riesgo el cálculo del riesgo: seguridad pronosticable ante un futuro abierto 9


CONTRAPREGUNTAS, C0NTRA OBJECIONES



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CONTRAPREGUNTAS, C0NTRA OBJECIONES


1) Los autores pasan por alto la crucial diferencia entre caso de siniestro y riesgo, catástrofe terrorista y anticipación de la misma, que explica el riesgo terrorista. Mirado con más exactitud, el resultado del estudio no es demasiado sorprendente: lo asegurable y asegurado no es el riesgo terrorista sino la catástrofe del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York, perfectamente delimitada en el espacio y en el tiempo. No se trata, pues —a diferencia de las consecuencias del cambio climático—, de catástrofes sigilosas con un final abierto y unos efectos que pueden ser y son muy diferentes según los contextos regionales ni de la expectativa de catástrofes premeditadas no fijadas espacial, temporal o socialmente.
De hecho, hay un punto que el estudio y la reflexión sobre sus resultados me ha aclarado: el riesgo terrorista es un híbrido de primera y segunda modernidad. Por una parte, se concreta en acontecimientos espantosos delimitados espacio-temporalmente, «accidentes» y «siniestros» en el sentido clásico; por otra parte, dichos «accidentes» no son tales, puesto que son intencionados y encarnan lo hasta ahora impensable. Este híbrido de accidente y catástrofe es asegurable siempre que siga siendo un siniestro delimitado; es inasegurable siempre que a) represente la anticipación sin límite espacial, temporal o social de siniestros impronosticables y catastróficos y de sus consecuencias económicas, sociales y políticas, y b) ya no sea solamente «casual» sino intencionado, capaz de hacer estallar, por así decirlo «paramilitarmente», la lógica del concepto.
Los autores cometen en cierta manera un error categorial al no diferenciar netamente entre catástrofe (siniestro) y riesgo (anticipación).

Aquí se muestra la doble cara del terrorismo: el riesgo terrorista deslimitado puede hacer de siniestros delimitados catástrofes deslimitadas. La frontera entre ambos polos, que para la técnica aseguradora es imprescindible, es difícil o imposible de trazar. Quien del «accidente» terrorista premeditado del 1 1-S, paradójicamente delimitado, quiera concluir el riesgo terrorista delimitado, asegurable y asegurado, yerra la lógica de la antícipación y ambivalencia de la sociedad del riesgo mundial.


2) La magnitud del riesgo terrorista puede determinarse como mucho ex post, no ex ante. Entre estos dos puntos temporales se abre un abismo de no-saber sabido y no sabido que dificulta, o quizás incluso excluye, tratar racionalmente la inseguridad. Dicho de otro modo: lo que a posteriori aparece como la materialización de un riesgo ilimitable no puede pronosticarse en su transcurso concreto. Los riesgos extremos no conocen un fin definitivo que permita establecer sus límites y descubrir la verdad. La carencia de experiencias pretéritas implica que en el contexto de las incertidumbres fabricadas el condicional ha sustituido al indicativo. La posibilidad puede reivindicar la misma significación que la realidad (porque además el pasado siempre tiene que reescribirse con ocasión de nuevas experiencias de catástrofes). Muchas veces algo cuyas consecuencias y consecuencias indirectas y consecuencias indirectas de las consecuencias indirectas estábamos completamente seguros de ver se revela letal. Si aplicamos este saber al presente y el futuro, (casi) todas las seguridades se nos escapan. Los riesgos virtuales tienen que no existir para que los percibamos como hechos y nos los tomemos en serio. Sobre todo por lo que se refiere a inseguridades fabricadas globales, las relaciones causa-efecto son muy poco claras y, por lo tanto, el juicio sobre estos peligros, muy controvertido. Lo que las compañías de seguros y demás organizaciones que gestionan la inseguridad no advierten es el hecho de que una naturaleza tan controvertida representa a su vez un riesgo (un riesgo económico para aseguradoras y empresas y un riesgo político para los gobiernos).
3) De hecho una comprensión adecuada de la producción de riesgos también tiene que dilucidar hasta qué punto las decisiones de organizaciones que, como las aseguradoras, deben y quieren controlar las inseguridades provocan consecuencias y peligros nuevos e imprevistos. La pro- ducción de riesgos y la gestión de los mismos son indiscernibles cuando la gestión de los riesgos puede convertirse en fuente de riesgos, que no tienen por qué deberse a «errores», sino más bien al mero funcionamiento (por ejemplo, de los mercados financieros). Con más exactitud: preciante los riesgos del terrorismo (ibíd., pág. 54 y sigs.). Visto así, sus resultados refutan la ingenua idea de que las compañías de seguros privadas dicen llana y repentinamente adiós a la responsabilidad de prevenir las catástrofes terroristas. También prueban incisivamente cuán frágiles y selectivas son de hecho las vías y formas del «tanto asegurado como no asegurado», lo que plantea algunos contrainterrogantes que el estudio no discute o no suficientemente:
7) ¿No permiten sus resultados también interpretar que las inseguridades fabricadas más o menos globales tienen sobre los contratos de seguros un efecto parecido al que tienen sobre los Estados, a saber, desapoderar y apoderar al mismo tiempo? ¿No hay —al igual que hay en la sociedad del riesgo mundial (incluso en Occidente) failed states— tambiénfailed insurances? (véase pág. 170 y sigs). ¿Y no constituye una característica específica de este «fracaso de la economía aseguradora» poder distinguir con precisión los riesgos «buenos» (que producen beneficios) de los «malos» (que salen caros y acarrean pérdidas)?
¿Hasta qué punto la economía de los seguros privados construye con ello un «pueblo potemkin llamado aseguración», una «aseguración potemkiniana»? ¿Hasta qué punto se mantendrán en él las promesas de aseguración o más bien se expulsará progresivamente a los riesgos «malos»? ¿Hasta qué punto la protección de las aseguradoras en la sociedad del riesgo mundial se irá vaciando sistemáticamente hasta quedar «hueca»? ¿Hasta qué punto aumentarán, pues, tras la fachada de la pervivencia de las compañías de seguros los ámbitos y grupos de personas de riesgo no asegurados? ¿Es la ineficiencia —la política de exclusión— de la seguridad privada (para ser provocativos, el desmantelamiento de la aseguración, la creciente no-cobertura de riesgos tras la fachada de la sí-cobertura) la que abre nuevos mercados a la economía privada? ¿Y no sería de desear que la investigación sociológica al respecto abandonara irrenunciablemente estas tácitas premisas funcionales de las aseguradoras privadas y adoptara una perspectiva de observación propia, crítica sobre la simultaneidad del desmoronamiento y la expansión del sector de los seguros privados? Quizás el principio de la aseguración, que tranquiliza a una época asustada por las consecuencias de la modernización, acabe, en la sociedad del riesgo mundial, en esta macabra ironía: aseguramos a cada individuo y a la humanidad entera contra todo, pero con los riesgos, especialmente los que amenazan su existencia colectiva, que carguen ellos.
8) Profundizando en la simultaneidad de insegurización del mundo y potemkiniana pervivencia de la aseguración, puede afirmarse lo siguiente: la categoría del riesgo sigue una lógica expansiva. El riesgo lo incluye todo, penetra todos los ámbitos, todas las distinciones (verdadero y falso, bueno y malo, culpable e inocente). En el momento en que un grupo o un conjunto de población se convierten en riesgo, el atributo riesgo borra el resto de atributos y el grupo se convierte igualmente en un riesgo para los demás. Durante una larga época pareció que los espacios del riesgo en expansión y de las contingencias asegurables coexistían. Pero el riesgo, en virtud de su lógica expansiva —argumenta François Ewald (1993)—, socava las fronteras de la asegurabilidad en dos direcciones: por un lado en el microámbito de los riesgos infinitamente pequeños (por ejemplo, materias tóxicas en los alimentos), por otro en el macroámbito de los riesgos infinitamente grandes (por ejemplo, la catástrofe climática, o la radiación nuclear). ¿Qué tienen en común los micro y los macrorriesgos? Pues que en todos estos casos el riesgo atañe no sólo a la víctima inmediata sino a la vida misma. Es decir: transforma las condiciones de reproducción de la existencia humana, es genético-biológico y por lo tanto ilimitable espacial, temporal o socialmente (Adam, 2004).
Está claro, pues, que la inasegurabilidad de la sociedad del riesgo mundial (junto con la simultánea expansión de la contratación de seguros privados) no sólo se sigue de los límites de la aseguración sino también de la lógica de expansión del riesgo, que, de la mano del triunfo de la decidibffidad, altera con unas consecuencias imprevisibles las condiciones de reproducción de la existencia humana.
9) Que la aseguración privada se desacople de la expansión del riesgo aún admite otro enfoque teórico-social: ¿qué clase de riesgos es compensable y a quién se compensa (a los individuos, a toda la sociedad, a la humanidad incluidas las próximas generaciones)? En la época en que el riesgo y la aseguración del mismo se expandían en paralelo, la base era el principio de hacer individualizables los casos de siniestro: siempre eran personas u organizaciones particulares las que formalizaban los contratos de seguros, y los daños y pérdidas, dado su carácter limitado, podían ser cubiertos económicamente. Pero los riesgos de la sociedad del riesgo mundial son un escarnio del principio de la individuabilidad. La anticipación de los daños concierne a toda la sociedad, a regiones enteras del mundo y en último término incluso a generaciones aún no natas. Ni la aseguración privada ni la estatal están a la altura de la apocalíptica magnitud de los riesgos mundiales tal como se manifiestan en las consecuencias del cambio climático o en las crisis de la economía mundial.

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aprovechan de ellos, y aquellos a los que les toca sufrir en propia carne, incluso pagando con su propia vida, las «consecuencias indirectas no vistas» de unas decisiones en las que no han participado.
La conexión de riesgo y desigualdad se basa en la división siguiente:
en el nosotros de los decidientes se unen los posibles beneficios y ventajas, haciendo caso omiso de que, a causa de su poderosa posición social, están en condiciones de tomar tales decisiones de modo (relativamente) autónomo (en virtud de la libertad de inversión, de la libertad investigadora y científica y/o de la potencia económica y militar); el nosotros de las «consecuencias indirectas vivientes», por el contrario, consiste en y resulta de una exclusión doble: de los beneficios posibles de la decisión y de ser condición de la misma (y a menudo también de la información sobre los efectos nocivos o incluso letales a que se ven expuestos).
¿Por qué hay riesgos que están por encima de las fronteras? ¿Cuáles son la funcionalidad y el atractivo de la «globalización» de los riesgos y para quién? También aquí se muestra la dependencia de riesgo y desigualdad, riesgo y dominio. Muchas veces el peligro se exporta o espacial- mente (a países que ven en él una oportunidad) o temporalmente (al futuro de generaciones aún nonatas) (capítulo X). Para esta floreciente exportación de peligros no es necesario eliminar las fronteras nacionales; su existencia más bien es un requisito. Sólo porque se erigen tales barreras mentales y legales a la visibilidad y la relevancia, continúa siendo «latente» y «consecuencia indirecta» lo que se hace de manera consciente. Se ahorra dinero si se traslada el riesgo adonde los estándares de seguridad son bajos y el brazo de la ley no es suficientemente largo, en particular en el derecho autóctono. Esto vale tanto para la exportación de torturas como para la de basura, productos peligrosos e investigaciones controvertidas. Por consiguiente los peligros se «empujan» fronteras allá, a países de escasa seguridad, bajos salarios, leyes insuficientes, ética dudosa. Desde el punto de vista cosmopolita, la distribución de las «consecuencias indirectas latentes» sigue el patrón de explotar regiones periféricas marginales y jurídicamente deficitarias donde los derechos civiles son una palabra desconocida y las elites políticas mantienen su posición por la vía de convertir sus respectivos países en un «país de consecuencias indirectas» y asumir la «maximización de los peligros» (de momento «latentes») para maximizar los beneficios.
La no-percepción o el no querer percibir los riesgos crece con la ausencia de alternativas para la existencia humana. Los riesgos se endosan a quien no los percibe o no se los toma en serio. La aceptación de estos paí Sensació

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ses no es sinónimo de aprobación (el silenciamiento de los peligros y el correlativo mutismo acerca de los mismos se nutren de la necesidad). Formulado de otra manera: los peligros no se aceptan sino que se imponen. Y esto imperceptiblemente, mediante el poder de la no-escenificación escenificada.
El bajo valor que se da a ios riesgos en Estados donde la pobreza y la tasa de analfabetismo son especialmente altas no significa de ninguna manera que estas sociedades no estén integradas en la sociedad del riesgo mundial. Más bien al contrario: debido a la escasez de la única riqueza de que disponen (el recurso del silencio), son los más gravemente afectados; existe un fatal magnetismo entre pobreza, vulnerabilidad social, corrupción y acumulación de peligros. Los más pobres de los pobres viven en los ángulos muertos, que por este motivo se convierten en las zonas más peligrosas de muerte de la sociedad del riesgo mundial.
Mirados con las gafas de la individualización, son, para colmo de males, culpables de su propia «desgracia», ya que van adonde todos huyen y encima se exponen a sí mismos, obligados por la necesidad, a las (esperabIes) catástrofes naturales. No es de extrañar que las cifras de tales víctimas crezcan muy rápidamente en las regiones pobres del mundo.
Como ya hemos explicado, el riesgo, de acuerdo con la misma lógica del concepto, es la negación de la igualdad, la justicia y el consenso. Pero no se me malentienda en el sentido de que las desigualdades reales (tal como las he descrito) sean necesarias y por consiguiente justificadas e inmutables. La antagónica dinámica de conflicto entre el nosotros de los decidientes y el nosotros de las consecuencias indirectas vivientes es inherente a la estructura social del riesgo. Que responde, pues, a una relación de dominio y de poder condicionada socialmente y por tanto susceptible de cambio es algo que sólo será evidente, sin embargo, si se reflexiona públicamente sobre el hecho de que en el «clasismo del riesgo» ios decidientes coinciden con los que tienen el poder sobre las relaciones y medios de definición del riesgo. Los riesgos pueden y tienen que definirse y producirse social y políticamente, se los puede esconder o revelar, escribir en minúscula o en mayúscula, identificar y admitir o rechazar según la variabilidad de las normas científicas y legales: depende de quién resuelva sobre las relaciones y los medios de definición (véase pág. 56 y sigs.).
Si se entiende el riesgo —y éste es aquí el caso— como una condición inevitable y estructural de la modernización reflexiva, hay que someter la «moralidad matemática» del pensamiento de los expertos y del discurso

La sociedad del riesgo mundial


filan, relativizándose y penetrándose recíprocamente. Hasta qué punto y de qué forma es una pregunta histórico-empírica que abordo en este capítulo y el siguiente.
La dicotomización de fumadores y no fumadores
Individualización
y anonimización: fumar o no fumar parecía ser
—como sugiere la industria tabaquera, muy poderosa en todo el mundo— una decisión puramente individual (si bien es conocido desde hace tiempo que la muerte por tabaquismo, aun siendo un destino individualizado, tiene un efecto masivo que comporta enormes costes para la economía de un país). El beneficio que se embolsa el fumador (del nosotros fumadores sólo podría hablarse por contraste con un nosotros no-fumadores aún en fase de cristalización) es el placer de fumar, que implica la gravosa consecuencia de una posible muerte por cáncer de pulmón. Por lo tanto, el fumador es al mismo tiempo el decidiente que obtiene un beneficio y la víctima de las consecuencias de su decisión. Fumar se escenifica por lo tanto según el esquema de la autoamenaza (no de la amenaza ajena).
En cambio, al otro lado de la trinchera no hay sino el no-colectivo de los no fumadores.
Ahora bien, esta individualización y pluralización de la distribución y percepción del riesgo cesó bruscamente cuando por medioá científicos y legales se consiguió reemplazar la escenificación de la autoamenaza por la escenificación de la amenaza ajena, esto es, convertir al no fumador en fumador pasivo, o sea, en víctima indirecta de la decisión de fumar. De repente, aquello que hasta entonces había sido socialmente irrelevante y no exigía responsabilidades, a saber, la inhalación involuntaria de la azul humareda que los fumadores y fumadoras de cigarrillos, cual pequeñas chimeneas de fábricas de placer, lanzaban al aire, constituía un acto potencial, legal, social y políticamente punible. De aquí surgió el nosotros de los no fumadores. Estos ya no eran no fumadores sino fumadores pasivos cuya salud y bienestar se veían colectivamente amenazados por el placer de los fumadores, ciegos a las consecuencias indirectas del mismo. Este nosotros de los no fumadores, que cada vez adquiría contornos más nítidos, cargaba con todos los inconvenientes y al mismo tiempo quedaba excluido tanto del beneficio del placer como de la decisión sobre quién, cuándo y dónde, enciende en público un cigarrillo, un puro o cual-

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quier hierbajo por el estilo por motivos egoístas. En este tránsito de la autoamenaza a la amenaza ajena y correlativamente de un no-conflicto a un conflicto dicotomizante, de un escenario individualizado del riesgo de un fumar universalista y pluralista a una conciencia de nosotros polarizada en fumadores y no fumadores, pueden detectarse a escala microscópica todas las características y dinámicas de la dicotomización de los riesgos y su escalada política.
Antagonismo del riesgo: nace en el paso de la autoamenaza a la amenaza ajena, un paso que no se detecta en la modificación objetiva de un comportamiento sino en la escenificación social de éste: el comportamiento sigue siendo el mismo —fumar o no fumar— pero su percepción, valoración y trato social (desde el punto de vista sanitario, económico, legal, etc.) cambia radicalmente. En el horizonte del antagonismo del riesgo, en la fascinación de su progresivo enconamiento, se relativizan, al menos por un momento histórico, los enfrentamientos del mundo: fumar o no fumar, ésta es la pregunta hamletiana que se plantea (más o menos fundamentalmente) en todas las condiciones y filiaciones de la sociedad. El nosotros de los fumadores, igual que el nosotros de ios no fumadores, invade y penetra las relaciones sociales desde arriba y desde abajo, desde la izquierda y desde la derecha, entre masculino y femenino, viejo y joven, negro y blanco, creyente y ateo, dentro y fuera de las fronteras nacionales.
Relaciones de definición: ¿cómo es posible —cuando la atención que suscitan los riesgos en los medios de comunicación de masas y en todas partes es cada vez mayor— que determinados riesgos permanezcan anónimos y crezcan inadvertidamente hasta llegar al punto de merecer el calificativo de «problemas serios» y hacer dispararse todas las alarmas? La «objetividad» del peligro no explica este hecho, pues que fumar mata, lo anunciaban los ministerios de Sanidad de turno después de cada anuncio de tabaco en el cine (haciéndose calladamente cómplices para embolsar- se sin la menor vergüenza los correspondientes impuestos). Una respuesta sería: por un lado (para hablar en términos de Luhmann), el alarmismo se sabotea a sí mismo en su permanente ir detrás de la pluralización y universalización de los riesgos (se diluye en las voces de alarma general); por otro, de repente ya no funciona. Bien mirado, no es plausible en absoluto que la dicotomía surgida del riesgo del tabaquismo entre la clase de los fumadores y la clase de los no fumadores se agravase hasta el punto de dividir preocupantemente al mundo; y menos contra la todopoderosa in

2004, capítulo y). Dichas formas se diferencian —al menos analíticamente— por sus objetivos, medios y actores decisivos:’ a) vieja guerra, b) nueva guerra o violencia privatizada, c) guerra virtual y d) riesgo terrorista globalizado.


a) En las «viejas» guerras del siglo xx luchaban Estados contra Estados, ejércitos contra ejércitos. Esta forma de enfrentamiento era en principio «simétrica», también en el sentido de que los objetivos políticos y el potencial de amenaza (los medios militares) de los actores —Estados (gobiernos, ejércitos)— eran pronosticables.
La Guerra Fría es un ejemplo de cómo el potencial de amenaza recíproca más extremo —el empate atómico— podía ser parejo a una pronosticabilidad que servía a la paz. Cada uno de los bandos sabía que el otro no amenazaría ni su propia subsistencia ni la de la especie, lo que significaba que ninguno de ellos podía ser el primero en lanzar un ataque mientras el atacado pudiera responder a él. Nadie quería un doble suicidio. Por eso pudo erigirse un sistema de pactos de desarme mutuo para «alivio de la humanidad» por encima de las trincheras ideológicas.
b) Paralelamente surgen «nuevas guerras», esto es, formas organizadas de violencia privada que sustituyen a las guerras entre Estados e impugnan, vacían y ocupan el lugar del monopolio estatal de la violencia. En ellas, los que mandan el regimiento son comandantes y dictadores locales no estatales: un fundamentalista religioso o nacionalista o un empresario de la violencia ávido de dinero (a menudo en la misma persona) urden una red mafiosa que vive del contrabando de armas, el tráfico de drogas y la extorsión a cambio de protección. En las regiones en que se propagan semejantes formas de violencia asimétrica e impronosticable surgen «islas de civilidad protegidas por alambradas en medio de una violencia omnipresente» (Kaldor, 2007, pág. 237).
Lo que en Oriente Próximo atemoriza y aterroriza a la gente no es, como ocurría en 1967 y 1973, la guerra entre ejércitos altamente armados. Los palestinos no tienen ejército y los Estados árabes, prudentemente, ya no se envuelven en guerras tradicionales. Por otra parte, lo que los palestinos pueden ofrecer en materia de violencia privada queda muy por debajo de los umbrales de la guerra. Y, sin embargo, precisamente por eso, porque la violencia ya
1. No se trata en este capítulo de una teoría general de la guerra o de la violencia organizada sino de introducir una noción clave, a saber, la de la «guerra de riesgo».

no se somete al orden estatal, la paz es imposible. Esto solo ya demuestra que la violencia privatizada se sustrae a la diferencia guerra-paz: allí donde existe no hay ciertamente paz pero tampoco ninguna guerra. Por eso la superioridad militar tampoco tiene la última palabra (Eppler, 2001, pág. 47).


Los gobiernos israelíes yerran cuando dicen que tarde o temprano los palestinos tendrán que doblegarse ante la gran superioridad militar de Israel. Una cosa es ganar una guerra tradicional y otra acabar con la violencia privatizada.
c) Fue Michael Ignatieff quien en su estudio sobre Kosovo (2001) introdujo la idea de la guerra virtual, en que «virtual» se refiere a dos cosas:
la estrategia de la conquista por medio de tropas de infantería es sustituida por la estrategia del bombardeo, de manera que las pérdidas de Occidente puedan minimizarse. Para las sociedades occidentales la guerra se convierte en un «deporte para mirar» (ibíd., pág. 191). Los medios de comunicación pasan a ser los teatros decisivos, los escenógrafos a los que se dirigen las estrategias operativas de los ejércitos.
Dado que las guerras virtuales se libran delante de las cámaras [.1 los mandos militares occidentales saben que el éxito depende ahora de la aceptación pública. De hecho, el éxito militar puro no existe: un ataque que alcanza a su objetivo pero deja un montón de escombros morales o políticos es un ataque fallido. La respuesta de los militares occidentales a esta mayor publicidad moral y política ha consistido en dar entrada a los abogados.*
En el siglo xxi el concepto de seguridad ha cambiado esencialmente. Sigue tratándose de protegerse ante las guerras en el sentido clásico (por ejemplo entre Corea del Norte y Corea del Sur, India y Pakistán, Irán e Israel), pero la seguridad cada vez se inscribe más en el contexto de la solidaridad mundial (expresada mediante un mandato de la ONU) y se entiende como garantía de los derechos humanos elementales en regiones en las que éstos están fuertemente amenazados: en aquellos Estados donde la violencia degenerada, privatizada, comercializada, ilegal y brutal tiraniza y atormenta a la gente, donde los terroristas amenazan con emplear armas de destrucción masiva, etc.
d) Mientras en la guerra virtual se menciona como objetivo la consecución de objetivos humanitarios (perseguida bajo mano, por supuesto,
* M. Ignatieff, Guerra virtual. Más allá de Kosovo, Barcelona, Paidós, 2003, págs. 163-164. (N. delat.)

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Sensación de guerra, sensación de paz: la escenificación de la violencia 209

medios de poder y de ejercicio de la violencia necesarios para cargar a otros las consecuencias y costes de esta decisión. Tiene que poder hacerlo pero también estar en condiciones de escenificarlo y legitimarlo públicamente. Lo primero concierne al poder de producción militar, económico y científico de los riesgos; lo segundo, al poder de legitimación y definición. La unión de poder de producción y poder de definición constituye la superioridad de los overdogs globales sobre los underdogs globales.


La cuestión de la legitimación
Las guerras de riesgo dependen en gran medida de la legitimación, es decir: la difundida idea de que, en caso de duda, la fuente del derecho y la legitimación es quien tiene «la porra más grande» es falsa y hasta contraproducente en la sociedad del riesgo mundial. En ésta, la legitimación para emplear la violencia bélica no se circunscribe al Estado nacional (ya sea mediante la aprobación del Parlamento o el espaldarazo eufórico de la población): se necesita una legitimación cosmopolita. Tales guerras de riesgo sólo pueden decidirse y ilevarse a cabo legítimamente ante la opinión pública mundial en el marco de una resolución de la ONU (esto es, del apoderamiento concedido por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas) o si sirven para combatir un «peligro mundial» o un crimen actual o inminente contra la humanidad. Sobre la base de los derechos humanos, nacidos como respuesta al horror bélico y genocida del siglo xx (Levy/Sznaider, 2001), las guerras ya no se entienden ni emprenden positivamente como una oportunidad nacional de incrementar el poder de un Estado o imperio determinados sino negativamente, reactivamente, preactivamente. Las guerras tienen que obedecer a imperativos de evitación, estar al servicio del «nunca más» (al menos como reclamo para obtener la legitimación de la opinión pública).
La guerra pacifica
Cuando los riesgos o, lo que es lo mismo, la percepción de los riesgos domina, la sociedad entera se ve «metida a la fuerza» en la esfera de la posibilidad. El podría ser impera y el ser retrocede. «Posibilidad» es, con todo, un concepto demasiado débil, ya que se le pierde su polo opuesto, la realidad. Así pues, la esfera de la posibilidad del peligro se solidifica en un hacerse real, en creerse el ser real de un posible hacerse real que hay que evitar. En este sentido el peligro es una expectativa dominadora que se apodera del pensamiento y lo abre a las escenificaciones, un producto de la escenificación, un futuro que, sin haber acaecido todavía, es omnipresente. De aquí su fuerza movilizadora de la prevención en el presente.
La pregunta clave es: ¿cómo puede disolverse la diferencia entre guerra y paz y qué aspecto tiene la combinación de ambas? Un día de enero repentinamente soleado en Múnich destaca tanto la diferencia entre la temperatura de sensación y la temperatura real como una repentina nevada en agosto. Análogamente, aunque con mayor alcance, tiene pleno sentido diferenciar entre sensación de guerra y guerra real y sensación de paz y paz real a fin de abrir espacios estratégicos para la escenificación material-simbólica de la violencia.
La violencia excesiva del terrorismo sigue el guión de la sensación de guerra, mientras que, a la inversa, la guerra de transferencia del riesgo sigue el guión de la sensación de paz. La dramaturgia de la sensación de guerra (en la que están implicadas las dos partes enemigas) es a su vez el requisito para que en el medio escenificado de la sensación de paz la guerra se sienta como algo que se hace «en otra parte». Así, el presidente Bush y su gobierno no dejan pasar ninguna oportunidad de «exprimir» cualquier historia de terrorismo y utilizarla para su política del miedo. Mientras, Bush ha gritado tantas veces « Que viene el lobo!» —sobre todo para tapar las malas noticias provenientes de Irak— que el alarmismo, también en Estados Unidos, tiene el efecto involuntario de un chiste. Con otras palabras: acoplar guerra y paz según el patrón de las cabezas trocadas posibffita en condiciones de sensación de paz hacer la guerra y normalizarla en la figura de la guerra de transferencia del riesgo. Pero las contradicciones que acompañan a tal posibilidad pueden aniquilar la credibilidad de la escenificación.
De ahí se sigue por de pronto que, para la legitimación interna, la guerra de riesgo no puede perturbar la sensación de paz en el propio país (sólo así tiene «éxito», sólo así es «legítima»). Dicho de otra manera: la guerra de riesgo tiene que hacerse como de paso. Pero este constructo de consecuencias latentes e indirectas vale sólo para el interior del país. Es radicalmente jerárquico y en sí mismo paradójico, pues evidentemente la intervención militar es una catástrofe premeditada; eso sí, una catástrofe premeditada que afecta a otros y que en el espacio interior de las naciones que la emprenden quizá no haya que celebrar (como antes) pero sí invisibilizar. La «guerra como de paso» que no debe perturbar la sensación

La sociedad del riesgo mundial




Nunca antes se discutió menos que los órganos del Estado, los ministerios, los servicios secretos, las fiscalías de los distintos países tenían que colaborar. Nunca antes se contestó menos la necesidad de intervenciones arma- das en Estados más o menos soberanos, Nunca antes había sido tan popular la idea de algo así como una policía mundial, al menos fuera de Estados Unidos. Nunca antes resultó tan difícil de entender la oposición de éstos a un tribunal penal mundial. Nunca antes se realzó tanto la decisión de acabar con la violencia privatizada o someterla al derecho. Era la sociedad del riesgo mundial, que podría forzar una política interior mundial (2001, pág. 101).
La mayoría de los gobiernos, ejércitos y parlamentarios invocan la legitimación nacional, y los políticos piensan mayoritariamente en categorías de control nacional. Inadvierten, pues, las posibilidades de poder y control de las instancias, actores y opiniones públicas transnacionales. No nos referimos sólo a la necesidad de una especie de legitimación cosmopolita como la que podría otorgar el Consejo de Seguridad de la ONU. Es igualmente crucial que el elemento de la observación y vigilancia reflexiva esté mediatizado por el cruce de informaciones y comentarios en el espacio discursivo internacional. Las opiniones públicas nacionales reflejan una variedad de voces que recogen, al menos parcialmente, críticas e iniciativas no sólo de países amigos sino también de muchos otros. Así, en cada una de las opiniones públicas aparentemente nacionales se producen nuevas mixturas de interior y exterior, enemigo y amigo, nosotros y los otros. Estas voces formulan generalmente su punto de vista, y por tanto la legitimidad de esta o aquella decisión, sobre la base de un postulado de legitimación posnacional que tiene que organizarse y articularse transnacionalmente y, en un presunto caso ideal, prestar oídos a la voz de los otros. También en este sentido es un error pensar en opiniones públicas nacionales aisladas, ya que éstas se reflejan las unas en las otras y en estas penetraciones recíprocas articulan una opinión pública mundial. Las opiniones públicas nacionales, sobre todo las occidentales, están integradas en medios, instituciones y opiniones públicas globales, lo que también influye estratégicamente en las relaciones de poder vigentes en los escenarios bélicos de turno. En paralelo a las guerras físicas, también tienen lugar batallas simbólicas de representantes de una u otra causa en este cruce de opiniones públicas en el que participan movimientos pacifistas, observadores de la ONU, miembros del Consejo de Seguridad e imágenes y voces de víctimas de todos los bandos.
En Occidente se propaga repetidamente la idea del «diálogo» para encontrar una respuesta a la intensfficación de los conflictos en la sociedad del Sensación de guerra, sensación de paz: la escenificación de la violencia 213
riesgo mundial, intensificación que resulta de la simultaneidad con que se eliminan las distancias geográficas, crecen las interdependencias de todos con todos y chocan entre sí las diversas situaciones y visiones del mundo. Pero esta idea de una conversación educada entre las «civilizaciones» ignora el (des)orden mundial estrictamente jerárquico que se expresa especialmente en las relaciones militares de definición-violencia que determinan la producción y definición bélicas de riesgos. Por eso toda referencia a la «sociedad civil global» se expone rápidamente al ridículo (aunque es precisamente la «incivilidad» la que impulsa la dicotomización de la sociedad del riesgo mundial entre «the West and the rest» [Occidente y el resto]).
La ficción de una comunidad cosmopolita armónica convencidamente cohesionada por normas y reglas, silencia el hecho de que la lógica del riesgo dicotomiza la estructura y la dinámica de los conffictos: en el polo superior, los inconvenientes y perjuicios (incluida la muerte de seres humanos) se consideran una consecuencia inevitable de la decisión autoapoderada de incurrir en determinados riesgos a fin de obtener ventajas y beneficios. En el otro polo de la jerarquía se coloca a los muchos más que ven y sufren los inconvenientes y pérdidas como una amenaza ajena impuesta por la fuerza y proveniente del exterior. El nosotros de las consecuencias indirectas, subalterno y excluido, no puede sino resistirse o negarse a esta bienintencionada oferta de diálogo. La anticipación global del enfrentamiento entre la «clase» de los Estados «emisores de riesgos» y la clase, resultado de la anterior, de los Estados «receptores de riesgos» dificulta (o destruye) el diálogo (sobre todo porque las «heridas históricas», los traumas de la época colonial siempre irrumpen de nuevo).
Sin embargo, la guerra contra un riesgo global confunde las guerras interestatales del siglo xx con las amenazas de la sociedad del riesgo mundial a principios del siglo xxi. Así, la guerra contra el «riesgo terrorista» que el presidente de Estados Unidos declaró y sigue sosteniendo se convertirá en una lección de cómo el Estado más poderoso se vence a sí mismo.
3. RIESGO TERRORISTA: LA ESCENIFICACIÓN GLOBAL DE LA SENSACIÓN DE GUERRA

Con el prototipo del terrorista suicida y su difusión social el antagonismo de la lógica del riesgo se transforma. Ciertamente, hay que diferenciar entre la perspectiva de los terroristas y la perspectiva de las vícti

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Sensación de guerra, sensación de paz: la escenificación de la violencia 217



dental (el principio «anti-Schmitt»). La guerra rápida sigue el mito de la guerra «limpia», «quirúrgica», la guerra de «ningún muerto propio». Éste es precisamente el talón de Aquiles de Occidente.
A él apuntan los atentados terroristas, que siguen la lógica contraria y ponen ante los ojos del mundo la vulnerabilidad de un Occidente aparentemente superior en todos ios aspectos. Oriente ha encontrado una respuesta al Western Way of War. Durante siglos, la predominancia política de Occidente en Asia, Africa y el Nuevo Mundo se ha basado en el poder militar, la tecnología y la disciplina. Pero ahora el mundo árabe ha aprendido a desquitarse de las ventajas de las armas convencionales de tecnología punta y a herir el corazón de las superpotencias sin tanques ni bombarderos. El secreto: no es el acto terrorista lo que destruye a Occr dente sino la reacción a su anticípación. Es ésta la que agita la sensación de guerra en las cabezas y los centros neurálgicos de Occidente.
Así pues, hay que interiorizar la guerra, tiene que haber acciones delirantes similares a actos de guerra que exploten con calculada impronosticabilidad en el corazón vulnerable de la sociedad civil occidental y lo hagan tanto real como mediáticamente. Los atentados terroristas tienen, pues, que perpetrarse de modo que acierten de pleno en la sensación de paz de la economía, la política y la vida social.
Globalización del riesgo terrorista
Sin duda, el abanico de amenazas ante las que las respuestas armadas de Occidente parecen justificadas se ha abierto: intereses nacionales, occidentales en general y globales se fusionan, permitiendo entre otras cosas defender como globales intereses nacionales. Esta deslimitación de los espacios de intervención occidental se expresa sobre todo en la fórmula del «eje del mal» (presidente de Estados Unidos Bush) que pone en cuestión la seguridad de países concretos (y de rebote de regiones enteras del mundo) que anticipa como destinatarios de posibles guerra por sorpresa.
Por su parte, la globalización de la expectativa de atentados terroristas (y todas sus drásticas consecuencias en forma de forzada interiorización de la guerra en las metrópolis civiles de Occidente) también requiere una estructura de elección plurilocal de objetivos terroristas: cuanto más mediáticos y espectaculares sean los atentados y a más países y continentes gol— peen, más arbitrarios e impronosticables parecen, más escandalosamente hieren los principios básicos de la humanidad y más probable resulta que el espacio anticipado como objetivo de posibles atentados se globalice e institucionalice, esto es, se convierta en objeto de contrarrutinas cotidianas
• que, pese a tener cada vez mayor vocación de no dejar «lagunas», todos aceptemos aún a regañadientes. Es en definitiva la anticípación la que impulsa la globalización del terror. Sí, es Occidente mismo —si bien como consecuencia indirecta sin querer— el que hace aumentar la sensación de guerra en las cabezas de la gente, el que eleva los costes de la escalada del conflicto y fuerza la crisis del propio sistema de poder.
• Imperativo militar
La estrategia occidental de minimizar el riesgo para nosotros y maximizarlo para los otros es fruto de la aversión occidental al riesgo. En sociedades en las que la muerte constituye un tabú ylos derechos humanos son prioritarios, el estallido de la violencia bélica es un shock fortísimo. En anteriores guerras «totales» el imperativo militar penetraba todos los ámbitos de actividad social: los gobiernos podían nacionalizar las empresas, controlar la producción, suspender las elecciones y censurar las noticias. Pero esto ya no es válido para la guerra del riesgo (aparentemente) controlado. La transferencia de riesgos sólo es posible si se consigue restringir el militarismo a ideología de la profesión militar (que es la que brinda a las elites políticas la opción de la guerra rápida).
A la aversión occidental al riesgo se enfrenta la totalización del riesgo por motivos religiosos: el suicidio se perfecciona como arma para el asesinato masivo de. civiles inocentes. La violencia se sacraliza como contra- violencia, exenta de las regulaciones legales que afectan al ejército y al Estado. La intencionalidad de la catástrofe desencadena posmilitarmente y postestatalmente una amenaza apocalíptica que extiende el miedo de muerte masiva a todos los rincones, por protegidos que estén, a todos los plácidos hogares de la vulnerable sociedad civil. Brevemente: maximiza

la sensación de guerra. Imágenes e historias

A causa de su fuerza (des)legitimadora, las imágenes e historias de los medios de comunicación de masas son un escenario de capital importancia para la guerra: en las guerras de evitación del riesgo emprendidas por dad de la economía, de la ciencia y de los organismos de control estatales, como las ilusiones de los movimientos sociales y de las opiniones públicas mediáticas, pues el riesgo se ha convertido en el modo en que la sociedad se constituye y organiza. De ahí que la concurrencia, la controversia y la lógica dicotómica de los conflictos, fruto de las definiciones sociales del riesgo y de los discursos sobre el mismo, no puedan reducir- se ni a la economía ni a la política ni mucho menos al espacio nacional. De lo que se trata es de la simultaneidad de discrepancias cultural-políticas, destrucción material y heridas profundamente enraizadas en el sistema nervioso central de la sociedad mundial.
En la parte final del capítulo IX he intentado recorrer los elementos fundamentales de esta dinámica de conflicto dicotómica centrándome en dos aspectos: por un lado, las prácticas de minimización de los riegos propios y el endose de los peligros a la latencia fabricada del sufrimiento, la muerte y la destrucción material de los otros (como ocurre en la nueva forma de escenificación de la violencia, las guerras de transferencia del riesgo) y, por otro, la catástrofe premeditada con el objetivo de maximizar y globalizar la «sensación de violencia», la «sensación de guerra» (de acuerdo con el simbolismo de la escalada de la violencia desenfrenada moral y legalmente propio de la cultura del terrorismo). En este capítulo abordaremos un tercer aspecto: la lógica de los peligros y conflictos medioambzentales como anticipación de catástrofes-consecuencia indirecta.
Peligros del medio ambiente como peligros del medio interior
La globalización de los problemas del medio ambiente como problemas del medio interior obedece a una doble lógica: ya hemos mencionado que los peligros medioambientales y técnicos provienen ante todo de las victorias imparables de una industrialización lineal y ciega a sus consecuencias que devora sus propios fundamentos naturales y culturales. Los peligros medioambientales son, por lo tanto, constructos de consecuencias indirectas latentes de decisiones industriales (de las empresas y de los Estados y, evidentemente, también de los consumidores y los individuos particulares). En la primera modernidad, durante la segunda mitad del siglo xix y la primera del xx en Europa, estas «consecuencias indirectas» tuvieron que sacudirse su irrelevancia institucionalizada a través de movimientos sociales y escritos medio ilustradores medio incendiarios

(como Silent Spring, etc.). La atención reguladora de los Estados se dirigía tradicionalmente a problemas cotidianos visibles (como el smog provocado por los gases de chimeneas y automóviles) y no fue sino paulatinamente que se abordaron problemas menos visibles (como la toxicidad de los alimentos). De manera parecida, las empresas concentraron primero su gestión en materia de riesgos en la seguridad de sus propias fábricas y trabajadores y paulatinamente empezaron a percibir como problema «suyo» los efectos a largo plazo que la infracción de las normas sanitarias tenía sobre grupos de población lejanos. Los peligros medio- ambientales globales presuponen y ponen en marcha el desacoplamiento del lugar y la responsabilidad social de la decisión del lugar y el momento en que grupos de población «ajenos» se convierten en (o se les hace) objeto de eventuales heridas físicas y sociales. La percepción de riesgos globales exige, pues, una mirada cosmopolita que permita tratar las catástrofes de las que se tiene poca o ninguna experiencia de manera análoga a accidentes corrientes de la vida cotidiana —para los que sí existen rutinas de actuación y datos empíricos—, a fin de poder visualizarlas en su «posibilidad-realidad» mediante las simulaciones tecnológicas y escénicas pertinentes.


En cuestión de peligros ecológicos globales, vuelve a ser sobre todo el progreso científico el que coloca en el campo visual de la percepción colectiva la invisibilidad y el (des)acoplamiento espaciotemporal de decisiones y consecuencias.
Cuanto más nuevos, más inabarcables los problemas y globales los peligros que plantean, caracterizados por: la complejidad de las interacciones entre Estados nacionales, el alcance especialmente difícil de con- cebir de las causas, las dinámicas y los efectos (destrucción del ozono en la estratosfera, cambio climático, calentamiento global, etc.), la gran distancia temporal entre actividad y transformación en el contexto global de la energía y las materias primas, la separación geográfica en «regiones- causa» y regiones donde se manifiestan los efectos («regiones-consecuencia»), la complejidad de los efectos recíprocos entre sistemas humanos y físicos o la lenta acumulación de alteraciones y daños materiales. Probablemente las crisis del futuro —y la dinámica política de su superación— se deberán menos a los peligros locales que a estos peligros globales (capítulo III).
Así pues, la latencia social es consecuencia, en parte, de la «ceguera cultural» cotidiana ante estos riesgos y, en parte, de su inabarcabilidad y consideración exclusivamente científica. El constructo «consecuencias in

mitirá especificar la dinámica de conflicto del riesgo según el tema, el ámbito y la dimensión. Ambos pasos presuponen la distinción previa de nacional, internacional, transnacional y cosmopolita.


TABLA 2
Teoría crítica de la sociedad del riesgo mundial: cambios de paradigma
de la sociología de las desigualdades sociales

¿Cómo puede introducirse la dinámica de desigualdad de la sociedad del riesgo mundial y sus efectos sobre los espacios regional, nacional y local en la teoría y la investigación sociológicas de la desigualdad? ¿Qué significado tienen en particular los Estados nacionales, las organizaciones internacionales, los movimientos sociales, las grandes corporaciones transnacionales, en el rechazo, asignación, definición y transferencia de los riesgos globales? ¿Qué papel desempeñan la distinción entre «autoamenaza» y «amenaza ajena» y el constructo de la latencia de las «consecuencias indirectas»? ¿Qué peso corresponde a la categoría de vulnerabilidad social en la comprensión de los riesgos «glocales»? ¿Cómo definirla y hacerla operativa?





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