riesgo el cálculo del riesgo: seguridad pronosticable ante un futuro abierto 9



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271).
Tanto para los Estados como para las empresas que operan a escala global resulta extremadamente difícil refutar o evitar las denuncias públicas que los acusan de tomar decisiones cuyas consecuencias dañan o destruyen los fundamentos vitales naturales de ciertas regiones o grupos de población. El remarcable incremento de discursos ecológicos y reglamentaciones al respecto, tanto en el espacio nacional como internacional (John Meyer, 2005), demuestra que las agresiones al medio se han convertido en un tema político potencial o actual sin fronteras, que suministra a todo tipo de grupos surgidos de la sociedad civil y activos a escala global mucho material para dramatizaciones políticas (véase capítulo y).
El gran reconocimiento de que disfruta el tema medioambiental (desde la Conferencia de Río en 1992) es una cosa; el diagnóstico generalizado de que al mismo tiempo (o quizá también como consecuencia de

Pues, a pesar de la proliferación de convenios y pactos medioambientales, siguen faltando las instancias que transformen las declaraciones de boquilla en hechos. En este vacío de legitimación despliegan su poder de definición y escenificación, mediante sus actividades y estrategias, diversos grupos y grupúsculos múltiplemente interconectados, así como los grandes abanderados de la sociedad civil global. Poder que consiste sobre todo en hacer valer la reivindicación cosmopolita que estas organizaciones elevan para prestar voz a las regiones heridas y dañadas de la sociedad del riesgo mundial y responder del bienestar colectivo del mundo frente a los poderosos intereses de las regiones-decidientes de Occidente (Mason, 2005).


Sin embargo, este cosmopolitismo que viene al mismo tiempo de abajo y de arriba también está expuesto a la crítica: desde abajo, porque actúa con la pretensión de ser un movimiento de base; desde arriba, porque hace acto de presencia y opera en las regiones-víctima pero con el poder de definición económico y militar del centro. Coincidiendo con su radio de acción transfronterizo, estos grupos velan por imponer normas y pactos de previsión contra la libertad-arbitrariedad de la política de consecuencias indirectas latentes. Sus acciones se dirigen, por un lado, a hacer efectivamente responsables de sus actos a empresas y Estados y, por otro, a conseguir que los afectados potenciales o actuales tengan el derecho a expresar públicamente los perjuicios o amenazas que sufren por causa ajena y reclamar las correspondientes compensaciones.
Dentro del colectivo de ONG hay voces críticas que achacan a este cosmopolitismo una parcialidad eurocéntrica. Así, por ejemplo, Kellow (2000) duda del cosmopolitismo moral que reivindica Greenpeace. En cuatro países investigados por él (Alemania, Países Bajos, Suiza y Gran Bretaña), tanto los flujos de donativos como la cooperación ejecutiva reflejaban que la orientación y la agenda seguían las prioridades europeas, cosa que se evidenciaba en cómo se aprovechaba el cambio climático «global» para diseñar campañas que fomentaban tanto la eficiencia energética como la existencia de un sector de prestaciones medioambientales potente. Precisamente esta coincidencia entre la política de Greenpeace y la política estatal de los grandes gobiernos europeos ecológicamente sensibles desenmascararía el «cosmopolitismo eurocéntrico». Los Estados, según Kellow, anticipan la política de Greenpeace y a la inversa (de donde nace una nueva clase de cobperativismo transnacional bajo la bandera del cosmopolitismo). Así pues, se constata reiteradamente una asimetría de particz aczón entre aquellos que se han apropiado de la dramaturgia del cambio

ello) predomina un déficit de responsabilización e imputación es otra.

ferentes modalidades regionales de una primera modernidad en algunos casos desarrollada, en otros aún deseada y en otros ya abandonada. Precisamente de este disenso sobre las imprevisibles consecuencias de la modernidad surge en las nuevas e «imbricadas comunidades de destino» (HeId, 2000, pág. 400) un discurso público mundial que salta por encima de todas las fronteras nacionales y se adhiere a la pretensión de una actuación entrelazada.
Sería demasiado sencillo suponer que la globalidad funda por sí sola la comunidad de una conciencia global o planetaria, pues el espacio de experiencia cotidiana de la globalidad no se forma por una relación de amor universal sino por la percepción de la urgencia de los peligros globales a que da pie nuestra civffización (las redes tecnológico-informativas, los flujos financieros o las crisis naturales). La presión de estas consecuencias instan a una cooperación que, «a la vista de los riesgos comunes y las amenazas transnacionales, empuja al mundo a una comuna autoimpuesta» (Sloterdijk, 1999, pág. 984). Se trata, con otras palabras, de la reflexividad de la sociedad del riesgo mundial, que funda la reciprocidad entre opinión pública y globalidad. Con la definición planetaria, construida y aceptada, de amenaza, se crea, más allá de fronteras y trincheras nacionales, un espacio común de responsabilidad y acción que, análogamente al espacio nacional, puede (no debe) dar cabida a la actividad política entre extraños. Este es el caso cuando la definición de amenaza aceptada se traduce en normas, conversaciones y acciones comunes a nivel global. Las extensas investigaciones sobre la aparición de los correspondientes regímenes nacionales e internacionales muestran lo difícil, pero también frecuente, que es pasar de la definición de la amenaza a la definición de la acción.9
Con todo, ya puede observarse el nacimiento de un horizonte global de discurso cuyo resultado es la exigencia de legitimación. Cada vez más conflictos, negociaciones y reglamentaciones se ocupan de las externalidades, de las cargas y peligros producidos sistemáticamente por la modernización. Se puede interpretar como el nacimiento de una —progresivamente transnacional— opinión-pública-consecuencia en el sentido de Dewey (véase pág. 92).’°
9. Véanse entre las muchas investigaciones sobre la aparición de reglamentaciones en el terreno medioambiental, por ejemplo, Vogler (1992), Haas y otros (1993), Litfin (1993; 1994), Young y otros (1996) y Zürn (1997). Una buena panorámica la ofrece Little (1997).
10. Me refiero a la propuesta de Dewey (1946) de entender la opinión pública como base regulativa para abordar los efectos lejanos de la actuación social: «Publics are cons L

intercomunicación permanente de las amenazas es una parte importante de la creación informal de normas planetarias. Por esta razón, circunscribir el proceso de creación de normas para la sociedad del riesgo mundial a la creación globalmente coordinada de instituciones


—como hace, por ejemplo, HeId (2000)— es entender demasiado estrechamente su potencial. Ya antes de toda institucionalización surgen normas globales de la indignación general ante circunstancias que decimos no poder aceptar. Las normas nacen en ocasiones como «sobre- producto de su propia trasgresión, o sea, con efectos retrospectivos» (Luhmann, 1999, pág. 250). Con otras palabras: el surgimiento de normas globales no requiere necesariamente realizar esfuerzos conscientes por establecer una normativización «positiva»: también pueden resultar «negativamente» de la evaluación de crisis y peligros.1’
La necesaria atención sobre la vulnerabffidad regional dice poco, sin embargo, de cuáles son las nuevas reglas e instituciones que resultan de la confrontación política y cultural a nivel global de la percepción e imputación (occidentales) de riesgos y la percepción e imputación (extraoccidentales) de peligros. Es improbable que analizar regionalmente los nuevos y complejos peligros, para lo que bastaría con un regionalismo metodológico, sea lo suficientemente preciso. Un cosmopolitismo metodológico, en cambio, puede revelar hasta qué punto las nuevas líneas de conflicto allanan las diferencias geográficas.
De la civilización autoamenazada a la gobernanza global
Con el diagnóstico de que en la sociedad del riesgo mundial surgen líneas de conflicto nuevas y geográficamente no muy definidas, las discusiones actuales sobre modernidades «plurales», «híbridas» o de cualquier otro tipo proyectan una nueva luz. Por ejemplo, Nederveen Pietertitued by recognition of extensive and enduring indirect consequences of acts» (ibid., pág. 47). De manera similar argumentan actualmente Keohane y Nye, que, por lo que respecta a la posibilidad de un «global public space», concluyen: «The public is the group of people who comunicate and agitate over their shared externalities in that space» (Keohane/Nye, 2001, pág. 13).
11. Y también, como muestran Levy/Sznaider (2001) respecto al ejemplo del Holocausto, del recuerdo colectivo de genocidios y crímenes contra la humanidad (véase capítulo XII).

vamente difusos. Esto es lo que queremos decir cuando hablamos de que las viejas líneas de conflicto se borran y surgen otras nuevas: ya no son sólo factores nacionales o regionales (en definitiva: definidos política- mente) los que jalonan las líneas de posibles conflictos y oportunidades de consenso (Voss y otros, 2006; Grande y otros, 2006).


Es importante ver que el saber no sólo compromete a los científicos sino también a otros actores del proceso político transnacional, pues el saber de que se trata no es exclusivamente científico. Por eso, en la conformación de un régimen transnacional los actores privados cada vez cobran mayor significado (Cutler/Haufler/Porter, 1999). El desarrollo del ámbito medioambiental va unido a la incorporación de ONG al proceso político (Ford, 1999; Mol, 2000). Pero también en otros campos, totalmente diferentes, se implica a actores privados como fuente de saber para la formulación e implementación de regulaciones; afirmación especialmente adecuada a la regulación bancaria internacional, por ejemplo, que desde la década de 1970 cada vez recurre más al «saber privado» para identificar peligros y establecer regulaciones al respecto (Kapstein, 1994; Strulik, 2000).
Teniendo en cuenta esta evolución, el concepto de régimen internacional se amplió en forma de regímenes transnacionales que también incluyeran la «subpolítica» de actores no estatales (véase Lucatelli, 1997). Los regímenes transnacionales no se reducen a ser acuerdos más o menos formalizados entre Estados soberanos sino que presuponen redes institucionales tanto horizontales como verticales de actores estatales y no estatales. Por el contrario, el «modelo de club», mucho más simple, que ha caracterizado durante muchos años a la OMC y otras organizaciones internacionales, 13 sólo preveía una límitada cantidad de participantes y perspectivas. El modelo pierde su simplicidad a ojos vista con la ampliación del derecho de pertenencia, la difusión de las ideas democráticas y el aumento del número de actores no estatales (Keohane/Nye, 2001, pág. 6 y sigs.). La creciente relevancia y complejidad de estas composiciones transnacionales se refleja en nuevas teorías que proponen conceptos como complex multilateralzsrn (O’Brien y otros, 2000) o «gobierno
13. Con «modelo de club» designan Keohane/Nye la negociación y establecimiento de normas globales en gremios de coordinación cerrados, controlados por pocas potencias. Por ejemplo, además de las negociaciones del GATT/OMC, algunas instituciones privado-públicas en el ámbito de las finanzas, como por ejemplo el Club de Londres y el Club de París. Respecto a estos últimos, véase Lucatelli (1997>.

mundial complejo» (Zürn, 1998; 2001) para designarlas. La unión de actores y expertos privados en un sistema de gobernanza global también condiciona una diversificación de los métodos de dirección: el medio principal no es imponer un derecho positivo con el aval del poder, sino valerse del instrumento de una soft law plural sustentada por consejos, reglas y estándares que no sean legalmente vincu.Iantes (Brunsson/Jacobsson, 2000).


En la confrontación con los riesgos globales, pues, el sistema relativamente simple de una política internacional comandada por los intereses y el peso de los Estados nacionales deja su lugar a un intrincado
(des)orden llamado gobernanza global (Hewson/Sinclair, 1999b). En este no-sistema del autogobierno global, los Estados son un factor más, junto con las ONG transnacionales y las epistemic communities. De ahí que no
sean decisivos en sí mismos ni para la formulación ni para la solución de conflictos. Este punto solo ya debería dejar claro que no pueden concederse grandes perspectivas de cooperación y armonía al concepto amorfo de la gobernanza global per se. Los elementos que podrían contribuir a que las voces de la solución coordinada de problemas se hicieran oír en una nueva polifonía ya los hemos mencionado: mientras la visión negativa del futuro de los riesgos globales vaya más allá de la atribución a la autoamenaza o la amenaza ajena y se imponga en los foros transnacionales, no hay que excluir la posibilidad de cooperaciones innovadoras.
La sociedad del riesgo mundial no es —he aquí el resumen de este capítulo— una sociedad que vea y penetre los peligros globales. La globalidad de la sociedad del riesgo mundial no resulta automáticamente de la extensión espacial o social de situaciones de peligro. Más bien hay que descifrar la globalidad en clave de conflicto por la definición (jy las relaciones de definición!) de globalidad. Con tres consecuencias: primera, no puede presuponerse que la globalidad sea una «comunidad de destino» global; segunda, hay que entender la globalidad como laboratorio de conflictos y problemas globales y por lo tanto como fábrica de reflexividad global. Queda dicha, pues, la tercera: la teoría de la sociedad del riesgo mundial no aspira a determinar ni la reivindicación ni la dirección ni
el resultado del giro global. Tampoco supone la existencia de un sujeto histórico universal de la cosmopolitización. Más bien accede teáricamente a las variadas y contradictorias respuestas a los problemas y conflictos y las sitúa en el primer plano de la investigación.
En el futuro, ocuparse de los riesgos globales no debería circunscribirse a la perspectiva occidental del universo estatal, pues a menudo los cualitativa «o esto o lo otro» es reemplazada por la diferencia cuantitativa mayor o menor. Nadie es un riesgo, todos somos, como hemos dicho, un mayor o menor riesgo para todos.
Existente y no-existente: el riesgo no es la catástrofe, es la anticipación de la catástrofe (como ya he expuesto en este libro). Así, el riesgo lleva una existencia incierta, astuta, potencial, llena de insinuaciones: es existente y no-existente, presente y no-presente, dudoso y sospechoso. En definitiva, se lo puede suponer en todas partes. Por eso es el fundamento de una política de la prevención. La anticipación obliga a la previsión, que sigue —hablando figuradamente— al cálculo: si pagas un céntimo ahora, te ahorras un euro mañana (suponiendo que el peligro que [aún] no existe, exista).
Responsabilidad individual y social: aun en el microcosmos más reducido imaginable, el riesgo define una relación social entre al menos dos personas: la que decide y hace algo que desencadena consecuencias y la(s) afectada(s) por las mismas, que apenas o en absoluto puede(n) defenderse. Distingamos, pues, dos conceptos de responsabilidad: una responsabilidad individual por las consecuencias de la propia decisión, que el decidiente asume para y sobre sí; distinta de la responsabilidad para otros, la responsabilidad social. Los riesgos suscitan en primer lugar la pregunta: ¿qué (y aquí ya subyace un rechazo y una devaluación) «consecuencias indirectas» tiene un riesgo para los otros, de qué otros se trata y en qué medida participan éstos o no en la decisión?
Espacio global de responsabilidad: los riesgos globales abren en este sentido un complejo espacio moral y político de responsabilidad donde los otros están presentes y ausentes, cerca y lejos; en el que las acciones no son ni buenas ni malas sino más o menos arriesgadas. En este espacio de expectativa de riesgos globales la comprensión de la cercanía, la reciprocidad, la dignidad, la justicia, la confianza cambia.
Las comunidades de riesgo: una especie de «aglutinante» para la diversidad: los riesgos globales contienen una respuesta embrionaria a cómo pueden surgir y consolidarse, entre la cacofonía del mundo globalizado, nuevas clases de «comunidades de riesgo» que no se basen ni en la procedencia ni en la ubicación espacial. Una de las características menos conocidas hasta ahora y más destacables de los riesgos globales es una especie de «cosmopolitismo forzoso», un «aglutinante» de la diversidad y la pluralidad en un mundo que está por crear y cuyas fronteras, al menos desde el punto de vista comunicativo y económico, se parecen al queso suizo: están llenas de agujeros.

Ahora bien, esta unidad (al menos momentánea) en la diversidad surgida de la experiencia de la amenaza puede o bien simplemente describirse o bien basar una política del reconocimiento de la multiplicidad en términos de principios normativos (por ejemplo contra el universalismo, que niega el signfficado de la diversidad; el nacionalismo, que fabrica la igualdad de los diversos sólo en el contexto nacional, o el multiculturalismo, que afirma la diversidad en el contexto nacional con frecuencia bajo un signo esencialista; véase pág. 88). Ya he apuntado en el capítulo III que el «momento cosmopolita» de la sociedad del riesgo mundial podía entenderse en un sentido descriptivo y en un sentido normativo. Asimismo, he distinguido y desplegado dos conceptos de cosmopolitismo, a saber, uno amplio, en el que destacaba la normatividad contenida en el momento cosmopolita, y uno estricto, en el que investigaba descriptivamente la cosmopolitización empírica.


No es necesario que acentúe que para mí se trata siempre de una, no de la, teoría crítica, a saber, la que se basa en la teoría de la sociedad del riesgo mundial. Con lo que ya quedan señalados sus limites.1 En este punto la perspectiva pasa de ser descriptiva a ser normativa (véase Silverstone, 2006).
La manera en que se presenta y representa al otro en las diversas opiniones públicas mundiales es esencial para la formación de la moralidad del mundo. La experiencia escenificada de catástrofes y guerras actuales y potenciales se ha convertido en una experiencia clave que hace cotidianamente presentes la simultaneidad de interdependencia y amenaza mutua de la existencia humana y su futuro amenazado. Pero la presentación y representación del otro exigen, aplicadas normativamente, no sólo imagen y sonido sino sentido: presuponen un comprender cosmopolita o —en el ámbito de las ciencias sociales y del espíritu— una hermenéutica cosmopolita.2
Charles Husband (2000) complementa en este sentido a Jürgen Ha- bermas. Para abrirse recíprocamente a los horizontes de sentido de una pluralidad de voces es necesario no sólo un derecho de la comunicación sino el derecho a ser comprendido. La actualidad de una pluralidad de voces —argumenta— no tiene ningún significado sustancial si no se concede a estas voces el derecho a ser escuchadas y comprendidas.
1. Que podrían ampliarse con otros aspectos de la teoría de la modernización reflexiva, a saber, la individualización y la globalización.
2. Es verdad que en la sociología clásica se habla mucho de «el Otro» pero en el sentido del otro universalizado, no del otro concreto, que habla otras lenguas y vive en un pasado y un futuro que en parte se imbrican, en parte son inconmensurables.

formas diversas de esta «vecindad forzosa» entre las que la hospitalidad en el sentido kantiano sea la excepción (como ocurre fácilmente en el caso de la vecindad no voluntaria)?


La ética del reconocimiento del otro, aplicada legalmente, da pie a una especie de derecho cosmopolita del riesgo, que no trataría sólo de la hospitalidad sino más bien del derecho de las «consecuencias indirectas vivientes» de las decisiones arriesgadas de otros a influir sobre dichas decisiones.
Esto, por inofensivo que suene, presupone sin embargo el desmantelamiento radical del derecho nacional e internacional vigente hasta ahora. Incluso si sólo se formularan e impusieran unos estándares mínimos de derecho cosmopolita del riesgo:
— «Nosotros» y los «otros» se equipararían moral y legalmente en cuanto a decisiones estratégicas sobre el riesgo.
— Cosa que a su vez presupone que los intereses conacionales se supeditarían a los intereses de los perjudicados de otras comunidades sobre la base de un derecho humano universal a la invulnerabilidad. Puesto que los riesgos globales provocan heridas por encima de las fronteras, el derecho cosmopolita del riesgo sólo es posible si se redefinen las fronteras de las comunidades morales y políticas, esto es, si se incorpora a los otros, los extranjeros, los de ahí fuera, en las decisiones clave que amenazan y perjudican su existencia y su dignidad.
Teoría de la sociedad del riesgo mundial
La característica de la conditio humana a comienzos del siglo xxi son los riesgos impronosticables e inseguridades fabricadas fruto de la victoria de la modernidad. Consiguientemente, estar en este mundo, organizarse en él, incluye una comprensión de la confrontación con riesgos catastróficos («la calidad históricamente nueva de la sociedad del riesgo mundial»), confrontación que es una autoconfrontación con los dispositivos institucionales de los que nacen los peligros («teoría de las contradicciones institucionales») y con la particular lógica de los conflictos que comportan: aquellos que disfrutan de las ventajas de los riesgos no son los mismos que tienen que cargar con sus inconvenientes («antagonismo del riesgo»).
La lógica cosmopolita, comunicativa, se despliega a través de contradicciones y conflictos: los riesgos globales tienen la capacidad de, por así decirlo, reclutar forzosamente una ilimitada cantidad de actores que no

quieren tener nada que ver los unos con los otros, que persiguen diferentes objetivos políticos y que quizás hasta viven en mundos inconmensurables («teoría de la reflexividad y del cosmopolitismo de los riesgos globales como realidad»). Esta lógica comunicativa del conflicto tiene que diferenciar entre riesgos ecológicos, económicos y terroristas. Ahora bien, es inevitable la pregunta: ¿cómo se demuestra válida esta teoría de la sociedad («base real de la teoría científica»)?


A ello se une la cuestión de las perspectivas políticas. Aplicada políticamente, la lógica de los riesgos globales podría contribuir al nacimiento de una Realpolitik cosmopolita. Con la combinación de cosmopolitismo normativo y cosmopolitismo descriptivo la reflexividad del riesgo permite convertir las múltiples voces críticas y los numerosos conflictos que se articulan en el seno de la sociedad en el fundamento de una crítica sociológica de la misma («teoría de la sociedad del riesgo mundial como una teoría crítica de la autocrítica social»).
La calidad históricamente nueva de la sociedad del riesgo mundial
Para sentar el punto de partida de una teoría de la sociedad en el siglo xxi es necesaria una crítica de las ciencias sociales. La sociología, en parte superespecializada, en parte superabstracta, en parte enamorada de sus métodos y técnicas, ha perdido la perspectiva de la dimensión hisórica de la sociedad y por consiguiente no está preparada para (ni dispuesta a) darse cuenta de cuál es su cometido, a saber, situar la transformación actual de su objeto de investigación en el proceso histórico-social y descifrar así diagnósticamente la firma epocal de la nueva era de la modernidad. Al practicar la abstinencia histórico-social, la imaginación histórica de la sociología se ha anquilosado y al mismo tiempo inutilizado para hacer lo que precisamente constituyó su fuerza al nacer a principios del catastrófico siglo xx: detectar y sacudirse la obcecación apocalíptica de sus categorías y teorías. En vez de esto se perpetúa con obviedades sociológicas saturadas de datos masivos que oscurecen los procesos, e mdicadores de la profunda inseguridad en sí misma de la modernidad (cuyo espectro va de la autoaniquilación al autoconocimiento con toda su sucesión de críticas socioculturales y procesos de reflexión).
Sólo criticando empírico-analíticamente y en detalle esta culpable estrechez de miras y esta histórica minoría de edad de la sociología, puede salir a
la luz la calidad históricamente nueva de la sociedad del riesgo mundial: ha-tanto una autocrítica involuntaria de la ciencia (debida al enfrentamiento entre expertos y contraexpertos) como de la palmaria incapacidad de hacer efectivas las precipitadas promesas de seguridad ante los «desconocidos desconocidos», esto es, el poder no-saber. Aquí, la autoconfrontación (no reflexionada) de la modernidad se vuelve modernización «reflexiva» en sentido estricto: el conflicto despierta y agudiza la conciencia de que en la relación de los riesgos globales con los dispositivos institucionales que los originan y deberían controlarlos se ha deslizado el «error del siglo».
Los riesgos ya no se pueden seguir considerando sin más consecuencias indirectas, sino un problema intrínseco de sistemas sociales aparentemente concluidos. Al mismo tiempo, cualquier intento de gestionar la complejidad del riesgo crea la necesidad de recurrir a abstracciones y modelos que a su vez crean nuevas inseguridades. Aquí radica otra contradicción institucionalizada: el riesgo y el no-saber levantan un clamor por la seguridad y conducen (en el general ir a tientas en la niebla del desconocimiento y la incertidumbre) a nuevas inseguridades e incertidumbres. Es más: paralela a la obligación de tomar decisiones, crece la indecidibiidad de unos problemas sobre los que no obstante hay que decidir (Adam y Van Loon, 2000; Beck/Lau, 2004).
Pero los peligros no son «cosas», de ahí que surjan luchas y conflictos de definición en el juego entre constructivismo e institucionalisrno. Ahora bien, estas batallas no se libran en el vacío institucional: un elemento clave de su construcción social, de su «credibilidad» y su «verdad», o sea, de su poder colectivamente vinculante, estriba en las relaciones de definición. También aquí cabe decir: cuanto más penetra la lógica comunicativa del riesgo en todas las instituciones y ámbitos de la sociedad y más despierta cada nueva catástrofe el recuerdo de las precedentes, más visibles son públicamente las relaciones de poder-definición y más irrumpe en la política la demanda de una nueva ética y un nuevo ordenamiento de la responsabilidad en la sociedad del riesgo mundial, de una democratización de las relaciones de definición; dicho de otra manera, de una modernidad responsable.
Sin embargo el factum brutal de la inseguridad ontológica siempre tiene un destinatario último: el receptor del riesgo residual de la sociedad del riesgo mundial es el individuo. Todo lo que el riesgo comporta y hace incalculable, todo lo que la crisis institucional provoca tanto a nivel de la política gobernante como de los mercados, se deja a la responsabilidad definitiva de la decisión de los individuos, que se quedan solos con su saber parcial y partidario ante la indecidibilidad y las inseguridades más di-

versas. Sin duda, mana aquí una fuente de radicalismo de extrema derecha y fundamentalismo poderosa y difícilmente acallable para la segunda modernidad.


El antagonismo del riesgo
En la cuestión de la inseguridad de la sociedad del riesgo mundial de lo que se trata, más que de la distribución de los riesgos, es de saber qué son o, más exactamente, qué son para quién (oportunidades que atrapar o peligros de origen ajeno). Pero sobre todo se trata de quién tiene el poder de endosar a otros el riesgo de sus riesgos. Éste es el conflicto estructural ínsito en la lógica comunicativa del riesgo. No hay ninguna ontología del riesgo: éstos no existen en sí mismos, como las cosas. Los riesgos son conflictos de riesgo que provocan una escisión entre el mundo de los decidientes —que a fin de cuentas podrían evitar los riesgos— y el mundo de los consumidores forzosos de los peligros, que no participan en las decisiones que los originan y a los que se les endosan como «consecuencias indirectas, sin querer, y no vistas». Condicionados por el sistema, los riesgos generan estos dos mundos: el de aquellos que los definen y provocan versus el de los que los reciben.
Hecho que se observa de manera especialmente escandalosa en las nuevas guerras de riesgo, en las que los medios violentos militares se utilizan de modo que las naciones que inician las guerras intentan asegurar- se la ilusión de paz, o sea, dejar latente el horror de la guerra, endosarlo a otros: «daños colaterales» son las palabras del horror y la anonimización que deberían mostrar y ocultar al mismo tiempo el «carácter de consecuencia sin querer» de las muertes ajenas, pero que de hecho designan esta escisión entre la paz en casa (para nosotros que iniciamos la guerra) y la guerra en casa de los otros (para los que el peligro de destrucción y muerte se ha convertido en normalidad).
El concepto de enemigo procedente de la vieja guerra entre Estados es demasiado vago para plasmar este endose del riesgo bélico a los «afectados». La guerra de Irak, por ejemplo, no era para el gobierno de Estados Unidos una guerra contra el pueblo iraquí. Al contrario: el objetivo era liberar al pueblo iraquí, o sea, derrotar a la dictadura de Sadam Husein y su aparato ejecutivo y mffitar. Incluso quizá se esperaba una revolución post hoc en el interior del país, después de que el objetivo de la intervención militar, la caída del régimen de Husein como «operación militar» sobre los sobre la base de las nuevas estructuras cognoscitivas surgidas del «salto adelante» más reciente y evolucionado (Strydom, 2002, pág. 12 y sig).
A una pregunta clave que se plantea en este punto, observa Joost van
Loon:
¿Lleva la multiplicación de riesgos a la desesperanza del callejón sin salida o es posible escabullirse de él gracias tanto a la dialéctica negativa del riesgo y el rechazo del mismo como a la ambivalencia, cada vez más extendida? (2002, pág. 41).
Teoría de la reflexividad y del cosmopolitismo como realidad
Recapitulemos los pasos de la argumentación: la especificidad de la ontología del riesgo se expresa en la indiferenciación de realidad y representación: lo decisivo son las anticipaciones del hacerse real.
Un número creciente de tales riesgos socava la lógica operativa de las instituciones propias del Estado nacional y la sociedad industrial, ya que la anticipación y escenificación de los riesgos, lejos de poder encerrarse dentro de espacios geográficos o temporales determinados, despliegan efectos globales y simultáneos. Pues bien, ¿qué significa la reflexividad del riesgo?
Comunicación transfronterizaporfuerza: por lo que respecta al horizonte de los riesgos globales, todos vivimos en una vecindad directa y al mismo tiempo universal con todos. El cosmopolitismo, en este sentido figurado de unión forzosa ante la amenaza, es una condición, no una elección. No es en absoluto enrevesado suponer que lo que hoy todos los seres humanos tenemos en común es el anhelo de un mundo que sea un poco menos uno. Esta solidaridad negativa fruto del temor a la destrucción global transparenta una vez más la lógica comunicativa de la sociedad del riesgo mundial. Ya he dicho que lo que hace tan políticamente potente la producción y distribución de los riesgos en el mundo actual es la imposibilidad de externalizar sus problemas. Dicho de otro modo: el cierre del sistema no es opción, pues estamos todos unidos en esta World Wide Web de producción y definición de riesgos.

Esto es, la reflexividad impide la autopoiesis y libera flujos de comunicación por encima de los límites de sistemas altamente complejos. Las advertencias que provienen de los expertos, de la legislación y de la indignación moral valen poco dentro del sistema que las causa. La fe en la técnica ya hace tiempo que ha dado de sí todo lo que podía. El redescubrimiento de la política [...] exige una autopoiesis en el sentido contrario, una apertura de los sistemas cerrados (Van Loon 2002, págs. 40 y 43).


— Precisamente éste es el rendimiento de la reflexividad del riesgo:
disolver la identidad de sujeto y reflexión. Es la otra cara de la comunicación forzosa, vinculada a medios, tecnologías, acciones, significados, redes, «actuantes», valores diversos (Latour).
El desafío político de la sociedad del riesgo es cómo hacer que las lógicas de los diversos sistemas puedan influirse mutuamente sin suprimirse completamente. Esto es: es necesaria una estrategia que posibilite la comunicación entre flujos de comunicación diversos sin que por ello los sistemas abandonen sus lógicas inmanentes. Para Luhmann esto significa una forma de indiferencia politica. Según Beck y Habermas, es la única salida (ibíd., pág. 43).
A muchos, esto podrá parecerles mero voluntarismo pero es porque no ven el giro a una «Realpolitik cosmopolita» que hoy ya asoma por debajo de las culturas y políticas contradictorias de la sociedad del riesgo mundial (véase más adelante).
— La racionalidad del riesgo despliega por último una «lógica» del shock, del sufrimiento y la compasión opuesta a la «racionalidad instrumental» que Max Weber convirtió en el pilar de su sociología y que Horkheimer y Adorno, y últimamente Habermas, critican (si bien de maneras totalmente distintas). Puede decirse que la reflexividad del riesgo
—o más generalmente, la modernización reflexiva— es una crítica ambivalente, dirigida a la realidad de una razón reducida a su vertiente instrumental. En campos clave de la racionalización social ya se comprueba empírica y teóricamente cómo la radicalización de la modernidad conduce a una autoconfrontación, autodeslegitimación y autotransformación de la racionalidad instrumental. Esta se mueve exclusivamente por la maximización de la efectividad y la eficiencia. Los afectos, por el contrario, no son cosa suya, como tampoco la «preocupación por el ser», el propio y el de los demás, que sí forman parte de las experiencias existenciales y transfronterizas clave en la sociedad del riesgo mundial (Ritter, 2004). La experiencia global de los riesgos manifiesta una dimensión traumáti 3

Teoría crítica de la sociedad del riesgo mundial 273

mocráticas y sociales y actúa guiada exclusivamente por la máxima de la maxímización del beneficio al más corto plazo.


Existen paralelismos sorprendentes entre la catástrofe del reactor de Chernóbil y la crisis financiera asiática. Frente a los riesgos globales, los métodos tradicionales de actuación y contención se revelan poco fiables e inoperantes. No se puede indemnizar económicamente a millones de desempleados y pobres; no tiene ningún sentido contratar seguros contra las consecuencias de una recesión global. Al mismo tiempo, la explosiva fuerza social y política de los riesgos globales del mercado es tangible: caídas de gobiernos, amenazas de guerra civil. Cuando los riesgos se perciben públicamente, la pregunta que más se hace oír es la de la responsabilidad. Esta dinámica desembocará en un vuelco de la política neoliberal: no hacia la economización de la política sino hacia la politización de la economía.
Tendría que pensarse seriamente en la formación de un Consejo Económico de Seguridad dentro cíe las Naciones Unidas. Hay muchos problemas, como por ejemplo la regulación de los mercados de divisas y los riesgos ecológicos, que no pueden mantenerse bajo control sin la participación colectiva de muchos países y grupos. Ni siquiera la más liberalizada economía nacional funciona sin una coordinación macroeconómica. ¿Por qué se debería aceptar que no ocurre así en la economía mundial? (Giddens, 1998, pág 176).
Seguro, las crisis económicas son tan viejas como el mercado mismo. Y al menos desde la crisis económica mundial del año 1929 las consecuencias desastrosas de los desplomes financieros son generalmente conocidas (sobre todo las concernientes al ámbito de la política). Las instituciones del acuerdo Bretton Woods, fundadas tras la Segunda Guerra Mundial, se pensaron como respuestas políticas globales a los riesgos económicos globales, y su funcionamiento fue una clave importante para el nacimiento del Estado del bienestar en Europa. Pero desde la década de 1970 estas instituciones fueron en gran parte disueltas y sustituidas por sucesivas soluciones ad hoc. De ahí que nos enfrentemos a la paradójica situación de que los mercados están más liberalizados y globalizados que nunca pero, en cambio, las instituciones globales que deben controlar sus efectos sufren drásticos recortes de poder. En estas condiciones no puede excluirse la posibilidad de una catástrofe financiera mundial de las proporciones de la de 1929.
A diferencia de los riesgos medioambientales y tecnológicos, cuyos efectos, de entrada físicos, adquieren relevancia social «desde fuera», los riesgos financieros afectan sobre todo a una estructura social inmediata: la economía; o, para ser más exactos, a la indispensable seguridad de solvencia. Esto significa para empezar que el impacto de los riesgos financieros está más mediatizado por otras estructuras sociales que el impacto de los riesgos ecológico-físicos globales. Por eso los riesgos financieros son más fácilmente «individualizables» y «nacionalizables» y generan grandes diferencias en las percepciones del riesgo. Finalmente, los riesgos financieros globales —sobre todo en la percepción (estadística) mundial— se consideran riesgos nacionales de países o regiones particulares pero, dada la interdependencia económica existente, eso no significa en absoluto que comporten menos riesgo. Puesto que todos los sistemas parciales de la sociedad moderna remiten a otros sistemas parciales, un fallo del sistema financiero sería catastrófico. Y probablemente ningún otro sistema funcional de la modernidad tiene un papel más prominente que la economía. La economía mundial es sin duda una fuente de riesgo en mayúsculas en la sociedad del riesgo mundial.
La amenaza de las redes terroristas globales es de una condición completamente diferente. Como hemos dicho, los conflictos ecológicos y económicos pueden ínterpretarse como consecuencias indirectas de la modernización radicalizada. Las actividades terroristas, en cambio, tienen que interpretarse como catástrofes premeditadas. Para ser más exactos: siguen el principio de saldar premeditadamente las consecuencias indirectas no premeditadas. De manera que el principio de casualidad y accidentalidad es sustituido por el del aprovechamiento intencionado de la evidente vulnerabilidad de la sociedad civil moderna. El concepto de accidente, que constituye la base sobre la que se efectúan los cálculos de probabilidad de posibles siniestros, ya no procede. Los terroristas sólo tienen que fijarse el objetivo de atacar el «riesgo residual» y la autocomprensión de un mundo sumamente complejo e interdependiente para globalizar la «sensación de violencia» que paralíza a la modernidad y literalmente la petrifica de terror. Así pues, el riesgo terrorista amplía extremadamente el territorio de aplicación tanto civil como militar de los «bienes de doble beneficio» (Bauer, 2006). El terrorismo transnacional se diferencia del terrorismo nacional porque no persigue objetivos nacionales ni recurre primordial o exclusivamente a actores nacionales en Estados nacionales. «Transnaciorial» alude, por lo tanto, a terrorismo multinacional que ataca «a Occidente», a «la modernidad» potencialmente en todas partes. Es remarcable, sin embargo, que y cómo la anticipación global de los atentados terroristas se «fabrica» en la interacción involuntaria con el poder de los medios de comunicación, la política y el ejército occidentales: la creencia

cubrir cómo los riesgos globales penetran en las vidas cotidianas y les dan la vuelta (de manera comparable a una «conversión religiosa»).


Un ejemplo destacado es sin duda el cambio climático, que ilustra cómo la globalización del riesgo ha transformado efectivamente el marco de las experiencias humana y del proceder social (aunque muchos crean que no lo suficiente). La mundialización de las consecuencias indirectas de la victoria de la industrialización despierta una conciencia global y posibilita plasmar en conceptos los riesgos globales. En cuanto la amenaza que sufre la Tierra se convierte en punto de referencia de la actuación humana, la globalidad de los riesgos se convierte en un aspecto que ningún discurso ni actuación pueden ignorar. Induso la negación —una respuesta adecuada al cambio climático tendría que hacer posible lo imposible, a saber, que la humanidad se constituyera en actor político, abjurara del industrialismo ciego y sus consecuencias y se convirtiera en organizador activo de una transformación del estilo de vida— refleja esta conversión cuasi religiosa. En este sentido, la dinámica de la sociedad del riesgo mundial libera un alud, actual o potencial, de transformaciones vitales tan pronto el riesgo pasa de ser un problema local, individual, a ser un fenómeno global de profundo significado político.’ Sin embargo, los contornos de la sociedad del riesgo mundial —así lo he argumentado— surgen entre las sombras de las «consecuencias no vistas y no queridas», lo que significa que los datos sociales no aparecen tal cual: hay que arrancarlos a las concepciones de las teorías lineales de la modernización (que son las que mantienen la latencia y el carácter de consecuencia indirecta de los riesgos). De ahí que sea irrenunciable en la fenomenología de los riesgos globales una especial vinculación, quizás introducida metodolégicamente, de teoría y empiria (como hemos ilustrado en el capítulo X al hablar del «cosmopolitismo metodológico»). Sólo esta combinación permitirá reconstruir empíricamente cómo las nuevas experiencias prácticas cambian la comprensión de antiguos conceptos y qué es lo que anima a desarrollar otros nuevos.
La base para ello es un «universalismo contextual» (Beck, 1997, págs. 13-149) que juzga con escepticismo la posibilidad de descubrir verda 3 Los trabajos empíricos sobre la modernización reflexiva desarrollados en Múnich desde 1999 (en el marco de una investigación específica al respecto en la que cooperan varias universidades con una amplia gama de proyectos) destacan que tales fenómenos de metacambio sucedieron en el periodo que va de 1960 a 1990. De hecho, pues, elaboran sistemáticamente (si bien no de la mano de la experiencia vital de los riesgos globales) una fenomenología empírica de la modernidad reflexiva (Beck/Lau, 2004).

des eternas en los procesos humanos, sociales y naturales y, al mismo tiempo, insiste en la necesidad de sacar a la luz y nombrar tan bien como sepa los «universalismos contextuales» de la actualidad.


Ahora bien, tal pretensión origina una concurrencia de interpretaciones. Tanto las teorías lineales de la modernización y la racionalización como la teoría de la sociedad del riesgo mundial, aunque enfrentadas, dirigen su foco a una fenomenología de los riesgos globales enraizada en el mundo de la vida. Para ser realistas: podría muy bien llegarse a una especie de «empate explicativo» entre ambas interpretaciones enfrentadas, pues incluso allí donde se afirma y demuestra un corte epocal, se producen entrecruzamientos y mezclas de fenómenos viejos y nuevos, o sea, un «tanto lo uno como lo otro» en el que todas las teorías sociales competidoras pueden encontrar elementos que confirmen sus hipótesis. Así pues, es perfectamente posible considerar la nueva era un apéndice de la vieja y proyectar al futuro las propiedades del viejo orden, lo que tampoco es estéril si se tiene en cuenta que las estructuras e instituciones sociales de la primera modernidad tampoco es que se hayan derrumbado totalmente en un punto histórico determinado. Por lo tanto, hay que practicar metodológicamente lo que Max Weber llamó la «doble contabilidad», que él consideraba de gran importancia para el auge del capitalismo. En este sentido, también se necesita una «doble contabilidad» para protocolizar el auge de la sociedad del riesgo mundial.
Con todo, hay momentos decisivos —en el sentido estricto del concepto de cambio de paradigma de Thomas Kuhn (1962)— en los que la novedad de los hechos sociales se hace especialmente patente y describible, pues el descubrimiento empírico de la sociedad del riesgo mundial no sólo presupone que existe la correlativa teoría sino también que la organización social y metodológica de la praxis de las ciencias sociales se transforma. Así pues, es crucial la superación del «nacionalismo metodológico». Si se define «cultura» (o «sociedad») como la evolución de significados compartidos por la generalidad, basados en la experiencia práctica colectiva, la sociedad del riesgo mundial rompe con la noción de culturas cerradas y separadas entre sí e introduce en la cotidianidad experiencias prácticas que sobrepasan las diferencias culturales. En este aspecto la sociedad del riesgo mundial supone un peligro para los conceptos tradicionales de cultura y sociedad. Las fronteras y enfrentamientos culturales caen ante la experiencia escenificada de la amenaza global y entonces resulta visible que la proclamada, originaria inconmensurabilidad de las mismas se basaba en la decisión, apoyada por el poder, de seralmente, pues tanto la eficacia como la legitimidad surgen de la cooperación entre Estados. Brevemente: el método de la Realpolitik cosmopolita es el rodeo. Por ejemplo, no pueden hacerse progresos en el conflicto casi irresoluble de Oriente Próximo con la mera interacción directa de israelíes y palestinos: hay que dar el rodeo de un compromiso regional acordado y moderado globalmente en el que tras un gran tira y afloja cada nación gane al final algo: Israel su seguridad, los libaneses su soberanía, los palestinos un Estado, los sirios los Altos del Golán ocupados por Israel. Para ello es necesario que todos crucen las fronteras del odio y hablen y negocien entre sí con miras a sustituir el juego de suma cero nacional por un juego de suma positiva basado en la dependencia recíproca y pacífica.
Tercero: las organizaciones internacionales no sólo son la continuación de la política nacional por otros medios, sino que también modifican y religan los intereses nacionales. Con ellas surge ese juego de suma positiva entre Estados que supera el juego de suma negativa de la autonomía nacional. El neorrealismo del Estado nacional reza: las organizaciones internacionales sirven en primer lugar a intereses nacionales, no a intereses internacionales. El realismo cosmopolita reza: las organizaciones internacionales no sirven ni a intereses nacionales (en el viejo sentido) ni a intereses primeramente internacionales sino que modifican, maximizan y amplían transnacionalmente los intereses nacionales y ofrecen nuevos espacios transnacionales de poder y configuración a actores políticos mundiales muy diversos (Estados incluidos). ¿Quién o qué sostiene esta integración de los Estados? Por supuesto, como afirman los politólogos realistas, el cálculo «nacional» de los Estados y gobiernos implicados, pero con un valor añadido cosmopolita totalmente transformado del que a fin de cuentas se benefician todos, pues sólo así, dada la ampliación de los espacios políticos, se puede, si no solucionar, sí al menos contener, poner riendas a los problemas tanto regionales como mundiales (que son al mismo tiempo nacionales). La creación de organizaciones internacionales presupone la limitación automática del poder de Estados Unidos como estrategia de legitimación y ampliación del poder por vía cooperativa. Algo diferente, nuevo, nacerá si, ante las amenazas globales, los poderes asimétricos de los Estados colaboran aceptando las condiciones del derecho y los valores democráticos.
Cuarto: el hecho de que algunos Estados europeos y el Consejo de Seguridad de la ONU hayan rehusado aprobar mecánicamente la opción militar en solitario del gobierno de Estados Unidos no ha conducido, como muchos comentaristas presumían, a una pérdida de poder de la Unión Europea y la ONU. Al contrario, ambos han ganado credibilidad, La legiti mida

de la política global del riesgo se basa esencialmente en una división de poderes: el de disponer de un ejército y el de generar un consenso público mundial progresivo. Sólo la autonomía de la UE y la ONU frente al poder militar unipolar de Estados Unidos puede otorgarles la necesaria legitimidad. El cortocircuito entre poder nacional y legitimación nacional del mismo, aparentemente necesario en el paradigma de la soberanía nacional, es contraproducente sobre el escenario global. Si Estados Unidos busca la coincidencia con la Unión Europea, maximiza al mismo tiempo la oportunidad de obtener la aprobación de la ONU y de esta manera el valor añadido político de la unanimidad de Estados Unidos, ONU y UE.


Quinto: el unilateralismo es antieconómico. El realismo cosmopolita, en cambio, es además realismo económico, ahorra costes y los distribuye. Los ahorra porque los gastos militares multiplican el coste de cualquier estrategia orientada a la previsión, pero también porque con la pérdida de legitimación los costes crecen exponencialmente. Y al contrario, la responsabilidad compartida, la soberanía compartida, también significa compartir los costes. Por ejemplo, tal vez se pudiera financiar y movilizar incluso a expertos de Estados Unidos a cargo del presupuesto de la ONU y con la bendición del derecho internacional. Que una nación actúe por su cuenta dificulta que tales opciones se materialicen en una política transnacional. En otras palabras: que los Estados trabajen en común —un factor importante del realismo cosmopolita— es un buen negocio.
Teoría crítica de la sociedad del riesgo mundial como autocrítica social
La incómoda, si no incontestable, pregunta: ¿cómo es posible la crítica?, ya no se plantea en la mayoría de las posiciones teóricas de la sociología. Es evidente que la «sociología crítica», la «teoría crítica» no son fácilmente conciliables con posiciones tendentes al constructivismo o al relativismo. A los sociólogos que adoptan estas dos posiciones epistemológicas ni les afecta especialmente ni les da nada que pensar que se les haga notar que asumen determinadas premisas del mismo orden institucional que investigan, lo que les lleva (queriéndolo o no) a afirmar el statu quo. La normatividad tiene mala fama. La mayoría de las veces se la equipara al procedimiento consistente en superponer un ideal normativo a una realidad deformada para extraer de ahí las conclusiones previstas.
Esta clase de esfuerzos suscita más bien —al menos en la sociología alemana, empeñada en una aséptica libertad de valores— una cierta escru



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