riesgo el cálculo del riesgo: seguridad pronosticable ante un futuro abierto 9



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1. RIESGO



La amenaza y la inseguridad son condición de la existencia humana desde siempre, en cierto sentido incluso más antes que ahora. En la Edad Media la enfermedad y la muerte prematura amenazaban a los individuos y sus familias mucho más que hoy, así como las hambrunas y epidemias amenazaban a los colectivos. La semántica del riesgo, sin embargo, vinculada desde los inicios de la Edad Moderna a la creciente importancia que han ido adquiriendo la decisión, la inseguridad y la probabilidad en el proceso de modernización, es algo diferente. La semántica del riesgo se relaciona con riesgos futuros que se tematizan en el presente y resultan a menudo de los éxitos de la civilización. Y también posibilita movilizaciones sociales nuevas, postutópicas, como las ya mencionadas iniciativas cosmopolitas contra el cambio climático o alianzas cambiantes entre sociedad civil, Estados y grandes grupos empresariales.
Las dos caras del riesgo —oportunidad y peligro— se convierten en tema durante la industrialización a partir de la navegación mercante intercontinental. El riesgo es el patrón perceptivo e intelectual que moviiza a una sociedad enfrentada a la construcción de un futuro abierto, lleno de inseguridades y obstáculos, una sociedad que ya no está determinada por la religión, la tradición o la sumisión a la naturaleza y que tampoco cree en los efectos redentores de las utopías.
Mientras se abre un abismo entre Dios y el riesgo, la novela europea se une al riesgo. Cuando el riesgo entra en juego, Dios tiene que abandonar su posición de conductor del mundo, con los consiguientes vuelcos y revoluciones. El arte de la novela (Kundera, 1986) descubrió a partir de su propia lógica interna las múltiples caras del riesgo y anunció e ilustró la dimensión existencial del mismo. En la figura de don Quijote la vida

sobre la Tierra, cuyo futuro ya no depende del poder de los dioses o la sabiduría de Dios, se convierte en una aventura que no cesa. Pues en ausencia de Dios el riesgo despliega su ambigüedad inescrutable, prometedora y pavorosa. El mundo no es como es, sino que su ser y su futuro presuponen decisiones, decisiones que ponderan ventajas e inconvenientes, trenzan progreso y ruina y, como todo lo humano, albergan el error, el no-saber, la hybris, las promesas de control y al final incluso el germen de una posible autodestrucción.


Una de las primeras novelas de la modernidad europea, El Qui jote, cuya segunda parte se publicó en 1616, circuló por todo el mundo. La reacción de las ciencias a lo imprevisto no se hizo esperar. Los historiadores de la ciencia sitúan en 1651 —en el intercambio epistolar entre Pierre Fermat y Blaise Pascal— el nacimiento del cálculo de probabilidades, el primer intento de controlar lo impronosticable.
El terror a la ambigüedad del riesgo que las aventuras y riesgos quijotescos inspiraron desde el principio aún perceptible hoy, incluso con más intensidad, ante las nuevas tecnologías, en las que lo más prometedor y lo más nefasto aparecen indisolublemente enlazados. No sólo Descartes sino también Cervantes, no sólo la filosofía y las ciencias naturales sino también el novelista anuncian las ambivalencias de la modernidad de riesgo. Cuando Descartes enuncia el «yo pienso» como el fundamento de todo y de todos, hace aparecer en escena, además del riesgo, un yo que actúa contra los dioses y contra un futuro predestinado, una postura que bien puede calificarse hegelianamente de «heroica».
Las primeras novelas de la modernidad presentan este heroísmo del riesgo como la partida hacia un mundo desconocido y cada vez más imprevisible. El comienzo de Jacques lefataliste et son maítre, de Denis Diderot, nos sorprende con los dos héroes ya en camino: no se sabe de dónde vienen ni adónde van, viven en un tiempo sin principio ni fin, en un espacio sin fronteras, en medio de paisajes sociales cuyo futuro aparece tan presente como infinito. Dada la indeterminabiidad del riesgo, uno presiente que no hay alternativa al experimentalismo existencial. Todo lo perteneciente a la experiencia del riesgo: el descubrimiento, el sufrimiento, la previsión de lo imprevisible, el miedo, el placer, la sorpresa, el adelanto dosificado de la muerte (que el riesgo desliza en la cotidianeidad), todo culmina en la frase (naturalmente irónica y que hay que entender como un juego de palabras): «Arriesgo» ergo sum. Me arriesgo, luego existo; sufro, luego existo. ¿Quién soy? ¿Por qué soy? ¿Por qué soy el que soy y no el que también podría ser (o sea, también soy)?

«fuera» sobre los seres humanos y que había que atribuir a dioses, demonios o a la naturaleza, todos ellos agentes «externos». La historia de las instituciones políticas surgidas con el despliegue de la sociedad moderna en los siglos XIX y xx puede entenderse como la conflictiva formación de un sistema de reglas para tratar las inseguridades y riesgos industriales, esto es, dependientes de decisiones. Que se pudiera (o se tuviera que) responder a la aventura de la apertura y conquista de nuevos mercados y al desarrollo e implantación de nuevas tecnologías con un «contrato de riesgo», es un invento social que se remonta a los inicios de la navegación mercante intercontinental, se extiende con el despliegue del capitalismo nacional a casi todos los problemas de la vida social, y cada vez se perfecciona más. Circunstancias que, de entrada, sólo afectaban a individuos concretos se convierten en «riesgos», es decir, en un tipo de suceso condicionado por el sistema, registrable estadísticamente y, en este sentido, «pronosticable», o sea, sometible a reglas generales de compensación y evitación.


Este «cálculo del riesgo» involucra a ciencias naturales, técnica y ciencias sociales y puede aplicarse a fenómenos completamente diversos, ya sea la gestión sanitaria (desde los efectos del tabaco hasta los de la energía nuclear), la economía, el desempleo, los accidentes de tráfico o el envejecimiento de la población. Como señala François Ewald (1991), a la vista de un futuro abierto e incierto el cálculo del riesgo permite al Estado institucionalizar una promesa de seguridad mediante la aplicación universal de estadísticas o del principio de intercambio «dinero por destrucción».
Dicho contrato, sancionado por el Estado como contención previsora y distribución «justa» de las consecuencias y costes derivados de decisiones industriales, está a caballo de socialismo y liberalismo, pues reconoce que el origen de las consecuencias peligrosas es el propio sistema, pero al mismo tiempo hace participar a los individuos en la compensación y prevención de las mismas. En aquellas sociedades nacionales en las que se vuinera total, aparatosa y sistemáticamente este contrato, hay que volver a discutir el consenso sobre el que reposaba en principio la modernización. Esto es lo que expresa la categoría de la sociedad del riesgo, que tematiza el cuestionamiento de ideas centrales del contrato de riesgo, como la controlabffidad y compensabffidad de las inseguridades y peligros provocados por la industria. 2 Lo que significa: la dinámica de la sociedad del riesgo no consiste tan-
2. «Sociedad de riesgo» no se refiere por lo tanto a una sociedad moderna en la que se haya conseguido hacer controlables —al menos en principio y con la ayuda de la lógica del riesgo— las inseguridades y peligros derivados de decisiones industriales (como su to en asumir que en el futuro tendremos que vivir en un mundo lleno de riesgos inexistentes hasta hoy, como en asumir que tendremos que vivir en un mundo que deberá decidir su futuro en unas condiciones de inseguridad que él mismo habrá producido y fabricado. El mundo ya no puede controlar los peligros que la modernidad genera; más exactamente, la fe en que la sociedad moderna podría controlar los peligros que genera se desvanece (no a causa de la demora o derrota de la modernidad, sino a causa de sus victorias). El cambio climático, por ejemplo, es producto del éxito de la industrialización, que desprecia sistemáticamente sus efectos sobre la naturaleza y el ser humano. La economía global crece demasiado deprisa, el bienestar crece demasiado deprisa, y eso significa que la emisión de gases de los países industrializados aumenta continuamente un 2,4 % desde el año 2000. Y entretanto responder a este reto global desde los estrechos limites de los Estados nacionales es dar respuestas de la Edad de Piedra a los problemas de la industrialización. Las incontrolables consecuencias que los flujos financieros globalizados provocan en grupos enteros de países, como se vio por ejemplo en la crisis asiática, también son expresión de la radicalización del principio capitalista del mercado, que ha roto las cadenas de los controles nacionales y supranacionales. Hasta el momento, las respuestas político-institucionales han brifiado por su ausencia.
El término sociedad del riesgo, que acuñé en 1986 y di por título a uno de mis libros, refleja una época de la sociedad moderna que no sólo abandona las formas de vida tradicionales, sino que además está descontenta con las consecuencias indirectas del éxito de la modernización: inseguridad de las biografías y peligros apenas imaginables que nos afectan a todos y contra los que ya nadie puede asegurarnos adecuadamente. Entonces llegué a varias conclusiones:
— El riesgo tiene la «fuerza destructiva de la guerra». El lenguaje del riesgo es contagioso y transforma las formas de desigualdad social: mientras la miseria social es jerárquica, el nuevo riesgo es democrático, afecta también a los ricos y poderosos y su sacudida se percibe en todos los ámbitos. Los mercados se hunden, los sistemas jurídicos establecidos no respone por ejemplo Max Weber). No se refiere, pues, a la primera modernidad del siglo xix
y principios del siglo xx, la modernidad de la sociedad industrial y el Estado nacional, sino al despliegue de nuevos riesgos que comienza en la segunda mitad del siglo xx con la aparición por primera vez en la historia de crisis ecológicas, el desmantelamiento de las seguridades del Estado del bienestar, etc.

del riesgo. «Escenificación» en este caso no significa sin embargo, como en el hablar común, falsear conscientemente la realidad exagerando riesgos «irreales». Por eso, la diferencia entre riesgo como catástrofe anticipada y la catástrofe efectiva misma fuerza a ocuparse del papel de la escenificación. Pues sólo haciendo presente el riesgo mundial, escenificándolo, el futuro de la catástrofe resulta actual (a menudo con el objetivo de evitarla, al influir la escenificación sobre decisiones del presente). Entonces, el diagnóstico sería que el riesgo es «una profecía que se autorefuta», como ilustra la discusión sobre el cambio climático, cuyo propósito es impedirlo.3
El acento sobre la perspectiva de la escenificación también permite visualizar un aspecto hasta ahora poco discutido del conflicto terrorista mundial. Formulado de manera algo provocativa: lo que destruye las instituciones occidentales de la libertad y la democracia no es el acto terrorista, sino la escenificación global del mismo, así como las subsiguientes anticipaciones, acciones y reacciones políticas. La restricción de las libertades, sensible en muchos terrenos —desde el incremento de las cámaras de vigilancia hasta el control de la inmigración— no es simplemente consecuencia de catástrofes efectivas como, por ejemplo, actos terroristas. Es producto de dichas experiencias y de su anticipación globalizada, esto es, del intento de impedir que tales acontecimientos se produzcan en el futuro en cualquier lugar del mundo. Bm Laden y sus redes adquieren importancia política mundial sólo cuando se da toda una serie de condiciones que facilitan su resonancia y presencia pública. Sólo si los medios de comunicación difunden mundialmente imágenes de víctimas ensangrentadas, sólo si el presidente de Estados Unidos, George Bush, llama a la guerra contra el terrorismo, sólo si la OTAN invoca tras el 11 de septiembre el caso de defensa colectiva; sólo si tales reacciones siguen a los hechos, se pone en marcha la carrera relámpago que es el sueño de todo terrorista: ascender de desconocido terrorista local a «enemigo público número uno» del mundo, a «peligro mundial», a «estrella mundial del terror».
Hay que anotar en la historia de éxitos del terrorismo que ni el gobierno de Estados Unidos ni los gobiernos europeos ni los periodistas de los medios se hayan dado cuenta hasta ahora de la importancia de esta escenificación, de que en su pugna por obtener imágenes escenifican y anticipan en la cabeza de la gente el terrorismo como un peligro global y de
3. En sociología, lo que aquí llamamos «escenificación» del riesgo mundial, también recibe denominaciones como «constructo social» o «definición social» del riesgo (véase capítulo y).

esta manera lo fomentan sin querer, apoyando por lo tanto a los terroristas y contribuyendo a hacerlos más poderosos. El lema «guerra contra el terrorismo» ilustra muy bien esta complicidad involuntaria, pues tras- planta la semilla terrorista a campos de batalla reales en los que el terrorismo puede obtener sus mayores éxitos (muertos innumerables, y el deterioro moral y político de Estados Unidos).4


La diferencia entre riesgo y percepción cultural del riesgo se desvanece
De la diferencia entre riesgo (como acontecimiento anticipado) y catástrofe (como acontecimiento efectivo) se deriva otro momento: es irrelevante si vivimos en un mundo «objetivamente» más seguro que todos los que le precedieron, la anticipación escenificada de destrucciones y catástrofes hace de la prevención un deber. Especialmente para el Estado, que, al tener por misión preferente la seguridad de sus ciudadanos, se ve obligado a la anticipación y a la previsión incluso cuando las instancias competentes (científicas, militares o legales) no disponen de los medios para ello (porque su posibilidad de responder a riesgos globales se ve reducida al horizonte del Estado nacional, por ejemplo).
Así, la «comprensión racionalista» y no reflexionada de los riesgos que predomina en la vida cotidiana y que formulan disciplinas como las ciencias naturales, la ingeniería, la psicología, las ciencias económicas o la medicina resulta dudosa. Según ella, el riesgo se considera en general y sin reservas un fenómeno objetivo. De ahí que estas disciplinas centren sus investigaciones en la posible identificación estadístico-matemática de los riesgos, la formulación y comprobación de hipótesis causales, la elaboraçión de modelos derivables de éstas para pronosticar determinados riesgos,
4. Éste es también un punto de partida para conectar la globalidad del riesgo terrorista con la teoría de la modernidad reflexiva, ya que esta parte del modelo de la «autoamenaza», según el cual es la propia sociedad occidental la que cuestiona sus fundainentos debido a las consecuencias no intencionadas que desata. Pues bien, si admitimos que el terrorismo transnacional pone en cuestión los fundamentos de ciertos controles de la seguridad de los Estados nacionales (como la libertad o la democracia), no podernos pasar por alto la parte de la escenificación del peligro terrorista: el cuestionamiento de las instituciones de control de los Estados nacionales es —también— consecuencia indirecta sin querer de la escenificación mediática y política del terrorismo como peligro global, que se ha apoderado de las mentes de la gente (con las que las redes terroristas transnacionales saben jugar muy hábilmente al aguijonear el sensacionalismo mediático).

Sión de un avión intercontinental a causa de un atentado terrorista, a la construcción de una central nuclear, al naufragio de un carguero petrolífero o a la pronosticada inundación de Londres o Tokio por efectos del cambio climático nace de datos objetivos. Sin embargo, son precisamente los analistas del riesgo los que saben que ésta no es una magnitud mensurable objetivamente. ¿Qué significa entonces «realidad» del riesgo? La realidad del riesgo se revela en su discutibilidad. Los riesgos no tienen ninguna existencia abstracta por sí mismos, sino que se hacen reales en los juicios contradictorios que suscitan entre grupos diversos de personas y población. La idea de un índice objetivo con el que medir la peligrosidad pasa por alto que el hecho de que los riesgos se consideren urgentes, peligrosos y reales o bien omisibles e irreales no es sino consecuencia de una determinada percepción y valoración cultural.


Los riesgos acechan por todas partes. Algunos se asumen, otros no. ¿Hay riesgos que no se aceptan porque son más peligrosos que otros? Ciertamente no, aunque sólo sea porque lo que a uno le parece un dragón a otro le parece una lombriz. Los riesgos aceptables son los riesgos aceptados. Esta aparente tautología pone de relieve que cuanto más grande y objetivo parece un riesgo, más depende su realidad de la valoración cultural que se haga de él. Dicho de otra manera: la objetividad de un riesgo es producto de su percepción y escenificación (incluso de la más imparcial).
Destaquémoslo nuevamente: esto no significa que no haya riesgos, que los riesgos sean ilusiones, producto de la exageración general o del sensacionalismo de los medios de comunicación. Significa en todo caso que en lo referente a riesgos nadie puede apelar a una realidad externa. Los riesgos que creemos identificar y que nos atemorizan son reflejo de nosotros mismos, de nuestras percepciones culturales. Y en la contraposición de estas certezas culturales o en el horizonte de una naciente solidaridad mundial los riesgos globales se hacen reales.
Tipología de los riesgos globales
Ante todo desearía (sin pretensión de exhaustividad y por motivos puramente pragmáticos, dada la complejidad del asunto) diferenciar sistemáticamente y poner en relación tres «lógicas» de riesgos globales: las crisis ecológicas, los riesgos financieros globales y las amenazas terroristas. Excluyo aquí un cuarto tipo: los riesgos biográficos, estrechamente

vinculados a la dinámica de la individualización y que son ampliamente tratados en La sociedad del riesgo.6


Una diferencia esencial entre peligros ecológicos y económicos por un lado y la amenaza terrorista por el otro es que en el caso de esta última la casualidad es sustituida por la intención. Las crisis ecológicas y los peligros económicos derivados de la globalización de los flujos financieros tienen —a pesar de sus diferencias— un rasgo común: hay que situarlos en la dialéctica de goods y bads, o sea, como consecuencias indirectas casuales de decisiones tomadas en el proceso de modernización. No es éste el caso del nuevo terrorismo, que al sustituir la casualidad y la buena voluntad por la intención y la mala fe escapa a la racionalidad fundamental en que se basaba hasta ahora el cálculo del riesgo.
Sólo retrospectivamente queda claro que la pronosticabilidad de los riesgos tiene un trasfondo moral, pues presupone que si una catástrofe posible ocurre, es por casualidad y no por mala intención. Un ejemplo anecdótico pero muy simbólico de esto lo encontramos en la seguridad aérea anterior al 11 de septiembre de 2001. La máquina que expedía los billetes de los vuelos entre Boston, Nueva York y Washington preguntaba al usuario (con voz electrónica): «Ha hecho usted mismo las maletas?» o «ELe ha pedido algún extraño que le guardase algo?». Y para dar
6. ¿Qué relación hay entre la teoría de la sociedad del riesgo mundial y la teoría de la modernización reflexiva (Beck/BonlI, 2001; Beck!Lau, 2004)? Hablando en términos muy generales, la teoría de la modernización reflexiva puede descomponerse en tres teoremas: el de la sociedad del riesgo, el de la individualización forzada y el de la modernización pluridimensional. Los tres teoremas configuran una misma argumentación y se interpretan y refuerzan recíprocamente: «sociedad del riesgo», «individualización» y «cosmopolitización» se piensan como formas radicalizadas de la dinámica modernizadora, que al entrar en el siglo xxi se vuelve sobre sí misma y diluye la fórmula de la simple modernidad. Ésta seguía una lógica de ordenación y actuación que trazaba fronteras tajantes entre las categorías de ser humano, cosa y actividad y establecía claras diferencias entre esferas de acción y formas de vida que a su vez posibilitaban la precisa atribución institucional de competencias, potestades y responsabilidades. Esta lógica de la univocidad —puede hablarse metafóricamente de una teoría social y política newtoniana de la primera modernidad— es sustituida por una lógica de la ambigüedad: podría hablarse heisenbergianamente de una relación difusa de lo social y lo político. Este libro se centra mucho más en la interrelación de «sociedad del riesgo» y «cosmopolitización» que en la dinámica de la individualización, que sólo aparece puntualmente. Descifrar la relación y contraposición entre «individualización» (por ejemplo) y «cosmopolitización» queda reservado a un estudio posterior.

— Las escenificaciones, experiencias y conflictos del mundo del riesgo penetran y modifican nacional y globalmente los cimientos de la convivencia y el trato común en todos los terrenos.


— En el riesgo mundial se puede leer una nueva forma de abordar preguntas no respondidas: de qué manera se integra el futuro en el presente, qué figura adopta cada sociedad al interiorizar el riesgo, cómo se transforman las instituciones existentes y cómo surgen nuevas formas de organización anteriormente desconocidas.
— Por ahora sólo aparecen en primer plano los grandes riesgos (sin querer), como el cambio climático, pero la anticipación de la amenaza inédita de los atentados terroristas (adrede) es una petición constante de la opinión pública.
— Se consuma un cambio cultural general: nace otra manera de comprender la naturaleza y su relación con la sociedad, de comprendernos a nosotros mismos y a los otros, así como de comprender la racionalidad social, la libertad, la democracia y la legitimación (incluso de comprender al individuo).
— Se exige una nueva ética de la responsabilidad planetaria (Jonas, 1984; Apel, 1987; Strydom, 2002; Linklater, 2001; Mason, 2005), orientada al futuro, cuyos portavoces son movimientos culturales nuevos. Apelando a dicha macroética varios grupos sociales y empresas coordinan sus actividades, compiten en la evaluación de los riesgos y crean nuevas identidades, leyes y organizaciones internacionales en el ámbito económico, social y político. Hasta el ejército, al menos en parte, lucha por una ética de la responsabilidad posnacional, como lo demuestra el envío de tropas alemanas a Afganistán, Africa o el Líbano (véase supra «El mundo se hace inseguro, o Schulz va a la guerra», pág. 18 y sigs.).
El significado del riesgo mundial, que lo cubre todo como una bóveda omnipresente, tiene consecuencias de peso, ya que va unido a todo un repertorio de nuevos imaginarios, temores, angustias, esperanzas, normas de comportamiento y conflictos de fe. El miedo tiene un efecto indirecto especialmente fatal: las personas o grupos que resultan (o son consideradas) «personas de riesgo» o «grupos de riesgo» pasan por no-personas y sus derechos fundamentales son amenazados: el riesgo divide, segrega, estigmatiza. Se forman, pues, nuevas fronteras perceptivas y comunicativas (pero al mismo tiempo se multiplican los esfuerzos por solucionar transfronterizamente problemas que, por primera vez, se someten a la opinión pública). Debido a ello, la escenifica Introducción ción del riesgo mundial lleva a producir, a construir socialmente la realidad, de manera que el riesgo es causa y medio de la reconfiguración social y está estrechamente relacionado —de ahí que sea decisivo para la redefinición de los conceptos fundamentales de la sociología— con las nuevas formas de clasificar, interpretar y organizar nuestra cotidianidad y de escenificar, organizar, vivir y configurar la sociedad a fin de hacer presente del futuro.
Max Weber y John Maynard Keynes
o el oculto papel clave del no-saber

El salto de sociedad del riesgo a sociedad del riesgo mundial puede interpretarse retrospectivamente de la mano de dos testimonios, Max Weber y John Maynard Keynes, el clásico moderno de la sociología y la economía respectivamente. Según Max Weber, en la manera en que la modernidad aborda el riesgo triunfa la lógica del control. Y además de una manera tan irreversible que el optimismo y el pesimismo culturales no son sino las dos caras de este mismo triunfo. El despliegue y raclicalización de los principios básicos de la modernidad, en particular la radicalización de la racionalidad científica y económica, amenaza con imponer un orden despótico, fruto, por un lado, del despliegue de la burocracia moderna y, por el otro, del triunfo del capitalismo lucrativo. Esperanza y preocupación van de la mano. Puesto que las incertidumbres y las consecuencias imprevistas y no queridas que comporta la racionalidad del riesgo siempre se reciben con un «optimista» más racionalización y más mercado, la preocupación de Weber —a diferencia de Comte o Durkheim— no es la falta de orden e integración sociales, no es el «caos de las incertidumbres» lo que le asusta (como a Comte); al contrario, él ve y afirma que la síntesis de ciencia, burocracia y capitalismo transforma la modernidad en una especie de «cárcel», amenaza que no es ningún fenómeno marginal sino consecuencia lógica del éxito de la racionalización del riesgo: cuanto mejor, peor.


La racionalidad instrumental despolitiza la política y mina la libertad de los individuos. Al mismo tiempo, el modelo de Max Weber explica por qué el riesgo se convierte en un fenómeno global (si bien no en sociedad del riesgo mundial). La globalización del riesgo no está vinculada, según él, al colonialismo o el imperialismo ni tampoco se impone a base de sangre y fuego. Más bien avanza por el camino del argumento modelo de racionalidad de Max Weber presupone que la incertidumbre y la ambigüedad del riesgo pueden ser «racionalizadas» en el modo de la autoaplicación, a lo que Keynes se opone fundadamente (si bien no lo formula él mismo de esta manera). La racionalidad del control del riesgo no puede aplicarse a la incertidumbre de las consecuencias, las consecuencias de las consecuencias y las consecuencias de las consecuencias de las consecuencias. La incertidumbre del riesgo no puede domeñarse con los medios del riesgo incierto. Antes al contrario: todo esfuerzo por ejercer un control racional provoca a su vez consecuencias «irracionales», impronosticables, imprevisibles. Así lo prueban hasta ahora la historia y la investigación de las «consecuencias indirectas»: la catástrofe climática, por ejemplo, o la globalización de las crisis financieras (Li Puma/Lee, 2004). El control del control del control puede ser origen de una cadena inacabable de peligros y consecuencias indirectas de los mismos.
El riesgo en una figura de reflexión porque sopesa beneficios y perjuicios y hace el futuro decidible en el presente. Al mismo tiempo, este principio antiweberiano de no-racionalizabilidad de la incertidumbre del riesgo abre espacio a la ambigüedad de la sociedad del riesgo mundial. Las «consecuencias indirectas», de las que no se quiere o puede saber nada en el momento de la decisión, adoptan, encubiertas y propagadas tras la fachada del no-saber, la figura de crisis mundiales que suprimen las fronteras de espacio y tiempo.
A comienzos del siglo xxi vemos la sociedad moderna con otros ojos y este nacimiento de una «mirada cosmopolita» (Beck, 2004) pertenece a lo inesperado, de donde surge una sociedad del riesgo mundial aún por determinar. A partir de ahora nada de lo que ocurra será un mero acontecimiento local porque todos los peligros esenciales resultan peligros mundiales y la situación de cada nación, etnia, religión, clase o individuo es también resultado y factor de la situación de la humanidad. Lo decisivo es que a partir de ahora tenemos que preocuparnos del conjunto y esto no es una opción sino la condición. Nadie lo ha previsto, querido o elegido pero es fruto de la suma de consecuencias inadvertidas de decisiones tomadas. Ha devenido conditio humana a la que nadie puede sustraerse y ha dado inicio a una transformación de la sociedad, la política y la historia que por ahora no ha sido comprendida del todo y que ya hace años designé con el concepto «sociedad del riesgo mundial» (Beck, 1986; 1999). Concepto que, sin embargo, este libro despliega sistemáticamente por primera vez. De momento no asistimos sino al comienzo. Hay ciertas

«sociedad» en el horizonte del riesgo mundial, esto es de la inseguridad elemental fabricada? ¿Qué es la «política», qué es la «historia», si las pensamos al margen de fronteras nacionales o vínculos territoriales?

4. RESPECTO A LA ARQUITECTURA ARGUMENTAL Y

LA ESTRUCTURA DE ESTE LIBRO

No es mi intención en este libro tipificar y discutir todos los posibles riesgos de la sociedad mundial. Los viejos riesgos (accidentes industriales, guerras) y las catástrofes naturales (terremotos, tsunamis) se superponen y unen a los nuevos (catástrofes climáticas, crisis financieras globales, atentados suicidas), de manera que pueden desencadenar a su vez turbulencias de nuevo cuño, impronosticables e imprevisibles. Es difícil poner fronteras a la fantasía apocalíptica (y no me mueve la ambición de darle alas cual El Bosco de la sociología).
Mi intención es ampliar las actuales teoría y sociología del riesgo mediante al menos tres perspectivas: primera, la perspectiva de la globalización; segunda y vinculada a la anterior, la perspectiva de la escenificación, y tercera la perspectiva comparativa de tres lógicas del riesgo, a saber, la de los riesgos globales ecológicos, la de los riesgos globales económicos y la de los riesgos globales terroristas.
Cualquiera que estudie la sociedad del riesgo mundial bajo una sola de tales perspectivas tiene que cuidar de no naufragar en el océano de problemas mayoritariamente indefinidos y difícilmente resolubles con los instrumentos metodológicos existentes que se le abre. Repitámoslo:
¿qué es lo nuevo que, después de veinte años de La sociedad del riesgo, aporta La sociedad del riesgo mundial? ¿Y cómo lo recoge la arquitectura argumental de este libro? Hay algunos puntos esencialmente nuevos que recorren todos sus capítulos, como por ejemplo la diferencia entre riesgo y catástrofe o la diferencia entre catástrofes-consecuencia indirecta y catástrofes premeditadas (esto es, entre riesgos globales ecológicos y económicos por una parte y riesgos terroristas por otra), así como el hilo conductor de todo el libro: la escenificación de los riesgos globales. Además, propone otras miradas y análisis que se plantean, visualizan y piensan en sus correspondientes capítulos. Anticipemos los siguientes:
— El capítulo II sigue el hilo conductor de la escenificación del riesgo al preguntarse por las relaciones de definición como relaciones de do-

preguntas elementales que tienen que formu-larse de nuevo: ¿qué es la aseguración contra riesgos terroristas. ¿Hasta qué punto contradice este hecho (tomando el terrorismo como ejemplo para otros riesgos globales) el principio de la aseguración privada? Podría decirse: la sociedad que se asegura es una sociedad del riesgo, por eso hace del riesgo un negocio. De ahí que en este capítulo se investiguen las fronteras de lo asegurable a partir de algunos ejemplos (capítulo VIII: «El principio de aseguración: crítica y contracrítica»).


— También la escenificación de la violencia —esto discute el capítulo IX— se puede y se tiene que comprender como una escenificación selectiva del riesgo de la violencia. En este sentido habla Martin Shaw de «guerras de transferencia del riesgo». Según él hay que hacer las guerras de manera que no alteren «la sensación de paz» en los países que las inician. Por eso ios «envíos de tropas» y las «intervenciones por la paz» requieren separar espacial y socialmente, a partir de un determinado modelo de escenificación-legitimación, sensación de paz y guerra efectiva. Esta especie de «guerra de riesgo» permite visualizar la unidad de las relaciones de definición y las relaciones de dominio en el marco global (capítulo IX: «Sensación de guerra, sensación de paz: la escenificación de la violencia»).
— En La sociedad del riesgo destaqué el extremo de la igualdad frente a los riesgos globales: la dinámica de la sociedad del riesgo tiene lugar «más allá de posiciones y clases sociales» porque los peligros globales al final afectan a todos, incluidos a los que los provocan. Esto, sin dejar de ser así, es sin embargo demasiado impreciso. En el capítulo X despliego sistemáticamente la dinámica de desigualdad de los riesgos globales, en la que el examen y análisis de la vulnerabilidad local son capitales. En este contexto se introduce y expone sistemáticamente la diferencia entre nacionalismo metodológíco y cosmopolitismo metodológico, gracias a la cual resulta evidente que la «sociología nacional» confunde la sociedad con la sociedad nacional, y ciega y se ciega a las astucias, contradicciones, estrategias y constructos de la desigualdad de la distribución global del riesgo (que, con la introversión de la mirada nacional, se hace —o se la hace— invisible). (Capítulo X: «Desigualdad global, vulnerabilidad local: la dinámica de conflicto de los peligros ecológicos sólo puede comprenderse e investigarse en el marco de un cosmopolitismo metodológico»).
— La arquitectura argumental de este libro se resume en su conjunto en el capítulo XI, titulado «Teoría crítica de la sociedad del riesgo mundial». A quien valore tales radiografías y se interese por los aspectos teóricos del estudio de la sociedad, le recomiendo empezar la lectura por este capítulo.

— El capítulo de las conclusiones, el XII, recorre nuevamente el espectro temático de este libro a partir de la diferencia entre principios bási cos e instituciones básicas. Desde esta perspectiva, que aquí se ensaya y que se extiende por todo el libro a modo de hilo conductor, la sociedad moderna enferma no de sus derrotas sino de sus victorias. Visto así, el desempleo masivo es señal de éxito y no de fracaso, pues son los logros de una alta productividad lo que permite fabricar un máximo de productos con una mínima carga de trabajo humano. Es la acumulación de éxitos de la medicina lo que hace aumentar la esperanza de vida y en consecuencia fracasar los sistemas de pensiones. También el agujero en la capa de ozono, o incluso el peligro atómico, son consecuencias indirectas de victorias científico-técnicas. Pero ¿qué significa que debido a la modernización radicalizada, ya no sean solamente ciertas instituciones básicas (plena ocupación, Estado del bienestar, etc.) las que estén por decidir sino también los principios básicos y los valores de la modernidad o de la convivencia humana en general? (capítulo XII: «Díalécticas de la modernidad: de cómo las crisis de la modernidad proceden de las victorias de la modernidad»).



posible y, por la misma razón, no es la sociedad una sociedad del riesgo en todas las épocas?
— En vez de hablar de una sociedad del riesgo, ¿no habría que destacar, al contrario, que los riesgos (hambrunas, epidemias, etc.) han retrocedido ininterrumpidamente desde el comienzo de la industrialización? Por ejemplo, la reducción de la mortalidad infantil, el aumento de la esperanza de vida, los logros del Estado social, los avances de la tecnología médica, ¿no son indicio de que la existencia humana es mucho más segura?
— Es totalmente cierto que han aparecido «nuevos riesgos», desde la catástrofe climática hasta el terrorismo, pasando por las crisis financieras y graves accidentes en determinadas plantas químicas. Asimismo es indiscutible que silos riesgos se convierten en catástrofes reales tienen un potencial destructivo enorme. Ahora bien, también sabemos que la probabilidad de una catástrofe es porcentualmente mínima, décimas de décimas. ¿Por qué, pues, alarmarse? Mirados con serenidad, ¿no son estos nuevos riesgos menos amenazadores que otros a los que ya nos hemos acostumbrado, como las numerosas víctimas de los accidentes de tráfico?
— ¿Acaso no es cierto que la seguridad última nos está vedada a los seres humanos?
— ¿No son los riesgos con los que hoy nos enfrentamos «riesgos residuales» inevitables, la otra cara de las ventajas (la casi ilimitada disposición de artículos asequibles a muchos, la movilidad, etc.) que ofrece la sociedad industrial de una manera que no conoce precedente en la historia?
— ¿No es el riesgo un «principio motriz» (Giddens) elemental de la exploración de nuevos mundos y mercados? ¿Es posible, en definitiva, el progreso sin riesgos?
— Cuando los medios dramatizan los riesgos ¿no los convierten en un espectáculo a fin de aumentar sus tirajes y cuotas de audiencia?
— Y finalmente: ¿no caen los riesgos en el ámbito de competencia de la técnica y las ciencias naturales? ¿Qué tiene que decir la sociología en este terreno?




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