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29.- DOS TEXTOS SUGERENCIAS DE LUIS CAMPALANS PEREDA:

J.A.Miller y respuesta de L.V. Miguelez. Pagina 12



   Jueves, 26 de abril de 2012 | Hoy

PSICOLOGIA › “EL PSICOANALISIS ES EL REVERSO DE LA POLITICA”

Anguila


El autor examina las íntimas, escurridizas y eléctricas relaciones entre el psicoanálisis y la política: si bien “el psicoanálisis es exactamente el reverso de la política”, sucede que “el inconsciente es la política”. Por lo demás, “indudablemente el psicoanálisis no es revolucionario” pero “es subversivo” y “produjo daños sensacionales en la tradición”.

 Por Jacques-Alain Miller *

El inconsciente no conoce el tiempo, pero el psicoanálisis, sí. El psicoanálisis da lo que Stendhal llamaba “la audacia de no ser como todo el mundo”. Ahora bien, hoy en día, todo el mundo aspira a no ser como todo el mundo. Este era indudablemente el caso de Lacan y su modo de no ser como todo el mundo le fue por otra parte a menudo reprochado. En relación con la política, él enseñaba sobre todo la desconfianza respecto de los ideales, de los sistemas, de las utopías, que siembran el campo político. No creía en las leyes de la historia. Ni una palabra permite creer que mantenía la idea de una ciudad radiante, ya sea situada en el pasado o proyectada en el futuro. Ni nostalgia, ni tampoco esperanza, sino una gran sobriedad respecto de la política, acompañada de numerosos comentarios que iban desde la ironía hasta el cinismo, marcados por sarcasmos y burlas, que subrayan que la política es a la vez cómica y asesina. De las Memorias del cardenal de Retz había retenido lo siguiente: “Siempre son los pueblos los que pagan el precio del acontecimiento político”. Describía también al conquistador, llegando siempre con la misma orden en la boca: “¡A trabajar!”. Para Lacan, la alienación al trabajo era un hecho de estructura, pero que no introducía una revuelta colectiva propiamente dicha, la lucha de clases alentando a los explotados a combatir para convertirse en los explotadores de mañana. Resumiendo, diríamos que en el campo político Lacan estaba en contra de todo lo que está a favor.

Además, la política procede por identificaciones. Manipulando palabras clave e imágenes busca capturar al sujeto, mientras que lo propio del psicoanálisis consiste en operar a la inversa, ir en contra de las identificaciones del sujeto. Una a una, la cura las deshace, las hace caer como las capas de una cebolla. Enfrentar al sujeto con su propio vacío, permitiéndole así despejar el sistema que, a su pesar, ordenaba sus lecciones y su destino. En este sentido, el psicoanálisis es exactamente el reverso de la política.

Pero el inconsciente es otra cosa. Lacan decía habitualmente que “el inconsciente es la política”. No es una sustancia escondida en el individuo, en su mundo cerrado, que se trataría de forzar. El inconsciente es una relación y se produce en una relación. Es por ello que tenemos acceso a él en una relación con ese otro que es un analista. En la vida psíquica de un sujeto, un otro siempre está ya implicado como modelo, objeto, sostén u obstáculo. La psicología individual es de entrada psicología social. Si el hombre es un animal político, es por ser a la vez hablante y hablado por los otros. Sujeto del inconsciente, recibe siempre de un otro, del discurso que circula en el universo, las palabras que lo dominan, que lo representan y que lo desnaturalizan también.

El psicoanálisis enseña algo sobre el poder, la influencia que se puede ejercer; no hace falta mucho para imponerse: esencialmente, algunas palabras bien elegidas. Convertida en una industria capital para el consumo, la publicidad ha sacado ampliamente provecho de esto. En las democracias como las nuestras, la política ya no puede dirigirse a aquellos que todavía llamamos ciudadanos sin pasar por la publicidad. El marketing político se ha transformado en un arte e incluso en una industria que produce un montón de siglas, slogans, emblemas, pequeñas frases; y esto, en función de los datos recolectados por encuestas de opinión, sondeos agudos y grupos de discusión; escuchar lo que allí se dice sirve en primer lugar para cernir los términos susceptibles de imponerse a la opinión. Es asombroso que, lejos de ocultarse estas manipulaciones, se las exhibe. Informado de la existencia de las mismas, el público quiere conocerlas, visitar las bambalinas. No sólo se pone en escena el decorado, sino que también se convierte en espectáculo el reverso del decorado; al menos, uno de los reversos del decorado.

Los que practican la política son los primeros en saber que ésta no es más una cuestión de grandes ideales, sino de pequeñas frases. Ellos se las arreglan con eso y los ciudadanos parecen querer que así sea. Que la política no esté más idealizada no es una desgracia de la democracia. Sin duda ése es su destino, su lógica y, si así puedo decirlo, su deseo. La decadencia generalizada de lo absoluto en el campo político es notoria: algo bueno en oposición al fanatismo, pero que no abre la vía a la discusión racional entre ciudadanos desapasionados. Estamos en el reino de la opinión. El debate público se desarrolla sobre un fondo de increencia, de engaño, de manipulación declarada y consentida.

Esta es la regla del juego, deplorarlo también forma parte de él. Ya nadie denuncia esto como abyecto, excepto algunos maldicientes o imprecadores, que por otra parte hemos reducido a la impotencia. Si acaso alguno de ellos tiene talento, nos felicitamos del condimento que aporta al debate público. Forma parte del mismo movimiento de la civilización que revela sin descanso el carácter artificial, construido, de todas las cosas en este mundo: el lazo social, las creencias, las significaciones. El psicoanálisis participa de esto, ya que ningún otro discurso ha sido más potente en sacudir los semblantes de la civilización.

Aquel que practica el psicoanálisis debe lógicamente querer las condiciones materiales de su práctica. La primera es la existencia de una sociedad civil stricto sensu, distinta del Estado. El psicoanálisis no existe allí donde no está permitido practicar la ironía. No existe allí donde no está permitido cuestionar los ideales sin sufrir por ello. En consecuencia, el psicoanálisis es claramente incompatible con todo orden totalitario. Al contrario, el psicoanálisis hace causa común con la libertad de expresión y el pluralismo. Mientras la división del trabajo, la democracia y el individualismo no hayan producido sus estragos, no habrá lugar para el psicoanálisis.

El liberalismo no es, sin embargo, la condición política del psicoanálisis. En los Estados Unidos, por ejemplo, si bien el psicoanálisis lacaniano interesa a los intelectuales, su práctica real sólo subsiste. Según la opinión de Freud, el psicoanálisis se desnaturalizó al atravesar el Atlántico; los inmigrantes que lo difundieron dejaron Europa detrás como un mal recuerdo y sólo les quedó conformarse a los valores del american way of life. Esta expresión cayó en desuso, ya que este estilo de vida se está volviendo cada día más el nuestro; si el divorcio de las sensibilidades y de las costumbres entre Estados Unidos y Francia, incluso Europa, pudo por supuesto cristalizarse a nivel político, no impidió de ningún modo la americanización en marcha.

Como tal, el psicoanálisis ¿es revolucionario o reaccionario? Se trata de un Jano, un señuelo, que se utiliza explícitamente en los debates de sociedad en los que al psicoanálisis se le hace decir una cosa y su contrario. Pero su doctrina sólo requiere que un analista esté allí antes que nada para psicoanalizar y subsidiariamente para hacer avanzar al psicoanálisis y difundirlo en el mundo; aún mejor, si para esto interviene en el debate público.

Indudablemente, el psicoanálisis no es revolucionario. Sin duda, se dedica más bien a poner en valor invariantes que a depositar sus esperanzas en cambios de orden político. Pretende operar a un nivel más fundamental del sujeto, donde los puntos del espacio-tiempo están en una relación topológica y ya no métrica. Lo más distante se revela de repente lo más próximo. Un psicoanalista es de buen grado partidario del “Nada nuevo. Más eso cambia y más es la misma cosa”, profesa el analista; salvo que tal vez pueda empeorar, si alguna vez se creyó que podía ser mejor.

El psicoanálisis no es revolucionario, pero es subversivo, que no es lo mismo, es decir que va en contra de las identificaciones, los ideales, las palabras clave. Es bien conocido que nos preocupamos cuando alguien cercano comienza un análisis: tememos que deje de honrar a su padre, a su madre, a su pareja y a su Dios; algunos, por otra parte, aspiraron, sin éxito, a un psicoanálisis adaptativo más que subversivo.

No nos engañemos, “más eso cambia y más es la misma cosa”, pero ¡cambia de todos modos! Que siga siendo la misma cosa significa: lo que se gana por un lado, se pierde por otro, y esto no se reabsorbe. Si es subversivo, no por ello el psicoanálisis es progresista ni reaccionario. ¿Sería entonces desesperanzado? Digamos más bien que un psicoanálisis opera de la esperanza. Procede a la ablación de la esperanza y un cierto alivio resulta de ello.



No sólo los psicoanalistas no son militantes del psicoanálisis –excepto a veces, y no necesariamente para su felicidad–, sino que son más bien propensos a fastidiar a los militantes. Resulta de ello que los psicoanalistas se muestran frecuentemente muy abrumados por su operación que sacudió todos los semblantes, en particular todas las normas que atemperaban la relación sexual insertándola en la familia y la procreación. Los psicoanalistas hubieran querido que los semblantes de antes resistieran hasta el fin de los tiempos. ¡Lejos de ello! El psicoanálisis produjo daños sensacionales en la tradición. A estos desastres se sumaron las posibilidades inéditas que ofrecen los avances de la biología, la reproducción asistida, la clonación, el desciframiento del genoma humano, la perspectiva de que el hombre mismo se convierta en un organismo genéticamente modificado. Está claro que el Nombre-del-Padre ya no es más lo que era.

* Ex presidente de la Asociación Mundial de Psicoanálisis. El texto es transcripción de la conferencia “Anguille en politique”, dictada en radio France-Culture en 2005; traducida al español por Daniela Fernández, especialmente para Página/12, con relación a la visita del dictante, quien participa en el VIII Congreso de la Asociación Mundial de Psicoanálisis, “El orden simbólico en el siglo XXI no es más lo que era”, que se celebra en estos días en Buenos Aires.


    Jueves, 14 de junio de 2012

PSICOLOGIA › RESPECTO DE UN ARTICULO DE JACQUES-ALAIN MILLER

“No es lo que Freud nos legó”

 Por Luis Vicente Miguelez *

En el artículo “Anguila”, de Jacques-Alain Miller, publicado en esta sección el 26 de abril, se plantea como objetivo del psicoanálisis “ir en contra de las identificaciones del sujeto”, llevarlo a “enfrentar su propio vacío”, procediendo a “la ablación de la esperanza”; sostiene que “un psicoanalista es de buen grado partidario del Nada nuevo. Más eso cambia y más es la misma cosa’, profesa el analista; salvo que tal vez pueda empeorar”. No es lo que Freud nos legó como práctica terapéutica ni como método de investigación.

Con el ropaje de la crítica a la postración ante ideales convertidos en totalitarismo pretende camuflar una posición en la que se descree de lo político como acción transformadora de la sociedad. Propone una concepción que desacredita el acto político. Efectivamente, si política es la “manipulación de palabras clave e imágenes para capturar al sujeto”, no es más que demagogia y publicidad. Que la política sea reducida a mera cuestión de marketing habla más de lo que se hace habitualmente con ella, en nuestra época dominada por el neoliberalismo, que de lo que realmente es. Confundir la acción política que legitima el poder ciudadano con la acción de aquellos que la pervierten es, a mi entender, reducir la cosa a su manejo. Vale esto también para el psicoanálisis y los psicoanalistas.

Ahora bien, de qué está hablando Miller cuando dice: “Nos preocupamos cuando alguien cercano comienza un análisis: tememos que deje de honrar a su padre, a su madre, a su pareja y a su Dios”. Y más adelante agrega que “los psicoanalistas hubieran querido que los semblantes de antes resistieran hasta el fin de los tiempos”. ¿Quiénes son los psicoanalistas de Miller? ¿A quiénes supone con tal pobre anhelo y tan vana preocupación? ¿Acaso añoranzas de “un Nombre-del-Padre que ya no es más lo que era”?

En otro párrafo manifiesta que “el psicoanálisis no es revolucionario, pero es subversivo, que no es lo mismo, es decir, que va en contra de las identificaciones, los ideales, las palabras clave”. Enunciación paradojal ya que él mismo habla desde un ideal que por llamarlo de algún modo lo denominaremos escéptico. Se trata, según Miller, de que nuestra práctica va en contra de lo establecido. Es su manera de presentar la experiencia analítica por el lado de la subversión de los valores. Estamos más ante una declaración política que ante una práctica clínica.

No tendría ningún sentido esta discusión si no pensara que esta posición convierte al acto analítico y al proceso de la cura en transferencia en una identificación imaginaria a un ideal que, con ropaje de subversivo, no es más que una concepción política filosófica, emparentada con lo que los antiguos griegos llamaron cinismo. Se convierte así la sesión analítica en una política de dos, donde el poder de la transferencia haría del psicoanalista algo así como un líder irreverente. Más que el reverso de la política, lo que plantea Miller es una manera camuflada de hacerla. ¿Qué lugar queda, entonces, para la singularidad del deseo del analizante en esta supuesta “lucha” contra las identificaciones, los ideales y las palabras claves a la que Miller asimila al tratamiento analítico? Se abandona así una herramienta fundamental de nuestra práctica, la abstinencia analítica, que hace de la presencia del analista una oportunidad para el encuentro con el deseo propio, sin encaminarlo hacia algún ideal ni aplastarlo con el suyo.

Dejemos a la política lo que es de la política y al psicoanálisis lo que es suyo. Hacer política disfrazada de psicoanálisis no beneficia ni a una ni a otro. Por el contrario, la experiencia analítica mostró desde sus inicios una vocación para intervenir en la cultura de su tiempo. Los primeros trabajos de Freud referidos a la histeria configuraron un modo, a mi entender, genuino y eficaz de contribución al respecto. Al ocuparse no de la enfermedad sino del síntoma, Freud privilegió lo que éste tiene de verdad respecto de la cultura de su tiempo. Es decir, puso por un lado de manifiesto las fuerzas antagónicas que intervienen en el conflicto del que el síntoma es símbolo (sexualidad y represión) y por otro abrió el camino para nuevas y diferentes alternativas al mismo.

El síntoma, por primera vez en la historia de la medicina, adquirió una dimensión social y cultural, dejó de ser la expresión del déficit de una función para expresar una verdad acallada. En el caso de la histeria, la represión de la sexualidad y el aplastamiento del deseo. Esta lectura de lo que el síntoma encierra efectivamente tiene consecuencias políticas y culturales, pero no es tarea del psicoanalista proponer programas alternativos. Abrir a la conciencia colectiva lo que el síntoma de la época enuncia es el modo en que nuestra práctica se enlaza con lo social.

En cuanto al tratamiento analítico, no debemos olvidar, tal como aconsejaba Freud, que la cuestión de la terminación del análisis es una cuestión práctica, nuestra aspiración es lograr las condiciones psicológicas mejores para que alguien pueda ser capaz de amar y trabajar satisfactoriamente. A lo que Lacan agregará que en nuestro oficio se debe ser prudente, que un análisis no debe llevar las cosas hasta los límites, vocación neurótica por excelencia, que cuando el analizante piensa que es feliz por vivir es suficiente.

* Perteneciente al grupo clínico Fragmentos, fundado por Fernando Ulloa; integrante del grupo Psicoanálisis en Debate.



1 El término 'mind-blowing' puede tomarse en dos sentidos, de explosión y de expansión -siendo el primero la significación primaria. Valga la ambigüedad.

2 Newsweek, 17 de Julio de 1995, p. 1.

3 Hasta hace poco, las excepciones a la suposición general de los efectos benéficios de la exposición a estímulos visuales eran solamente la violencia masiva, la comunicación visual pornográfica, eufemísticamente llamada 'adulta' en la jerga de los medios, y las comunicaciones 'online' de seducción directa de adultos a niños que ya se salían del ámbito "virtual" incorporándose a lo que en la ciberjerga se conoce como una simple sigla, IRL (In Real Life, o sea 'en la vida real'. Ultimamente comienzan a tomarse más en cuenta las 'adicciones a Internet'. La generación de juegos interactivos hoy en desarrollo, donde participan hasta un centenar de personas en juegos de guerra que borran cada vez más los límites entre 'realidad virtual' y 'realidad real' es recibida, con un optimismo que raya en la insensatez, como un 'nuevo medio social'.

4 Traduzco libremente: "La felicidad son los niños conectados con Internet"

5 Valgan las comillas en el sentido de que no hay motivos para suponer que J-B. Lamarck hubiera adherido a tan esotérica tesis de adaptación instantánea.

6 La descomposición de Occidente. Entrevista con Cornelius Castoriadis. La Nación Cultura, 16 de junio de 1996, p. 2.




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