Robert charroux



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CAPÍTULO II


LA NAZCA DE CHILE


El Globo terrestre es un gran libro de historia y de geografía donde, desde hace miles de millones de años, han sido escritas unas aventuras prodigiosas que el tiempo, los diluvios, las estaciones y las intemperies han borrado en más de sus tres cuartas partes.

Antaño, donde ahora está el mar, había la tierra; allí donde está el desierto, se extendían verdes praderas; allí donde el calor es tórrido, reinaba un frío glacial y viceversa.

El Sol es nuestro Dios de vida, pero fue sin duda, con mucha frecuencia, un Dios de muerte o de cataclismos.

Si su calor irradiante es de más o menos intensidad, si se interponen o no unas nubes galácticas, la Tierra puede incendiarse o helarse, y unas civilizaciones humanas pueden ser destruidas, enteramente, lo cual ya ha sucedido.

Sin remontarse, al parecer, a unos cataclismos de esta índole, el gran libro del Globo terrestre relata una historia todavía incomprensible, de la que las piedras del doctor Cabrera y los trazados de Nazca son unos ejemplos enigmáticos.



ESCRITURA DIRECTAMENTE EN EL SUELO


Hemos dicho lo que habíamos aprendido sobre Nazca después de haberla recorrido, auscultado, interrogado durante diez años. ¡Sin apenas obtener más resultado que un ligero roce!

Pero he aquí que el problema se complica, se ensancha a la dimensión de todo el continente americano: ¡hay Nazcas desde las tierras altas del Canadá hasta la punta de América del Sur, sobre unos doce mil kilómetros!

Si se buscase bien, las encontraríamos también en África, en Asia, en Malta, en Inglaterra y en Francia, en los carrascales perfumados y secos del Languedoc.

Incluso, según se afirma, pero no está confirmado, sobre las tierras guijarrosas del Macizo Central y del Périgord.

¿Quién las encontrará? Seguramente no un investigador oficial, y todavía menos "los rapiñadores de ideas y de descubrimientos cuya única habilidad es la de saber aprovecharse de los demás.

Nazca «es asunto nuestro», como se dice al estilo de la Televisión, pero rindamos homenaje a los otros arqueólogos quienes también han estudiado in situ las pampas situadas entre lea y Nazca: el americano Paul Kosok y la alemana María Reiche.

Y porque Nazca es «nuestro asunto», vamos a estudiar los otros mensajes escritos en la arena o sobre la tierra verde de las colinas.

En Chile como en el Perú, se encuentran numerosos geoglifos, esos dibujos trazados directamente en la tierra, ya sea amontonando guijarros o, por el contrario, mediante el barrido de la arena.

Puede ser efectuada una comprobación: es la naturaleza del terreno la que invita a los hombres a utilizarla como pizarra.

La Nazca del Perú, la pampa Colorada principalmente, es, de hecho, una inmensa página blanca de creta, salpicada de oxidaciones, de polvos y de guijarros que le dan su aspecto grisáceo o, más exactamente, pardo-violeta.

Basta pasar una escoba por el polvo superficial y entonces, el sustrato blanco aparece y puede servir de línea o de dibujo.

En Chile, a veces es el mismo fenómeno el que juega, otras veces los colores lisos del dibujo son unas zonas purgadas o por el contrario puestas de relieve con guijarros amontonados.

En numerosos lugares del Perú, unas inscripciones, recientes, están hechas con una planta llamada ichu que arraiga superficialmente allá donde se la deposita, o bien con unos guijarros cuidadosamente dispuestos.

El Candelabro de los Andes está dibujado mediante fosos en la arena blanda (profundidad del eje central, 0,60 cm a 0,75 cm, profundidad de las otras ramas, 0,20 a 0,30 cm).

En Inglaterra, los trazos son conseguidos liberando el suelo cretáceo de su corteza de hierba y de tierra superficial.

Que nosotros sepamos, salvo para los «Hombres gigantes» de las colinas del Dorset inglés, dibujados por unos fosos o unos surcos en la tierra, los geoglifos de nuestro Globo están casi siempre motivados por la naturaleza blanca del suelo...

En resumen, es el cuadro blanco el que provoca la escritura y no la escritura la que crea el cuadro.

De esto a pensar que los geoglifos no son más que pasatiempos de pastores o de pueblos ociosos, no hay más que un paso.

- Probablemente es verdad en determinados casos, por ejemplo en Inglaterra: los ciervos y los caballos de las colinas del Dorset son unos exvotos, unas representaciones gratuitas, halagadoras, unos homenajes rendidos a unos anímales particularmente estimados.

Aunque algunos hayan creído ver en ello una representación mágica con deseo de proliferación, de repoblación o esperanza de buena caza.

Pero, por todas las otras partes del Globo, los geoglifos tienen una explicación y los de Chile recuerdan los signos trazados aún en nuestros días por los gitanos y los caminantes para señalar los lugares de buena hospitalidad y aquellos que más vale tachar del plano de marcha.




LA NAZCA DE AIACAMA


El desierto de Atacama, en Chile, se extiende todo a lo largo de la costa del Pacífico sobre la estrecha franja de estribaciones de la Cordillera de los Andes, desde Copiapó hasta más allá de Iquique a Calama, sobre una distancia de 600 kilómetros.

Es muy semejante al desierto de lea y a sus pampas roquizas de Villacuri, de los Castillos, del Hornillo, de Huayuri y de Colorada.

Aquí también, antaño, se extendía el vasto imperio de los incas, que comenzaba en Colombia y se prolongaba casi hasta la Patagonia a lo largo de la espina dorsal de la Cordillera.

En este desierto de arena y pedrusco, unos hombres, hace centenares y sin duda miles de años, cultivaban la tierra por todas partes donde hallasen un punto de agua y vivían allí, simplemente, difícilmente, como los tuareg en el Sahara, los mogoles en el desierto de Gobi, como el padre Gustave Le Paige de Bar en San Pedro de Atacama.

Porque toda la tierra está hecha para ser habitada incluso cuando es hostil, ingrata y peligrosa.

Y estos hombres del desierto antiguo enviaban unas súplicas o unos agradecimientos al cielo dibujando sobre las colinas unos símbolos, unas magias o aquello que más necesitaban: unas llamas y unos pájaros.

Pero el interés principal de la región residía en su situación geográfica: era un lugar de paso, la ruta Norte-Sur de los comerciantes prehistóricos que aseguraban la exportación de la coca, del maíz,, de las llamas, de las pieles del altiplano hacia los oasis del actual Chile.

Su pista está, por otra parte, jalonada de pequeños montículos de piedras tiradas o traídas en ofrenda para asegurarse un buen viaje y la protección de los dioses.


EL CURACA DE UNITAS


Uno de los más importantes geoglifos del Atacama es el curaca (brujo o inca) del cerro Unitas entre Tarapaca y Huara, un poco por encima de la latitud de Iquique.

De aproximadamente unos 120 metros de longitud, está toscamente representado por la técnica del barrido o rastrillado y los ojos, la nariz y la boca están dibujados por apilamientos de piedras.

La cabeza parece ser un hexágono rematado por una corona o un peinado de cuatro dientes o plumas.

De las sienes y de las mejillas parten ocho grandes líneas paralelas simbolizando sin duda la naturaleza sagrada y solar del personaje.

El curaca sostiene en la mano derecha un instrumento que no podemos identificar, pero que podría ser una honda.

El brazo izquierdo, doblado, enarbola un hacha.

Como es muy difícil de ver el dibujo y de interpretar las líneas o unos barridos a medias borrados, para imaginar la actitud del curaca lo más sencillo es examinar una buena foto.

Conviene hacer constar que las líneas y pistas de los geoglifos de Atacama y de Nazca del Perú no son identificables de cerca y que lo son más sobre foto que sobre el propio sitio.

Otro geoglifo, del cerro Unitas, todavía más difícilmente legible, parece representar un personaje portador de una trompa y un humúnculo recordando extrañamente ciertos detalles insólitos de las piedras de lea, pero también los «hombres con trompa de elefante» que habrían sido grabados sobre unos peñascos del Yunnan, en China.

Extraña coincidencia de dibujos tan particulares, alejados entre sí unos 20.000 kilómetros, pero de la cual no se puede sacar ninguna conclusión razonable.

Al oeste del pueblo de Tarapaca, se ve un caos de peñascos sobre los cuales están grabados, a cincel, unos personajes estilizados, unas serpientes, unos círculos, unas llamas y unos animales parecidos a tortugas y a iguanas.

Los arquitectos de los geoglifos eran, también, unos grabadores sobre piedra.


EL GIGANTE DEL LAGARTO


En un libro publicado en 1976, el arqueólogo chileno Lautaro Núñez Atencio da el inventario preciso, localizado y muy detallado de los miles de geoglifos que jalonan la antigua pista de las caravanas del desierto. Desgraciadamente, la calidad de la edición deja mucho que desear y las ilustraciones fotográficas, en particular, son, por lo menos, defectuosas.

No obstante, la obra está escrita con inteligencia y con el máximo afán de rigor y es de un interés primordial sobre un tema que, desafortunadamente, ha dejado indiferentes a los arqueólogos del Perú.

Sobre la vertiente occidental del cerro Unitas, se puede ver, muy mal ya que está en parte borrado, un gigante análogo al curaca, cuya mano derecha, alzada en flecha, indica el Norte y la dirección del Perú.

El brazo izquierdo enarbola un bastón o un hacha.

Las caderas, como en el curaca, están provistas de barras laterales sin significación perceptible, y un saurio —lagarto o iguana— está trazado sobre el lado izquierdo.

Como en el curaca, los ojos, la boca y la nariz del gigante del lagarto son pequeñas pilas de piedras.

Si el geoglifo pretende representar un gigante, sería interesante relacionarlo con aquellos invasores de muy alta estatura, llegados por mar sobre unas balsas al comienzo del imperio de los incas, si damos crédito a las tradiciones mencionadas por el jesuita Anello Oliva.

Thor Heyerdhal al haber demostrado, al parecer, con la expedición del Kon-Tiki que la isla de Pascua pudo haber sido poblada por los preincas, se puede por un igual pensar también que una raza gigante procedente de la isla de Pascua ha podido por lo mismo, haciendo el camino a la inversa, tomar tierra en el Perú o en Chile con el designio de colonizar el país.

En este sentido, los gigantes de los geoglifos habrían sido dibujados por los autóctonos en recuerdo de un período histórico particularmente azaroso.

Pero, ¿han existido los gigantes?

Nuestra lógica cartesiana nos lleva evidentemente a contestar con la negativa, pero no tenemos el derecho, honradamente, de hacer tabla rasa con los testimonios y los indicios extremadamente turbadores de los que volveremos a hablar.

Sobre la vertiente norte del cerro Unitas, un grupo de dibujos reproduce unas formas humanas rectangulares con grandes cabezas, pero sin piernas (borradas).

La técnica habitual del barrido del suelo está reforzada por la colocación de piedras planas recalcando el borde de las figuras.




LOS PASTORES DE BAJADA


Sobre el borde sur de la carretera que va de la Panamericana a Iquique, en el kilómetro 34, se extiende una zona de geoglifos probablemente más reciente que los otros, sobre el sitio denominado Bajada de Iquique. Los motivos más numerosos son unas cruces que se interpenetran de modo a formar rombos, líneas paralelas salpicadas de pequeños montículos pedregosos, de pájaros, de llamas, de flechas y de estrados de varios peldaños.

Un pastor o un guía de caravana, curiosamente estilizado, un túmulo de piedras en medio del rostro, sostiene en cada mano una llama y un gran pájaro.

Una especie de fresco a medias borrado representa unos animales cuyas cabezas y patas han sido parcialmente destruidas por la erosión. Asimismo, es todavía vagamente visible una hilera de pastores de piernas cortas. De modo más nítido, sobre un color liso se ven unos hombres de gran corpulencia, cubierta la cabeza con un sombrero de ancha ala. Uno de ellos empuña un bastón.

Ciertos dibujos han sido restaurados recientemente por los autóctonos o por unos arqueólogos aficionados, lo cual ha evitado sin duda su borradura definitiva.

En el lugar llamado Alto Barranco, sobre la vertiente de la Cordillera de la costa, los geoglifos representan unas caravanas de llamas guardadas, o conducidas por unos pastores.

Estos dibujos son análogos a los del Alto Huanillos que se enriquece, por añadidura, con rombos y un cóndor de alas desplegadas.

Por todas partes, igualmente, proliferan los círculos, las flechas de dirección y unas escaleras trazadas con piedras.

El profesor Lautaro Núñez Atencio piensa que estos geoglifos y signos jalonan la ruta prehistórica de las caravanas de mercaderes.

Sobre el lugar denominado Soronal-1 están representados en figuras: un hombre con su bastón, unos personajes de los que no se distingue ya más que la mitad inferior del cuerpo y una gran llama.



LAS LLAMAS DE TILIVICHE


El profesor Hans Niemeyer Fernández, de Santiago de Chile, quien, nos ha dicho el padre Gustave Le Paige, es el mejor especialista de los petroglifos del desierto de Atacama, confirma la similitud de técnica de los geoglifos del Perú y de Chile.

«Están dibujados sobre la vertiente de las colinas mediante dos procedimientos: desescombro de la superficie oscura hasta la obtención de un fondo claro haciendo contraste o por acumulación de piedras oscuras sobre una colina de color claro.»

Sobre la ladera de la falla de Tiliviche, muy cerca de la carretera Panamericana, se ve, en débil relieve, un gran friso representando unas llamas y unas alpacas como filmadas en pleno movimiento y de perfil.

De hecho, es necesario, además de una buena luz rasante, colocarse sobre la colina opuesta a la falla para distinguir netamente los detalles.

En medio del rebaño parece reconocerse un hombre con los brazos separados. Otro, sin duda el pastor, esgrime una huaraca (honda), abajo y a la izquierda.

En medio de las llamas, un felino, tal vez un puma, corre en sentido contrario de los otros animales.


EL CERRO DIBUJADO DE PINTADOS


La colina más ricamente decorada del Atacama es el cerro Pintados, a 6 km del pueblo del mismo nombre: Pintados, pequeña estación de ferrocarril, al sudeste del Iquique, sobre la vertiente occidental de la Pampa de Tamarugal.

Es el mayor conjunto geoglífico conocido y se extiende sobre varias hectáreas.

Se destacan principalmente, unos rectángulos, unos cuadrados —de 8,20 m de lado—, unos rombos tallados en escaleras, unos círculos, unos semicírculos cortados netamente sobre el diámetro ecuatorial y sirviendo de cuadros a unas representaciones difíciles de identificar.

Se ven también unas flechas, unas cruces de Malta, unos pájaros, unas llamas, unas vicuñas y unos hombres de ancho sombrero.

Las dos combinaciones técnicas, barrido y acumulación, son utilizadas para la reproducción de los dibujos.

Su antigüedad es ciertamente muy grande, aunque, determinados motivos, tales como la cruz de Malta, hacen pensar que podrían ser más recientes que el curaca o las llamas de Tiliviche.

Uno de los motivos principales es un rebaño de llamas cuyas cabezas están borradas, guardado por un pastor armado de un bastón.

Un felino está inscrito en un círculo. Unas representaciones de pájaros son invisibles en la proximidad de las instalaciones mineras de Pintados.

Toda la zona en las proximidades de Tarapaca, en la provincia de Iquique y hasta Antofagasta, es de una increíble riqueza en geoglifos de esta índole, pero su antigüedad no parece superar el primer milenio de nuestra Era. Por interesantes que sean para los arqueólogos, están lejos de continuar el enigma fascinante de los trazados de la pampa peruana de Nazca.




LA NAZCA DE AREQUIPA


Remontando hacia el Norte, la muy importante zona arqueológica de Arequipa establece la transición entre los geoglifos de Atacama y los de Nazca. El arqueólogo Linares Málaga es su gran descubridor y guía de buen grado a aquellos a quienes interesa el tema, como a nuestro amigo Daniel Dézé, de Lyon, que nos informa sobre su viaje a Toro Muerto, en el centro del lugar.

Toro Muerto está a 100 km a vuelo de pájaro al noroeste de Arequipa (160 km por la carretera). Su acceso resulta fácil gracias a varias líneas de autobuses.

La zona arqueológica se extiende sobre 5 km por encima del valle del río Majes en un decorado desértico de dunas y de peñas grabadas, representando unas escenas de danza, de pesca, de personajes, de llamas y de líneas geométricas.

Toro Muerto ostenta probablemente el récord de esas piedras grabadas que alcanzan el número de varias decenas de miles.

Desde lo alto de la montaña se puede ver un inmenso 8 trazado sobre las pendientes, y nuestra corresponsal y amiga la señora Bridget Butterworth ha localizado, desde un avión, varios geoglifos semejantes a los de Nazca.

Pero el mayor descubrimiento de Linares Málaga es la «tapicería de la pampa de Siguas» al borde de la Sud-Panamericana, a una hora y media de coche desde Arequipa.

Se distingue el geoglifo de una colina próxima que domina el valle y, con buena luz rasante, los dibujos aparecen muy netos con una especie de grecas bordadas de orillos dobles.

El centro de la «tapicería», una alfombra más exactamente, es un gran rectángulo de unos treinta metros de largo por ocho o diez de ancho.

Las dimensiones del geoglifo son de 60 m X 30 m. La técnica utilizada es la del surco ancho de 0,30 a 0,60 cm. con una profundidad de 5 a 10 cm.

Estudiada por la Universidad Nacional de San Agustín de Arequipa (UNSA), la «alfombra de Siguas» está catalogada como un caso único de geoglifo, fundamentalmente diferente de los de Nazca.

Su orientación, al fondo del valle, es Norte-Sur, es decir, que está dirigido hacia Cuzco.



UNOS PAPELES PRECIOSOS

Nunca se ha dilucidado el misterio del Candelabro de los Andes, de las momias de cabellos rojos de Paracas y de su tipo ajeno a la región.

Igualmente, habría que explicar por qué las piedras grabadas del doctor Cabrera, con sus representaciones de astrónomos, de botánicos, de médicos parteros y de cirujanos del injerto de corazón, fueron depositadas en el río lea, en Ocucaje.

Ahora bien, el Candelabro, las momias, las piedras del doctor Cabrera y las pistas de Nazca se sitúan en la misma zona del Perú meridional, en los lindes del océano Pacífico y de la Cordillera de los Andes.

Un manuscrito del padre Anello Oliva, traducido en 1957 por H. Ternaux Compans, deja constancia de una tradición inca que podría aportar cierta luz en la historia secreta del Perú.

La obra del padre Oliva, que era jesuita, lleva la fecha de 1631 y está revestida de todas las aprobaciones de los jefes de su orden.

Su título es: Vida de los hombres ilustres de la Compañía de Jesús del Perú, pero unas relaciones históricas y protohistóricas completan felizmente las de Garcilaso de la Vega que, no se recalca suficientemente, tenía diecisiete años en 1547 cuando se fue del Perú y solamente escribió sus Comentarios Reales al final de su vida hacia 1565.

Es importante hacer hincapié en que Garcilaso de la Vega, hijo de un ilustre capitán español y de una princesa inca, tomó deliberadamente partido por los antepasados de su madre y calla todo lo que es desfavorable a los incas.

No ocurre lo mismo con el padre Oliva, que no teme describir todo lo que ve y contar todo lo que oye decir sobre el pasado fabuloso de aquellos a quienes llama los «ingas».

«Todo induce a pensar —escribe— que los ingas eran una raza extranjera.

»A menudo se hace referencia, incluso en Garcilaso, a una lengua particular que solamente era hablada y comprendida por los miembros de la familia imperial...

«Para asegurar su dominio, los ingas habían hecho un trabajo admirable: era la construcción de dos grandes carreteras que se extendían todo a lo largo de dos cadenas de montaña. Una, que se llamaba la ruta de los ingas, se extendía desde Pastos hasta Chile, en un recorrido de 900 leguas. Tenía 24 pies de anchó y cada cuatro leguas se encontraban unos. vastos edificios llamados tambos; contenían grandes provisiones de víveres, de ropas y de todo lo que podía ser necesario. Cada media legua, se colocaban unos centinelas que se transmitían los mensajes de uno a otro corriendo con una gran rapidez.

»La otra carretera tenía 25 pies de ancho y estaba flanqueada, a cada lado, por un muro elevado; corría a través de las planicies, desde Piura hasta Chile, donde se reunía con la otra.»

Después de haber hablado del reinado de los incas, el padre Oliva se extiende sobre el fundador del imperio, Manco Capac y entra entonces en una continuación asombrosa y fecunda en revelaciones.

«No había yo podido encontrar en ningún historiador la menor información sobre el origen de Manco Capac, cuando algunos papeles que me entregó el doctor Barthélemy Cervants, canónigo de la santa iglesia de Charcas, cayeron entre mis manos.

«Fueron escritos a tenor de los relatos de Catad que había ocupado las funciones de quipocamayu (leedor de fjjuipos o quipus, unas cordezuelas de nudos que hacían las veces de libros o de memorándum) junto a los últimos ingas, función heredada de sus antepasados, descendientes de Ylla que, como ya he dicho más arriba, fue el inventor de los quipos...»




LAS REVELACIONES DE CATARI. EL QUIPOCAMAYU


«Catari relata, pues, que después del diluvio universal del cual los indios tenían un perfecto conocimiento y al que llamaban pachacuti, los primeros hombres que vinieron a América, ya sea adrede, o bien empujados por la tempestad, abordaron Caracas desde donde se multiplicaron y se esparcieron por todo el Perú...»

Los incas convertidos en soberanos del Perú descienden de un cacique nombrado Tumbe o Tumba.

Otoya, uno de los dos hijos del cacique, cruel y borracho, escapó de una conspiración y se entregó a toda clase exacciones que solamente fueron cesadas por «la llegada de una tropa de gigantes».

«Éstos lo hicieron prisionero y abrumaron a sus súbditos con malos tratos.

»No traían mujeres con ellos y se entregaban al crimen contra natura, de modo que Dios, irritado contra ellos, les hizo perecer a todos bajo el fuego del cielo... La tradición relata que estos gigantes habían venido sobre unas balsas formadas por gruesas piezas de madera y que eran tan grandes que la cabeza de un hombre corriente les llegaba apenas a las rodillas. Excavaron unos pozos muy profundos que se ven todavía hoy en la punta Santa Elena, y que están llenos de agua potable. Se encuentra todavía en este lugar unas osamentas humanas de una talla prodigiosa, y unos dientes que pesan hasta 14 onzas (¡430 gramos!). Me han enseñado unos tan enormes que me habría costado esfuerzo creerlo si no los hubiese visto (sic). Es probable que estos gigantes eran de la misma raza que aquellos que desembarcaron en la Nueva España (México) y de los cuales se descubren todavía osamentas en el distrito de Tlascala.»

Estos invasores de los que nos habla el padre Oliva, ¿tendrían alguna relación con los gigantes de la isla de Pascua tan estimados por Francis Maziére y que son, en cierto modo, sus «hijos espirituales»?

Se ha expuesto la hipótesis de que los incas pudieron ser los descubridores y los invasores de determinadas islas del Pacífico. Aunque sea poco probable, nos ha parecido interesante mencionar estas observaciones de Anello Oliva.

Sabemos que la autenticidad de los «gigantes» antiguos está fuertemente puesta en duda; el motivo es debido a las exageraciones de los relatos tradicionales como aquel en que «la estatura de un hombre alcanza apenas las rodillas del gigante».

Si hubiese existido un personaje tan inmenso, habría medido de 7 a 8 metros de altura, lo cual es difícilmente creíble.

No obstante, hay que tener en cuenta diversos factores que demuestran que unos hombres de muy alta estatura han vivido en los tiempos antiguos.

— Todas las tradiciones hacen mención de gigantes.

— El récord en 1977 es de 2,70 m para el americano Robert Wadlow.

— El padre Oliva parece sincero cuando habla de los dientes de 14 onzas. ¡Queda por saber si eran de hombre o de animal!

Podemos testimoniar un hecho que sería fácilmente comprobable si, en los países de América del Sur, fuese posible obtener algo, lo que sea, con sencillez y facilidad.

Hemos visto en el templete-museo de Tiahuanaco, en 1969, sobre un estante, una serie de cráneos que van desde el Cro-Magnon hasta un cráneo gigante que, de memoria, nos parece que debe de medir entre los 30 y 40 centímetros de alto.

En nuestros días, estos cráneos se hallan en el museo arqueológico de La Paz, pero nos ha sido imposible, pese a numerosas gestiones, obtener unas fotografías.

La existencia de gigantes en el antiguo imperio de los incas, si fuera demostrada, permitiría considerar nuevas hipótesis sobre los problemas de Nazca, las piedras del doctor Cabrera y las momias de Paracas.

«La tradición conservada por los quipocamayus relata también que, cuando la destrucción de los gigantes, se avistó en el cielo un joven de una belleza prodigiosa, que lanzaba contra ellos las llamas que los destruyeron. Es probable que fuera algún ángel del cielo.»


DIRECCIÓN: LAGO TITICACA...


Nos enteramos por el padre Oliva que los incas eran una raza extranjera en el Perú.

Catari, el quipocamayu, nos abre otros horizontes cuando escribe:

«Manco (el primer inca), asustado por las tempestades, resolvió no ir más lejos de lea y no penetrar desde allí al interior de las tierras...

»Sus compañeros lo descubren más tarde en una espaciosa caverna del lago Titicaca, excavada por la mano de hombre.

«Las paredes estaban recubiertas de ornamentos de oro y de plata, y no tenía más acceso que una puerta muy estrecha...

»Para reconocerse, los compañeros de Manco se perforaron los lóbulos de las orejas y se colgaron gruesos aros de una especie de junco llamado aotora (aotora = totora = junco. Esta práctica. parece haber dado origen a la casta de los orejones).»

Manco salió una mañana de la caverna, a la salida del sol, con un atuendo hecho de placas de oro y no tuvo dificultad alguna en hacerse reconocer como rey. «Fue así como fundó la monarquía de los ingas.»

Tal es el relato de Anello Oliva.

En cierto sentido, puede orientar las especulaciones a propósito de Nazca por el hecho de que Manco llegó hasta lea para reconocer su futuro reino, limitado entonces por las pistas y las líneas de las pampas de Nazca.

¿Tenían por misión estos trazados detener mágicamente la marcha conquistadora de Manco o bien, por el contrario, guiarlo hacia las riberas del lago Titicaca donde debían concretarse su misión y su destino de futuro inca?

Es una hipótesis que merece ser estudiada, tanto más cuanto nadie hasta hoy se ha ocupado del tema. No creemos que Manco haya detenido su exploración en lea para dirigirse oblicuamente hacia el lago Titicaca donde finalmente se detuvo.

La Cordillera de los Andes es un obstáculo que no se desafía impunemente, y debió él de descender hacia Nazca y Arequipa donde encontró en la montaña una falla que conducía a Puno, al borde del lago, y a Chinchillapi (a 140 km al Sudeste) donde se hallan las cavernas con pinturas de Mazo Cruz, de Kelkatani y de Pizaoma.

Allá encontró los santuarios de los más antiguos pueblos andinos: los kollas «fundadores del mundo» que reinaban hace unos 10.000 años después de haber llegado, no de la costa, como se suponía, ¡sino del Norte!

De todos modos, es necesario recalcar que los grabados rupestres del lago Titicaca, si bien se emparentan con los del desierto de Atacama, no tienen ningún lazo de parecido con los geoglifos de las pampas.

Entonces, ¿qué sería Nazca? ¿Barrera mágica para detener a Manco o a otro invasor? ¿O cuadro de dirección debiendo guiar a uno u otro hacia el lago sagrado del futuro imperio?






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