riesgo el cálculo del riesgo: seguridad pronosticable ante un futuro abierto 9


EL ESTADO PREVISOR O EL PESIMISMO LINEAL RESPECTO AL PROGRESO HA QUEDADO ANTICUADO



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EL ESTADO PREVISOR O EL PESIMISMO
LINEAL RESPECTO AL PROGRESO HA QUEDADO
ANTICUADO

La sociedad industrial —como ya hemos expuesto en otro lugar de este libro— puede describirse como una forma de sociedad que fabrica sus consecuencias negativas y autoamenazas sistémicamente pero no las tematiza públicamente en forma de conflictos políticos.


Totalmente distinta es la situación cuando los peligros de la sociedad industrial dominan los debates públicos, políticos y privados. Entonces, puesto que sus instituciones generan y legitiman peligros que no pueden controlar, la sociedad industrial se ve y se critica como sociedad del riesgo.
La secuencia de estos dos estadios justifica la introducción del concepto «modernización reflexiva», que no alude (como el adjetivo «reflexiva» parece sugerir) a reflexión sino primordialmente a autoconfrontación. El tránsito de la época de la industrialización a la época del riesgo se produce un querer, de forma inadvertida, por fuerza, según el modelo de consecuencias indirectas latentes de la independizada dinámica modernizadora. Por eso cabe decir: las constelaciones de la sociedad del riesgo son fruto de que el pensamiento y los actos de personas e instituciones están dominados por las evidencias de la sociedad industrial (el consenso acerca del progreso, la abstracción de consecuencias y peligros ecológicos). La sociedad del riesgo no es una opción que pueda elegirse o rechazarse a raíz de polémicas políticas: surge del automatismo de una modernización ciega a sus propias consecuencias y sorda a sus propios peligros. En suma, la modernización engendra autoamenazas latentes que suprimen los fundamentos de la sociedad industrial.
Los riesgos se basan siempre en decisiones, es decir, presuponen la posibilidad de decidir. Resultan de la transformación de inseguridades y peligros en decisiones (y fuerzan decisiones que a su vez engendran ries L sociedad industrial convierte las amenazas incalculables en riesgos
1. En este aspecto se ha llegado actualmente a un consenso. Véanse Perrow (1984), Ewald (1993), Evers/Nowotny (1987), Lagadec (1987), Halfmann (1990), ylos demás ar

Si la sociedad se ha convertido en un laboratorio (Krohn/Weyer, 1988; Beck, 1988) ias decisiones y controles sobre los avances técnicos se convierten en un problema colectivo.


La ciencia ya no es un mero probar sin consecuencias ni la técnica la aplicación escasamente peligrosa de un saber seguro. La ciencia y la técnica producen con sus experimentos unos riesgos cuyo control cargan sobre toda la sociedad. [...] La manera estratégica de abordarlos diferirá según la cultura de que se trate. Los empresarios valoran los riesgos según el principio de coste-beneficio: el riesgo más importante que hay que evitar es el fracaso en el mercado. Las burocracias evalúan los riesgos según definiciones hipotéticas del interés general y buscan soluciones redistributivas para los mismos: para ellas, el problema principal es la indemnidad institucional del aparato administrativo. Los movimientos sociales miden los riesgos por su potencial catastrófico: persiguen alejar aquellos que puedan comportar una amenaza presente o futura a la calidad de vida. La inconciliabiidad de estas valoraciones convierte en un conflicto de poder las decisiones concretas sobre qué riesgos son aceptables. «The issue is not risk, but power» [el tema no es el riesgo sino el poder] (Charles Perrow) (Halfmann, 1990, págs. 21, 26, y 28; véase pág. 53 y sigs).
En este nuevo conflicto —como indica Christoph Lau— no se trata tanto de evitar el riesgo como de distribuirlo, es decir: el asunto es la arquitectura de la definición del riesgo, vista la creciente concurrencia y superposición de discursos al respecto (sobre la energía nuclear o el agujero en la capa de ozono, por ejemplo):
Las polémicas por definir el riesgo y sus consecuencias sociales tienen lugar esencialmente en el discurso público (o parcialmente público). Se inician con la ayuda de argumentos e informaciones científicas que son, por así decirlo, bastante pobres como recursos dramáticos para los actores colectivos. La esfera de la cientifizada opinión pública se convierte así en lugar de encuentro de conflictos de asignación, aun cuando este hecho quede velado por la lógica propia, objetivada y cientifizada de las argumentaciones utilizadas (Lau, 1991, pág. 254).
Así, las distintas definiciones de riesgo marcan delimitaciones dentro de la sociedad, ya que intentan determinar factores como la dimensión, la posición y las características sociales de responsables y víctimas de los riesgos y se sitúan por tanto en el centro mismo de las polémicas.

Mientras en los «viejos» conflictos el éxito de una estrategia cualquiera podía mesurarse y nombrarse por medios muy diversos (dinero, propiedad de los medios de producción, negociación salarial, elecciones), apenas existen medios simbólicos equivalentes para retratar con precisión los beneficios y las pérdidas vínculados al riesgo. Todos los intentos de establecer patrones de medición de riesgos, como cálculos de probabilidad, valores límite, cálculos de costes, etc., fracasan en la industrialización avanzada a causa de la inconmensurabilidad de los peligros y por la problemática y subjetiva valoración de las probabilidades de que algo ocurra. Esto podría explicar que los conflictos se inflamen esencialmente en el terreno de la definición de los problemas y las relaciones causales. En esta lucha por la asignación justa del riesgo, los recursos principales no son directamente las huelgas, los votos de los electores o la influencia política, sino ante todo la información, los resultados científicos, las valoraciones, los argumentos (Lau, 1991, pág. 254).


Niklas Luhmann se adhiere a este esquema en su análisis de los conflictos, provocados por el riesgo. Para él, la diferencia entre riesgo y peligro coincide con la oposición entre ios decidientes y los afectados por las decisiones. El entendimiento entre ambos es difícil, si no imposible. Con todo, las líneas del conflicto no son claras, pues la confrontación entre decidientes y afectados depende del tema y la situación.
Se habla de riesgos cuando posibles daños futuros se atribuyen a la propia decisión. Quien no sube a un avión no se estrella. En materia de peligros se trata por el contrarío de daños que vienen de fuera. Para seguir con el ejemplo: que alguien muera al caérsele encima un avión accidentado. [...] Los peligros conocidos —terremotos y erupciones volcánicas, aquaplaning y matrimonios— son riesgos en la medida en que, como es sabido, pueden evitarse decidiendo no exponerse a ellos. Pero esto sólo aclara la mitad del asunto, pues con las decisiones aumentan también los peligros y además en forma de peligros que parten de decisiones de otros. E...] [Así] la diferencia entre riesgo y peligro secciona hoy el orden social. Lo que para uno es un riesgo, para otro es un peligro. El fumador puede arriesgarse a tener cáncer si quiere, pero para los demás es un peligro. Lo mismo vale para el conductor que adelanta temerariamente, para el constructor y el explotador de centrales nucleares o para la investigación genética (ejemplos no faltan) (Luhmann, 1991, pág. 81).
La imposibilidad del entendimiento (o los obstáculos casi insupera ble

para conseguirlo) es fruto de la percepción y valoración de las catás

que el saber (su saber) «determina el ser». Y la reflexividad es, como la racionalidad, una espada de doble filo: igual siervo que señor, igual sanador que verdugo (ibíd.).
Bauman dice «reflexividad» pero se le escapa la peculiar relación de reflejo y reflexión en la sociedad del riesgo. No se trata precisamente de ningún más de lo mismo (ciencia, investigación de sus consecuencias y autosupervisión). En la modernidad reflexiva se disuelven más bien las formas y fundamentos de la sociedad industrial.
Bauman, el teórico de la sociedad ambivalente, piensa la modernidad de manera demasiado lineal. No contempla la banal posibilidad de que surja lo imprevisto de lo imprevisto (cuanto más incalculable, más sorprendente). Y, sin embargo, a principios del siglo xxi, con la aventura de la incalculabilidad de las decisiones, la historia de la sociedad, empieza de nuevo (véase los capítulos XI y XII).

Capítulo VII






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