Referencias aportadas en los intercambios generados a partir de la propuesta. Los textos o sus fragmentos están más abajo


-El material clínico, ficción...es



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26.-El material clínico, ficción...es

por Eduardo Müller



"El mundo es difícil de percibir. La percepción es difícil de comunicar. Lo subjetivo es inverificable. La descripción es imposible. Experiencia y memoria son inseparables. Escribir es sondear y reunir briznas o astillas de experiencia y de memoria para armar una imagen determinada" Juan José Saer
 
¿Cómo contaría Saer un material clínico? ¿Cómo nos puede ayudar Saer a contar mejor un material clínico? Saer, Bioy Casares, Borges, Carver, Hemingway, .. hasta Salgari.
Es que cierta visión ingenua, positivista, me animaría a decir hasta antipsicoanalítica, supone que un "material clínico" es simplemente un material clínico. Es decir, que un material clínico es la transcripción resumida pero exacta de lo que pasó en una situación clínica. La reproducción de una o más sesiones. Una reproducción, facsímil, duplicado, calco; un traslado exacto, vía escritura, de una experiencia. Una teoría anticuada de la escritura, y una concepción infantil de lo que es un relato, son los fundamentos posibilitadores de tal postura.
 
"Las ideas que voy a exponer son absolutamente mías, nadie las encontró antes que yo en otro autor" Macedonio Fernández.
 
Primera tesis: El material clínico tiene estructura de ficción.
Todo material clínico es relato, narración, ficción. Relatar un material clínico es relatar, es construir un relato, es someterse a las leyes que los relatos imponen a quien se mete a relatar, lo sepa o no lo sepa.
Problema 1 típico de un relato fallido; Cada vez que alguien cuenta: "mi analista hoy me interpretó que...", lo que el interlocutor en general escucha es... una pavada. Ante la asombrada decepción del pobre narrador, esa transmisión falla. Lo mismo le pasa a un analista cuando quiere contar una interpretación de la que se enorgullece. Y no por ser realmente una pavada ( a veces realmente lo es). Se trata de la transgresión a alguna de las leyes del relato. Toda interpretación contada fuera de contexto es una pavada. Por eso construir el relato de una sesión, hacer ficción con ella, ficcionalizarla, es un buen pretexto para poder contar una interpretación sin que parezca una pavada. Muchas veces ese es el verdadero y secreto motivo por el cual se construye este tipo de material. Un relato que si está bien contado, respetando los tiempos, los suspensos, hará lucir la entrada estelar en escena de la gran protagonista: la interpretación.. Por supuesto que tan módica y narcisista motivación no origina más que un efímero interés, como si se contara bien un chiste. Son materiales que se cuentan más para lucirse que para producir un intercambio.
 
"El escribir dice lo que el decir no dice" J.B.Ritvo.
 
Problema 2: Un supervisando lee la desgrabación textual de una sesión a su supervisor. En un momento determinado se ve obligado a modificar parte del texto, para que lo que transmita se parezca más a lo que realmente pasó en la sesión. Problema. a mi gusto interesantísimo en que, a la inversa de los viajantes del chiste freudiano, hay que mentir para decir la verdad. Es decir, hay que recurrir a la ficción como vía regia a la verdad. La ficción recupera lo que la transcripción "realista" pierde.
Ficción no quiere decir mentira o falsedad. Es más bien un dispositivo textual utilizado para transmitir una verdad. ¿Qué verdad? Una verdad que, tal cual sucedió, es intransmitible. La ficción es el dispositivo que testimonia la imposibilidad de transmitir la verdad de lo que pasa en un análisis, y al mismo tiempo la única manera de transmitir algo de esa verdad. Es el intento saeriano de "sondear y reunir briznas o astillas de experiencia y de memoria".
 
"Se ve la jaula, se escucha el aleteo, se aguza el pico contra los barrotes, pero nada de pájaro." Henri Michaux.
 
La ilusión ingenua arriba mencionada, supone como único lugar en que se hace ficción, a aquel en que se disfraza intencionalmente un material. "Se trata de un paciente al que llamaré A". Nombres, fechas, lugares, profesiones son reemplazados por otros para preservar la identidad del paciente. Pero este procedimiento encierra otro problema de interés: el del empleo de un dispositivo de ocultación para que una verdad se transmita sin que se reconozca al agente de esa verdad. Aporía curiosa en donde algo nuevamente debe ser mentido para que se pueda decir una verdad. Problema ficcional en donde alguien se vuelve irreconocible mientras sigue siendo quien es. Mientras lo es, tal vez más que nunca.
 
"El arte narrativo consiste en recordar con ayuda de la imaginación". Maupassant.
 Rodolfo Walsh, Tomás Eloy Martinez en la "Novela de Perón", son dos narradores maupassantianos, que eludiendo con talento el burdo realismo, logran inventar la verdad, a través de la ficción. Porque como dice Ricardo Piglia, no hay un campo propio de la ficción, todo se puede ficcionalizar. Hacer ficción es hacer creer, Walsh y Eloy Martínez trabajan con historias verdaderas, pero como si fueran inventadas.
El material clínico es también una ficcionalización.
Piglia comprime su teoría afirmando que todos los relatos en el fondo cuentan una investigación o un viaje: "en definitiva se narra un viaje o se narra un crimen. ¿Qué otra cosa se puede narrar?". El relato clínico oscila o comparte ambas cosas. Es el relato de una investigación realizada en el transcurso de un viaje.
Hay materiales clínicos que están construidos como investigaciones, como policiales ingleses. Un relato en el que se le rinde tributo al fetiche de la inteligencia. En este caso del analista, investigador capaz y sagaz que resuelve los enigmas sin salir del consultorio. En estos relatos, la trama se construye para hacer aparecer artificialmente algo que estaba oculto. La inteligencia del analista debe pasar por pruebas difíciles, y el suspenso del relato tiende a sorprender al lector con algo que no esperaba. Hay narradores que dan pistas falsas al lector-analista, para que se extravíe en interpretaciones falsas, mientras se va construyendo sigilosamente entre los pliegues del relato, la gran entrada final de la genial y sorpresiva interpretación verdadera.
 
En su estructura mínima, elemental, molecular, un material clínico es la historia de una conversación extraña entre dos personas. Ese es el referente puro y seco de cualquier material: "vino Fulano, hablamos, se fue". Ese esquema mínimo se va complejizando: "vino Fulano, dijo que estaba angustiado, hablamos, se sintió mejor. Se fue".
Muchos autores coinciden en identificar en todo relato mínimo dos atributos de un agente, diferentes y relacionados, y un proceso de transformación o mediación que permite el paso de un atributo a otro. Esa es la matriz general de todo relato. Un material clínico es muchas veces la historia de la transformación en un agente llamado paciente, del atributo angustia al atributo alivio, por medio de la mediación efectuada por un "héroe" llamado analista.
El analista, el responsable de la transformación, es un héroe sedentario, mezcla de Padre Brown con Isidro Parodi (el detective inventado por Bustos Domecq (Borges-Bioy), que resolvía los casos sin salir de su celda). Un héroe pacífico y quieto que resuelve enigmas, alivia sufrimientos y sacrifica sus propios deseos.
Como se ve, en la estructura de un material clínico hay apenas dos personajes que intervienen en una reducida cantidad de situaciones, repitiendo, como decía Propp, una limitada cantidad de temas o motivos.
El proceso narrativo requiere de cuatro elementos: el narrador, el lector, el personaje y el autor. A grandes rasgos, el personaje es dequien se habla, el narrador es quien habla, y el lector es a quien se habla.
 
"Yo no soy como yo escribo” R. Barthes
“Sherlock Holmes parece más inteligente que Conan Doyle.” Borges.
El narrador es quien narra dentro delrelato; no debe ser confundido con el autor, realidad extratextual a la que se atribuye la responsabilidad de la enunciación. El narrador, es el punto de vista elegido por el autor para contar. El analista como narrador puede ser omnisciente o con conocimiento parcial de lo que narra. En el caso de narradores de material clínico, hay narradores analistas omniscientes, que saben todo del paciente, de la sesión, del tratamiento y de la teoría. Productos del autoritarismo, son generadores de relatos pretenciosos y aburridos, en donde el lector es convocado a admirar o aplaudir. Compartir una experiencia, en cambio, de pensar o discutir, sólo puede ser generado y estimulado por narradores que saben que no saben, que saben y no saben, que cuentan sus dudas, que invitan al lector a pensar con él.
El lector es el tú del yo del narrador. Es al que se le propone contratos de lectura, en los que se establece tácitamente que debe creer, como en el teatro, en la verdad de lo que se le cuenta. En general se trata de un lector analista, al que se le supone un saber leer el género material clínico.
El personaje es el sujeto de la proposición narrativa. Es el conjunto de los atributos predicados del sujeto en el transcurso del relato. El contrato de lectura hace que el lector considere al personaje como una persona real. Los personajes, los protagonistas son los miembros de una extraña pareja, el analista y su paciente.
El autor, discutido por autores como Foucault, está representado en el texto por el nombre propio, es el referente del sujeto de la enunciación. No es una persona, sino una persona que escribe y publica.
 
Segunda tesis: El material clínico pertenece al género autobiográfico

El tipo de relato que un analista construye de su clínica forma parte del género autobiográfico. En éste se confunden y se unifican las figuras de autor, narrador y personaje a partir del empleo de la engañosa primera persona del singular. Se trata de una narrativa


del yo, de un texto representando a un sujeto. Autor, narrador y personaje integran una imaginaria unidad completa, que cuenta, escribe y protagoniza desde un artefacto retórico sumamente eficaz. El lector es convocado a un pacto autobiográfico en el que acepta creer en esa santísima tri-unidad.
Un texto autobiográfico es una narración en la que la situación del autor es de identidad con el narrador; mientras que la situación del narrador es de identidad con el personaje principal a través de la primera persona.
 
 
Tercera tesis: No hay relación textual.
Entre lectura y escritura no hay relación de isomorfismo. Nunca se lee lo mismo que lo que se escribió. Ninguna escritura es igual a su lectura. Ninguna escritura es igual a la lectura que el mismo autor hace de sí mismo. Ninguna lectura es igual a otra lectura. Siempre se lee mal. Afortunadamente. La lectura no es el ejercicio redundante de la tautología. Toda lectura, por ser estructuralmente mala, es creativa. Toda escritura esexcedida, desbordada, rebasada por la lectura. Leer traiciona creativamente, como traiciona una traducción. Un autor se siente paradójicamente bien leído cuando el lector agrega algo en su (mala) lectura, algo que el autor no había leído.
Por supuesto que hay que distinguir entre leer mal y no saber leer. La feliz mala lectura es algo que "empeora"con los años y los libros. Leer creativamente mal, es contraer una deuda con lo leído que sólo se puede pagar con pensamiento propio. La forma ideal de saldar esa deuda, es la de seguir escribiendo.
Pero, como vimos antes, tampoco hay relación textual entre texto y referencia. El material clínico, como texto, está entre dos abismos: entre la sesión y el lector. La ficción hace creer que esos abismos se cruzan como un puente. Es la que le permite creer al lector que está frente a la sesión, en la sesión.
El relato de una sesión es a una sesión lo que el relato de un sueño es a un sueño.
 
La ficcionalización que un analista realiza en la confección de un material cínico, es el
dispositivo más eficaz que tiene para transmitir algo de una experiencia autobiográfica.
Esta experiencia tiene dos vertientes: lo que pasó, y lo que le pasó con lo que pasó.
Lo que pasó: es lo que se dijo en esa extraña "conversación" entre los dos personajes, las asociaciones, las interpretaciones y las respuestas a esas interpretaciones.
Lo que le pasó con lo que pasó: es el relato de lo que le pasó al personaje analista en ese estado "mental" particular llamado atención flotante.
Propongo el simple nombre de "ideas", a lo que le sucede. a lo que se origina en la mente del analista en la A.F. No tanto lo que a él se le ocurre, sino más bien lo que en él ocurre. Se trata de ocurrencias mestizas, con componentes mezclados en aleaciones dispares de fantasías y teorías. Cuasi-hipótesis pero más informales y espontáneas. Las ideas que ocurren en la A.F. son abiertas, provisorias, plásticas, instrumentales, fragmentarias; mezcla de intuición, deducción, inducción, inspiración, invención. Se trata de ideas que sólo surgen de esa forma en la A.F. , su verdadero hábitat. Son cruces de teoría y experiencia (tanto clínica como personal), de singular con universal.
Surgen en la A.F. sin interrumpirla, a diferencia de las teorías, que cuando aparecen, en general es porque el analista angustiado o confundido, las fue a buscar en su ayuda, abandonando las aguas inciertas de la A.F. No es lo mismo que cuando un fragmento de teoría surge espontáneamente y participa dentro de la A.F. de la formación de ideas.
Mientras las teorías están ya cerradas, las ideas siempre están comenzando.
Hay materiales clínicos en que se leen teorías sin ninguna idea. Son los más inaccesibles para el lector, no porque no los entienda, sino porque no tiene con quien hablar.
En cambio cuando en un material aparecen las ideas, siempre se pueden inteligir las teorías. No es lo mismo contar desde la teoría que contar desde las ideas.
 
Cuarta tesis: La presentación de un material clínico es fructífera, cuando se le agrega al relato el despliegue de las ideas.
El despliegue de las ideas incluye tanto las que surgieron en la experiencia de la sesión, como las que se originan en la experiencia de la escritura misma. La escritura de un relato le agrega siempre alguna idea a las ideas.
El modo de presentación de un material clínico determina el modo de discusión del mismo. La discusión más rica, es la que sin perder de vista el horizonte teórico, se desarrolla en el contrapunto entre relato e ideas. La discusión rica es la que multiplica las ideas, las pone a prueba, las enriquece, las estimula en el lector.
 
“El secreto de ser aburrido es decirlo todo." Voltaire.
 
El iceberg, ese diamante monstruoso, ha tenido siempre una enorme capacidad de fascinación. No sólo las proas de buques alegres y titánicos han sido llevadas hacia él. El mismo Freud acudió al iceberg para modelizar su aparato psíquico. Hemingway también lo utilizó para contar como se debía contar bien. Para el robusto Ernst, lo más importante al contar un cuento nunca se cuenta. Pero eso que no se cuenta es lo que sostiene, sumergido, a todo el relato. Hay una historia secreta que se produce con lo no dicho, lo aludido, lo sugerido.
Creo que esto sucede más allá de la voluntad o talento del que escribe. Es inherente al narrar mismo. Narrar es construir témpanos; mientras hacemos emerger algo a la superficie, sumergimos y congelamos el resbaloso piso sobre el que estamos parados, contando.
 
“Describe un lago como lo vería un joven que acaba de cometer un asesinato. No menciones el asesinato." John Gardner (En una clase de literatura asus alumnos).
Rafael Paz nos presentó hace poco un material clínico que puede resultar de utilidad para ejemplificar algunas de estas ideas. Propongo que consideremos "escrito" ese material aunque no fue exactamente así presentado. En el relato de ese material, el personaje "paciente" es puesto en escena por el narrador, en el momento de contar un sueño. Un sueño al que el paciente le asigna importancia, tanta que pensó en traerlo por escrito. Nos enteramos por el narrador que el analista también le asigna importancia al sueño, tanta que con humor consigna que acaba de descubrir que es una "vía regia" al inconsciente. Al relato del sueño le sucede una asociación delpaciente con uno de sus elementos. El personaje "analista" hace una interpretación tentativa, el material se va aclarando según el narrador, el paciente asocia, vincula y elabora. El narrador recuerda el pasaje en la sesión de su propia sensación de angustia señal a la sensación de satisfacción interior. El relato sigue, y recién ahí se llega al primer "contenido temático" de la sesión: se trata de la preocupación acerca de un hijo, aunque no se la aclara. En ese momento el narrador agrega que el paciente extiende su elaboración a otros familiares, llegando así a su infancia. El analista experimenta la sensación de haber llegado a cierta claridad y a un momento de cierre. Surge en ambos un “¿y ahora qué más?”.
Lo notable de este relato es que el narrador no cuenta ni el sueño, ni las asociaciones del paciente, ni tampoco la interpretación del analista. La preocupación del paciente por el hijo no es explicitada. Una “epogé” gigantesca excluye casi todo lo que se cuenta en general en cualquier material clínico. Y sin embargo el “lector” no necesita decir “¿qué más?”. Un eficaz procedimiento ficcional permitió contar lo que pasó dentro del campo en una sesión, y lo que les pasó, allí, a sus protagonistas.
Rafael utilizó en su exposición las categorías de sujeto del estilo, sujeto de la contratransferencia y sujeto del método analítico; lo que permitiría la discusión por separado de esos tres niveles. Utilizando y trasladando las categorías narrativas, veo una enorme coincidencia entre sujeto de la contratransferencia y narrador; entre sujeto del estilo con el autor; y entre sujeto del método y el personaje analista. Separar la imaginaria unidad autobiográfica, discutir por separado a sus elementos, permitiría desarrollar un auténtico intercambio “campestre”, es decir acerca de lo que se puede transmitir de lo que acontece en el campo analítico.
La lectura que un lector concede a un material clínico es la consecuencia de una promesa tácita, la que le ofrece el que lo presenta al que lo va a leer: “Ven lector que te mostraré escenas de psicoanálisis explícito (como se dice sexo explícito)”
Esta promesa está en la base sumergida y congelada del contrato de lectura. En el lector es convocada su propia curiosidad infantil, la misma que lo llevó en otras épocas, a ir a buscar el sexo en las palabras en que era nombrado en el diccionario.
Es así que hay tantos materiales clínicos “pornográficos” como “eróticos”.
Los pornográficos son los que muestran obscenamente “todo”, exhibiendo a dos personajes que se pasan todo el tiempo “analizando”, es decir repitiendo mecánicamente los movimientos rítmicos del análisis. El lector es seducido como voyeur, capturado para que mire sin leer.
Un material erótico, en cambio, es el que estimula haciendo participar, el que invita a leer, pensar, discutir...y hasta escribir.
Juanito, Dora, “El hombre de los lobos”, “El hombre de las ratas”, ¿en qué casillero privilegiado de nuestra memoria reposan? ¿No es acaso el mismo que el de Hamlet, Romeo, Macbeth, Otelo? ¿No son acaso los grandes personajes de la bien llamada literatura psicoanalítica?
Gran parte de lo que llamamos psicoanálisis es lo que escribió Freud. Sus teorías, sus especulaciones, pero también sus sueños, sus chistes, sus cartas. Hasta su autoanálisis se realizó por escrito.
Tal vez seamos todos los analistas, narradores y personajes de la autobiografía de Freud, agregando cada vez que escribimos, otro capítulo a ese texto interminable. O tal vez, a la inversa, escribir, trasmitir nuestras propias experiencias, nuestras propias ideas, nuestros materiales clínicos, sea la única manera de liberarnos de tan maravillosa tiranía.


17.-Ateneo Apdeba. Relato clínico, clínica del relato.

por Eduardo Müller

Bueno agradezco la invitación a participar en el ateneo de esta institución, en la que recuerdo estuve hace más de 10 años presentando el libro “Conversaciones con Horacio Etchegoyen” de Jorge Stitzman.

Hoy estoy invitado a conversar con Miguel Leivi acerca de un tema apasionante: el relato clínico. Y su revés, la clínica del relato. Hace más de 10 años que esta clínica del relato me ocupa dando talleres con residentes de muchos hospitales públicos porteños y del gran Buenos Aires. En esta clínica me enfrento con la inhibición, el síntoma y la angustia que la producción de estos textos produce. Es que a la dificultad de escribir, que ya es todo un problema, se le suma la dificultad de contar.

Que los residentes, esos jóvenes que están en la primera trinchera de lucha contra el sufrimiento mental, no puedan contar sus casos lleva a problemas de suma gravedad. Voy a dar un ejemplo. Hace unos años daba un taller de relatos en un equipo que se ocupaba de niños que sufrieron abuso sexual. Tenían un modo excelente de trabajar y de ayudar en esos casos casi insoportables de atender. Pero cuando llegaba el momento del ateneo nadie podía contar sus casos. Esa dificultad hizo que varios de ellos terminaran por desertar de su práctica. No habían logrado transformar su experiencia en relato, contarla, compartirla, socializarla. Quedaron ellos mismos traumatizados como los pacientes que atendían. Yo creo que en este tipo de casos, a la cura por la palabra se le debe agregar, además, la cura por el relato. Cuando un sujeto pasó por una situación traumática, esa escena se le repite idéntica y sufre de esa repetición. Cuando logra construir con esa experiencia un relato, algo de la diferencia empieza a derrotar a la repetición. Como si el relato fuera el tercer tiempo del trauma, aquel en el que se puede comenzar a superarlo. Los que hemos trabajado con víctimas del terrorismo de estado, sabemos que no sólo para ellos fue importante poder construir un relato de los horrores que vivieron. También el analista queda atravesado por la escucha de ese horror. Y le es imprescindible a ese analista también construir un relato que comparta y socialice su experiencia. Un relato clínico de un analista que atendió alguno de estos casos cuenta entonces dos traumas, el del paciente y el propio. Se dan cuenta que para mí este tema tiene una implicancia política fundamental. La clínica del relato es también política.

¿Cómo abordé el taller con ese equipo que trabajaba con abuso infantil? Pues bien, antes que nada les di como bibliografía obligatoria el Diario Crónica. Como saben Crónica hizo un invento genial, inventó al lector de Crónica. Ese diario, como ahora el canal de noticias, ha logrado un modo muy eficaz de contar el horror. El sexo y la violencia en descripciones obscenas con títulos catástrofes e imágenes impactantes. El periodismo amarillo encontró un género específico para contar, mostrar y excitar con el horror. Una de los temores de este equipo para contar sus experiencias era que sus casos se parezcan a los de Crónica. Pero para evitar la obscenidad, cayeron en el silencio intoxicante. El temor opuesto para contar el horror es el relato tipo expediente judicial. El modo burocrático en que la justicia cuenta el horror. Se trata de un masculino que presenta una herida de bala sin orifico de salida. Muchas veces el analista que quiere contar un caso como estos, se siente atrapado entre dos temores: el sensacionalismo o la burocracia. ¿Cuál es la salida a esa trampa? La literatura, claro, aprender de los escritores los modos en que ellos cuentan el horror. Hay grandes escritores que han contado sus experiencias en campos de concentración, Jorge Semprún y Elie Wiesel son para mí ejemplares en ese sentido. La belleza, cuando no es un adorno es una vía regia para contar el horror. El escritor español Manuel Vicent fue corresponsal del genocidio de Ruanda de 1994 donde los muertos se contaban por centenares de miles. Empieza su relato así: he visto a los cuervos gordos. La imagen estremecedora de cadáveres engordando cuervos es mucho más explícita que cifras y cifras de muertos.

Este recurso a la literatura no es una idea nueva, es exactamente lo que hizo Freud. Sabemos que él inventó un género literario nuevo, el caso clínico psicoanalítico.

Freud cuando empieza a contar sus casos rompe con la tradición clínica del modo canónico de contar. Renuncia a la historia clínica médica. Al romper con el modo en que la medicina contaba sus casos ¿de qué se podía nutrir? De la literatura de su época.

Como se sabe cada género nuevo inventa un nuevo lector.

Freud en las palabras preliminares del caso Dora dice las palabras preliminares sobre el caso clínico psicoanalítico. Presenta en sociedad su nuevo género que todavía no tenía lectores entrenados para leerlo. Allí da indicaciones precisas de cómo escribir, cómo publicar y cómo leer.

Freud encara primero el tema de la relación de la escritura con la memoria. Cómo contar después lo que no anotó mientras. Por cuestiones de método, para conservar la atención flotante, Freud no anotaba mientras atendía, confiaba en que la memoria inconsciente le redactaría después lo sucedido en la escena clínica. Esos eran los problemas de escritura.

Los problemas de publicación tenían que ver con el cuidado del secreto profesional. Freud publicaba años después de la terminación de los casos, disfrazando datos biográficos para que sus personajes sean irreconocibles. Sabemos hoy que fracasó totalmente: se sabe casi todo de casi todos sus pacientes. Muchos de ellos se encargaron especialmente de difundirlo. Pero ya en pleno siglo XXI los personajes de los casos emblemáticos de Freud pertenecen a la literatura en general. El hombre de los lobos, el hombre de las ratas, Juanito, Dora, son personajes literarios tanto como Hamlet, Madame Bovary o Beatriz Viterbo.

Al ver la forma que toman sus relatos Freud encuentra un obstáculo: no quería que sus casos se lean como novelas. Y especialmente como novelas eróticas. En el caso Dora tenía que contar unas charlas muy íntimas con una adolescente acerca de sexo. Realmente fue un gesto de mucha valentía en la Viena de esa época que un médico se anime a escribir y contar de ese modo. Como si fuera un precursor de Nabokov con Lolita.

Se ve como Freud en las palabras preliminares del Caso Dora intenta todo el tiempo que el lector no se excite con sus textos al mismo tiempo que dice que va a llamar a las cosas del sexo por su nombre. Intenta una imposible escritura asexual del sexo. Y no tiene más remedio que recurrir en ciertas palabras al latín.

Freud, entonces, escribió más influido por Dostoievsky que por Charcot. Ahora bien, si Freud para escribir se nutrió de la literatura de su época, si los psicoanalistas seguimos escribiendo como Freud dejamos de hacer lo que él hizo. Nuestros casos serán más contados como contaba Tolstoi que como contaba Borges. Para seguir el ejemplo de Freud deberíamos escribir desde la literatura contemporánea. Es que la literatura fue tan conmovida por la escritura de Joyce, Kafka, Beckett y el mismo Borges, que hoy es imposible contar cualquier cosa sin que la literatura de todos ellos no esté presente.

Al alimentarse de la literatura el caso clínico como género es ficción. No puede no ser ficción. Ficción no quiere decir mentira o falsedad. Es un dispositivo textual utilizado para transmitir una verdad. ¿Qué verdad? Una verdad que tal cual sucedió está perdida. La ficción es el dispositivo que testimonia la imposibilidad de trasmitir la verdad de lo que pasa en un análisis, y al mismo tiempo la única manera de acceder a algo de esa verdad. Digo entonces que el relato de una sesión es a una sesión lo que el relato de un sueño es a un sueño. La ficción es entonces una vía regia para contar algo perdido.

Esa ficción es una ficción autobiográfica. Siempre se trata de contar una experiencia personal. Aunque un material hable sólo del paciente sin nombrar nada del analista, no deja de ser autobiográfico. Es como un testimonio de la experiencia de la atención flotante. Desde allí se cuenta.

Me gustaría ahora proponer cierta similitud entre los distintos tipos de casos clínicos y distintos géneros literarios. Es que muchas veces el mismo material impone el modo en que es contado. A veces el material decide más que el autor el tipo de narración en que será contado.

Empiezo entonces con los materiales de un paciente neurótico más o menos típico. Estos casos se parecen a un policial inglés. El analista será un detective sedentario que resuelve enigmas a partir de su inteligencia. El narrador es un Sherlock Holmes que recolecta detalles, va construyendo hipótesis, y termina resolviendo enigmas. Cuando el suspenso está bien sostenido, el lector terminará sorprendido con la solución a ese enigma. En muchos casos el lector perspicaz llega a esa solución antes que el detective. ¿Pero que es un enigma?, como dice Ricardo Piglia no es más que una historia contada de modo enigmático.

Un material de análisis de adolescentes, si está bien contado, es posible que se parezca al teatro del absurdo. Nada de lo que uno dice parece corresponder con lo que dijo el otro. Diálogos que se extravían, personajes como Godot que no aparecen, una puesta en escena de un abismo generacional en la que ambos interlocutores logran por algunos momentos cruzar.

Los relatos de análisis con niños, leídos por lectores analistas que no atienden niños se parecen muchas veces a historietas. Son materiales en los que hay tanto para mostrar como para contar. Dibujos de niños de distintas edades ilustran como las historietas lo que se está contando. Y nunca falta el relato detallado de juegos, a veces demasiado detallado, en donde es inevitable que se cuenten más acciones que diálogos. Los mejores materiales muestran a un analista Peter Pan, alguien que se mueve como pez en el agua en ese mundo infantil. Los menos logrados muestran a veces al analista como un adulto jefe de boy scouts incómodo en sus pantalones cortos con tiradores.

Los materiales de pacientes psicóticos son los más difíciles de contar. No hay modo de reconstruir con la escritura un discurso que ya viene roto. Creo que es el tipo de casos que más requiere del esfuerzo de la ficción. Como la reproducción textual es imposible, el analista deberá confiar en su atención flotante y en su escucha para tolerar que el texto que escriba termine siendo muy distinto a lo que escuchó y sin embargo al mismo tiempo lo represente.

Finalmente el tipo de relato que antes mencioné acerca de situaciones traumáticas, se parece a la novela negra norteamericana. Como en Chandler o Hammet, el detective acá es muy distinto a Sherlock Holmes. Se trata de un detective que pone el cuerpo, que acompaña experiencias, que se embarra en lo que escucha, que le quita importancia a los enigmas, e intenta construir un espacio en que resuene el horror, y sea alojado y finalmente alejado en un relato. El analista no sale igual de estos análisis de como entró. Piglia dice que sólo se puede contar un crimen o un viaje. El policial inglés cuenta una investigación. La novela negra cuenta un viaje. Los mejores casos clínicos son los que cuentan una investigación durante un viaje. ¿Acaso no es eso es un análisis?

Para terminar y resumiendo: el modo en que un caso es contado determina el modo en que será discutido. Y no todos los relatos clínicos son escritos para la discusión. Algunos, más pretenciosos, son contados por narradores omniscientes, que saben todo del tratamiento, del paciente y de la teoría. No buscan la reflexión o la opinión del lector, sino su admiración. En cambio hay materiales construidos desde las preguntas que despertó, que interpelan al lector a pensar con el autor. Son los más estimulantes. Son los que nunca pierden la cortesía con el lector.

No hay nada mejor para los analistas que los intercambios acerca de situaciones de la clínica, acceder a partir de un material al modo en que colegas de distintas escuelas piensan ese material. Para eso es necesario contar de un modo que trascienda la capilla; que alguien no familiarizado al esquema teórico del que cuenta pueda leer y entender lo que lee.

Vuelvo a Piglia, contar, se puede contar cualquier cosa. Por ejemplo se puede contar lo que uno piensa. Y eso es lo que quería hacer hoy, un relato de lo que pienso del relato.

Ojalá sirva como pequeño aporte al enriquecimiento de las relaciones entre analistas.

Muchas gracias.




18.-Ficción, realidad y creencia

por Carlos Guzzetti

Quiero retomar algunos temas que ya expusieron Eduardo Müller y Alberto Marani, el primero en su afirmación de que la única realidad es la ficción, proposición que comparto y el segundo respecto de la función de la narración en la praxis analítica, con la que también acuerdo.

Realidad
Algunas de las propuestas de nuestro invitado de comienzos de año, Sergio Barberis, sus referencias a la cosmología y a las ciencias duras nos permitieron comprobar que la dificultad que entraña la noción de realidad no es privativa de nuestra disciplina conjetural. Para desasosiego de muchos, el joven filósofo nos advirtió que tampoco en el campo de las ciencias de la naturaleza la realidad se sostiene por sí misma. Todo ello me evocó algunas lecturas dispersas por las que suelo interesarme.


Werner Heisenberg, uno de los teóricos fundadores de la física cuántica, publica en 1955 un librito de divulgación en el que establece algunos postulados decisivos. Lo cito brevemente:
“Las vulgares divisiones del universo en sujeto y objeto, mundo interior y mundo exterior, cuerpo y alma, no sirven ya más que para suscitar equívocos (22).
“La imagen de la naturaleza propia de la ciencia natural,…no lo es en último análisis de la naturaleza en sí; se trata de una imagen de nuestra relación con la naturaleza. (26) La imagen del universo propia de la ciencia natural no es pues ya la que corresponde a una ciencia cuyo objeto es la naturaleza (27”).
“Por primera vez en el curso de la historia el hombre no encuentra ante sí más que a sí mismo en el universo (21)”  
Mucho más recientemente, en 2010, Stephen Hawking dedica un capítulo de su último libro “El gran diseño” a nuestra pregunta del año “¿Qué es la realidad?”. Con su estilo didáctico-humorístico concluye que la realidad es aquello que un modelo determinado puede circunscribir. Así, la realidad del pez que ve el mundo tras la pared cóncava de su pecera es diferente de la que ve el niño que lo alimenta y las leyes que rigen los movimientos en uno y otro modelo son diferentes. Otro modo de decir lo que Barberis nos contaba: que Kepler y Brahe no veían el mismo sol. Hawking entonces nos habla de un realismo dependiente del modelo.  
Imagen, modelo, nociones imprecisas que refieren un trabajo de construcción y delimitación de un campo de problemas, de un objeto sobre el cual trabajar. Prefiero, con los expositores que me precedieron, utilizar aquí la noción de ficción, que trataré de precisar en estas páginas.

Ficciones y mitos


Es notorio que en la escritura de Freud hay una apelación al género narrativo. Los historiales clínicos son su mejor demostración. La práctica freudiana de escritura de su clínica, de la que testimonia en tantos lugares, unida a la abundancia de relatos en los textos llamados “de psicoanálisis aplicado”, las referencias mitológicas, literarias, etc., indican la importancia que la narración tiene para él. Existe por cierto un conflicto entre el género narrativo que cultivó Freud y la aspiración a que su disciplina se incluyese en el saber científico de su época. De ahí advertencias como la que hace en Dora respecto a la curiosidad no científica que suscitaría la lectura de un historial clínico, comparable a una “novela con clave”. Ciertamente no toda la producción de Freud puede ser asimilada a este género literario. En particular los trabajos metapsicológicos (ampliamente considerados) se alejan bastante de lo que se entiende por relato o narración.
Precisamente uno de ellos, “Pulsiones y destinos de pulsión”, es uno de los lugares en que expone con mayor rigor su método teórico. Allí acuña la noción de que existen ciertas ideas abstractas que si bien parecen extraídas del material empírico en realidad éste les es sometido. A estas ideas abstractas, que ordenan la observación de los hechos y constituyen las piedras angulares de los Grundbegriffe (conceptos fundamentales), las denomina convenciones. El término convención posee indiscutiblemente un cierto matiz rousseauniano, matiz que es rastreable en muchos pasajes de la obra de Freud. Convención, pacto, alianza, contrato, acto fundante de la cultura –“Totem y tabú”- y en Rousseau incluso del lenguaje –“Ensayo sobre el origen de las lenguas”-. En el Seminario XI Lacan prefiere referirse a ellas con el concepto de ficción, término que toma de Bentham  . No me referiré en esta ocasión al concepto de ficción en Bentham, que tiene fundamentalmente una raíz lingüística, ni tampoco a las ficciones jurídicas, que se originan en el derecho romano. No obstante indicaré que, para algunos autores   es posible y necesario establecer una continuidad entre las ficciones jurídicas y las ficciones literarias, continuidad de la que haremos participar a las ficciones teóricas, por lo menos las que nos atañen.
En el texto titulado “Pueden los legos ejercer el análisis? (diálogos con un juez imparcial)”   , Freud hace referencia al filósofo Hans Vaihinger y a su filosofía del como si. El aparato psíquico, su concepción espacial, siempre open to revision, es una representación auxiliar, una ficción en el sentido de Vaihinger, perteneciente a la categoría del como si, definida por el filósofo como “lo conscientemente falso”. Su valor, sin embargo, acota Freud, está dado “por lo que se pueda conseguir con ella”. Y, como veíamos anteriormente, lo que puede conseguirse con ellas, su utilidad, radica en que el material empírico les es sometido. Del mismo modo podemos afirmar que la construcción analítica no tiene valor tanto por la exactitud de su formulación sino porque permite la prosecución del trabajo asociativo, de allí que Freud se refiera a ella como “labor preliminar” y que su verdad sólo pueda ser confirmada por las asociaciones que produzca.
Las ficciones operan un recorte en los hechos -de la clínica en nuestro caso-, construyen una Realität (teórica) a partir de la Wirklichkeit. . Obviamente depende de las ficciones en juego la Realität que se constituirá).
Ahora bien, Vaihinger rastrea en la obra de Nietzsche su concepción de la ficción. Ya desde su juventud, en un escrito titulado “Sobre verdad y mentira en un sentido extra-moral” desarrolla la idea fundamental de que no sólo nuestro lenguaje sino también nuestro pensamiento conceptual se basan en operaciones falsificadoras, es decir “operaciones que no se corresponden con la realidad”. Sin embargo, “esta realidad creadora, logificadora, ordenadora y falsificadora es la realidad mejor garantizada”. Y finalmente nos deja con una frase que vale como epígrafe: “Todo lo que pueda ser pensado debe ser, ciertamente, una ficción”.  
En psicoanálisis, las relaciones entre teoría y clínica no dejan de ser problemáticas. Puede afirmarse que la clínica se sostiene en una teoría, sea ésta explícita o no. Parafraseando un aforismo de Jacques Alain Miller, puede decirse: “no hay clínica sin teoría”. Todo reduccionismo pragmatista, toda exaltación de la práctica en contra de un supuesto “teoricismo” queda fuera del campo de la reflexión freudiana. Y la clínica sin teoría no puede ser otra cosa que superchería. Ya Freud advertía el parentesco entre el análisis silvestre y el curanderismo.
 La recíproca también es válida ya que, sostenemos, “no hay teoría sin clínica”. La teoría fuera de su contexto de producción, desligada del dispositivo que la soporta, fuera de transferencia, tiene desde Freud un nombre: Weltanschauung, concepción del universo, y la soberbia de aspirar a tener validez universal, de explicar todos los fenómenos del mundo.
Así, la clínica es el modo de producción teórico del psicoanálisis, afirmación que reconoce su filiación en la obra de Marx. Lacan designa a esta indisoluble imbricación entre teoría y clínica con el término hegeliano, tan caro a Marx: praxis.
Ahora bien, nos interesaremos en las referencias mitológicas en la obra de Freud. El gran mito que inventa, el del asesinato del padre primordial -mito que exploraremos en sus transformaciones más adelante- tiene su origen en las especulaciones etnográficas de Darwin, Frazer y Robertson Smith, el primero en lo que hace a la estructura de horda, el segundo en cuanto a la relación indisoluble entre totemismo y exogamia y el último en su investigación de la comida totémica en la religión de los antiguos semitas. Esas ideas han dejado de ser consideradas por la antropología más cercana a nosotros, en particular desde el trabajo de C. Lévi-Strauss de 1962, “El totemismo en la actualidad”.
 Precisamente cuando en “Psicología de las masas y análisis del yo” retoma la hipótesis de la horda primitiva, la califica de una just so story, tan sólo una historia -una historia que es así porque es así, aclara el traductor castellano-, una ficción más diremos nosotros, subrayando empero la utilidad de la misma para “crear coherencia e inteligibilidad en nuevos y nuevos ámbitos”  . Tenemos entonces que el mito cumple en la teoría la misma función que las “convenciones teóricas”, el de ser una ficción útil para la construcción de una trama conceptual, un tejido teórico que nos permita desplazarnos a través de él.
Si bien afirmamos que los mitos freudianos operan como ficciones, es importante diferenciar la función ficcional de la función mítica en la arquitectura de la teoría. Las puntualizaciones de uno de los más importantes teóricos de la crítica literaria en la actualidad, Frank Kermode, acerca de la distinción entre ficción y mito, puede sernos de utilidad. Afirma el autor:
“Hemos de distinguir los mitos de las ficciones. Las ficciones pueden degenerar en mitos cada vez que no se los considera conscientemente como invenciones... El mito opera dentro de los parámetros del ritual, lo que presupone explicaciones totales y adecuadas de las cosas tal como son y como fueron; es una secuencia de gestos radicalmente inalterables. Las ficciones sirven para descubrir cosas y cambian a medida que cambian las necesidades en cuanto a hallar sentido. Los mitos son los agentes de la estabilidad y las ficciones los agentes del cambio. Los mitos exigen aceptación absoluta; las ficciones aceptación condicional...”  
Así, siguiendo a Kermode, la confusión entre la función de la teoría como dispositivo ficcional o como aparataje mítico, puede derivar en consecuencias de importancia. En particular por el hecho de que los mitos segregan un ritual  . Y el riesgo es que la mitificación de la teoría -favorecida por la masificación y difusión extrema en ciertos medios- conduzca a la ritualización de las prácticas, tanto la clínica como la de enseñanza, reduciéndolas al papel de ilustración de las consignas teóricas la una o a la repetición psitácica de las verdades consagradas la otra.
 Entonces, nuestro esfuerzo estará dirigido a preservar de su mitificación a los mitos que Freud ha inventado, que cumplen con su rol ficcional en el andamiaje teórico y que por ello son ricos en consecuencias clínicas. Es necesario reconocer que, por ejemplo, el mito freudiano de la horda primordial, funciona en la urdimbre de la teoría como ficción y no como mito.
De estas consideraciones no escapan otras ficciones teóricas, ni siquiera las lacanianas. Entre las ficciones freudianas y las lacanianas podemos establecer una interesante diferencia. Las freudianas, apoyadas en remitencias a saberes de su tiempo, resultan, para la subjetividad contemporánea, muy desactualizadas. La refutación antropológica a las tesis centrales de “Totem y tabú” ya citada, las premisas neurobiológicas del “Proyecto…”, las teorías lingüísticas en que se apoya, han sido superadas por los desarrollos de la ciencia contemporánea y parecen antiguallas. En este contexto se precisa ser muy necio para consagrar como verdades científicas lo que constituyen meras apoyaturas ficcionales.
La obra de Lacan, en cambio apela a ficciones más prestigiosas. Lingüística, lógica, derecho, topología, a menudo tomadas en sus desarrollos más actuales, si bien son en general reducidas a lo que le es útil, haciendo lingüístería, topologería, etc., suscitan cierta fascinación, que favorece su transformación -según lo indicado- en mitos teóricos. Valga como ejemplo de esto la revisión del uso que Lacan le da al teorema de Gödel por parte de Guillermo Martínez, nuestro escritor y matemático  .
Así, paradójicamente, las ficciones freudianas ofrecen para nosotros la ventaja de situarse fácilmente en la categoría que Vaihinger denominó “lo conscientemente falso”, lo que no siempre ocurre con las lacanianas. Tanto para Freud como para Lacan, el psicoanálisis navega fatalmente entre el Escila de la religión y el Caribdis de la ciencia. La distinción propuesta entre función mítica y función ficcional de los conceptos en la teoría, apunta a delimitar el primero de los peligros. Del segundo no nos ocuparemos ahora.

La realidad clínica


Esto en lo que se refiere a las narraciones teóricas. Pero nuestro oficio, como ya dijimos, no es una especulación del pensamiento sino una práctica social. Y digo social en un sentido amplio, porque cumple una función social dentro del campo de la salud, como en un sentido más restringido, porque su objeto es la transferencia, es decir, un modo particular de relación entre sujetos. Y en esa práctica también la narración tiene una función primordial. El discurso de nuestros analizantes pertenece mayoritariamente al género narrativo, lo que ya demostraron suficientemente los trabajos previos.
Cabe entonces también aquí la distinción entre ficción y mito. El paciente llega por lo general cuando su “novela familiar” o su “mito individual” se muestran insuficientes para explicar su lugar en el mundo, cuando ya no le bastan para soportar el infortunio común, que se transforma así en padecimiento neurótico -en la mayoría de los casos que atendemos- o bien en cosas peores. Nuestro trabajo, a mi entender, consiste en acompañar y propiciar la transformación de la fijeza de esos mitos organizadores de la historia personal en ficciones más propicias para acoger las circunstancias cambiantes de la vida, o aun para tramitar mejor las heridas constitutivas de la subjetividad. Reescribir la historia, transformar el pasado, serían modos de describir este proceso.
Sabemos que, en tanto práctica discursiva, un psicoanálisis jamás tiene acceso a lo acontecido, sino sólo a sus relatos. Así sucede con el sueño, con las historias infantiles y aun las del presente más cercano. Únicamente en el campo real de la transferencia somos protagonistas, paciente y analista, de un acontecer actual, pero que está fatalmente destinado a ser relatado, por lo tanto ficcionalizado. Recupero nuevamente el título de Eduardo Müller: la única realidad es la ficción. Nos movemos entre ficciones y en su desarrollo reside la eficacia analítica. Desde este punto de vista no existe diferencia ni sustancial ni metapsicológica entre lo que Freud denominaba realidad psíquica y realidad material.
No obstante ello, hay circunstancias en que esta afirmación parece insuficiente. Quiero dar testimonio de algunas dificultades que encontré en mi práctica y que imponen la necesidad de una distinción, si bien no estrictamente teórica, sí operacional, entre ambas.
Paula es una mujer en su treintena, a quien atiendo hace ya unos cuantos años. La consulta se produjo por una serie de síntomas obsesivos que le insumían un alto gasto energético.
 Tal era el monto de angustia comprometido en sus tareas cotidianas que a los pocos meses debió abandonar su actividad profesional y transformar buena parte de sus quehaceres buscando distanciarse de las preocupaciones obsesivas que acompañaban a las mismas.
El trabajo del análisis se encontraba siempre con una dificultad central: la pregunta recurrente de Paula era si, desde un “punto de vista objetivo”, que me adjudicaba, podría juzgarse como real el temor que la asaltaba. Ella creía que una mirada exterior a sus circunstancias podría garantizarle alguna tranquilidad. Por supuesto, intentando siempre reconducir la cuestión a los conflictos que daban origen a sus temores, llegué incluso a intentar un razonamiento lógico que descartase la posibilidad de la duda que la atormentaba. De hecho la mayor angustia siempre se desencadenaba ante una situación en la que era casi imposible dirimir la relación entre lo sucedido y las consecuencias temidas.
En ese borde incierto anidaba el desencadenamiento de angustia que llegaba a paralizarla, lo que iniciaba una cadena de consecuencias que rozaba el disparate. El razonamiento intentaba controlar y dar sentido a la angustia, llevándola a conclusiones insensatas.
Podrán Uds. suponer que a lo largo de años de tratamiento se desplegaron variedad de temas que fueron configurando un cliché fantasmático que podríamos resumir del siguiente modo: “como consecuencia de un descuido de su parte, alguien podría morir”. Así, al conducir su automóvil podría haber atropellado a una paloma, un gato o una persona sin advertirlo, lo que la hacía realizar rodeos interminables tratando de comprobar que eso no hubiera sucedido.
En el curso del análisis surge otra línea de desarrollo obsesivo. La idea de que el marido la engaña. Que lleva una vida sexual oculta.
Esta nueva vertiente de desconfianza en  quien siempre antes había considerado un tipo sincero y honesto, comienza a deteriorar la relación, ya que la angustia que le provocan estas ideas resulta indisimulable. E insiste la pregunta sobre mi “punto de vista objetivo”.
En el desarrollo de esta obsesión lo que más la angustia es que ese hombre que ella eligió por su honestidad y bondad, se le aparece en su delirio como un monstruo pervertido. En este contexto, la pregunta por la “objetividad” de mi mirada “desde afuera” constituye un imperativo desesperado.
Debo confesar que alguna vez consideré la posibilidad de preguntarle al analista de su marido, quien me la había derivado, si era verosímil tal conducta perversa en su paciente. Por cierto no lo hice, manteniendo la cuestión en el ámbito de la fantasía de Paula. Así y todo, la ideación obsesiva se muestra extremadamente resistente al análisis, si bien sus efectos se han ido moderando poco a poco.
En este caso me he visto conminado a actuar como garante de la realidad, como referencia  a una “objetividad” que la rescate de la desesperación y la locura. Pero el hecho es que mi palabra, a veces ensayada como último recurso (la conducta del marido no se condice con la de un perverso, por ejemplo) no condujo más que a una multiplicación de los argumentos y las dudas.
La cuestión más relevante que plantea el análisis de Paula es, como en muchos otros casos, la falla en la constitución de la confianza básica que constituye el soporte de todo sujeto para establecer relaciones con otros. No obstante, en el interior de la relación terapéutica, esa confianza se instaló lo suficiente como para permitir el trabajo de todos estos años, lo que sin duda fue hasta ahora el motor de los cambios psíquicos –insuficientes pero ciertos- que se produjeron en ella.
Otra es la situación de Ariel, un joven de unos veinte años a quien recibo con el antecedente de que ha robado en reiteradas oportunidades a sus padres y miente continuamente. Ocultó que repetía el año del secundario, empeñó los palos de golf de su padre, robó dinero de la billetera de su madre, diferentes objetos a su hermana y vive, según sus padres, en un mundo de mentiras en las que termina enredado y finalmente descubierto. Así, por ejemplo, en una ocasión se compró un traje para trabajar en una empresa, provocando la alegría de sus padres, pero, cuando su madre concurre a visitarlo, le comunican que allí no trabaja nadie con su nombre. Todo se trataba de una mistificación del muchacho.
Todos nosotros estamos acostumbrados a creer a nuestros pacientes, que suelen confesar cosas que jamás se atreverían a decirles a otros, ni aun a sus más cercanos. Damos por sentado que nos cuentan sus verdades, con los límites que, como decía Alberto, imponen el principio del placer, el de realidad y la autoestima.
En este caso se me impuso una sensación diferente. No sólo por los antecedentes del joven, sino por una impresión, que podríamos llamar contratransferencial, de cierta desconfianza que me producía su discurso. Una profusión de palabras proferidas como cortina de humo de cuestiones que había que detectar en los detalles mínimos para interrogarlos y así permitir que apareciera lo que había intentado disimular. Acciones confusas, deudas contraídas, excusas poco creíbles.
Durante varios meses intenté ganarme la confianza del muchacho, quien en apariencia se mostró colaborador e inclinado a un diálogo que parecía sincero. Se puso de relieve un conflicto central de celos hacia su hermana algo menor, a quien los padres colmaban de regalos y deferencias, una verdadera niña mimada, mientras que a él no le pasaban un peso ni le compraban lo necesario. También se fue configurando un panorama familiar de poca transparencia. El padre nunca estaba en la casa, con una serie de actividades sociales incomprobables, siempre decía estar en aprietos económicos mientras que gastaba a manos llenas en lujos innecesarios, su hermana ocultaba sus fracasos escolares y luego los universitarios, etc.
Un sábado, para mi desazón, recibo un mensaje de texto desesperado de Ariel que me pide que lo ayude porque sus padres no le creen y lo acusan injustamente. En la conversación telefónica posterior me cuenta que había desaparecido la billetera de su madre de su habitación, mientras en la casa sólo estaba él. En una entrevista con los padres me hacen un relato muy convincente en el cual el único sospechoso era el joven. Mi esperanza de haber logrado incidir en esos pocos meses sobre su comportamiento antisocial se derrumbó. Yo también creí en su culpabilidad. Evidentemente, este episodio me obligó a reorientar la conducción del tratamiento y le comuniqué a Ariel mis dudas, subrayando además una impresión intensa que me había producido la conversación con sus padres. El padre no le creía absolutamente nada. Precisamente lo que Ariel buscaba y probablemente la única razón por la que concurría al tratamiento era contar con el amor de su familia, estar bien con ellos era su principal motivación. Pero a breves períodos de buena conducta le sucedía indefectiblemente algún episodio que exigía recomenzar la imposible tarea de ganar su confianza.
El problema era que entonces regía la ley del pastor mentiroso. Cuando decía la verdad, nadie le creía. A tal punto que por momentos me sentí tentado a una investigación detectivesca en la maraña discursiva que montaba a su alrededor. Pero sólo me encontraba con palabras inconsistentes, de él o de sus padres, que conducían siempre al mismo lugar: la sospecha. Una base muy poco sólida para construir un vínculo transferencial productivo. El proceso, no obstante, sigue en curso.
Estos dos breves ejemplos ponen en primer plano una dimensión no siempre evidente en nuestra clínica. Por lo común nos basta con suspender todo juicio acerca de la realidad material de los relatos, tratarlos simplemente como lo que son, relatos, narraciones, y trabajar sobre esa materialidad discursiva. En estos casos, como dije, me vi conminado a preguntarme por esa realidad que involucra a otras personas, con la convicción, por otra parte, de que no dispongo de otros recursos que los que el dispositivo nos ofrece, que cualquier intervención de terceros, sea el marido, los padres o quien fuere, contribuye poco y nada a despejar la cuestión.
En otras ocasiones, mucho más frecuentes, nos encontramos con historias acerca de cómo los otros maltratan, afectan o intervienen sobre el paciente que nos habla. La neurosis es propensa a la auto-victimización por lo cual estamos plenamente advertidos de que el primer paso en un análisis es la responsabilización del sujeto por lo que dice que le sucede en la vida. Lacan definió este movimiento como la primera inversión dialéctica: “Cuál es tu propia parte en el desorden de que te quejas”  . No obstante, esta regla aplicada ciegamente ha conducido a una clínica culpabilizadora que frecuentemente daba como resultado eternizar a los pacientes en tratamientos infinitos, en los cuales el analista cumplía el papel de victimario superyoico.
Por lo contrario, el reconocimiento de la “realidad material”, es decir -permítanme esta definición tentativa- la presencia real del otro  , conduce a otras consecuencias. Con presencia real me refiero a la condición del otro como radicalmente ajeno, imposible de reducir plenamente a los juicios que puedan calificarlo, lo que Freud llamaba fremde, extranjero. Ello también es válido para pensar la relación del sujeto con el cuerpo propio, siempre extranjero y enigmático.
Esa presencia es potencialmente traumática –en un sentido amplio-. Ya Ferenczi advertía tempranamente que el reconocimiento de la realidad, en este sentido, es necesario para no duplicar la situación traumática. La incomprensión o el silencio de los adultos forma parte del modo de acción psíquica del traumatismo.
En cambio al reconocer esa presencia real, la incidencia de los actos del otro sobre el sujeto y otorgarle de ese modo un lugar en la economía psíquica, contribuimos a “ficcionalizar” la historia subjetiva, lo que es decir, a escribirla.
19.-La noción de realidad en Freud

por Juan Carlos Perone





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