riesgo el cálculo del riesgo: seguridad pronosticable ante un futuro abierto 9



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TABLA 3
Tipología de las dinámicas desiguales de riesgo y conflicto en la sociedad del riesgo mundial

Tipo 4: Desigualdades cosmpolitas de los riesgos globales

Tipo 2: Jerarquía de las desigualdades internacionales respecto a riesgo y peligro

Tipo 1: Nacionalismo metodológico (contextualismo)


ón
Los riesgos globales no existen realmente; los riesgos y peligros son contextuales, definidos intranacional(estatal)mente, distribuidos
individualizadamente (individualización de riesgos globales).
Tipo 3: Redes de actores transnacionales de la definición y distribución del riesgo

Ejemplos: Chernóbil; centro-periferia; autoamenaza; amenaza ajena.









Perspectiva metodológica







Nacional

Internacional

Transformación

Congruencia de las

1.

II.

de fronteras:

fronteras

Nacionalismo

Internacionalismo

(in)congruencia

(o nacionales o

metodológico

metodológico

de las fronteras

internacionales)

(contextualismo)




territoriales,










políticas,










económicas,










sociales, así como










de las fronteras entre los que deciden el riesgo










Incongruencia de

III.

IV.

y los afectados

las fronteras (tanto

Transnacionalismo

Cosmopolitismo

por los peligros

nacionales como internacionales)

metodológico (regionalismo)

metodológico



Ejemplo: probabilidad

Vulnerabilidad social; constructo social

y vulnerabilidad de/por

de «consecuencias indirectas latentes»;

EEB, SARS, gripe aviar, etc.

reflexividad de los riesgos globales.

Difusión de decidientes Nación/región origen Nación/región afectada

y afectados de decidientes y

riesgos por los peligros

citas cuyo análisis y crítica tienen que hacerse en el marco de una sociología de la sociología. Hay que distinguir dos variantes (no excluyentes) del nacionalismo metodológico: un concepto histórico (que remite a la génesis de la sociología en el siglo xix) y un concepto lógico (que muestra la conexión interna de los principios fundamentales; véase Chernilo, 2OO6).
¿Cómo construye este nacionalismo metodológico la desigualdad? La unidad de investigación de la desigualdad empírica y teórica que presupone es «la sociedad», organizada según el Estado nacional y circunscrita a las fronteras del mismo (independientemente de si teóricamente se define como dividida en clases, estratos sociales o individuos o como consecuencia de desigualdades basadas en la edad, el sexo, el país, el Estado o la región). En este sentido, pueden identificarse dos variantes del nacionalismo metodológico: el autoanálisis nacional-sociológico (análisis de la estructura social de Alemania por parte de la sociología alemana, de la de Gran Bretaña por parte de la británica, etc.) y la comparatística (comparación entre sociedades nacionales).
Más exactamente, el nacionalismo metodológico se basa en una doble suposición de congruencia: por un lado la congruencia de fronteras territoriales, políticas, económicas, sociales y culturales; por otra, la congruencia de la perspectiva de los actores con la de los sociólogos observadores, de modo que las premisas del nacionalismo normativo-político de los actores se convierten sin reflexión previa en premisas de la observación sociológica. Ambas presuposiciones de congruencia se refuerzan mutuamente.
Pues bien, los interrogantes y conflictos que sobre la investigación misma, la política o la sociedad genera la incongruencia de las fronteras no pueden plantearse (no digamos ya contestarse) ni empírica ni teórica ni políticamente en el marco del nacionalismo metodológico. Sin duda las fronteras territoriales, estatales, económicas y sociales siguen existiendo pero ya no coexisten, lo que desencadena una avalancha de pre 4 Aunque esta diferencia es clarificadora, Daniel Chernilo comete un error. A sus ojos (porque también toma la palabra «metodológico» en sentido literal y no metafórico) mi tesis del nacionalismo metodológico es exagerada y de ahí extrae la conclusión de que el giro al cosmopolitismo metodológico es superfluo e incluso dogmático. Pero ésta es una conclusión notablemente errónea, pues de lo que aquí se trata es de descartar un programa de investigación destinado a renovar la sociología que no tenga en cuenta la posibilidad de comprobación empírica, el positde problernshift (Imre Lakatos), que este libro también aspira a considerar, o sea, la aparición de nuevos hechos empíricos o campos de investigación.

guntas: sobre la ambivalencia co- o multinacional de los espacios de acción y las situaciones vitales; sobre la contingencia de constructos fronterizos incongruentes que hay que interpretar como resultado de decisiones colectivas e individuales; sobre la producción y reproducción de espacios de acción transnacionales (redes de interacción transversales y transfronterizas).


Puntos decisivos son, pues, la deslimitación de los riesgos y los constructos sociales de la laten cia. El nacionalismo metodológico no permite tematizarlos y por eso no repara en el cambio de significado de las fronteras en la sociedad del riesgo mundial. No basta con afirmar una «globalización del riesgo» abstracta y general. La deslimitación ocurre a menudo como una exportación deliberada del peligro (su endose a otros). En tales casos hay que interpretar la deslimitación como una estrategia para convertir en ganancias económicas los permisivos estándares de seguridad de otros países o continentes. Las estrategias de deslimitación explotan zonas donde la resistencia es escasa, siguiendo así la jerarquía de poder tanto dentro de las fronteras nacionales como en el espacio internacional (véase pág. 195 y sigs.).
La deslimitación de los peligros no elimina, pues, las fronteras nacionales sino que las presupone y explota: si las fronteras nacionales pueden utiizarse como constructos de la latencia de las consecuencias indirectas es porque al mismo tiempo ponen barreras a la visibilidad y a la relevancia. De esta manera la dislocación espacial entre los lugares de gestación de los riesgos —los «territorios decidientes»—.- y los lugares en que se expone a las personas y la naturaleza a consecuencias indirectas destructivas (actuales o potenciales) —los «territorios-víctima»-— permite hacer desaparecer la desigualdad a nivel global de los riesgos. Este efecto es precisamente el que el nacionalismo metodológico de la sociología de la desigualdad y el riesgo duplica al confirmar la inexistencia de desigualdades sociales, no porque las niegue explícitamente basándose en datos empíricos, sino porque la unidad de investigación de que parte y las preguntas y conjeturas teóricas referentes a ésta sólo tienen en cuenta las sociedades nacionales y excluyen las «consecuencias indirectas» que reciben otros. Lo mismo ocurre cuando se presentan estudios comparativos de perfiles de riesgo nacionales, ya que dichos estudios difuminan a su vez las interdependencias e interacciones transfrontrizas así como los momentos «glocalizadores» de la sociedad del riesgo mundial.
En resumen: la dislocación espacial de contextos generadores y con- textos afectados, así como su reproducción en la mirada de la sociología ya que muchos inmigrantes enviaron el dinero en efectivo para ahorrarse las comisiones bancarias.
En cambio, el nacionalismo metodológico conduce o induce a una individualización de riesgos globales. Coherente con el neoliberalismo, considera al individuo «empresario moral de sí mismo» y por lo tanto responsable del destino de la civilización. Un nuevo «imperativo categórico» nace: actúa como si de tu actuación dependiera el destino del mundo. Recicla la basura, ve en bicicleta, utiliza energía solar, etc. La crucial contradicción que así se vela y desvela es que el individuo está condenado por su propia responsabilidad a la individualización, también frente a los peligros globales, aunque los centros de decisión lo excluyan y se sustraigan a su influencia.
Tipo 2: jerarquía de la desigualdad de riesgos y peligros
Aquí la investigación ya no toma como unidad la sociedad nacional sino que se focaliza sobre las constelaciones binacionales que se forman a partir de la diferencia entre nacional e internacional. Esto es lo que las distingue de las constelaciones transnacionales, que se superponen a la dicotomía nacional/internacional. A este nivel, la pregunta por quién es el causante, quién la víctima, quién el ganador y quién el perdedor de los riesgos no se pierde en la indiferenciación y mezcla general de decidientes y afectados sino que sigue el esquema de imputación y los tópicos y estereotipos nacional-culturales del enemigo característicos de la relación entre las naciones: autoamenaza y amenaza ajena. Dentro del esquema de imputación de la autoamenaza en el interior de los Estados las individualizaciones son posibles (quizás incluso probables); las amenazas ajenas que traspasan las fronteras nacionales, en cambio, obedecen, fieles a la oposición «nosotros versas los otros», a la percepción e imputación colectivo-estereotipadas de los peligros. Esta estructuración de las relaciones internacionales comporta dos consecuencias: por un lado, los espacios nacionales se determinan de acuerdo con la contraposición de decidientes del riesgo y afectados por él; por otro, el contexto de los decidientes de la causa y el contexto de las consecuencias peligrosas de las decisiones de éstos coinciden con las fronteras y controversias de los espacios nacionales de acción y percepción.
Puesto que la desigualdad de los riesgos penetra y divide los espacios nacionales, los enfrentamientos entre naciones pueden agravarse y enfer Desigualda

global, vulnerabilidad local [.1 233


vorizarse social y políticamente en función de la diversidad de situaciones y percepciones del riesgo y el peligro. Los estereotipos nacionales y sus subsiguientes controversias y emociones, fácilmente inflamables, actúan a modo de caja de resonancia. Incluso amenazas relativamente insignificantes, que pueden ignorarse y anonimizarse en el espacio nacional, en la relación entre naciones pueden exacerbarse y desencadenar disturbios públicos. Si el «país causante» de los peligros y el «país receptor» de los mismos tienen tras de sí una enredada historia de conflictos y además en el presente los nervios nacionales están de punta, es de esperar que incluso la más pequeña «exportación» de peligros desencadene una tempestad de protestas y la correspondiente alta emergencia política.
El patrón de estos conflictos transfronterizos es fácil de ver: a la dramatización en el espacio-víctima nacional se opone la desdramatización en el espacio-decidiente nacional. Si la región-decidiente incurre en riesgos significativos cuyas consecuencias, en forma de peligros, se endosan a otros, también los recursos para evitar los peligros y prevenir los riesgos están desigualmente distribuidos según el Estado nacional de que se trate. Los gestores del riesgo de los países exportadores no se sienten demasiado obligados a «malgastar» sus escasos recursos en controlarlo y minimizarlo. Puesto que la propia opinión pública nacional, precisamente por ser una opinión pública nacional, da escaso valor a la sensibilidad de los que se exponen a los peligros, puede darse tácitamente por hecho que las consecuencias «no vistas» y «sin querer» de los peligros irán a parar al otro lado de la valla del jardín nacional.
Precisemos ante todo que la inimputabiidad y el anonimato del riesgo no son ni una característica sistemática de la modernidad ni un acontecimiento inherente necesariamente a la distinción conceptual entre riesgo y catástrofe. Más bien son fruto de estrategias de poder cuyo éxito depende por un lado de que las normas de igualdad y responsabilidad no traspasen la valla del jardín nacional y, por otro, de hasta qué punto el país se vea como vencedor o perdedor de la desigualdad del riesgo. En cuanto se trata de «grandes» riesgos, pues, de riesgos conflictivos, las naciones practican en su mterrelación lo que dentro de los espacios nacionales a algunos les parece excluido analíticamente: distinguir netamente entre causantes y víctimas y plantear y tratar la cuestión de la responsabilidad de manera que resulte políticamente explosiva.
Un ejemplo histórico de ello es la catástrofe nuclear de Chernóbil. Como describió la antropóloga Adriana Petryna es su excelente estudio Life Exposed: Biological Citizens Afrer Tschernobyl (2002), la coinciden- científicos nos aseguraron: estad tranquilos, lo tenemos todo controlado. Hoy, que somos unos contaminados, nos llaman psicópatas. Quién sabe lo que nos traerá aún la ciencia» (ibíd., pág. 27). Aquí se revela la importancia existencial del no-saber, que se convierte en instrumento y medio del nacimiento y constitución de situaciones vitales amenazadas. En la búsqueda de la seguridad perdida las «consecuencias indirectas vivientes» se ven obligadas a dar respuestas que no conocen a preguntas que de momento no están en condiciones de plantear.
Tipo 3: red transnacional de actores de la definición y distribución del riesgo
De «transnacionales» se califican situaciones de riesgo vital y espacios de acción que amplían, solapan y cuestionan el «o esto o lo otro» nacional con el «tanto esto como lo otro» conacional. La unidad de investigación ya no es, por tanto, la sociedad de un Estado nacional sino constelaciones transnacionales, esto es, espacios regionales. Cosa que, metodológicamente, presupone el acoplamiento de (al menos) dos marcos nacionales de observación sociológica.
El argumento de partida es: los análisis y enunciados generales sobre el giro medioambiental «global» y las crisis ecológicas (como, por ejemplo, el cambio climático, la pérdida de biodiversidad global, el consumo de energía y los recursos energéticos no renovables) no dicen nada sobre los daños medioambientales en determinados contextos y regiones. Pasan por alto sobre todo la vulnerabilidad social que sólo la mirada regional capta. Ilustraremos esta afirmación valiéndonos de dos instrumentos: algunos estudios regionales comparativos y un análisis reticular del riesgo de SARS.
Estudios regionales comparativos
Es necesario hacer análisis que no sean ni globales ni nacionales sino transnacional/regionales, es decir, hay que definir la unidad de investigación a fin de elaborar estudios regionales comparativos, como han hecho Janne X. Kasperson y Roger E. Kasperson (2005):
Nuestros análisis muestran que las condiciones de empobrecimiento y amenaza, las situaciones críticas, así como la dinámica regional que provo canadoptan formas muy distintas y se originan en diferentes circunstancias según cada contexto regional. De la investigación de las tres regiones no puede desprenderse ningún patrón evolutivo simple o un repertorio de diversificaciones regionales de las dinámicas de cambio. En particular, la relación entre destrucción medioambiental creciente y variaciones en la riqueza y bienestar de los habitantes varía significativamente de región a región.
La tabla 4 resume algunos ejemplos, aunque también valdrían muchos otros. El caso 1 representa una situación frecuente en que el crecimiento de la destrucción medioambiental (DM) es la causa de que la riqueza (R) y el bienestar (BE) retrocedan drásticamente. Pero en el caso 2 se observa que el cambio de una economía agrícola a una economía industrial posibiita un crecimiento continuado de la riqueza y el bienestar aunque la destrucción del medio ambiente aumente. En el caso 3 la explotación de recursos prosigue, acompañada de una creciente acumulación de riqueza que, sin embargo, tiene el efecto boomerán de repercutir en un empeoramiento continuado de la calidad medioambiental, o sea, en la aparición de enfermedades de origen ambiental y en una tendencia regresiva por lo que se refiere al bienestar humano.
De hecho, aunque el caso 2 es contraintuitivo, refleja un patrón ampliamente difundido en nuestros últimos estudios regionales y realza la complejidad característica de la mirada regional sobre las situaciones de riesgo (ibíd., pág. 188).
Así pues, el caso 2 es un fenómeno de transición que en zonas de veloz industrialización (como, por ejemplo, en Asia) deriva súbitamente en el caso 3.
TABLA 4
Patrón de desigualdades regionales de los riesgos medioambientales
De todas maneras, en el regionalismo metodológico (transnacionalismo) la cuestión de qué influencia tienen sobre determinados contextos las relaciones entre diversas regiones y entre éstas y la economía y los riesgos

esta manera se produce una «globalización interior» de la política nacional de riesgo: las fronteras entre dentro y fuera, nosotros y los otros ya no son tan claras. Si esto se empareja con una política autoritaria de re-nacionalización, puede que no sea del todo equivocado decir: cosmopolitización y renacionalización se cruzan y complementan (Levy/Sznaider, 2006).


Tipo 4: desigualdades cosmopolitas de los riesgos globales
El concepto del cosmopolitismo se ha desarrollado mucho en los últimos años hasta convertirse en un concepto clave de las ciencias sociales. El renovado interés por este concepto mana de diversas fuentes: de la investigación de la globalización por parte de las ciencias sociales, de la investigación sociológica de la movffidad migratoria, de estudios sobre el poscolonialismo, el posfeminismo o la cultura global, de la etnografía, de los debates sobre new wars y human rights, de la investigación psicológico-social de la identidad (diáspora), por citar sólo algunas de las más importantes. En la sociología estos análisis cristalizaron en el paradigma de un «nuevo cosmopolitismo» (Beck, 2004, número extraordinario de The British Journal of Sociology, 1/2006), en cuyo centro convergen la búsqueda de nuevos métodos y estrategias de investigación por un lado y, por otro, la cuestión de cómo se refleja sobre las dinámicas de desigualdad y conflicto de la sociedad del riesgo mundial el trato que socialmente se da a la alteridad.
Cualquiera que se plantee las radicales desigualdades mundiales desde las premisas del cosmopolitismo encontrará pocos motivos para la esperanza: las normas que pueden llamarse «cosmopolitas», o sea, incluir en la toma de decisiones a no-nacionales potencialmente afectados, chocan con la incomprensión concentrada de las evidencias nacionales predominantes. La causa es la suposición, nada infrecuente, de que la grandeza y autonomía de la nación gozan del derecho preferente no sólo de perjudicar el propio medio ambiente sino también el de los demás (y el de las generaciones futuras). Por otra parte, la pretensión cosmopolita de que existan deberes recíprocos y establecidos legalmente por encima de las fronteras, queda muy lejos de la realidad de este mundo, en que un abismo infranqueable separa a las naciones-decidientes del centro de las regiones-víctima del llamado «Tercer Mundo». Una de las paradojas más desalentadoras de la sociedad del riesgo mundial es que las regiones víctimas rehúsan darse cuenta de su estatus de tales y así, con este silenciamiento nacido de la necesidad, se hacen sin querer cómplices de su explotación.

Contra esto tendrían que levantarse esos cosmopolitas «sabidillos» (pertenecientes en su mayoría al centro) y, venciendo todas las resistencias, convertirse en defensores ante la opinión pública mundial de regiones del mundo que muchas veces no consienten la «arrogancia» de esta defensa y esta representación. ¿Puede haber algo más estéril (si es que la gradación es concebible)?


Precisamente en una situación tal es importante referirse de nuevo a la diferencia entre cosmopolitismo normativo y político por un lado y cosmopolitismo metodológico por el otro. Aunque ambos sean mutuamente dependientes, es posible y hasta necesario exigir y desarrollar el cosmopolitismo empírico-analítico de las ciencias sociales (y hacerlo precisamente en aras de su pretensión de conocimiento de la realidad) sin alentar por ello la esperanza de que tal cosa presuponga o promueva la victoria del cosmopolitismo normativo. Pues la sociología ya no sería sociología si intentara interpretar las anticipaciones transfronterizas de la sociedad del riesgo mundial según las máximas inservibles del nacionalismo metodológico. Lo mismo hay que decir del hecho de que, ante los sucesivos e inabarcables riesgos que recorren la aldea global, cada vez más gente se retire con profilácticos temblores y castañeteo de dientes a sus castillos nacionales para atrincherarse en ellos. ¡Esta reacción también presupone, para que lo entiendan, un cosmopolitismo metodológico!
A pesar de su borrosidad, o más exactamente debido a ella, los riesgos medioambientales globales comparten una serie de características estructurales. De entrada, su naturaleza cosmopolita. En segundo lugar, el hecho de tener los problemas locales sus causas y (posiblemente) sus soluciones en la otra punta del globo. El axioma en que se basa la imagen del mundo de la primera modernidad (el «o esto o lo otro» de interior y exterior, nacional e internacional) ya no es válido. Debido a la globalización de los riesgos, los problemas clave son en su origen y consecuencias esperables no lineales, discontinuos en el espacio y en el tiempo, cosa que por su propia naturaleza los hace imprevisibles, difícilmente comprensibles en todo su alcance y aún menos «gestionables» (según los métodos tradicionales de observación y control). A principios del siglo xxi las poblaciones, las economías, la naturaleza y la cultura se entrecruzan a nivel global en una coevolución en la que las repercusiones en uno u otro terreno se influyen mutuamente de modos desconocidos y difíciles de predecir, poniendo de paso en cuestión tanto los fundamentos de los conceptos que manejábamos hasta ahora como las instituciones del Estado nacional y la sociedad industrial.

escala diferente. En este sentido, la separación de destrucción medioambiental, instituciones jurídicas y autoridades políticas es un punto clave del análisis de la vulnerabilidad.


Hay macrofuerzas, instituciones o políticas surgidas de regímenes internacionales que pueden llegar a ejercer una influencia decisiva —modalidades de explotación agrícola, innovaciones tecnológicas, instituciones financieras internacionales y políticas gubernamentales—, articulada en la figura de detallados modelos a escala local que incluyen la gran variabilidad local de recursos y condiciones ecológicas. Las directrices políticas consisten entonces en una gestión subordinada a los proyectos o a la presión superior, no al ecosistema o la población. De manera similar, el horizonte temporal pone bajo presión la actuación económica de las instituciones politicas y condiciona ciclos electorales y conceptos presupuestarios pero no se orienta al horizonte de las generaciones biológicas o de los cambios medioambientales. El resultado es que muchos problemas medioambientales se exportan a lugares lejanos (por ejemplo la deforestación de Indonesia o el comercio maderero internacional) o se aplazan hasta generaciones futuras (caso, por ejemplo, de residuos químicos peligrosos o material radiactivo). En general, puede afirmarse que la estructura de la autoridad política entra en contradicción con la estructura de las consecuencias de las decisiones arriesgadas y las vulnerabilidades resultantes, de modo que los efectos transfronterizos sobre grupos de población y zonas vulnerables se convierten progresivamente en una evidencia (ibíd., pág.


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