Rafael Barret. Introducción



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[LOS SUCESOS, 1º de febrero de 1907]

La dinamita

Los escondrijos de Barcelona están llenos de bombas, listas para la catástrofe. Día a día descubren unas cuantas. Indignación del gobierno y de los moralistas de sobremesa.

Se dice aún: «esto es moral, esto es inmoral; esto natural, esto no», como si todo no fuera naturaleza, como si pudiéramos trazar en otra parte que en la imaginación los meridianos del mundo y de la vida. La Venus de Milo, o el Quijote, o la Basílica de San Pedro, son igualmente naturales que el Mediterráneo y Saturno y las selvas del Brasil. La ciencia existe porque borra las divisiones aparentes de la realidad. Si la naturaleza ha producido algo en absoluto extraño a nosotros, jamás tendremos de ello la menor noticia. Conocer es parecerse; una relación es una reciprocidad o no es nada.

¡Profunda naturalidad la de la dinamita y la del anarquismo! Esas energías no son mejores ni peores que las que dislocan cordilleras y arrasan San Franciscos y Martinicas. La dinamita, que en manos de ingenieros hiende la roca para abrir paso al ferrocarril, sirve lo mismo para hacer volar los ferrocarriles y los ingenieros y los dueños del negocio. Los apóstoles de hace veinte siglos eran anarquistas a su modo; [52] por muy cruel que sea la legislación proyectada con el fin de ahogar el anarquismo, no lo será hasta el punto extremo de las persecuciones dioclecianas. ¡Qué error el de creer a la naturaleza indiferente a los hombres! El milagro, el magnetismo encantador de lo desconocido, bajó a iluminar las frentes piadosas de los santos; entre los suaves dedos que absuelven se ablandaron y torcieron las leyes físicas; las cosas se enternecieron y amaron. Y hoy, a semejanza de otro tiempo, los profetas de la desesperación se sienten auxiliados por la esfinge silenciosa. A la cólera intolerable que crispa los músculos en el bajo fondo social, responde la cólera química de las entrañas del globo. Los ascetas cristianos hacían brotar las flores de los yermos entumecidos; los ascetas anarquistas -sí, recorred la serie, rara vez hallaréis uno que no sea inteligente, elevado y robusto- llevan en el puño el prodigio feroz de la dinamita, el verbo que suprime, la voz que mata.

Vicio, crimen: palabras fáciles. Si cada uno de nosotros fuera un Robinson, ¿qué significaría robar, mentir, asesinar? ¿Qué es la moral en una isla desierta? El delito no es individual, sino social. No es culpable el ladrón, el falsario y el asesino, sino la colectividad. Tenemos la carne podrida, y pedimos cuentas a las pústulas que nos manchan. La codicia nos envilece, el miedo nos disminuye, la vanidad nos aturde, y nos hacemos la ilusión de curarnos metiendo en la cárcel a los infelices que la epidemia general ha castigado con mayor dureza. Pobres diablos, grieta por donde trasuda la masa de bajas pasiones que nos emponzoñan, triste remedio es amordazarnos. El veneno se queda adentro. Las raíces del árbol están heridas, y nos enfurecemos contra las hojas que vemos amarillear y marchitarse. ¿Por qué no se corrigen, por qué no se enverdecen? ¿Acaso no gozan del albedrío? Hojas melancólicas, vuestro libre albedrío os permite vacilar al viento; del árbol fatal sólo os separará la muerte.

El anarquismo no es el crimen, sino el signo del crimen. La sociedad, madre idiota que engendra enfermos para martirizarlos después, crucificará a los anarquistas; hará lo que aquellos Césares cubiertos de sarna: se bañará en sangre. Y seguirá enferma, y seguirá en nosotros el vago remordimiento de lo irremediable.

[LOS SUCESOS, 2 de febrero de 1907] [53]


La justicia

Dar a cada uno lo suyo. Sí, pero, ¿cómo se sabe lo que hay que dar? Aunque imagináramos costumbres justas, ¿cómo practicarlas justamente? Aunque tuviéramos leyes justas, ¿cómo interpretarlas? Apenas conocemos, por ráfagas, nuestra propia conciencia; la conciencia ajena es la noche. Cometamos de una vez la suprema injusticia, de no ver las intenciones; juzguemos los hechos. Los hechos también son la noche. ¿Cómo restablecer la realidad física de un episodio social? No podemos averiguar el tiempo que hará mañana, y queremos definir los remolinos misteriosos de la vida. En la selva inextricable de los apetitos queremos encontrar el testimonio incorruptible. Queremos, para iluminarnos, hacer comparecer a las sombras; para convencemos, hacer declarar a la hipocresía; para no ser crueles, citar a la crueldad; para sentenciar contra los hombres, oír a los hombres. ¿Dónde está la verdad? ¿Está en él silencio de los que dejaron crujir sus huesos dentro del borceguí inquisitorial, o está en las confidencias del acusado a la moda? Los inocentes se alucinan, y confiesan crímenes que no han hecho. ¿Qué mayor gloria para un abogado, que la de salvar a un bandido? Nos quejamos de la lentitud de los procesos: si los jueces fueran absolutamente justos y medianamente razonables, no se atreverían a fallar nunca.

Ilusionémonos con que nuestras leyes fueron justas ayer, y soportémoslas hoy, mas recordemos que la moral es distinta según la época y el sitio, y que no cabe la ilusión de que la justicia presente no sea la iniquidad futura. Demasiado débiles para las responsabilidades de la hora actual, lo somos mucho más para las responsabilidades del porvenir. Las consecuencias de nuestros actos son incalculables. Lo infinitamente pequeño aterra. El problema fatal lo penetra todo. No caminemos un paso por no aplastar al laborioso insecto. No respiremos por no quitar su átomo de oxígeno a pulmones venerables. La duda nos amordaza, nos ciega, nos paraliza. Lo justo es no moverse. El justo, como el fiel de la balanza simbólica, debe petrificarse en su gesto solemne. Resolverse a no hacer el mal es suicidarse, y sólo los muertos son perfectamente justos.

Para volver a la Naturaleza, soberbiamente injusta, forzoso es elegir entre la clemencia y la ferocidad. Para existir, Dios se hizo a ratos despiadado, y a ratos misericordioso. O verdugos o víctimas. Perdonar a unos es castigar a otros, y la tiranía está hecha de servidumbres. [54]

Sancho Panza, por cuya boca solía hablar la sabiduría del inmortal caballero, no gobernaba su ínsula igual que Nerón gobernaba Roma, pero ambos son humanos. La sociedad completa el destino fisiológico de las criaturas. La injusticia de las civilizaciones prolonga la injusticia fundamental de la especie. Por el único crimen de nacer, unos nacen débiles y enfermos y otros robustos; unos inteligentes y otros idiotas; unos bellos y otros repugnantes. Algunos están ya condenados al asco y al desprecio en el mismo vientre de su madre; algunos ni siquiera nacen vivos. Nosotros hemos añadido algo a todo eso; por el único crimen de nacer hemos conseguido que unos nazcan esclavos y otros reyes; unos con el sable y otros bajo el látigo.

Nuestra justicia obra porque es esencialmente injusta. Se apoya en la fuerza armada. Su prestigio es la obediencia de los que no tienen fusil. Su misión es conservar el poder a los que lo gozan. Su objeto, defender la propiedad. ¿Por qué indignarse de la venalidad de los magistrados? Ceden a la energía soberana según la cual está organizada la humanidad moderna: el oro. Emplean en su pequeño mundo el espíritu universal. Cuando se acerquen siglos mejores corromperemos los tribunales por medio de nobles ideas y hermosas metáforas. Mientras tanto, no lloremos demasiado las injusticias que nos hieren; no nos lamentemos sin medida del brazo brutal que nos sacude, de la calumnia que nos envenena. Las injusticias extremas son útiles; ellas, sembradoras de cóleras sagradas, han despertado el genio, han revolucionado los pueblos y han fecundado la Historia.

[Los Sucesos, 18 de setiembre de 1906]


Los niños

De tres a seis años. Los bucles de oro, embriagados y henchidos de la savia primera, ruedan sobre las mejillas olorosas; los ojos, bañados de húmedo amanecer, entreabren su curiosidad amante; las bocas inmaculadas ensayan la sonrisa y el beso; el alma en capullo no sabe aún la crueldad ajena ni la propia; la carne resplandece de una sagrada claridad. Adoremos la casta flor humana; purifiquemos nuestras manos en las cabelleras de los niños, acerquémonos a la inocencia perdida.

Pero, ¿somos capaces y dignos de ello? ¿Cómo acariciarles? ¿Qué decirles? Son seres de otro mundo. Son ingenuos; nosotros, falsos. Son [55] limpios y hermosos; nosotros somos culpables, y estamos manchados, marchitos y viejos. ¿Cómo atrevernos a hundir nuestra mirada turbia en esas pupilas transparentes? ¿Impondremos a nuestras arrugas hipócritas la horrible mueca del candor? Necesitamos mentir nuevamente para hablar a los niños, y ellos lo ven y nos huyen. Nos han desterrado de sus juegos, de sus carreras aladas, de sus gorjeos celestiales. Justo castigo el nuestro: no podemos comunicarnos con la pureza de nuestros hijos.

No acusemos a la vida. La vida moral es obra nuestra. Nosotros también fuimos ángeles. Nos convirtieron en demonios; nos corrompieron lo mismo que corrompemos a los niños de ahora. Éramos luz, y nos emparedaron. Éramos movimiento y nos amarraron los miembros con vestimentas estúpidas, y clavaron nuestros cuerpos en el potro de la mesa de estudio, y doblaron nuestros frágiles cuellos sobre el deber inepto y asesino. Pronto conocimos la cárcel y el trabajo forzado. Éramos belleza, y nos rodearon de cosas repulsivas y sucias. Éramos inteligencia, y nos la ahogaron en la tinta de interminables letras sin sentido. Nos obligaron a aborrecer el libro y a despreciar al maestro. Nos separaron para siempre de la naturaleza; nos envenenaron para siempre la libre alegría de los cielos, del mar y de los bosques. Una vez desprendidos de los jóvenes brazos de nuestras madres, sólo encontramos la amenaza, jamás el amor, nosotros, que éramos amor. En nosotros entró el miedo, después la vanidad, más tarde la única, absorbente, degradante pasión del oro. Hicieron lo que somos, incomparables estupradores de la razón y del sentimiento que nacen, corruptores de niños, cegadores de fuentes.

Cuando preguntaron a Carrière cómo debería el proletariado contribuir a la paz internacional, contestó:

«¡No golpeéis, no injuriéis a vuestros hijos! Hace siglos que los hombres se devuelven los golpes que recibieron cuando niños...».

Salvémonos, salvemos la humanidad. Volvamos a los niños, y volvamos llenos de respeto y de fe. Así el recuerdo de la niñez propia, recuerdo que canta y que se queja en el fondo de nuestra conciencia, nos será menos triste; así conseguiremos prolongar la divina cosecha de bucles de oro, bocas inmaculadas, de ojos de aurora y de carne en flor que cada primavera nos trae el destino; así lucharemos contra el mal, y evitaremos que en un día quizá próximo nuestros hijos nazcan manchados, marchitos y viejos como nosotros.

[LOS SUCESOS, 6 de octubre de 1906] [56]

El que fue

La Iglesia pone en escena el misterio de la muerte de Dios. Año tras año, Dios muere más hondamente, y resucita al tercer día con menos gana. La ficción es dos veces trágica, porque es también realidad. Dios se muere y se muere de veras.

Ha vivido veinte siglos en plena gloria. Injertado en el vetusto tronco bíblico, brotó al aliento de la poesía asiática, y esparció un inesperado aroma de ternura por el Walhalla demasiado imperioso de las antiguas divinidades. Los mitos más adorables del Oriente acariciaron el rostro dolorido del Apolo en la cruz. La madre de Buda sonrió a las madres humanas, y subió al Olimpo con su niño en brazos. Las mujeres pudieron rezar. La sangre de los mártires era sangre alegre. Una cortesía nueva se extendió por la tierra en flor. Los hombres no aparentaron odiarse tanto, ni los infelices estuvieron tan solos. Un simulacro de piedad refrescó el mundo. La desesperación fue un pecado; la compasión devota visitó todas las catástrofes y todas las inmundicias; se insinuó en todos los crímenes; y el signo de la redención brillaba en los mangos de los puñales. El amor de Cristo no soportaba infieles: ajustició a los críticos y violó a las tribus salvajes; encantó a las vírgenes y consoló a las abandonadas. Los misántropos descubrieron tesoros en sus almas ardientes y sombrías; los pensadores aprendieron a tallar en silencio el diamante de la conciencia; los artistas pintaron la aurora, y levantaron bosques de piedra para solaz de los santos, y desencadenaron huracanes de melodías para cantar el triunfo místico; los libertinos inventaron la respetuosa galantería, y los soldados el honor. El cielo se mezcló con el suelo. Una comunión terrible, familiar y sabrosa nació entre lo finito y lo infinito. Hubo una ciencia del milagro, un lenguaje universal y litúrgico, una categoría intelectual y moral. La sociedad crecía bajo una sombra sagrada, y la soledad se poblaba de demonios y de ángeles. Los dogmas se fijaron en el esplendor del trono más augusto de los tiempos, y la fisonomía y la historia del Hijo llegaron a su definitiva figura. Dios existió.

Por haber existido plenamente tuvo que morir. El microbio germánico, cultivado por los Renán, enfermó a Jesús. Asistimos a los funerales de la divina persona. La muerte de los dioses es parecida a la nuestra; es la utilización total de su ser. Los dioses no tienen el defecto de la inmortalidad. Inmortal es la nada, y eterna; lo inmortal es lo inmóvil. [57] Pero vivir es darse poco a poco a lo desconocido, y morir, darse de un golpe. Se perece como unidad; se subsiste como acción. Quizá sea la individualidad una ilusión innecesaria; los hombres y los dioses son quizá depósitos provisorios de energía, puntos ficticios en que se concentra el poder para gastarse con mayor eficacia. ¡Quién sabe si lo importante no es nacer, sino morir! ¡Quién sabe si a partir de la muerte verdaderamente vivimos, es decir, verdaderamente colaboramos en la obra inmensa! El genio es póstumo. La leyenda cristiana es de una significación sublime. El Salvador debía morir. El error fue resucitarle. Y ahora que muere sin resurrección posible, vivirá para siempre en las entrañas de la humanidad.

Desapareció la simiente; es que se enterró en el surco. El sol cayó detrás del horizonte y, sin embargo, la noche está tibia y contemplamos sin miedo las tinieblas; el sol palpita aún en la juventud de nuestros músculos, y en el ritmo sereno de las aguas y de las savias; un suspiro luminoso vaga por el firmamento. Las formas idolatradas se desvanecieron; no importa: la vital sustancia ha bajado al fondo de las cosas; todo lo asimilable empapa nuestra carne y nuestro espíritu; ha quedado en la razón y en el ensueño cuanto era de quedar. Si olvidamos, es que no es preciso que recordemos. Ya no hay inquietud en nosotros; hemos cesado de buscar; poseemos a Dios con la tranquila y formidable posesión del sepulcro. Dios se ha hecho invisible, porque por fin está dentro. «Tomad y comed», nos dijo, y le hemos devorado. Nos sentimos dioses. Nutridos de Dios, nos atrevemos a mirar cara a cara la Naturaleza, y proyectamos dominar el Universo.

[ROJO Y AZUL, Nº 26, 31 de marzo de 1907]

La ruleta

¿Dónde caerá, por fin, la esterilla vibrante? Las almas están suspendidas de un capricho idiota. ¿En qué hueco de los treinta y seis se consumará la irremediable injusticia? La enviada del destino salta, vacila, amenaza, huye...; su chasquido malvado ríe en el jadeante silencio; y cada número negro o rojo que toca hiere un corazón cobarde. Mirad esos ojos de sentenciados; esos cuerpos que aguardan el golpe del verdugo, caídos contra la mesa; esas manos enfermas que han traído [58] sangre, fortuna, honra, en ofrenda a la impenetrable divinidad. Mirad al hombre entregado a la lujuria de la desesperación.

Azar, nada. Somos inteligencia, es decir, orden. Comprender es modelar; encajar la pasta amorfa de los hechos en la estatua vacía de la razón. Somos voluntad, es decir, dirección y designio. Hemos privado a los vientos y a las aguas de su libertad salvaje, y los hemos condenado a los trabajos forzados de la rueda. Hemos ido a despertar las energías ocultas bajo las rocas y los siglos, y hemos vuelto a hacer arder el sol en las calderas de nuestras máquinas. Hemos recogido lo impalpable para que nos sirva; hemos aprisionado la electricidad dispersa en el espacio, y la hemos hecho volar por un hilo y ramificar nuestros nervios. Hemos avanzado en la sombra; hemos descendido al abismo; hemos arrancado al misterio cosas informes para esculpirlas después. Hemos humanizado la naturaleza; hemos apretado con tal fuerza la realidad contra nuestro espíritu que en ella ha quedado estampada nuestra efigie. Hemos ensanchado la armonía alrededor de nuestra inteligencia, y por cada paso nuestro hacia adelante ha retrocedido otro la casualidad.

El jugador se abandona a esa casualidad que es nuestro único obstáculo y nuestro enemigo. El jugador funda su vicio en la ignorancia y en la impotencia absolutas. Traidor de la humanidad, ha prostituido la conciencia a la monstruosa caricia del caos. Ha agotado sus recursos en ajustar un mecanismo donde se condensa la noche mientras los demás construyen mecanismos donde se reúne la luz. En tanto que se creaba el disco de la dínamo, él creaba el disco de la ruleta. Otros agrandaban su mente, y él se decapitaba. Otros introducían la vida plena en el Universo, y él partía su vida en treinta y seis porciones. Otros nacían, y él se suicidaba. Pero la palabra suicidio es demasiado débil. Los que se matan aún esperan; llaman con la hoja del puñal o con la culata del revólver a la puerta formidable que no se abre más que una vez y detrás de la cual puede haber algo. El jugador se destruye con exactitud. Sólo él conoce la verdadera muerte.

Felizmente el que juega se arruina. Las matemáticas lo establecen, y los fenómenos lo confirman. Sería espantoso que se ganara al juego, y que el azar fuera fecundo. Una fatalidad profundamente sana devora al jugador y barre todos los años millares de seres indignos de existir. A esa fatalidad se juntan en la obra saludable los banqueros con ventaja; los tramposos de ingenio que dejan al cartón señales imperceptibles y mortíferas, o que guían bajo el tacto finísimo una gota de goma transparente; [59] los prestidigitadores que resbalan paquetes de naipes preparados y escamotean la catástrofe que asoma; los audaces que asaltan los tapetes y violan los bolsillos; aquellos, en fin, que se mantienen erguidos en la lucha. Ellos, tahures, ladrones, bandidos, despojos del hampa cosmopolita y de los naufragios sociales; representan la moral en su sentido más hondo, porque enfrente del eterno enigma se conducen como hombres y no como espectros.

[LOS SUCESOS, 15 de octubre de 1906]

Pasionales

«La mato porque la amo».

¿Hay quien crea al insensato que esto diga? Sí, señor; y no sólo las porteras lacrimosas y las señoritas traslúcidas, sino una gran parte del ilustrado público y hasta los mismos jueces. ¡Ay del que mata por odio, por miedo o por hambre! ¡Bienaventurado el que mata por excesiva ternura! Si no completó armoniosamente el consabido «cuadro de horror» saltándose los sesos, vaya seguro a los Tribunales; el jurado, inclinándose ante la hazaña, pondrá en libertad al héroe, y las damas se interesarán por un tenorio tan bruto.

Asesinos se encuentran más interesantes. Wainewright, pintor y literato inglés, envenenó a su mujer porque esta señora tenía los tobillos demasiado gruesos. ¡Pobre pintor! ¡Cuántas indecibles torturas sufrió, él, tan artista, tan exquisito, al contemplar a todas horas la fealdad de los tobillos conyugales! Un jurado de estetas hubiera absuelto a Wainewright ¿no es cierto?, un jurado hipersensible, un jurado del porvenir.

¡Qué lejos estamos de la humanidad! Y, naturalmente, de la verdadera estética: el sentimentalismo de nuestro público y de nuestros jurados es el que trasudan Antony y cien dramones más; el de Dumas hijo, el moralista (!!) del famoso mátala; el sentimentalismo de ojeras pintarrajeadas y melenas sucias, envejecido, descompuesto, maloliente, repulsivo, después de sesenta años de majaderías peligrosas a todo corazón sano; el sentimentalismo de folletín. Por eso la página del código en que se autoriza y alienta al marido a sacrificar una mujer indefensa, no es a secas una de las manchas infames de la civilización; es, además, algo repugnante, cursi, lamentablemente melodrama barato. [60]

Acabemos de arrancar su aureola embustera a los que, si no cedieron al más bestial y egoísta de los instintos, no pasaron de ser falsificadores de las nobles energías del alma, comediantes, histriones del sentimiento, payasos trágicos. ¿Compasión para ellos? ¡Oh, sí! Compasión a los enfermos, a los bárbaros extraviados entre nosotros. Compasión, mas no admiración. Y no dejemos de compadecer a los otros homicidas, más modestos y más perseguidos. No dejemos de compadecer sobre todo a las víctimas de la ferocidad sexual.

No habléis de las locuras del amor. ¡No! El amor es lúcido y sereno. El amor no mata. Lo bello, lo fuerte, no conduce jamás al asesinato. Los fuertes mueren tal vez, pero no matan. «Los que matan, como los que se matan, dice Gourmont, son débiles. Los que tienen algún vigor se alejan, sufren, meditan y viven». ¡Viven! No es la misión del amor quitar la vida, sino darla, engendrarla valientemente, alegremente, contra todas las barreras, todas las emboscadas, todas las traiciones, todas las catástrofes. ¿Qué es necesario para matar? Bien poca cosa: un arma y una cobardía. Basta el momento delirante, la chispa lanzada por la hoguera siniestra que arde en la oscuridad de las pasiones, el espasmo sombrío de un segundo. Para vivir es necesario el amor. Para esas vidas lentas, preñadas de paciencia y de cariño, para esas santas vidas largas, generadoras de lo grande, es indispensable el amor. El amor no desconfía, no se venga, no hiere; el amor siempre cree y perdona y vive y hace vivir.

«La mato porque no se me vuelve a entregar». ¿Es un amante el que así blasfema? ¿Amó algún día el que no consiguió despertar en otro el amor duradero y cesó él mismo de amar? ¿Temblaron algún día de amor las manos que hoy firmes apuñalean la carne adorada? ¿Amó siquiera un instante quien no vacila en desencadenar la angustia en el alma amada, y sin turbarse ve los espectros del terror en los ojos que él hizo triunfar antes de exaltación magnífica? El amor cruel es mentira. No hay amor donde no hay piedad. ¿Qué es el amor más elevado, sino una piedad devoradora? «La mato porque no la amo ya, porque nunca la amé». He aquí lo cierto, y si el matador, analizándose, supiera eliminar el falso prejuicio del honor, las punzaduras de la vanidad, el afán de lo notorio y mil razonamientos parásitos que acompañan a la explosión salvaje sin motivarla, descubriría en el convulsionado fondo de su conciencia esas larvas del tenebroso origen universal, que arrastran confundidos los gestos de la fecundidad y de la muerte. [61]

Para el amor, elegir es respetar. El amor es esencialmente religioso; la luz que crea en torno de la mujer jamás se extingue. Por una ilusión generosa objetivamos los rayos invencibles cuyo centro está en nuestro espíritu, y se nos figura que amamos la belleza, cuando precisamente es la belleza lo que en nosotros ama. La mujer amada es intangible. Nos mentirá, nos atormentará, nos abandonará, si es posible que un amor profundo no sea recíproco, pero el resplandor inmortal seguirá iluminándola. El culto a la felicidad se habrá convertido en el culto al dolor, pero el templo estará en pie. La dulce fuente se habrá cambiado en fuente de amarguras, pero no se habrá agotado. Si no la dicha, la desdicha será nuestra razón de vivir y la explicación del universo. No renunciaremos a las sagradas ruinas. Preferimos un recuerdo melancólico a todas las tentaciones del presente y a todas las promesas de la esperanza. ¡Y en qué silencio, en qué intimidad secreta no resucitaremos del olvido, como Dios de la nada, las imágenes del joven amor y de la vida! Venturoso o no, el amor auténtico se oculta; el pudor es la mitad de su poesía. Un amante es un iniciado; no elevará en el arroyo el ara ni el altar. No expondrá al escándalo las embriagueces de su victoria, ni la liquidación de sus desastres. Quizá sucumba en un rincón, mas no representará gratis, ante la tribu reunida, una escena vulgar de quinto acto.

¡Matar! El amante de veras no mataría en ningún caso porque comprende que sería inútil. Es que el amor abre el entendimiento, revela lo invisible, y el seudo amante ignora que ante el amor la muerte es pequeña y transitoria. Sin embargo, el niño enamorado, al balbucear las eternas palabras, que a un tiempo se inventan y repiten, proclama la verdad: «Siempre te amaré». «Siempre nos amaremos». Siempre, es decir, no hasta la muerte, sino en la muerte y más allá de la muerte. Heine imita al niño: «En el día del juicio final, anuncia, los muertos se levantan, las trompetas les llaman a las alegrías y a las penas; en cuanto a nosotros, no nos inquietaremos de nada, y nos quedaremos acostados y abrazados». Y si para el amor la muerte no es un obstáculo, ¿cómo sería una solución? La muerte deja intactos los problemas de la vida.




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