Revista Internacional de Parapsicología



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Revista Internacional de Parapsicología

COMUNICACIONES DE PARAPSICOLOGÍA



Editora responsable: Dora Ivnisky
Dirección postal:

Zabala 1930 Número 13

1712 Castelar

Prov.de Buenos Aires Marzo de 2007

República Argentina

E-mail: nkreiman@arnet.com.ar

doraiv@hotmail.com

www.iespana.es/NaumKreiman/index.html
SUMARIO


Experiencias parapsicológicas de un científico


José Feola

La nueva parapsicología, el superado escepticismo


Naum Kreiman

La Parapsicología y los Físicos

R. A. McConnell

Ciencia y Educación


Revistas recibidas

Es una publicación del Instituto de Parapsicología



Experiencias parapsicológicas de un científico


Por José María Feola


El Dr. José María Feola1 ha reunido en un libro inédito “Scientist and Psychic” los relatos de las experiencias paranormales que ha tenido desde la infancia. Es un aporte valioso por tratarse de observaciones hechas sobre sí mismo con la sensibilidad de un psíquico y el rigor de un científico. Gentilmente nos ha hecho llegar una versión en castellano de algunos de los capítulos más relevantes, que iremos dando a conocer en estas páginas. La Editora.


INTRODUCCIÓN




Desde mis primeros años en la Universidad de La Plata, 1944 y siguientes, había un libro muy popular y muy bueno sobre Trabajos Prácticos de Física. Lo habían escrito los ingenieros José S. Fernández y Ernesto Galloni, a quienes iba a conocer unos pocos años después. El ingeniero Fernández tuvo una actuación destacada en los comienzos de la parapsicología en la Argentina, como ha detallado la doctora Dora Ivnisky en Comunicaciones de Parapsicología, Sept. de 2004.

Poco tengo que agregar, excepto que lo conocí cuando ya estaba retirado y me invitó a tomar el té en su casa donde conocí a su esposa quien era una dotada de considerable talento. De todo lo que me dijo esa noche, más o menos 90% fue acertado. Lo más notable fue su predicción de que viajaría al norte, a un lugar con mucha nieve (no pudo precisarlo) en viaje de estudios y perfeccionamiento. Cuando ella hizo esta profecía, yo no tenía idea de viajar y menos a un lugar con mucha nieve. Sin embargo, en 1959 obtuve una beca y fuí a parar a Rochester, New York. La primera nevada allí resultó la segunda en la historia por la acumulación de nieve. Un gran espectáculo. Nunca más la ví, ni tampoco al ingeniero Fernández, quien era un espiritista convencido y sin dudas.

Al ingeniero Galloni lo conocí en la Comisión Nacional de Energía Atómica de donde era Director. Yo entonces trabajaba en la sección de protección contra las radiaciones ionizantes. Cuando necesitaron un ayudante de trabajos prácticos de física en la Universidad de Buenos Aires, Facultad de Ingeniería, allí fuí a suplementar mi sueldo. Algún tiempo después, el ingeniero Galloni me llevó a su cátedra como jefe de trabajos prácticos. Solíamos conversar de investigación psíquica, de apariciones y de espiritismo. Galloni nunca creyó en espíritus y en esto estaba distante del pensamiento del ingeniero Fernández, a quien trataba con todo el respeto que éste merecía. Fue con el ingeniero Galloni que usábamos a menudo la palabra macaneador. Aunque en general la palabra se usa en un tono ligero, pienso que algunos macaneadores son muy peligrosos y más aun si los encontramos en el terreno científico. Por ejemplo, cuando se anunció la obtención de procesos de fisión nuclear a temperatura ambiente, el ingeniero Galloni y yo inmediatamente dijimos “esos son unos macaneadores.” Y así fue, pero costó esfuerzos y dinero demostrarlo.

Por lo que hace a mis experiencias personales, el lector se preguntará, “Este Feola, ¿será un macaneador?” Por supuesto, los que conocieron al profesor Kreiman y conocen a la editora, doctora Dora Ivnisky, tienen una garantía de que no soy un macaneador ni mucho menos. Lo cierto es que con una vida llena de experiencias psíquicas cuesta convencerse de que haya alguien con tantas y tantos otros con muy pocas o ninguna. Pero lo mismo sucede en otros campos, como la música, por ejemplo. Mozart tocaba el piano y el violín desde muy pequeño, y componía desde niño. Y dejó cientos de perfectas composiciones antes de su prematura muerte a los treinta y cinco años.

Mi objetivo es presentar experiencias espontáneas y algunas experimentales para que el lector observe cuidadosamente lo que sucede a su alrededor y quizás se atreva a experimentar por sí mismo. Y siempre recuerden lo que decía Leonardo da Vinci: “Saper vedere.” Saber ver.

En cuanto a los macaneadores... siempre los hubo y los seguirá habiendo, desde premios Nóbel hacia abajo. Desde los que pintan ratones para hacer creer en mutaciones que no existen hasta los que apoyan “teorías” físicas de entidades ficticias imposible de demostrar.

UN RELOJ EN EL ROPERO

El hecho de que casi me morí antes de nacer puede que tenga algo que ver con mi vida, con mi curiosidad acerca de todo lo que se relaciona con la muerte, con mis experiencias psíquicas. Al menos, algunos científicos creen que cualquier trauma asociado con la vida prenatal o durante el parto puede ser causa de la ansiedad de la muerte más tarde en la vida. Yo fui la víctima de ambas circunstancias: mi madre se cayó de una escalera justo una semana antes de mi entrada a este mundo, y mi nacimiento fue muy difícil. Mi madre no pudo tener más hijos después de esto. Nací en Buenos Aires, Argentina, el domingo 30 de Mayo de 1926 a las nueve y media de la mañana.

Cuando tuve seis meses, nos mudamos a 25 de Mayo, en la Provincia de Buenos Aires, donde vivía la mayor parte de la familia. No recuerdo mucho de mis dos primeros años, excepto por una foto que me tomaron para mi primer cumpleaños, un pequeño con grandes ojos castaños, parado apoyándome en una mesa, mirando al fotógrafo o a mi madre, quienes trataban de obtener una buena pose de su hermoso niño para la posteridad.

Cuando tuve más o menos dos años de edad, mis padres compraron una casa cuya dueña, una viuda entrada en años, había muerto unos meses antes. En esta casa tuve mi primera experiencia psíquica a los tres años. Estaba acostado en mi cama, al costado de la cama de mis padres, cuando escuché el tictac de lo que yo pensé era un reloj. Se lo dije a mi madre en mi incipiente lenguaje y que yo lo quería. Al principio mi madre no lo oía pero después de un momento lo escuchó claramente. Entonces decidió mirar. Fue hasta el cajón, lo abrió y examinó cuidadosamente todo lo que había allí, pero no encontró ningún reloj. Como el tictac aun se oía, examinó todas las prendas colgadas en el ropero. Pero no encontró ningún reloj.

Mi madre decidió esperar hasta que llegara mi padre para preguntarle sobre el misterioso tictac. Mi padre -José- trabajaba como peluquero con su hermano Víctor, y por lo general en aquel pequeño pueblo trabajaban hasta medianoche los días sábado. Cuando mi padre volvió y escuchó lo del reloj, se sorprendió mucho, porque el único reloj en la familia era un viejo Longines que él llevaba consigo. Unos pocos días después un tío del lado de mi padre falleció de un ataque al corazón.

Después de esta temprana experiencia, hubo muchos incidentes relacionados con el extraño tictac, a veces conectado con una muerte en la familia, pero siempre pareciendo indicar la presencia de alguna clase de fuerza psíquica.

Hubo otra muy extraña ocurrencia en nuestra casa. Mi madre había estado preocupada acerca de haber comprado la casa porque había sido vendida por uno de los legatarios de la viuda muerta y había algunos problemas legales. El precio había sido sorprendentemente bajo.

Una noche, unas pocas semanas después del incidente del reloj, mi madre vio, saliendo por debajo del mismo ropero, la figura de una bien parecida señora mayor vestida con una bata. Mi madre nunca la había visto antes y se sorprendió con su presencia, pero no se asustó. La aparición se acercó a la cama y, parada enfrente a mi madre, le dijo: “No se asuste, y no se preocupe acerca de la casa, porque usted no tiene la culpa de lo que está pasando.” Entonces se volvió y desapareció debajo del ropero.

Al día siguiente, mi madre decidió hablar con Mariana, una vecina que vivía justo cruzando la calle y que era muy psíquica. “¡Pero Valentina, esa es Luisa, la mujer que era propietaria de la casa!” ¡Resultó que Mariana también había visto la aparición esa misma noche!

En 1930, cuando tenía cuatro años, nos mudamos a otra casa en el centro, enfrente de la plaza principal de 25 de Mayo, la hermosa Plaza Mitre, nombrada por Bartolomé Mitre, un ex-Presidente, general, hombre de letras, y fundador de La Nación, uno de los diarios más importantes del país. En esta casa iba a vivir hasta que tuve doce años. Mi padre había vendido la casa vieja y con ese dinero instaló la mejor peluquería del pueblo, con cinco sillones nuevos que se movían hacia arriba y hacia abajo, y podían rotar y pararse en cualquier ángulo, y espejos que cubrían las paredes casi hasta el cielorraso. El salón era rectangular, de unos ocho metros de largo por seis de ancho. La entrada principal estaba en el medio, con dos grandes ventanas a ambos lados. Otra puerta, opuesta a la entrada principal, daba acceso a la vivienda. Tres de los sillones estaban en el lado más largo, y los otros dos en ángulo recto en el lado más corto del salón. Había un lavatorio, y una brillante máquina del tamaño de un hombre donde se calentaban las toallas para dar fomentos a los clientes de piel delicada, o a quienes deseaban un masaje facial. El piso era de madera dura, mantenido impecable por uno de los aprendices. La única entrada a la vivienda era a través de la peluquería. El dormitorio de mis padres estaba adyacente al salón, el mío estaba al lado, y ambos se abrían a una galería. Teníamos un solo baño, no cubierto por la galería, y al lado había un cuarto más pequeño, y después una gran cocina con puertas al patio del frente y al de atrás. No teníamos ni calefacción ni aire acondicionado, teníamos que manejarnos con un brasero en invierno y con ventiladores en el verano.

En invierno, por su tamaño y calor, la cocina era nuestro cuarto de familia. Mi padre, durante todo este período, leía mucho, especialmente filosofía. Los libros de Nietzsche eran sus favoritos, él siempre citaba de Así Hablaba Zaratustra, y de Ecce Homo. Marx, Engels y Kropotkin eran también parte de la biblioteca, y frecuentes tópicos de sus conversaciones con un pequeño círculo de amigos. La cocina era el salón de los pobres, los soñadores de utopías y sociedades ideales que nunca llegaron a existir. Yo nunca fui excluido de esas reuniones, oportunidades por las cuales siempre estuve agradecido.

El tictac del reloj vino de vuelta en la cocina, y de nuevo yo fui el primero en oírlo. Pero ahora todos los presentes lo escuchaban igualmente. Como había algunas cucarachas en la cocina, la posibilidad de que ellas crearan el sonido tenía que ser excluida. Chequeamos cada centímetro cuadrado de la pared de donde provenía el tictac, pero no encontramos ningún insecto. Lo que es más, continuábamos escuchando el tictac mientras buscábamos cucarachas. En un momento determinado, el sonido parecía provenir de varios puntos de la pared al mismo tiempo, pareciendo sincronizados. Dos semanas después, el tío Antonio de mi padre, falleció, un hecho que está aún fresco en mi memoria, pues tenía mucho afecto por mi tío abuelo. Don Antonio fue la primera persona muerta que vi en mi vida. Estaba acostado de espaldas sobre una mesa, antes de que lo pusieran en su ataúd. Vestido con un traje negro, camisa blanca, y un moño de cinta azul. Me quedé parado a su lado por un largo tiempo, esperando a que se despertara, pero no, no lo hizo. Pensé, así que esto es la muerte, dormir sin despertar.

Cuando tenía ocho años, algo realmente notable ocurrió cuando estaba solo en la cocina con mi padre. Él estaba sentado a la mesa con un libro, y yo lo interrumpí con varias preguntas filosóficas raras para un niño de esa edad. Mi padre me explicó lo que pudo o lo que había leído. Él no era religioso, y aunque sabía bastante del espiritismo, tampoco creía en los espíritus. Conversamos un rato cuando en un momento de silencio escuchamos un fuerte ruido sobre nuestras cabezas, como si un pesado ladrillo hubiese caído sobre el techo. Salimos inmediatamente a investigar y yo subí rápidamente al techo. No encontré nada más que silencio y la tranquila paz de una noche de luna.

Siendo un niño precoz, había empezado a leer a los cinco años, y siempre leía todo lo que caía al alcance de mis manos. Después de esta ocurrencia, leí todo lo que pude encontrar en la biblioteca pública sobre espíritus y temas relacionados. Para el fin de mis nueve años había leído dos de los libros de Allan Kardec y varios libros sobre magia y brujería.

Mientras leía Allan Kardec, mi abuela materna, doña Laurentina, vino a visitarnos desde su casa en Buenos Aires. A veces se quedaba con nosotros por dos o tres meses. Estábamos durmiendo en el mismo dormitorio cuando tuve una experiencia poco común. Vi, en la oscuridad del cuarto, un par de ojos amarillos mirándome y acercándose hacia mí. Grité y mi abuela trató de calmarme diciendo que ella no había visto nada.

Con estos fundamentos, mis convicciones sobre fenómenos psíquicos se hicieron cada vez más fuertes así que tuve más experiencias y empecé a colectar información de mi abuela materna y de mi abuelo paterno. En efecto, ahora veo que desde mi niñez mi certeza sobre la existencia de fenómenos paranormales ha permanecido firme a pesar de mi entrenamiento y educación en el campo de la ciencia.

El testimonio de personas de mi confianza agregó mucho a mis experiencias tempranas, y más tarde en mi vida contribuyó a aumentar mi confianza de que, con persistencia, uno puede conseguir que por lo menos algunos de estos fenómenos ocurran bajo bien controladas condiciones.

DE ANTAÑO
Todavía recuerdo esas noches silenciosas del invierno cuando nos sentábamos en círculo y esperábamos que la voz de mi abuela interrumpiera el monótono crepitar de los leños en la vieja estufa y nos transportara con sus memorias a un mundo de ilusiones, leyendas, y seres que se habían ido.

“Sí, yo sé que ustedes no creen en esas cosas, y ustedes no tendrían el coraje de verlas tampoco”. Este desafío inició una breve discusión, terminada por su continuación.

“Solíamos vivir en lo que es hoy día la Estancia Santa Clara, que había sido la escena de muchas masacres de indios. Por la noche era necesario cuidar nuestro ganado que manteníamos en el corral, y también mirar animales de vecinos para que no vinieran a comer nuestros granos. Para esta vigilia, todos en la familia tomaban turnos.

“Una noche cuando mi hijo Pepe y yo estábamos de guardia como de costumbre, escuchamos un sonido como música lejana que se hacía más fuerte a cada instante. A la música pronto se unieron los ruidos de una gran fiesta, gritos, cantos y risas. Pensamos que un vecino, un amigo nuestro, podría haber organizado una fiesta, y cuando mi esposo vino a tomar su turno, le dije: ‘Mira, Valentín, en lo de don Eustaquio están de fiesta, pero no podemos escuchar la música ahora.’

“A la mañana siguiente le preguntamos acerca de su fiesta y él se sorprendió mucho y dijo que se había ido a la cama muy temprano y que no había tenido ninguna fiesta en su casa. Agregó confidencialmente que en un valle cercano, teatro de trágicos sucesos en el pasado, se escuchaba de vez en cuando gritos, música y otros ruidos que continuaban por un rato hasta que todo volvía a la quietud normal de las pampas, sólo interrumpida por el ladrido de los perros, el ulular (?) de las lechuzas, y los tristes balidos de las ovejas, todo en una confusión que daba que pensar”.

Mi abuelo Valentín De Santis era una de esas personas que no creían en nada. Para él, fantasmas, “luces de espíritus”, y cosas por el estilo eran todos mitos. Se lo dijo a mi abuela claramente cuando ella le contó sobre lo que ella y su hijo habían escuchado. Durante su guardia no sucedió nada.

A la noche siguiente, a las dos de la mañana, mi abuelo estaba de nuevo de guardia, relevando a mi abuela y a mi tío Pepe. Mi abuela le contó a Valentín lo que había pasado esta vez. “Estábamos hablando con Pepe sobre lo que había pasado anoche cuando notamos que los perros aullaban despacito. Esto nos llamó la atención hasta que Pepe, quien tiene oídos muy agudos, me aseguró que eran jinetes aproximándose. En efecto, en unos pocos segundos aparecieron dos jinetes. Uno montaba un caballo blanco y el otro uno negro, tan negro que era difícil verlo. Nunca había visto un animal tan hermoso. Ambos jinetes pasaron a corta distancia de nosotros sin siquiera mirarnos hasta que se perdieron de vista”.

En este momento mi abuelo la interrumpió, diciendo, “Tú ves cosas todas las noches. Es tu miedo que te hace ver apariciones. Esta noche estoy yo aquí de nuevo, y vamos a ver qué pasa”. Él estaba lejos de imaginar cuando dijo esas palabras lo que le esperaba.

Todo estaba en calma cuando miró su reloj: las tres en punto. Media hora después, relámpagos a lo lejos iluminaron las pampas, y el sonido de truenos hirió sus oídos. Entonces escuchó el galope de un caballo e instintivamente aprontó su escopeta. Un jinete montado en un brioso corcel apareció. Llevaba puesto un poncho oscuro, y por la manera de actuar mi abuelo pensó, “Este me viene a robar algo.” Tan pronto el jinete pasó por adelante, mi abuelo montó en su caballo moteado y lo siguió a una distancia segura. Mi abuelo tenía razón. El jinete iba derecho al corral. Un relámpago le permitió ver al jinete cuando se bajó para abrir la tranquera. Mi abuelo puso su escopeta en el hombro y estaba a punto de disparar cuando, oh sorpresa, otro relámpago le mostró que no había nadie cerca de la tranquera. El escéptico había visto visiones.

Unos días después mi abuelo fue a la aldea cercana a hacer unas compras, regresando hacia su casa después de ponerse el sol. Estaba yendo al trote cuando escuchó gritos y silbidos atrás de él, como gente guiando un rebaño. Se dio vuelta y vio una gran manada de ovejas que venían hacia él. Se detuvo a fin de dejarlos pasar adelante. Después que se paró, se dio vuelta de nuevo y vio solamente el camino recientemente agitado, las sombras de los árboles iluminados por la luna, una hermosa y pacífica noche.


OCURRENCIAS EXTRAÑAS EN UNA PEQUEÑA CIUDAD
Mi otro abuelo, Nicola Feola, era un trabajador “de sol a sol”; tenía una pequeña chacra en la cual cultivaba toda clase de verduras y frutas y vendía huevos y gallinas en pequeña escala. Tenía un bigote grande y gris como su cabello, y la mayor parte del tiempo se lo veía con su pipa en la boca. Había venido a Sudamérica como parte de la gran ola de inmigración al principio del siglo XX. Fuerte y musculoso, solía trabajar en las montañas de su nativa Campania, en Italia, siempre usaba un sombrero negro y ropas grises. Cuando llegaron a Sao Paulo en Brasil, ya tenían dos hijos, Víctor y Juana. Se quedaron allí dos años, donde nacieron otros dos niños, Anita y Ángela, antes de que se cansaran de las plantaciones de café y del calor y se marcharan a Buenos Aires. Allí compró un buen terreno en el centro, pero había mucha gente y ruido así que vendió la propiedad después de un año y salieron en busca de un lugar más tranquilo para vivir. Su siguiente parada fue Chivilcoy, una linda ciudad en la Provincia de Buenos Aires. Tenía primos allí, los Casucchios, a quienes les iba muy bien y lo ayudaron. Pero Don Nicola tenía otros sueños; después que Luis y mi padre José Juan nacieron, se fue a 25 de Mayo, donde encontró lo que quería y se quedó allí permanentemente.

Don Nicola era un hombre muy religioso, pero ninguno de sus tres hijos varones salieron a él en ese aspecto, aunque sus hijas eran moderadamente creyentes. Mi abuelo Nicola solía contarme historias, atribuyendo sus felices finales a su gran fe y la ayuda que sus plegarias le traían de Dios. Por ejemplo, cuando tenía veinte años, estaba trabajando en una chacra en Italia, cerca de un río. Hacía mucho calor, estaba cansado cuando caminó al río para refrescarse dejando sus herramientas atrás. Después de un rato, cuando regresó y buscó sus herramientas no las pudo encontrar. Como se estaba oscureciendo, empezó a desesperarse y comenzó a dirigir plegarias a tres santos por sus tres herramientas perdidas. Miró hacia abajo y allí estaban sus herramientas, como si hubieran salido de la nada, tiradas a sus pies. Siempre contaba esta historia con lágrimas en los ojos, dándome la impresión de un hombre que tenía real fe.

Hubo muchas otras cosas que me contó, y aunque entonces yo no sabía mucho de parapsicología, me di cuenta después que él debió tener verdadera percepción extrasensorial. Por lo general él rezaba no bien se levantaba y antes de irse a dormir, con gran convicción y devoción. Algunos problemas de finanzas lo empezaron a preocupar tanto que empezó a rezar a Dios pidiendo ayuda. Una noche tuvo un sueño; allí vio al Arcángel Gabriel, quien le dijo que comprara el número 6666 en la lotería. Al día siguiente caminó por toda la ciudad buscando ese número, pero no lo pudo encontrar. Ese número ganó el primer premio en la lotería. A pesar de todo, sus problemas de finanzas se resolvieron porque un amigo le pagó cien pesos que le debía, y esta suma era bastante grande en ese entonces. Pero él siempre recordó con gratitud que el Arcángel Gabriel le había dado el número correcto.

Desde que tuve diez años, solía viajar a Buenos Aires solo. Mi madre me ponía en el tren encargándole a los comisionistas que no me perdieran de vista. Eran cinco horas de viaje y unos minutos de tranvía una vez en la estación Constitución.

En una de esas visitas a mi abuela Laurentina y mis dos tías, Dolores y Elvira, ellas me contaron algo sumamente interesante que les había pasado. Dos años antes habían alquilado un pequeño departamento, dos cuartos solamente, puesto que eran extremadamente pobres en ese entonces. El día que se mudaron, apilaron sus pertenencias como pudieron y las dejaron así cuando se retiraron. Unos pocos minutos después de apagar las luces, escucharon una baraúnda infernal, como platos siendo estrellados, animales peleando, mesa y sillas corriendo a través del cuarto, así que rápidamente prendieron las luces. Para su sorpresa, encontraron que todo estaba como lo habían dejado, nada se había movido o roto. Pensaron que puesto que estaban tan cansadas, habían tenido una pesadilla, así que apagaron las luces nuevamente. No bien las luces se apagaron, el ruido empezó de nuevo. Mi abuela Laurentina sintió que un gato había saltado sobre su cabeza, ya cubierta con una almohada, y estaba arañando la funda. Esta escena se repitió tres o cuatro veces, hasta que decidieron dejar las luces prendidas toda la noche. Al día siguiente se mudaron.

Durante este período de mi vida, fin de la niñez y principio de la adolescencia, coleccioné muchas historias, siendo siempre tan crítico como pude, aceptando experiencias solamente de personas que las habían tenido personalmente.

Por un largo tiempo, mi gran amigo Raúl Rocha (ahora fallecido) y yo habíamos escuchado historias de una mujer del pueblo de quien se decía que practicaba magia negra. Unos pocos días después que Raúl se mudó alrededor de la esquina de la casa de esa mujer, él estaba leyendo un libro solo, sentado enfrente de una mecedora, cuando esta empezó a moverse por sí misma. Esto continuó por dos o tres minutos, asustándolo sobremanera. Raúl esperó a que regresara su madre y le contó del extraño fenómeno. Su único comentario fue, “¡Esa bruja!”

Otro episodio acerca de la misma mujer fue presenciado por mi madre y mi abuela. Había una construcción en marcha al lado de la casa de esa mujer, y una gran pila de ladrillos afuera. Al caer la noche sucedió que ellas iban pasando por allí cuando vieron los ladrillos flotando hacia arriba y hacia abajo en el aire. Inmediatamente se lo atribuyeron a la “bruja.”

Cuando tuve doce años, nos mudamos a una casa nueva en la misma cuadra. La peluquería estaba de nuevo al frente, esta vez con una sola gran vidriera, la vivienda adyacente, pero con una entrada independiente al costado. El dueño, don Enrique, un hombre muy amable y rico, vivía con su señora e hija, concertista de piano, en el segundo piso. Poco tiempo después de mudarnos él se enfermó gravemente. Como siempre había sido muy bueno conmigo, me sentí mal por su enfermedad. Una noche soñé que don Enrique había muerto y yo estaba mirando cuando lo preparaban para su entierro. Noté que tenía grandes manchas oscuras por toda la piel. Le pusieron una mortaja blanca y lo colocaron en el ataúd. Lo primero que hice por la mañana fue contarle mi sueño a mi madre. Dos días después don Enrique murió de uremia. Cuando escuché a su esposa llorando, subí corriendo a consolarla, y encontré que lo estaban preparando para su entierro, con los mismos detalles que había visto en mi sueño.

En 1942, mi abuela Laurentina estaba muy enferma en Buenos Aires. Tenía cáncer del estómago y quería morir en nuestro pueblo, 25 de Mayo. Así que fui a buscarla a Buenos Aires. Tenía entonces dieciséis años, y era su nieto favorito. Cuando era un bebé y lloraba en la noche era ella quien me tomaba en brazos y se paseaba por el cuarto para hacerme dormir. Ella era una mujer pequeña y yo era un bebé pesado; el brazo derecho siempre le dolía después de esos esfuerzos. Siempre me asombraba que ella había traído trece niños a este mundo, de los cuales sólo seis sobrevivieron. La hija mayor, Rosa, había muerto a los quince años. Esto prácticamente mató a mi abuelo Valentín, quien la sobrevivió un año con dolor en el pecho hasta que murió de un ataque al corazón a los treinta y cinco años de edad. Mi madre sólo tenía seis años de edad en ese entonces. Eso explica por qué mi abuela Laurentina quería morir en 25 de Mayo. Su idea era que, puesto que había vivido con dos hijas en Buenos Aires, se quedaría con mi madre hasta morir y entonces el servicio fúnebre tendría lugar en la casa de su otra hija, Carmen.

Durante las últimas tres o cuatro semanas de su vida, ella se afligía por el trabajo que nos estaba dando, y cuando falleció, la llevamos a la casa de Carmen. La noche del velorio, estaba cansado, y decidí ir a casa a dormir un rato. Me fui solo, conmovido por los sucesos del día. Me metí en la cama, dejé la luz de mi velador prendida, y me quedé tirado pensando en la abuela y deseando que me diera una prueba de la existencia de algo después de la muerte. Mi puerta estaba entreabierta con una toalla colgando del picaporte. Así que estaba pensando, la toalla empezó a moverse lentamente, y se deslizó hasta caer al piso. No había corrientes de aire que podrían haber sido la causa de este fenómeno, en cuanto a la gravedad, la toalla había estado colgando allí por un largo rato antes de caer. Lo único que pude pensar fue que era una señal de mi abuela.

Entre las experiencias que coleccioné de parientes y amigos íntimos, había varias sobre un curandero, llamado don Ramón. Vivía en una casa solitaria en las afueras de la ciudad. Todo el mundo lo conocía, y había gente que venía de muy lejos para verlo. Parecía un hermano mellizo de Clarence, el ángel que trataba de ganar sus alas en la película It’s a Wonderful Life, que dirigió Frank Capra.

Yo no creía mucho de lo que la gente decía de don Ramón, pero siempre escuchaba por las dudas. Un muy buen amigo de mi padre me contó lo siguiente. La policía había puesto a don Ramón en la cárcel, acusado de vender agua magnetizada y cosas por el estilo a la gente del pueblo. Don Ramón, de acuerdo al testimonio de dos policías, fue a dormir en su celda, pero antes de acostarse le dijo a uno de ellos: “Ustedes no me pueden tener aquí. Yo puedo ir a cualquier lugar que quiera, y se lo voy a probar.” Así que lo dejaron allí durmiendo, encerrado bajo llave. El amigo de mi padre, Vicente, estaba sentado en un banco de la plaza, con su taxi estacionado en la calle. Había varias personas cerca, cuando fumaba plácidamente su cigarro y vio a don Ramón caminando hacia él. Don Ramón le dijo, “Hola, Vicente, tú puedes verme y oírme, ¿no es cierto?” Un poco sorprendido, Vicente le contestó, “¿Por qué no? Usted está aquí.” “Bueno, estoy aquí y no estoy aquí. En este momento estoy durmiendo en la comisaría”. Antes de que Vicente pudiera reponerse de su asombro, don Ramón continuó: “Hazme un favor, anda allí y les dices que me has visto y que, no habiendo ninguna razón para detenerme, me vas a llevar a mi casa”. Entonces se dio vuelta, caminó unos diez metros entre los canteros y desapareció. Vicente fue en su taxi hasta la comisaría, a sólo dos cuadras de allí, y le contó al jefe de policía lo que había visto y oído. Juntos fueron hasta la celda: don Ramón estaba profundamente dormido. El jefe no sabía qué pensar; Vicente no era de la clase de persona de hacerle chistes a la policía. Don Ramón fue puesto en libertad y se fue a su casa con su amigo.

Otro incidente con don Ramón tuvo que ver con una querida prima mía, Pocha, la más alegre y encantadora mujer de mi familia. Era una de las hijas de mi tía Anita. Pocha había estado casada cerca de cinco años, tenía dos niños encantadores, cuando le encontraron cáncer de mama. En unos pocos meses, y a pesar de una operación, aparecieron metástasis y los doctores dijeron que era un caso perdido. En su desesperación, tratando de salvar la vida de Pocha, mi tía fue a ver a don Ramón, quien le dio una botella de “agua magnetizada” sin decir mucho. Mi prima mantenía su espíritu alegre para sus niños, a pesar de que tuvieron que ponerle un molde de yeso alrededor del cuello. Un mes después, Pocha estaba perdiendo su alegría, entonces mi tía fue a ver a don Ramón de nuevo. Él le dijo: “Yo sé que ella va a dejar este plano en dos semanas. Quise darles un mes para prepararse antes de su pasaje”. Y entonces le dio la fecha exacta de la muerte de Pocha.

Para 1943, a la edad de diecisiete años, tenía mi título de Maestro Normal, y una licencia para enseñar en la escuela primaria. Me ofrecieron un puesto en el Banco de la Nación, pero decidí en cambio continuar mis estudios. Elegí irme a La Plata, capital de la Provincia de Buenos Aires y adonde existía una excelente universidad.

Cerca de un año antes de mudarme a La Plata, tuve un sueño tan vívido e inolvidable, que aun persiste en mi memoria hasta sus más pequeños detalles. En este sueño yo volaba, sin ningún esfuerzo, naturalmente, como un águila. Veía todo en sus colores naturales. Después de volar sobre lagos y campos cubiertos de flores, me encontré volando sobre una ciudad extraña. Volé sobre varias calles, hasta que me llamó la atención una casa muy elegante, cuya entrada principal estaba en la esquina, lo cual es extraño en la Argentina. Vi otra puerta, una pequeña puerta roja pegada a una pared más bien baja, y en mi sueño volé sobre la pared, entré a la casa y aterricé en una galería con cuatro puertas. Vi que alguien salía por una de las puertas, así que me escondí detrás de un árbol. Una anciana vestida de negro salió por la puerta, seguida por una chica joven. Fueron hasta otra de las puertas, miraron alrededor, y se fueron adentro nuevamente. Salí desde atrás del árbol y me fui volando.

Un año después, cuando fui a La Plata, un amigo me dio un pequeño paquete que tenía que entregar cuando me fuera conveniente. Después de una semana, tomé un tranvía con el paquete en un bolsillo. Cuando me bajé del tranvía y en la vereda de enfrente, en la esquina, vi delante de mí la casa que había visto en mi sueño; la entrada en la esquina, la pequeña puerta roja al costado, la pared baja. Decidí esperar para ver si alguien salía. Unos quince minutos después, una señora vestida de negro apareció. Era la misma señora de mi sueño. Así que un sudor frío me corría por la espalda, entendí completamente que la percepción extrasensorial era un hecho, no mera imaginación.

Esta experiencia fue una iniciación a La Plata, una base para mis futuras experiencias y experimentos en esa hermosa ciudad.





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