Rafael Barret. Introducción



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Paraguay mío, donde ha nacido mi hijo, donde nacieron mis sueños fraternales de ideas nuevas, de libertad, de arte y de ciencia que yo creía posibles -y que creo aún, ¡sí!- en este pequeño jardín desolado, ¡no mueras!, ¡no sucumbas! Haz en tus entrañas, de un golpe, por una hora, por un minuto, la justicia plena, radiante, y resucitarás como Lázaro. («Bajo el terror», volante, 3-XI-1908).

Y en una carta de 1909 le dice también a Panchita: «En el Paraguay y al lado tuyo me hice al fin hombre» (6).

De sus primeros años y de su juventud no sabemos casi nada. De esa época sólo ha llegado hasta nosotros el mudo testimonio de algunas fotografías borrosas y amarillentas, indicios melancólicos de una existencia desahogada y amable. Sin duda recibió una excelente educación, y, según parece, pasó algunas temporadas en París, asistiendo quizás a cursos y conferencias. En Madrid hizo estudios en la Escuela de Caminos, donde no sabemos si concluyó la carrera, pero que le servirían años más tarde para hacer trabajos de agrimensura en el Paraguay. Fallecidos sus padres, y en posesión de una discreta herencia, hizo, según Ramiro de Maeztu, que lo conoció en aquellos años, «vida de joven aristócrata, más dado a la ostentación y a la buena compañía que al mundo del placer» (7). Un penoso incidente -relatado por el mismo Maeztu- lo alejó para siempre de aquel ambiente, cuya inmoralidad y estulticia denunciaría después en diversos escritos.

Lo que más importa señalar acerca de este período de su vida acaso sea el hecho de haberse formado en la misma atmósfera conflictiva de los hombres de la generación del 98, que en su juventud, esto es, durante los [16] últimos diez o quince años del siglo pasado, y aún a principios del XX, militaron, casi todos ellos, en tendencias políticas radicales. Pero a diferencia de estos escritores, que involucionaron hacia posiciones moderadas, tradicionalistas o incluso reaccionarias (con excepción de Antonio Machado y de Ramón del Valle Inclán), Barrett hizo el camino inverso. Partiendo de una situación de clase privilegiada -lo que por lo demás le permitió acceder a los instrumentos teóricos y de análisis de la realidad social-, en contacto con las dramáticas condiciones del Paraguay y de los demás países del Plata, llegaría a asumir plenamente la causa de las clases oprimidas y explotadas.

La ruptura existencial con el mundo en que se había desenvuelto su juventud lo indujo, probablemente, a dejar España. Ignoramos la fecha precisa en que Barrett llegó a Buenos Aires, donde se había radicado una rama de los Álvarez de Toledo. Vladimiro Muñoz, quizás el único investigador que ha intentado hacer una cronología estricta de su vida (8), conjetura que pudo haber sido a fines de 1902, si bien la propia viuda del autor de Mirando vivir afirma que lo hizo en 1904. Nos inclinamos a pensar que Barrett llegó a la Argentina en 1903. En todo caso, nuestras investigaciones nos han llevado a constatar que ya en agosto de ese año colaboraba en la revista Ideas, que dirigía Manuel Gálvez en Buenos Aires. Se ha dicho que fue redactor de El Diario Español, pero se trata de un error, pues fue en El Correo Español donde colaboró y quizás fue miembro de la Redacción. En este periódico aparecen algunos artículos bajo su firma. Pasó después al diario El Tiempo, en cuyas páginas se encuentra por primera vez su nombre al pie de un comentario sobre una exposición pictórica, en abril de 1904.

¿Qué hizo Barrett en el año y medio, aproximadamente, que vivió en la Argentina, además de trabajar, posiblemente con desgano, en tareas periodísticas? Si tomamos como indicio su artículo «Buenos Aires», incluido en Moralidades actuales (9), y según algunos publicados originariamente en dicha ciudad, colegiremos quizás que allí comenzó a ver la realidad social y a percibir las profundas contradicciones que estremecían a una sociedad fundada en la miseria humana. Ese artículo [17] es, ciertamente, uno de los textos más impresionantes y mejor escritos de Barrett. Debemos agregar, únicamente que por nuestra parte lo hemos visto publicado por primera vez en Asunción en noviembre de 1906 (10), esto es, en la época en que, precisamente, parecía abrirse Barrett a las ideas sociales más radicales.

De cualquier manera, es indudable su valor como expresión de su actitud vital frente a una situación que su sensibilidad y su inteligencia no podían admitir ni silenciar. Lo cierto es que en Buenos Aires Barrett participó en actos políticos de la inmigración republicana española, y que a raíz de ello tuvo una disputa con un señor Juan de Urquía, que desembocó en un desafío a duelo que no se llevó a cabo, pues el mencionado Urquía decidió a última hora no batirse con Barrett, invocando el incidente madrileño de 1902. Los detalles pueden verse en El Correo Español, de fines de abril de 1904.

Sea como fuere, el hecho es que sus inquietudes no le dejaron echar raíces en la Argentina. Fue así como, en octubre de 1904, se vino al Paraguay como corresponsal de El Tiempo, con motivo de la revolución iniciada aquí en agosto de ese año. Barrett, que había llegado como periodista, simpatizó inmediatamente con los revolucionarios liberales, en cuyo campamento de Villeta desembarcó. Cuando envía su primera y única crónica de la «revolución» a El Tiempo, a principios de noviembre, ya se hallaba incorporado a sus filas. Ese texto, es el primero de Barrett sobre el Paraguay y revela ya el punto de vista liberal-crítico de su autor frente a los problemas del país.

Barrett llegó a Asunción probablemente el 24 de diciembre junto con las fuerzas revolucionarias triunfantes. Su vida aquí en los primeros tiempos, nos ha sido referida, sumariamente, por su amigo José Rodríguez Alcalá en dos artículos, publicado el primero en 1911, recién fallecido Barrett, y el segundo treinta y un años después, en 1942. Lamentablemente, otros amigos de la primera hora, como Manuel Gondra y Modesto Guggiari, no han dejado, que sepamos, nada escrito sobre Barrett en aquellos días. Volvamos pues, a los documentos.

En el Registro Oficial de 1905 se encuentra un Decreto en que se nombra a Rafael Barrett auxiliar de la Oficina General de Estadística, con fecha 31 de enero de 1905. Meses después, el 26 de agosto, por otro [18] Decreto se le nombra jefe de sección de la misma Oficina «en reemplazo de don Hérib Campos Cervera, que renunció». Pero Barrett no persistió en las tareas burocráticas, que sin duda se avenían poco con su carácter y su real capacidad intelectual, y menos de un mes después, el 15 de setiembre, aparece otro Decreto en el que se nombra un nuevo jefe de sección, dándose «las gracias al dimitente (Barrett) por los servicios prestados». Por ese tiempo también Barrett entra a trabajar en el Ferrocarril, como secretario general (según su viuda), cargo al que renunciaría en 1906, en desacuerdo con el trato que la empresa daba a sus trabajadores.

Barrett se incorporó enseguida a la vida «social» de la ciudad. Fue electo secretario del Centro Español, que por entonces reunía a lo que se solía llamar la «gente bien». Allí conoció a Francisca López Maíz, su futura esposa. Y de esa época (1905) son estos tres encantadores versos, impregnados del espíritu galante de la «belle époque», autografiados sobre el paisaje crepuscular de una postal dirigida a la joven Leonor Montero:

La mañana es azul, la tarde es roja,
y es blanco el sol, pero en la noche augusta,
la sombra es del color de nuestros sueños...

Barrett no tardó tampoco en integrarse a las actividades intelectuales y periodísticas de Asunción. El 26 de enero de 1905 se publica su primer artículo en el Paraguay, bajo el título de «La verdadera política». Se trata de un texto particularmente interesante como índice de su manera de ver la actividad política y la función de los partidos políticos en general, y en particular de su visión de la situación paraguaya en esos momentos.

El optimismo de este artículo se desvanecería con el correr del tiempo, al observar Barrett más detenidamente los manejos de la vida política, que llegarían a repugnarle profundamente. En 1905, aunque resulta notorio el conocimiento que tiene de los movimientos sociales y políticos de la época, habla todavía como una conciencia liberal progresista, que confía en la acción política positiva para la solución de los problemas del país.

Pero las miserias de la vida política, precisamente, le producirían una honda conmoción poco más de un año después de su llegada al [19] Paraguay, cuando, a raíz de una polémica periodística, se enfrentaron en un duelo dos jóvenes liberales, Gomes Freire Esteves y Carlos García. Este último, que era miope, fue herido en el lance y falleció casi inmediatamente. Barrett, indignado, publicó el mismo día un artículo responsabilizando a los padrinos de García por el luctuoso hecho (11). Aquellos padrinos se llamaban Miguel Guanes y Albino Jara.

Algunos días después, Miguel Guanes encara airadamente a Barrett en el Centro Español. Según referencias periodísticas, Barrett adoptó una actitud serena, pero la gravedad de los insultos proferidos contra él le obligaron a desafiar a Guanes a un duelo, que éste no aceptó. En esos hechos, que dejaron en posición desairada a los padrinos del difunto Carlos García, puede verse uno de los motivos (pero solamente uno de los motivos) del ensañamiento de Albino Jara contra Barrett, tiempo después, cuando se convirtió en el hombre fuerte del gobierno de 1908.

Tenía treinta años Barrett cuando se casó el 20 de abril de 1906 con Panchita. No se trata de un mero dato para su biografía, pues hay que decir que su matrimonio y el nacimiento de su hijo constituyeron para él acontecimientos entrañables, que sólo pueden compararse a su decisión de darse enteramente a la causa de la humanidad oprimida. Las huellas de su relación afectiva con su mujer y su hijo han quedado marcadas en su correspondencia con Panchita, llena de ternura, y a veces de dolor, y en algunos textos como el admirable artículo titulado «Mi hijo» (12). Si hubiera alguna duda sobre la nobleza y la sinceridad de este escritor, ahí están, para confirmarlas, sus cartas íntimas, en total correspondencia con las ideas y sentimientos que expresaba públicamente.

En cuanto a su lucha por la redención social, no fue por cierto una mera pose, como en tantos otros, sino una opción existencial plenamente consciente y responsable, con la cual comprometía no sólo su inteligencia sino su vida entera. Su decisión de asumir esa causa se gestó, posiblemente, entre los años 1906 y 1907, y se transparenta en diversos artículos de esa época. Pero es en 1908 cuando se dedica a dar conferencias para los obreros y hace la tremenda denuncia de Lo que son los yerbales. Ese trabajo, que se publicó originariamente como una serie de [20] artículos entre el 15 y el 27 de junio de 1908 (13), le costó la ruptura con la gente «respetable» y la opinión adversa de algunos periódicos.

Por entonces ya había contraído la tuberculosis, que le obliga a recluirse algunas veces en San Bernardino, otras en Laguna Porá. Pero sus fuerzas para la lucha no decaen. Poco tiempo después de iniciada su campaña contra la explotación del hombre en los yerbales, se produce el cruento golpe de estado de julio, que depone al General Ferreira y convierte al Coronel Albino Jara en árbitro de la situación política. En medio de la lucha armada, Barrett y José Guillermo Bertotto, con riesgo de sus vidas, salen a recoger heridos y a prestarles primeros auxilios. Saldo de la revolución: sesenta muertos y ciento cincuenta heridos; y, por supuesto, apresamientos, persecuciones, arbitrariedades... Barrett, que no podía hacerse cómplice callando, funda un quincenario, Germinal, desde el cual sigue denunciando, al margen de toda bandería política, las condiciones de vida del pueblo y sus causas reales. Demasiado enfermo ya, deja Germinal en manos de Bertotto y se va a San Bernardino. Pero al ser clausurado el periódico, que sólo alcanza el undécimo número, vuelve a la lucha, proclamando en volantes su resistencia al terror, actitud que le cuesta el apresamiento, igual que a Bertotto. Estos hechos son bastante conocidos, pues han sido relatados por Bertotto. No nos detendremos en ellos, ni en la deportación que sufrió Barrett casi inmediatamente, y que lo llevó a Puerto Murtinho y Corumbá primero, y a Montevideo después, entre octubre y noviembre de aquel año. Detalles sabrosos y patéticos se encontrarán en las cartas que escribía Barrett a Panchita en esos días.

La ciudad de Montevideo, en la que en un primer momento se siente desorientado, pronto se abre para él. Allí hace amistad con Frugoni, Herrera, Falco, y comienza un fecundo período de colaboraciones en el diario La Razón, que dirigía un hombre abierto y generoso, Samuel Blixen. Pero la tuberculosis, que apenas lo deja vivir, lo obliga a internarse en un hospital, desde donde sigue sin embargo escribiendo. No se quedó mucho tiempo en la capital uruguaya, en la que acaso por primera vez sintió una atmósfera intelectual verdaderamente fraterna, y donde las primeras inteligencias del país reconocieron de inmediato su excepcional talento. [21]

Fiel a su vocación y a sus convicciones libertarias, después de tres meses y medio en Montevideo decide volver al Paraguay a vivir confinado en una estancia de Yabebyry, inmerso en la naturaleza y la realidad campesina. Barrett, que, a raíz de su destierro, había sido invitado a hablar del Paraguay, y que se negó porque no quería «contribuir al descrédito de un país que tanto amo», y porque «los trapos sucios se lavan en casa», como le decía en una carta a Hérib Campos Cervera (14). Barrett, desde su confinamiento, levantará su voz para defenderlo cuando es ofendido gratuitamente desde un periódico de Corrientes (Argentina) (15).

Al cabo de un año se le permite radicarse en San Bernardino, a cincuenta y tantos kilómetros de Asunción. Desde allí colabora en El Nacional, un diario fundado ese mismo año de 1910. Y en sus páginas publica una nueva denuncia de las condiciones de vida en el campo bajo el título de «Lo que he visto», luego incorporado a El dolor paraguayo. En esta ocasión le salió al paso el doctor Manuel Domínguez, bajo el seudónimo de Juvenal, en un artículo titulado «Lo que Barrett no ha visto» (16), donde afirmaba, poco más o menos, que Barrett veía la realidad con ojos de enfermo. Este contestó, dolido y exasperado, con un desgarrador «No mintáis».

Un poco más tarde entregaba a las prensas del mismo periódico los capítulos de su notable estudio sobre «La cuestión social» (17). Escrito como refutación de un extenso trabajo del doctor Rodolfo Ritter -en el cual éste niega la existencia de problemas en el Paraguay, o los minimiza-, Barrett reafirma y refuerza, en su ensayo, sus juicios sobre la realidad paraguaya, además de subrayar las grandes direcciones ideológicas de las luchas sociales modernas.

El 21 de agosto del mismo año lo visitan en San Bernardino sus amigos sindicalistas, por quienes aparece rodeado en la penúltima fotografía que conocemos de él. Barrett, consumido por la tisis, era físicamente apenas «un fantasma de sí mismo», según dijo José Concepción Ortiz (18). No obstante, escribe con más pasión e inteligencia que [22] nunca. Moralidades actuales había sido editado en Montevideo, y casi al mismo tiempo se había publicado en Asunción su folleto El terror argentino. Y el 1º de setiembre parte hacia Francia en busca de un ilusorio alivio, llevando consigo los originales de El dolor paraguayo, que Bertani imprimirá después de su muerte, en 1911. En el Paraguay se quedan Panchita y su pequeño hijo, aguardando el milagro de una recuperación imposible.

En Montevideo se detiene sólo el tiempo que falta (menos de un día) para tomar el barco que ha de llevarlo a Europa. En ese lapso acuden junto a él sus amigos -como cuenta él mismo en una carta a Panchita, escrita el 11 de setiembre en el «Re Vittorio», vapor italiano en el que viajaba-, «y los que más me agradaron, obreros, tipógrafos, jornaleros que me llamaban «maestro» y me estrujaban las manos entre las suyas callosas». Los periodistas le agasajan, los fotógrafos le retratan, los editores le piden originales de libros que no ha escrito aún, «en fin -sigue diciendo Barrett-, la prosperidad al cabo...». Y en el muelle, «la despedida final... un desconocido me dio unos ramos de violetas, diciéndome: las últimas flores de Montevideo -y lloré pensando en ti, en mi amor y en tu orgullo...» (19).

No se olvida del Paraguay. «A bordo del 'Re Vittorio', setiembre 1910», escribe la primera de sus «Cartas de un viajero» (20). Desde París, desde Arcachón -una villa sobre el Cantábrico, donde pasará los dos últimos meses-, Barrett sigue enviando sus artículos a los periódicos paraguayos y uruguayos. La muerte de Tolstoi, uno de los pocos contemporáneos que admira, motiva dos de sus más hermosos artículos, uno de ellos publicado ya póstumamente en Asunción (21).

El 13 de diciembre de 1910 Barrett sabe ya que la llama está a punto de apagarse. Sus manos trazan, entonces, para su mujer y su hijo, las últimas palabras «para decir que estoy demasiado bien cuidado, y que mi alma está serena y llena de confianza en la vida que os recompensará de vuestros dolores si los examináis y sufrís con lealtad y con valor» (22). Y el día 17, a las cuatro de la tarde, su vida se extingue. Había muerto el hombre, no su palabra, fundida ya en la sangre y en la conciencia de la humanidad oprimida. [23]

La palabra radical. Obra de Rafael Barrett [25]

En poco más de seis años, o sea el tiempo que duró su permanencia en América, realizó Barrett una excepcional labor intelectual y artística, la mayor parte de ella a través de sus colaboraciones en la prensa paraguaya y en la de los países del Plata. Barrett no llegó a ver reunida en volumen, como ya hemos dicho, sino una pequeña parte de su trabajo. En los años siguientes a su muerte fueron publicándose compilaciones de sus numerosos escritos, y en 1943 y 1954, respectivamente, aparecieron la primera y la segunda edición de sus Obras completas, reunidas sobre la base de los volúmenes editados por Bertani y Claudio García en Montevideo, y por La Protesta y Fueyo en Buenos Aires. Sin embargo, más de un centenar de textos, dispersos en periódicos de Argentina, Uruguay y Paraguay, fueron omitidos. Esos escritos, ya reunidos en el cuarto volumen de la edición paraguaya, abarcan una amplia gama temática, semejante a la de sus obras conocidas. Algunos de ellos se refieren al Paraguay.

Escritor de agudo espíritu crítico, Barrett se revela en la plenitud de su fuerza creadora sobre todo en sus escritos sobre la problemática social y humana. En sus artículos, ensayos y conferencias cobran relieve especialmente las cuestiones morales, la injusticia social, el problema de la religión en el mundo contemporáneo y las creaciones artísticas. No tuvo tiempo de sistematizar su pensamiento, si alguna vez se propuso hacerlo, pero, en sus textos, la razón y la fe humanista guardan perfecta coherencia.

Una parte considerable de los artículos de Barrett son, por su estructura y contenido, ensayos breves. Son también numerosos los artículos en los que comenta o critica hechos de la época. En unos y en otros pueden apreciarse la lucidez de su espíritu y la firmeza y profundidad de su ideario humanista. [26]

El autor de El dolor paraguayo cimentó su literatura y su prédica social en una filosofía del que entronca con las doctrinas libertarias y el humanismo evangélico. «Descubrir la energía interior y entregarla para renovar el mundo; he aquí el altruismo» dice en uno de sus ensayos capitales, «Filosofía del altruismo» (23). Esa energía es concebida no como una fuerza orientada por leyes convencionales sino como una tendencia radical de la naturaleza humana, «hermana de la humilde energía celular que convierte los jugos oscuros de la tierra en pétalos perfumados...». Barrett hace también en el citado ensayo una crítica del intelectualismo, cuyos esfuerzos por reducir la realidad a rígidos esquemas racionales llega a considerar como «signo de atrofia en la intuición». Es evidente que con esa postura intenta superar, estimulado por el pensamiento de Bergson -a quien considera uno de los «príncipes de la especulación contemporánea»-, las limitaciones del positivismo, y en particular de la filosofía del altruismo tal como la había concebido Comte.

Consecuentemente, el pensamiento de Barrett se abre a las ideologías sociales más avanzadas de la época, propiciando la liberación del hombre mediante una revolución espiritual y moral que lo haga dueño de su destino.

Su crítica alcanza, así, no sólo al sistema económico vigente, sino también a las superestructuras que atan al individuo a formas de relación social contrarias a la razón y a la naturaleza solidaria de la especie humana. «Matad el principio de autoridad donde lo halléis», dice Barrett. «Que el hombre lo examine todo por sí. Que sea responsable de sí propio» (24).

Sus ideas se proyectaron en la prédica de la solidaridad obrera y de los valores ideológicos del anarquismo, que «tal como lo entiendo -dice Barrett- se reduce al libre examen político» (25). No se limitó a exponer su pensamiento libertario. Lo que son los yerbales y El terror argentino son denuncias concretas de una situación social monstruosa, frente a la cual callaba la mayor parte de sus contemporáneos ilustrados. Al [27] rechazar la explotación del hombre por el hombre y renunciar a los privilegios de su clase, conoció en sí mismo el dolor y la ira de los humildes. Su libro El dolor paraguayo es una revelación desgarradora de las condiciones de vida del pueblo al cual «honró y castigó con su gran amor y su gran talento», como dijo también José Concepción Ortiz (26). En dos libros póstumos, Mirando vivir e Ideas y críticas, se encuentran, asimismo, algunos de sus mejores artículos de crítica social y moral.

Particular interés tienen sus breves narraciones, en algunas de las cuales se nota la huella del «decadentismo» finisecular. Barrett propiciaba una literatura realista -dando al término un sentido menos estrecho, ciertamente, que ciertos teóricos revolucionarios- y entre sus creaciones más interesantes se cuentan, precisamente, aquellas en que consigue plasmar su visión crítica de la realidad y la vida. Cabe mencionar, como ejemplo, su cuento «El maestro» (27), donde configura una patética situación humana mediante una estructura narrativa rigurosa y una expresión precisa y sugerente al mismo tiempo, sin concesiones al esteticismo que caracteriza la literatura de la época. Por su valor simbólico-ideológico y por la economía y unidad de su construcción literaria, hay que citar otros dos cuentos, «El propietario» (28), y «El pozo» (29), en cuyo universo semántico subyacen, curiosamente superpuestos, elementos de la escatología evangélica y del materialismo histórico.

Aunque poco conocido, pues no figuraba en sus Obras completas, su poema «Decadente» -título por demás significativo-, publicado originariamente en la revista Cri-Kri, de Asunción, en 1905, podría figurar en la más rigurosa antología de la poesía modernista hispanoamericana.

Por lo demás, las notables cualidades estilísticas de Barrett pueden apreciarse también en un poema en prosa titulado «Sobre el Atlántico», uno de los últimos textos que escribió.

Pero el valor estético de su obra no radica sólo en esos intentos de creación literaria, sino también en el potente y luminoso estilo de sus artículos y ensayos. En este aspecto puede ubicarse a Barrett entre los escritores de lengua castellana más destacados. Su rigurosa prosa, en [28] efecto, supera largamente los límites de la literatura de su época y afirma su calidad hoy, más allá de lo que Gillo Dorfles ha llamado «las oscilaciones del gusto».

Barrett formuló su pensamiento sobre el hecho artístico en diversos escritos y especialmente en su ensayo «De estética» (30). En este campo sus ideas se vinculan a las teorías que consideran el arte como un fenómeno estrechamente ligado a la evolución y a la naturaleza humana, a la cual revela y exalta. «Todos seguimos -dice en el citado ensayo- en un poema, no una ficción, sino una historia y no una historia cualquiera, sino nuestra propia historia». Y la función del gran arte, la misión del genio, «es fijar y animar los gérmenes nacidos inconscientemente en la obscuridad de las mentes, fecundar las matrices sociales de donde saldrán las ideas y las emociones futuras y gestar poco a poco las concepciones venideras en lo moral». Barrett concibe, pues, el arte también como un compromiso y una función moral, pero no en relación con una normativa convencional y petrificada, sino con una concepción humanista tendente a formas espirituales y sociales superiores.




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