faciales que, aunque son gestos involuntarios y no tienen valor comunicativo, engañan a los familiares y alimentan inútilmente su esperanza, al llevarles a darles significado. Con frecuencia, las circunstancias de estos pacientes dan lugar a profundas discusiones éticas, legales o religiosas, y a veces provocan amargas polémicas sobre el significado de la vida y de la muerte, y la opción de mantener o no la tecnología médica que permite alargar artificialmente el funcionamiento de los órganos vitales de estos dolientes.

Una ilustración de las intensas controversias que se pueden producir como consecuencia de estos estados de inconsciencia es el caso de Terri Schiavo. En febrero de 1990 esta joven de veintiséis años, residente en Florida, sufrió un infarto cerebral masivo cuando su corazón estuvo más de cinco minutos sin latir. Terri pasó varios años hospitalizada en centros de rehabilitación, pero su cerebro nunca se recuperó. En 1998, Michael, su marido, pidió a un juez que permitiese a los médicos quitarle el tubo gástrico de alimentación, alegando que ella le había dicho antes de enfermar que no quería ser mantenida viva artificialmente en esas condiciones. Sus padres, sin embargo, se opusieron. En 2003 los médicos le quitaron a Terri la sonda gástrica después de que un magistrado dictaminase que la joven se encontraba en estado vegetal persistente. Sin embargo, seis días más tarde se la volvieron a poner cuando los legisladores del estado de Florida votaron «la ley de Terri», que autorizaba al gobernador, Jeb Bush —hermano del presidente George W. Bush—, a decidir. La ley fue más tarde anulada por tribunales superiores, y en 2005 los médicos volvieron a extraerle la sonda alimentadora.

La conmoción invadió al país entero cuando el Congreso estadounidense se reunió en sesión especial de emergencia y con la firma del presidente decretaron que el Tribunal Supremo revisara el caso. Los jueces máximos se negaron a intervenir y Terri falleció dos semanas más tarde, a los cuarenta y un años, quince después de sufrir el accidente cerebrovascular que la sumió en el coma fatal. La autopsia reveló que su cerebro se había atrofiado a menos de la mitad del tamaño normal.

A medida que se alarga la vida aumentan los trastornos de la conciencia asociados con el envejecimiento de las neuronas. Quizá el ejemplo más claro y temido en la actualidad sea la demencia de Alzheimer. Esta incurable y nefasta enfermedad, descrita en 1906 por el psiquiatra alemán Alois Alzheimer, consiste en la degeneración y atrofia progresivas e irreversibles del cerebro.

Es verdaderamente difícil imaginar una vida sin conciencia de uno mismo. Una vida sin recuerdos, sin sentido del tiempo ni del espacio, en la que los símbolos no tengan significado. Una vida sin autobiografía, donde las personas más queridas nos parezcan seres extraños. Hoy por hoy, éste es desafortunadamente el destino de los afligidos por el cruel alzheimer. Todos terminan en un estado vegetal, despojados de las facultades del alma que los definían como seres humanos.

El sufrimiento y la ruina asociados a esta dolencia incurable explican que tantos enfermos, al enterarse de su terrible prognosis, se despidan de este mundo para siempre, como hacen los moribundos en el lecho de muerte. Y es que, dado que esta aflicción cerebral no daña el músculo cardíaco ni otros órganos vitales, los afectados se mantienen vivos un promedio de nueve años. Pienso que la dilatada e indigna agonía que padecen tantas víctimas de demencia, y el calvario que causan sin darse cuenta a sus seres queridos, obligan a la sociedad a establecer mecanismos que otorguen a las personas que lo pidan el derecho a declarar su voluntad anticipada de acortar estas insufribles existencias sin conciencia. Porque, realmente, una vida sin conciencia de uno mismo no es vida.

Cada día vivimos más, y gracias a los avances de la medicina las demencias relacionadas con la edad de las neuronas se diagnostican con mayor frecuencia. Con todo, el porcentaje de personas entre ochenta y cinco y cien años que padecen estas dolencias no alcanza al 40 por 100. Por otra parte, los espectaculares adelantos en ingeniería genética y el uso terapéutico de células madre, los avances en inmunología y el descubrimiento en el laboratorio de la capacidad regenerativa de algunas de las neuronas encargadas de alimentar la luz de la conciencia dan esperanza a la posibilidad de encontrar un día no muy lejano la forma de prevenir o curar estos males tan devastadores.

Como hemos visto, encender la bombilla que nos permite observarnos y ser conscientes de nosotros mismos es un don maravilloso. Es también el primer requisito en la construcción de nuestro «yo». El paso siguiente es la introspección, la capacidad de examinarnos internamente y analizar nuestras ideas, nuestras emociones y nuestros actos.


          1. La introspección

«Para poder estudiarnos a nosotros mismos tenemos primero que salir de nosotros mismos.»

Morris Rosenberg,



Concebir el yo, 1979
Si la luz de la conciencia es un instrumento prodigioso, poder pensar sobre cómo pensamos y poder sentir cómo nos sentimos no es menos asombroso. René Descartes, buscando la prueba lógica de su existencia, exclamó: «¡Pienso, luego existo!». Sin embargo, este influyente filósofo francés del siglo xvii no pareció captar el hecho extraordinario de que podía «salirse de sí mismo», y observarse como un ser que siente y que piensa.

Una buena parte de nuestra introspección la llevamos a cabo en conversaciones privadas con nosotros mismos. Casi sin darnos cuenta, nos hablamos y oímos cómo pensamos. Por ejemplo, al levantarnos por la mañana nos decimos: «Hoy te has levantado con el pie izquierdo»; o antes de salir de casa nos preguntamos: «¿Me pongo el abrigo?», y nos contestamos: «¡No; por la tarde hará calor!».

En general, la mayoría de las personas recurren a la introspección movidas por la necesidad de identificar las causas de sus sentimientos o conductas, o de encontrar explicaciones a los sucesos que les afectan. Igualmente, recapacitan cuando se enfrentan a decisiones importantes, o buscan formas de mejorar su bienestar. Con todo, para adquirir una eficaz capacidad de introspección se precisa una dosis abundante de esfuerzo, una actitud abierta, y, sobre todo, se requiere constancia en la práctica. Naturalmente, las personas que son conscientes de los beneficios de analizarse a sí mismas practican con más interés y regularidad esta tarea.

Gracias a la facultad de poder distanciarnos mentalmente de nosotros mismos y actuar simultáneamente de protagonistas y de espectadores, podemos estudiarnos y conocernos mejor. Y no cabe duda de que aquellos que mejor conocen sus habilidades y limitaciones llevan ventaja a la hora de calibrar razonablemente sus posibilidades y ordenar sus prioridades. De ahí quizá la clásica y atinada recomendación de «¡Conócete a ti mismo!». Según algunos expertos en historia, los antiguos griegos atribuyeron este gran consejo a varios de sus sabios —Chilón de Esparta, Tales de Mileto, Sócrates, Pitágoras y Solón de Atenas, entre otros— y lo inscribieron con letras de oro en el dintel de la entrada del templo de Apolo, en el monte Parnaso. El poeta romano Juvenal aseguró posteriormente que el prudente aviso había «caído del cielo». Yo me inclino a pensar que la advertencia es tan básica y sensata que seguramente formaba parte del recetario de los chamanes dedicados a guiar a nuestros semejantes prehistóricos.


Trastornos de la visión interior
La capacidad de introspección puede dañarse por defecto y por exceso. Aparte de la pérdida de esta aptitud de observación interna a causa de disfunciones cerebrales permanentes, como en el caso ya mencionado de las demencias, un motivo de alteración temporal de esta facultad, bastante frecuente en nuestra cultura, es la intoxicación por bebidas alcohólicas. Bajo los efectos del alcohol —y de las drogas— la capacidad de observarnos y analizarnos se daña, aunque nos mantengamos conscientes.

El alcohol etílico, por ejemplo, de cualquier bebida es absorbido por los pulmones, la mucosa bucal y el estómago en cuestión de segundos, y viaja en el flujo sanguíneo y se distribuye por todos los órganos del cuerpo. Una vez en el cerebro, reduce, sin que la persona intoxicada se dé cuenta, la aptitud para observarse. El motivo es que el alcohol interrumpe la actividad de la zona prefrontal, encargada de asegurar la aceptabilidad social de las manifestaciones de lo que uno desea, siente y piensa. El alcohol disminuye también la eficacia de las zonas del cerebro que modulan la percepción del mundo circundante a través de los sentidos. El resultado es el debilitamiento de las inhibiciones psicológicas y motoras de la persona.

En las naciones de Occidente, donde tomar copas es algo tan aceptado y cotidiano como la puesta de sol, muchos hombres y mujeres usan la bebida en dosis moderadas como «lubricante» de sus relaciones sociales. En estos casos se debilita la capacidad de introspección y los consumidores se sienten más relajados, lo que les facilita el trato con los demás y les añade espontaneidad y soltura. No obstante, hay gente que tiene «mal beber». Para estas personas, normalmente agradables y sensatas, el impacto de un par de tragos es suficiente para que aflore en ellas un humor cargante, fastidioso, que incluso les induce a mostrarse como seres hostiles, suspicaces y agresivos.

En algún momento, casi todos hemos comprobado en nosotros mismos o en algún ser querido que la ingestión excesiva de alcohol nos impulsa a decir o hacer cosas que en estado de sobriedad no diríamos ni haríamos. Hay gente que está de acuerdo con el dicho latino in vino veritas (cuando se bebe se dice la verdad) y afirman convencidos que en estas circunstancias las personas tienden a expresar lo que realmente sienten, a manifestar su «yo» verdadero. Yo me inclino a favor de los versos que el escritor gaditano Pedro Muñoz Seca puso en boca de Don Mendo, cuando éste se justificó con: «que no fui yo, no fui; fue el maldito cariñena que se apoderó de mí...». De hecho, se acepta desde tiempos inmemoriales que el alcohol no sólo colorea nuestro lenguaje, sino que incluso influye de forma determinante en el comportamiento humano. Un clásico ejemplo: nos cuenta la Biblia (Génesis, 19,31) que las dos hijas de Lot, preocupadas porque ningún hombre del pueblo de Soar las iba a fecundar, emborracharon con vino a su padre —y probablemente también se intoxicaron ellas— con el fin de tener relaciones sexuales con él, «sin que Lot se enterase de cuándo ellas se acostaron ni cuándo se levantaron». Como resultado de esta estratagema, los tres quebrantaron el gran tabú del incesto, y ambas jóvenes quedaron encintas de su padre y dieron a luz sendos hijos.

En todo caso, el consumo de bebidas alcohólicas en suficiente medida tiene el poder de desarreglar las mentes de los consumidores, hasta el punto de hacerlos desbarrar en términos incompatibles con su personalidad normal.

Como inciso recordaré que el alcohol es un ingrediente fundamental a la hora de explicar muchas muertes prematuras por enfermedades crónicas, accidentes y actos de violencia. Además, uno de los problemas de salud pública más preocupantes de nuestro tiempo es el consumo por los jóvenes. Cualquier persona razonable que repase brevemente los datos al respecto estará de acuerdo con que esta preocupación está de sobra justificada. Por ejemplo, en la actualidad, las edades de mayor consumo de alcohol en España se concentran entre los dieciséis y los veinticinco años. La ingesta persistente durante la adolescencia o el período de desarrollo del carácter tiene consecuencias nefastas para los hombres y las mujeres del mañana. La razón es que el alcohol obnubila y roba a los jóvenes la capacidad para captar las vicisitudes de la vida y para aprender a sopesar las opciones a su alcance y las consecuencias de sus decisiones y conductas. Ciertas experiencias repercuten en nuestra identidad, dejan residuo y configuran nuestro mundo del mañana. Aprender de situaciones pasadas nos ayuda a conocernos, a cambiar y a madurar. Mas para poder aprender del pasado necesitamos lucidez, motivación y una buena memoria; tres cualidades que son incompatibles con el alcohol.

La capacidad de observarnos internamente también puede alterarse por exceso. La introspección obsesiva, intensa y constante paraliza a las personas. Como advierte el viejo refrán, «quien sobreanaliza, mal fuego atiza». Y, según las palabras de Fiodor Dostoievski en Memorias del subsuelo (1864), «Ser demasiado conscientes de nosotros mismos es una verdadera enfermedad». Este mismo escritor reflexionaba agudamente sobre la conciencia exagerada de nuestro aspecto físico en su obra El idiota (1868) y hacía la siguiente observación: «Si un día te sale una verruga en la punta de la nariz o en la frente, no puedes evitar imaginarte que nadie en el mundo tiene otra cosa que hacer más que mirar fijamente a tu verruga, reírse de ella y condenarte por tenerla, incluso aunque seas el descubridor de América».

La persona que está constantemente pendiente de sus pensamientos, palabras y movimientos, o de la impresión que causan en los demás, pierde la espontaneidad y la concentración en las tareas que está realizando y tiene dificultad para decidir y actuar con eficacia. Le ocurre como al ciempiés del cuento, que caminaba feliz hasta que un día una rana le preguntó: «¿Cómo sabes qué pata mover en cada momento?». Desde ese instante, el ciempiés no pudo parar de pensar cómo se las arreglaba para andar con tantas patas y no se movió más.

Además, quienes se observan a sí mismos intensamente o sienten que les están observando mientras tratan de resolver un problema no pueden concentrarse en el problema, por lo que tienen menos probabilidades de conseguir solucionarlo que aquellos que se olvidan de sí mismos o que piensan que pasan inadvertidos. En algunos casos, incluso acciones tan naturales y automáticas como andar se convierten en movimientos torpes o descoordinados cuando la persona intenta con los cinco sentidos caminar «con naturalidad», mientras se observa intensamente a sí misma. Muchos individuos se cohíben, se cortan o se desorientan cuando se ven observados o les invade el temor de «qué pensarán». Otros se incomodan, se ruborizan y se aturullan en situaciones normalmente placenteras que requieren espontaneidad, y son incapaces de relajarse y disfrutar. Estas personas tienen averiado el termostato de la introspección. «No puedo dejar de observarme ni de pensar que me están observando y hacerme reproches por todo», suelen decir.

Precisamente, en la lista de diagnósticos psiquiátricos encontramos la fobia social. Este trastorno comienza a manifestarse en la adolescencia y el síntoma principal es el miedo cerval a las situaciones sociales. Los afectados están convencidos de que harán el ridículo y se sentirán humillados y rechazados. Para evitar esta angustiosa situación, tienden a evadir actividades como hablar en público, participar en grupos o asistir a reuniones en las que puedan ser sometidos a preguntas o invitados a intervenir. Algunos terminan llevando una vida de extremo aislamiento.

Aparte de estos trastornos por defecto y por exceso de introspección, la realidad es que la mayoría de la gente capta en algún momento de sus vidas la utilidad de observarse razonablemente a sí mismas y de conocerse lo suficiente. Se dan cuenta de los beneficios y las ventajas que aporta saber cuáles son los sentimientos y conductas que les hacen sufrir y los que les hacen sentirse dichosas. Es de sentido común que cuanto más sepamos de nosotros mismos más fácil nos resultará identificar correctamente los talentos naturales o rasgos de nuestra personalidad que nos conviene cultivar y practicar, y las peculiaridades que debemos minimizar o eliminar. El conocimiento de cómo somos nos aporta una visión realista de nuestras aptitudes y defectos, y aumenta las probabilidades de acertar en las relaciones con los demás y en las ocupaciones. Todos necesitamos encontrar y aprender a utilizar nuestras herramientas naturales físicas, psicológicas y sociales para poder adaptarnos a los cambios, superar las adversidades, y forjar y dirigir razonablemente nuestro programa de vida.




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