Rafael Barret. Introducción



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En lo que estoy de acuerdo con Ritter es en juzgar poco importante la trascendencia del marxismo en la «acción» humana. El razonamiento no crea energía, la razón será lo que se quiera, menos un motor. ¿En qué puede vigorizar al proletariado la idea del determinismo económico? ¿Obedecerían mejor los astros a la ley de Newton, si tuviesen conciencia de ella? ¿Caería de otro modo el guijarro, si supiera que tiene que caer? De aquí la evolución del marxismo de combate. El proletariado, después de adquirir, según la bella frase de Pelloutier, «la ciencia de su desgracia», se inclina a cultivar los elementos que le prometen el triunfo, que se lo prometerían y tal vez se lo procurarían aunque se tratara de un triunfo ilógico: la disciplina y la fe. De aquí el abandono, más o menos pronunciado, en relación a la psicología de cada pueblo, de las controversias sociológicas y de las discusiones parlamentarias. De aquí el sindicalismo, invasión reciente y formidable de algo que no es ya teoría, sin una táctica austera. El carácter del movimiento es religioso; las grandes transformaciones sociales no se llevan a cabo sin estas magníficas epidemias de fe y de esperanza. En uno de sus primeros libros -L'Europa giovane- Ferrero había observado que la verdadera forma nueva de la religión es el socialismo alemán». Sorel dice que la huelga general es un «mito» del sindicalismo y Prezzolini añade: «como del mito del Reino de los Cielos salió la Iglesia Católica, así del mito de la Huelga General saldrá la nueva Sociedad Proletaria». ¿Y qué es el futuro, sino el Reino de los Cielos venido por fin a la Tierra?

El doctor Ritter presenta con mucha claridad y excelente información el sindicalismo. Pondré tan sólo dos reparos a esta parte de su estudio, que en mi entender es la mejor, y que por causas que ignoro ha quedado trunca. La educación del obrero en los sindicatos es, para el doctor Ritter, ilusoria en cuanto al arte de dirigir empresas. «¿qué cosa podrán aprender en su sindicato los estibadores en cuanto a la explotación complicadísima de la navegación trasatlántica, etc...». El doctor Ritter, por su escasa fe, se ahoga en un vaso de agua. Cuando los proletarios dispongan de los medios de producción, el arreglo mutuo para la marcha del trabajo será asunto baladí. Los obreros se encontrarán en su puesto, combinados y encadenados por la faena cotidiana. El estibador y el maquinista y el capitán y el gerente seguirán en consorcio mutuo si así lo desean, y la navegación trasatlántica, si así conviene, seguirá funcionando, precisamente porque todo lo que en el mundo obra es trabajo, y nada más que trabajo. Suprimir el capital no es suprimir a [278]

los trabajadores, sean gerentes de empresas o sean simples mozos de cordel. Suprimir el oro no es suprimir la fuerza ni el talento; es libertarlos. Concedamos crédito a la difusión de la sabiduría y, sobre todo, a los recursos de la naturaleza. Aquellos bárbaros que improvisaron la Revolución Francesa fundaron la política contemporánea. ¿En dónde aprendieron la explotación complicadísima de la industria de gobernar? Cuando la humanidad está de parto, confiemos en lo invisible. No nos aflijamos de que no se enseñe a parir a las madres.

Al doctor Ritter le extraña que los sindicalistas «profesen el mismo ideal que cualquier fabricante de tejidos: el de la más grande producción», y a mí me extrañan esas líneas del doctor Ritter. El profesor Novicov, que suele burlarse cruelmente de los socialistas de todo matiz, declara, después de compulsar estadísticas, que los nueve décimos del género humano padecen en mayor o menor grado el hambre y el frío. De diez semejantes nuestros, nueve no se alimentan ni se visten lo bastante. Seamos, pues, «prosaicos» hasta el punto de exigir la más grande producción de ropas y de pan, y no temamos profesar los ideales del burgués, el cual no se preocupa de las necesidades ajenas ni de la más grande producción, sino de la más grande ganancia, que es a veces lo contrario. ¡En esta sociedad absurda y hambrienta, ocurre que en exceso de pan ocasiona desastres! Cuentan los biógrafos de Fourier, que, hallándose en Marsella, los dueños del establecimiento en que servía diéronle el encargo de arrojar al mar un considerable cargamento de arroz, que habían dejado pudrir con el único fin de mantener el alto precio a que por entonces se vendían en Francia los artículos de primera necesidad.

Y es desde aquel día que Fourier, lleno de noble ira, se consagró por entero a su apostolado reformador. Dos palabras sobre el anarquismo. No hay que hacerse ilusiones; una clase crece siempre más de prisa en fuerza material que en fuerza moral. El proletariado, al volverse más fuerte, se vuelve más violento. Por desdicha, es probable que triunfe por la violencia, como han triunfado en la historia todas las renovaciones humanas. Ante la venidera revolución sólo cabe esperar, según esperamos los que tenemos fe en nuestro destino, que se sustituyan las violencias estériles por las violencias fecundas.

El anarquismo, extrema izquierda del alud emancipador, representa el genio social moderno en su actitud de suma rebeldía. No haré a mis lectores la ofensa de suponerlos capaces de confundir, a semejanza de lo [279] que fingen muchos burgueses interesados, anarquista y dinamitero. Sería pueril temer que Anatole France, anarquista intelectual, o León Tolstoi, anarquista místico, nos lancen alguna bomba. Hay una cosa quizá más grave que los explosivos; es la crítica anarquista, la lógica implacable de los que han condensado su método en la famosa fórmula de Bakunin: «destruir es crear».

Se condena la violencia, pero somos hijos de ella, y por ella nos defendemos de los criminales y de los locos, y mediante ella dominamos los espasmos del mar y del viento. Eliminar la violencia es un quimérico ideal; el mundo tiene un aspecto mecánico, en que necesariamente sobreviven las energías, no por ser más justas, sino por ser mayores. Nuestra ideal no debe ser suprimir la violencia. Jamás ha mejorado su situación por el altruismo de los capitalistas, sino por su miedo. «En Francia, dice Buyll, la legislación social ha sido impuesta pieza a pieza por los movimientos de la calle o por la agitación de las reuniones y de la prensa... El proyecto de la jornada de ocho horas en las minas se aprobó en plena movilización del ejército de hulleros... No se hubiera llegado en Inglaterra a fijar la duración de la jornada legal en las minas sin la imponente organización y la periodicidad de los congresos obreros que allí trabajaban». ¿Acaso hubiera hecha Rusia lo que ha hecho en favor de las masas populares sin el levantamiento de 1905?

Confesémoslo: la violencia hizo prosperar más a las sociedades de resistencia que el dinero. Los mecánicos ingleses gastaron veintisiete millones en socorros, y perdieron la huelga. ¡Ay de los trabajadores el día en que dejen de inspirar terror y no dispongan de otras armas que el llamamiento a la compasión y a la equidad! Merced al terror han conseguido tratar con los patronos de poder a poder. El relato que hace Yvetot del caso de los dockers de Cette es instructivo: «Los patronos, pensando influir sobre el ánimo de los obreros, les invitaron a una entrevista patronal para terminar la huelga.

»Una corta comisión del sindicato, compuesta de hombres sólidos, se presentó. Su contacto no agradaba a los exploradores, que pensaban acabar pronto aturdiéndoles con promesas y subyugándoles por intimidación.

»Después de un rato de discusión seria, sin resultado, los patronos querían despedir a los invitados, pero éstos cerraron las puertas y declararon a los patronos que no saldrían de allí sin el convenio firmado por ellos, como deseaban los obreros. [280]

»Enseguida los delegados obreros se pusieron a fumar, a hablar y a cantar, como si estuvieran de sobremesa en un banquete.

»En vista de aquella actitud, extraña pero enérgica, los patronos, aburridos y asustados, se sometieron y firmaron, haciendo después de honor a sus firmas.

»Aquellos patronos comprendieron que trataban con hombres».

Las uniones gremiales han alcanzado tal prestigio, que se ha visto en Inglaterra a los obreros del algodón intervenir como árbitros entre los importadores y fabricantes, solucionando el conflicto que se les sometió. Señalemos las generosas iniciativas de los sindicatos, la institución de las «sopas comunistas» y el éxodo de los hijos de los huelguistas a las casas de los trabajadores de otros lugares. Pues bien, tengamos el valor de reconocer que esa potencia, esa especie de autoridad, esa dignificación del proletariado son en parte producidas por la violencia, el boicot, la huelga, las batallas con la policía, el sabotaje, el incendio y la bomba.

¡La bomba! ¡El crimen! Sí; mi sensibilidad se subleva ante el gesto del asesino. Yo concibo sacrificar mi existencia, pero no la ajena. Yo llevo clavada en el alma, como un dardo de luz, la persuasión de que lo esencial no es aplastar los cerebros, sino poblarlos. Y, sin embargo, me pregunto a veces si mi corazón se equivoca, si es necesario quizás a la humanidad, para que siga marchando, como lo era a Beaumanois para seguir combatiendo, beber la propia sangre. Me pregunto con tristeza infinita si es necesario herir y hendir pronto, buscar el futuro y arrancarlo de las entrañas de su madre muerta.

¿Crimen? Sí, y malditos seamos nosotros, hijos del crimen, padres del crimen. Pero si hay diferencias en el crimen, yo digo que el de los anarquistas, que hacen la «propaganda de la acción», el de los que eligen ser a un tiempo verdugos y mártires, es un crimen más respetable que los crímenes de tantos héroes cuyas estatuas se yerguen en las plazas públicas.

Los atentados anarquistas, que suelen ser pura consecuencia de los atentados de los gobiernos, se suprimen con una ferocidad insensata, causa de nuevos atentados de la oculta desesperación universal. En Rusia, donde no hay pena de muerte para los delitos comunes, se considera el anarquismo delito político. Allí, en 1905 a la fecha, tres millones de personas han sido ahorcadas, confinadas o deportadas. En otros países donde no hay pena de muerte para los delitos políticos, se considera el anarquismo delito común. Se instala el estado de sitio, los [281] procedimientos inquisitoriales, se dictan leyes ad hoc, se viola la ley. Recordad los siniestros procesos de Montjuich, en que perecieron docenas de inocentes. Recordad a Ferrer. Hace pocos meses que en Buenos Aires, con motivo del asesinato del coronel Falcon, mil quinientos o dos mil proletarios fueron perseguidos. Dos mil familias cayeron en la miseria. Y no recojo los rumores insistentes de fusilamientos en los calabozos, de ataúdes sacados de las cárceles en el silencio y las tinieblas de la noche.

El anarquista de acción es el fanático extraviado por la exaltación suprema. Su tipo es análogo al de los primeros cristianos, sedientos de muerte. Aquéllos morían. Estos mueren, pero después de matar. Desengañémonos, el hombre adora lo trágico. Los anarquistas dan su tono poderosamente sombrío al cuadro de la emancipación proletaria. El grito de la dinamita es el del vapor que, a través de las válvulas, revela la incalculable presión de las calderas. Y, ¡detalle curioso!, el antagonismo entre anarquistas y socialistas es la última carta de la burguesía. La gran Internacional, que hizo vacilar a Europa, fracasó por la divergencia entre los discípulos de Marx: y los de Bakunin. Si la actual Internacional lograra la unión de las dos ramas en el terreno relativamente neutro del sindicalismo, los minutos que le restan de vida a la sociedad capitalista, estarían contados.

- III -


La cuestión social en el Paraguay

Que haya cuestión social en el Paraguay le parece al doctor Ritter una broma de mal género.

«¿En el Paraguay, dice, en el Paraguay, cuyas tres cuartas partes no han salido todavía de la economía natural? ¿Donde una gran cantidad de relaciones jurídicas y económicas: arrendamiento, locación de servicios, compraventa, se rigen, no por la ley escrita, sino por la costumbre y se liquidan, no con dinero, sino in natura? ¿En el Paraguay, donde en todo tiempo, fuera del de la crisis, la demanda de brazos supera a la oferta, de suerte que es el obrero quien impone sus condiciones y exigencias a los patronos, y no al revés? ¿En el Paraguay, donde el carpintero, el albañil y cualquier obrero manual gana el doble y el triple del maestro de escuela, del empleado público, del periodista?... ¿Cuestión social, aquí, en el Paraguay? ¡Vaya... vaya!..» [282]

No veo sino un modo de que no hubiese cuestión social en el Paraguay, y es que la sociedad paraguaya fuese perfecta. ¿La cree perfecta el doctor Ritter? ¿Se puede negar el estado miserable de la población? Recientemente un adversario me atribuyó el aserto de que el Paraguay es el pueblo más hambriento de la tierra. Yo no he aludido al hambre sino a la alimentación deficiente, lo que es muy distinto. La alimentación tiene que servir para algo más que para matar el hambre. El campesino paraguayo se nutre de maíz, mandioca, un poco de sebo y carne vieja y unas cuantas naranjas. Lo que contribuye a mantenerlo en su abatimiento semi patológico, no es precisamente la escasez, sino la odiosa uniformidad de la comida. Hay en Europa presidios en que el menú es más variado que el de nuestros trabajadores, y no obstante ocasiona, si no se cambia de cuando en cuando, esa inanición especial de las cárceles. No insistamos, porque sería cruel, en el abandono de las masas, en su ignorancia, en su, a veces, bochornosa resignación. ¡Pobres paraguayos, desvalijados por abogados y procuradores, apaleados por los jefes políticos, arreados a patadas al cuartel! ¡Cuántas dolencias sufre este noble país, donde, según el doctor Ritter, no hay cuestión social!

Si el carpintero gana más que el maestro de escuela y que el empleado público, deduciremos simplemente que también hay una cuestión social para los empleados y los maestros de escuela. En todas las naciones se agrega al proletariado obrero el proletariado de los intelectuales y el de los funcionarios.

Es inevitable la cuestión social donde rige el principio de la propiedad privada. Admitimos que el Paraguay no padece hoy los excesos del capitalismo. Mañana los padecerá, traídos forzosamente por lo que llamamos democracia, civilización, progreso. El planteo de la cuestión social sería tanto más ventajoso cuanto que es siempre más fácil prevenir que curar. La renovación humana podría ser aquí una evolución, y no una revolución. Al lado tenemos a los argentinos; hace pocos años eran sus condiciones económicas semejantes a las nuestras. Y ya han entrado en la era de la dinamita.

Pero ni siquiera nos es permitido consolarnos con la envidiable situación del operario paraguayo. A las costureras de blanco se le paga en la Asunción tres pesos papel por una docena de camisas de hombre. El comerciante lucra el 500 ó 600 por ciento. Harto estoy de escandalizarme del sueldo de los peones de estancia, condenados a la ruda faena del rodeo y del lazo, pasándose días en ayunas y al sol: ¡veinte pesos, ocho [283] francos al mes! Y los obrajes, los quebrachales, los yerbales... He denunciado al público, en 1908, que 15.000 paraguayos son esclavizados, saqueados, torturados y asesinados en los yerbales del Paraguay, de la Argentina y del Brasil. Nadie manifestó el menor afán de verificar los hechos y remediar tanta infamia. Ni el gobierno cívico ni el radical se ocuparon del asunto. ¿Paraguayos esclavizados? ¡Valiente novedad! El patriotismo tiene otros negocios que atender. El único ciudadano -¡ironías de la suerte!- que se dirigía a las autoridades -vanamente-, reclamando ayuda para los parias del Alto Paraná, era... monseñor Bogarín, a quien oí decir en broma una vez: «lo que necesitan aquellos infelices es que les visiten unos cuantos anarquistas». Las publicaciones de Julián Bouvier, desde Posadas, y las mías, decidieron al gabinete argentino a enviar una comisión que examinara los yerbales de Misiones. Más ha de agradecer el proletariado paraguayo a los gobiernos extranjeros que al suyo.

Convenga el doctor Ritter en que si los obreros de los yerbales se hubiesen organizado en sindicatos, habría una gran vergüenza menos en América.

Escribe el doctor Ritter: «Aquí, en el Paraguay, siempre atrasado (¿lo «adelantado» es conformarse con el capitalismo?) algunos intelectuales, hace poco, han procurado importar el socialismo, pero, como era de prever, sin ningún resultado».

No conviene juzgar precipitadamente la influencia de las propagandas. El porvenir dirá. Observaré tan sólo que habría deseado que el gobierno, compartiendo la opinión del doctor Ritter, no me hubiera dado importancia. Me hubiese ahorrado así dos meses de hospital en Montevideo.

Ni el Paraguay, ni el último rincón del globo se sustraen ni se sustraerán a un movimiento humano de la trascendencia de la emancipación económica. Se trata de una ola más alta y más profunda que la extensión del cristianismo en los siglos XV y XVI, que la extensión de la democracia en el siglo XIX. Es el clima social del planeta lo que se transforma; ¡aunque alcéis en torno muros de diez millas, no detendréis la primavera! Nada detendrá la marcha del pensamiento en busca del dolor, y el dolor está en todas partes. Nada detendrá al tiempo.

¡Ojalá que un día, el espíritu amplio y penetrante del doctor Ritter, cediendo a la fe, madre de las cosas, acabe por acompañarnos en nuestra ascensión a la luz! [285]

- IV -

Diálogos


[287]
La oración del huerto

El Poeta: -¡Amanece!

El Alma: -No. Aún es de noche.

El Poeta: -¡Amanece! Un suspiro de luz tiembla en el horizonte. Palidecen las estrellas resignadas. Las alas de los pájaros dormidos se estremecen y las castas flores entreabren su corazón perfumado, preparándose para su existencia de un día. La tierra sale poco a poco de las sombras del sueño. La frente de las montañas se ilumina vagamente, y he creído oír el canto de un labrador entre los árboles, camino del surco. ¡Levántate y trabaja, alma mía! ¡Amanece!

El Alma: -En mí todavía es de noche. Noche sin estrellas, ciega y muda como la misma muerte.

El Poeta: -Despierta para mirar el sol cara a cara, para gritar tu dolor o tu alegría. Despierta para mover la inmensa red humana y para fatigarte noblemente aumentando la vida universal. Dame tus recuerdos difuntos, tus esperanzas deshojadas. Dame tus lágrimas y tu sangre para embriagar al mundo.

El Alma: -La fuente se ha secado. Con barro amordazaron mi boca. Me rindo a las bestias innumerables que me pisotean. No queda en mí amargura, sino náuseas. No deseo más que descansar en la eterna frescura de la nada.

El Poeta: -Otros sucumben bajo el látigo del negrero. Otros se envenenan con estaño y con plomo, enterrados vivos. Hay inocentes que se arrancan los dientes y las uñas contra los hierros de su cárcel. Las calles están llenas de condenados al hambre y al crimen. Tu desgracia no es la única.

El Alma: -He saboreado toda la infamia de la especie.

El Poeta: -Algunos no son infames.

El Alma: -Conozco la honradez, según se llama a la cobardía de los que no se atreven a ejecutar lo que piensan. Conozco el amor, mueca obscena con que perpetuamos nuestra carne envilecida.

El Poeta: -¡Amanece, alma mía! La ola divina se esparce por la naturaleza. La aurora es tan radiante y tan pura como si no hubiese hombres. Empapa tu pena en la sagrada paz de la mañana. Deja acercarse las graciosas visiones que la bruma cuaja en el seno de los valles para desvanecerlas después en el azul infinito del cielo. Entrégate a la inmortal belleza de las cosas. [288]

El Alma: -El hombre ha asesinado la belleza. Mis fuerzas se acabaron. Quiero caer al hueco sin fondo del olvido.

El Poeta: -Sobre la mentira de los falsos hermanos, sobre la estupidez colosal de los pueblos y sobre la frívola perfidia de las mujeres está el misterio. Alma mía, hija del misterio, desgárrate a ti misma para encontrar la verdad, y deja tus jirones fecundos en las zarzas de la senda. El alba resplandece. Todo se agita y cruje, llora y canta. Es la hora de la lucha.

El Alma: -¡Qué importa!

El Poeta: -¡Calla!... Vienen...

El Alma: -Pasos... Son los pasos de Judas.

El Poeta: -¡Oh, alma! ¿Morirás de rodillas?

El Alma: -Poeta, tienes razón. Vamos.

[EL CÍVICO, 16 de marzo de 1906]


El orden


Don Justo: -Yo soy un hombre de orden. Estaré siempre del lado del gobierno, cuando no pretenda otra cosa que mantener el orden. Sin orden no hay civilización.

Don Tomás: -¿Qué entiende usted por orden?

Don Justo: -Algo muy distinto de las bombas de dinamita y las locuras de los redentores sociales.

Don Tomás: -Yo no veo desorden en eso.

Don Justo: -¿Qué será entonces el desorden?

Don Tomás: -No lo sé. Creo que no existe. En todo caso es una palabra sin sentido para nosotros. Se prende fuego a una mecha y la bomba estalla. ¿qué desorden descubre usted ahí? El verdadero desorden sería que la mecha no ardiera y la dinamita no hiciera explosión. Una dinamita insensible a los fulminatos humanitarios no sería dinamita. Son fenómenos desagradables, no lo dudo, pero no tenemos motivo para sostener que el casco férreo que nos destroce el vientre no haya seguido una trayectoria conforme con las leyes de la mecánica. En torno de nosotros no hay más que orden. [289]

Don Justo: -¿Y también dentro del cerebro de los locos?

Don Tomás:-¡Claro está! ¿Qué nota usted de extraordinario en que los locos hagan locuras? Lo raro sería que las hiciesen los cuerdos.

Don Justo: -Y no los llamaríamos cuerdos...

Don Tomás: -Evidente. Los locos hacen locuras. La dinamita estalla.

Don Justo: -O los locos son locos y las dinamita es dinamita. ¿A eso se reduce la ciencia que tanto le enamora?

Don Tomás: -Felizmente no. Somos demasiado imbéciles para comprender de un golpe que la certidumbre, la divinidad de nuestra época, no puede ser sino una tautología: «A es A, como decía Fichte, o «yo soy el que soy», como decían los antiguos dioses, que juzgaron inútil meterse en más honduras. Volveremos tarde o temprano al punto de partida. Cuando hayamos eliminado del mundo lo contingente, a fuerza de estudio; cuando hayamos transformado los hechos en fórmulas y condensado todas las fórmulas en una, nos encontraremos cara a cara con una enorme «A es A» o «cero igual a cero». ¡Qué quiere usted! Si nos sueltan en una selva tupida, o con los ojos vendados en un salón, caminamos en círculo. Y no somos nosotros los únicos... ¿No han observado usted qué odiosamente circular es el universo? Desde los glóbulos de nuestra sangre a los astros y al firmamento mismo, todo es redondo, gira en redondo, con una docilidad lamentable. ¡Feliz usted, que todavía halla desórdenes al alcance de la mano!

Don Justo: -Yo denomino desorden a...

Don Tomás: -...lo que le sorprende. Es una sensación preciosa, que dura hasta que incorporamos lo nuevo al orden viejo. Si fuéramos infinitamente sabios, viviríamos en el «A es A», y nada nos sorprendería. Bendigamos nuestra ignorancia, que es la que da a nuestra oscura vivienda un brillo de juventud. Los desórdenes se instalan en la realidad, y se convierten en órdenes a medida que nos hacemos menos obtusos. ¿Ha olvidado usted que hubo un tiempo en que la constitución era una proclama anárquica, vigorizada a tajos de guillotina? Es lástima que las agitaciones obreras turben las fiestas del centenario, mas, ¿acaso conmemora el centenario una acción de orden? Si los argentinos de 1810 hubieran respetado el orden, lo que usted llama orden, ¿existiría hoy la Argentina?

Don Justo: -A mí me gusta que me dejen tranquilo...

Don Tomás: -En eso opino como usted. Ambos somos plantas de [290] estufa. Fuera de mi laboratorio, igual que usted fuera de su bufete, me siento amenazado, zarandeado, pisoteado. Los transeúntes tienen los codos mucho más duros que los míos. Necesito, para prosperar, un clima uniforme y benévolo. Pero reconozco que la mayoría de los hombres necesita un clima trágico. Aparte de las violencias del sindicalismo, los ataques histéricos de las feministas y la elefantiasis de la paz armada, considere usted el recrudecimiento de la criminalidad en casi todos los países. El año 1910 nos ha traído una linda colección de niños asesinos, ladrones y suicidas.




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