Rafael Barret. Introducción



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Hay que señalar, todavía, las sorprendentes observaciones que hace Barrett, en este ensayo, sobre la naturaleza y las notas diferenciales del lenguaje literario.

Sus consideraciones estéticas no se redujeron al campo teórico. Se ocupó concretamente de diversas producciones literarias y artísticas. En el comentario de libros se mostró como un crítico penetrante, de vasta cultura y fina sensibilidad. Aunque no sean muy numerosas las páginas en que intenta la valoración estética particular, bastan para calificarlo como uno de los críticos más inteligentes de su tiempo. Sus artículos sobre Tolstoi, Gorki, Rodó, Delmira Agustini y otros escritores, son magistrales. Su crítica no se limita al examen de los contenidos o a las paráfrasis «impresionista». Poseía Barrett un saber filológico que le permitía estimar con precisión el valor y la función de la materia lingüística en la obra de arte literaria, como lo prueban sus páginas sobre Lugones y Vargas Vila (31).

Por la amplitud y profundidad de sus intereses intelectuales y morales, Barrett podría ser ubicado en el nivel de los escritores de la [29] generación española del 98, a la cual sin duda pertenecía originariamente. Pero no fueron las circunstancias españolas sino los problemas humanos de América, y particularmente del Paraguay y de los países del Plata, los que acuciaron su espíritu y motivaron sus candentes escritos. Por eso Barrett vino a ser una de las figuras capitales del novecentismo rioplatense (particularmente en su línea modernista), así como uno de los grandes precursores de la literatura social americana, vasta corriente que ha traído a primer plano el tema del hombre oprimido por estructuras socio-económicas anacrónicas e irracionales. Para terminar, hay que subrayar otra vez que por la potencia intrínseca de su discurso y el esplendor de su lenguaje es, sin duda, uno de los mayores escritores de nuestra lengua en el siglo XX.

En esta introducción hemos procurado presentar algunas facetas de la vida y obra de Rafael Barrett poco conocidas o estudiadas por la bibliografía especializada.

Nos hemos basado, sobre todo, en la investigación directa de las fuentes hemerográficas y en documentos que habían permanecido desconocidos hasta ahora. Dadas limitaciones de espacio, no hemos abarcado la totalidad de las cuestiones que presentan el estudio y la valoración biográficos y críticos, sino aquellos aspectos que habían quedado más o menos olvidados a lo largo de los años transcurridos desde la publicación de sus obras y desde su muerte en 1910, hace ochenta y dos años.

El presente texto, sin embargo, amplía trabajos publicados en años anteriores (32) y expone en apretada síntesis el resultado de investigaciones en Paraguay, Argentina y Uruguay durante muchos años. No obstante, las conclusiones no pueden ser todavía definitivas, en tanto no haya lugar para un estudio filológico y crítico amplio sobre el tema.

En lo que respecta a las cuestiones biográficas abordadas en este trabajo, cabe reiterar que nos hemos basado casi siempre en fuentes documentales, descartando las versiones más o menos «legendarias» acerca de la vida de Barrett. Seguramente el resultado más importante de estas indagaciones es la comprobación de la notable coherencia entre [30] la «vida» y la «obra»de este autor. En efecto, la confrontación de los hechos biográficos y las expresiones de su correspondencia «íntima» con la obra literaria, toda ella realizada periodísticamente, nos da una imagen del hombre-escritor que se impone por su autenticidad. En este sentido, Barrett se inserta en la mejor tradición «libertaria», pero por otra parte anticipa, con el testimonio de su vida y su literatura, los planteamientos del existencialismo contemporáneo, tal como se ofrecen, por ejemplo, en la obra de Albert Camus o Jean Paul Sartre.

La obra de Barrett ha sido abordada aquí a través de sus escritos fundamentales, y hemos señalado los rasgos más notables de su pensamiento y su escritura, situándonos en sus contextos intelectuales y estéticos. A partir de sus orígenes «noventayochistas» y «modernistas», en España, Barrett viene a insertarse en el «Novecientos» rioplatense, al cual contribuye con una labor de particular acento ideológico y valiosos rasgos artísticos.

El pensamiento y la prédica de Barrett constituyen aportes fundamentales en la historia de los movimientos sociales liberadores de nuestros países en el siglo XX, pero su lugar en la literatura hispanoamericana, a nuestro juicio, no ha sido suficientemente destacado. Como ya hemos indicado antes, su labor intelectual y artística todavía debe ser estudiada con el debido rigor crítico e ideológico.

Ahora quedan apuntadas, apenas, algunas direcciones y áreas de investigación para un trabajo de mayor aliento, que habrá que emprender en mejores condiciones.

Esta edición

En la presente antología intentamos abarcar los diversos aspectos de la escritura barrettiana. De este modo, se hallan representadas las grandes líneas de contenido de su producción: la crítica social, el pensamiento estético, la moral altruista, etc. Asimismo, se incluye una amplia muestra de los diversos géneros que frecuentó: el artículo periodístico, el ensayo, el diálogo, el cuento y otras formas literarias como el poema en prosa.

En cuanto a los textos incluidos en esta antología, se atienen a las formas establecidas en la edición paraguaya de las Obras completas (1988-1990).

Miguel Ángel Fernández

Universidad Nacional de Asunción [31]

- I -
Artículos

[33]


El esfuerzo

La vida es un arma. ¿Dónde herir, sobre qué obstáculo crispar nuestros músculos, de qué cumbre colgar nuestros deseos? ¿Será mejor gastarnos de un golpe y morir la muerte ardiente de la bala aplastada contra el muro o envejecer en el camino sin término y sobrevivir a la esperanza? Las fuerzas que el destino olvidó un instante en nuestras manos son fuerzas de tempestad. Para el que tiene los ojos abiertos y el oído en guardia, para el que se ha incorporado una vez sobre la carne, la realidad es angustia. Gemidos de agonía y clamores de triunfo nos llaman en la noche. Nuestras pasiones, como una jauría impaciente, olfatean el peligro y la gloria. Nos adivinamos dueños de lo imposible y nuestro espíritu ávido se desgarra.

Poner pie en la playa virgen, agitar lo maravilloso que duerme, sentir el soplo de lo desconocido, el estremecimiento de una forma nueva: he aquí lo necesario. Más vale lo horrible que lo viejo. Más vale deformar que repetir. Antes destruir que copiar. Vengan los monstruos si son jóvenes. El mal es lo que vamos dejando a nuestras espaldas. La belleza es el misterio que nace. Y ese hecho sublime, el advenimiento de lo que jamás existió, debe verificarse en las profundidades de nuestro ser. Dioses de un minuto, qué nos importan los martirios de la jornada, qué importa el desenlace negro si podemos contestar a la naturaleza: -¡No me creaste en vano!

Es preciso que el hombre se mire y se diga: -Soy una herramienta. Traigamos a nuestra alma el sentimiento familiar del trabajo silencioso, y admiremos en ella la hermosura del mundo. Somos un medio, sí, pero el fin es grande. Somos chispas fugitivas de una prodigiosa hoguera. La majestad del Universo brilla sobre nosotros, y vuelve sagrado nuestro esfuerzo humilde. Por poco que seamos, lo seremos todo si nos entregamos por entero. Hemos salido de las sombras para abrasarnos en la llama; hemos aparecido para distribuir nuestra sustancia y ennoblecer las cosas. Nuestra misión es sembrar los pedazos de nuestro cuerpo y de nuestra inteligencia; abrir nuestras entrañas para que nuestro genio y nuestra sangre circulen por la tierra. Existimos en cuanto nos damos; negarnos es desvanecernos ignominiosamente. Somos una promesa; el vehículo de intenciones insondables. Vivimos por nuestros frutos; el único crimen es la esterilidad.

Nuestro esfuerzo se enlaza a los innumerables esfuerzos del espacio y del tiempo, y se identifica con el esfuerzo universal. Nuestro grito [34] resuena por los ámbitos sin límite. Al movemos hacemos temblar a los astros. Ni un átomo, ni una idea se pierde en la eternidad. Somos hermanos de las piedras de nuestra choza, de los árboles sensibles y de los insectos veloces. Somos hermanos hasta de los imbéciles y de los criminales, ensayos sin éxito, hijos fracasados de la madre común. Somos hermanos hasta de la fatalidad que nos aplasta. Al luchar y al vencer colaboramos en la obra enorme, y también colaboramos al ser vencidos. El dolor y el aniquilamiento son también útiles. Bajo la guerra interminable y feroz canta una inmensa armonía. Lentamente se prolongan nuestros nervios, uniéndonos a lo ignoto. Lentamente nuestra razón extiende sus leyes a regiones remotas. Lentamente la ciencia integra los fenómenos en una unidad superior, cuya intuición es esencialmente religiosa, porque no es la religión la que la ciencia destruye, sino las religiones. Extraños pensamientos cruzan las mentes. Sobre la humanidad se cierne un sueño confuso y grandioso. El horizonte está cargado de tinieblas, y en nuestro corazón sonríe la aurora.

No comprendemos todavía. Solamente nos es concedido amar. Empujados por voluntades supremas que en nosotros se levantan, caemos hacia el enigma sin fondo. Escuchamos la voz sin palabras que sube en nuestra conciencia, y a tientas trabajamos y combatimos. Nuestro heroísmo está hecho de nuestra ignorancia. Estamos en marcha, no sabemos adónde, y no queremos detenemos. El trágico aliento de lo irreparable acaricia nuestras sienes sudorosas.


Buenos Aires

El amanecer, la tristeza infinita de los primeros espectros verdosos, enormes, sin forma, que se pegan a las altas y sombrías fachadas de la avenida de Mayo; la vuelta al dolor, la claridad lenta en la llovizna fría y pegajosa que desciende de la inmensidad gris; el cansancio incurable, saliendo crispado y lívido del sueño, del pedazo de muerte con que nos aliviamos un minuto; el húmedo asfalto, interminable, reluciente, el espejo donde todo resbala y huye, los muros mojados y lustrosos, la gran calle pétrea, sudando su indiferencia helada; la soledad donde todavía duermen pozos de tiniebla, donde ya empieza a gusanear el hombre...

Chiquillos extenuados, descalzos, medio desnudos, con el hambre y [35] la ciencia de la vida retratados en sus rostros graves, corren sin alientos, cargados de Prensas, corren, débiles bestias espoleadas, a distribuir por la ciudad del egoísmo la palabra hipócrita de la democracia y del progreso, alimentada con anuncios de rematadores. Pasan obreros envejecidos y callosos, la herramienta a la espalda. Son machos fuertes y siniestros, duros a la intemperie y al látigo. Hay en sus ojos un odio tenaz y sarcástico que no se marcha jamás. La mañana se empina poco a poco, y descubre cosas sórdidas y sucias amodorradas en los umbrales, contra el quicio de las puertas. Los mendigos espantan a las ratas y hozan en los montones de inmundicias. Una población harapienta surge del abismo, y vaga y roe al pie de los palacios unidos los unos a los otros en la larga perspectiva, gigantescos, mudos, cerrados de arriba abajo, inatacables, inaccesibles.

Allí están guardados los restos del festín de anoche: la pechuga trufada que deshace su pulpa exquisita en el plato de China, el champaña que abandona su baño polar para hervir relámpagos de oro en el tallado cristal de Bohemia. Allí descansan en nidos de tibios terciopelos las esmeraldas y los diamantes; allí reposa la ociosidad y sueña la lujuria, acariciadas por el hilo de Holanda y las sedas de Oriente y los encajes de Inglaterra; allí se ocultan las delicias y los tesoros todos del mundo. Allí, a un palmo de distancia, palpita la felicidad. Fuera de allí, el horror y la rabia, el desierto y la sed, el miedo y la angustia y el suicidio anónimo.

Un viejo se acercó despacio a mi portal. Venía oblicuamente, escudriñando el suelo. Un gorro pesado, informe, le cubría, como una costra, el cráneo tiñoso. La piel de la cara era fina y repugnante. La nariz abultada, roja, chorreante, asomaba sobre una bufanda grasienta y endurecida. Ropa sin nombre, trozos recosidos atados con cuerdas al cuerpo miserable, peleaban con el invierno. Los pies parecían envueltos en un barro indestructible. Se deslizó hasta mí; no pidió limosna. Vio una lata donde se había arrojado la basura del día, y sacando un gancho comenzó a revolver los desperdicios que despedían un hedor mortal. Contemplé aquellas manos bien dibujadas, en que sonreía aún el reflejo de la juventud y de la inteligencia; contemplé aquellos párpados de bordes sanguinolentos, entre los cuales vacilaba el pálido azul de las pupilas, un azul de témpano, un azul enfermo, extrahumano, fatídico. El viejo -si lo era- encontró algo... una carnaza a medio quemar, a medio mascar, manchada con la saliva de algún perro. Las manos la tomaron cuidadosamente. El desdichado se alejó... Creí observar, adivinar... que su apetito no esperaba... [36]

¡También América! Sentí la infamia de la especie en mis entrañas. Sentí la ira implacable subir a mis sienes, morder mis brazos. Sentí que la única manera de ser bueno es ser feroz, que el incendio y la matanza son la verdad, que hay que mudar la sangre de los odres podridos. Comprendí, en aquel instante, la grandeza del gesto anarquista, y admiré el júbilo magnífico con que la dinámica atruena y raja el vil hormiguero humano.

[LOS SUCESOS, 27 de noviembre de 1906]


La China y el opio

La Emperatriz manda cerrar los fumaderos públicos, atentando así al genio nacional, que es el genio de lo inmutable. En China obrar es copiar, vivir es repetir, un camino nuevo, una nueva idea son algo sacrílego. Esa civilización colosal y complicadísima ha recorrido su cielo, y después de miles y miles de años de oscilaciones y de estremecimientos, ha descendido al punto del equilibrio absoluto. El péndulo ha quedado por fin inmóvil. Hace siglos que en China se ha escrito el último poema, se ha construido el último palacio y se ha dictado la última ley. Todo es definitivo, todo está previsto. El Imperio Celeste es prisionero de un espejo alto y frío, que oculta todos los horizontes bajo la vana imagen del pasado. Y allí esperar no es más que recordar.

El flanco del inmenso continente de sangre se contamina. La tercera parte de la humanidad, amontañada en un bloque único, siente sus bordes corroídos por la lepra europea. Construir acorazados, seguir los cursos franceses y alemanes, obligarse a tomar al Occidente sus armas y su ciencia para intentar resistirle, será un adelanto en el Japón; en China ha de ser una enfermedad. Lo que en otros sitios renueva y vivifica, en China pudre. Es que la China es un cuerpo en catalepsia, suspendido al filo del sepulcro. Cambiar, para ella, equivale a descomponerse; es un mecanismo inexorable a quien sólo le está permitido pararse, devorado por el orín. La orilla oriental supura; el odio al extranjero fermenta en las conspiraciones bóxer, y los escalofríos del tétanos hacen temblar las embajadas.

Puntos de gangrena, apenas perceptibles en la masa enorme. Cada chino es una máquina y continúa siéndolo. Se cuenta que habiendo un [37] sastre de Hong Kong recibido unos pantalones viejos con el encargo de hacer otros iguales, reprodujo concienzudamente las manchas y agujeros de la prenda entregada. El reloj de bolsillo constituye para el celeste un juguete encantador. La hora le es indiferente. El disco minutero, que para el blanco es una rueda veloz sobre el camino sin fin de lo posible y de lo deseable, es para el amarillo un eterno girar, un círculo idéntico donde todo vuelve, donde nada importa la efímera posición de la aguja. Lo que al amarillo maravilla es el monótono y misterioso tictac, y se pasa larguísimos ratos escuchándolo religiosamente. En una de las más crueles batallas de la guerra chino-japonesa, empezó a llover; los chinos, bajo un fuego terrible, abrieron sus paraguas. Y en el conjunto de máquinas, el Estado es la gran máquina impasible, la que lamina las inteligencias bajo la presión uniforme del mandarinato, la que archiva y clasifica hasta los órganos sexuales arrancados a los eunucos.

Los egipcios consagraban su existencia a embalsamar y empaquetar los cadáveres; los chicos han embalsamado las almas, han enterrado en ellos mismos sus antepasados difuntos; se han convertido en momias vivas. Y como también se sueña más allá de la tumba, los chinos sueñan y sueñan con el sueño y con la muerte. No quieren el alcohol que irrita la delicada sensibilidad de los occidentales, sino el opio que embrutece enseguida. Poco a poco sienten sus nervios agotarse; son precisos los suplicios espantosos del jardín de Octavio Mirbeau para producir algún dolor en su carne lívida y blanda. Necesitan la poesía funeraria de las tablas, parecidas a tablas de ataúd, donde envueltos en humo mortífero yacen los fumadores de opio; necesitan el opio, necesitan dormir, porque la poesía de los pueblos es la visión del destino, y para la China no hay ya destinos; necesitan detener el tictac formidable de la máquina inútil. La emperatriz no debió estorbar a su raza la ilusión consoladora del reposo.

[LOS SUCESOS, 16 de enero de 1907]

El cinematógrafo

De repente la oscuridad, y con ella el silencio precursor de milagros. Un haz de pálida luz brota de la negra hendidura proyectante, y se abre hacia el blanco lienzo que espera. No es el inocente rayo de sol entre el follaje espeso, sino un mágico surtidor, preñado de gestos y de ideas, es [38] un mundo agitado, una oleada de vida que surge otra vez del abismo. La delgada claridad que cruza el espacio lleva consigo una chispa de nuestro espíritu inquieto; es nuestra mirada misma atravesando las tinieblas.

El hombre había obligado a la placa fotográfica a estremecerse y a conservar la huella de un instante; había obligado a la materia bruta a tener memoria. Pero esa memoria no era más que un espasmo, un resplandor en la noche. La materia se acordaba, pero de un momento solo; palpitaba un segundo, y se petrificaba en el único ademán inteligente de su existencia. Una fotografía es una sombra inmóvil, un cadáver. Un retrato hace pensar en las cosas pasadas de igual modo que un pétalo seco, hallado dentro de un libro, hace pensar en la primavera ausente.

Y eso no nos bastaba. Hemos querido galvanizar los espectros y hacer retroceder a la muerte. No contentos con engendrar innumerables formas nuevas, hemos querido robar las que estaban condenadas a desaparecer. Ángeles anunciadores de lo que vendrá, somos también buzos de lo desvanecido, y remontamos a la superficie cargados de tesoros que dormían en el fondo del mar. Nuestro genio tuerce las corrientes del destino, y una resaca maravillosa, después del naufragio, esparce sobre la tela tirante del cinematógrafo las mil figuras alegres de la tripulación resucitada.

Vemos lo olvidado; vemos lo que nunca hemos visto. Viajamos por tierras desconocidas. Bajo árboles acariciados de brisas disueltas para siempre, nos reclinamos a descansar de un camino que no hemos hecho... Pisamos la trepidante cubierta de un buque ignorado, y aguardamos el redondo empuje de las olas que más tarde, no sabemos cuándo, habrán desfallecido en playas remotas... Ahora es una ciudad inmensa, donde jamás habitaremos. ¿Qué pensamientos arrastra el transeúnte que pasa rozándonos, durante ese minuto perdido en el caos...? Y así desfilan ante nuestra retina absorta, escenas, paisajes, fantasmas vivos que acuden a nosotros desde las profundidades del tiempo, y que se mezclarán a nuestros sueños y a nuestras nostalgias. La realidad delira como un moribundo, y nos arroja al rostro ráfagas de su enorme historia.

Titubea de pronto el cuadro. A intervalos una mancha o una quebradura nos trae a la mente nuestra debilidad. Estamos aún lejos de la perfección absoluta. Nos sacuden los choques de nuestra penosa marcha hacia el futuro. El aparato sublime vacila. Pero esa misma flaqueza vuelve la lucha más trágica. Estamos combatiendo cuerpo a cuerpo, y el temblor del cinematógrafo es el temblor de la divina presa entre nuestras manos crispadas. [39]

En la penumbra la multitud entrega sus cándidos ojos de niño. Nos baña un ambiente religioso. Las almas ceden al encanto confuso y penetrante de lo incomprensible. La fe, como en otros siglos, baja al valle de lágrimas. Pero baja libre de terrores. Ya no teme, la muchedumbre, la cólera ni la venganza de los dioses ciegos. Por eso, familiarizada con el prodigio, confía serenamente en sí misma. Por eso delante del cinematógrafo, como delante de otras recientes conquistas de la razón sobre el Universo, se mueve en nuestra conciencia la inmortal esperanza.

[EL CÍVICO, 21 de agosto de 1905]

De deporte

Todos los juegos son simulacros de combates, representaciones atenuadas de la esencia misma de la vida: la guerra. Entre ellos, los deportes expresan más agudamente la lucha. Los ingleses, tenaces hombres de acción, llaman también deporte al boxeo sin guantes. El desarrollo de los deportes es por lo común beneficioso, porque despierta y disciplina los instintos fundamentales del animal humano: la audacia, la astucia, la resistencia, la crueldad. Mediante el ejercicio de sus músculos, el individuo se convierte en una unidad útil, puesto que se hace temible.

Las campañas modernas, moviendo enormes masas de soldados y de material y exigiendo preparativos incalculables, se resuelven en meses, en semanas. Las campañas antiguas, en años, en siglos. Constituían un estado nacional cuasi normal; eran la sola carrera de los nobles y su ocupación corriente. Así el deporte se cultiva por los nobles de hoy, es decir, por las clases ricas. Reemplaza al viejo oficio de las armas. La lanza y la armadura se sustituyen por la inofensiva pelota de fútbol y el jersey de grueso estambre. Antes se llevaba al cinto la afilada hoja de Toledo. Ahora se la despunta y se la cuelga en la sala de esgrima. El drama ha pasado de la realidad al escenario. Mas no deja de ser idéntica su psicología y semejantes sus ventajas.

¿Por qué? Por la facilidad con que se vuelve del escenario a la realidad. La gente de teatro gesticula fuera de él con entusiasmo parecido, y sus pasiones suelen ser tumultuosas. Goncourt, en su extraño libro La Faustin, cuya base documentaria se advierte a la legua, nos pinta a la gran actriz copiando maquinalmente los gestos de su [40] amante moribundo. El artificio cubre la verdad, y acaba creándola. Un duelista, quizá muerto de miedo, repite automáticamente las estocadas aprendidas en los asaltos, y hiere a su adversario. La ficción lo salva de un peligro positivo.

Pero tal vez el ejemplo está mal puesto. Un duelo se combina de antemano. Las horas de idea fija disuelven al cobarde y fortifican al valiente, que en una noche tiene tiempo para dar las últimas órdenes a su organismo y poderlo lanzar a la pelea bajo la libertad de juicio y la serenidad. No es raro que un principiante venza en duelo a un maestro. Aquí el deporte no sirve de mucho. Su papel es capital en las sorpresas. La necesidad urgente de hacer algo pierde al no sportman, al contemplativo que requiere juzgar para decidirse. La inminencia lo inmoviliza. Su sistema nervioso no está canalizado, y su energía se estanca contra el obstáculo de la torpeza física. El sportman obra inmediatamente, por la fuerza del hábito. La estupefacción misma de la sorpresa le es favorable, libertando al mecanismo muscular que funciona por sí solo. La cobardía, si la tiene, le es fatal únicamente a la larga.

Se cree que el deporte cura a las personas y reforma las razas. Según: la moda del deporte ha sacrificado a muchos infelices, para los cuales atletismo significa tuberculosis. Hay casos en que la higiene mata. La opinión de que los griegos fueron grandes por hacer gimnasia, resulta pueril. Al contrario: hacían gimnasia porque les sobraba vitalidad. La barra y el disco son para los robustos; la salud individual o colectiva, como la inocencia, no se recobra nunca del todo, y el deporte es una cataplasma poco eficaz para torcer el destino de los pueblos.

La belleza no ama al deporte. Hemos concentrado la poesía en el matiz y en la penumbra sugestiva. Preferimos la elocuencia de las frentes pálidas, de los ojos profundos y de las amargas sonrisas, a la gallardía vulgar de los clásicos bíceps helenos. Encontramos la inteligencia solitaria superior a los populares Juegos Olímpicos. Por eso el deporte reciente, a pesar suyo, empieza a penetrar en regiones vírgenes. Evoca la eterna obra de conquista sobre la naturaleza, y se vale de las admirables máquinas imaginadas por la ciencia actual. La bicicleta y el automóvil, dignificando al deporte por medio del riesgo, le proporcionan el dominio de la velocidad, elemento incomparablemente más espiritual que la potencia impulsiva. Colocado en la cúspide de los Juegos Olímpicos Modernos, Santos Dumont es un deportista sublime.




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