René Avilés Fabila



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El amor intangible
René Avilés Fabila

Escríbeme, al menos, una carta de consuelo,

para que de esta manera me sienta

confortada y recreada con el favor divino.
Carta de Eloísa a Abelardo

I

Me arreglé con esmero, igual que en la adolescencia: cuidé detalles para verme impecable en la primera cita con la mujer prodigiosa que amaba profundamente y a la que nunca había visto. Llegué al café propuesto (era temprano y había poca gente) y seleccioné una mesa apartada que me permitía ver a los demás y ser visto desde todos los puntos. Pedí un té negro y aguardé. Diez minutos, quince, una hora, veinte minutos más. ¿Cuánto tiempo debería esperar? No lo sabía, había perdido el sentido del decoro, sentí que de todas las mesas me miraban con lástima o desdén: había sido plantado. Fátima no llegó, estaba yo desolado, con un nudo en la garganta, miraba los rostros de las mujeres solas que pasaban por allí o llegaban al café, todas eran indiferentes, ajenas.

Cuando el sitio estaba repleto de personas bulliciosas y yo había consumido tres tazas de té y mordisqueado un pastel de chocolate, dos horas después de haber llegado, decidí regresar a casa, fatigado, triste, con enorme lentitud, en espera de que Fátima me alcanzara: Perdóname, amor, el auto se descompuso o el tránsito era infernal o no daba con el lugar. Nada ni nadie interrumpió mi camino hacia el estacionamiento, el que hice muy despacio. Llegué a mi casa y fui directo a la computadora: tampoco había mensaje suyo, del mismo modo que no lo hubo al día siguiente ni nunca más. En vano escribí correos en distintos tonos, a veces lloroso, otras irritado. El silencio fue total, completo. Fátima había desaparecido luego de jugarme una broma monstruosa, despiadada, dolorosa, que tal vez yo merecía.
II

Recuerdo cómo de pequeño me emocionaba la idea de tener un sitio secreto para las cartas amorosas de una mujer enigmática y hermosa, cartas que siempre despiden un grato perfume y que poco a poco van tornándose amarillentas. Había leído libros donde ocurría tal cosa: la dama enamorada mantenía hasta el final un cofre con cartas fatigadas de ser leídas diariamente, sujetas con un delicado listón, que le hizo llegar un hombre desesperado porque ella fue obligada a casarse con otro. Como no me llegaba ninguna misiva, igual que al coronel de Gabriel García Márquez, yo mismo las redactaba, ponía palabras amables y me las enviaba. Cuando el cartero me entregaba una, saltaba de gusto y la mostraba a mi madre, quien sonreía divertida o resignada.

Las cartas, por desgracia, ya no sobresaltan ni producen regocijo, no existen, nadie las escribe o son tediosos intercambios de datos, avisos, ofrecimientos comerciales, citatorios judiciales y reclamos bancarios. Materiales escritos con atroces faltas de ortografía y una deplorable sintaxis, no importa que la computadora tenga en su memoria reglas que podrían impedir los errores elementales. Un cerebro electrónico maligno se adueñó del género epistolar y aunque sus devotos afirman que la correspondencia sentimental ha proliferado, pocos se animan a enviar apasionados correos por miedo a un hacker o a que la estúpida máquina, por puro capricho, lo mande a otra dirección electrónica o vaya directo al ciberespacio, el limbo de los internautas.

Pero si de misivas extraviadas hablamos, existen remotos antecedentes, la más bella carta de amor que escribiera Beethoven a su “amada inmortal” no la depositó en ninguna oficina postal, fue encontrada entre infinidad de papeles, luego de su muerte, confundida con el testamento, apuntes musicales y cobros. ¿Dudó el músico de la eficacia del correo o simplemente escribió una carta sin destinataria?

Asimismo hay quienes mandan epístolas al azar (como náufragos que piden socorro desde una isla desierta) con la secreta esperanza de que alguna mujer solitaria las reciba y responda con el mismo afecto y quizá idéntica necesidad de compañía, de encontrar palabras amorosas y una relación que rompa el sosiego y desate la imaginación.

Las cartas fueron parte de la magia amorosa aún dentro del historial de duros guerreros como Napoleón o políticos severos como Sebastián Lerdo de Tejada, el único presidente mexicano que no pudo casarse y mandó angustiosa correspondencia para que supieran de su tristeza y soledad en medio de una feroz guerra contra los invasores europeos. Y si ello ocurría en tiempos distantes, con mayor razón ahora que basta con hacer click para enviar una solicitud de apoyo, afecto, amor o de lástima. Sólo que la respuesta aparece en una pantalla con tipografía Arial o Times New Roman, sin la letra nerviosa y agitada de la persona que sufre, sin su firma, es decir, sin la certidumbre de que fue enviada por un ser humano que padece y quiere, odia y se angustia, tiene miedo y desdeña, pide piedad o desea manifestar su rencor. Puede llegar como producto de una broma de mal gusto o como búsqueda frívola de relaciones sexuales. Es, incluso, posible “conversar” con personas en lugares remotos, lo que se califica con un ridículo neologismo: chatear. O verse las caras y los cuerpos a través de una cámara. No parece haber pasiones, sentimientos secretos y tímidos. Domina la frivolidad. Todo ha quedado dentro de una fría computadora cuya inteligencia y perfección lógica es en el fondo aterradora y, desde luego, inhumana por más que sea creación del propio ser humano.

Las computadoras y el internet han resuelto los problemas de comunicación instantánea; han acercado a la humanidad que por ahora se globaliza en inglés como hace muchos años lo hizo en latín, bajo el imperio romano y el poderío de sus legiones. La lengua latina siguió siendo utilizada hasta muy avanzado el periodo medieval, no debemos olvidar que la célebre correspondencia entre Abelardo y Eloísa está escrita en tal idioma. Yo fui de aquellos que se apresuraron a conocer la nueva tecnología y pronto me encontré navegando en un mar de estupideces, exhibicionismo y toda clase de información digerida por seres misteriosos, anónimos, por fortuna desconocidos. De esta forma fui familiarizándome con personas a las que jamás les vi el rostro o que se molestaron conmigo por alguna nimiedad. Con el tiempo me acostumbré a mirar los mensajes que recibía: diariamente llegaban solicitándome donara un riñón a un agobiado joven de Nicaragua, contribuyera a la búsqueda de un niño extraviado en Tailandia o recibía anuncios de productos milagrosos para obtener relaciones sexuales soberbias o para que votara por tal candidato a diputado o invirtiera en Sudáfrica con altísimos rendimientos. Toda esta basura me resultaba a veces entretenida y otras, francamente detestable, pero no había forma de impedirle la entrada. La computadora convirtió al correo tradicional en un oficio perdido: nada más solitario que un cartero buscando misivas que distribuir; ningún trabajo más mal apreciado hoy en día. Si antes era esperado con ansiedad por las cartas amorosas que llevaban, hoy son recibidos con malestar porque sólo cargan publicidad de poca monta, cobros y tarjetas trasnochadas por una feliz Navidad que fue en verdad desagradable.

Sin proponérmelo fui aficionándome al internet, quizá por diversión y para distraerme: entre más solo me quedaba (el matrimonio siempre me pareció espantoso y opté por la eterna soltería, los amigos y familiares desaparecían en otras ciudades o se los engullía la muerte o, finalmente, yo perdía el interés), más me refugiaba en la computadora hasta que se hizo mi mundo. Incluso los libros y la música los localizaba en la computadora. Dejé de lado una larga época, de miles de años, en la que me eduqué o que, mejor dicho, había heredado y me hice tolerante con las computadoras. Por último, la maquinización era más mi estilo: la sociabilidad, la necesidad que tienen los humanos de vivir de modo gregario, amontonados, me parece vulgar e incolora, prosaica. Me resultaba mejor ponerme frente a una computadora y oprimir teclas sin nadie alrededor. A veces con un poco de música.

Pero la gente piensa al revés. Una mujer cercana (Elsa) un día me dijo:

--No puedo más con la soledad. Mi única compañera es mi computadora, no sólo ello, es también la forma de búsqueda amorosa. Hace poco, divorciada, con los hijos casados, me sentí abandonada y busqué amigos y pareja a través del internet. Sé que muchos solitarios buscan romper su abandono acudiendo a fiestas o bailes expresamente creados para conocer una posible compañía amorosa o al menos amistosa. Existen organizaciones religiosas que se dedican a la misma tarea “del corazón” y sólo ponen como condición ser católico. Así que fui a la computadora y busqué. Primero me preguntaron el rango de las edades. Repuse entre treinta y cuarenta años. Luego las características: moreno claro, alto, de ojos oscuros... Y en menos de diez minutos estaba yo escribiéndome con un hombre de esas precisiones.

--¿Funcionó? --interrogué.

--Sí, aunque por muy poco tiempo, fue una relación breve que resultó un fiasco, el tipo había mentido o quizá ocultado información y no es fácil saber a través de una computadora sus intenciones y sus niveles intelectuales, su cultura, a menos que le hagas un test básico. Salimos un par de veces, primero un bar, la segunda fuimos a la cama y…, pues fue un desastre en todo sentido. Debo reconocer que incluso padecí alguna repulsión y me sentí, al final, como prostituta, manchada. Imagino que otras correrán con mejor fortuna o al menos se conformarán con lo que consigan, a cierta edad no todo es posible.

Como se trataba de una mujer que había amado, quise ayudarle:

--Me parece que ir a tomar una copa o directamente a la cama, tan sólo por soledad, es riesgoso si se trata de alguien que no conoces o que medio has tratado a través de una pantalla. Podrías tener un problema grave. Además no creo que requieras ese tipo de búsqueda, sigues siendo hermosa y de cuerpo sensual. Bastaría con relacionarte más con tus amigos y compañeros, asistir a reuniones sociales familiares… Tampoco olvides que en Estados Unidos utilizan internet para difundir la prostitución y la pornografía y que entonces no tardaremos en aceptarlo como parte inequívoca de la globalización… Pero hay algo peor, querida Elsa, los bromistas y los exhibicionistas abundan en las pantallas de las computadoras, la mentira se ha entronizado: soy guapo, joven, de posición económica alta y yo muy hermosa, también joven, de buen cuerpo; pero él es un viejo gordo, repugnante y con un salario lamentable en un banco y ella es secretaria, casi enana, horrible y contrahecha. Un torpe profesor universitario dijo que se estaba formando una estética del internet, cuando sólo se usa para chantajear, salir del aburrimiento, obtener conocimientos fáciles y hacer conquistas idiotas.

Ella minimizó mis palabras, casi me dijo ridículo, apocado.

--Deberías ser más audaz y buscar una pareja, la necesitas --concluyó tajante.

Traté de decirle que no buscaba pareja, que había hecho largos planes para ser un solitario, que me gusta la soledad, no sentirme comprometido… Hijo único y sin familia numerosa, pude decirle que aunque me gustaba escuchar a ciertos maestros míos, no toleraba la escuela porque sencillamente estaba repleta de niños, que en casa me refugiaba en la lectura y en la música y que de esta forma me preparaba para el momento en que mis padres murieran: en ese mismo instante, mi vida real comenzaría y no tendría que fingir más enfermedades para encerrarme en mi recámara a dialogar conmigo mismo. Mi sociabilidad es falsa. ¿Esposa, hijos? En todo caso mujeres que supieran conservar la distancia y permitirme la privacidad requerida. Encontrarnos ocasionalmente. Por ello una señora casada era la relación adecuada, perfecta para mis necesidades y hábitos de solterón. No, no tenía sentido. Ni siquiera se me ocurrió explicarle que había pasado por un extraño trance. Para qué: ella estaba decidida y yo no quería recordar algo que me fue ignoro si doloroso, pero sí incómodo, ridículo, pues me dejó con una fatiga intelectual: por semanas no leí, no escuché música ni fui al teatro o al cine.

La historia fue sencilla, elemental; común, especificaría, en los tiempos del internet. Un día llegó un correo firmado por Claudia Villa. Era festivo y estaba escrito en el lenguaje desparpajado de las jóvenes que buscan abreviar todo para ir más de prisa, la x significaba por y la simple q era desde luego sustituto de que; había descuidos, ausencia de acentos, mayúsculas innecesarias, signos de puntuación a la inglesa, por ejemplo. Me decía que había encontrado casualmente mi correo electrónico y de inmediato se puso a escribirme. Me recordaba que estudiamos juntos la secundaria y que aquellos años habían sido maravillosos, parte de una “dulce transición de la niñez a la adolescencia”. Daba datos y nombres de compañeros “inolvidables” para probar qué cerca estuvimos en esa época. “Tal vez hasta nos besamos una vez, en una fiesta de Normita, en Narvarte”, concluyó la hipotética anécdota. Vivía con su esposo e hijos en San Diego, California y vendía productos de belleza.

Le contesté casi de inmediato: Imposible olvidarte, salimos de paseo varias veces. ¿Te acuerdas del maestro de matemáticas, al que hacíamos rabiar?, pregunté y enseguida recurrí a las escasas escenas que de esa época me quedaban. Para concluir fui cortés y le pregunté por sus padres, con quienes estuve una o dos veces y no me dejaron ningún recuerdo. No había más qué decir, en realidad pensé que fue una joven atractiva, morena, con piernas bien formadas y senos pequeños. ¿Cómo sería luego de tantos años?

En el segundo correo, Claudia me pedía que le narrara mi vida amorosa, cómo me había ido con las mujeres, si estaba o no casado, si tenía hijos. Recordaba mi largo noviazgo con Irma y me preguntaba si aún la veía y si de novios habíamos desembocado en “algo más”. Aquello era un reencuentro de reminiscencias cínicas. Respondí primero sobre Irma: Se casó, tuvo cuatro hijos, volvimos a encontrarnos y sí, de novios pasamos al amasiato. Actualmente está divorciada y a veces nos vemos para hacer el amor e intercambiar algunas nostalgias. Ahora, si lo deseas te haré un recuento pormenorizado de las mujeres que he amado. Su reacción fue inmediata y airada: No, desde luego, sólo quiero saber acerca de aquellas que realmente amaste y dejaron huella en tu vida. Ah, no fueron tantas, respondí disminuyendo el tono prosaico.

Luego hizo una confesión que me puso a pensar que intelectualmente no se había desarrollado gran cosa: Fuiste uno de mis tres grandes amores, el primero. Cuando estábamos en secundaria, a mis cuadernos les ponía tu nombre y dibujaba corazones heridos, cruzados por flechas. Usé tobilleras con tu inicial. Entonces llevaba un diario donde ponía en detalle cada plática contigo. A mis primas y amigas no dejaba de hablarles de ti. ¿No recuerdas que te hice escuchar mis canciones favoritas como “Sea of Love”, “Who’s Sorry Now?, “Young Love” y “Dreamin”? Pues todavía las escucho y pienso en ti. Me quedé esperando tu propuesta de noviazgo.

Los otros dos grandes amores fueron su marido y un amante de nombre Robert (y un apellido extraño) que parecía, según ella, un distinguido noble europeo, especialista en música (ignoro de qué tipo), que habitaba en Nueva York. La historia, repleta de detalles sexuales (algunos perversos), me produjo algún morbo y, excitado, supuse que valdría la pena seguir el juego. Le dije también yo estuve enamorado de ti, fue un error no decirte cuánto te amaba; todo se debió a la timidez de aquella época y a mi escasa experiencia. A partir de ese momento, los correos se transformaron en verdaderas cartas de amor y el amor pasó a excesos verbales que me entretenían, rompían un poco la monotonía de mi trabajo y en general de mi vida. No era la correspondencia entre Elena Garro y Adolfo Bioy Casares, pero yo, a diferencia de Claudia, me esforzaba en decir cosas más o menos agudas para mantener su interés. Ella, únicamente externaba sus emociones y experiencias buscando entablar una relación más o menos segura y confiable que la distrajera de un matrimonio tedioso y cada vez más distante. Yo, incluso, pensé con mala fe, que estaba a la caza de alguien y que en consecuencia no era el primero en recibir uno de sus correos. En menos de cuatro o cinco días habíamos hecho proyectos para volver a vernos en algún lugar intermedio. El siguiente paso fue hablarnos telefónicamente. Claudia era seductora, de voz sensual, conversaba mucho mejor de lo que escribía, elogiaba mi recuerdo y cuando le dije que había cambiado, que el cabello comenzaba a ser blanco y que las líneas de expresión se convertían en arrugas, dijo que no le importaba, que amaba a los hombres maduros y que, además (lo dijo riéndose) ella estaba en condiciones semejantes, salvo que se teñía el cabello de tono rojizo y tenía mucho cuidado con su rostro: era el escaparate para vender productos de belleza.

Un día me encontré escribiéndole frases como la siguiente: Claudia, te amo tierna y pasionalmente y así quisiera hacerte el amor. Ella respondía con palabras semejantes y pronto estuvimos en un intercambio de ridículos lamentos sexuales. Escribió: Me hubiera gustado que tú fueras mi primer hombre y mis hijos tuyos. Les di un padre vergonzoso, incapaz de mantenernos con dignidad, ya ves, tengo que trabajar… Y yo, polígamo por naturaleza, que detestaba a los niños y el concepto de familia, respondía con igual cursilería y tono convencional.

Así seguimos varias semanas, todo iba tan velozmente que no había duda, el siguiente paso tendría que ser un encuentro personal y asegurar que se llevara a cabo en el menor tiempo posible. Ella propuso Guadalajara, la ciudad era encantadora y allí nadie la conocía (como si fuera una glamorosa estrella cinematográfica); estuve de acuerdo. La esperaría en el aeropuerto, casi disfrazado por si en el avión que viajaba venía algún conocido suyo. En consecuencia, y para evitar dificultades, me haría llegar un mensaje a mi teléfono celular y yo entonces podría acercarme a ella. Está bien, repuse, pero me gustaría saber si ha cambiado mucho tu apariencia o lleva una flor en la mano, un clavel verde, ¿te parece?, dije tratando de que en efecto se entendiera la ironía o broma gastada.

Pero lo más curioso de la situación es que el siguiente correo suyo donde me especificaba detalles de su llegada, cómo iría vestida y la pasión que esperaba ambos desplegáramos en la cama, tenía marcada copia para una mujer (Marlén) que supuse su amiga. De inmediato le escribí en el mismo correo haciéndole notar el error. Pareció desconcertada. Para darle seguridad le dije que en esos casos lo mejor era la naturalidad. Luego de un silencio razonable, contestó diciendo que no importaba, que la persona era clienta suya y que tampoco su vida “era ejemplar”. Finalmente, sabe que mi relación matrimonial es pésima. Todo está arreglado, escribió triunfal, hablé con Marlén y pasa por una situación semejante en cuanto a su marido. Sin embargo, su siguiente correo volvía a marcar copia a aquella mujer. No entiendo, me explicó, lo grave es que como dos veces te contesté en tus propios mensajes y no los borré, ella sabe de ti más de lo que debiera. Claudia optó por cambiar de correo electrónico. Me dijo: Éste es exclusivamente nuestro. Dio por muerto el conflicto o equívoco y jamás volvió a referirse a él.

Un día antes del encuentro, me pidió que “chateáramos”, que tenía preguntas qué hacerme que ameritaban respuesta inmediata y no pensada. Aquello no era de mi gusto, recordé un filme reciente, Closer, en inglés, Llevados por el deseo en castellano. En ella, un Jude Law convencional y no exento de algunas dosis de patetismo, iniciaba una broma de mal gusto a través del chat, con resultados costosos. Pero la complací y muy tarde (como a las doce de la noche, supongo que cuando su marido e hijos dormían) iniciamos un diálogo que pronto se tornó erótico, rayano en lo obsceno, nos pedimos descripciones íntimas y detalles de cómo nos gusta hacer el sexo. Cuando concluyó, y antes de decirme te amo, te perdí una vez, no volverá a ocurrir, escribió: Me vine, tuve un orgasmo maravilloso, y se despidió. No me atreví a decirle que lo mismo me había ocurrido a mí, durante la plática. Claudia no era tan común como la supuse recordando la adolescencia.

Fui a Guadalajara a esperarla. Llegaba en un vuelo a las dos de la tarde y, tal como yo le había pedido, se quedaría conmigo tres días.

Reservé en un hotel Holliday céntrico y la esperé en el aeropuerto, oculto en una tienda cercana a la salida de pasajeros, con un ramo de rosas, y el celular listo para recibir su llamada. El avión venía con retraso, le puse un mensaje: ¿Sigues en el cielo? Su respuesta tardó en llegar unos veinte minutos: Sigo en el cielo porque ya estoy a cinco minutos de ti, en cuanto pase la aduana. Vengo de negro.

Cuando comenzaron a salir, no fui capaz de distinguirla entre un buen número de mujeres vestidas con tonos oscuros. Una, al fin, miraba hacia todos lados, buscando. Era ella, no cabía la menor duda. Realmente así la recordaba, salvo que ahora estaba maquillada con distinción, como si fuera modelo o actriz.

Fuimos al hotel en automóvil alquilado. El tránsito era espantoso y dio tiempo a que nos ajustáramos, encontráramos el tono y los temas, nos miráramos primero de reojo y nerviosos y más adelante con algún descaro, revisándonos, comparándonos con los adolescentes que fuimos. Ya en el lobby, habíamos suprimido los muchos años de no vernos y platicábamos con naturalidad. Aún no sabía qué hacer: comer y beber vino para consolidarnos como nueva pareja o de plano ir directo a la habitación. Opté por lo segundo y fue acertado como pude comprobarlo más adelante en sus correos. Dejamos el equipaje en el suelo, donde lo depositó el mozo y nos besamos. Fue un largo encuentro sexual, ambos, evidentemente, carecíamos de una relación así de emotiva, de novedosa. A eso de las ocho de la noche le pregunté si quería salir a recorrer la ciudad y buscar un lugar donde cenar.

--No, tomemos una copa en el bar del hotel, allí mismo comemos algo, lo que sea, y volvemos a subir a la habitación.

Aquélla era una sugerencia más adecuada y la cumplimos.

Personalmente era la niña que recordaba: tímida, poco hablaba a diferencia del torrente de palabras que me escribía. Permitía atrevimientos sexuales, pero en ningún caso tomaba la iniciativa, salvo una mañana que desperté un poco antes y fui a meterme a la tina de agua caliente. En pocos minutos, Claudia estaba conmigo, desnuda.

--¿Te molesta que esté contigo, abrazándote?

Negué con movimientos de cabeza, ella se acomodó, se cubrió con las burbujas de las sales de baño y buscó mi sexo para acariciarlo primero con suavidad, largo rato, para enseguida hacerlo rápida y furiosamente mientras me besaba y mordía los labios. Para ambos fue un momento de gran erotismo y terminamos en medio de ruidosos gemidos.

--¿Cómo permitimos que pasara tanto tiempo sin vernos, por qué? --concluyó preguntando al vacío del baño.

Al cumplir el tercer día, antes de desayunar, me dijo con un tono entre imperativo y de ruego:

--¿Por qué no quedarnos un día más? Después de todo, es nuestra luna de miel. Vamos a Tlaquepaque, me gustaría ver algo folklórico, típico de Jalisco.

--¿Y tú familia?

--Le mandé un mensaje diciéndole que la empresa de cosméticos que me invitó, extendía el curso.

Así lo hicimos puntualmente. Seleccionamos un restaurante como la mayoría en esa zona, ruidoso, lleno de infernal música de mariachi y muchos turistas norteamericanos. Cerca de la entrada estaba un grupo de escritores, reconocí en el centro al poeta Rubén Bonifaz Nuño, lo rodeaban Carlos Montemayor, Bernardo Ruiz, René Avilés Fabila y Marco Antonio Campos. Se lo comenté a Claudia; respondió sin mirarlos con un Mmm, sí…, lo que significaba que o no sabía quiénes eran o no le importaban. A causa del lugar, cambié de bebida y en lugar de whisky ordené tequila, ella siguió con el vino rosado. Bebía poco y a sorbos cautelosos. Sí. En todos los casos pidió vino rosado.

Conversamos de viajes y de cine y nos vimos adaptados a algunos filmes amorosos norteamericanos. Mirándome fijamente me dijo que hacía mucho que su esposo no le hacía el amor, ni siquiera dormimos juntos. Es normal, pensé, mientras ella contaba su historia con un aire de tristeza y yo sentí mi deber confortarla, aunque era evidente que estaba justificando su relación amorosa conmigo, la infidelidad.

--Si no duerme contigo, es un idiota --dije intentando ser solidario.

Seguí con ese tono:

--Claudia, eres hermosa y tu cuerpo es maravilloso, una mujer sensible en extremo, haces el amor apasionadamente, y si es así, tu marido no vale la pena.

Lo dije con sinceridad, con la misma honestidad que esa noche le diría, en el momento del orgasmo, te amo. Claudia enrojeció y se le humedecieron los ojos. Ello me emocionó y pensé que aquél, en los mismos términos, podría ser un amasiato definitivo.

En la tarde-noche regresamos al hotel, deseosos de hacer el amor. Sería nuestra última relación erótica antes de volver a encontrarnos. Dormimos poco y nos esforzamos en el sexo. Ella lo explicó así:

--Es por todos los años que nos debíamos.

¿De qué hablamos esos cuatro días? No puedo precisarlo o ya lo dije: películas, viajes; supongo que de generalidades, ella de sus hijos, yo de mi trabajo, de algunos amigos de la infancia y sin duda de nosotros. Hicimos proyectos para no separarnos nunca y reunirnos siempre en ciudades diferentes. Antes de despedirnos en el aeropuerto, donde también me pidió que la dejara a cierta distancia del registro (hay que tomar precauciones, se disculpó), dijo una frase que me pareció extraña:

--Recuerda: para ti soy un libro abierto.

No la entendí, pero fue la que provocó una ruptura total y vulgar, poco más adelante, dando al traste con cuatro días de amor y proyectos.

Ya en mi casa, un día después, Claudia envió un correo. No estaba escrito en su manera habitual, las palabras estaban completas y trataba de que fuera un español más claro, limpio. Era breve y lleno de fuerza amorosa. Recordaba las relaciones sexuales y los “momentos soberbios, repletos de lujuria,” que juntos pasamos. De nuevo me decía (qué absurdo) que era un libro abierto. Terminaba anticipando es momento de planear nuestro nuevo encuentro, no puedo vivir sin ti… No me explicó cómo te perdí en la adolescencia. Eres mi gran amor pasión. Te necesito siempre dentro de mí.

Mi respuesta fue inexplicable, idiota en realidad. Si jamás había sido celoso, si en realidad no me importaban sus amores pasados, no entiendo por qué escribí un correo fatídico donde le preguntaba, partiendo de la idea del libro abierto, quiénes aparte de mí habían sido sus grandes amantes. El texto estaba mal redactado, era obvio que si yo era uno, el marido había sido el otro, falta en consecuencia, el tercero, el tal Robert, del que ya tenía algunos datos. ¿Quién fue, Claudia, háblame de él?, ahora resumo.

Claudia contestó en un largo correo. Primero hablaba de los engaños de su esposo, sus infidelidades y enseguida la historia de amor cinematográfico: el extranjero que la había cautivado con finos modales, su belleza y elegancia, su mundo y dinero. Lo que ya sabía. Las palabras fluían y el relato se hacía una fascinante historia romántica. El tipo la conoció en San Diego y la deslumbró. Primero vengarse del marido, luego el enamoramiento. Quedaron de verse uno o dos meses después, para no perderse del todo, en esos días él le telefoneó casi diario. Cuando regresó a California ambos habían decidido vivir juntos y así lo hicieron durante un año, en Nueva York. De vez en vez, ella intercalaba comentarios que me producían celos porque eran innecesarios dentro de su vocabulario más bien parco en cuestiones sexuales: Nos envolvíamos en sexo oral, me penetraba por atrás, me desnudaba con violencia desgarrándome la ropa, me hacía el amor en los lugares más insólitos, mientras manejaba el coche me hacía masturbarlo... Pero hay algo que debo advertirte, dijo como conclusión: No me gusta recordar a Robert, pediste sinceridad y te la di, no volvamos a tocar el tema, por favor.

No respondí a la detallada relación de Claudia. Al cuarto día la computadora me dijo que tenía un mensaje urgente: Claudia me insultaba acusándome de infantil: ¿Cuántos años tienes? ¿Menos de veinte, verdad? Madura, cómo es posible que te molestes con mi historia; tú que has vivido peores o mejores, tan intensas como la mía…

Mi silencio había desatado su rabia y comenzaba a mostrarse tal cual era y como yo no podía imaginarla ni la intuía. Entendí la expresión hecha un basilisco. Era un caso de doble personalidad y no sabía si considerarlo asombroso o patético Retrocedí asustado: No, Claudia, mi silencio se debe a un accidente automovilístico: choqué y me disloqué un brazo, el derecho, fue algo muy doloroso y estuve bajo medicamentos que me adormecieron.

La reacción violenta se detuvo. Perdona, debiste decírmelo inmediatamente, perdóname. Pero me molestó tu silencio. Sólo te pido que no vuelvas a preguntar por Robert, ya lo olvidé, está muerto, no insistas.

En ese momento me sentí obligado a decirle con alguna cortesía, y acobardado ante su tono enérgico, brutal, que únicamente había querido saber qué lugar ocupaba mi presencia en su vida. De tus tres grandes amores, debo ser sin lugar a dudas el tercero. Primero Robert, ninguna mujer sigue a un hombre dejando dos hijos y un marido aunque sea infiel. En segundo lugar, tu esposo, con él tuviste hijos, yo al final, quien fue un recuerdo en tu vida hasta que mi nombre y mi correo electrónico aparecieron en tu pantalla…

Esta vez la reacción fue instantánea y rabiosa, en su grafía habitual. Comenzaba directamente: el asunto estaba marcado como “Estoy muuuuyyyy molesta, ENCABRONADA!!!!” y era el preludio de una serie de ofensas, la menos grave era “imbécil, te dije que no volvieras a mencionar a Robert, te lo prohibí. Cómo es posible que te entrometas en mi vida pasada, no tienes ningún derecho…” Iba más lejos: “PARA Q NO HAYA PROBLEMAS, TE PAGARE EL DINERO Q GASTASTE EN EL VIAJE Y EL BOLETO DE AVION, P-E-N-D-E-J-O. NO QUIERO DEBERTE UN CENTAVO.” El libro se había cerrado con violencia o con locura.

Yo había provocado la respuesta, no obstante, me ofendí mucho. Su tono majadero y persistente, mostraba a una Claudia distinta, de hada a bruja. Decidí no contestar y con toda calma, luego de valorarla, de pensar que perdía una atractiva mujer, borré el archivo que tenía todos sus correos y asimismo quité sus datos de mi agenda. Volví a mi vida rutinaria. No fue suficiente. Dos semanas después llegó un correo suyo donde me explicaba (de nuevo la Claudia de la adolescencia, la mujer dulce que estuvo conmigo en Guadalajara) que me amaba, que era mía y no podía dejar de pensar en mí. No soy así, te lo juro, insistía. Ignoro qué me pasó, no debiste provocarme. ¡Robert está muerto, entiende, muerto, se suicidó, se suicidó! Se mató poco después de que yo regresé con mi esposo y mis hijos.

La carta me conmovió y le respondí diciéndole que dejáramos pasar algún tiempo o que de nuevo arregláramos las cosas para un encuentro. Tengo que ir a Los Ángeles en dos meses, si quieres nos encontramos allí. Las ofensas pesaban y no quería nada inmediato. Es verdad, la culpa era mía, actué con estupidez, pero no merecía su contestación grosera. Mis correos se habían espaciado, cada tanto volvían a mí insultos como imbécil, idiota, pendejo, términos inaceptables, pudo haber dicho todo sin recurrir a las ofensas personales. Cuando recibía alguno suyo, yo tecleaba algunas frases de cortesía, no era más el lenguaje pasional de un hombre enamorado, más bien de una persona dolida o quizá sorprendida.

Siguió escribiendo, pidiendo “una segunda oportunidad para nuestro amor”, insistía de muchas formas en que ella no era así, no sabía qué demonios le ocurrió. PERDÓNAME, te lo ruego.

Dos correos pueden servir como ejemplo del intercambio de pugnas en esos días finales:

El mío:


Claudia querida: realmente me ha sido imposible escribirte, no sé qué decir ante tus agresiones. Si te es posible, espera mi llamada a las 13 horas del DF. De mi parte, espero que la situación se normalice, aunque tengo la impresión de que se acabó no el amor sino la magia. Tampoco quiero perderte. El carácter fuerte y las decisiones drásticas debieron darse en otros casos, ante los engaños de tu esposo, por ejemplo, no conmigo que te amo con pureza y sinceridad.

El de ella:

Ya te dije q me PERDONES!!!!!, pero me hirió tu silencio… Lo único q te puedo decir es q somos un par de TONTOS. Tú eres mi presente y punto. Te amo. Lo que viví en Guadalajara fue maravilloso, te quiero, q no ves q te necesitoooooo mucho!!!!!!, q me sentí desesperada al ver q no me escribías. Q quisiera estar ahorita contigo, a tu lado, besarte y acariciarte y decirte q te amo, q me duele q estés molesto por mi historia, quiero escuchar tu voz, lamento vivir tan lejos. Quiero verte. Es nuestro primer pleito de enamorados, estamos muy sensibles. eres mi presente, es lo q me importa, cuídate mucho para verte pronto. Cierra tus ojos y abrázame fuerte, lo necesito. CLAUDIA.

Uno más decía: Te amo!!!!!! No lo olvides: fuiste el primer hombre al q amé… Q te importa q haya estado en la cama con otros antes q contigo. X favor, reacciona. SE OTRA VEZ MÍO!!!!!!! Yo soy tuya y de nadie más.

Era inútil tratar de conservar el amor con tan sólo mensajes. Intenté decirle que le diéramos al problema algún tiempo, que pasaran dos meses y volviéramos a encontrarnos en Guadalajara. Cometí el error de hacer un añadido al correo, una posdata: Veo una contradicción entre la Claudia real y la virtual, la segunda era suave, dulce, cariñosa y al tiempo pasional en el amor, mientras que la primera con facilidad se irrita, ofende. Devolvió el correo con nuevos insultos y con una total falta de argumentación.

Yo: Claudia: ¿por qué no darnos un tiempo razonable para que el malestar pase?

Ella: NO ACEPTO TUS INSULTOS. No quiero saber de ti, idiota. Y YO Q PENSABA DIVORCIARME POR TI, FUI UNA PENDEJA EN CONSERVARTE EN MI MEMORIA, MAS EN BUSCARTE… No sabes tratar a una mujer, eres posesivo. Eres un IMBECIL!!!!

Opté por enviarle uno con el siguiente texto, puntual: Claudia, es mi último correo, lamento el fracaso amoroso, en ambos es uno más. ¿Has pensado ver a un psiquiatra?

Nunca fue mi intención ofenderla, fui tonto al pensar que una pequeña dosis de celos podría estimular más todavía nuestra relación. En todo caso, pudo haberme enviado una misiva como la que dice Joachim Fernau que Safo le escribió a Arceo: “¿Estabas embriagado cuando te atreviste a escribirme esta carta? No sólo estoy enfadada, como supones, sino trémula de ira.” Pues en efecto, aquella estúpida pregunta la mandé ebrio.

El caso es que de pronto me encontré de nuevo solo y ello me agradó. No más majaderías y estupideces, tendría que alejarme de las molestias que me había dejado la pugna con Claudia. A pesar de todo, los momentos de Guadalajara fueron memorables, inolvidables, me acompañarían el resto de mi vida o al menos eso supuse.

Antes de que acabara de sepultar aquella experiencia inaudita, ya estaba otro nombre femenino en mi pantalla: Marlén. El nombre poco común, de inmediato me hizo pensar en la amiga o clienta de Claudia. Era simple y directo: He sabido de usted por mi querida amiga Claudia, me gustaría conocerlo. Me dijo cómo era, que tienen amistad desde niños, que es un hombre soltero, sincero y apasionado, solitario, discreto y “un tanto extraño”, por el que vale la pena amar y arriesgar. Creo ser guapa. No soy un peligro o una amenaza, al contrario, estoy a punto de divorciarme y no tengo hijos. Por asuntos personales, estaré en México dentro de uno o dos meses. No soy una carga para ningún hombre, tengo una muy desahogada posición económica y me califico como una mujer sensata que busca un poco de afecto, algo de amor quizá. ¿Quiere usted que nos veamos?




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