Referencias aportadas en los intercambios generados a partir de la propuesta. Los textos o sus fragmentos están más abajo


Juan Carlos Perone – COPSI – 28/4/2011



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Juan Carlos Perone – COPSI – 28/4/2011

(Lo que figura entre corchetes, subrayado o en negritas es mío)

LA NOCION DE REALIDAD EN FREUD

Para continuar explorando la noción de realidad en la obra freudiana, voy a hacer mención a cuatro artículos que forman parte de la misma, que se corresponden de a pares a épocas bien distintas, pero que creo que guardan entre sí y respecto al problema que nos ocupa un hilo en común que justifica se los considere en conjunto. Me refiero a “Las neuropsicosis de defensa”, texto este que Freud termina de escribir en enero de 1894.

El otro artículo, que retoma el anteriormente mencionado, lleva por título “Nuevas puntualizaciones sobre las neuropsicosis de defensa”, y vió la luz en marzo de 1896.

Veintiocho años más tarde -después de los trabajos metapsicológicos, del llamado viraje de 1920, ligado a lo desarrollado en “Más allá del principio del placer”, ya habiendo publicado “El yo y el ello”, en el cual toma forma la segunda tópica- Freud da a conocer dos textos, uno a finales de 1923 y el otro a mediados de 1924: “Neurosis y psicosis” y “La pérdida de realidad en la neurosis y la psicosis” respectivamente.

También quiero retomar un aspecto del intercambio que suscitó el excelente trabajo que presentó Oscar y precisar un poco más, creo que hace a la cuestión, mi manera de entender la triple perspectiva que adopta Freud en “Moisés y la religión monoteísta” sobre la verdad histórica.

En el primero de los trabajos que cité –me refiero al de 1894, “Las neuropsicosis de defensa”- Freud, luego de ocuparse de describir las tres formas de histeria que allí tipifica, las obsesiones y fobias, y las diversas operaciones psíquicas que les están asociadas, introduciendo para esto una serie de nociones promisorias que con pocas modificaciones perdurarán en lo que resta de su obra, pasa, en el punto III del texto, a considerar el modo de estructuración de otra formación psíquica y desarrolla algunas ideas que creo conviene seguir más de cerca.

Dice Freud: “en los casos considerados hasta ahora –neuróticos- la defensa frente a la representación inconciliable (Unvertraglich) acontecía mediante el divorcio entre ella y su afecto. Pero la representación, si bien debilitada y aislada, permanecía dentro de la conciencia” [hay que tener en cuenta que todavía Freud no ha producido el concepto de sistema Icc. Producido este, “debilitada y aislada” querrá decir reprimida].

Ahora bien, sigue Freud, existe una modalidad defensiva mucho más enérgica y exitosa, que consiste en que el yo desestima (verwerfen) la representación insoportable (Unertraglich) [antes había dicho Unvertraglich, inconciliable], junto con su afecto [Vemos que de “inconciliable” se pasó a “insoportable”, el psiquismo no la puede portar] y se comporta como si la representación nunca hubiera comparecido [nunca se hubiera presentado]. Sólo que en el momento en que se ha conseguido esto, la persona se encuentra en una psicosis que no admite otra clasificación que confusión alucinatoria”.

Para ilustrar lo explicitado cuenta la siguiente viñeta: “Una joven ha regalado a cierto hombre una primera inclinación impulsiva, y cree firmemente [con plena convicción digamos] ser correspondida. Está, de hecho, en un error; el joven tiene otro motivo para frecuentar la casa familiar. Los desengaños no tardan en llegar [sin embargo se las arregla para conservar su creencia]. Por fin, con la máxima tensión, lo espera para un día prefijado, el día de un festejo familiar. [….] Pasados ya todos los trenes en que podía haber llegado, ella se vuelca de pronto a una confusión alucinatoria. El ha llegado, oye su voz en el jardín, se apresura a bajar, con su vestido de noche, para recibirlo. Desde entonces, y por dos meses, vive un dichoso ensueño, cuyo contenido es: él está ahí, anda en derredor de ella, todo está como antes de los desengaños, de los que laboriosamente se defendía. […..]

[…..] el contenido de una psicosis alucinatoria como esta consiste justamente en realzar [ realizar, podríamos decir nosotros, lo que sólo fue mera creencia?] aquella representación que estuvo amenazada por la ocasión [real o del orden de la realidad] a raíz de la cual sobrevino la enfermedad. Así, es lícito decir que el yo se ha defendido de la representación insoportable mediante el refugio en la psicosis”.

Freud dirá que en este caso está en juego una predisposición patológica de grado más alto que acaso se la pueda circunscribir de la siguiente manera:

“El yo se arranca de la representación insoportable [El no corresponde para nada su amor] pero esta se entrama, de manera inseparable, con un fragmento de la realidad objetiva” [ No ha venido a pedir su mano]. “Esta última es a mi juicio, dirá Freud, la condición bajo la cual se imparte a las representaciones propias una vividez alucinatoria, y de esta suerte, tras una defensa exitosamente lograda, la persona cae en confusión alucinatoria”.

En el segundo artículo –“Nuevas puntualizaciones a las neuropsicosis de defensa”- de 1896, Freud profundiza el análisis de la naturaleza y los mecanismos intervinientes en la producción de la histeria y la neurosis obsesiva, en particular la idea de que lo traumático es la reanimación inconsciente del recuerdo del trauma infantil y la consideración de la especificidad de la operación defensiva, en cada caso, como el elemento decisivo para la caracterización del proceso psíquico en las neurosis mencionadas.

En el apartado III presenta el caso de una mujer de 32 años aquejada de paranoia crónica. Luego de describir una serie de síntomas que se fueron dando a conocer en el trabajo de análisis Freud agrega: “También la paciente, que vivía en una pequeña localidad, no se trataba con nadie y se creía despreciada por los vecinos”. Ahora bien, dice Freud seguidamente, “esta desconfianza hacia sus vecinos tenía un fundamento real: al comienzo se vio constreñida a conformarse con una vivienda muy pequeña que compartía con su marido, la pared de cuyo dormitorio, a la cual estaba arrimada la cama matrimonial, era contigua a una habitación de la casa vecina. En los comienzos de su vida conyugal esto despertó en ella […..] una gran aversión sexual. Estaba siempre temerosa de que los vecinos pudieran oir palabras y ruidos a través de la pared medianera y esta vergüenza se mudó en un sentimiento de enojo hacia los vecinos (proyección mediante)”. Esto a su vez pudo ser reconducido a escenas de desnudez compartida con su hermano varón, reiteradas durante algunos años de su infancia.

Si vamos ahora al artículo titulado “Neurosis y psicosis” escrito a finales de 1923 y publicado a comienzos de 1924, encontramos al yo, en posición intermedia, entre el mundo exterior y el ello, intentando acatar simultáneamente la voluntad de todos sus amos.

Freud va a plantear que hay un distinto proceso psíquico de génesis entre neurosis y psicosis. La neurosis es el resultado de un conflicto entre el yo y su ello, en tanto que la psicosis es el desenlace análogo de una similar perturbación en los vínculos entre el yo y el mundo exterior.

El su de “su ello” parece hacerle lugar a lo teorizado en “El yo y el ello” donde Freud enraiza al yo en el ello del cual procedería por diferenciación, que estaría comandada por esa más neta exterioridad que constituyen las exigencias del mundo exterior o su traducción al interior del aparato.

Como seguidamente dirá que neurosis y psicosis son generadas por los conflictos del yo con las distintas instancias que lo gobiernan, podemos inferir que incluye como una instancia al mundo exterior.

Las neurosis de transferencia se generan porque el yo no quiere acoger ni dar trámite motor a una moción pulsional pujante en el ello, o le impugna el objeto que tiene por meta. El yo se defiende de tal moción mediante represión.

Pero en la neurosis lo reprimido, cursando por otros caminos, que quedan fuera de la influencia del yo, consigue una subrogación sustitutiva, que impone al yo, por la vía del compromiso, el síntoma. Este intruso (el síntoma) amenaza y menoscaba la unicidad del yo. Proseguirá, entonces, la lucha defensiva con el síntoma, tal como antes se había defendido de la moción pulsional originaria, dando de este modo lugar al cuadro de la neurosis. Se puede decir que el yo, al emprender la represión, obedece a su superyó, que tiene su origen en las influencias del mundo exterior real, que encontró subrogación en el superyó. Las demandas de estos poderes se muestran más fuertes en el yo que las exigencias pulsionales del ello. Es el yo el que ejecuta la represión de ese fragmento del ello y la asegura a través de la contrainvestidura de la resistencia. Por lo tanto el yo entró en conflicto con el ello al servicio del superyó y de la realidad: esto vale para toda neurosis de transferencia.

Distinguiendo de estas a la psicosis , Freud vuelve a considerar a la amentia de Meynert (confusión alucinatoria aguda), que nuevamente aparece como modelo de la reacción psicótica, en la cual el mundo exterior no es percibido de ningún modo, o bien su percepción carece de toda eficacia.

Normalmente, dirá, el mundo exterior gobierna al ello por dos caminos: por las percepciones actuales, de las que siempre se pueden obtener otras nuevas. También por el tesoro mnémico de percepciones anteriores que forman un patrimonio componente del yo. En la amentia se rehusa admitir nuevas percepciones. También se resta valor psíquico (investidura) al mundo interior que subrogaba al mundo exterior como su representación.

De tal forma que el yo se crea soberanamente un nuevo mundo exterior e interior.

Este nuevo mundo se edifica en el sentido de las mociones del ello, y el motivo de esta ruptura con el mundo exterior fue un grave rehusamiento de un deseo por parte de la realidad, una frustración (Versagung) que pareció insoportable.

Habría un estrecho parentesco entre esta psicosis y el sueño normal. Dado que la condición del soñar es el estado del dormir que presupone el pleno extrañamiento entre percepción y mundo exterior.

[La comparación con el sueño permite pensar que la función de la percepción que opera como el registro de los real, es puesta al servicio de la marcha regrediente del aparato que se orienta hacia el polo alucinatorio, a contrario de la marcha progrediente que se regula por el principio de realidad].

En la Esquizofrenia tenemos una apatía afectiva con pérdida de toda participación en el mundo exterior. El delirio se presenta como parche colocado en el lugar donde originariamente se produjo una desgarradura en el vínculo del yo con el mundo exterior.

Freud dirá que la etiología común para el estallido de neurosis y psicosis es la frustración, el no cumplimiento de un deseo de la infancia. La frustración siempre es, en último fundamento, una frustración exterior [Un rehusamiento por parte del mundo exterior]. En el caso individual puede partir de aquella instancia dentro del superyó que ha asumido la subrogación del reclamo de la realidad.

El efecto patógeno depende de lo que haga el yo cuando está tomado por el conflicto: si permanece fiel a su vasallaje hacia el MUNDO EXTERIOR y procura sujetar al ello, o si es avasallado por el ello y se deja arrancar de la realidad.

Todo esto, sin embargo, se complica, apuntará Freud, porque el superyó reune en sí influjos del mundo exterior y del ello. Por otra parte hay afecciones en cuya base se encuentra el conflicto entre yo y superyó. Cuyo ejemplo paradigmático sería la melancolía.

Por último tenemos el artículo “La perdida de la realidad en la neurosis y la psicosis” (1924)

Freud mencionará [refiriéndose al artículo que comenté anteriormente] que hace poco indicó que: en la neurosis el yo, en vasallaje a la realidad, sofoca un fragmento del ello (de la vida pulsional). En la psicosis, el yo, al servicio del ello, se retira de un fragmento de la realidad (realitat: contenido objetivo). Lo decisivo para la neurosis, entonces: la hiperpotencia del influjo objetivo (Real influsses). Para la psicosis la hiperpotencia del ello.

Sin embargo, agregará Freud, cada neurosis perturba de algún modo el nexo del neurótico con la realidad. Es también un modo de retirarse de esta. En un primer momento el yo emprende la represión de una moción pulsional. Esta no es todavía la neurosis misma. La neurosis asienta en el segundo momento, es decir la reacción contra el fracaso de la represión, el retorno de lo reprimido y la formación de síntoma.

De este segundo paso depende la perturbación en el nexo con la realidad.

Y que es esa perturbación en el nexo con la realidad? Lo que ocurre es que acontece una perdida de realidad que atañe al fragmento de ésta a causa de cuya demanda o exigencia se produjo la represión.

Para ejemplificar recurre al caso –presente en su propia clínica- de la muchacha enamorada de su cuñado, que frente al lecho de muerte de su hermana fue conmovida por la siguiente idea: “Ahora el queda libre y puede casarse contigo”.

[Es interesante que diga “contigo”, como si la idea fuera de un tercero y no de ella misma, dado que en ese caso debiera decir “conmigo”. Así que la idea irrumpe pero ya ahí está operando la defensa, al menos parcialmente, y nos permite decir, creo, siguiendo en esto también a Freud, que ahí la muerte de la hermana produjo un levantamiento parcial de lo reprimido sin que se produzca su aceptación. En ese lugar no puede decir yo. En “Estudios sobre la histeria”, donde se ocupa extensamente de este caso, dice que se produjo el surgimiento de un “pensamiento otro”]

La escena se olvidó en el acto, y se inició el proceso de regresión que llevó a los dolores histéricos.

La neurosis desvaloriza , dice Freud, la alteración objetiva [ la realidad se volvió otra de lo que era] reprimiendo [o manteniendo en la represión?] la exigencia pulsional en cuestión (amor por el cuñado). [La escena olvidada, represión mediante, es toda la situación: ella frente a su hermana muerta y visitada por el pensamiento mencionado. La alteración objetiva es la muerte de la hermana, y el cambio en el estatuto civil del cuñado que lo habilita para volver a casarse. Desvalorizar la alteración objetiva quiere decir que queda despojada del sentido que podría tener para ella esa alteración en relación al reprimido amor por el cuñado].

Se puede decir que en ese pensamiento que sobreviene a la paciente frente al cadáver de su hermana convergen dos niveles de realidad irreductibles entre sí. Ese pensamiento refiere a una consecuencia real de la realidad de la muerte de su hermana. Pero al mismo tiempo ese pensamiento constituye un retoño del inconsciente reprimido y como tal alude a la singularidad de la realidad psíquica ahí en juego. Dicho de otro modo, es un representante del mundo y de la realidad psíquica. Dos dimensiones de la exterioridad respecto al yo.

Ahí mismo Freud dirá que la reacción psicótica habría sido desmentir el hecho de la muerte de la hermana.

Por lo tanto habría que diferenciar entre la actitud neurótica que da acogimiento al hecho pero elude sacar las consecuencias que se derivan del mismo y que se articulan con el deseo Icc. Y la actitud psicótica que intenta anular el acontecimiento como si la muerte misma no hubiera ocurrido. Dos maneras bien diferentes de lidiar con la realidad. La neurosis limitaba al ello a expensas del vínculo con lo real. La psicosis en su segundo paso quiere compensar la pérdida de realidad, pero no a expensas de una limitación del ello; lo hace creando una realidad nueva, que ya no ofrece el mismo motivo de escándalo que la abandonada.

En la neurosis se evita (huida) un fragmento de la realidad. En la psicosis se lo reconstruye. Es decir, a la huida inicial sigue una fase activa de reconstrucción.

En la neurosis, la obediencia inicial es seguida por el posterior intento de huida. En la psicosis el remodelamiento de la realidad tiene lugar en los sedimentos psíquicos de los vínculos con ella (huellas anémicas). Es decir las representaciones y los juicios que se habían obtenido de ella hasta ese momento y por los cuales era subrogada en el interior de la vida anímica.

En la psicosis el fragmento de realidad rechazado se va imponiendo cada vez más a la vida anímica, como en la neurosis la moción reprimida. [Esto quiere decir que no hay desmentido que anule efectivamente la realidad (la hermana seguirá muerta) aún cuando el sujeto se comporte como si el acontecimiento no hubiera ocurrido y esa será su manera extrema de defenderse de la radical afectación que su efectiva ocurrencia tiene para su economía psíquica].

“La neurosis se conforma con evitar el fragmento de realidad correspondiente y protegerse del encuentro con él. Pero se las arregla para sustituirlo por uno acorde a deseo a través del mundo de la fantasía, ámbito segregado del mundo exterior real por la instauración del principio de realidad, y que de ese modo quedó liberado, a la manera de una reserva, de los reclamos de la necesidad de la vida. [Si fue segregado es porque originariamente lo que después se llamará mundo exterior real y mundo de fantasía estaban entremezclados y ocupaban el mismo locus] De este mundo de fantasía toma la neurosis el material para sus neoformaciones de deseo, y comúnmente lo halla, por el camino de la regresión [marcha regrediente del aparato], en una prehistoria real más satisfactoria”.

“El mundo de la fantasía también constituye en la psicosis la cámara del tesoro donde se recoge el material o el modelo para edificar la nueva realidad. Pero el nuevo mundo exterior fantástico de la psicosis quiere reemplazar a la realidad exterior. El de la neurosis gusta apuntalarse-como el juego de los niños- en un fragmento de la realidad –diverso de aquel del cual fue preciso defenderse- al que le presta un significado particular y un sentido secreto, que, de manera no siempre del todo acertada, llamamos simbólico”

Así, para ambas –neurosis y psicosis-, no sólo cuenta el problema de la pérdida de realidad, sino el de un sustituto de realidad.

Si atendemos lo anterior vemos que tenemos tres dimensiones o tres términos en juego: la realidad psíquica (deseo Icc), el mundo fantasmático y la realidad llamada por Freud realidad material. Concluyendo, provisionalmente, se puede decir que, para Freud la realidad siempre se hace presente de alguna manera. Claro está que a los fines de nuestra práctica clínica nos importan todas esas presencias de la realidad en su intervención respecto al funcionamiento del aparato psíquico, lo que significa atender a la singularidad de la realidad psíquica y a la constitución fantasmática que se articula en la misma.

Incluyo algunas consideraciones sobre la triple perspectiva sobre lo histórico desarrollada por Freud en “Moisés y la religión monoteísta”:

En la edición de Amorrortu encontramos que Etcheverry traduce GESCHICHTE por acontecer histórico; es la historia real y objetiva. Creo que quiere decir que ese acontecer histórico es lo que efectivamente ocurrió, independientemente de la voluntad, de la representación y de la valoración que, los hombres involucrados en ese proceso, hicieron del mismo.

A HISTORIE lo traduce por historia conjetural, la historia reconstruida llenando las lagunas de nuestras noticias mediante razonamientos analógicos fundados en la experiencia. Me parece que esta historia conjetural puede aludir a distintas vertientes del relato histórico. La llamada historiografía y su investigación metódica basada en lo que considera como documentos, También la historia oral que suele privilegiar la recolección de relatos de esta índole pero los somete a un trabajo de recomposición, interrelación y comparación, para finalmente armar su propia versión histórica sobre esa base. La tradición oral que puede ir pasando de generación en generación, con todas las alteraciones y dislocaciones que esto suele implicar, en función de las constricciones socioculturales que operan diferencialmente para cada posición social y en cada época.. Podríamos suponer que hay otras modalidades que pueden quedar subsumidas en las noción de Historie o historia conjetural.



HISTORISCH: sería lo histórico vivencial, la historia como ocurrió para los hombres en cada caso.

Implica diferenciar la historia como nexo causal objetivo de la historia vivída. Es el acontecer histórico tal como este fue recepcionado, interpretado, representado, padecido, por quienes fueron contemporáneos de ese proceso y por ende estuvieron implicados, más o menos directamente, de diversas maneras en el mismo.

En el “Moisés……” la reconstrucción que Freud se propone intenta sacar a luz el núcleo de verdad histórico-vivencial (HISTORISH) que habría tras las sagas que refieren a la figura del héroe y su relación con el pueblo judío.

El equivalente en el plano individual “sería pesquisar tras la novela familiar del neurótico las situaciones de rivalidad y desengaño efectivamente vividas por el niño y que se trasponen desfiguradamente en el sueño y en el cuento tradicional constituyendo la llamada novela familiar”.

Cito dos fragmentos del texto donde, entre otros, creo que se puede apuntalar la perspectiva que suscribo:

En la pág. 32 refiriéndose al relato bíblico sobre Moisés y el éxodo lo califica como una pieza de ficción en la cual ha sido refundida una tradición remota al servicio de ciertas tendencias. Dice que desconocemos la letra originaria de esa tradición y que sería bueno colegir las tendencias desfiguradotas pero la ignorancia de los procesos históricos vividos (HISTORISCH) nos deja a oscuras. Infiero que quiere decir que aquellas personas o grupos que operaron las sucesivas desfiguraciones estaban condicionados en el ejercicio de las mismas por su inmersión vivencial en el proceso histórico y desde esa localización obraron tendenciosamente.

Más adelante, en la pág. 37, refiriéndose a las diversas estirpes que confluyeron para formar el pueblo judío, plantea que la mayor diferencia en el seno de ese agrupamiento es entre quienes hubieron vivenciado o no la estadía en Egipto. “Visto así la nación procedía de la reunión entre dos elementos y en consonancia con ese hecho se sitúa su separación, tras un breve período de unidad política, en dos fragmentos: el reino de Israel y el de Judea”. Y agrega: “el acontecer histórico (GESCHICHTE) ama tales restauraciones en que se deshacen fusiones tardías y anteriores divorcios salen de nuevo a la luz. […..] la posterior separación no puede haber dejado de entramarse con la soldadura anterior”.

Por último, me parece muy interesante considerar la posición que Freud asume respecto a lo verosímil, noción sobre la que intercambiamos en una reunión anterior.

Dice: “ninguna verosimilitud por seductora que sea resguarda del error. Aunque todas las partes de un problema parezcan ordenarse como las piezas de un rompecabezas, debiera tenerse en cuenta que lo verosímil no necesariamente es lo verdadero y la verdad no siempre es verosímil.

No habría que regodearse en el juego de la propia agudeza sin importar cuán ajena a la realidad efectiva puede ser nuestra tesis”



Bibliografía

S. Freud, “Estudios sobre la Histeria (Breuer y Freud), cap. 2 , Obras Completas, V. II,

Amorrortu Editores.

S. Freud, “Las neuropsicosis de defensa”, O. C., V III, Amorrortu Editores.

S. Freud, “Nuevas puntualizaciones sobre las neuropsicosis de defensa”, O. C., V III,

Amorrortu Editores.

S. Freud, “Neurosis y Psicosis”, O. C., V XIX, Amorrortu Editores.

S. Freud, “La pérdida de la realidad en la neurosis y la psicosis”, O. C., V XIX, Amorrortu Editores.

S. Freud, “Moisés y la religión monoteísta”, O. C., V XXIII, Amorrortu Editores

20.- "Realidad. Rastreo de la noción en la obra de Freud."

por Magdalena Echegaray

 

 Realidad



Rastreo de la noción en la obra de Freud.

Magdalena Echegaray.

Revisitar la obra freudiana esta vez con la intención de cercar la noción de realidad es un verdadero desafío si pretendemos poner a trabajar esta noción problemática que, aunque se pretenda fijarla, siempre es escurridiza. Es más, intentar fijarla sería un error por que su riqueza radica en su problematicidad.

 

Voy a ir cercando la noción en sus múltiples acepciones y juegos de oposición en algunos textos que operan de mojones en el interior de la obra. Las diversas formas que va tomando la noción se pueden poner en relación a las distintas concepciones del concepto de Yo del cual es solidaria.



Freud plantea en distintos lugares una génesis de la relación del sujeto con el mundo exterior, así como una génesis del acceso a la realidad.

Tan sólo para recordar: en los albores del psicoanálisis cuando Freud descubre el inconciente, los hechos verdaderamente ocurridos estaban en la raíz etiológica del conflicto y la enfermedad neurótica. La realidad exterior al sujeto en su dimensión traumática vinculada a la seducción del adulto era productora del conflicto y de la neurosis. Cuando Freud descree "de su neurótica" y la seducción real es reemplazada por las fantasías se produce un viraje en su pensamiento al nivel de la teoría por que en los historiales seguirá buscando los hechos acaecidos con pasión detectivesca.

Entonces una primera oposición: fantasía/realidad. Esta oposición se complejiza al pretender indicar el origen de la materialidad de las fantasías: la realidad del otro adulto y su sexualidad o la herencia filogenética.

En la carta 69(1897), dice: "en lo inconciente no existe un signo de realidad de suerte que no se puede distinguir la verdad de la ficción investida de afecto"1. En 1911 desarrolla la misma tesis: "El carácter más extraño de los procesos inconcientes (reprimidos),…(es que en ellos) el examen de realidad no rige para nada, sino que la realidad del pensar es equiparada a la realidad efectiva exterior, y el deseo, a su cumplimiento, al acontecimiento, tal como se deriva sin más del imperio del viejo principio del placer"2. Aquí Freud asimila realidad y verdad. En el inconsciente no hay signo de realidad ni de irrealidad, los diversos modos de representar quedan situados en el mimo plano. El examen y el signo de realidad y el principio de realidad deben ser buscados del lado de un yo que funcione inhibiendo.

En el "Proyecto de una psicología" en 1895 dice: "Nuestra conciencia nos da lo que llamamos cualidades que son algo otro (anders sind) dentro de una gran diversidad, y cuya alteridad (Anders) es distinguida según nexos con el mundo exterior. En esta alteridad existen series, semejanzas, etc.; cantidades, no las hay aquí en verdad." Las cualidades dice, no se generan en el mundo exterior dónde "sólo existen masas en movimiento, y nada más".3

Algunas cuestiones a partir de este párrafo:

# La realidad exterior es concebida como realidad física, mundo exterior, lo cuantitativo.

# Los sujetos no percibimos la realidad en bruto sino a través de la lente de las cualidades. Tensando un poco más pero sin forzar el texto, la percepción es representación.

# El mundo exterior es algo radicalmente otro, ajeno a la psique.

En otros lugares Freud plantea como el aparato psíquico distingue entre percepción y representación, vale decir entre presencia real del objeto o su representación-fantasía.

En el Proyecto esta distinción depende del sistema w que proporciona el signo de realidad objetiva. Este sistema sólo funciona bajo el régimen de inhibición por el yo que "suministra un criterio para distinguir entre percepción y recuerdo".4

Ahora bien, el juicio de realidad es posible para Freud en tanto ese signo de realidad objetiva se sume a la percepción. Cuando propone esto en el Proyecto en el apartado titulado "Pensar y Realidad" concluye asimilando juicio de realidad y creencia: "Si luego de concluido el acto de pensar, el signo de realidad se suma a la percepción, se habrá obtenido el juicio de realidad, la creencia, alcanzándose así la meta de todo el trabajo". Y continua: "Respecto del juzgar, cabe puntualizar más aún que su fundamento es evidentemente la preexistencia de experiencias corporales, sensaciones e imágenes- movimiento propias. Mientras estas falten, el sector variable del complejo de percepción permanecerá incomprendido, vale decir, podrá ser reproducido pero no proporcionará ninguna orientación para ulteriores caminos de pensar. Por ejemplo (y esto cobrará importancia para lo que sigue, parte II), ninguna experiencia sexual exteriorizará efectos mientras el individuo no tenga sensaciones sexuales, o sea, en general hasta el inicio de la pubertad". 5

# No hay posibilidad para el aparato psíquico de percibir la realidad si no es bajo el régimen de inhibición por parte del yo como masa representacional ligadora.

# En este texto juicio de realidad y creencia son identificados en tanto el signo de realidad asegura el origen exterior de lo percibido.

# El traumatismo en dos tiempos hace que sólo el segundo tiempo, al activar lo inscripto en el primero lo torne "real".

En el Proyecto también está planteada la transformación que experimenta el estímulo exterior al ingresar al aparato psíquico: Q exterior se transforma en Qn, cantidad interior. Esta transformación es solidaria de la que planteará en 1915 en "Pulsiones y destinos de pulsión" entre estímulo y excitación. Esta transformación está en el fundamento del concepto de pulsión: "Con la complejidad de lo interno, el sistema de neuronas recibe estímulos desde el elemento corporal mismo, estímulos endógenos que de igual modo deben ser descargados. Estos estímulos provienen de células del cuerpo y dan por resultado las grandes necesidades: hambre, respiración, sexualidad. De estos estímulos el organismo no se puede sustraer como de los estímulos exteriores, no puede aplicar su Q para huir del estímulo".6

Aquí vemos:

#La imposibilidad de escapar de la excitación endógena (pulsión).

# El cuerpo es una realidad exterior al aparato que debe inscribirse en lo psíquico.

Cuando en 1899 F. escribe: "Realidad objetiva-cumplimiento de deseo: de estos opuestos brota nuestra vida psíquica"7 aquí la realidad objetiva es uno de los polos productivos en el conflicto inherente a la vida psíquica que en ese momento teórico se dirimía entre pulsiones autoconservativas y pulsiones sexuales.

Del cap. VII de la "Interpretación de los sueños" conviene recordar la famosa definición de realidad psíquica, simplemente para alejarla de la banalización psicologista a la que la había degradado cierto psicoanálisis que la redujo a la realidad de lo psicológico, Freud decía: "Yo no sé si a los deseos inconcientes hay que reconocerles realidad; a todos los pensamientos intermedios y de transición, desde luego, hay que negársela. Y si ya estamos frente a los deseos inconscientes en su expresión última y más verdadera, es preciso aclarar que la realidad psíquica es una forma particular de existencia que no debe confundirse con la realidad material"8. Y, "Lo inconsciente es lo psíquico verdaderamente real, nos es tan desconocido en su naturaleza interna como lo real del mundo exterior, y nos es dado por los datos de la conciencia de manera tan incompleta como lo es el mundo exterior por las indicaciones de nuestros órganos sensoriales".9 La realidad psíquica es ese núcleo duro interno-externo, resistente a su conocimiento por parte de la conciencia tanto como el mundo exterior.

En 1911 hace una recapitulación condensada de lo teorizado hasta ese momento en "Formulaciones sobre los dos principios del acaecer psíquico". Refiriéndose a la diferenciación entre principio de placer y principio de realidad dice respecto de la génesis de éste último: … "El estado de reposo psíquico fue perturbado inicialmente por las imperiosas exigencias de las necesidades internas. En ese caso, lo pensado (lo deseado) fue puesto de manera simplemente alucinatoria, como todavía hoy nos acontece todas las noches con nuestros pensamientos oníricos. Sólo la ausencia de la satisfacción esperada, el desengaño, trajo por consecuencia que se abandonase ese intento de satisfacción por vía alucinatoria. En lugar de él, el aparato psíquico debió resolverse a representar las constelaciones reales del mundo exterior y a procurar la alteración real. Así se introdujo un nuevo principio en la actividad psíquica; ya no se representó lo que era agradable, sino lo que era real, aunque fuese desagradable. Este establecimiento del principio de realidad resultó un paso grávido de consecuencias".10

Aunque este texto es anterior al de "Introducción del narcisismo" (1914), ya se vislumbra en la cita anterior la idea de un narcisismo primario en el que en los orígenes el existente es una unidad cerrada respecto de lo exterior aún cuando la alucinación supone un contenido representacional proveniente de restos si no diurnos por lo menos provenientes de un objeto exterior, aun cuando no sea percibido como tal por el bebé.

Pero en una nota al pie dice: ".. una organización así, esclava del principio del placer y que descuida la realidad objetiva del mundo exterior, no podría mantenerse con vida ni un instante, de suerte que ni siquiera habría podido generarse. Sin embargo, el uso de una ficción de esta índole se justifica por la observación de que el lactante, con tal que le agreguemos el cuidado materno realiza casi ese sistema psíquico". A continuación describe la vivencia de satisfacción y termina diciendo que "el imperio del principio del placer sólo llega a su término, en verdad con el pleno desasimiento respecto de los progenitores."11 (El resaltado en negrita es mío). Acá propone otro modelo en cuanto a la relación de la cría humana con la realidad exterior en los orígenes: abierto a la realidad (la madre y sus cuidados) desde el inicio.

En ambos modelos el aparato psíquico está inclinado a alucinar pero qué lo empuja a salir de esa situación y tener consideración por la realidad difiere radicalmente. En el modelo citado en primer término el yo pone fin a la satisfacción alucinatoria del deseo efectuando la prueba de la realidad por medio de las pulsiones de autoconservación.

"Formulaciones…" fue escrito antes de introducir el narcisismo en la teoría, por lo cual Freud recurre a las funciones psicológicas de la atención y memoria para explicar "la importancia que cobra la realidad exterior"12 una vez establecido el principio de realidad.

En ese mismo texto Freud puntualiza la oposición yo-placer y yo- realidad, poniéndola en relación a la de principio de placer y principio de realidad. La vinculación entre pulsiones sexuales, principio de placer y fantasía por un lado y pulsiones yoicas, principio de realidad y proceso del pensar por otro, está dada por la relación de una serie y otra con la energía libre o ligada y con el yo-placer y el yo-realidad y con las características diferenciales de las pulsiones sexuales y las yoicas. "…se establece un vínculo más estrecho entre la pulsión sexual y la fantasía, por una parte, y las pulsiones yoicas y las actividades de la conciencia por la otra."13 Y dice más adelante: " Así como el yo-placer no puede más que desear, trabajar por la ganancia de placer y evitar el displacer, de igual modo el yo-realidad no tiene más que aspirar a beneficios y asegurarse contra perjuicios."14

Con la introducción del narcisismo en la teoría, y el enriquecimiento del concepto de identificación, presente en la teorización desde los comienzos, es a partir de 1914 que el yo puede modificarse no sólo momentáneamente como en el síntoma histérico, sino de modo definitivo, convirtiéndose en el residuo representacional intrasubjetivo de vínculos intersubjetivos. La complejidad de la noción de realidad se hace manifiesta cuando se juega en términos de la identificación con los objetos altamente investidos, ya no es la realidad exterior en general sino la realidad del universo intersubjetivo.

En "Duelo y Melancolía" profundiza y amplía la noción de identificación. Los diversos modos de identificación con el objeto perdido indican una modificación en el yo que es alterado por esta operación que sigue el modelo de la incorporación oral y que se realiza desde los inicios de la vida propiciando el camino de la hominización. Ingresan así en el yo las complejas realidades del otro inscribiéndose en redes representacionales. En este texto quedan plasmadas algunas de las escisiones que pueden afectar al yo, partes del yo pueden enfrentarse unas a otras: la instancia crítica y la conciencia moral.

En "Pulsiones y Destinos de pulsión", trabaja la génesis de la oposición Sujeto, yo-objeto, mundo exterior en relación a la serie placer-displacer. Pero en primer término propone un yo-realidad inicial que diferencia exterior de interior según "un criterio objetivo", la acción muscular que le permitirá sustraerse de aquellos estímulos que imputará a lo exterior pero no de aquellos frente a los cuales la huida está impedida siendo ésta la marca de un mundo interior, "testimonio de unas necesidades pulsionales". Aquí a diferencia del texto anterior, el yo real precede al yo placer pero debemos decidir de qué se trata ese yo- realidad inicial que es anterior a la cualificación placer-displacer.

Dice: El "yo-placer purificado pone el carácter de placer por encima de cualquier otro. El mundo exterior se le descompone en una parte de placer que él se ha incorporado y en un resto que le es ajeno. Y del yo propio ha segregado un componente que arroja al mundo exterior y siente como hostil". Para este yo el mundo exterior es indiferente, o displacentero en cuanto se torna fuente de estímulos. "Lo exterior, el objeto, lo odiado, habrían sido idénticos al principio. Y si más tarde el objeto se revela como fuente de placer, entonces es amado, pero también incorporado al yo, de suerte que para el yo-placer purificado el objeto coincide nuevamente con lo ajeno y lo odiado."15

En "El yo y el ello" (1923) dice: "(El yo) se empeña en hacer valer sobre el ello el influjo del mundo exterior, así como sus propósitos propios; se afana por reemplazar el principio de placer, que rige irrestrictamente en el ello, por el principio de realidad. Para el yo, la percepción cumple el papel que en ello cumple la pulsión".16 La realidad es representada por el yo, es uno de los amos a los que sirve, uno de los peligros que lo amenaza tanto desde el exterior como desde el cuerpo propio ya que las percepciones son simultáneamente internas y externas.

En "La Negación" (1925) Freud dice: "todas las representaciones provienen de percepciones, son repeticiones de estas. Por lo tanto originariamente ya la existencia misma de la representación es una carta de ciudadanía que acredita la realidad de lo representado. La oposición entre subjetivo y objetivo no se da desde el comienzo. Sólo se establece porque el pensar posee la capacidad de volver a hacer presente, reproduciéndolo en la representación, algo que una vez fue percibido, para lo cual no hace falta que el objeto siga estando ahí afuera. El fin primero y más inmediato del juicio de realidad {de objetividad} no es, por tanto, hallar en la percepción objetiva {real} un objeto que corresponda a lo representado, sino reencontrarlo, convencerse de que todavía está ahí". Y más adelante agrega, "No siempre al reproducirse la percepción en la representación, se la repite con fidelidad; puede resultar modificada por omisiones, alterada por contaminaciones de diferentes elementos. El examen de realidad tiene que controlar entonces el alcance de tales desfiguraciones".17 Aquí Freud suscribe a un realismo ingenuo que supone a la representación como un duplicado de lo percibido y sostiene la posibilidad del acceso objetivo del sujeto a la realidad lo cual plantea una propuesta que está en las antípodas respecto de otras afirmaciones como las del "Proyecto" o posteriores en el "Esquema".

En el artículo "Fetichismo" (1927), Freud inaugura la problemática de la creencia describiendo el concepto de Verleugnung, traducido como "renegación" o "desmentida". El niño, cuando por vez primera observa los genitales femeninos, descubre la ausencia de pene en la realidad, lo cual contradice la creencia en la presencia universal del falo que podrá conservar al precio de una transformación radical del yo. "No es correcto, dice, que tras su observación de la mujer el niño haya salvado para sí, incólume, su creencia en el falo de aquella. La conserva pero también la ha resignado; en el conflicto entre el peso de la percepción indeseada y la intensidad del deseo contrario se ha llegado a un compromiso como sólo es posible bajo el imperio de las leyes del pensamiento inconsciente –de los procesos primarios-".18 Pero el resultado no será un síntoma sino la coexistencia de dos corrientes escindidas una acorde a la realidad, otra acorde ala creencia.

La noción de escisión será desarrollada en el texto de 1938, "La escisión del yo en el proceso defensivo" en el que Freud comienza diciendo que no sabe si va a plantear "algo hace tiempo consabido y evidente, o (como) nuevo por completo y sorprendente". Dice: "El yo del niño se encuentra, pues, al servicio de una poderosa exigencia pulsional que está habituado a satisfacer, y es de pronto aterrorizado por una vivencia que le enseña que proseguir con esa satisfacción le traería un peligro real-objetivo difícil de soportar. Y entonces debe decidirse: reconocer el peligro real, inclinarse ante él y renunciar a la satisfacción pulsional o desmentir la realidad objetiva, instilarse la creencia de que no hay razón alguna para tener miedo, a fin de perseverar así en la satisfacción. Es, por lo tanto, un conflicto entre la exigencia de la pulsión y el veto de la realidad objetiva". 19El sujeto responde a este conflicto con dos actitudes psíquicas diferentes, opuestas e independientes una de la otra, la escisión intrasistémica.

En el "Esquema del Psicoanálisis" (1938) dice: "Se forman dos posturas en vez de una postura única: la que toma en cuenta la realidad objetiva, la normal, y otra que bajo el influjo de lo pulsional desase al yo de la realidad. Las dos coexisten una junto a la otra". "…se establecen siempre dos posturas opuestas, independientes entre sí, que arrojan por resultado la situación de una escisión del yo".20

Las creencias con las que organizamos el mundo en que vivimos y con las que nos representamos a nosotros mismos, tienen como fundamento el mecanismo de renegación , la Verleugnung, que en su versión patológica, corresponde al primer tiempo de la psicosis. Freud oscila entre que lo desmentido es la "realidad" de la castración o su percepción. Vale decir si lo que se desmiente es una teoría explicativa de los hechos o la percepción de los mismos.

En 1938 Freud dice: "La espacialidad acaso sea la proyección del carácter extenso del aparato psíquico. Ninguna otra derivación es verosímil. En lugar de las condiciones a priori de Kant, nuestro aparato psíquico. Psique es extensa, nada sabe de eso".21

En el "Esquema" del mismo año dice: "lo real-objetivo permanecerá siempre {no discernible}", con el trabajo científico ganamos en "la intelección de nexos y relaciones de dependencia que están presentes en el mundo exterior, que en el mundo interior de nuestro pensar pueden ser reproducidos o espejados de alguna manera confiable, y cuya noticia nos habilita para comprender algo en el mundo exterior, preverlo y, si es posible, modificarlo".22 La problematicidad de la cosa misma hace que Freud afirme la no discernibilidad de lo real-objetivo a la vez que supone la capacidad de reproducirlo o espejarlo con el pensamiento.

 

1Freud.S.Carta 69 T. I pág. 301 Amorrortu Ed.



2 Idem Formulaciones sobre los dos principios del acaecer psíquico. Pág. 230 TXII. A.E.

3 Idem Proyecto de una psicología para neurólogos. T.I. Pág. 352. A.E.

4 Idem Idem T.I Pág. 354. A.E.

5 Freud. S. Idem pág 378 T.I A.E.

6 Id. Id. Pág 341. T.I. A.E.

7 Idem. Carta 105. Pág 320. T.I. A.E.

8 Idem La interpretación de los sueños. T.V. Pág 607. A.E.

9 Idem. La interpretación de los sueños. T.V. Pág 600. A.E.

10 Idem Formulaciones sobre los dos principios del acaecer psíquico. Pág 224. T.XII. A.E.

11 Freud S. Formulaciones acerca de los dos principios del acaecer psíquico. Pág. 225 nota 8. T.XII. A.E.

12 Id. Id. Pág 225. Id. A.E.

13 Id. Id. Pág.227. T.XII A.E.

14 Id. Id. Pág. 228. T.XII. A.E.

15 Freud S. Pulsiones y destinos de pulsión. (1915). T.XIV. Pág. 130/1. A.E.

16 Id. El yo y el ello (1923) T. XIX. Pág. 27. A.E.

17 Id. La Negación (1925) T.XIX. Pág. 255/6. A.E.

18 Id. Fetichismo (1927). T. XXI. Pág149. A.E.

19 Id. La escisión del yo en el proceso defensivo (1940 {1938}) T. XXIII. Pág 275. A.E.

20 Id. Esquema del picoanálisis. (1940{1938}) T.XXIII. Pág. 203/4/5. A.E.

21 Freud. S. Conclusiones, ideas, problemas. (1941{1938}). T. XXIII. Pág. 302. A.E.

22 Id. Esquema del psicoanálisis. (1940{1938}) T. XXIII. Pág. 198. A.E.


20.-Las ideas fuera de lugar”

Roberto Schwarz (*)

Traducción: Ana Clarisa Agüero y Diego García

Toda ciencia tiene principios de los cuales deriva su sistema. Uno de los principios de la Economía Política es el del trabajo libre. Ahora bien, en el Brasil domina el hecho “impolítico y abominable” de la esclavitud.

Este argumento -resumen de un panfleto liberal contemporáneo de Machado de Assis-1 ubica al Brasil fuera del sistema de la ciencia. Estábamos más acá de la realidad a la que ésta se refiere; éramos antes un hecho moral, “impolítico y abominable”. Gran degradación, considerando que las ciencias eran la Luces, el Progreso, la Humanidad, etc. Para las artes Nabuco expresa un sentimiento comparable cuando protesta contra la cuestión de la esclavitud en el teatro de Alencar: “Si eso ofende al extranjero, cómo no va a humillar al brasilero!”2 Otros autores hicieron naturalmente el razonamiento inverso. Dado que no se refieren a nuestra realidad, las ciencias económicas y demás ideologías liberales son ellas mismas abominables, impolíticas y extranjeras, además de vulnerables. “Antes buenos negros de la costa del África para su felicidad y la nuestra, contra toda la mórbida filantropía británica que, olvidada de su propio linaje, deja morir de hambre al pobre hermano blanco, esclavo sin señor que de él se compadezca, e hipócrita y estúpida llora expuesta al ridículo ante la verdadera filantropía, el destino de nuestro esclavo feliz.”3

Cada uno a su modo, estos autores reflejan la disparidad entre la sociedad brasilera esclavista y las ideas del liberalismo europeo. Avergonzando a algunos e irritando a otros que insisten en su hipocresía, estas ideas -en las que griegos y troyanos no reconocen al Brasil- son referencias para todos. Sumariamente queda montada una comedia ideológica, diferente de la europea. Es claro que la libertad de trabajo, la igualdad ante la ley y, de modo general, el universalismo eran también ideología en Europa; pero allá correspondían a las apariencias, encubriendo lo esencial -la explotación del trabajo. Entre nosotros, las mismas ideas serían falsas en un sentido distinto, por así decirlo, original. La Declaración de los Derechos del Hombre, por ejemplo, transcripta parcialmente en la Constitución brasilera de 1824, no sólo no escondía nada, sino que tornaba más abyecta la institución de la esclavitud.4 Lo mismo para la profesada universalidad de los principios que transformaba en escándalo la práctica general del favor. ¿Qué valían, en estas circunstancias, las grandes abstracciones burguesas que tanto usábamos? No describían la existencia, aunque no sólo de eso viven las ideas. Reflexionando en la misma dirección, Sergio Buarque observa: “trayendo de países distantes nuestras formas de vida, nuestras instituciones y nuestra visión del mundo y tratando de mantener todo eso en un ambiente muchas veces desfavorable y hostil, somos unos desterrados en nuestra tierra”.5 Esta inadecuación de nuestro pensamiento no por casualidad, como se verá, fue de hecho una presencia asidua que atravesó y desequilibró hasta el mínimo detalle la vida ideológica del Segundo Reinado. Frecuentemente ampulosa o pedestre, ridícula o cruda, y sólo ocasionalmente apropiada en el tono, la prosa literaria de la época es uno de los muchos testimonios de eso.



Aún siendo un lugar común en nuestra historiografía, las razones de ese cuadro fueron poco estudiadas en sus efectos. Como es sabido, éramos un país agrario e independiente, dividido en latifundios cuya producción dependía por un lado del trabajo esclavo y por el otro del mercado externo. Más o menos directamente de allí vienen las singularidades que expusimos. Era inevitable, por ejemplo, la presencia entre nosotros de la racionalidad económica burguesa -la primacía del lucro con sus corolarios sociales- dado que dominaba en el comercio internacional, hacia donde nuestra economía se orientaba. La práctica permanente de las transacciones adiestraba, en ese sentido, cuando menos a una pequeña multitud. Más allá de que habíamos alcanzado la independencia poco tiempo atrás, ella fue lograda en nombre de ideas francesas, inglesas y americanas, liberales en diverso grado, que de esa manera formaban parte de nuestra identidad nacional. Por otro lado, con idéntica fatalidad, este conjunto ideológico iba a chocarse contra la esclavitud y sus defensores y, aún más, a convivir con ellos.6 En el plano de las convicciones, como vimos, la incompatibilidad es clara. Pero también se hacía sentir en el plano práctico. Siendo una propiedad, un esclavo puede ser vendido pero no despedido. El trabajador libre, en ese sentido, da más libertad a su patrón, además de inmovilizar menos capital. Este aspecto -entre otros- indica el límite que la esclavitud imponía a la racionalización productiva. Comentando lo que veía en una hacienda, un viajero escribe “no hay especialización del trabajo, porque se procura economizar en mano de obra”. Al citar el pasaje, F. H. Cardoso observa que “economía” no se refiere, en este contexto, a hacer el trabajo en un mínimo de tiempo sino en un máximo. Es preciso dilatarlo a fin de ocupar y disciplinar el día del esclavo. Exactamente lo opuesto de lo que era moderno hacer. Fundada en la violencia y en la disciplina militar, la producción esclavista dependía de la autoridad más que de la eficacia.7 El estudio racional del proceso productivo, así como su modernización continua, a pesar del prestigio derivado de la revolución que ocasionaban en Europa, no tenían sentido en Brasil. Para complicar aún más el panorama, hay que considerar que el latifundio esclavista había sido desde su origen un emprendimiento del capital comercial y, por lo tanto, el lucro fue siempre su pivote. Ahora bien, el lucro como prioridad subjetiva es común a las formas anticuadas de capital y a las más modernas. De tal suerte que los incultos y abominables esclavistas fueron hasta cierta etapa -cuando esta forma de producción vino a ser menos rentable que el trabajo asalariado- en lo esencial capitalistas más consecuentes que nuestros defensores de Adam Smith, quienes en el capitalismo encontraban antes que nada la libertad. Se observa que para la vida intelectual el nudo estaba armado. En materia de racionalidad, los papeles se confundían e intercambiaban con frecuencia: la ciencia era fantasía y moral, el oscurantismo era realismo y responsabilidad, la técnica no era práctica, el altruismo implantaba la plusvalía, etc. Y, de manera general, en ausencia del interés organizado de los dominados el conflicto entre humanidad e inhumanidad, por justo que fuese, terminaba encontrando una traducción más vulgar en el conflicto entre dos modos de emplear los capitales -lo que constituía una imagen que convenía a una de las partes.8

Impugnada en todo momento por la esclavitud, la ideología liberal de las jóvenes naciones emancipadas de América descarrilaba. Sería fácil deducir el sistema de sus contrasentidos, todos verdaderos, muchos de los cuales agitaron la conciencia teórica y moral de nuestro siglo XIX. Ya vimos una colección de ellos. Sin embargo, estas dificultades permanecían curiosamente secundarias. El testimonio de la realidad no parecía importante. Es como si coherencia y generalidad no pesaran mucho, o como si la esfera de la cultura ocupase una posición alterada, cuyos criterios fuesen otros –¿pero otros en relación a qué?. Con su mera presencia la esclavitud señalaba la inadecuación de las ideas liberales, lo que de momento era menos que orientar su movimiento. Siendo, sin embargo, la relación productiva fundamental, la esclavitud no era el nexo efectivo de la vida ideológica. La clave de esta última era distinta. Para describirla es preciso tomar al país como un todo. Esquematizando, se puede decir que la colonización produjo a partir del monopolio de la tierra tres clases de población: el latifundista, el esclavo y el “hombre libre”, en realidad dependiente. Entre los primeros dos la relación es clara, es la multitud de los terceros la que nos interesa. Ni propietarios ni proletarios, su acceso a la vida social y a sus bienes depende materialmente del favor, indirecto o directo, de un grande.9 El agregado es su caricatura. El favor es, por lo tanto, el mecanismo a través del cual se reproduce una de las grandes clases de la sociedad, mecanismo que involucra al mismo tiempo a otra, la de los que más tienen. Entre estas dos clases se irá desarrollando la vida ideológica, regida en consecuencia por ese mismo mecanismo.10 Así, con mil formas y nombres, el favor atravesó y afectó el conjunto de la existencia nacional, salvaguardada siempre la relación productiva de base, asegurada por la fuerza. Estaba presente en todos lados, se combinaba con variadas actividades más o menos afines como la administración, la política, la industria, el comercio, la vida urbana, la Corte, etc. Aun las profesiones liberales como la medicina, o las pericias técnica como la tipografía, que, en su concepción europea, no debían nada a nadie, entre nosotros eran gobernadas por él. Así como el profesional dependía del favor para el ejercicio de su profesión, el pequeño propietario dependía de él para la seguridad de sus propiedades y el funcionario para la de su puesto. El favor es nuestra mediación casi universal -y siendo más simpático que el vínculo esclavista, la otra relación heredada de la colonia, es comprensible que los escritores basaran en él sus interpretaciones del Brasil, disfrazando involuntariamente la violencia que siempre reinó en la esfera de la producción.



La esclavitud desmiente las ideas liberales; pero insidiosamente el favor, tan incompatible con ellas como el primero, las absorbe y disloca, originando un modelo particular. El elemento de arbitrariedad, el juego fluido de estima y auto-estima al que el favor subordina el interés material, no puede ser completamente racionalizado. En Europa, al atacar estos elementos el universalismo había enfrentado el privilegio feudal. En el proceso de su afirmación histórica la civilización burguesa postulará la autonomía de la persona, la universalidad de la ley, la cultura desinteresada, la remuneración objetiva, la ética del trabajo, etc., contra las prerrogativas del Ancien Régime. El favor, punto por punto, practica la dependencia de la persona, la excepción a la regla, la cultura interesada, la remuneración y los servicios personales. No obstante, no éramos a Europa lo que el feudalismo al capitalismo; por el contrario, éramos sus tributarios en todo sentido, más allá de que no en términos propiamente feudales -la colonización es un hecho del capital comercial. Dado el apogeo que vivía Europa y la posición relativa en que estábamos nosotros, nadie en Brasil tenía la idea ni, fundamentalmente, la fuerza de ser, digamos, un Kant del favor para enfrentarse a otro.11 De modo que la confrontación entre esos principios tan antagónicos resultaba desigual: en el campo de los argumentos prevalecían con facilidad o, mejor, adoptábamos con avidez los que la burguesía europea había elaborado contra la arbitrariedad y la esclavitud; mientras que en la práctica, generalmente entre los propios contendientes, el favor -sustentado en el latifundio- reafirmaba sin descanso los sentimientos y las nociones que implicaba. Lo mismo pasa en el plano de las instituciones, por ejemplo con la burocracia y la justicia, que aún regidas por el clientelismo, proclamaban las formas y teorías del estado burgués moderno. Más allá de los debates lógicos este antagonismo produjo, por lo tanto, una coexistencia estable que vale la pena estudiar. Allí reside la novedad: adoptadas las ideas y razones europeas, éstas podían servir y muchas veces servían, de justificación nominalmente "objetiva" para la arbitrariedad propia del favor. Sin perjuicio de existir, el antagonismo se desvanece y los contrarios se reconcilian. Esta recomposición es capital. Sus efectos son muchos y datan de un largo tiempo en nuestra literatura. El liberalismo pasa de ser la ideología que había sido -esto es, engaño involuntario y bien fundado en las apariencias- a ser, a falta de otro término, prueba deliberada de una variedad de prestigios con los que no tenía nada que ver. Al legitimar la arbitrariedad por medio de alguna razón “racional”, el favorecido concientemente se engrandece a sí mismo y a su benefactor, que a su vez no ve, en esa época de hegemonía de las razones, motivo para desmentirlo. En estas condiciones, ¿quién creía en la justificación? ¿A qué apariencia correspondía? Más precisamente, no era ése el problema pues todos reconocían -y esto sí era importante- la intención loable, sea del agradecimiento, sea del favor. La compensación simbólica podía desentonar un tanto, pero no era mal recibida. Por otra parte, podía ser poco acorde respecto del Liberalismo, que era secundario, y apropiada en relación al favor, que era lo principal. Nada mejor, para dar brillo a las personas y las sociedades que formaban, que las ideas más ilustres de ese tiempo, para el caso, las europeas. En este contexto, por lo tanto, las ideologías no describen siquiera falsamente la sociedad y no gravitan según una ley que les sea propia -por eso las llamamos de segundo grado. Su regla es otra, diferente de lo que denominan; es del orden del relieve social, en detrimento de su intención cognitiva y sistemática. Deriva sosegadamente de lo obvio, conocido por todos -de la inevitable "superioridad" de Europa- y se vincula al momento expresivo, de autoestima y fantasía que existe en el favor. En este sentido decíamos que la evidencia de realidad y de coherencia no parecía decisiva, sin perjuicio de estar siempre presente como exigencia reconocida, evocada o suspendida conforme a las circunstancias. Así, metódicamente, se atribuía independencia a la dependencia, utilidad al capricho, universalidad a las excepciones, mérito al parentesco, igualdad al privilegio, etc. Combinándose en la práctica con aquello que en teoría sería su objeto de crítica, el Liberalismo hacía que el pensamiento trastabillara. Retengamos para analizar más adelante la complejidad de ese paso: al tornarse un despropósito, estas ideas también dejaban de engañar.

Es claro que esta combinación fue una entre otras. Para nuestro clima ideológico, sin embargo, fue decisiva más allá de ser aquella en que los problemas se configuraban de la manera más completa y diferente. Por ahora basten algunos aspectos de esta combinación. Ya vimos que en ella las ideas de la burguesía -cuya sobria grandeza se remonta al espíritu público y racionalista de la Ilustración- tenían la función de ... ornato y marca de hidalguía: atestiguan y festejan la participación en una esfera augusta, en este caso la de la Europa que se ... industrializa. El malentendido de las ideas no podía ser mayor. La novedad del caso no está en el carácter ornamental del saber y de la cultura, de tradición colonial e ibérica, está en la disonancia increíble que ocasionan al saber y a la cultura de tipo "moderno" cuando son ubicadas en este contexto. ¿Son inútiles como un adorno? ¿Son brillantes como una insignia? ¿Serán nuestra panacea? ¿Nos avergüenzan ante el mundo? O es más cierto que, en las idas y vueltas de argumentos de intereses, todos estos aspectos tuvieron ocasión de manifestarse, de modo que en la conciencia de los más atentos debían estar ligados y mezclados. Inextricablemente la vida ideológica degradaba y premiaba a sus participantes, entre los cuales muchas veces había claridad sobre eso. Se trataba, por lo tanto, de una combinación inestable, que fácilmente degeneraba en hostilidad y en críticas de las más crudas. Para mantenerse, precisa de complicidad permanente, complicidad que la práctica del favor tiende a garantizar. En el momento de la prestación y de la contraprestación -particularmente en el instante clave de reconocimiento recíproco- a ninguna de las partes le interesa denunciar a la otra, aún teniendo en todo momento los elementos necesarios para hacerlo. Esta complicidad siempre renovada tiene correlatos sociales más profundos, que le dan un carácter de clase: en el contexto brasilero el favor garantizaba a las dos partes, en especial a la más débil, que ninguna era esclava. Aún el más miserable de los favorecidos reconocía en el favor su libre persona, lo que transformaba la prestación y contraprestación, por modestas que fuesen, en una ceremonia de superioridad social valiosa en sí misma. Condicionado por la infinita dureza y degradación que conjuraba -o sea la esclavitud, de la que las dos partes se beneficiaban y respecto de la cual marcaban su diferencia- este reconocimiento es una connivencia sin límites, multiplicada por el uso del vocabulario burgués de la igualdad, del mérito, del trabajo, de la razón. Machado de Assis será maestro en estos asuntos. Con todo, se ve también el otro lado. Inmersos como estamos, aún hoy, en el universo del Capital, que nunca llegó a tomar una forma clásica en el Brasil, tendemos a ver esta combinación como íntegramente desventajosa para nosotros, compuesta sólo de defectos. Ventajas no debe haber tenido; pero para apreciar debidamente su complejidad se debe considerar que las ideas de la burguesía, al principio enfrentadas al privilegio, a partir de 1848 se habían vuelto apologéticas: la ola de luchas sociales en Europa mostrará que la universalidad disfraza antagonismos de clase.12 Por lo tanto, para retener su tono ideológico, es preciso considerar que nuestro inadecuado discurso también lo era cuando se lo usaba apropiadamente. Puede observarse, de paso, que este patrón se repetiría en el siglo XX, cuando en varias ocasiones juramos, creyentes de nuestra modernidad, siguiendo las ideologías más tristes de la escena mundial. Para la literatura, como veremos, de allí resulta un laberinto singular, una especie de vacío dentro del vacío. También aquí Machado será el maestro.

En suma, si insistimos en el sesgo que la esclavitud y el favor introdujeron en las ideas de la época, no fue para descartarlas sino para describirlas en tanto sesgadas -fuera de centro en relación con la exigencia que ellas mismas propugnan, y reconociblemente nuestras por esa misma cualidad. Así, dejado de lado el razonamiento sobre las causas, queda en la experiencia aquel “desconcierto” que fue nuestro punto de partida: la sensación que Brasil da de dualismo y artificio -contrastes reverberantes, desproporciones, disparates, anacronismos, contradicciones, conciliaciones o lo que fuera- combinaciones que el Modernismo, el Tropicalismo y la Economía Política nos enseñaran a considerar.13 No faltan ejemplos. Veamos algunos, menos para analizarlos que para indicar la ubicuidad del cuadro y la variación de la que es capaz. En la revistas de la época la presentación, seria o jocosa, del número inicial está compuesta para bajo y falsete: en la primera parte se afirma el propósito redentor de la prensa en la tradición de combate de la Ilustración; la gran secta fundada por Gutemberg afronta la indiferencia general, en las alturas el cóndor y la juventud vislumbran el futuro al mismo tiempo que rechazan el pasado y los preconceptos; en cuanto a la luz regeneradora del Diario, deshace las tinieblas de la corrupción. En la segunda parte, adecuándose a las circunstancias, las revistas declaran su disposición a “dar a todas las clases en general y particularmente a la decencia de las familias, un medio de grata instrucción y ameno recreo”. La intención emancipadora se confunde con charadas, unidad nacional, figurines, conocimientos generales y folletines.14 Caricatura de esta secuencia son los versos que sirven de epígrafe a Marmota en la Corte: “Es la marmota/ Bien variada/ Para ser por todos/ Siempre estimada.// Dice la verdad/ Dice lo que siente/ Ama y respeta/ A toda la gente”. Si, en otro campo, raspamos un poco en nuestros muros, encontramos el mismo efecto de cosa compuesta: “La transformación arquitectónica era superficial. Sobre las paredes de tierra, levantadas por esclavos, se pegaban papeles decorativos europeos o se aplicaban pinturas, de manera de crear la ilusión de un ambiente nuevo, como el interior de las residencias de los países en industrialización. En ciertos casos, la simulación llegaba al absurdo: se pintaban motivos arquitectónicos greco-romanos -pilastras, arquitrabes, columnatas, frisos, etc.- con un uso perfecto de la perspectiva y las sombras, sugiriendo una ambientación neoclásica jamás realizable con las técnicas y materiales locales. En otros casos, se pintaban ventanas en las paredes con vistas de Río de Janeiro o de Europa, sugiriendo un exterior remoto, ciertamente diferente del real, de las senzalas, esclavos y terrenos de servicio”.15 El párrafo se refiere a casas rurales en la provincia de San Pablo, en la segunda mitad del siglo XIX. En cuanto a la corte: “La transformación atendía al cambio de costumbres, que incluía ahora el uso de objetos más refinados, de cristales, lozas y porcelana, y formas de comportamiento ceremonial como las maneras formales de servir la mesa. Al mismo tiempo, confería al conjunto que procuraba reproducir la vida de las residencias europeas una apariencia de veracidad. De este modo, los estratos sociales que más beneficios obtenían de un sistema económico basado en la esclavitud y dirigido exclusivamente a la producción agrícola, procuraban crear, para su uso, artificialmente, ambientes con características urbanas y europeas, cuya operación exigía el alejamiento de los esclavos y donde todo, o casi todo, era producto de importación”.16 Esta comedia se encuentra reflejada en los notables capítulos iniciales de Quincas Borba. Rubião, heredero reciente, es obligado a cambiar su esclavo criollo por un cocinero francés y un criado español, sobre los cuales no alberga expectativas. Más allá del oro y la plata, sus metales preferidos, aprecia ahora las estatuillas de bronce -un Fausto y un Mefistófeles- que son también de valor. Materia más solemne, pero igualmente marcada por el tiempo, es la letra de nuestro himno a la República, escrita en 1890 por el poeta decadentista Medeiros y Albuquerque. Emociones progresistas que carecían de naturalidad: “Nosotros no creemos que esclavos otrora/ Haya habido en tan noble país!” (otrora es dos años antes, dado que la Abolición data del ‘88). En 1817, en una declaración del gobierno revolucionario de Pernambuco, el mismo tono con intenciones opuestas: “Patriotas, vuestras propiedades, aún las que más contradicen el ideal de justicia, serán sagradas”.17 Se refiere a los rumores de emancipación que era preciso desacreditar para calmar a los propietarios. También la vida de Machado de Assis es un ejemplo, en el cual se suceden rápidamente el periodista combativo, entusiasta de las “inteligencias proletarias, de las clases inferiores”, autor de crónicas y cuadros conmemorativos con ocasión del casamiento de las princesas imperiales y, finalmente, el Caballero y más tarde Oficial de la Orden de la Rosa.18 Contra todo eso se pronuncia Silvio Romero. “Es menester fundar una nacionalidad conciente en sus méritos y defectos, de su fuerza y de sus debilidades y no organizar un pastiche, un remedo de judas de las fiestas populares que sólo sirve para vergüenza nuestra a los ojos del extranjero. (...) Sólo un remedio existe para tamaño desideratum: -zambullámonos en la corriente vivificante de las ideas naturalistas y monistas, que van transformando al viejo mundo”.19 La distancia es tan clara que causa gracia la sustitución de un remedo por otro. Pero es también dramática, porque señala cuánto era ajeno al lenguaje en el cual se expresaba, inevitablemente, nuestro deseo de autenticidad. Al pastiche romántico le sucedería el naturalista. En fin, nuestras revistas, nuestras costumbres, nuestras casas, nuestros símbolos nacionales, nuestros pronunciamientos de revolución, nuestra teoría y todo lo demás, siempre tiene la misma composición “arlequinal”, para decirlo con palabras de Mário de Andrade: el desacuerdo entre la representación y lo que, pensándolo bien, conocemos como su contexto. Consolidada por su gran papel en el mercado internacional, y más tarde en la política interna, la combinación de latifundio y trabajo compulsivo atravesó impávida la colonia. Reinados y Regencias, Abolición, la Primera República, son hoy mismo materia de controversia y enfrentamientos.20 El ritmo de nuestra vida ideológica, en tanto, fue otro, también determinado por la dependencia del país: a distancia acompañaba los pasos de Europa. Se puede advertir, de paso, que es la ideología de la independencia la que va a transformar en defecto esta combinación; ingenuamente, cuando insiste en la imposible autonomía cultural y profundamente cuando reflexiona sobre el problema. Tanto la eternidad de las relaciones sociales de base cuanto la ligereza ideológica de las “elites” eran parte -en lo que nos interesa- de la gravitación de este sistema, por así llamarlo, solar y ciertamente internacional que es el capitalismo. En consecuencia, un latifundio poco modificado vio pasar las maneras barroca, neoclásica, romántica, naturalista, modernista y otras que en Europa acompañaron y reflejaron transformaciones inmensas en el orden social. Sería de suponer que aquí perdiesen su justeza, lo que en parte ocurrió. Sin embargo, vimos que es inevitable este desajuste, al cual estábamos condenados por la máquina del colonialismo y al cual, para que ya quede indicado su alcance más que nacional, estaba condenada la misma máquina cuando nos producía. Se trata en fin de un secreto muy conocido, aunque precariamente teorizado. Para las artes, por tomar un caso, la solución parece más fácil, porque siempre hubo un modo de adorar, citar, imitar, saquear, adaptar o devorar todas estas maneras y modas, de modo que reflejasen en su falla la especie de tortícolis cultural en la que nos reconocemos. Pero, volvamos atrás. En resumen, las ideas liberales eran impracticables y al mismo tiempo indispensables. Fueron puestas en una constelación especial, una constelación práctica que formó un sistema que no dejaría de afectarlas. Por eso poco ayuda insistir en su clara falsedad, más interesante es acompañarlas en el movimiento del cual ella, la falsedad, es parte verdadera. Vimos el Brasil, bastión de la esclavitud, avergonzado delante de ellas -las ideas más adelantadas del planeta o casi, pues el socialismo estaba al orden del día- y rencoroso, porque no servían para nada. Pero eran adoptadas también con orgullo, de forma ornamental, como prueba de modernidad y distinción. Y naturalmente fueron revolucionarias cuando pesaron en el Abolicionismo. Sometidas a la influencia del lugar, sin perder las pretensiones de origen, gravitaban siguiendo una nueva regla, cuyas gracias, desgracias, ambigüedades e ilusiones eran también singulares. Conocer el Brasil era saber de estos dislocamientos, vividos y practicados por todos como una especie de fatalidad, para los cuales en tanto no había nombre, pues la utilización impropia de los nombres era su naturaleza. Ampliamente sentido como defecto, bien conocido pero poco pensado, este sistema de inadecuaciones ciertamente rebajaba lo cotidiano de la vida ideológica y disminuía las chances de reflexión. Con todo, facilitaba el escepticismo en el plano de las ideologías, en ocasiones completo y relajado, y compatible además con mucha palabrería. Levemente exacerbado dará una fuerza espantosa a la visión de Machado de Assis. Ahora bien, el fundamento de este escepticismo no descansa seguramente en la reflexiva exploración de los límites del pensamiento liberal. Está, si se puede decir, en el punto de partida intuitivo que nos dispensaba del esfuerzo. Inscriptas en un sistema al que no describen ni en apariencia, las ideas de la burguesía veían invalidada, ya desde el inicio, por la evidencia diaria sus pretensiones de abarcar la naturaleza humana. Si eran aceptadas lo eran por razones que ellas mismas no podían aceptar. En lugar de aparecer como horizonte, lo hacían sobre un fondo más vasto que las relativizaba: las idas y vueltas de la arbitrariedad y del favor. Se legitimaban en base a su intención universal. Así, lo que en Europa sería una verdadera hazaña de la crítica, entre nosotros podía ser la simple falta de fe de un cualquiera para quien utilitarismo, egoísmo, formalismo, y lo que sea, son ropajes entre otros, si bien de época, innecesariamente ajustados. Se observa que este suelo social tiene consecuencias para la historia de la cultura: una gravitación compleja en la que frecuentemente se repite una constelación en la cual la ideología hegemónica de Occidente juega un papel irrisorio, el de una locura entre otras. Lo que es también un modo de indicar el alcance mundial que tienen y pueden tener nuestras rarezas nacionales. Algo comparable, quizás, a lo que sucedía en la literatura rusa. Frente a ella, hasta las mayores novelas del realismo francés parecen ingenuas. ¿Por qué razón? Justamente porque, a despecho de su pretensión universal, la psicología del egoísmo racional, así como la moral formalista, producían en el Imperio Ruso el efecto de una ideología “extranjera”, y por lo tanto localizada y relativa. Desde el seno de su atraso histórico, el país imponía a la novela burguesa un cuadro más complejo. La figura caricaturizada del occidentalizante, francófilo o germanófilo, de nombre frecuentemente alegórico y ridículo, los ideólogos del progreso, del liberalismo, de la razón, eran todas formas de traer a escena la modernización que acompaña al Capital. Estos hombres esclarecidos se muestran alternativamente lunáticos, ladrones, oportunistas, crueles, vanidosos, parásitos, etc.. El sistema de ambigüedades ligado al uso local del ideario burgués -una de las claves de la novela rusa- puede ser comparado al que describimos para Brasil. Son evidentes las razones sociales de la semejanza. También en Rusia la modernización se perdía en la inmensidad del territorio y de la inercia social, chocaba con la institución servil y sus secuelas -choque experimentado como inferioridad y vergüenza nacional por muchos, sin perjuicio de dar a otros un criterio para medir el desvarío del progresismo y del individualismo que Occidente imponía e impone al mundo. En la exacerbación de este conflicto, en que el progreso es una desgracia y el atraso una vergüenza, está una de las raíces profundas de la literatura rusa. Sin forzar demasiado una comparación desigual, hay en Machado -por las razones que sumariamente procuré apuntar- una veta semejante, algo de Gogol, Dostoievski, Gontcharov, Chéjov y de otros tal vez, que no conozco.21 En suma, la propia descalificación del pensamiento entre nosotros, que tan amargamente sentíamos y que todavía hoy asfixia al estudioso de nuestro siglo XIX, era una punta, un punto neurálgico por donde pasa y se revela la historia mundial.22

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A lo largo de su reproducción social, incansablemente, el Brasil pone y repone ideas europeas, siempre en sentido impropio. Es en esta calidad que ellas serán materia y problema para la literatura. El escritor puede no saber eso, ni lo precisa para usarlas. Pero sólo alcanza una resonancia profunda y afinada en caso de que sienta, registre y desdoble -o evite- el descentramiento y la discordancia. Si hay un número indefinido de maneras de hacerlo son palpables y definibles las contravenciones. En éstas se registra como ingenuidad, charlatanería, estrechez, servilismo, grosería, etc., la eficacia específica y local de una alienación de gran alcance -la falta de transparencia social impuesta por el nexo colonial y por la dependencia que le sucedió. Dicho esto, el lector queda sabiendo poco de nuestra historia literaria en general y no identifica a Machado de Assis. ¿De qué le sirven entonces estas páginas? En vez del “panorama” y de la idea correlativa de impregnación por el ambiente, siempre sugestiva y verdadera pero siempre vaga y externa, intenté una solución diferente: especificar un mecanismo social en la forma en que éste se vuelve un elemento interno y activo de la cultura: una dificultad insoslayable -tal como el Brasil la planteaba y replanteaba a sus hombres cultos en el proceso mismo de su reproducción social. En otras palabras, una especie de suelo histórico, analizado, de la experiencia intelectual. Por una cuestión de orden procuré ver en la gravitación de la ideas un movimiento que nos singularizaba. Partimos de la observación común, casi una sensación, de que en Brasil las ideas estaban descentradas en relación a su uso europeo. Y presentamos una explicación histórica para ese dislocamiento que comprendía las relaciones de producción y el parasitismo en el país, nuestra dependencia económica y su par, la hegemonía intelectual de Europa, revolucionada por el Capital. En suma, para analizar una originalidad nacional, sensible en lo cotidiano, fuimos llevados a reflexionar sobre el proceso de colonización en su conjunto, que es internacional. El tic-tac de las conversiones y las reconversiones del liberalismo y el favor, es el efecto local y opaco de un mecanismo planetario. Ahora bien, la gravitación cotidiana de las ideas y de las perspectivas prácticas es la materia inmediata y natural de la literatura desde el momento en que las formas fijas habían perdido su vigencia para las artes. Por lo tanto, es el punto de partida también de la novela, más aún de la novela realista. Así, lo que estuvimos describiendo es la forma exacta con que la historia mundial, de manera estructurada y cifrada en sus resultados locales, siempre replanteados, pasa al interior de la escritura, en la que ahora influye por vía interna -lo sepa o no, lo quiera o no el escritor. En otras palabras, definimos un campo vasto y heterogéneo pero estructurado, que es resultado histórico y puede ser origen artístico. Al estudiarlo vimos que difiere del europeo aunque use su vocabulario. Por lo tanto la propia diferencia, la comparación y la distancia, forman parte de su definición. Se trata de una diferencia interna -el descentramiento del que tanto hablamos- en que las razones nos parecen ora nuestras, ora ajenas, bajo una luz ambigua de efecto incierto. Resulta una química también singular, cuyas afinidades y repulsiones acompañamos y ejemplificamos en parte. Es natural, por otro lado, que ese material proponga problemas originales a la literatura que de él depende. Sin adelantarnos por ahora, digamos sólo que, al contrario de lo que generalmente se piensa, la materia del artista muestra así no ser informe: es históricamente formada y registra de algún modo el proceso social al que debe su existencia. Al formarla, por su lado, el escritor superpone una forma a otra forma y es del éxito de esta operación, de esta relación con la materia preformada -en la que imprevisible dormita la Historia-, que van a depender la profundidad, fuerza y complejidad de los resultados. Son relaciones que nada tienen de automático y veremos en detalle cuánto costó, entre nosotros, combinarlas para la novela. Se observa, volviendo una vez más sobre el mismo tema, que aún lidiando con nuestro modesto tic-tac de día-a-día y sentado en el escritorio en un punto cualquiera del Brasil, nuestro novelista siempre tuvo como materia, que ordena como puede, cuestiones de la historia mundial; y que no las trata, si las trata directamente.

Notas


(*) ? Publicado originalmente bajo el título de “As idéias fora do lugar” en Estudos, CEBRAP, nº 3, 1973 y como primer capítulo de Ao vencedor as batatas, San Pablo, Duas cidades, 1977, pp. 13 a 28; versión en la cual se basa esta traducción.
La inclusión de la presente traducción en este número de la revista tiene por único objetivo facilitar el acceso a un texto importante y que hasta hace un tiempo era de difícil consulta. En ese sentido, su naturaleza es ante todo la de una primera traducción que sacrifica en gran medida un trato más refinado de la lengua. El texto ha sido traducido, compilado y publicado en impreso con el debido cuidado en Adriana Amante y Florencia Garramuño, Absurdo Brasil. Polémicas en la cultura brasileña, Buenos Aires, Biblos, 2000 [Nota de los traductores] volver al texto

(1) A. R. De Torres Bandeira, “¿A libertade do trabalho e a concorrência, seu efeito, são perjudiciais à classe operária?, en O Futuro, n° IX, 15 de enero de 1863. Machado era un constante colaborador de esta revista. volver al texto

(2) A polêmica Alencar-Nabuco, organización e introducción de Afránio Coutinho. Ed. Tempo Brasileiro, R.J., 1965, p. 106. volver al texto

(3) Declaración de una firma comercial, M. Wright & Cía., con respecto a la crisis financiera de los años 50. Citado por Joaquim Nabuco, Um Estadista do Império, S. P., 1936, vol. I, p. 188, y retomado por S. B. de Holanda, Raízes do Brasil, J. Olimpio, R. J., 1956, p. 96. volver al texto

(4) E. Viotti da Costa, “Introdução ao estudo da emancipação política”, en C. G. Mota ed. Brasil em Perspectiva, Difusão Européia do Livro, S. P., 1968. volver al texto

(5) S. B. de Holanda, op. cit., p. 15. volver al texto

(6) E. Viotti da Costa, op. cit. volver al texto

(7) F. H. Cardoso, Capitalismo e Escravidão, Difusão Européia do Livro, S. P., 1962, pp. 189-195 y 198. volver al texto

(8) Según observa Felipe de Alencastro en un trabajo aún inédito, la verdadera cuestión nacional de nuestro siglo XIX fue la defensa del tráfico negrero contra la presión inglesa. Una cuestión que no podía ser menos propicia al entusiasmo intelectual. volver al texto

(9) Para una exposición más completa de la cuestión, Maria Sylvia de Carvalho Franco, Homens Livres na Ordem Escravocrata, Instituto de Estudos Brasileiros, S. P., 1969. volver al texto

(10) Sobre los efectos ideológicos del latifundio, ver el capítulo III de Raízes do Brasil, “A herança rural”. volver al texto

(11) Como observa Machado de Assis, en 1879, “el influjo externo es el que determina la dirección del movimiento; no existe por ahora en nuestro ambiente la fuerza necesaria para la invención de doctrinas nuevas”. Cfr. “A nova geração”, Obra Completa, Aguilar, R. J., 1959, vol. III, pp. 826-827. volver al texto

(12) G. Lukács, “Marx und das Problem des Ideologischen Verfalls”, en Probleme des realismus, Werke, vol. 4, Luchterhand, Neuwied. volver al texto

(13) Explorada en otra línea, la misma observación se encuentra en Sergio Buarque: “Podemos construir obras excelentes, enriquecer nuestra humanidad de aspectos nuevos e imprevistos, elevar a la perfección el tipo de civilización que representamos: lo cierto es que todo el fruto de nuestro trabajo y de nuestra pereza parece participar de un sistema de evolución propio de otro clima y de otro paisaje”. Op. cit., p. 15. volver al texto

(14) Ver el “Prospecto” de O Espelho, Revista semanal de literatura, moda, indústrias e arte, Tipografía de F. De Paula Brito, R. J., 1859, nº 1, p. 1; “Introdução” de la Revista Fluminense, semanário noticioso, literario, científico, recreativo, etc., etc., año 1, nº 1, noviembre de 1868, pp. 1 y 2; A Marmota na Corte, Typ. De Paula Brito, nº 1, 7 de septiembre de 1840, p. 1; Revista Ilustrada, publicada por Angelo Agostini, R. J., 1-I-1876, nº 1; “Apresentação” de O Bezouro, folha humorística e satírica, 1º año, nº 1, 6 de abril de 1878; “Cavaco”, en O Cabrião, nº 1, Typ. Imperial, S. P., 1866, p.2. volver al texto

(15) Nestor Goulart Reis Filho, Arquitetura Residencial Brasileira no Século XIX, manuscrito, pp. 14-15. volver al texto

(16) Nestor Goulart Reis Filho, op. cit., p. 8. volver al texto

(17) E. Viotti da Costa, op. cit., p. 104. volver al texto

(18) Jean-Michel Massa, A Juventude de Machado de Assis, R. J., E. Civilização Brasileira, 1971, pp. 265, 435, 568. volver al texto

(19) S. Romero, Ensaios de Crítica Parlamentar, R. J., Moreira, Maximino & Cía., 1983, p. 15. volver al texto

(20) Respecto de las razones de esta inercia véase Celso Furtado, Formação econômica do Brasil, S. P., Companhia Editora Nacional, 1971. volver al texto

(21) Para una construcción rigurosa del problema ideológico brasilero, en una línea algo diferente, ver Paula Beiguelman, Teoría e Ação no Pensamento abolicionista, vol. I de Formação Política do Brasil, S. P., Livraria Pioneira Ed., 1967, donde hay varias citas que parecen provenir de una novela rusa. Por ejemplo la siguiente, de Pereira Barreto: “Por un lado están los abolicionistas, apoyados en el sentimentalismo retórico y armados de la metafísica revolucionaria, corriendo tras tipos abstractos para realizarlos en fórmulas sociales; por el otro están los labradores, mudos y humillados, en la actitud de quien se reconoce culpable o medita una venganza imposible”. Pereira Barreto es un defensor de una agricultura científica -es un progresista del café- y en este sentido cree que la abolición debe ser efecto automático del progreso agrícola. Además de que entiende que los negros son una raza inferior y que es una desgracia depender de ellos. Op. cit., p. 159. volver al texto

(22) Antonio Cándido propone algunas ideas en este sentido. Busca distinguir un linaje “malandra” en nuestra literatura. Ver su “Dialética da malandragem”. También los párrafos sobre la Antropofagia en la “Digressão Sentimental sobre Oswald de Andrade”, en Vários escritos, S.P., Livraria duas Cidades, 1970, pp. 84 y siguientes. volver al texto




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