Representación de la cultura japonesa en la literatura argentina



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REPRESENTACIÓN DE LA CULTURA JAPONESA EN LA LITERATURA ARGENTINA

Marcas de procesos de transculturación

Introducción

Lo que voy a exponer a continuación son los prolegómenos de una investigación que estoy iniciando, que tendrá como eje la representación de personajes japoneses y de su cultura en la literatura argentina.

El trabajo tendrá dos etapas, en la primera trataré de dar cuenta de esa representación en obras literarias escritas por descendientes de japoneses y, en una segunda etapa, veré cual es la que hacen los argentinos. Hay, previo el contacto con estos inmigrantes, una imagen ya cristalizada hacia la cual ellos son “arrojados” y la escritura por autores occidentales daría muestra de cual es esa representación ya preexistente con la cual ellos deberían enfrentarse.

El objetivo es señalar las zonas de extrañamiento frente a lo nuevo, las crisis dentro de la transición, la relación con el pasado y la cultura de origen, la visión de sí mismo dentro de una nueva sociedad, las inseguridades. Y ver qué pasa con el japonés, cómo asimila o rechaza esta nueva cultura y a los nuevos sujetos de estas nuevas tierras. También, por otra parte, me interesa ver cómo será visto por ese otro, los “de afuera”.



El sentido de la literatura

Por el hecho de que participemos en este congreso profesionales de diversas disciplinas, me pareció interesante iniciar con algunas reflexiones sobre la literatura, sobre su vinculación con la experiencia. Umberto Eco, en Seis paseos por los bosques narrativos dice que “pasear por el mundo narrativo tiene la misma función que desempeña el juego para un niño. Los niños juegan, con muñecas, caballitos de maderas o cometas, para familiarizarse con las leyes físicas y con las acciones que un día deberán llevar a cabo en serio. Igualmente, hacer relatos significa hacer un juego a través del cual se aprende a dar sentido a la inmensidad de las cosas que han sucedido y suceden y sucederán en el mundo real.”1 Según este autor, la narrativa tiene una función terapéutica, por eso los hombres, desde los orígenes de la humanidad, cuentan historias que ayudan al lector a dar forma al desorden de la experiencia. El mundo en el que vivimos es un gran laberinto, más vasto y complejo que el bosque de Caperucita Roja. Los textos ficcionales, entonces, acuden en auxilio de nuestra poquedad metafísica. La ficción narrativa nos presenta elementos de un mundo real finito para hablar del mundo real que es infinito, por medio de ellas el lector se hace preguntas sobre su propia condición en el mundo y busca fórmulas que den sentido a la vida.



El sentido de la teoría literaria

Raymond Williams en Marxismo y literatura dice:


Ninguna expresión, es decir: ningún relato, ninguna descripción, ninguna reseña, ningún retrato, es “natural” o “sincero”. Se producen en términos que resultan sumamente relativos desde una óptica social. El lenguaje no es un medio puro a través del cual pueda “fluir” la realidad de una vida, la realidad de un acontecimiento o experiencia o la realidad de una sociedad. Es una actividad social y recíprocamente compartida que se halla enclavada en relaciones activas dentro de las cuales cada movimiento constituye una activación de lo que ya es compartido o recíproco o puede convertirse en una actividad compartida o recíproca.2
Williams hace notar que, detrás de cualquier relato “natural” o “sincero”, es necesario comprender la plena significación social que está siempre activa e inherente. Los supuestos están anclados no solamente en una ideología sino en un “flujo y reflujo del sentimiento hacia y desde los demás”. Esta estructura del sentimiento que se halla presente en todo tipo de situaciones y relaciones propuestas dentro de los usos del lenguaje es siempre significativa. Lo que quiere decir que, en cada intercambio, en cada oportunidad que un sujeto emite un juicio o una opinión, siempre, detrás de las palabras hay una ideología, hay una valoración, hay un cierto posicionamiento del sujeto frente al otro que escucha, hay una figuración previa del otro, a quien puedo concebir como uno igual, superior o inferior. Por ejemplo yo podría emitir una opinión sobre lo híbrido en el sentido de que implique una pérdida, una fragmentación, puedo en este caso mostrar una añoranza de una pureza perdida. Detrás de tales valoraciones habría una posición conservadora que rechaza lo nuevo. Este enunciado ya estaría fijando una concepción; y el que escucha, podría identificarse, o no, y en la repercusión entre las distintas conciencias se van cristalizando ciertas representaciones detrás de las cuales puede haber prejuicios o intenciones no manifiestas explícitamente que pasarían a interactuar con lo social, condensándose en una ideología o sistema de valores.

Teorizar sobre la representación de lo japonés dentro de la literatura argentina implica trabajar en un campo prácticamente virgen. El inmigrante japonés es un sujeto social con características propias. Su cultura de origen es antiquísima y también refinadísima. Conviene recordar, además, que a partir de la Revolución Meiji, a principio de siglo XX, antes de la primer guerra mundial, Japón pasó a ser visto como una potencia mundial, posición ganada por su victoria bélica frente a China en 1895 con lo cual pasa a ejercer influencia sobre Corea y Manchuria y, en 1904 triunfa en la guerra ruso-japonesa, obteniendo de Rusia el reconocimiento oficial de la influencia japonesa sobre los dos países mencionados, y la concesión de sus franquicias al predominio japonés en los puertos chinos.

Por otro lado, desde antes de la Restauración Meiji, ya era notoria la falta de recursos para sostener a la creciente población. La falta de alimento hizo que los japoneses se desplazaran hacia zonas industriales de Tokio y Osaka, se colonizaron zonas como Hokkaido que aún no habían sido explotadas y otra solución encontrada fue la migración hacia el exterior. Japoneses empobrecidos por la guerra en la cual, irónicamente, salieron victoriosos, buscaban ansiosamente una solución a sus penurias económicas.

Posteriormente será relevante la experiencia de la segunda guerra mundial, factor histórico importante en las condiciones materiales de vida en América principalmente en el caso de japoneses residentes en Estados Unidos, obviamente, pero también en Brasil. Me parece importante señalar la diferencia con respecto a Argentina, país que declaró la guerra contra Japón cuando ya se finalizaba la Segunda guerra, en enero de 1944, ante la presión de Estados Unidos. Y fue el último país del mundo en declarar la ruptura de las relaciones y la guerra a los países del Eje. La historia política argentina y la sociedad argentina en general han tendido a favorecer la integración japonesa.3



Pero el japonés sigue siendo alguien diferente, tiene gran peso el aspecto étnico: un nikkei4, frente a un argentino es, en general, en primera instancia, japonés. Luego se reconoce que es argentino y esto requiere explicación: porque nació en Argentina. Recuerdo, en una oportunidad, haber dicho ser brasileña y mi interlocutor haberme respondido: - Ah, no parece. En el imaginario prevalece la noción de una etnia africana en Brasil pero no japonesa. Menciono estas anécdotas simplemente para enfatizar el aspecto étnico que tiene su peso en la conformación de la identidad.

La identidad cultural




Stuart Hall, analiza cuestiones sobre la identidad cultural, a partir de los fenómenos de migración, algo que se tornó un fenómeno global en el mundo postcolonial. Estos nuevos inmigrantes parecen evocar su origen en un pasado histórico, sin embargo lo que realmente hacen es tomar recursos de la historia, del lenguaje y la cultura como procesos en continua formación (y ya no como algo fijo): ya no hablan de quienes son, sino de donde provienen y de lo que ellos llegarán a ser, de cómo han sido representados y de cómo quieren ser representados. Las identidades se constituyen dentro y no fuera de la representación. Estos nuevos sujetos piden que la tradición sea leída ya no como una reiteración interminable sino como “lo mismo que se modifica”: ya no como un regreso a las raíces sino como un nuevo caminar sobre nuevas sendas. Este proceso surge de la narrativización del yo y debido a que las identidades se construyen dentro y no fuera del discurso, tenemos que entenderlas como producto de lugares específicos históricos e institucionales con formaciones y prácticas discursivas específicas por estrategias enunciativas específicas. Dado que lo que se trata es de las prácticas discursivas implican un proceso de ‘subjetivación’ sería más adecuado hablar de un proceso de identificación, más que de identidad, dado que el primero remite a una idea cristalizada de un lugar geográfico y un punto de origen en la historia como algo completo o acabado; en cambio, el segundo, la identificación, da cuenta de un proceso que nunca se termina de completar.


Pero también, se puede entender el proceso de dos formas: sobre el respaldo de un origen común o con características compartidas con otras personas, grupo o ideal y sobre esta base se produce una natural cercanía solidaria.5 En contraste con la naturalidad de esta definición, el acercamiento discursivo ve la identificación como una construcción, como un proceso que nunca se completa. La identificación es un proceso de articulación con un plus, con algo que excede. No se trata de una subsunción, es decir, de una aceptación de una totalidad, sino lo que Hall llama “sobre determinación”. Este trabajo discursivo opera con las diferencias, con las fronteras, con la determinación de límites simbólicos. El sujeto que ya no tiene una actitud pasiva de adoptar una identidad establecida, sino en un proceso activo en que él mismo sujeto elige en cada momento dónde posicionarse, transitando por los límites entre lo que es y lo que elige ser.

El espacio de definición del yo está relacionado con el aquí y el ahora. Según la estructura del sentir de Raymond Williams estos movimientos en cada instante modifica lo social, que es lo que ya está establecido – como las tradiciones o instituciones – y, por lo tanto pertenecen a un tiempo pasado. El presente, en cambio, está en continua formación y es en este tiempo que encontramos la estructura del sentir. Según este crítico, el arte y la literatura, a diferencia de otras disciplinas, no opera con formas definidas de un tiempo pasado, sino que registran el presente cambiante. Además, a pesar de su forma acabada, exige una lectura activa, es decir, una lectura que encuentre la plena significación del objeto artístico que lo vincula con el imaginario social, y de esta forma, recrea y resignifica su presente real. Leer a los personajes japoneses dentro de una obra literaria implica no solamente contemplar un cierto mundo, sino la posibilidad de resignificarlo en el presente histórico del aquí y el ahora..

La inmersión en un país occidental es el ingreso a un mundo de fuertes construcciones simbólicas. Eduard Said dice que “Oriente era casi una invención europea y, desde la antigüedad, había sido escenario de romances, seres exóticos, recuerdos y paisajes inolvidables y experiencias extraordinarias”6. Se ha heredado desde Europa cierta imagen exótica de Oriente. Por otro lado, en el proceso de inserción histórico, la misma actitud de los inmigrantes fue construyendo su imagen. Ejercieron diferentes oficios: en los cultivos en ingenios azucareros fueron contratados en reemplazo de los indígenas por su mayor productividad aunque luego hayan resultado muy caros y exigentes; también se desempeñaron como obreros ferroviarios, personal de servicios domésticos, y fueron obteniendo el paulatino ascenso social hasta llegar a ser trabajadores independientes dedicados cafés, tintorerías y el cultivo de las flores. Entre los cafés, los más recordados son El Japonés, donde se reunían escritores del Grupo Boedo, y Nippon, donde se dice que el poeta Homero Manzi le dio forma al tango Sur.7

Como trabajadores ellos han sido solidarios con la lucha sindical, a pesar de temores a discriminación, según se observa del comentario hecho por Yoshinobu Amano que opinó en 1919, en El semanario bonaerense, luego de los acontecimientos de la “Semana Trágica” que se debía prestar mucha atención a la cuestión étnica: “especialmente en la Argentina, donde la población se enorgullece de ser un país de raza blanca, los japoneses que vivimos aquí no podemos estimar cuándo nos veremos afectados por la ola de rechazo, particularmente cuando casi todos los problemas xenófobos contra los japoneses que ocurren en diversas partes del mundo tienen origen en los trabajadores”.8

Pero según parece, los argentinos, en vez de demostrar rechazo, sentían un especial aprecio por los japoneses. Según declara el caricaturista Lino Palacio, su padre inicialmente había tomado mucamas criollas, luego españolas hasta que cambió de orientación: “Entonces se enamoró de los japoneses. Tomó cocinero japonés y mucamo japonés, no quería otra cosa. Había mucha gente que tenía japoneses pero no era común. Había una especie de inmigración japonesa especial que eran los estudiantes. Estudiaban medicina o derecho, con la idea de conocer un país nuevo y aprender otro idioma. Yo me acuerdo que tuvimos en mi casa un mucamo que era estudiante de ingeniería. Papá lo indagó y se dio cuenta de que era cierto porque mi padre también era ingeniero. Se quedaban poco tiempo, un año – nunca pasaban del año-. Muy atentos, muy corteses, muy limpios y aprendían todo con gran facilidad. Papá tenía una gran admiración por todo lo que fuera japonés”9.


Representaciones en la literatura nikkei

Un primer aspecto a tener en cuenta antes de abordar las obras es el concepto de “discurso social”. Hay límites culturales que delimita el campo de lo pensable y de lo expresable. Marc Angenot plantea ese concepto como aquello que designa la totalidad de la producción ideológica semiótica propia de una sociedad. Hay, en cada época, una tópica, un universo de lo aceptable discursivo, hay una hegemonía que determina el porqué ciertos temas son recurrentes, los tabúes y censuras, fobias y principios de exclusión, xenofobias diversas. 10

El estudio a abarcar tiene como objetivo ver, entre otros aspectos, los límites de lo narrable. Qué nos permitimos decir de nosotros mismo, qué nos callamos, qué valoraciones aparecen, los conflictos con el mundo externo, los conflictos interiores. Haré a continuación una breve presentación de las obras a ser tomadas como corpus.

Flores de un solo día de Anna Kazumi Stahl
La autora nació en los Estados Unidos, es hija de madre japonesa y padre norteamericano descendiente de alemanes, y vive actualmente en Buenos Aires. Hizo un doctorado en Literatura Comparada en California. Vino a Buenos Aires por una beca universitaria en 1988, sintió una gran atracción por su gente y su modo de vivir y decidió, desde 1995, radicarse en este país. En 1997 escribió Catástrofes naturales que fue publicado por Sudamericana y en 2002, Flores de un solo día, por Seix Barral.

Flores de un solo día, relata algunos episodios de Aimée, quien ha llegado a Buenos Aires siendo una niña de 8 años, junto a su madre Hanako. No recuerda las circunstancias en que llegó y no hace grandes esfuerzos por saberlo – en realidad hay un enigma en su origen que ella teme enfrentar. De adulta, un acontecimiento fortuito en su vida le ofrece la posibilidad de heredar una fortuna, pero para ello, deberá enfrentar su pasado. El miedo la paraliza por unos días. Su marido, que es un argentino, no entiende qué le sucede y la incentiva a que averigüe.

La búsqueda de esa fortuna se presenta con una posibilidad de algo magnífico pero también como una amenaza. Por eso emergen los miedos que vive la protagonista, una resistencia a encontrar el motivo de ese exilio a Buenos Aires y el enfrentamiento con un pasado conflictivo.


Buscadores en mis últimas vidas por Héctor Dai Sugimura
El libro fue publicado por Editorial Almagesto en 1995. El autor nació en Escobar en 1969, fue abogado a los 23 años y ganó un premio por un cuento en el Primer Concurso Nacional de Cuentos de AUN (Asociación Universitaria Nikkei). La obra es una nouvelle en el que el autor narra las andanzas de un joven estudiante de abogacía que por una circunstancia fortuita en su vida, se transforma en un gato. La obra denuncia la falta de sensibilidad y de verdadero interés por el otro. Está dedicada a “quienes no perdieron la magia de creer en lo increíble, ni la sensibilidad para percibir lo creíble y, especialmente a las que han extraviado”. Entre estos, veremos que los que más lo han perdido son los japoneses. Es un relato híbrido, en parte maravilloso, en parte de aprendizaje.
Gaijin de Maximiliano Matayoshi
El autor nació en 1979, en la ciudad de Buenos Aires, es hijo de inmigrante japonés y madre nikkei. Inició varias carreras y, al momento de publicar la novela estudiaba traductorado de inglés. La obra ganó el primer premio Novela UNAM Alfaguara 2002, por decisión unánime del jurado. Quiero destacar que la lectura de la obra resultó sumamente placentera. Encontré un lenguaje sencillo, un ritmo ágil y un fino humor que me llevó en varias oportunidades a reír de mis “torpezas”, de aspectos japoneses presentes en mí, que a partir de la lectura me resultan risueños.

El titulo, Gaijin, proviene de una palabra japonesa que significa: extranjero o persona de afuera. La novela relata la historia de un adolescente que dejó la Okinawa natal en busca de un nuevo destino: Buenos Aires. Diecisiete capítulos del libro narran situaciones vividas en el barco. Cada nuevo puerto es el descubrimiento de una nueva ciudad: Hong Kong; Singapur donde se cuidaban de que “nadie escuchara hablar en el idioma odiado”11; Lorenzo Márquez con sus hombres de piel oscura, los primeros que había visto en su vida. Recuerda que había escuchado hablar de la esclavitud, todo allí le inspiraba miedo: “de los hombres blancos que no dudaban en lastimar a otras personas y de los hombres negros que caminaban con la vista al suelo”12. Luego pasarán por Durban en la costa africana para finalmente llegar al Buenos Aires, el destino final, penetrando por el mar “de un color marrón que hacía dudar de que aquello fuera agua o de que se pudiera pescar algo”13.

Al llegar a tierra firme, debe quedar en cuarentena y la sensación de que pocas cosas habían cambiado: “solo un piso que no se balanceaba y una soledad más vasta. Esta es la sensación que tiene cuando debe quedar en cuarentena, que se debía, según la explicación de una persona que vino a explicarles: “para que el choque cultural no fuese tan repentino, para facilitar la adaptación”14. ¿Una mentirita piadosa para no decirles que era para verificar si no traían enfermedades desconocidas?

Finalmente cuando puede salir, le sorprende esta ciudad cuyas calles se cruzaban en ángulos rectos a intervalos regulares. Aquí aprenderá el idioma y el oficio de tintorero y, cuando ya es diestro en ambas cosas, recibe una invitación para ir a Mendoza, donde se sorprendería de la “muralla marrón, verde y rojiza que se imponía en todo el horizonte” y donde se sentiría continuamente observado como alguien raro por no haber casi asiáticos en esa región.

El relato cumple un ciclo, hasta que finalmente puede regresar a Japón:
Y para lograrlo, aprendí a planchar, aprendí un idioma y también aprendí que existen tierras desde donde ni siquiera se puede imaginar el mar, crucé aquellas tierras y ahora me encontraba otra vez dispuesto a cruzar océanos.15

Kitaro, en esa síntesis, no menciona su carrera universitaria y su título de “doctor”. Finalmente encuentra su amor en Buenos Aires y con ello, su lugar en estas tierra. Y acepta la invitación de su madre para ir a Japón para ver a su familia pero con el objetivo de retornar a la Argentina.



Representación del Issei16:

En esta primera aproximación a los textos, tomaré aspectos del personaje japonés, del inmigrante, el que hizo la travesía tanto geográfica como cultural. Este análisis tiene carácter de preliminar, dada la etapa en que me encuentro con la investigación. Son algunas reflexiones surgidas de una primer lectura que deberá seguir madurando.

En Flores de un solo día, Hanako es el único personaje japonés. Es una bella mujer, la autora dice que es más linda que su hija y la describe así:
…de facciones japonesas que, por su armonía, expresan una belleza universal. Diminuta, delgada como un junco, parece eludir las impresiones que normalmente deja la edad: tiene la piel luminosa, el cabello abundante y largo, de un negro azabache que a cierta luz parece azul. Ella, como su hija, vive sin noción de su belleza especial. 17

Hay, en la descripción, una idealización de esa imagen femenina japonesa, que la autora considera “universal”. Aparentemente en la novela hay un deseo de encontrar arquetipos, una belleza relacionada con lo étnico que es universal. El concepto de belleza está vinculada con la armonía del alma. La comparación con el junco recuerda la fortaleza relacionada con la flexibilidad: la planta resiste a los vientos más feroces porque se pliega pero no se quiebra y vuelve a recuperar su forma inicial una vez pasada la tormenta.

Esa madre es muda, no tiene la facultad del habla. Pero, es también silenciosa, tanto en sus desplazamientos como en todo su accionar: cuando se despierta por la mañana, Hanako se levanta en seguida y “sin emitir ningún sonido, cruza el pasillo hacia la cocina. Es una presencia mínima, casi no se nota. Pero le entusiasma la rutina de la casa; empieza por poner la mesa para los tres, deja un espacio para que Fernando despliegue el diario, trae mermeladas y manteca de la heladera, corta pan francés para que Aimée luego lo tueste en el momento, exprime el jugo de naranja, lava manzanas y peras y las seca y las coloca en una bandeja que deja lucir colores18. En el párrafo siguiente, la autora explica que ella hace todo con lentitud que “no es lentitud, ni distracción, ni engaño”. Es decir, su ritmo obedece a principios diferentes a cierta filosofía oriental que no se explicita.

Esta mujer, además de muda y silenciosa, sufre de temor a los espacios abiertos – y esto es resultado del trauma vivido en Japón durante los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial. La agorafobia ha generado un temor al abandono, por eso está pendiente de cada movimiento de su hija. Cada despedida por la mañana debe ser entendida como una promesa del regreso por la tarde:


Por supuesto, cuando Aimée se va, allí se oye el sonido de la puerta al cerrarse mejor que en la cocina, donde Fernando lo advierte con claridad. Para él, no significa más que “se fue Aimée”. Para Hanako es lo contrario; el sonido de la puerta cerrándose parece decir: “Retorno”. Si tuviera voz, sería: “Mirame,y pronto nos volvemos a ver, ahora, muy pronto, ¿me estás mirando?, vamos a estar de vuelta tal cual así, cara a cara ¿eh?, mirame, Hanako, acá, acá, mirame”. Es el espacio de las promesas que se cumplen.19
Llama la atención en ese párrafo que la hija, en ese supuesto diálogo con la madre, la esté llamando por su nombre y no por Mamá o por la palabra japonesa Okaasan. Esto refleja la tensión entre madre e hija, quizá un no reconocimiento de ese rol de mamá. En la literatura japonesa la imagen de mamá está unida a cierta imagen de abnegación por los hijos, una idea de sacrificio por ellos, y faltaría las expresiones de cariño y el disfrute que caracterizaría las relaciones familiares en el mundo occidental.

Hanako es llevada a los Estados Unidos por un joven norteamericano de apellido francés que en un fanatismo patriótico se inscribe en la ocupación militar en Japón20. Y de allí trae a esa japonesita, aparentemente como hija adoptiva, para gran sorpresa de sus familiares. La descripción que de ella hacen en Estados Unidos es muy diferente de aquella con que nos la presentara la autora en capítulos anteriores. Los americanos la ven como “una cosa rara, pobrecita, raquítica, como un escarbadientes y, además, con esa minusvalidez que le impide hablar”. Este único personaje japonés, además de haber sufrido las privaciones de la guerra, se ve expuesta a esta adopción por un hombre que luchó como un enemigo y cuyos familiares la verán con esa mirada cargada de desprecio. Es la mudez y la agorafobia de Hanako los que “hablarán” de la violencia. Aparentemente no hay recuerdos de su pasado en Japón, ni de familiares ni de la guerra.

Llama la atención que Hanako no solamente sea muda, sino que su capacidad comunicativa sea mínima. Su vínculo con el mundo es a través del Ikebana o de algunas sonrisas o miradas pero no hay palabras que podrían ser escritas. Tampoco parece haber pensamientos formulados en palabras. No se visualiza los conflictos que pueda tener Hanako, que quedan invisibles inclusive al narrador, quien no puede ver más que el personaje Aimée: solo ve las facciones y desde allí trata de adivinar sentimientos mínimos. El enojo es inexistente, aunque es posible que el enojo esté “gritando” a través de ese mutismo. La opacidad de Hanako es inquietante y violenta. Quizá sea pertinente recordar a Benjamin:
La cosa está clara: la cotización de la experiencia ha bajado y precisamente en una generación que de 1914 a 1918 ha tenido una de las experiencias más atroces de la historia universal. Lo cual no es quizás tan raro como parece. Entonces se pudo constatar que las gentes volvían mudas del campo de batalla. No enriquecidas, sino más pobres en cuanto a experiencia comunicable. 21
La mudez de Hanako puede ser entendida como una alegoría de la pobreza de la experiencia, por un lado. La ausencia de palabras en Hanako es sumamente inquietante, aunque todo el hogar parezca funcionar bajo la armonía del Ikebana, bajo el silencio y perfume de las flores. Diariamente ella preparaba un arreglo floral para la casa y esa era su forma de comunicar que ella estaba presente por detrás de su silencio, era un medio para demostrar cariño en la parquedad de sus gestos. Hay espiritualidad, que se lee en su semblante de paz y su sonrisa; pero también algo de fantasmal – tanto por lo silencioso de sus gestos y también por no traslucir su mundo interior.

Arriesgando un poco más, se podría ver allí un artificio: no se trasluce el conflicto interno ni tampoco se explica de dónde proviene su “paz interior” que por momentos parece ser simplemente herencia genética. Esa “paz” no parece ser producto de una maduración de la experiencia, parecería, por momentos, un manto de silencio con el que se recubre la violencia. Hay una disparidad, una paradoja entre lo bello, el Ikebana, y la mutez y silenciosidad de Hanako que se vinculan con la muerte.

Es posible observar la extrema belleza unida al silencio o a la muerte en otros rituales japoneses. En el Teatro Noh, el momento de la no interpretación, el intervalo entre la acción o los diversos tipos de mímica es un momento muy interesante:
Si examinamos las razones del interés por estos intervalos, comprobamos que hay en ellos una disposición por la cual el actor consolida, sin el menor relajamiento, la cohesión mental de su actuación. Hay una concentración del espíritu que hace que, en el momento que dejáis de danzar o cantar, o en cualquier otra circunstancia, sea en una pausa del texto o de la mímica, estéis en guardia, reteniendo vuestra atención. La emoción creada por esa concentración del espíritu, que se exhala, constituye lo interesante.22
El ideal de belleza japonés está en la concentración del espíritu en silencio, que también se puede observar en la Ceremonia del Té. Como ejemplo, citaré el caso de un maestro, Sen Rikyu, quien fue falsamente acusado ante su patrón de estar llevando a cabo una conspiración para envenenarlo. Su amo lo condena a muerte pero le da el privilegio de que se quite la vida él mismo. Como despedida de sus discípulos, los invita a una ceremonia de té el día del sacrificio final:
A la hora convenida, los invitados se agrupan tristemente cerca del vestíbulo que antecede a la sala de té. Cuando con la mirada recorrían los árboles del jardín, el follaje les pareció que se estremecía y que a través de la fronda se oían suspirar fantasmas sin asilo. Una ola de aromas de incienso precioso les llegó a la nariz desde la sala de té: era el aviso que se daba a los huéspedes de que podían pasar. Uno por uno avanzan y van tomando posiciones. En el tokonoma23 está suspendido un kakemono24 en que figuran escritas las reflexiones de un viejo monje sobre el derrumbe fatal de todo lo creado. Los convidados son servidos uno después de otro y en el mismo orden van vaciando silenciosamente sus tazas. El anfitrión es el último en apurar el contenido de la porcelana que brilla en su diestra. A continuación, como la etiqueta impone, el más distinguido de los concurrentes solicita la venia para examinar el servicio de té. Rikyu pone ante sus huéspedes los diferentes objetos y el kakemono.

Cuando han expresado la admiración que les produce piezas tan escogidas, Rikyu las distribuye entre sus amigos como otras tantas prendas de recuerdo de su camaradería.

Para él solamente se reserva el bol. “Que nunca esta copa manchada por los labios de la desgracia traiga mala suerte a ningún hombre” dice, y rompe la taza en mil pedazos. La ceremonia concluyó. Los invitados, sin poder contener las lágrimas le dan el último adiós y abandonan la estancia. A ruego de Rikyu, uno solo de ellos, el más cercano a su corazón y el más querido de todos se quedará con él para asistir a su último momento y cerrarle los ojos. En seguida Rikyu se quita el traje de té, lo pliega cuidadosamente sobre la alfombra y aparece vestido con la túnica de la muerte, de una candidez inmaculada. Mira con ternura el brillante filo del puñal fatal y lo saluda con estos versos exquisitos:

‘¡Sé bienvenida, oh espada de la eternidad!

A través de Budha y a través de Daruma también Tú te has abierto camino25
En solemne ceremonia, se quita la vida. Lo increíblemente bello unido a la muerte y, en tanto muerte, violencia. Violencia que opera también dentro de la misma doctrina budista porque la doctrina del Sutra de Loto del Buda Shakyamuni era el máximo canto a la vida y porque el Buda dijo que “aunque lleven varas y espadas, nunca deberán usarlas para suprimir la vida”.26

La ceremonia allí está incorporada a lo cotidiano, a través de ella hay una irrupción de un tiempo místico en ese presente. La psicología japonesa parece funcionar con esa dinámica: una tensión entre una energía interna y una forma externa. Y desde esa lógica, se puede llegar a “entender” el quitarse la vida como un gesto heroico y bello, que es como se “leía” al harakiri.


En Hanako se conjugan la belleza (su belleza física como la de su arte) con la violencia (su minusvalia, la mudez, y su enfermedad, la agorafobia) y la muerte (lo fantasmal de su presencia y el silencio de la casa). Si analizamos, desde la estructura del sentir - el concepto creado por Williams para dar cuenta de cómo lo personal en el aquí y el ahora va conformando y modificando las estructuras sociales - vemos que este personaje busca en el pasado o en un tiempo místico la pureza del ritual, pero pierde el contacto con lo social del momento presente. No está viviendo su presente histórico como un agente cuyo actuar va resignificando lo social, sino que vive un presente ahistórico, no se encuentra en las coordenadas ni de tiempo ni de espacio del mundo social presente. Su relación con el pasado no tiene mediaciones, ella revive, con y a partir de su arte, el Ikebana, un eterno retorno. Sus arreglos florales pueden variar, los días en el calendario van corriéndose pero Hanako sigue día tras día en su mutismo, en su arte, desvinculada del mundo, de lo social y del devenir histórico. La sonrisa de Hanako hace recordar las máscaras de teatro blancas, bellas, sonrientes, pero máscaras nomás.

En el hogar todos los personajes tienen sus aristas pulidas, como si se hubieran “japoneizado” al estilo Hanako. El marido argentino tiene un ritmo y un tono que armoniza con la casa, no se enoja. Hay un movimiento de homogeinización donde las diferencias parecen borrarse.


Buscadores en mis últimas vidas, señala continuamente la presión ejercida desde el exterior: varios personajes se encuentran en situaciones límites y, en el enfrentamiento con ellas, algunas sucumben y terminan tomando decisiones poco felices, no las dictadas desde una visión de un yo que se afirma sino desde una posición de sometimiento a una práctica social que no tolera ciertas circunstancias.

El relato se inicia con la transformación del personaje en un ‘inmundo gato’. Un gato común, sin ningún atractivo, y con las necesidades de alimento y afecto que deberá saciar. Desde este personaje, tomará contacto con diversas familias japonesas, en las cuales no es posible diferenciar si son issei o nissei.

En las representaciones, se ve a los hombres japoneses como agresivos y faltos de afecto. El Sr. Kitayama, cuando descubre al protagonista, Dai Gato, junto a los restos de pescado que había comido a hurtadillas, vocifera: - Gato ladrón, ¡te voy a descuartizar! Y se puso a perseguirlo con el cuchillo en alto, dispuesto a matarlo hasta que una joven decide pagar por los pescados consumidos por Dai Gato y lo salva. Este hecho permite que el gato conozca su hogar. El papá, Tanaka, era un hombre poco hablador, frío. Salía temprano de su casa hacia su importante trabajo y volvía a altas horas de la madrugada con una importante borrachera27. Su esposa, la señora Tanaka, se encargaba de la administración de las finanzas y, por supuesto, la ración diaria que me correspondería entraba dentro de esas cuentas. Era una mujer muy activa, hacía dos o tres cosas a la vez. Educaba a sus hijos con ahínco cuidando que estuviesen bien alimentados. Le importaba que estudiasen más, para que pudieran el día de mañana ingresar a una respetable universidad, …28 El narrador nos relata estos hechos con una gran ironía, hay una profunda crítica a los ideales burgueses de ascenso social, hacia la laboriosidad de los japoneses y el énfasis puesto en la formación universitaria como marca de prestigio.

Sin embargo, se encuentran más valores en los personajes femeninos, en Yuriko que paga por los pescados que se comió Dai Gato. A pesar de esa actitud protectora, ella, a continuación, se despide del gato, deseando que él se fuese. Su rechazo se debe a que sabe que en su casa no le permitirán tenerlo. Finalmente, ante la insistencia del gato, lo plantea en la casa y, a pesar de que la situación fuera pareja, que los hombres votaran por no y las mujeres por , “la suspicacia y seducción del sexo femenino había vencido a los ingenuos machistas que a pesar de eso creían que dominaban los rumbos del planeta”.29 Lo que se puede notar aquí es que la representación de la mujer es mucho más positiva que la del varón.

Es interesante, en una de sus andanzas, un encuentro con una gata que le grita: - tú no pareces estar muerto, ¡pareces tener anhelos! Estos japoneses se encuentran perdidos en un paradigma que difiere muchísimo del de Hanako, pero que igualmente simboliza la muerte, en la medida en que se busca una identificación con la burguesía sin una conciencia real de las potencialidades y del sentir de los personajes. Las formaciones sociales preexistentes arrastran a estos personajes. Su estructura del sentir están como adormecidos porque ellos deben responder a estructuras rígidas marcadas por lo social. El discurso creativo del presente que modifica lo social es introducido por Dai Gato que busca anhelos verdaderos auténticos nacidos del conocimiento de su propia subjetividad. Las andanzas de Dai Gato son búsquedas de encontrarse con el medio que le permita entroncar sus anhelos más trascendentes con el de otros gatos. Hay una búsqueda de modificar ese presente y esta búsqueda se da en forma de lucha, de guerra contra las estructuras cristalizadas de decadencia.

En sus andanzas, el gato que en un momento le aviva el fuego de la búsqueda se llama Shiro, un nombre japonés.


Cuanto a Gaijin, es muy placentero leer cómo relata las situaciones de extrañamiento en esa zona fronteriza entre dos culturas, desde una inocencia y frescura notables. Nos cuenta, por ejemplo, en el primer capítulo, luego de que había robado y vendido unas zanahorias para comprarse helado:
Antes de salir del negocio abrí uno de los paquetes y probé algo que era frío, rojo y dulce, no tan dulce como el azúcar pero más rico y en ese momento pensé que los norteamericanos eran las personas más afortunadas del mundo y me dije que con razón habían ganado la guerra.30
A la vez que es risueño también choca esa imagen de una inocencia al tratar un tema tan feroz como la guerra. Si bien la cuestión queda presentado sin deseos de explicaciones, el relato avanza por esa memoria que recorre un camino de búsqueda de construcción de un sentido sin jamás ser didáctico.

Otra aspecto que quiero resaltar, es la elección del país Argentina, país al que no llegaron muchos inmigrantes pero adonde confluyeron japoneses desde Brasil o Perú en busca de mejores condiciones. Al recordar la elección de la Argentina como país a emigrar menciona nuevamente la guerra: “yo conocía a unos chicos que se habían ido y ellos decían que era como América, pero mejor: los argentinos no matan a los japoneses”31

En esta novela aparecen diversos inmigrantes, o personajes issei. Me centraré por el momento solamente en Kitaro, el protagonista, porque me parece que está muy bien construido, desde la niñez en un Japón destruido, luego la travesía en que conoce a otros personajes japoneses con los cuales establece una relaciones de amistad y finalmente su llegada a Buenos Aires, posterior traslado a Mendoza y preparativos de un viaje de visita a Japón, al final de un ciclo de adaptación y aprendizaje.

En Flores de un solo día teníamos un personaje que encarnaba la tradición de una forma que podríamos llamar extrema, casi irreal, casi un arquetipo que habitaba en un hogar que era casi un santuario del Ikebana; en Buscadores en mis últimas vidas hay pinceladas de algunos aspectos de los japoneses, en el que la se trasluce una lucha casi universal entre jóvenes adolescentes en choque con un mundo adulto insensible y donde prevalece un clima místico; en Gaijin, en cambio, hay una mirada risueña, inocente, pero a la vez perspicaz y aguda del entorno social. El relato está construido sobre una experiencia. Es decir, el narrador tiene conciencia de las situaciones de extrañamiento no solo con el otro, sino también con lo propio, con aquellas características japonesas, que se pueden ver como algo diferente en la medida en que se confronta con el otro.

La novela transmite una experiencia en el sentido que le da Benjamin en “El Narrador”32. A través de los personajes se señala la falsedad de la enseñanza en las escuelas que buscaban, a través de mentiras, ganarse adherentes para la causa militarista, fomentando la xenofobia. Al menos en dos oportunidades Kitaro escucha estas advertencias. La primera es cuando recuerda una escena en la escuela:
Cuando estaba en tercer grado, un general se había presentado en mi clase para mostrarnos un mapa de Asia, con Japón en un color rojo que abarcaba también algunos territorios de China. Nos habló de los hombres chinos que mataban a sus hijos y golpeaban a us esposas, de los niños chinos que les pegaban a sus padres y maestros, y de los abuelos chinos que debían trabajar sin descanso. Eran los mismos chinos que nos envidiaban por ser superiores y que desde siempre nos odiaban. Mientras decía esto mostraba cuadros de un joven soldado japonés que luchaba contra decenas de soldados chinos, de estudiantes chinos que se burlaban de sus maestros y de niños chinos que escupían a sus padres. Durante la cena de aquel día, papá nos contó que lo habían despedido – él enseñaba en la misma escuela en la que yo estudiaba – y que al día siguiente intentaría conseguir trabajo, tal vez en el puerto. Preguntó si en mi clase había estado el general, quiso saber lo que nos había dicho y si yo le había creído. Claro que le creí, dije. Me tomó la cabeza para asegurarse de que lo miraba a los ojos y preguntó si me acordaba del señor Chow – el hombre que hacía juguetes y vivía cerca de casa – y si yo creía que él lastimaba a su esposa o si alguna vez nos había tratado mal. Cuando preguntó si su muerte me había parecido justa, no pude responder.33
El joven protagonista al salir de su país ya había empezado a aprender a ver otros ángulos detrás de los discursos del saber y del poder. Su padre, según trasluce el texto, debió dejar la escuela y la profesión para dedicarse al duro trabajo en el puerto – por lo que se puede inferir, esta pérdida del trabajo se debió a divergencias con la dirección. Pero ese padre le ha transmitido una experiencia: el relato transmite una sinceridad de alguien que no solamente sabía lo que pasaba y lo aclaraba ante su hijo sino que también fue consecuente en su actitud. Más adelante, otra enseñanza dejada por su padre, cuando se siente solo al desembarcar en Buenos Aires: “una vez papá me dijo que el miedo era sólo ignorancia y me hubiese gustado saberlo en aquella habitación, pero tardé más de diez años en comprenderlo”34. ¿No será esta la experiencia de boca en boca que transmite una sabiduría profunda vinculada a la vida, que no se comprende de un día al otro, que necesita de la memoria que grabó aquellas palabras dichas con amor y que un día las puede comprender cuando las circunstancias lo ponen ante un hecho que le permiten captar la plena significación de lo dicho?

Más adelante, otro personaje que compartió su viaje en el barco, pudo contar historias de guerra. Saato era un hombre taciturno, áspero, se hacía el borracho, para que no lo molestasen con charlas porque le gustaba estar solo. Pero una vez que le ganaron el afecto, él pudo contar sus historias, los chicos le pudieron contar su desconcierto frente a la súbita rendición de Japón cuando las noticias que les transmitía el director de la escuela eran que “siempre estábamos a punto de ganar la guerra y de hacer que los americanos se arrodillaran ante el emperador”35 y reciben, como respuesta del viejo Saato: “mientras que tu querido director estaba en su casa, cientos de alumnos eran enviados al frente”.

Algo que era recurrente en la actitud de los personajes era el silencio, pero un silencio integrado a la comunicación. Cuando su amigo Kei, estaba enojado él había decidido no dirigirle la palabra. Kitaro sabe cual es el motivo de su enojo y del consecuente silencio. En otra situación es el amigo que le pregunta: ¿En qué piensas?” y el protagonista comenta que ahora era él quien no quería hablar. En varias oportunidades aparecen diálogos de este estilo en que alguno hace preguntas que no son respondidas, que quedan flotando en el espacio. Pero el que espera la respuesta no necesita insistir con la palabra, el otro siente que hay un enojo, entiende la situación y ese silencio o no respuesta significa, está integrado en la comunicación.

Otra situación muy risueña que está relacionada con el dominio de la expresión, la capacidad de no demostrar ni dolor ni bronca: cuando, con el mismo amigo estaban disgustados porque les gustaba la misma chica, empiezan un juego de golpearse pero ninguno daba muestra del dolor. Al llegar a la tintorería tenían los brazos llenos de moretones y lo único que dijo el amigo fue “- Aprendimos bastante, ¿no?” y Kitaro sabía que él había querido decir otra cosa.36

Los tíos de Kei son quienes ofrecen albergue a Kitaro. Durante su estadía en esa casa aprenderá japonés y el oficio de tintorero. Arakaki, así se llamaba este hombre, era de pocas palabras, de un silencio que incomodaba.

Otro tipo de silencio lo podemos ver en Julieta, hija de Arakaki: un día, Kitaro le pide que lo acompañe a buscar un regalo para una chica de quien el está enamorado. Ellos salieron con la excusa de que iban a pasear, porque el motivo debía mantenerse en secreto. Caminaron mucho y en un momento él la ve arrastrar el paso y se da cuenta de que estaba cansada. Kitaro la invita a sentarse diciendo que era a él que le dolían las piernas. Y fue cuando ella le dijo “qué lindo atardecer”, y eso fue lo primero que dijo en horas.37

Contrastado a este silencio, tenemos a Claudia, hermana de Julieta, que cada día le preguntaba qué había aprendido en el día. El narrador observa que todos los días le hacía la misma pregunta. Aquella ya había incorporado cierto código de comunicación más occidental. El que maneja mejor los silencios que las palabras no podía captar que la misma pregunta formulada cada día significaba, además de lo que denotan las palabras, un gesto de cariño, un interés por el otro y por las actividades que hace el otro. Para Kitaro, esas palabras aún significaban meramente lo denotativo.

El protagonista se recibe de doctor. También para los japoneses se hace realidad el sueño de ascenso social a través de la universidad, lo mismo que deseaban para sus hijos los padres japoneses en Buscadores en mis últimas vidas. En Flores de un solo día, los profesionales son los varones, Fernando, el yerno de Hanako es médico y su hermano es gerente en una compañía internacional.



Conclusión

En esta etapa del trabajo, pude hacer una primera aproximación a los personajes issei, a los inmigrantes que son los que realizaron la travesía. Debo aún volver a leer los textos y exponer mis hipótesis con otros lectores para contrastar apreciaciones, de manera que, en una relectura de los textos estas hipótesis podrían ser modificadas.

Sin embargo, en el desarrollo logrado hasta aquí los tres enfoques observados muestran mundos particulares. El texto que mayor dificultad me presentó fue Flores de un solo dia, pero justamente fue donde encontré un rico material para percibir ciertas particularidades del arte japonés que irrumpe en lo cotidiano escindiendo la continuidad temporal. La concentración espiritual exigida rompe la experiencia de lo histórico temporal, y al perder este contacto queda un vacío alrededor, un no crecimiento del personaje. La estructura del sentir de Williams explicita el necesario intercambio entre el sujeto histórico desde su presente y desde su lugar de enunciación y el mundo social con estructuras establecidas. Este movimiento no está presente en Hanako que queda encerrada en el silencioso recinto de su casa repitiendo una y otra vez la ceremonia de su arte, pero negándose al mundo de la experiencia y negando el contacto con el mundo social. El arte reemplaza a la experiencia, en el caso de Hanako, pero esto implica una escisión, una ruptura, que explicaría la mudez y enfermedad del personaje.

En Gaijin la novela es plena, la voz paterna que dejó grabado en su memoria una sabiduría fluye por el texto. La voz narrativa, a medida que avanzan los hechos, presenta esos límites de la identidad que se van delineando. A medida que ingresa en un mundo de locuacidad y de palabras, aparecen varias menciones sobre silencios, algunos duros, otros que comunican, pero que tienen que ver con lo japonés.

Otros aspectos que seguiría analizando son: las miradas - como es sabido, para un japonés mirar a los ojos puede ser un gesto de falta de respeto; también quiero dedicar, en un próximo paso, al estudio sobre la representación del nissei38, para ver la evolución de esa generación de japoneses argentinos que toman mate y comen asado. Tampoco dejaré de observar la mirada sobre el gaijin, sobre el argentino.

El paso siguiente será la incorporación de textos argentinos, entre ellos: “El incivil maestro de ceremonias Kotsuké no Suké” en Historia universal de la infamia de Jorge Luis Borges, “La causa justa” en Novelas y cuentos de Osvaldo Lamborghini, “El rizo” por Hugo Correa Luna publicado en Cuentos argentinos, “El chino del Dock Sur” por Héctor Blomberg publicado en La novela semanal.

Una hipótesis preliminar con la que inicio este trabajo es que en Argentina hay una aceptación de lo japonés y que en el encuentro no hubo rechazos mutuos. Que, además del interés por textos de autores japoneses, hay interés también por esta literatura híbrida, que es argentina con sabor a Japón. Que la imagen formada de Japón que tienen los argentinos es idealizada, los valores que encuentran en él son: la honestidad, el amor al trabajo, el respeto. Pero también, en el arte, la idea de un refinamiento.

En el intercambio que puede haber entre un argentino y un japonés podría darse un idilio entre dos categorías que plantea Todorov en Nosotros y los otros – Reflexión sobre la diversidad humana”: del argentino hacia el nuevo inmigrante la categoría de exota: aquel que “siente todo el sabor de lo diverso”39. Si bien Todorov define esta categoría para el viajero que sale hacia otro país, en este caso, yo lo estoy invirtiendo, para tomarlo como la aceptación de ese otro que viene de afuera, cuyas cualidades aprecia y admira. Mi hipótesis es que esa aceptación y admiración por las virtudes japonesas (sin negar expresiones de rechazo o de discriminación habituales en los niños pero que raramente se da entre adultos) hace de la inmigración japonesa algo muy particular.

Y la cordial respuesta a este fenómeno sería la actitud japonesa de asimilar la cultura local, de “argentinizarse” y esto se vería en el empeño por aprender el castellano, en que les den a sus hijos nombres occidentales y los llamen por ese nombre, que tomen mate, que coman asado. Manteniendo la cordialidad, el respeto, el orden, la amabilidad y honestidad que de nosotros se espera.

Un idilio entre el argentino y el japonés, fenómeno poco frecuente en la historia de las migraciones.


Nota: Esta es la hipótesis inicial de lectura. Estoy abierta a recibir las críticas y opiniones que despierte mi trabajo para poder avanzar.

Autora:

Christiane Kazue Nagao


Licenciada y Profesora en Letras por la Facultad de Filosofía y Letras, U.B.A

(título en trámite)


Bibliografía



Angenot, M. Interdiscursividades. Córdoba, U.N.C., 1987
Borges, Jorge Luis. Historia universal de la infamia. Madrid, Alianza Editorial, 1998
Benjamin, Walter. Discursos interrumpidos I. Madrid, Taurus, 1982. Pág. 167
Benjamin, Walter. Para una crítica de la violencia y otros ensayos. Iluminaciones IV. Taurus Humanidades
Blomberg Héctor. El chino del Dock Sur (en: La novela semanal. Buenos Aires, Universidad Nacional de Quilmes y Página 12, 1999)
Correa Luna, Hugo, “El rizo”. (En: Cuentos argentinos – una antología. Selección y prólogo por Eduardo Hojman. Madrid, Siruela, 2004)
Eco, Umberto. Seis paseos por los bosques narrativos. Barcelona, Editorial Lumen
Federación de Asociaciones Nikkei en la Argentina - Comité de Investigación y Redacción de la Historia del Inmigrante Japonés en la Argentina. Historia del inmigrante japonés en la Argentina. Tomo I – Período de Preguerra – versión en español (F.A.N.A., 2004)
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Sugimura, Héctor Dai. Buscadores en mis últimas vidas. Buenos Aires, Almagesto, 1995
Todorov, Tzvedan. Nosotros y los otros – Reflexión sobre la diversidad humana. México, Siglo XXI Editores
Williams, Raymond. Marxismo y literatura. Barcelona, Ediciones Península, 2000


1 Eco, Umberto. Seis paseos por los bosques narrativos. Barcelona, Editorial Lumen, 1996. Pág. 97

2 Williams, Raymond. Marxismo y literatura. Barcelona, Ediciones Península, 2000. Pág. 191

3 Cabe recordar, por ejemplo, que durante la presidencia de Marcelo Torcuato de Alvear (1922/1928) hubo una política inmigatoria desde Japón fomentado por el presidente para desarrollar la agricultura y la pesca y esto fue entendido como un gesto de simpatía hacia ese país. Además, el presidente organizó colectas de dinero para un envío de ayuda a fin de mitigar daños sufridos por el gran terremoto de Tokio en 1923. Información tomada de Federación de Asociaciones Nikkei en la Argentina. Historia del inmigrante japonés en la Argentina. Buenos Aires, F.A.N.A., 2004. Pág. 297

4 Nikkei: descendiente de japoneses nacidos fuera de Japón

5 Stuart Hall y Paul Du Gay. Questions of Cultural Identity. Londres, Sage Publications, 1996

6 Said, Edward. Orientalismo. Madrid, Editorial Libertaria, 1992. Pág. 19

7 Historia del inmigrante japonés. Op.Cit. 138

8 Idem, 84

9 Idem, 90

10 Angenot, M. Interdiscursividades. Córdoba, U.N.C., 1987. Pág. 21

11 Matayoshi, Maximiliano. Gaijin. Buenos Aires, Alfaguara, 2003. Pág. 37

12 Gaijin. Op. cit. pág. 64

13 Gaijin, Op. cit. pág. 89

14 Gaijin. Op. cit. pág. 93

15 Gaijin. Op. cit. pág. 245

16 Issei: japonés nativo

17 Kazumi Stahl, Anna. Flores de un solo día. Buenos Aires, Seix Barral, 2002. Pág, 16

18 Kazumi Stahl, Anna. Flores de un solo día. Buenos Aires, Seix Barral, 2002.

19 Flores de un solo día. Op. cit, pág 20

20 Flores de un solo día. Op. cit. pág. 92

21 Benjamin, Walter. Discursos interrumpidos I. Madrid, Taurus, 1982. Pág. 167

22 “Primera antología de los textos de Zeami” en Sato, Amalia. Japón en Tokonoma – su literatura: traducciones y lecturas. Buenos Aires, edición personal, 2001. Pág.223

23 Tokonoma: es un espacio, un nicho no mayor que 1 m x 2 m, en cuya pared del fondo pende un Kakemono

24 Kakemono: una especie de esterilla rectangular alargada que se cuelga en el Tokonoma, en cuyo centro se ubica una pintura,dibujo o poema que reflejan sutilmente la estación que trancurre o un fugaz estado de ánimo

25 Ishiy de Tsuji, Ofelia Sanae. El pensamiento japonés en Cha No Yu – Ceremonia de Té. Buenos Aires, edición personal, pp 17-18

26 “Tesis sobre la pacificación de la Tierra” por Nichiren Daishonin (en: Soka Gakkai Internacional de la Argentina. Los principales escritos de Nichiren Daishonin. Vol II. Buenos Aires, SGIAR, 1998. Pág. 33)

27 Sugimura, Héctor Dai. Buscadores en mis últimas vidas. Buenos Aires, Almagesto, 1995. Pág. 33

28 Buscadores en mis últimas vidas. Op. cit. Pág. 33

29 Buscadores en mis últimas vidas. Op. Cit. Pág. 35.

30 Matayoshi, Maximiliano. Gaijin. Buenos Aires, Alfaguara, 2003. Pág. 14

31 Gaijin. Op. Cit. pág 15

32 Benjamin, Walter. Para una crítica de la violencia y otros ensayos. Iluminaciones IV. Taurus Humanidades.

33 Gaijin. Op. cit. pág. 22-23

34 Gaijin. Op. cit. pág. 92

35 Gaijin. Op. cit. pág. 53

36 Gaijin. Op. cit. pág. 116

37 Gaijin. Op. cit. pág. 161

38 Nissei: hijos de japoneses nacidos fuera de Japón.

39 Todorov, Tzvedan. Nosotros y los otros – Reflexión sobre la diversidad humana. México, Siglo XXI Editores, pág. 373





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