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-La ciencia, la tecnología y sus públicos



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26.-La ciencia, la tecnología y sus públicos


Diálogo con Carina Cortassa, doctora en ciencia y cultura, investigadora en el Centro Redes. Pagina 12

Las representaciones que tanto los científicos como el resto de los ciudadanos tienen de lo que es la ciencia influyen en la comunicación pública de los saberes y condicionan el diálogo entre investigadores, divulgadores y lectores.




Por Leonardo Moledo

Acaba de publicar el libro La ciencia ante el público, que es el resultado de su tesis doctoral.

–Sí. El libro es el resultado de muchos años de trabajo en el área de los estudios de ciencia, tecnología y sociedad. Yo me concentro en un campo específico, que es el de la comprensión pública de la ciencia.

Y eso es...

–De qué forma el conocimiento científico trasciende los límites de las comunidades especializadas y es apropiado y se disemina en la sociedad. Eso se establece, por ejemplo, a través de los medios de comunicación, a través del periodismo científico, de los divulgadores, del jinete hipotético, de las visitas a Tecnópolis. Lo que yo estudio no es ese contacto que se establece en la educación formal sino el que perdura a lo largo de toda la vida de un sujeto a través de otros mecanismos: los de mediación o interfaz.

¿Por qué es importante saber lo que pasa ahí? ¿Y qué pasa ahí?

–Yo creo que es importante saber lo que pasa ahí por distintos motivos. Uno puede estar interesado por este tipo de cuestiones porque cree que todo el mundo debería poder disfrutar de la ciencia como un bien cultural, igual que de la literatura, de la música o del cine. Pero también puede haber otro interés: el sentido cívico, es decir, la formación de ciudadanía en ciencia y tecnología. Esta formación cívica tiene que ver con el hecho insoslayable de que la ciencia y la tecnología son hoy en día dimensiones constitutivas de nuestra sociedad contemporánea; atraviesan todos los procesos. Pero no sólo a nivel macrosocial sino a nivel cotidiano: toda nuestra vida está atravesada por el conocimiento científico y tecnológico.

Lo que pasa es que yo no necesito el conocimiento científico para usar las cosas que uso.

–Pero tal vez sí necesita otras cosas, como leer los prospectos médicos o las características de los alimentos que consumen. Pero más allá de este nivel cotidiano, hay discusiones a nivel macro, como el debate que está asomando de la muerte asistida o el debate sobre la investigación de células madre embrionarias.

O sobre la megaminería...

–Sí. Todas estas cuestiones son percibidas por el ciudadano, mucho más de lo que creemos. Yo lo que hago en el libro es tratar de hablar con la gente sobre ciencia, y de lo que me doy cuenta es de que son cosas que a la gente le interesan. La gente quiere ser parte de este tipo de discusiones. Creo que hay una imagen de “la gente”, que es la que se manejó históricamente, que es que esa gente es desinteresada, pasiva e ignorante en cuestiones de ciencia. Pero lo que pasa es que de algún modo es preciso, para que esa discusión sea posible, que se compartan ciertos conceptos básicos. Porque si no, no tenemos un diálogo sino un monólogo a dos voces.

¿Por ejemplo?

–Por ejemplo: ¿por qué necesitaría la gente acceder al concepto de “proceso de lixiviado”? Y, porque la discusión necesariamente se establece en esos términos. Quien no puede disponer de ese tipo de conceptos queda afuera de la discusión. Tiene que haber un umbral de comunicabilidad mínimo en el cual se compartan ciertos conceptos (que signifiquen lo mismo para todos) el diálogo no es posible.

¿Entonces?

–Yo lo que planteo es un modelo cognitivo, un modelo de la interacción epistémica. Planteo mi modelo de cómo se plantea la interacción entre el público, el mediador (un divulgador) y el científico. Lo que estudio es cómo circula el conocimiento hasta el momento en que es apropiado por el público. Trabajo con dos marcos teóricos importantes: uno, el de la epistemología social (que estudia cómo circula el conocimiento entre agentes con posiciones asimétricas) y el otro, la teoría de la representación social, una corriente de la psicología social que estudia el modo en que ciertas estructuras psicosociales inciden sobre la percepción que la gente tiene sobre determinados problemas, como la figura del científico o la de la ciencia. Entonces lo que yo trato es de hacer confluir dos dimensiones de esa interacción: el problema de la dimensión epistémica y el de la dimensión simbólica. Científicos, divulgadores y público son heterogéneos en dos planos: son heterogéneos en cuanto a sus competencias, capacidades y saberes, pero también son heterogéneos en cuanto a sus representaciones. Yo trato de ver, entonces, de qué modo esas interacciones inciden sobre la representación epistémica.

¿Y de qué modo inciden?

–Inciden de varias maneras. En primer lugar, inciden porque ese tipo de representaciones sobre lo que es la ciencia, o el científico, crean anticipaciones sobre cómo es esa relación. Por ejemplo, la gente tiene una imagen de la ciencia y del científico, muy extendida, como el lugar de la certeza, de la certidumbre, de la verdad. Eso genera una expectativa respecto de la ciencia y los científicos que es desmedida...

Genera una expectativa, pero además genera temor.

–Sí, claro. La teoría de las representaciones sociales supone que hay una doble representación, que se compone de una suerte de “núcleo duro” y elementos periféricos. Ciencia y tecnología son cara y ceca. El núcleo duro genera seguridad, bienestar, admiración, respeto, pero la periferia genera incertidumbre, demanda de cuidado, algo de miedo. Ambas cosas vienen pegadas. El marco teórico con el que yo trabajo permite comprender el problema de la ambivalencia de la imagen pública que tiene la ciencia.

Volvamos al tema anterior...

–Bueno, esas representaciones que tiene la gente también las tiene el científico, que posee sus propias ideas sobre lo que es la ciencia. Y el divulgador tiene la propia. Se genera entonces una red de anticipaciones y expectativas que condicionan las actitudes con las que cada uno se incorpora al diálogo. Pero por otro lado, también inciden en el resultado, que es el modo en que una vez que la gente ha accedido a algún tipo de conocimiento nuevo lo incorpora a su propio bagaje de creencias.

¿Por ejemplo?

–Cuando la gente se encuentra con un conocimiento que le parece muy improbable, como cuando lee que se encontró agua en un planeta extrasolar, la imagen previa que tiene de la ciencia le permite aceptarlo mucho más fácilmente. Como la ciencia ha demostrado muchas veces que cosas que parecían improbables efectivamente son como lo decía, el lector está más dispuesto a aceptar la noticia como cierta. Otro ejemplo: las dos patas de la ciencia (básica y tecnología) hacen que la gente vea a la tecnología como la materialización de la ciencia básica. El hecho de que un objeto hecho para calentar cosas, como el microondas, efectivamente caliente cosas, me da la pauta de que detrás de eso hay un conocimiento válido, y que además existe una entidad tal como las “microondas”, aunque yo no sepa qué son ni cómo funcionan. Es una especie de realismo a la Hacking: si las entidades son manipulables, es porque detrás hay algo cierto. Lo que yo quiero mostrar es que el tipo de razonamiento involucrado en la aceptación del conocimiento es irreductible a razones de tipo cognitivo, es decir, hay motivaciones que no tienen que ver estrictamente con entender o no entender.

Eso pasa con los científicos también... Muchas veces la elección de la teoría no es debida a temas estrictamente cognitivos.

–Sí, claro. Hay valores no epistémicos que intervienen en la elección de una teoría. Lo que yo digo entonces es que hay otro tipo de cuestiones, no estrictamente cognitivas, que interviene en el modo en que la gente acepta y se apropia de teorías científicas.

¿Cuáles son esas motivaciones?

–Las que están condicionadas por la representación que la gente tiene de lo que es la ciencia, que son las que le vengo contando: la motivación por la imagen de la ciencia como progreso y certidumbre y la motivación fundada en la historia de éxitos cognitivos, entre otras. Y hay una motivación que es muy importante, que es la credibilidad del agente de interfaz.

¿De qué depende eso?

–Bueno, la gente tiene no sólo una imagen de sí y del científico sino de los agentes de interfaz, y sabe en qué agentes de interfaz puede depositar mayor o menor confianza. Una misma información (por ejemplo, que se descubrió agua en un planeta extrasolar) tiene diferentes grados de aceptabilidad de acuerdo con el medio donde aparezca: si sale en un diario serio, se le cree; si aparece en una revista de ovnis, no. La gente no puede juzgar por la noticia en sí, sino por el lugar donde aparece. La misma proposición se juzga como verdadera o falsa, según el medio.

Eso es lo mismo que con cualquier otra noticia...

–Sí. Lo que todavía no se sabe muy bien, y ése es un problema muy interesante, es a quién le cree la gente. Por un lado está el científico que dice “hay agua en Marte” y por el otro está el periodista o el jinete hipotético, que le transmite a la gente lo que dice el científico. La gente no tiene mucha referencia para juzgar la credibilidad del científico original; en todo caso, la referencia que puede tener es la que le da la propia interfaz.

¿Se puede creer lo que no se puede comprender?

–Hay que hacer una diferencia entre “creer” y “aceptar”. Cuando hablamos de “creencia”, parece ser una disposición involuntaria. Es importante distinguirlo de la aceptación, del acto intencional de aceptar una proposición científica. La gente marca muy bien la diferencia entre la creencia en la ciencia y la creencia religiosa. Nadie pide ver a Dios para creer o no. Del mismo modo, nosotros no podemos ver el agua en el planeta extrasolar, pero demandamos que, si se nos afirma que existe, se muestre algún tipo de evidencia que opere como garante de esa institución.

Es una actitud más científica.

–Y lo que es importante ver es que la confianza en la ciencia no es una confianza ciega. No hay que hacer la analogía entre ser confiado y ser crédulo. Porque históricamente se dice que la gente confía en la ciencia, como si fuera crédula. Y eso está mal. Para que la ciencia pueda avanzar y circular por la sociedad es necesario que haya confianza epistémica.

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27.-Breve resumen sobre algunas ideas de: Derrida,, Roudinesco, Bion , Winnicott y Mendel

Hilda Catz

Hay una fragilidad específica del psicoanálisis que radica en su mismo objeto: el inconsciente, en el sentido freudiano, siempre puede ser evitado, refutado, considerado “peligroso” y por tanto desterrado de la conciencia y de la razón, etcétera. De aquí proviene la necesidad, para mantener la creatividad, de volver incesantemente al gesto original de Freud contra los dogmas que el propio psicoanálisis suscita .



Para los primeros freudianos, el psicoanálisis era propiedad de un padre fundador que designaba a los suyos; los que lo abandonaban se definían a sí mismos como disidentes que no pertenecían ya al círculo de los elegidos. A partir de 1910, Freud delegó la función soberana del poder a la IPA. Durante casi veinte años, esta fue la única instancia legítima, hasta legal, del psicoanálisis, dirigida no por el fundador que seguía encarnando su fuerza creadora, en cuanto maestro sin mando, sino por sus discípulos de la primera generación.

Con las sucesivas escisiones, a partir de 1927, la IPA cesó progresivamente de ser el lugar de la soberanía del psicoanálisis, mientras que, por algún tiempo más, seguía siendo su única instancia legítima. En efecto, los que se separaban no abandonaban la comunidad, cuyo actor principal seguía siendo en vida, Freud, sino que intentaban crear otras corrientes internas a esta comunidad.

Al respecto, el escisionismo del período entre las dos guerras fue el síntoma de la imposibilidad para el psicoanálisis de ser representado en su totalidad por un solo gobierno. Este escisionismo reflejaba lo que era la esencia misma de la invención freudiana: el descentramiento del sujeto, la abolición del dominio, y la derrota de la autoridad monárquica.

Reivindicaban tanto al padre desaparecido y a su doctrina como a una superación o un abandono de su sistema de pensamiento.

Este escisionismo fue la señal de una transformación del psicoanálisis en un movimiento cada vez más importante, prácticamente de masas. Con el correr de los años, la IPA se convirtió así en una asociación mas burocrática y corporativista que fue abandonada o impugnada desde el interior por todos aquellos que trataban de despertar el espíritu creativo produciendo una renovación teórica.



Hay que decir en su descargo que padeció las coerciones impuestas por el “mercado” (y hoy por la globalización), sobre todo en los Estados Unidos, donde los profesionales fueron obligados a someterse a las exigencias salvajes de grupos financieros, responsables de su propia seguridad y de la de los pacientes, y más preocupados por realizar beneficios que por contribuir a una reflexión intelectual acerca de la salud mental.

En una palabra, la “mercantilización” del psicoanálisis, y las luchas estériles que tuvo que llevar a cabo a favor de un status –o de un rechazo de todo status (lo que equivale a lo mismo)- con el telón de fondo del desarrollo de un espíritu de competencia que lo arrastró por la senda de una rivalidad, a veces con los laboratorios de psicofarmacología, otras con las psicoterapias de todo tipo, todo eso terminó por hacer olvidar lo que fue el deslumbramiento original del gran banquete platónico orquestado por Freud a comienzos de siglo.

La situación actual es el reflejo de esta historia, de la cual somos sus herederos. En adelante sabemos que ninguna internacional puede pretender encarnar la legitimidad del psicoanálisis. Por consiguiente, todas sus instituciones están marcadas por el duelo de una soberanía perdida para siempre, o engendradas por el duelo interminable de esa figura de un maestro al que todas quieren ser fieles, a riesgo de reconstruirla a la manera de un simulacro.

Lo que las instituciones psicoanalíticas tienen que replantearse, en su misma carta constitutiva, en su modo de funcionamiento sociopolítico, es ante todo la relación con la Sociedad en que viven, porque como dijo Bion, un analista nunca puede dejar de considerar, por un lado, la sociedad en que vive y por otro el sentido común. “Pero si hay algo por venir, si hay un por-venir, si hay un acontecimiento por venir, más allá de toda soberanía performativa y toda previsibilidad, más allá de todo horizonte desde el que se cree ver venir, será, sería con esa condición…”

Bibliografía:

Bion “Cogitation”: Fichas de trabajo del grupo de investig.con Dario Sor

Derrida y Roudinesco: “Y mañana que…” Edit. Fondo de Cultura Económica-Bs.As. 2003

Derrida “Historia de la mentira: Prolegómenos” Sec. Extensión Universi-Facultad de Filosofia y Letras-Bs.As. 1997

Mendel “Sociopsicoanalisis I yII

Winnicott “Realidad y Juego” Edit. Gedisa-Bs.As. 1985

28.-DOS TEXTOS

SUGERENCIAS DE JUDITH KANCYPER

EL PSICOANÁLISIS, POR VENIR.
Casa Museo León Trotsky, 19 de septiembre de 2011


Néstor Braunstein

http://nestorbraunstein.com/escritos/index.php?blog=1&title=el_psicoanalisis_por_venir&more=1&c=1&tb=1&pb=1

Corría el año '75. Ese día se festejaba el cumpleaños del doctor Guillermo Calderón, director de la Clínica San Rafael donde yo dirigía el llamado "Servicio de Psicoterapia" y, en esa condición, fui convocado. El banquete era en casa del jefe y asistía, como invitado de honor, el Dr. Ramón de la Fuente Muñiz, entonces zar y hoy prócer de la psiquiatría mexicana. Fue la ocasión del primero de los dos encuentros personales que tuve con este prohombre que era, para mí, "el patrón", un superior jerárquico absoluto. Condescendiente, aunque ya al tanto de algunos de mis antecedentes, me preguntó a qué me dedicaba y le dije que era psicoanalista y estaba orientado al psicoanálisis lacaniano. Inmediatamente me respondió con un diagnóstico que tenía la forma pero no el significado de una pregunta: "¿Pero Lacan está loco, no?". Tuve en ese momento la confirmación de lo que ya sabía sobre la función del psiquiatra como metro patrón de la normalidad y de la razón. Del segundo encuentro con de la Fuente no les hablaré hoy; fue mucho más importante y acabó con mi expulsión del establishment médico de nuestro país acusado como antipsiquiatra que se oponía a la psiquiatría mexicana. Es algo que nunca acabé de lamentar porque estaba llegando a tener una cierta influencia sobre los "alienistas" jóvenes que se encontraban, a través mío, con el psicoanálisis.


El mes pasado me tocó intervenir en el Congreso de la Asociación Internacional de Psicoanálisis, la famosa IPA según sus siglas en inglés. Allí, en la discusión de un caso de homosexualidad femenina, hice algunas referencias a la concepción lacaniana. Uno de mis colegas en la mesa, un francés de la misma organización en donde la palabra de André Green es la más prestigiosa, habló de "perversión narcisística" en referencia a la paciente. En cuanto expresé ciertas objeciones a ese "diagnóstico" (por ejemplo, que el narcisismo, el amor al yo, era "la enfermedad mental de la humanidad" y por eso no cabía rotular así a nadie) este señor estalló en un acceso de furia y dijo que no había prueba mayor de "perversión narcisística" que la vida y la obra de Jacques Lacan de la que muchas cosas había aprendido e incorporado a su discurso pero que, sin embargo, era un perverso que había abusado de sus pacientes, de sus alumnos y de su público. Ambos, Ramón de la Fuente y Paul Denis, uno en mi juventud, el otro en mi vejez, me confirmaban que el psicoanálisis sigue actuando como la promesa de una subversión posible de los valores dominantes en el campo de la organización subjetiva. Hago votos por que a estos señores nunca les falten los diagnósticos y el rechazo de lo que nunca podrán entender acerca de la subjetividad y que intentarán taponar con su supuesto saber hecho de descalificaciones. Su oposición es como esas líneas pintadas en el camino que nos permiten saber que vamos por el carril de nuestro deseo, el elegido para llegar a destino.

EL PSICOANÁLISIS, POR VENIR


¡Cuántos caminos se abren, cuán pocos los que podrán transitarse a partir de esta invitación para hablar sobre un tema que se confunde para mí con mi vida misma! ¡Qué enorme el agradecimiento a Martha Reynoso por haber abierto el claro en el bosque para que los psicoanalistas de diversos orígenes podamos escucharnos hablar de todo: nuestro pasado, nuestro presente, nuestro futuro, nuestros fantasmas, nuestra disciplina, nuestros entrecruzamientos con las vidas y con las instituciones de los colegas! ¡Qué oportunidad la de hablar con los protagonistas de esta historia siempre por escribir, siempre por venir, la historia del psicoanálisis en México y la de intercambiar nuestras impresiones personales con quienes, como nuestro amigo Rubén Gallo, abordan el tema desde el exterior de esa historia!
Esa es la razón de este título: EL PSICOANÁLISIS, POR VENIR, escogido después de muchas vacilaciones y con la libertad de tomar por otros senderos en este espacio que nos ofrece Martha Reynoso, la casa museo de Trotsky. Un espacio saturado de resonancias míticas para mí, Néstor, cuyos abuelos fueron David Braunstein, nacido en Moisés Ville, Argentina, en 1891 y Pola Maidán Bronstein, de Odessa, nacida allí, junto al Mar Negro, en 1893. Néstor, esta criatura, descendiente de refugiados de los pogromos, originario de las pampas que, por el azar de misteriosas circunstancias, es convocado a hablar, 120 años después de lo que llamaría el año cero de mi leyenda, en el lugar donde el más connotado, detestado y admirado de mis ancestros, el rugiente León de mi tótem, tuvo una cita fatal con un mercader de la muerte.
Y ⎯de entre tantas opciones posibles que me han sido ofrecidas por nuestra anfitriona⎯ por ejemplo, la autobiográfica, la historia de la llegada de los argentinos a México en los años '70, el paisaje psicoanalítico de aquellos años, las instituciones que nos recibieron y las que fundamos, los modos en que la enseñanza de Lacan hizo su entrada en este hipóxico altiplano, los discursos que fuimos elaborando y la recepción que tuvo nuestra palabra en la prensa, la cátedra, la práctica del análisis, la presencia del psicoanálisis y del lacanismo en la cultura y en la política del país, de entre todos esos desarrollos posibles, elijo hablar, no de lo que fue, sino de lo que podemos vislumbrar a la luz de lo que vemos en la actualidad. En otros encuentros, en otros tiempos, más adelante, podremos seguir esos muchos senderos que hoy dejamos marcados con meras señales camineras.
Todos sabemos de la importancia de una coma en un sintagma. Sigamos el ejemplo de Lacan cuando escribió: "El psicoanálisis, didáctico". La ruptura, comatosa diría, en la continuidad de la frase ponía de manifiesto que si el psicoanálisis no es didáctico, ni psicoanálisis es. En la concepción de Lacan el psicoanálisis es la práctica que habilita para el ejercicio del oficio y es la cátedra donde la disciplina se enseña. Por eso un psicoanálisis, el psicoanálisis, no puede ser otra cosa que didáctico.
Ahora, aquí, hic et nunc, México, 2011, decimos "El psicoanálisis, por venir". No escamoteamos un dejo de provocación: El psicoanálisis no ha llegado, el psicoanálisis está siempre "por venir", como Maurice Blanchot cuando hablaba del libro o Jacques Derrida cuando se refería a la justicia o a la democracia: son siempre "por venir". El psicoanálisis es, literalmente, un programa, está por escribirse. No hablamos del porvenir del psicoanálisis como sinónimo del futuro, como quien dice "El porvenir de una ilusión", pues no se trata de una promesa de bienaventuranza o un cálculo de probabilidades sino de un riesgo a correr, sin garantías del venir o no venir, del llegar o no llegar del acontecimiento o del personaje que se espera. Sabemos que Pfister le contestó al "Porvenir de una ilusión" de Freud con otro libro que llamó "La ilusión de un porvenir". Se referían ambos, supuestamente, a la religión. ¿Pero, no estarían insinuando ambos que la ilusión y el porvenir eran, en su oposición misma, también los del psicoanálisis? ¿Tenemos y de qué manera tenemos la ilusión de un porvenir?
¿Llegará alguna vez el psicoanálisis a México? ¿Llegó alguna vez el psicoanálisis a Viena o a París, a Nueva York o a Buenos Aires? No lo creo. Cuando se supo, por el camino de Freud, que se lo podía esperar, se lo pidió, se abrió el campo de una demanda, de una expectativa. Pero nunca aterrizó, nunca llegó para quedarse, tan solo sobrevoló la ciudad, esta, la nuestra o aquellas otras que son o fueron sus capitales. El psicoanálisis vive sobrevolando (surplombant) la cultura, es un punto desde donde los malestares de la subjetividad pueden verse pero donde ninguna imagen se fija pues el paisaje cambia con cada acto, con cada decisión que se toma, con cada palabra que se dice. ¿Es el psicoanálisis una realidad presente o es más bien un kerigma, una anunciación, una expectativa, una promesa? El psicoanálisis como tal es un anticipo de algo por venir, una fantasía de deseo. Es irreductible al cálculo y no algo tangible que se pueda constatar, medir, pesar, objetivar. Quizás aquí yazga la razón de ese sintagma que se repite y a veces atormenta a muchos buscadores de certidumbres: "el psicoanálisis interminable". ¿Y si dijésemos, como en nuestro título, recurriendo a la coma interpolada, poniéndolo en coma y entrecomillándolo: "el psicoanálisis, interminable". Nada nuevo estaríamos proponiendo pues eso está explícitamente dicho en el texto epónimo de Freud y en la práctica de Lacan. Se puede, siempre y en cualquier momento, interrumpir las sesiones, se puede destituir al sujeto supuesto saber, se puede atravesar el fantasma, se puede desenlazar el nudo de la relación con el analista, se pueden alcanzar todas las nominaciones vigentes en la institución y se pueden admitir todas las variantes propuestas para el final de la cura. De cualquier modo el psicoanálisis estará, siempre, por venir. Nadie lo sabe mejor que aquel que llega a considerar terminado su análisis y queda, por lo tanto, librado a lo imprevisible del encuentro con el Otro en la vida y en la muerte, al encuentro con el punto definitivo del capitonado, cuando ya ninguna palabra pueda modificar el balance de lo gozado y de los sueños no soñados.
Pero, tal vez, aquello que resulta más banal y también más llamativo en este "psicoanálisis, por venir" se vincula con la llamada "crisis del psicoanálisis" que se proclama desde hace décadas y cada vez de manera más estrepitosa en los medios de difusión de masas y que hace estragos en las propias filas de nuestra disciplina llevando a algunos a la búsqueda de compromisos y de transacciones con el saber dominante, a querer hacerse reconocer en los términos mismos planteados por quienes no aceptan nuestras tesis fundamentales que siguen siendo las del inconsciente y las de la sexualidad, es decir, las del goce pulsional. ¿Tiene aun "por venir" el psicoanálisis o es, según muchas evidencias parecen exhibirlo, según tantos se empeñan en cacarearlo, un modo declinante de pensar, un residuo de viejos tiempos, una disciplina salida de ciertos sabios maestros del siglo XX a los que sólo cabe repetir, y de manera empobrecida, a modo de catecismo, en el siglo XXI?
Es común que se nos acuse de ser anacrónicos y de no tener alternativas válidas que ofrecer ante el empuje de las nuevas formas de organización de la vida política y de la subjetividad en estos tiempos en que la cultura está dominada por la técnica. ¿Es así? ¿Se mantienen nuestro pensamiento, nuestra práctica, nuestra doctrina, al ritmo de la historia? Y si así no fuese, ¿no deberíamos preguntarnos por las oportunidades perdidas, por los signos que dejamos pasar inadvertidos, por nuestra propia responsabilidad frente a la crisis que se nos enrostra?
Es verdad que, junto a los altavoces del apocalipsis y la declinación del psicoanálisis, abundan también las denegaciones de colegas que nos dicen que no pasa nada nuevo, que el psicoanálisis estuvo siempre amenazado de disolución y de liquidación, que nada hay que cambiar en nuestras posiciones cuando constatamos el desarrollo histórico de las sociedades gobernadas por la técnica, etc. ¿Nada distinto tenemos que elaborar cuando un Foucault nos advierte del pasaje de las sociedades de soberanía, obedientes al amo clásico a las sociedades de disciplina que responden al amo capitalista y cuando un Deleuze nos advierte que también esas sociedades de disciplina son las que están dejando de ser por el advenimiento de un nuevo tipo de sociedad, la sociedad de control, que obedece a los requerimientos anónimos de una organización tecnocrática, de lo que he llamado el "hombriguero" que parece ser nuestro destino?
Es verdad que hay quienes insisten en decir que nada hay de nuevo: "Business as usual". Nos adormecen con la cantinela de que esta "ideología de la declinación" es tan vieja como el psicoanálisis mismo al que siempre acompañó en su ya no corta historia, que las estructuras son perennes, indiferentes a los cambios empíricos y a la lista de situaciones "nuevas" que crece y se expande. Rechazan
yo creo que con razón que exista un "nuevo sujeto" o una "nueva economía psíquica" o "nuevas enfermedades del alma", vinculadas a los cambios y a las nuevas formas del malestar en la cultura. Pero es necesario aclarar: nada hay de nuevo... a la vez que todo cambia; todo cambia, quizás, para que todo siga igual. Scott Fitzgerald dio la definición a mi modo de ver más interesante de la inteligencia cuando afirmó que consistía en mantener al mismo tiempo dos líneas de pensamiento contradictorias. Creo que "entender", inteligir, es apreciar lo permanente en lo nuevo y lo nuevo en lo que subsiste del pasado. Criticar a la vez la tesis de que todo es novedoso y la contraria de que nada hay de nuevo y que sólo cambian las formas.
Otros nos advertirán que la crisis es una manifestación del progreso y no tenemos porqué preocuparnos. Veamos los datos y tratemos de configurar un expediente. Lacan, en una entrevista dada a una periodista italiana en 1974 (Emilia Granzotto) que no fue publicada sino 30 años después, en 2004, descalificaba como "historias" estas advertencias sobre la crisis. Sostuvo entonces que para hablar de un agotamiento del paradigma psicoanalítico debiera haberse llegado hasta los bordes, hasta los límites y que él veía mucho por hacer y por descubrir tanto en la práctica como en la doctrina. Era cierto, pero, al igual que Freud y que cualquier otro, no podía prever lo que sucedería después de su muerte. Pongámonos en situación: 1974, noviembre. Lacan impartía las clases de su seminario XXII, R.S.I., aun inédito, y estaba impulsado, como siempre, por la prisa para dar lugar a nuevas formalizaciones de su pensamiento. En ese momento, hoy podemos verlo, estaba cerrando la vía que había inaugurado unos años antes, la del matema expresado en grafos. Para él se anunciaba una era inagotable de descubrimientos por la vía que había iniciado hacía ya cinco años: la de la topología. Al cerrar su seminario 74-75 exclamaba, lleno de esperanzas, que hasta entonces se había limitado al 1-2-3 de lo RSI, pero que en el año siguiente se dedicaría al 4-5-6. Conocemos la continuación. Confesó que el 4-5-6 era de una complejidad que lo excedía y que no hubiera podido colmar su ambición así que se dedicaría solamente al 4, al síntoma. No discutiremos aquí el valor de sus avances en el seminario XXIII: ya lo hicimos y por extenso en otros textos. Planteamos que, aun cuando ni él mismo se diese cuenta, había desarrollado ese 4-5-6 en los años, justamente, 1974, 1975 y 1976, 4, 5 y 6.
En esos tiempos hubo un cambio en la guardia de quienes lo acompañaban en el trabajo teórico: pasó de los matemas y sus colaboradores (Miller, Allouch, Milner, Regnault, Badiou, el valioso grupo de Cahiers pour l'analyse) a los topólogos, en una carrera en pos de la abolición del sentido, en una búsqueda de una formalización que resistiría al tiempo y a las traducciones, en una transmisibilidad del psicoanálisis que encontraría su garantía en la experiencia del pase elevado a la categoría de principio organizador de la institución analítica. Sabemos del naufragio de la empresa. Aunque haya aun amigos empeñados en la vía topológica (René Lew, Vappereau), esta ha demostrado su esterilidad clínica, filosófica y doctrinaria. Coincidimos con Jean Allouch en señalar esta perplejidad frente al extravío de Lacan cuando se acercaba a los 80 y, aunque no lo confiese con claridad, con el propio J.-A. Miller. Debemos confesar que la topología no ha representado un progreso en nuestro discurso y en nuestra práctica fuera de los modelos, planteados ya en 1960, de la banda de Moebius y la botella de Klein. En cuanto a los matemas, los famosos matemas: ¿sabe alguien de un adelanto visible habido por esa vía en los últimos 40 años?
Para que un partido político tenga representación en el Reichstag, el parlamento alemán, es necesario que tenga un 5 % de votos en su favor. ¿Puede alguien decirme, en los 30 años que este mes conmemoramos de la muerte de Lacan, puede alguien mencionar una propuesta clínica o teórica que concite la aprobación del 5 % de los analistas, no digamos en general, sino entre los mismos lacanianos, para reducir el marco de la investigación? ¿Podemos decir que los lacanianos leemos lo que proponen los colegas en nuestro propio campo? (salvo excepciones entre las que espero contarme). Creo que no; hablamos de la escucha analítica pero no nos escuchamos a nosotros mismos. Si leemos lo que se publica, ¿encontramos otra cosa que citas de los dos grandes maestros y, en el mejor de los casos, las de nuestros amigos y correligionarios institucionales?
Lacan decía en esa entrevista de 1974 que Freud no podría pasar de moda pues aun no se lo había terminado de entender ¿Se ha progresado desde 1974 en la comprensión de lo que Freud dijo y quiso decir? Lamentablemente a Lacan los años lo alcanzaron y no tuvo tiempo para seguir empalmando sus contribuciones. Por fortuna, sin embargo, algo nuevo surgió en nuestro terreno pero eso no vino de los practicantes del psicoanálisis encerrados en sus instituciones endogámicas sino de los "amigos" del psicoanálisis: los literatos, filósofos, pensadores en general desde una perspectiva que llamaré postlacaniana, muchas veces discrepante, y daré sus nombres sin que ello implique adhesión acrítica a sus postulados: Derrida (primero y antes que ninguno), también Milner, Badiou, Zizek, Copjec y Butler, Blanchot y Agamben, Foucault, Deleuze y Barthes mientras pudieron.
¿Crisis del psicoanálisis? Sí, pero no de las que indican una mayor riqueza. De una disciplina en crecimiento cabe esperar que viva en crisis, en medio de agrias polémicas sobre los avances que se proclaman, en una expansión (¡ojo! no masificación) de su presencia en la cultura, en una profundización rigurosa de su práctica experimental, en el hecho de ser buscada como interlocutora por los animadores de los campos vecinos. Pero la crisis del psicoanálisis ¿no se traduce por el contrario en una retracción, en un constante rumiar mascullador de citas que hacen las veces más de passwords que de portadoras de información. ¡Cuántas veces hemos sentido que quien las formula lo hace más para ser identificado como miembro de la comunidad que para promover un nuevo camino al pensamiento!
Lacan en 1974 podía decir que no se estaba lejos aun de encontrar el límite de las comarcas abiertas a la exploración. ¿Cómo podía él ⎯cargado de proyectos como estaba⎯ saber que justamente estaba llegando a su apogeo y que era labor de sus sucesores la de establecer nuevos límites y ampliar las fronteras del discurso analítico?
Sin embargo, él tenía la premonición de que algo nuevo se perfilaba en el mundo y que ese algo conspiraba contra el discurso del psicoanálisis. También en Italia, poco antes, en 1972, había dicho en una conferencia pública:
En verdad, creo que no se hablará del psicoanalista en la descendencia, si puedo decir, de mi discurso... de mi discurso analítico. Algo diferente aparecerá que, desde luego, deberá mantener la posición del semblante, pero de todos modos será... se llamará quizás el discurso PS. Un PS y después una T, eso estará por otra parte, totalmente de acuerdo al modo en que se enuncia lo que Freud veía de la importación del discurso psicoanalítico a los Estados Unidos... eso será el discurso PST. Agreguen una E, eso da PESTE. Un discurso que sería por fin verdaderamente apestoso, totalmente consagrado, en fin, al servicio del discurso capitalista. Eso podrá, quizás, un día, servir para algo si, por cierto, no se desbarata antes todo el tinglado”.
Es con ese discurso PS o PST (¿post? - postcapitalista, postmoderno, postindustrial) o PESTE, apestoso, que hoy nos encontramos confrontados y de él depende nuestra posibilidad de soñar, no con el porvenir del psicoanálsis, sino con ese psicoanálisis, siempre por venir, que tomará en cuenta que las estructuras son impermeables a los caprichos del tiempo pero que la historia cambia los términos y los modos de presentación.
El psicoanálisis, no el de ahora que, según dijimos, no existe fuera de la promesa, el que está por venir, no depende del decir de Lacan o de Freud sino de nuestra manera de enfrentar los cambios que se producen en la sociedad tecnocientífica en la que nos toca vivir. Esta época no es la de las sociedades de soberanía a las que respondía el análisis freudiano ni la época de las sociedades disciplinarias que encontraban su contrapartida subversiva en el análisis que surge de la enseñanza de Lacan. Estamos en los albores de una nueva organización, de lo que Deleuze, con toda exactitud, llamó "sociedades de control". No hay tiempo para los largos desarrollos que exige este planteo. En el plano del saber la ciencia tiende a reconocer como válido aquello que puede registrarse digitalmente y a excluir lo que procede del pensamiento, creando una dicotomía fatal para la humanidad entera: o el cálculo o el pensamiento. Lacan y, antes que él, Heidegger, eran concientes de este chantaje tecnológico. Heidegger ponía sus esperanzas evocando un verso de Hölderlin acerca de lo que redime (das Rettende) en medio del peligro. Lacan sostenía su propio discurso, el del psicoanálisis, pero avizoraba los tiempos por venir, los de una radicalización del capitalismo, los de un nuevo discurso pestilente.
El obstáculo epistemológico con el que tropezamos en este momento de la historia del psicoanálisis, lo que bloquea al psicoanálisis por venir, está en nosotros mismos y se relaciona con un modo de pensar las estructuras como invariables históricas. Parecemos olvidar que Lacan mismo nos enseñó que, como en 1968, "las estructuras bajan por las calles", como si no hubiera sido sensible a la marcha de la historia, como si no hubiese señalado la diferencia que hay entre el amo clásico y el amo capitalista, como si no hubiera indicado que el discurso analítico es "el último en aparecer" y el que permite la puesta en su sitio de los otros tres, como si no hubiese insistido en la emergencia de una nueva manera de organización discursiva a la que llamó "discurso de la ciencia", como si no hubiese previsto incluso la transitoriedad de su propio discurso amenazado tanto por la religión como por la ciencia y que daría lugar a una esta forma discursiva, hoy en vías de concreción, que es el discurso que llamó PS, PST, PESTE y que nosotros proponemos llamar "discurso de los mercados". Es la tercera vicisitud del amo después del amo clásico (con su pareja, el esclavo) y del amo capitalista (con su pareja, el proletario).
Mi tesis, que hubiera querido poder trabajar detalladamente pero que debo resumir dadas las constricciones temporales que he aceptado, es que en los tiempos actuales el discurso del psicoanálisis, el por venir, depende de reconocer que este discurso nuestro es la alternativa válida, la única, a ese discurso de los mercados, cuyo agente son los semblantes del objeto @, el que fundamenta y se extiende en las sociedades de control. Este argumento ya fue desarrollado en mis seminarios en la UNAM y pude exponerlo extensamente en un libro que aparecerá este mismo año con el título de
EL INCONSCIENTE, LOS SERVOMECANISMOS Y EL DISCURSO CAPITALISTA (en México, Siglo Veintiuno).
Creo que ha llegado el momento de concluir o, en otras palabras, el momento de comenzar. De seguir comenzando el psicoanálisis que falta, el por venir.



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