Rafael Barret. Introducción



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En apariencia, fácil es hacer desaparecer al vivo. La cuestión es hacer desaparecer al muerto. Un cadáver se entierra, un fantasma, no. ¡Matar! Y ¿después? ¿Para qué cerrar la puerta al vivo durante el día, si ha de venir el muerto cada noche a sentarse en el borde de la cama?

[EL DIARIO, 18 de setiembre de 1907] [62]

La regla


De niño me inculcaron con seriedad que se debe decir la casa y no el casa; yo como y no yo comes. Se obstinaron igualmente en asegurarme que tarde es un adverbio y sobre una preposición. Cuando había aprendido bien una regla me descubrían que no era tal regla, que había numerosas excepciones, las cuales a su vez tenían excepciones. Al fin me libraron del colegio y me di prisa en olvidar cuanto en él había sucedido. Con asombro noté que no me hacía falta saber gramática para hablar en castellano.

Asombroso me pareció también que personas que no conocen la anatomía ni la fisiología del estómago digieran durante largos años imperturbablemente. Cuando me hube habituado a estos hechos, sospeché que las reglas no tienen quizá la importancia que los académicos y los dómines quisieran. Leí verdaderos libros, y vi que el talento y el genio suelen fundar la gramática futura sin molestarse en saludar la presente. La policía aduanesca de mis profesores perdía su prestigio. De dictadores pasaban a copistas. Encargados de medir el idioma, creían engendrarlo.

-Hombre se escribe con h -me corrigieron un día.

-¿Por qué? -pregunté, tímido.

-Porque viene del latín homo.

-¿Por qué entonces no escribimos todo igual: homo?

-¡Silencio!

Observé en los ojos del maestro la misma furia del presbítero que nos dictaba doctrina cristiana. Una regla no se discute. No se discute el código ni el catecismo. Explicar una regla es profanarla.

Escribir hombre sin h, ¡qué vergüenza! Y si en Italia se escribiera uomo con h, ¡qué vergüenza! Si una soltera pare, ¡qué vergüenza! Y si un hotentote encuentra virgen a su esposa, ¡qué vergüenza!

No examinéis las reglas. Examinar es desnudar, y el pudor público no lo permite. Perteneced, si podéis, a la innumerable, a la invencible clase de los archiveros, guardianes y administradores de LA REGLA, y si no podéis, doblad el pescuezo. Pensar es exponerse a ser decapitado, porque es levantar la frente.

La regla es la mentira, porque es la inmovilidad; pero no lo digáis, no lo deis a entender; defended el pan de vuestros hijos.

[LOS SUCESOS, 17 de diciembre de 1906] [63]


Deudas


Me encuentro en la urgencia de hablar de mí. Particularmente considerado, mi caso no interesará a nadie, pero el hombre es un animal que induce. Tal vez el lector saque del ejemplo individual consecuencias generales. No de otro modo Isaac Newton, según cuentan, al ver caer la manzana se preguntó por qué no cae la luna. La misma lógica que fundó la gravitación universal la amenaza hoy día. Es que la razón, pálida sombra de la vida, crea y destruye sucesivamente. He aquí ahora lo que a vuestra razón someto:

Debo un traje al sastre y no puedo pagárselo. Mi oficio de fabricante de ideas no me permite por el momento pagar al sastre. El sastre se desespera y parece culparme de vagos crímenes.

He hecho mi examen de conciencia, y me he hallado limpio. He llegado a la conclusión de que mi deber es no pagar. Me he convencido de que sólo por indolencia y por una especie de distracción rutinaria he seguido la costumbre viciosa de pagar las cuentas. Si trabajo sinceramente en una sociedad donde hay gente que bosteza en medio de un lujo grosero, ¿cómo es posible que no se me asegure el abrigo contra la intemperie y una alimentación correcta? No soy quien debe, sino a quien se debe. No tengo para qué pagar el mercado, ni al casero, ni al sastre.

Él hace trajes, yo hago artículos. Yo le ofrezco cordialmente mis artículos. ¿Por qué no me ofrece cordialmente sus trajes? Lo natural es que aprovechemos en fraternal reciprocidad nuestras aptitudes; él me viste el cuerpo, yo le visto la inteligencia. Si el mecanismo económico de nuestra civilización me obliga a caminar desnudo por la calle, no es culpa mía, sino de la civilización falsa en que vivimos.

Dios me libre de creer que es más meritorio escribir que cortar tela. Dios me libre también de creer lo contrario, y de aceptar como equitativo que mi sastre gane una fortuna con sus tijeras mientras yo apenas tengo con qué comer. Quisiera que nuestra dignidad representativa fuera idéntica. Si se me concede que no pague mis modestas y pocas vestiduras, no tengo inconveniente alguno en que no se me paguen mis artículos, ni mis libros futuros, que son muchos y hermosos. Así evitaría tocar el dinero, repulsivo como un sapo.

El dinero desaparecerá. Todo lo feo y lo absurdo desaparece tarde o temprano. Maravillosa es la división del trabajo y la perfección social de los hormigueros y de las colmenas. Sin embargo, ni las hormigas ni las [64] abejas conocen el dinero. El dinero pretende reducir a cifras nuestra aptitud espiritual. Pretende introducir la aritmética donde nada existe de aritmético. La moneda es un malvado fantasma que nos da la ilusión de medir el egoísmo y aprisionar la humanidad. Y los fantasmas, aunque sean aparentemente más poderosos que los dioses mismos, están destinados a desvanecerse al soplo frío y puro de la mañana. Despertaremos, y nos avergonzaremos de nuestras pesadillas.

Al establecer que no debo pagar al sastre, me adelanto a la época, y anticipo, aunque parcialmente, un mundo mejor, hasta para los sastres. Al no pagar, yo, que nada poseo y siempre produzco, realizo un bello simulacro. Las cosas suceden exactamente igual que si el sastre me regalara con qué cubrir mi carne pecadora. Ya sé que no hay tal, que él deplora haberme fiado, mas éste es un fenómeno interior. Exteriormente, prácticamente me ha amado, puesto que me ha socorrido gratis. En el terreno de los hechos, no pagar es instituir sobre la tierra el régimen sublime de las donaciones. Practicad, decía Pascal a los ateos; la fe vendrá. Comulgad todas las semanas y concluiréis por persuadiros de que la consagración es un misterio auténtico. Trabajad y no paguéis nunca, digo yo. A fuerza de ejercitar la caridad a pesar nuestro, acabaremos por sentirla. A fuerza de no cobrar, los sastres y demás obreros de la colmena humana se olvidarán de cobrar. Habrá otros móviles de acción que el oro, y una edad más razonable habrá dado comienzo.

[LOS SUCESOS, 23 de marzo de 1907]


El río invisible

¿Recordáis, allá cuando éramos niños, muy niños; cuando las personas mayores se agachaban penosamente con el objeto de besarnos, y nos empinábamos nosotros sobre la punta de los pies para ver lo que ocurría encima de las mesas, qué grande era el espacio? El comedor, la sala, la alcoba, eran vastos terrenos de juego o de batalla, donde se escalaban las sillas, se exploraban los rincones, y donde uno podía esconderse. Los largos corredores eran de día pista de carreras, de noche túneles inacabables y llenos de peligros. La casa era un mundo. Lo infinito empezaba en la calle. Traspasado el umbral, nos hundíamos en [65] el caos sin fondo y sin término, donde es locura aventurarse solo. Un paseo era una expedición lejana y maravillosa, en que no era sensato confiarse a otros guías que a nuestros padres. A la vuelta, al divisar la silueta familiar de nuestra vivienda, sentíamos algo de lo que habrá sentido Colón en su primer regreso, cuando reconoció en el pálido horizonte las montañas de la patria.

Crecimos, y el espacio disminuyó, como si nuestro cuerpo lo devorase. Aprendimos geodesia y astronomía, y siguió disminuyendo, devorado por nuestra inteligencia. Las distancias siderales son enormes, pero las medimos y nos parecen razonables; lo infinito empieza detrás de las últimas nebulosas, pero no es un infinito vivo y rumoroso, preñado de gestos como la ciudad cuyas olas batían nuestra puerta, sino el pozo negro e inerte de donde el telescopio no saca nada. El Universo, despojado del misterio que lo agrandaba y ahondaba en nuestra tierna fantasía, se ha reducido a una figura geométrica, aislada en mitad del pizarrón celeste.

El tiempo se modifica también con la edad, y esto es más grave. Vivir en un espacio más o menos ancho no nos atañe tan íntimamente, no afecta tanto nuestra conciencia como vivir más o menos deprisa. Cada vez vivimos más deprisa. No busquéis la impresión de lo eterno en las conjeturas de lo prehistórico, ni en los abismos de la geología, sino en la cinta esfumada de vuestros recuerdos remotos. ¿Qué son las épocas del globo comparadas con la inmensidad de siglos que hemos necesitado para separar nuestro ser de la realidad exterior, para distinguir los lineamientos fundamentales de nuestro espíritu, para cuajar en él una sensación definida, una idea, para comprender la palabra ajena y pronunciar la propia, para tender uno a uno los hilos sutiles que nos atan a las cosas? Los sabios dirán que al cabo de tres o cuatro años un niño ha logrado todo eso. Mas esta apreciación se hace desde afuera. Por dentro, la formación de los sentidos y de la razón del hombre exige una eternidad. Retrocede en vuestra memoria, cavad el lecho de vuestro pasado; nunca hallaréis su límite, nunca exclamaréis: «comencé aquí». Siempre la oscura avenida se prolongará en la llanura, juntando y desvaneciendo trazos y colores en un punto inaccesible. Siempre quedará una vaga y creciente región por sondar. Llegaréis a las tinieblas, pero no al principio de vuestro ser. Todos llevamos en nosotros una historia tan antigua y venerable como la de la creación misma.

Constituido lo esencial del alma, fijos los rasgos principales del carácter y de la fisonomía, el tiempo se acelera. Todavía chiquillos aún, [66] las horas duran; un día de fiesta, un almuerzo en el campo, representan tesoros casi inagotables de alegría; un mes resulta plazo indefinido; un año es la mitad de la existencia. Más tarde, adolescentes, el tiempo se encoge. Nuestra mirada alcanza más lejos; calculamos sin vértigo la fecha en que acabará el curso y hasta la carrera emprendida. Concebimos con exactitud sucesos que antes teníamos por prácticamente imposibles, la muerte de nuestros padres, nuestra propia muerte. Vemos envejecer. Envejecemos. El tiempo se apresura. El ritmo de nuestra vida retarda, y el tiempo corre y nos sumerge y nos desmorona. Cuando nuestro organismo, en su período inicial hacia las conquistas primordiales de la especie, se transformaba con frenesí creador, poseíamos el tiempo, es decir, el ritmo general de todo, nos uníamos a él, a él nos enroscábamos y le acompañábamos, y él era para nosotros espléndidamente interminable. Pero detenidos en nuestro desarrollo, inmóviles en nuestra efigie, el tiempo nos deja atrás y se aleja riendo, y pasa, insensiblemente más y más rápido. Apenas vivimos; somos un bloque de costumbres inveteradas, plantado en un ángulo del camino para marcar la distancia que otros recorren. En nosotros se lee la horrible velocidad del tiempo.

El tiempo vuela, nos araña la carne, nos estruja, nos destroza al intentar arrebatarnos en su ligera huida. Ni siquiera nos aburrimos despacio. Hasta el dolor, hasta la desesperación concluyen pronto. ¿Qué son los años para el viejo? Minutos que faltan. Las aguas del río invisible se deslizan tan veloces que descubrimos al fin que algo las llama, las sorbe. El cauce se estrecha, las aguas no fluyen, caen. El tiempo se precipita, se desploma. Una línea corta la corriente. Es la catarata final: al borde el tiempo enloquecido empuña nuestros despojos miserables, y con ellos se lanza a la sima de donde nada vuelve.

[EL DIARIO, 22 de noviembre de 1907]


Lo viejo y lo nuevo

No todos los argumentos de los que defienden el pasado merecen nuestra estima. Hay quien venera lo viejo porque de lo viejo vive, a semejanza de esos gusanos que roen madera descompuesta y papel de archivo. Cuanto más antigua es una ley, una costumbre, una teoría o un [67] dogma, se los respeta más. Habiéndolos contemplado en la lontananza de los siglos que fueron, se los vislumbra en la de los futuros como una provisión inagotable que podrán roer las generaciones conservadoras.

Y, sin embargo, ¡qué pobre argumento el de la ancianidad de las ideas! Es difícil no sonreír cuando se abre un código y se lee al pie de la página la sesuda nota en que el comentarista fundamenta un artículo. «Este artículo es casi sagrado, murmura el infeliz, nos viene de las Partidas, de los Romanos». ¡Ah, los Romanos sobre todo! Pero la humanidad cambia, inventa, sueña y por lo común cuanto más vieja es una cosa, más inútil es. Lo viejo es un resto de lo bárbaro. Es un vestigio del mal, porque el mal es lo que dejamos a nuestras espaldas. Cierto que las leyes que nos encadenan son romanas aún, lo que me parece escandaloso después de dos mil años; felizmente nuestra física y nuestra biología no son las de Roma, son las nuestras.

Muchas inmemoriales construcciones deben su duración a su divorcio mismo con lo real. No son ni siquiera obstáculos. Las corrientes de la vida se han acostumbrado a rodearlas para pasar adelante, y pasan en graciosa curva sin tocarlas ya. No es obediencia, es olvido. ¿Quién hoy, por muy Papa y muy obispo que sea, ha dedicado media hora a meditar seriamente en el problema de la Santísima Trinidad? Y no obstante a causa de él se han dado en otro tiempo de puñaladas por las calles. ¡Oh, armatostes apolillados, erguidos en medio de la distracción universal! Un buen día el pensador os ve, se ríe y os derriba de un soplo. Bastó un irritado sacudir de hombros para que el pueblo francés volcara el trono más glorioso de Europa. Mañana bastará un gesto para barrer del mundo las sobras romanas. La inmutabilidad no es signo de fuerza, sino de muerte. Hay entre nosotros ídolos enormes que no son sino cadáveres de pie, momias que una mirada reduce a polvo.

Otros adversarios, delicados amantes de las ruinas, nos dicen: «¡Qué ingratos sois con los muertos! Sois hijos y herederos de los muertos; cuanto tenéis era suyo. Vuestro pensamiento y vuestro idioma, vuestras riquezas y vuestros amores, todo os lo legó el pasado. Y volvéis contra el Pasado, de que está hecha vuestra sangre y hecho vuestro espíritu, las armas que habéis recogido de las tumbas. Os suicidáis cortando vuestras Propias raíces».

Pues bien, ¡no! No somos solamente hijos del pasado. No somos una consecuencia, un residuo de ayer. Antes que efecto somos causa, y me rebelo contra ese mezquino determinismo que obliga al Universo a [68] repetirse eternamente, idéntico bajo sus máscaras sucesivas. No; el pasado se enterró para siempre en nosotros mismos. Decid que es quizá limitada la materia disponible, que fabricamos el ánfora nueva con el viejo barro, que para cuajar mis huesos tomaron las cenizas de mi padre. Decid que la Naturaleza, en su noble afán de hacerla más hermosa, funde y toma a fundir infatigablemente el bronce de la estatua. ¡Pero qué importa la materia! La forma, el alma es lo que importa. Sobre el pasado está el presente. Todo es nuevo; nueva la alegría de los niños, nueva la emoción de los enamorados, nuevo el sol de cada aurora, nueva la noche a cada ocaso, y al morir nuestra angustia no será la de nuestros antepasados, sino un nuevo drama a las orillas de un nuevo abismo. No digáis que el hijo reproduce al padre. No pronunciéis esta frase cruel y necia: «Nos heredamos, nos reproducimos, somo los de antes». Blasfemia profunda, que hace de la humanidad espectros y no hombres. No somos el pasado, sino el presente, creador divino de lo que no existió nunca. No somos el recuerdo; somos la esperanza.

[EL DIARIO, 3 de junio de 1908]


Actos de esperanza

Analizad las virtudes viriles y descubriréis que se reducen a una: la esperanza. No seríamos jamás constantes, heroicos, verídicos, pacientes, si no esperáramos, si no esperara nuestra carne, nuestra inteligencia, nuestro ser oculto, si no confiáramos, hasta durante la agonía, en los frutos del tiempo. El tiempo camina sin mirar atrás; todo le es permitido menos arrepentirse y deshacer su obra. No podemos más que avanzar. El Universo no retrocede. ¿Cómo no llenarnos de esperanza? ¿Cómo no adelantamos a las posibilidades maravillosas? ¿Cómo no sentir la inminencia continua de lo nuevo, de lo que a nada se asemejará? Creíamos que no se debe esperar sino en los dioses; que sólo ellos son sagrados. Error: todo es sagrado, todo colabora, puesto que todo vive. Somos sagrados en primer término; la naturaleza no nos ha revelado hasta hoy ningún factor tan prodigioso como el hombre. Admirémonos de nosotros mismos; esperemos en nosotros mismos. Aprendamos a venerar los misterios que encierra nuestro espíritu y a fiarnos de su incalculable potencia. [69]

El mal es profundamente insignificante, porque no es capaz de detener el mundo. No demos demasiado valor a los males que hicimos; no recordemos demasiado los momentos en que la noción de nuestro destino se oscurecía. Ahuyentemos los dolores estériles, el remordimiento, la idea del pecado, la manía de la expiación. No somos pecadores, no somos culpables; la mayor y la más estúpida de las culpas sería castigarnos o castigar al prójimo. No somos reos ni jueces; somos obreros. No atribuyamos al mal una consistencia que no tiene; matémosle con el olvido. Nuestro corazón está limpio; levantémonos alegres y ágiles en el designio del bien. Un minuto de bien anula los crímenes de la historia. Y olvidemos con igual serenidad el mal y el bien que pasaron. Si fuimos santos o delincuentes, ¿qué importa? No somos ya lo que fuimos. Nos despertamos otros cada mañana. ¿Quién dijo que en nuestra vida no vuelve la primavera? Vuelven amorosamente sobre nosotros innumerables primaveras. Nos renovamos siempre; vivir es renovarse. Olvidemos los fantasmas; esperemos en lo único que existe: en el porvenir.

Y olvidemos también el mal y el bien que nos hicieron. Seamos bastante grandes para amar sin causa. Además, el hombre sincero merece sufrir. Por mucho que yerre, lleva en sí un átomo de esa cosa terrible: la verdad. La especie humana, con un pudor salvaje, se resiste a la verdad que la fecunda, y el hombre sincero padece la traición de los amigos, la persecución de los poderosos, y conoce el abandono y la miseria. Mas ¿qué valen sus molestias exteriores si se las compara con la divina exaltación de su alma? El que bebe en esa copa sublime no se cura nunca. Y poseídos de la embriaguez del bien, del vértigo del futuro, seguimos la marcha. Apartemos los ojos de la noche que se inclina; fijémoslos en la aurora. Y si el pasado intenta seducirnos con su arma de hembra, la belleza, rechacemos la belleza, y quedémonos con la verdad.

[LA EVOLUCIÓN, 24 de mayo de 1909]


Las máquinas de matar

Han fondeado algunas en la rada. Son colosales y maravillosas. Hay que contemplar los cañones, los reyes de la muerte, y pensar en el mundo complicado y poderoso que los engendra. Para conseguir transportarlos sobre las aguas, hubo que resolver los más arduos problemas de la [70] navegación, y la carabela que llegó al Nuevo Mundo es un juguete ridículo al lado del crucero. Los tubos formidables por donde se envía la catástrofe al horizonte son un resumen de todas las ciencias, desde la geometría a la termodinámica; de todas las industrias, desde la metalurgia a la óptica de taller. Rígidos, relucientes, acariciados y cuidados como telescopios, han exigido más todavía: ha sido necesario fabricar una multitud de mecanismos humanos que engranaran con ellos, y que funcionaran automáticamente en medio de los horrores de la batalla; ha sido preciso inventar una nueva clase de heroísmo. Y aún no basta; hacen falta otros cañones, más grandes, más exactos, más implacables, y los sabios buscan en el secreto de los laboratorios; los ingenieros ensayan sin descanso; miles de trabajadores forjan las armas que los destruirán mañana. La sociedad no se considera bastante hábil en el arte de matar, y se diría que le urge reunir todos los medios para poder suicidarse de un golpe.

El cañón moderno es el resultado de los esfuerzos de largas centurias; los proyectiles que lanza surcan el espacio con una majestad casi astronómica. La bala es el bólido: la guerra, una sucesión de cataclismos. ¡Qué modesta el hacha de pedernal de nuestros antepasados! Había que servirse de ella varias veces para rajar el cráneo espeso del enemigo hermano. Del hacha al cañón: he aquí lo que muchos llaman el progreso. Pero, ¿por qué nos asesinamos los unos a los otros? ¿No es tiempo de arreglar las cuestiones de distinta manera?

Signo funesto: Inglaterra, que ha preparado las libertades políticas de la raza blanca, la nación que mejor conoce la vida por lo mucho que ha viajado, luchado, y sacado partido de la realidad; Inglaterra, que tan dispuesta se mostró recientemente al desarme, sigue construyendo buques, y acaba de aprobar el proyecto del «Neptuno», acorazado de 20.000 toneladas, ¡un prodigio!

Y esos millones de libras esterlinas arrojadas a las olas no son aún más que la paz, el «miedo armado».

Una de dos: o Inglaterra está decidida, en caso de conflicto, a no dejarse guiar por la razón, sino por las ventajas impunes de su enorme poder material, o supone probable un injustificado ataque de los demás países, si en él ven suficientes probabilidades de éxito. Y lo que decimos de Inglaterra es aplicable a Francia, a Alemania, a Norteamérica, a Italia, al orbe civilizado, sujeto a la fiebre de los armamentos indefinidos. Este crimen sin nombre: una agresión caprichosa, una guerra provocada [71] fríamente, es un fenómeno que el mundo entero juzga próximo y natural. Recordad el pretexto para la campaña del 70: los candidatos al trono español. Hace pocas semanas Europa se estremecía de angustia; las hostilidades estuvieron a punto de romperse, por los enredos de un escribiente de consulado en Casablanca. Y hoy mismo nos comunica el telégrafo que el principal obstáculo a la tranquilidad de los Balcanes es la antipatía que se tienen los ministros de Estado de Austria y de Rusia. El hecho es que al principio del siglo XX continuamos expuestos a caer en los abismos de la matanza, empujados por lo arbitrario, lo inicuo o lo imbécil.

El hecho existe, aplastador. En ciertas cosas somos lógicos; si un aparato se descompone, acudimos al técnico; si nos enfermamos, al especialista. Los pueblos se van acostumbrando a la higiene, a la educación razonada. Marchamos hacia la justicia, que es la ciencia del corazón, y hacia la ciencia, que es la justicia de la naturaleza. Solamente cuando se trata de las relaciones de los pueblos entre sí, es decir, de las que mueven los más vastos e incalculables intereses, es cuando no queremos salir de la barbarie.

Conferencias de la paz, masas de labradores y de obreros que piden la paz, comerciantes partidarios de la paz, pensadores y artistas que hacen la propaganda de la paz, todo eso es platónico. Son gérmenes. Todo eso se estrella contra los armamentos insensatos, contra la coraza de hierro que nos abruma. No se objete que el partido de la paz es una mayoría; una mayoría impotente no es tal mayoría. Por eso la humanidad es bárbara, porque en ella la justicia y la fuerza no están juntas. Los fuertes no son justos; los justos no son fuertes. La generosidad carece de brazos; la espada abusa. Y tal será la obra de la civilización: armar a los pacíficos.

Entonces será imposible que un gobierno mande invadir el ajeno territorio. Entonces tendremos la satisfacción de que los extranjeros arriben a nuestras playas en traje común, y no pertrechados hasta los dientes. Los caminos del planeta estarán seguros, y la hospitalidad gozará de la confianza. Mientras tanto, no admiremos demasiado las portentosas máquinas que matan; símbolo de nuestra potencia física, son también un símbolo de nuestra debilidad moral.

[LA RAZÓN, 15 de noviembre de 1908] [72]

El porno-cinematógrafo

Había un predicador que consagraba todos sus sermones a condenar la lujuria. «Ya se ve, le dijo una penitenta, que no piensa usted más que en eso». Por mi parte no insistiré mucho; sobre todo, no lo haré con tono de predicador. No me halaga la idea de convertimos en un catálogo de virtudes. «Los hombres, dice Anatole France, honran la virtud como a una vieja; le dirigen un saludo respetuoso, y se alejan rápidamente». Es que no pueden divorciarse largo tiempo de sus apetitos. La moral no consiste en cegar los instintos, esos manantiales de la vida, sino en utilizarlos, en canalizarlos. No nos hagamos ilusiones; la salacidad de nuestra especie es grande. La de los monos también; son nuestros parientes -¿qué remedio? Se trata de rasgos definitivos, y felizmente no está en nuestro poder el que sean otros. Una epidemia de castidad comprometería la conservación de la raza. El elefante se extingue; es virtuoso con exceso. No se acerca a la elefanta más que una vez al año.




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