Rafael Barret. Introducción



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Y, sin embargo, protesto contra el porno-cinematógrafo, cuyas vistas obscenas, toleradas por la policía, van invadiendo las ciudades latinas, Buenos Aires, Madrid, París, Barcelona. Entendámonos: protesto contra la publicidad. Los fenómenos del amor no deben hacerse públicos. El desnudo mismo, si no es bello, es indecente, fuera de las mesas de disección. La belleza, como la ciencia, atañe a la colectividad. Las carnes que se muestran al pueblo tienen la obligación de parecerse al mármol. El arte salva el resto: las escenas de algunos libros de Zola, contadas por un burgués, serían de un odioso cinismo. El estilo las limpia. Hay en Nápoles el famoso grupo de Leda y el Cisne, de un atrevimiento absoluto; pero el vicio se consume en el resplandor de aquella hermosura. Si los modelos del cinematógrafo pornográfico fueran Apolos y Venus, vacilaría en condenarlo. Por desgracia, sospecharéis qué tipos lamentables se prestan a semejantes funciones...

La belleza es de carácter social: un estimulante cuya eficacia se multiplica con la presencia de la multitud. El amor es individual y secreto: es lo único inadaptable a lo múltiple; es un vértice que avanza solo. La belleza no tiene nada que ver con el amor. Las estatuas no se aman. No lo necesitan. Admíralas y punto concluido. En cambio una mujer fea tiene doble derecho al amor; el ideal se ha fatigado en transfigurarla. La fealdad se disuelve entre los brazos del amante: en [73] amor, como dice Nietzsche, el alma cubre el cuerpo. El público desaparece; las dos personas indispensables a los misterios amorosos son todavía muchas: de ahí el afán que sienten de confundirse en un ser. Y aun es demasiado; llega el instante de inconsciencia en que todo lo humano se ha desvanecido; en que solamente lo divino obra.

Imponer espectadores al amor es desnaturalizarlo. La verdadera voluptuosidad es púdica. Los gérmenes se ocultan bajo tierra. Levantad los velos; exponed el santuario a la curiosidad imbécil, y las generaciones futuras lo expiarán. Son los salvajes los que andan desnudos. El vestido es el primer culto a la augusta delicadeza del amor. Está en nuestro interés dejar libres a las fuerzas desconocidas y creadoras, ahorrarlas testigos. No sabemos lo que llevamos con nosotros, qué hijos saldrán de nuestra sangre. Todo cálculo es ilusorio: no se hereda el genio, el talento, la belleza ni el crimen. Somos un pretexto, un vehículo, y sólo nos toca abandonarnos ingenuamente y en una discreta soledad.

Apaga tu foco, cinematógrafo atrevido. Ante tus vergonzosos espectros los hombres se ríen. No los invites a tal profanación. Si se ríen del amor, la muerte se reirá de ellos, y no los perdonará.

[LA RAZÓN, 18 de diciembre de 1908]


La policía

Abundan los descontentadizos, los exigentes, los difíciles. Veo una triste unanimidad de opiniones contra la policía, y me doy cuenta de lo arduo que es gobernar. Por unos miserables palos, trompadas, tumbos y arrestos el domingo, he aquí que el público protesta, y reclama de las autoridades no sé qué extraña suavidad de procedimientos.

Se olvida que los agentes tienen la misión de obrar -el nombre lo dice-, no la de juzgar ni discutir. Un guardia civil es un arma: se dispara como un revólver. ¿Pedís tacto a la bala? La policía debe ser enérgica, veloz: está enderezada a defendernos de bandidos y de reformadores sociales. Una energía veloz sólo puede hacer una cosa: destruir. En la Plaza de Toros se desencadenó de repente una potencia devastadora, a la cual nada hay que objetar, porque funcionó conforme a su calculada y útil estructura. La policía está obligada a ser como un martillo pilón: o brutal o inmóvil. [74]

La policía es un mecanismo que se adapta a los delincuentes seguros o probables. ¿Queréis que distinga entre las personas decentes y las que no lo son? Para ella no existen los seres inofensivos. No tiene que ver con ellos y en consecuencia no los ve. Desde el punto que asienta su garra sobre un ciudadano, ese ciudadano es culpable, y merece malos tratamientos, aunque se crea inocente. ¡Ay! Es imposible ser inocente en un calabozo. Felicitémonos de que la policía no sea amable con los honrados; es el único modo de que tampoco lo sea con los granujas. Los vejados del domingo llevan en sus cuerpos señales ciertas de que la seguridad y el orden de la ciudad están en manos robustas.

Consideremos que un instrumento de administrar fuerza no es sensible a la justicia, no delibera. Deliberar es perder el tiempo, paralizarse, volverse débil. La fuerza sentaba bien en aquel escenario, donde se exige a los toros la bravura y el empuje. El ingenuo aficionado que bajó al redondel admiraba la fuerza; anhelaba desafiar el destino, y los cuernos le fueron leves. Mas si las fieras le perdonaron, no así los hombres. Lanzado del tendido al callejón por los brazos férreos de la autoridad, la confundió tal vez con un Miura, y le agitaron nobles ansiedades. Otros personajes del enorme coro entraron en el rápido remolino, y consumieron por torrentes su reserva nerviosa. El heroísmo se contagia. Y al fin, como era de esperar, la policía salió triunfante del choque, cargada de humanos trofeos.

¡Ah! La fuerza es infalible, porque es irremediable. Me agrada contemplar la majestad de la policía. Derrotada por un público temblaríamos todos al descubrir la flaqueza de nuestros protectores. Conviene que sean capaces de hacer frente a los individuos sueltos y a las multitudes. Conviene que aplasten. Examinad la policía rusa: ha dominado la revolución, ha maniatado al país. En Sebastopol ha arrancado las uñas a los presos, pero no lo juzgo indispensable. De 1906 a abril de 1908 se ha condenado a muerte a 3.500 sediciosos; se ha encarcelado y deportado a más de dos millones de rusos. Ha habido por término medio 100 ejecuciones mensuales. ¡Qué hermosas cifras! ¡Qué poder magnífico! Y las cosas han llevado después parecida marcha, según el telégrafo: el último mes de noviembre hubo 210 condenados a muerte y 82 ejecuciones. Y así es como Rusia ha conquistado el orden, establecido el parlamento y las libertades cívicas y obtenido continuamente dinero de Francia. ¡Aprovechemos la lección!

[LA RAZÓN, 21 de diciembre de 1908] [75]


Año nuevo

No es el año quien se renueva. El mismo rosario, con tantas cuentas como días, se deslizará otra vez entre nuestros dedos. Por un solo reloj resbalan todas las horas y todos los minutos. Omega es también alfa; el tiempo no avanza, gira; no tiene edad. ¿No comenzó un año ayer, y no comenzará mañana? ¿Qué importa hacer aquí o allá la raya en el río? Cada instante es principio y fin.

Año nuevo: y el verano continúa. El viento no tropezará el 1 de enero, ni el canto del pájaro quedará cortado en dos, ni tampoco el gemido del moribundo. Soldadura invisible a cuyo través pasan las cosas sin estremecerse. Ninguna quilla de buque ha chocado con el Ecuador. Traspasamos al año nuevo nuestro activo y pasivo intactos, nuestras energías y las lacras de nuestra carne; se nos arrastra con idéntica rapidez, englobados en la enorme continuidad de la naturaleza. El año ha empezado; somos un poquito más viejos y nada más.

No es el tiempo el que envejece, somos nosotros. Cuando jóvenes parece llevarnos sobre su ala; más tarde nos deja atrás, y nos fatigamos corriendo en pos de él, hasta que nos abandona, y su terrible corriente nos echa a un lado. Un cadáver es un despojo escupido a la orilla. Pero, ¿por qué entristecemos? Lo que no tiene remedio se examina y se acepta. Envejecer es una prueba de haber vivido, de que se está viviendo aún, y vivir es renovarse para los que son dignos de vivir. Lo dijo el poeta: «Puesto que hay que usamos, usémonos noblemente».

Ya que no el año, su contenido será nuevo y bello si nos usamos noblemente. Compadezcamos a los seres pasivos que consideran 1909 como un número de lotería, y el horario como una ruleta. Preferible es entregarse al más bárbaro de los dioses y no al azar. En Moloch queda todavía el tosco designio de lo bestial, mientras que la casualidad es totalmente estúpida; prostituirse a ella es prostituirse a las tinieblas, suicidarse con un arma sin nombre. No; que nuestras divinidades sean humanas; que trabajen con nosotros, que nos comprendan y, si lo merecemos, que nos admiren. En cualquier circunstancia hay lugar para el heroísmo, ¿y a qué hemos venido al mundo si no a ser héroes? No necesitamos esperar a que concluya el 31 de diciembre; cosecharemos el año próximo lo que hayamos sembrado antes, y seguiremos sembrando para después. La realidad no se acota; olvidemos el calendario, y atendamos al manantial constante y silencioso que nos brota del alma.

[LA RAZÓN, 2 de enero de 1908] [76]

La ciencia

La ciencia, la del momento, es una religión corta. Como en las demás religiones, la turba no iniciada cree a pies juntos, y son los altos sacerdotes los que vacilan. Hay devotos de los rayos X y devotos de San Expedito. La ignorancia está siempre en terreno firme. Ocupa el seno seguro de los valles, largamente apisonado por las acémilas. Arriba reina el vértigo. ¿Qué papa no habrá sido ateo un instante? ¿A qué sabio no ha estremecido de angustia el soplo de lo ignorado?

Para los débiles, dudar es desplomarse; para los fuertes, dudar es creer. Sólo nos acercamos a la verdad mientras dudamos; sólo mientras dudamos somos religiosos. La duda al desgarrar ensancha. La certidumbre es una falsedad y un sacrilegio. No hay pensador -hablo de los auténticos, limpios de popularidad- cuya obra no haya sido negación y duda. Los que suspendidos en el vacío de la duda avanzan sin caer, son los que tienen alas: con ellas pasarán sobre la sima, y subirán hacia la luz de las tinieblas.

Los débiles necesitan demostrar lo que ven y lo que no ven, o darlo por demostrado; necesitan la fe, una barra que les sostenga, aunque les empale; necesitan la prueba, el signo, el milagro. De puro débiles no juzgan posible vivir sino por milagro. Necesitan un Dios prestidigitador. La ciencia en uso, eminentemente prestidigitadora, les satisface. Los milagros antiguos eran desordenados y a veces inoportunos. Cuando hacían más falta no acudían y llegaban cuando se les esperaba menos. Los de ahora son dóciles, naturales. Las academias los explican. El débil se figura que la ciencia explica, que la ciencia resuelve, y que debemos maravillarnos de unas cosas más que de otras. En cambio el fuerte sabe que todo es igualmente sobrenatural.

Además, el débil no concibe bien sino la fuerza. Es preciso ser fuerte para comprender que más allá de la fuerza hay algo. El Dios juglar de los débiles ha de manifestarse también hercúleo y suntuoso. Ha de hendir, incendiar, anegar, aplastar y machacar cuando convenga. Ha de conquistar, deslumbrar y explotar el mundo. Así se postra la turba ante la ciencia de la dinamita y de los martillos pilones, la ciencia industrial cebadora de trusts, la ciencia inevitable y práctica que acumula en moles ciclópeas el hierro y el oro.

¿De qué sirve al elegido, al que marcha delante, esa tumultuosa confianza, amplificada por la única fuerza de los débiles, que es el [77] número? ¿De qué le sirve la baja ilusión de los beneficiados a máquina? Ni siquiera le alcanza el clamoreo común. No oye a los hombres, ni es oído. Está solo; es la proa de la humanidad; de frente al infinito, no toca más que aguas oscuras y la sombra magnífica. La ciencia en sus manos no es un arma, ni un amuleto, sino una sonda. Cada eslabón que añade ahonda el precipicio; cada antorcha que enciende revela lo impenetrable de los cielos. La soberbia magnitud de lo desconocido le hace temblar. Embriagado de misterio, y dueño de enriquecerlo y de esparcirlo mediante la ciencia, se siente creador del espectáculo sagrado. Descubre que el drama de la realidad se cumple en su propia conciencia, y que al hundir en la noche el follaje de su espíritu, expresa lo absoluto. De este modo se le aparece el Universo como el molde cambiante y fiel de lo invisible.

[GERMINAL, Nº 7, 13 de setiembre de 1908]


El loco
Se escapó un loco del manicomio. No se lo censuremos; un cuerdo en su lugar hubiera hecho lo mismo. La policía se alarmó; un loco suelto por una ciudad de trescientos mil cuerdos es caso grave. Se ha visto a un solo energúmeno levantar países enteros, derribar tronos y fundar religiones. El Mullah loco inquieta a Inglaterra justamente. Es un loco rebelde, que quizá no se satisface con romper las cadenas de la lógica, mientras que el rasgo característico de la cordura es someterse a la autoridad. Así el loco puede alegrarse y nuestra cordura nos entristece y nos pesa y a veces la perderíamos con gusto. La policía, pues, buscó al loco.

Los comisarios sabían de él tres cosas: que usaba lentes, que llevaba pantalón blanco y que estaba loco. Recorrieron los teatros, juzgando que era natural encontrarlo allí, y al cabo vieron entre el público del Casino a un sujeto de pantalón blanco y de lentes. Era «él». Se le hizo salir de la platea y lo arrastraron a la comisaría, donde se puso en claro que no era «él», es decir, que se llamaba de otro modo. Se le pidió disculpa y se le dejó libre.

Estos hechos son instructivos. Encaminan a la meditación. Pronto se advierte cuán precipitadas son las recriminaciones de que se ha hecho víctima al comisario engañado; ¿de qué se le acusa? No será de no haber utilizado correctamente los tres datos que tenía. Dos de ellos eran [78] verificables, el tercero, no. Nada más fácil que reconocer si un individuo lleva lentes y pantalón blanco; nada más difícil que reconocer a simple vista si está loco. El comisario aplazó con acierto el último problema, problema arduo porque los manicomios están llenos de personas que no se sabe a punto fijo si están cuerdas o no lo están. El señor detenido, que era profesor agrónomo, debe considerar que de no detener a él, tampoco detendrían nunca al demente verdadero, y nos confesará que si le soltaron no fue por cuerdo, sino por tener distinto nombre. Comprendemos su ira; él está seguro de gozar de su sano juicio, pero esto tampoco hubiera sido un dato útil al comisario, porque la mayor parte de los locos ignoran que lo son.

Sospecho que el comisario se inclinaba a dar por locos a cuantos llevaran pantalón blanco y lentes, ya sorprenderse de que no los llevaran los locos reconocidos, pero tal es el papel de nuestra inteligencia, unir con toda energía los elementos de que dispone. En el cerebro del comisario había tres vértices luminosos que formaban un triángulo indestructible. Ese cerebro funcionaba bien. La relación era extraña; si retrocediéramos, sin embargo, ante lo inverosímil, nuestros conocimientos serían muy pobres. Darwin observó que los gatos blancos, de ojos azules, son siempre sordos, y jamás ha fallado la regla. Pantalón blanco, lentes, loco; blanco, ojos azules, sordo. He aquí la imagen de nuestra ciencia. Explicar es hacer corresponderse dos figuras inexplicables. Estamos ensayando nuevas parejas; las antiguas han envejecido, como envejecerán las de hoy, y la realidad, eternamente ágil, joven, inesperada, se escapa riendo. Entretanto, ¡cuidado con las combinaciones actuales! Lejos de mí la idea de asustar al señor profesor, mas si yo estuviera en su pellejo no llevaría más pantalones blancos.

[LA RAZÓN, 18 de enero de 1909]


El carnaval

«Una máscara sobre otra», dice Shakespeare. Hace falta una doble protección para arriesgarse a ser sincero. El Carnaval es, ante todo, la fiesta de la sinceridad. Durante algunos días somos todo lo francos que se puede, a costa de caer en la desvergüenza; hablamos casi lo que pensamos; nos atrevemos a parecer locos, es decir, a parecer lo que [79] somos; nos desahogamos de doce meses de hipocresía. ¡Admirable privilegio! Nos es permitido correr, cantar, gritar y reír a gusto, y uno se viste como quiere. Se suprime la rutina, la correcta convención, la mitad de las farsas sociales; se nos cura del terror más ruin, el terror al ridículo, se nos felicita de lo grotesco, se descorre el cerrojo a la fantasía, se nos vuelve espontáneos, se nos improvisa una especie de segunda inocencia. Es una hora de libertad, un ensayo de una vida mejor y futura; un relámpago. Pronto se toma al fondo gris de la vieja costumbre. La alegría no es de este mundo. Somos fieras astutas; somos otra vez hipócritas: ¡defendámonos! Rechacemos el júbilo; guardémonos de llevar a la práctica las soluciones de nuestra razón. ¡Orden, orden! No hay nada tan anarquista como el sentido común.

«Todo el año es Carnaval»; un Carnaval triste y sórdido. Ante el amo, el jefe, el árbitro o el instrumento de nuestra ambición, hacemos la comedia de la servidumbre y de la intriga. Los más fuertes la hicieron: Bonaparte, el venidero soberano de una corte cuyo esplendor asombró a Europa, hizo la corte a la querida de Barras. Formemos la gran comparsa de los «arrivistas». Y los que llegaron, siempre en carácter, cambian de mueca. «Perdonadme mi talento», nos imploran. Es el sainete de la modestia, el miedo a la envidia. Y el orgullo, o sea el valor de los que se niegan a fingir, es el que sucumbe, no a los ruidosos golpes del destino, sino al sordo roer de lo mediocre, a la infección de los hombres microbios. Examinad, delante del espejo, los pliegues de nuestra careta de carne. No es la vejez la que abre las arrugas del rostro; es el gesto variado y continuo de la mentira humana. Ni la edad ni el dolor son capaces ya de hacer respetable la efigie de los que viven del odio y del engaño. El carnaval celebra las vacaciones de la fisonomía. Detrás de la máscara, la faz es devuelta al verismo de la soledad o del sueño.

Máscara: escudo. Enmascarados: descarados. El repugnante y el tímido toman su desquite: se convierten en el enigma que quizás atrae, en «el muro tras el cual está pasando alguna cosa». El leproso, si tiene imaginación, seducirá a la virgen. Es el momento de ocultar el cuerpo para mostrar el espíritu. Es el instante de la venganza, en que se murmura al oído del prójimo la broma más terrible: la verdad. Es la época en que se triunfa y en que se tiembla, en que los maridos descubren su desgracia y las feas confiesan su amor. El cartón no se ruboriza. Mujeres silenciosas y desdeñadas, que no tenéis otra belleza que la de vuestros ojos magníficos, otro tesoro que dos diamantes desengarzados, [80] sed efímeras huríes bajo el antifaz. Sed solamente vuestros ojos; solamente los agujeros sombríos por donde asoma el alma desnuda... solamente el misterio.

Así el Carnaval, en su fugaz y frenética agitación, hace subir a la superficie del mundo la realidad y el misterio, que no se desunen nunca. Símbolo es del carnaval de la naturaleza, carnaval trágico, en que el fondo inaccesible se cubre cada siglo con un disfraz diferente. Ayer fue la idea, fue la llama, fue el átomo, fue el capricho de los dioses irritados. Hoy es la sed infinita del número. Nuestras manos trémulas se cansan de buscar. La Isis se esconde bajo un velo que renace sin tregua, y nos estremecemos a la idea de que tocamos los despojos de un Carnaval difunto, los restos de un festín olvidado, las cenizas de una fiesta apagada. El Universo se nos aparece como una inmensa máscara por cuyos agujeros negros mira la muerte, y no encierra más que el vacío.

[LA RAZÓN, 24 de febrero de 1909]

El anarquismo en la Argentina

A raíz de los sangrientos sucesos del primero de mayo, en Buenos Aires, el jefe de policía elevó al ministro un curioso informe, pidiendo reformas legales para reprimir el anarquismo, el socialismo y otras doctrinas que fueron juzgadas por el autor de acuerdo con su puesto, aunque no con la verdad. No puede haber a los ojos de un funcionario opinión tan abominable como la de que su función es inútil. Ahora el Poder Ejecutivo presenta al Congreso un proyecto de ley contra la inmigración «malsana». Se trata de impedir que desembarquen los idiotas, locos, epilépticos, tuberculosos, polígamos, rameras y anarquistas, sean inmigrantes, sean «simples pasajeros». Lo urgente es librarse de los anarquistas. El Poder Ejecutivo no disimula cuando le inquietan «los que se introducen en este hospitalario país para dificultar el funcionamiento de las instituciones sobre que reposa nuestra vida de nación civilizada».

Es una suerte que M. Anatole France haya llegado a la Argentina antes de que estuviera en vigencia la ley, porque no le hubieran dejado bajar del vapor. La obra de France es un curso de nihilismo, y si el señor Falcón la ha leído, habrá colocado al maestro en la columna malsana de las rameras y de los epilépticos. No conozco más formidable enemigo de [81] las instituciones que el padre de «Crainquebille». ¿Ravachol era anarquista? También lo fueron los ascetas, San Francisco de Asís; también lo es Tolstoi. El anarquismo es una teoría filosófica. ¿Ha tomado el Poder Ejecutivo un diccionario para enterarse? Anarquista es el que cree posible vivir sin el principio de autoridad. Hay organismos esencialmente anarquistas, por ejemplo la ciencia moderna, cuyos progresos son enormes desde que se ha sustituido el criterio autoritario por el de la verificación experimental. ¿Que la sociedad de hoy no está preparada para constituirse anárquicamente? Es muy probable. Discútase, examínese. ¿Qué tiene que ver todo esto con la inmigración malsana?

Protesto contra la teoría temible de perseguir a los que construyen un sistema de ideas, clasificándolos entre los polígamos y los idiotas. No sé si Vaillant o Henry dijo que la lectura de Spencer le había inducido al atentado. ¿Qué nos importa? Muchos ladrones profesan el capitalismo. Muchos asesinos adoran a Dios. Aun hay quien se figura que la idea abstracta conduce al crimen. No: no es el metafísico libertario el que lanza la bomba, sino el gorila de los boques prehistóricos. ¿Y con qué derecho nos opondríamos a que una inmensa clase de hombres que trabajan y sufren se apropie las ideas que le convienen? El Poder Ejecutivo tiene su sociología; ¿por qué no han de tener los obreros la suya?

Volvemos a lo de siempre: a la pretensión de matar las ideas, como si jamás se hubiera conseguido, con poderes incomparablemente mayores que los del señor Falcón, matar una sola. Se dificultará el funcionamiento de las instituciones sobre que reposa la vida de la nación civilizada, sí; por dicha no hay otro remedio. ¿Qué sería de la nación, si no cambiasen las instituciones? Ese cambio es la vida; la inmovilidad que ansía el Poder Ejecutivo es la muerte. ¿De dónde vinieron las instituciones actuales, sino de la derrota de las instituciones viejas? ¿De dónde viene el orden presente, sino del desorden de un minuto genial? ¿Quisiera el señor Falcón que el tiempo hubiera pasado en vano, y que la Argentina fuera una colonia turca, y los jefes de policía grandes eunucos? La cultura occidental no ha concluido su viaje y es notoria necedad ir a detenerla en la dársena. Por favor, permita el Poder Ejecutivo que siga girando el mundo, y no se obstine en emitir juicios finales. Tenga un poco de modestia, y, recordando las enseñanzas de la historia, admita que las instituciones de 1909 no sean definitivas. No se asuste tanto del anarquismo; consuélese con la certidumbre de que los anarquistas [82] parecerán algún día anticuados y demasiado tímidos. ¡Sólo la vida es joven!

[LA RAZÓN, 24 de julio de 1909]

El derecho a la huelga

Parece que algunos gobiernos marchan hacia una concepción nueva: la de que no sea permitido al obrero abandonar su labor, salvo que le despidan. Se ha presentado al parlamento español un proyecto de ley negando el derecho a la huelga. En la Argentina y en la India inglesa se lanza del territorio, sin formalidad ninguna, a los «agitadores» como suele llamarse a los que se cansan de sufrir. Durante la magnífica parálisis de los servicios postales y telegráficos franceses, se dijo que el Estado no podía tolerar, por capricho de los trabajadores, el aislamiento de Francia.

Se dio entonces a los modestísimos empleados el pomposo nombre de «funcionarios públicos» y se declaró que un funcionario público está en la obligación de no interrumpir un minuto su trabajo. Sería una grave falta de disciplina. Se ve la habilidad con que el gobierno -que al fin cedió ante la fuerza huelguista- trataba de introducir ideas sublimes y palabras altisonantes en el conflicto. Había que asimilar el cartero y el telegrafista al soldado. El único deber del funcionario, es funcionar. No hay huelgas; no hay más que deserciones. Mañana se aplicaría el mismo razonamiento a los operarios de las industrias nacionales; pasado mañana, a los peones agricultores, al bajo personal del comercio. Suspender la faena productora es una indisciplina, un delito, una traición. Se debilitan las energías del país; ¡se disminuye la riqueza de la patria!




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