Relaciones prematrimoniales 2



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RELACIONES PREMATRIMONIALES:

¿MENTIRA O FORNICACION?

La segunda línea de preguntas tiene un carácter aclaratorio. Varios de ustedes preguntan qué quiso decir exactamente con aquello de que la relación sexual matrimonial prematrimonial es más bien una mentira, es decir, un pecado contra el octavo mandamiento que una fornicación.


Agradezco esta posibilidad de precisar mejor lo que se quiso decir. La relación sexual prematrimonial es un pecado contra el sexto mandamiento, es una fornicación y si una de las dos partes está casada, es también un pecado contra el novedoso mandamiento. Lo único que yo quise decir es que , si alguna persona no percibe lo que la relación sexual prematrimonial tiene de pecado en cuanto fornicación o en cuanto adulterio, debería al menos percibirlo en lo que tiene de mentira, de falacia, de falta al octavo mandamiento. Lo digo porque hay personas que son muy poco sensibles a las motivaciones estrictamente religiosas. Hay personas a las que si yo les digo: “no aborte”, ¿por qué? Porque está prohibido en el quinto mandamiento de la Ley de Dios, responden: pero ese mandamiento lo obliga a Ud. , pero yo soy católica, no soy cristiana. Entonces, a esa persona yo no le digo que no aborte porque es una infracción al quinto mandamiento, a esa persona le digo : no aborte porque el aborto es la peor forma de terrorismo, el aborto es un terrorismo intrauterino. El aborto es ejecutar fríamente a una víctima inocente e indefensa; eso es terrorismo. No hay ninguna definición de terrorismo que responda mejor a ello que el aborto. Entonces , esa persona me entiende, me entiende sin que yo apele a motivaciones estrictamente religiosas. Y eso fue lo que quise explicar respeto a las relaciones prematrimoniales.
Hay muchas personas que simplemente infieren: “si está prohibido por Dios y por la Iglesia, me abstengo”. Pero hay otras que quieren saber razones intrínsecas, basadas en el mismo orden natural. Para ese tipo de personas yo propongo esta consideración de la psicología de los gestos humanos. Si un gesto humano dice algo que no existe o incluso, que no puede existir, ese gesto humano es portador de una mentira. Si un gesto humano dice: “somos una sola cosa, nos hemos hecho una sola carne y un solo espíritu para siempre”, y quienes lo dicen no son una sola cosa o no pueden ser al menos todavía una sola cosa, ese gesto ha sido objetivamente falaz, ha sido una mentira. Eso es todo lo que quise decir. Ahora algunos me preguntan y después, esos esposos enseñen a sus hijos a conducir siempre sus relaciones de amor en el marco de la moral y de la sana psicología.
¿SE PUEDE EDUCAR EL INSTINTO SEXUAL?
Luego vienen las preguntas de tipo estratégico. Se pregunta , por ejemplo, qué hace , sobre todo un varón que siente el grito de la naturaleza, si no está “pololeando” o peor todavía, si está pololeando. ¿Se puede aplicar, se puede sublimar el apetito sexual, el impulso a una realización genital del amor, cuando no están dadas las condiciones para un matrimonio? Este es un problema eminentemente de pedagogía religiosa. Es decir, es una pregunta muy difícil de contestar si mi interlocutor no cree en la pedagogía y no cree en la fuerza sanante de la gracia. Si una persona cree en la pedagogía, tiene que creer que este instinto, como todos los demás instintos, puede educarse. Y no crean que éste es el más vehemente de todos los instintos, hay otros que son mucho más reclamadores, mucho más fanáticos que el impulso sexual, por ejemplo, la tendencia a la envidia –la envidia es una de las cosas más quemantes que hay en el mundo- y qué decir de la soberbia! Son todavía más terribles porque son pasiones radicadas más en el espíritu que en el cuerpo, por eso son más peligrosas. Recuerden que el pecado original no fue un pecado contra el sexto mandamiento ni contra el noveno; fue un pecado de orgullo. De manera que es posible, educarse. Si hasta los atletas profanos saben educar el instinto en visita de un premio tan poca cosa, ahora una copa y antes una corona de laureles. ¡Cómo no va a ser posible, cómo no vamos a creer en la capacidad del hombre de educarse. ¡Claro que sí! Pero educarse significa siempre disciplina, significa ser metódico, significa tener convicciones profundas, significa ser capaz de sacrificar. Si a esta convicción pedagógica unimos una convicción religiosa y una vida sacramental seria, no les quepa ninguna duda, Dios a nadie le pide imposibles.
Que nadie me venga a salir con que es esclavo de su instinto. Si alguien ya ha contraído un vicio, una costumbre muy difícil de desarraigar, ya es otra cosa, ahí tendremos que encarar el problema con otros metros tanto pedagógicos como morales; es muy difícil desarraigar el vicio de fumar, es muy difícil desarraigar el vicio, más bien la enfermedad, del alcoholismo; hay ciertos tipos de drogadicción que sólo son curables por un tratamiento estrictamente médico y también hay ciertas maneras de sexo-adicción , de una adicción al sexo, a la expresión del sexo, que llegan a constituir una verdadera compulsión física. Pero yo quiero creer que ninguno de los consultantes o participantes aquí se encuentra en una situación tan caótica o tan desesperada.
Se vive una situación en que todo parece empujar a la realización genital del instinto. Los medios de comunicación social no nos ayudan para nada en esta materia. Se vive una pornografía ambiental, y a veces quienes tendrían la misión de ilustrarnos no nos dan criterios claros, se muestran más bien complacientes, dejan hacer, le restan importancia al problema. De acuerdo, todo eso es en contra. Pero, insisto, es mi convicción y es mi experiencia como pastor de almas que una persona que hace cuanto esté de su parte, que se encomienda a estos cinco ángeles custodios del amor: la eucaristía, junto con la devoción a la Santísima Virgen María; la humildad que implica confesar la propia indigencia y confiarse en las manos de Dios; la mortificación, una mortificación metódica de una persona responsable, madura, que sabe que no puede ser complaciente con todo lo que el cuerpo le pida; la alegría como actitud permanente; y el trabajo creador, en que mis energías se subliman al servicio de una buena causa; digo, la persona que se encomienda al cuidad de estos cinco ángeles custodios del amor hermoso, nunca tendrá problemas insubsanables en su vida moral sexual. Eso se lo garantizo con certeza moral: “al que hace lo que esté de su parte, dice el Concilio de Trento, Dios nunca le niega su gracia”.
A nadie le prometo, ni en ésta ni en otras materias, victorias espectaculares. Encontrarse o reencontrarse con una recta concepción del amor, y no sólo del amor humano, sino que también del amor divino, es un proceso largo y doloroso. Tienen que producirse muchos combates, muchos encuentros y desencuentros. Incluso la misma virtud de la humildad se va fortificando, cuando alguno de los esfuerzos resultan fallidos. Pero aquí es donde toma toda su fuerza esa frase de San Agustín: “Cuando venga el Señor, tal vez no nos encuentre victoriosos, pero nos encontrará combatientes”. Eso es lo que importa, combatir siempre, mirar siempre hacia lo alto, aspirar siempre a las cumbres, a las cumbres del amor hermoso tal como les decía al comienzo de esta conferencia. Insisto, que una persona que cree en la capacidad e educarse, una persona que recurra a las fuentes de la gracia, ciertamente, recibirá la ayuda de la gracia. Y si esa persona hace lo que esté de su parte, se le puede incluso adjudicar el beneficio de la duda cuando vuelve a recaer. Se da muchas veces el hecho de que una persona que está tratando de superar una costumbre, ya muy radicada, una persona que está tratando de superar un vicio, hace lo que está de su parte en esta materia y, sin embargo, cae. A una persona que ha hecho honestamente lo que podía hacer, con buena voluntad, la moral nos enseña que le podemos adjudicar el beneficio de la duda; una presunción a favor de que no actuó con el grado requerido de libertad para poder configurar un pecado, al menos un pecado grave. Por eso es que la lucha por conquistar la pureza debe hacerse en un clima de gran confianza y de gran serenidad. Nunca debe convertirse en un motivo de angustia. Yo les pido que tengan fe en el hombre, fe en sí mismo y sobre todo, fe en Dios. Nunca crean que el hombre es un haz de instintos, hay quienes piensan que es un as, pero con “s” y sin “h” de instintos. No crean que el hombre vive en una degradante servidumbre, humana, sexual o pansexual. No es cierto. Cíñanse a esos cinco santos ángeles custodios que les he reiterado y van a comprobar que la lucha y la victoria son mucho más fáciles de lo que uno piensa.

CONFLICTOS DURANTE EL POLOLEO Y NOVIAZGO

Las otras preguntas de estrategia se refieren a los desencuentros que se producen en el transcurso del “pololeo”.


Yo tengo, dice alguien, una determinada concepción de lo que es el “pololeo” y lo que es el “noviazgo”, pero mi pareja no lo tiene y se producen desencuentros o estancamientos. Ante esta doble situación, desencuentros o estancamientos, les insisto: tengan paciencia. Desconfíen de las cosas rápidas y espectaculares. Yo creo que el conflicto del Atlántico sur nos deja la lección de que es mucho mejor y mucho más racional una negociación inteligente y prolongada que un desenlace espectacular. Los desenlaces espectaculares reportan victorias efímeras, bullangueras, pero generan después una concatenación de inconvenientes que duran, a veces, por siglos. Sean pacientes. Nunca conduzcan sus relaciones de amor de acuerdo a sus estados de euforia o de depresión. La euforia nos hace ver el “pololo” o al novio como la viva encarnación de Robert Redford; y, en los momentos depresivos, se nos aparece como una especie de “Drácula”. El “pololo”, el novio, el marido, la polola, la novia, la esposa, no son ninguna de esas cosas; son hombres y mujeres de buena voluntad que están tratando de entenderse con nosotros, están buscando un óptimum de amor, pero que lo hacen con miles de limitaciones, con miles de factores negativos. Por eso, superemos los estados de euforia o de depresión. Busquemos con infinita paciencia. Si es necesario darse tregua; si es necesario, intentar separaciones temporales. Esto es lícito, incluso para los esposos, con cuánta mayor razón no lo será para novios o para “pololos” que viven etapas de desencuentro o de estancamiento. Hay que intentar todos esos sanos y plausibles recursos estratégicos.

Naturalmente que procediendo siempre con absoluta limpieza y evitando “duplicidades” y “sucursales”.



APATIA PROFESIONAL Y APATIA AFECTIVA

Esas eran las tres líneas de preguntas que alcancé a leer antes de sentarme ante el micrófono. Voy a ver las que me pasaron después.


Lo que logro entender es que se trata de una persona que no está en lo que le gustaría estar en materia de carrera profesional, no lo siente como su vocación y parece que ese descontento con lo que está haciendo o estudiando se transparenta también en sus relaciones afectivas en términos de una apatía. Apatía significa: “a” significa negociación y “apatía” significa pasión. Esta persona siente que no tiene pasión por su vocación profesional, por lo tanto, no tiene pasión tampoco en sus relaciones afectivas. Yo creo que la situación de este consultante se inscribe en lo que llamábamos el quinto ángel custodio, un trabajo creador. Esta persona necesita urgentemente reubicarse en su vocación profesional, necesita estudiar o realizarse en algo que, verdaderamente, actualice sus virtualidades, sus potencias, que son talentos que le hay dado Dios.
El entusiasmo que genera el hacer un trabajo creador, el sentirse socialmente útil, revierte en un entusiasmo, también por entablar relaciones de amor. Parece que lo que tiene que hacer esta persona es una reubicación vocacional que va a traer consigo reubicación afectiva.

VIRGINIDAD VARONIL Y VIRGINIDAD FEMENINA

Se pregunta si los “límites” son diferentes para el hombre en relación con la mujer. Yo encuentro que cuando dos países tienen límites, los límites tienen que ser los mismos para los dos lados.


Saben, queridos jóvenes, tengamos alguna vez la valentía, me atrevo a decir la osadía, de proclamar abiertamente, digan lo que digan, y rían los que se rían, que también en esa materia los derechos y las obligaciones del varón son exactamente los mismos derechos y obligaciones de la mujer. Tengamos alguna vez, la valentía y la osadía, o la santa locura de decirlo: esa actitud complaciente, semisonriente de discreta complicidad que la sociedad incluidas las mamás, parecen tener con los hijos varones. El sentido de permitirles y hasta facilitarles discretamente ciertos aprendizajes, ciertas iniciaciones en materia sexual que les estarían absolutamente vedadas a sus niñas. Me parece una actitud que revela una duplicidad, francamente hipócrita e incomprensible, basada en supuestos biológicos insostenibles. Yo no sé quién ha descubierto y quién ha afirmado que la biología o la psicología del varón lo obliga a ser incontinente, lo obliga a ser polígamo. Y por qué, en cambio, la naturaleza misma de la mujer está toda hecha de reserva, de modestia, de discreción y de virginidad. No podemos aceptar ese doble padrón. Es biológicamente falso y es moralmente inaceptable. Tengamos la valentía de hablar también de una virginidad varonil. La Iglesia Católica está fundada sobre un Cristo virgen, sobre una María virgen, sobre un José virgen. José no es un anciano decrépito, José es un varón buenmozo, es un hombre varonil, es un hombre joven, un hombre que quería sincera y entrañablemente a María como esposa suya. Y este hombre fue capaz de amarla virginalmente; y atención, que la virginidad en Israel era considerada un estigma lo peor que le podía pasar a una niña era morir virgen. ¡Imagínense la virginidad en los varones era también sinónimo de esterilidad! Y este varón admirable, el jefe y cabeza de la Sagrada Familia, sigue siendo para nosotros el modelo de una virginidad varonil.
Hace poco, después de hablar una vez sobre San José en la televisión, recibí una carta que me gustaría haberla traído. Un muchacho que se individualiza, nombre, apellido, profesión, edad 21 años, tengo una polola, la quiero entrañablemente, estoy realmente feliz, dice, y lo que quiero participarle, padre, es , no sé si llamarlo una inquietud o qué, pero fíjese, que yo tengo 21 años, soy perfectamente normal, me siento perfectamente realizado y yo nunca he tenido relaciones sexuales, no porque no haya podido, sino porque no he querido; porque responde a una profunda convicción mía, religioso-moral, y siento que en mi ambiente me miran como alguien raro, como un espécimen extinto o en vías de extinción y quiero que Ud. Realmente me diga si soy realmente ese bicho raro o estoy en lo cierto.
Bueno, yo creo que la imagen de San José es una veta inagotable que nos señala claramente que hay una posibilidad, una realidad, un ideal; por lo tanto, los ideales son realidades posibles, un ideal de virginidad también varonil. La Iglesia cree en el celibato virginal, la Iglesia, en un mundo de endemoniado pansexualismo, sigue creyendo que un varón y una mujer, abiertos a la fe y llenos de un gran amor, son perfectamente capaces y, créanmelo, con relativa facilidad, de conducir su vida de amor y sus expresiones de afecto en el marco de la ley moral, de la ley del amor. Por eso no acepto este doble padrón y creo que en lugar de seguir con las sonrisitas complacientes y las complicidades más o menos discretas, debiéramos ponernos de lleno a elaborar una pedagogía y una ética de revalorización de amor virginal.
Amar virginalmente, para siempre, en quienes son llamados al celibato y durante el prematrimonio, en aquellos que esperan el matrimonio para fundirse en una sola carne, amar virginalmente es una condición indispensable para la ecología moral del universo.
Vamos a vivir, ya lo estamos viviendo en Europa y en Estados Unidos, una nueva realidad. Si ustedes supieran lo chocante que es llegar a un aeropuerto, el aeropuerto de Frankfurt, por ejemplo, y encontrar que, después de los primeros controles de aduana o en los grandes supermercados, lo primero que uno encuentra son cines pornos. Para que los pasajeros se entretengan un ratito, mientras esperan de un avión a otro cine porno. Qué chocante es bajar a los baños de un aeropuerto o en una estación de servicio, donde en los mismos baños, junto a los urinarios, hay unas máquinas tragamonedas que permiten comprar ahí anticonceptivos, condones, pastillas o imágenes eróticas, afrodisíacos, por ejemplo. Es tan chocante ver cuando zarpa un contingente armado británico, que la manera de expresarle la simpatía, es que la esposa de uno de ellos se exhiba desnudo y que todo el mundo les regala, a los soldados, cassettes o videos pornográficos, para que los niños se entretengan durante el largo viaje. Son solamente vestigios de los que está pasando y de lo que va a pasar. Va a ser tan endemoniado este pansexualismo que después, el mundo va a reclamar a gritos una atmósfera virginal.
El futuro del celibato está plenamente asegurado desde ese punto de vista, por una simple ley ecológica: es tanto el abuso que se va a hacer de la sexualidad, que el mundo como un sistema de autodefensa, va a exigir personas que vivan un contrapolo del pansexualismo, personas que sean capaces de conservar su amor virginal. Desde ese punto de vista no les quepa la duda del futuro: al celibato le espera un futuro brillante. A corto y largo plazo, en la medida que esto continúe, el mundo va a reclamar, cada día más, testigos de una amor que venga del cielo; personas que permitan sacar la cabeza por encima del fango nauseabundo, que permitan avizorar que hay otra manera de vivir, que hay otra manera de amar, otra manera de sentir al hombre a la mujer y a la vida, que no sea la del fango. Desde ese punto de vista, repito, la virginidad me parece un ideal absolutamente vigente, contemporáneo y, yo diría, portador de futuro. Y en ese sentido, también, los movimientos apostólicos, que educan una generación capaz de amar hermosamente, le están prestando a su nación y al mundo una contribución inapreciable.

DIVERGENCIAS EN AL MANERA DE CONCEBIR EL AMOR

Esto era a propósito de si había límites distintos. Otra pregunta de las que se han planteado es la diversidad de padrones, la diversidad de conceptos que tiene la pareja frente al ideal del amor. Esto se da también a nivel de los matrimonios. Se me dice por ejemplo. Padre, yo quiero ser fiel a la encíclica Humanae Vitae, pero mi marido no quiere saber nada con la encíclica. En el “pololeo” también puede pasar lo mismo: yo tengo un padrón, un ideal muy concreto de lo que debe ser la relación de “pololos”, la relación de novios, pero mi pareja no lo tiene. ¿Qué debe hacer?


Aquí volvemos siempre a lo mismo. Creamos en la posibilidad de educar. Creamos en la posibilidad de crecer. Y, advirtiendo que la mujer siempre tiene más influencia educativa que el varón –según mi parecer, creo que el parecer de la Biblia, de la historia de la Salvación y una larga experiencia humana, es la mujer la que determina decisivamente la calidad y la dirección del amor. Cuando la mujer posee criterios claros y sólidos, cuando la mujer delinea con toda la deseada claridad los marcos en los que se va a desenvolver la relación, va a ocurrir una de dos cosas: o bien el varón recibe la influencia positiva, este aire de pureza que le viene de la mujer, y comienza, si todavía conserva un resto de nobleza, comienza a adecuar su concepto del amor al que le llega de su “polola”, y entonces habremos asistido a un crecimiento fecundo; o bien a la inversa, el pololo va a sentir que, simplemente, no tiene nada que esperar en lo que él quería alcanzar de esta relación. Cuando se ha llegado aquí ya o queda más que una alternativa: o el “pololo” fuerza una relación que su niña no quiere, lo cual es una situación muy violenta, o simplemente el “pololo” emprende la retirada. Si así lo hace, es doloroso, porque la niña lo sigue queriendo, pero será la expresión de que aquí había una divergencia en puntos esenciales. Antes se pensaba que las divergencias esenciales eran las divergencias religiosas: yo soy católica, mi marido es judío o protestante; después se pensó que eran las divergencias sociales: yo soy acomodada, mi “pololo“ es muy pobre. Pero, también hay que tener en cuenta que hay una divergencia en la manera misma de concebir el amor. Si el varón considera que el amor otorga derechos –y ya sabemos qué derechos se refiere: derechos a obtener pruebas concretas de amor, y ya sabemos a qué pruebas concretas de amor se refiere- la mujer tiene que decirle que ella no acepta ser tratada como sandía. Por lo demás, ya está entrando en obsolescencia la antigua costumbre de vender las sandías caladas. Además, hay que tener en cuenta un hecho objetivo: los chilenos deseamos tener pronto una casa, comprar una casa y no hallamos la hora de finiquitar un contrato de compraventa de una casa. Toda persona que ha participado en una operación así, o que haya estudiado Derecho sabe que el contrato de compraventa de la casa no se perfecciona con el solo hecho de ponerse de acuerdo, ni con sólo firmar la escritura. No hay contrato de compraventa mientras el acta no haya sido inscrita en el conservador de bienes raíces. Fíjense cómo defiende la sociedad jurídicamente organizada, la institución que se llama la casa, porque piensa que hay un interés social en el bien inmueble. Yo digo, ese interés que ponemos en defender la casa, hasta el punto de jamás entregarla sin que se haya inscrito en el conservador de bienes raíces, ¿no podríamos y no deberíamos, con mayor razón ponerlo cuando se trata de entregar algo que es más que una casa, que es el templo vivo de Dios? Mi cuerpo es la casa de Dios, ni siquiera es mi casa, es de Dios, y yo no puedo entregarla a alguien que no sea su legítimo dueño. Sólo Dios, a través de su ley, a través de la ley que nos ha dado en el mandamiento divino y en las leyes de la Iglesia, es el legítimo ocupante de este espacio privadísimo y santísimo que es mi cuerpo, tabernáculo del Espíritu Divino.
Por eso, si hay en esto alguna divergencia esencial, y si el varón no se abre al influjo educativo de la mujer, parecería que lo más razonable es suspender temporal o totalmente, la relación. Porque esa divergencia, en este punto concreto, es nada más que el trasunto de otras divergencias de igual o mayor entidad, que se van a manifestar en concepciones de la vida totalmente irreconciliables. Por eso, resumiendo, primero hay que jugarse por buscar y tratar de influenciar educativamente al “pololo”. Si eso no se logra, creo que es mejor rendirse a lo inevitable y aceptar que no estaban hechos el uno para el otro.

EL PROBLEMA DE LA MASTURBACION
Se pregunta ¿cuál es la posición de la Iglesia frente a la masturbación?
Hay una declaración de ética sexual que publicó el Vaticano, la Sagrada Congregación para Doctrina de la Fe, en noviembre de 1975, que se refiere específicamente a este punto.
La declaración, por cierto, toma en su globalidad el estado actual de la controversia en materia sexual, recuerda que hay muchos pedagogos y maestros que no están enseñando la recta doctrina, que hay como una gran resistencia a aceptar que existe una ley natural y una ley divina que rigen objetivamente la vida sexual; y, luego, la declaración se refiere concretamente a dos o tres puntos de máxima controversia: uno es el de las relaciones prematrimoniales, otro es el de la homosexualidad y el tercero es el de la masturbación.
En los dos primeros se reitera la doctrina tradicional que hay había sido suficientemente explicada y se dice, naturalmente, que hay que juzgar con prudencia el grado de culpabilidad de las personas. Y en el punto concreto de la masturbación, la declaración recoge la afirmación de algunos científicos y de algunos estadísticos, que dicen que la masturbación no constituye un problema moral puesto que simplemente se inscribe en una línea evolutiva normal, y que, por lo tanto, estaría ajena a toda connotación de pecado moral o virtud. La declaración recoge esta afirmación de los científicos y de los estadísticos y luego dice: No, esto es absolutamente inaceptable. Es inaceptable, primero, a la luz divina, donde la masturbación, si no con esa palabra al menos con otras semejantes, aparece claramente condenada como uno de los pecados contra el cuerpo, en este caso contra el Cuerpo de Cristo, y porque además, en filosofía, en consideración meramente natural, la masturbación objetivamente contradice las dos dimensiones o finalidades propias de toda actuación sexual. Toda actuación sexual tiene una dimensión unitiva y una dimensión generativa. En toda relación sexual o en toda actuación completa de la genitalidad, se pone en movimiento todo un sistema glandular, hormonal, y también psicológico que mira fundamentalmente en esa doble dimensión: unirse a otra persona y, como producto de esa unión, poner las condiciones para generar una nueva vida. A la luz de esta consideración, resulta claro que la masturbación porque no produce comunión alguna, ya que el hombre revierte sobre sí mismo, y porque no produce vida alguna, por falta de un receptáculo del germen de la vida, contradice flagrantemente las dimensiones de la sexualidad y, desde ese punto de vista, es un mal, un desorden. Sin embargo, añade la declaración, hay que ser cautos en juzgar la culpabilidad subjetiva de cada persona. El pastor, el educador, el confesor tiene que tener en cuenta la historia de la vida del penitente, del adolescente, saber cuáles son los problemas de fondo, las raíces por las cuales la masturbación suele no ser más que una expresión o una coartada y, sobre todo, no aplastar con una censura negativa a un joven que está haciendo honestamente esfuerzos por superar esta situación. La experiencia muestra que cuando un joven o una joven que adolece de este problema recibe una orientación sólida, clara, basada en el recurso a los sacramentos, en una sana disciplina corporal, en un trabajo creativo, especialmente en una atmósfera de alegría, el problema se supera rápidamente y no deja huella alguna.







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