Rafael Barret. Introducción



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Hagamos nosotros, que tenemos la fe, algunas observaciones al trabajo del doctor Ritter.


- I -


El pasado

Nuestro autor empieza advirtiéndonos que la cuestión social es insoluble. ¿Debemos, pues, considerarla como la cuadratura del círculo o el perpetuum mobile, un problema planteado por la imbecilidad humana, en el cual, ya que no guarismos y figuras, se han gastado vanamente infinitas teorías utópicas, frases subversivas y conspiraciones rabiosas? Ritter habría evitado que sacásemos tal consecuencia, si nos hubiera dicho, no que la cuestión social es insoluble, sino que se está [268] resolviendo desde los comienzos de la civilización. Pero no parece partidario de esa continuidad histórica; su primer cuidado es romperla. «Toda la historia de Roma, declara, refleja luchas de clases, pero jamás han abandonado el terreno de las aspiraciones y reivindicaciones individuales... No encontramos ninguna tendencia contraria a la propiedad individual... ni la menor contra el principio de la propiedad individual... etc., etc.». Los profetas hebraicos «no aspiraban a la supresión de la propiedad individual, sino a sus excesos... Nos parece pueril buscar en los Evangelios, como se ha hecho tan a menudo, sea la condenación, sea la justificación del principio de propiedad... En toda doctrina de Cristo y de los apóstoles no encontramos el menor rastro de una tendencia hostil a la propiedad». Las comunidades cristianas fueron extrañas a nuestro comunismo; «en ningún momento ese comunismo abandonaba la suposición de la propiedad individual». La vida monástica de la edad media «no tiene casi ninguna relación con las condiciones de la vida moderna, ni siquiera con los principios de los reformadores sociales actuales...». Luego nuestra época está aislada de las anteriores; nuestros conflictos, nuestras angustias, nuestras esperanzas no tienen pasado; Babeuf y Owen han crecido por generación espontánea; Marx y Kropotkin han caído de la luna...

¿Por qué, entonces, nos conmueve la voz de Isaías: «el que construya una casa la habitará; el que plante un árbol comerá su fruto»? Este beduino no habla con la precisión de Engels, pero le entendemos muy bien. Entendemos a Epicuro cuando se entretiene en probar a los griegos que un esclavo es un hombre. ¿Tanta distancia hay del «dadlo todo» de Jesús al «todo es de todos» de los modernos agitadores? San Pablo dijo: «el que no trabaja que no coma», y lo repiten hoy los trabajadores hambrientos a todos los que comen sin trabajar. «Tuyo y mío... ¡qué palabras de hielo!», clama el Crisóstomo, y añade: «el rico es un salteador». «La propiedad es un robo», contesta diecisiete siglos más tarde el eco de Proudhon. Y el famoso apóstrofe de Tiberio Graco a los patricios, ¿no es de actualidad, no es propio de un Hervé? Oíd: «Las bestias feroces que discurren por los bosques de Italia tiene cada una su guarida y su cueva, en tanto que quienes pelean y mueren por la Italia carecen de techos y de hogares; andan errantes por los campos, con sus mujeres y sus hijos; y sus caudillos no dicen la verdad cuando en los campos de batalla les exhortan a combatir contra sus enemigos, por su patria, sus aras y los sepulcros de sus mayores, porque, de un gran número de romanos, [269] ninguno tiene aras ni sepulcros de sus mayores, sino que por la riqueza y el regalo ajenos combaten y mueren y cuando se les dice señores de toda la tierra, no tienen ni un pedazo que sea de su propiedad». ¿a qué seguir? El doctor Ritter, con una imparcialidad digna de elogio, nos presenta una larga serie de ejemplos por el estilo, debidos a filósofos, a moralistas y a la agudeza popular de todos los tiempos, y, mal que le pese, no consigue sino convencemos de la solidaridad histórica de los miserables.

Siempre, lo mismo ahora que hace seis mil años, hubo una minoría que ha vivido del trabajo y del sufrimiento ajenos. Siempre hubo una vasta multitud de infelices que para el grupo de propietarios armados no eran más que máquinas. Hegel lo ha dicho admirablemente: «La cuestión esencial de toda tiranía, política o económica, es que ésta obliga a tratar como instrumentos inertes a los hombres, los cuales, sean los que fueren, jamás piensan en descender al nivel de máquinas materiales». Profetas contra fariseos, plebeyos contra patricios, esclavos contra libres, siervos y pequeños burgueses contra señores feudales, artesanos y manufactureros contra patronos, es la eterna rebelión de los que no soportan ser tratados como máquinas, de los que prefieren la negación de su ser físico a la de su ser consciente, y sucumbir a degradarse. Por eso la historia de la humanidad no es sino la epopeya única de la conquista de la vida y la emancipación del trabajo. En todo instante el orden social fue observado y demostrado inicuo por los pensadores. Si el aspecto concreto de lo inicuo es la propiedad legal, su aspecto psicológico es la avaricia impune, la avaricia alentada, honrada, erigida en gloria y en virtud. Donde se establece la propiedad se establece la lenta y cobarde tortura de los desposeídos.

Cuando el jefe salvaje se hizo propietario de los rebaños del enemigo y de campos más fértiles, sustituyó el canibalismo por la esclavitud; cuando los judíos concluyeron de vagar por el desierto y reposando en la tierra de Canaán se hicieron propietarios, aparecieron la servidumbre, la miseria y estallaron las maldiciones de los iluminados; cuando el cristianismo llegó al poder, desapareció la pureza de las primeras comunidades; los grandes santos, con el ascto en el alma, huyeron a los páramos y a las selvas; el catolicismo, al hacerse propietario, se volvió usurero y verdugo. No seamos formalistas al punto de discutirla sublime unidad de nuestras luchas, sólo por no haberse, en tal o cual período, negado de una manera explícita el concepto jurídico de la propiedad y sus excesos. Miremos más alto, más hondo; no tengamos miedo de hacer la [270] realidad demasiado amplia. El principio de propiedad no puede ser justo; el exceso de lo justo no puede ser injusto. La propiedad es una forma de parasitismo; desarrollada o en germen es un veneno que nos debilita, que nos enferma, que nos hará perecer si no lo eliminamos. ¿Qué médico sería el que se conformara con los bacilos de Koch, y se limitara a corregir los excesos de la tuberculosis? Es el sistema de Roosevelt, de los millonarios filántropos -¡tan filántropos y sobre todo tan millonarios!-; el sistema de inextinguible «raza de víboras», servir a dos amos, podar hipócritamente las ramas del árbol del mal mientras en siglo se abona y se riega su infame raíz. Mas, ¿qué importa? No se ataca, no se circunviene, no se conmina la obra de la propiedad sin herirla en su centro mismo. Espartaco intenta traer por la violencia el «reino de Dios» a este mundo -es decir, una mejor distribución de la riqueza-; Jesús intenta traerlo por la dulzura a los espíritus: «mi reino no es de este mundo», es decir, del mundo de hoy, pero sí del de mañana. ¿qué es lo espiritual, qué es el cielo, sino la imagen del porvenir, la visión de la felicidad de nuestros hijos? Ante Espartaco y ante Jesús, ante el golpe y ante la plegaria, la propiedad retrocede. Contemplad el inmenso fresco de la historia; ved la propiedad en perpetua retirada ante el trabajo, cediéndole una parte cada vez mayor de bienestar, de inteligencia y de empuje. Desde los esclavos que faenaban bajo el látigo, con grillos en los pies, hasta los obreros modernos, instruidos, altivos, sueltos y ágiles, con la rebeldía metódica en el cerebro y la victoria final en el corazón, ¡qué enorme camino recorrido! ¡Ved la propiedad cercada y oprimida por millones de brazos atléticos, que la asfixian poco a poco! ¡Qué ingratos seríamos con nuestros padres, si al reconocer que su sangre y sus lágrimas son nuestras, no reconociéramos que nuestro triunfo, la aurora que a nuestros ojos despunta es la que como un presentimiento divino acarició sus nobles frentes, levantadas en medio de la noche!

Dice el profesor Ritter: -La libertad de trabajo ha sido definitivamente operada por la revolución-. Rectifiquemos. A quien la revolución ha libertado es a la burguesía. Refundió los antiguos privilegios en el de la propiedad, y los trabajadores experimentaron en el acto los efectos de la unificación de los despotismos. Se les prohibió asociarse, y desde 1876 se proclamó algo que no se toleraba antes: la legalidad del interés del dinero. El préstamo se hizo honroso. La venta fue venerada. Los papás empezaron a predicar a sus hijos la codicia. El cínico ideal que se nos inculca en el hogar y en la escuela es el del austero Guizot: «enriquecéos, [271] enriqueceos!». La trama de las relaciones sociales está constituida por el despojo recíproco, siempre que se ejecute en el orden marcado por las leyes. Aunque a la larga nunca daña el aniquilamiento de los privilegios, sean los que fueren, es innegable que, por de pronto, los derechos políticos empeoraron la situación de la clase productora. Más tarde, y en una reducida esfera, se utilizaron para obtener la libertad económica, que es la única real, pero su acción específica es lubrificar, regularizar, asegurar el formidable mecanismo de la opresión burguesa. La revolución puso al rico en presencia del pobre, armado el uno hasta los dientes, extenuado y desnudo el otro, y les dijo: «ahora el combate es libre; destrozaos, nadie os lo estorbará». Nuestras legislaciones, tan benévolas con el homicidio, son implacables para los atentados a la propiedad.

¿Qué se hizo de aquellas hospitalarias, casi patriarcales atenciones a un régimen bárbaro? Hace muchas centurias, sabían los desheredados que cuanta leña pudieran a hombros llevarse del bosque señorial era suya; en ciertos días festivos los príncipes de Italia tenían que abrir sus palacios a la plebe y los de Alemania sentaban a su mesa a los villanos. Los códigos actuales, inspirados en la Roma fósil y redactados con una ferocidad glacial, encierran monstruosidades como esta: «Todas las obras, siembras y plantaciones se presumen hechas por el propietario y a su costa...» (art. 359 del Código Civil español). ¿Y qué diremos de la llamada ley de vagos, que considera la indigencia un delito? Pero hay que ir a los jóvenes repúblicas americanas, tan atónitas de su Constitución que por respeto no la practican jamás, hay que ir a la nación-estómago para encontrar la idolatría del oro convertida en demencia. Los jueces de Buenos Aires han castigado, con cuatro años de cárcel a un desventurado que había sustraído un dedal, y con seis a otro que se había apropiado de unos calzones... No obstante las ideas avanzan, hasta entre los que ostentan la librea de su toga. Un magistrado de los Estados Unidos, después de absolver a un mendigo que había robado -era en invierno- un trozo de carbón de los almacenes de una compañía ferroviaria, le advirtió que se abstuviera de robar mientras no se le nombrara miembro del directorio. Magnaud, que honra a la Francia más que todos los políticos juntos, dicta desde el modestísimo tribunal de Chateau Thierry sentencias redentoras que extrañan al mundo. Oíd sus máximas: «La probidad y la delicadeza son dos virtudes infinitamente más fáciles de practicar cuando no le falta a uno nada, que cuando se está desprovisto de todo. -Lo que no puede ser evitado no ha de ser castigado. -Para [272] apreciar con equidad el delito del indigente, el juez debe, por un instante, olvidar el bienestar del que goza, a fin de identificarse, cuanto le sea posible, con la situación lamentable del ser abandonado de todos. -El obrero sólo es quien produce, y quien expone su salud o su vida en provecho exclusivo del patrono, el cual no puede comprometer más que su capital». He aquí un regulador de conflictos sociales que no es un juez, que no es un muñeco siniestro, sino un hombre, es decir, un ser de comprensión y de solidaridad.

- II -


Evolución del socialismo

¿Cuál es, a punto fijo, la opinión del doctor Ritter sobre la influencia presente de las doctrinas de Marx? Afirma que han pasado de moda y más adelante escribe que «hoy en día, después de 62 años, son aceptadas como palabras de evangelio por las docenas de millones de los socialistas de la tierra». El hecho es que los socialistas, más o menos ortodoxos, aumentan sin cesar; el socialismo va invadiendo los países jóvenes -América Latina-; las ediciones del Manifiesto Comunista se suceden, publicadas en todos los idiomas. No obstante, bajo el epígrafe de La derrota del socialismo científico, el doctor Ritter se complace en acumular tales objeciones sobre la obra de Carlos Marx, que la indiscutible vitalidad del marxismo se hace inexplicable.

Los hechos contradicen a Marx, que se contradice a sí propio. Es cierto; y nos sería fácil alargar la lista de contradicciones preparadas por el doctor Ritter: El prefacio del Manifiesto -edición de 1872- enmienda el capítulo II de las anteriores; culpa de la Commune. Loria, con razón, acusa al tercer volumen de El Capital de haber arruinado la teoría de la «plus valía». Etcétera. ¿Y qué? «El hombre absurdo, ha dicho alguien, es el que no cambia». Lo interesante no es enumerar las contradicciones de una mente genial, sino interpretarlas. Tomemos las de más bulto. Según Marx, el proletariado se empobrece progresivamente. Ha sucedido en realidad lo contrario. El doctor Ritter no se quejará de que confirme sus datos con los míos. En un diagrama norteamericano, de origen oficial, se muestra que el alza de los salarios, durante las últimas décadas, coincide con la baja de los precios. March, director de la Oficina Internacional de Estadística, expuso en la sección de Economía Social, de la Exposición de 1900, un gráfico que resume a este respecto la marcha del siglo XIX: mientras el costo de la vida sube de 45 a 55, la media de los salarios en [273] oro sube de 45 a 105. ¡Los salarios efectivos se han duplicado! El profesor Denis lo corrobora para el caso especial de Bélgica. Las ciclópeas investigaciones de d'Auvenel (Campesinos y obreros desde hace setecientos años, Historia de los precios [cinco volúmenes]. Los ricos desde hace setecientos años) arrojan este resultado: de dos siglos acá, las entrañas de los nueve millones de familias que componen el bajo pueblo francés se han hecho el doble de lo que eran antes. Pero seamos justos con Marx: mientras los pobres duplican sus ingresos, los 420.000 burgueses acomodados triplicaban o cuadruplicaban los suyos, y los 1.200 extra ricos los sextuplicaban. La divergencia «relativa» entre la clase capitalista y el proletariado se acentúa. Sin embargo, si consideramos sobre todo el florecimiento obstinado de la pequeña agricultura y de la pequeña industria en multitud de lugares, hay que reconocer que la polarización de la riqueza, la miseria absoluta del trabajador con la hipertrofia monstruosa del capital en pocas manos, el proceso, en fin, diagnosticado por Marx, no lleva trazas de realizarse.

¿Luego, las ideas de Marx carecen de valor...? ¡Nada de eso? La media de los salarios se ha duplicado, mas una cifra «media»encierra un caos donde hay extremos elocuentes. El alto salario proviene del incremento vertiginoso de la total fortuna humana; de tierras vírgenes, materiales y mentales, incesantemente puestas en explotación; de la demanda de operarios más técnicos cada vez y técnicos con mayor diversidad; por fin, de la organización defensiva y ofensiva que convierte al proletariado, sesenta años atrás disperso y vencido, en una marea compacta que acabará por cubrirlo todo y ante cuyo empuje retroceden sin término los capitalistas. Las continuas instalaciones de industrias nuevas, por otra parte, engendran nuevos enjambres de pequeñas industrias accesorias. He aquí un régimen inestable, «abierto», una dinámica que obedece a factores no previstos por Marx, el cual, si se me permite la expresión, estudió la lucha de clases en frasco cerrado. Pero examinemos ahora el bajo salario, que al combinarse con el alto produce la media, el salario marxiano, el «salario de hambre». ¿Dónde aparece?



El frasco cerrado de Marx: en los distritos de intensa civilización, en las industrias viejas y uniformes, de técnica no muy especializada, o abaratada ya por la enseñanza semi gratuita, allí donde los obreros no han sabido asociarse contra los patronos. Las mujeres, en las grandes poblaciones, no consiguen sino salarios de hambre, porque su técnica es vulgar, y porque son rechazadas despiadadamente de los sindicatos. [274]

Ejemplo: las costureras ganan en París un franco 25 céntimos (0,25 pesos oro). He aquí su presupuesto: alimento, 65 céntimos, un traje de cinco francos, dos camisas de un franco 75, dos pañuelos a 40 céntimos al año. La aprendiza, con un pesado cartón al brazo, es enviada desde la mañana temprano a hacer reassortissement, muy lejos; cuando vuelve, fatigada, se le dice: «pequeña, te has olvidado una cosa...» y se la envía de nuevo. No tiene tiempo de comer; en el camino compra un bollo; a veces toma un vaso de alcohol. Al cabo de pocos meses se le hinchan los tobillos y entra al hospital. (Paul Acker, Oeuvres sociales de femmes). Muchas costureras, para no sentir tanto el hambre, cosen en la cama todo el día. (D. Haussonville, Salaires et misères des femmes). Más significativo que el salario de hambre es el salario nulo, la miseria negra, que no se encuentra sino en los centros extracivilizados: Berlín, Londres, Nueva York, Chicago, París. No me refiero a los degenerados, «contingente del abismo», de que habla Wells, sino a obreros robustos y entendidos, lanzados en cientos de miles al arroyo por el maquinismo y la crisis de producción. Ejemplo: los sin trabajo, chomeurs, rompehuelgas, eran en Inglaterra 926.000 hace tres años; durante el verano de 1908, el Board of Trade confesaba la tremenda cifra de un millón 125.000. En 1901 había inscritos, solamente en las oficinas de beneficencia de París: 350.000 indigentes válidos. Los horrores de Londres son demasiado conocidos. No le va en zaga Nueva York, The Relentless City -la ciudad despintada, como la llamó Lafcadio Hearn-. Upton Sinclair ha popularizado la dantesca Packingtown, el barrio de las fábricas de conservas de Chicago, donde 250.000 trabajadores se amontonan sobre un «terreno artificial» compuesto de basuras, detritos y excrementos, entre charcas fétidas cuyo hielo se vende. Estos inmigrantes irlandeses, bohemios, polacos, lituanos, eslovacos, víctimas de los agentes, se organizan mal contra las empresas; tienen todo contra ellos: su candor de campesinos, su heterogeneidad, lo sencillo y rudo de la faena que en ellos se explota. Hombres vigorosos penan en Packingtown desde la mañana hasta la noche, en sótanos glaciales, con dos centímetros de agua sobre el suelo; otros, durante seis o siete meses al año, no ven jamás el sol entre la tarde de cada domingo y la mañana del siguiente, sin ganar por ello más que $ 300 anuales. Niños de apenas 13 años, cuyos padres defraudan la ley para reforzar sus ingresos míseros, ganan menos de la mitad. En invierno, para calentarse, los obreros, cuando no les vigila el capataz, meten las piernas en el tronco recién abierto de las reses. Mientras tanto, [275] millares de sin trabajo se agolpan a las puertas de los talleres, de seis a ocho y media, esperando turno. Por un minuto de atraso se pierde una hora de salario en la fábrica; varios minutos exponen a que se vuelva la placa de cobre del obrero contra la pared, lo que significa que se le despide. Las fracciones de hora no se pagan. Los capataces apresuran la labor, a fin de que no haya que pagar los últimos cincuenta minutos. Eso, en ciertas fábricas de Chicago, se llama «trabajar para la Iglesia», porque el dueño sostiene infinidad de obras pías. Los operarios se alimentan de harina de patata, en resumidas cuentas, celulosa; como el uso de este material para adulterar comestibles está prohibido en Europa, se embarca todos los años con destino a América por miles de toneladas. Escasamente habrá algún obrero que no tenga llagas o marcas horribles sobre su persona. Si se araña un dedo, la menuda lesión concluirá por matarlo; las falanges de los dedos se les van, corroídas unas tras otras por los ácidos de las conservas, o por los ácidos que impregnan las lanas para que se desprendan, ya que sólo pueden arrancarse a mano. Entre los cortadores raro es el que conserva el pulgar. Entre los cocedores se sucumbe a los dos años.

Los que transportan cuartos de reses no resisten tres años. En los frigoríficos, el período máximo de resistencia, a causa de los reumatismos, no llega a cinco años. Las mujeres, que manejan latas de carne de 14 kilos, se enferman todas de la matriz. A veces se cae un obrero a uno de los grandes tanques de extraer grasa, rodeados de denso vapor y es inútil buscarle... «Su carne y sus huesos han sido mezclados con los demás materiales de los tanques y se han vendido como mantea pura de la casa Durham». (La Jungle). El último ciclo del infierno de Packingtown es la fábrica de abonos, pero hago gracia de él a mis lectores. Semejantes extremos de miseria humana corresponden a la concentración de capitales, más temible anónima que personal; a los trust, de quienes depende hoy el 50 por ciento de la producción industrial del mundo, a la delirante idolatría de la riqueza. Nada tan simbólico, en la Relentless City, como esas damas de la Avenida de los millardarios, que han puesto de moda el retratarse en estatuas macizas de oro puro, y de tamaño natural... Notemos por fin que el comisariado general del trabajo de los Estados Unidos verificaba que «para la fabricación de instrumentos aratorios se necesitarían antes 2.145 obreros de diferentes aptitudes para producir tanto como producen hoy, con ayuda de máquinas, 600 obreros de aptitud ordinaria. En la fabricación de pequeñas armas de fuego, un [276] hombre con una máquina reemplaza a cincuenta. La fabricación de ladrillos suprime hoy el 10 por ciento de trabajadores y la de tejas el 40 por ciento. En la zapatería 100 hombres producen tanto como producían anteriormente 500. En cierta clase de calzado, la máquina ha suprimido el 50 por ciento de los obreros...». Añadamos los nuevos telares mecánicos, las nuevas máquinas agrícolas, las linotipos, etc. Para formarse idea de lo que será la industria en un porvenir no lejano, conviene leer la descripción que hace Daniel Berthelot de la usina de la Sociedad de Electricidad de Saint-Denis, de la «enorme nave... más vasta que una catedral... donde se divisan, perdidos en aquella inmensidad, un hombre o dos que, silenciosamente, dan vuelta a un tornillo, o mueven una manija... Un hombre solo basta para regular la descarga de ochenta mil kilogramos de carbón por hora».

Dentro, pues, de cierta esfera, quizás imperfectamente definida por él, las consecuencias de Marx son justas. Claro que los factores marxianos están lejos de ser los únicos factores históricos. Las tendencias psicológicas analizadas por Tarde, el papel que desempeñan los héroes según Carlyla, la influencia de los genios, cuya aparición misteriosa fecunda los siglos, el vasto residuo irreductible que llamamos azar, todo eso, en la hipótesis de que Dios no se ocupa de nosotros, es también realidad que trabaja. Limitar el marxismo no es empequeñecerlo, sin valorizarlo, hacerlo eficaz. ¿Acaso las leyes físicas no nacen del ambiente artificial de los laboratorios, y no son, consideradas separadamente, una realidad falsa, pero indispensable para comprender o empezar a comprender la realidad verdadera? Los destinos del marxismo son análogos a los del darwinismo. Después de unos cuantos lustros, hemos reconocido que los factores darwinianos son insuficientes para explicar la biología. Hemos descubierto que las especies nuevas pueden surgir de pronto: ¡natura sacit saltum! Nos hemos dado cuenta de que al lado de los fenómenos en que se retrata la lucha por la supervivencia del más fuerte o del más apto, hay fenómenos de asociación, de simbiosis, de alianzas en que el débil subsiste y colabora. Los volúmenes de Zoología experimental que publica Hans Przibrani ofrecen al curioso varias categorías de hechos adversos a la teoría de selección. Estas imitaciones del darwinismo le confieren su valor práctico y definitivo. Marx, con su concepto de la lucha de clases y del materialismo histórico, nos ha provisto de un método fácil y seguro, a condición de aplicarlo cuando se debe. ¿Y qué historiador de nuestros días no lo emplea, de Rodgers a Ferrero? La tesis de Marx, en su terreno propio, es tan inatacable como la química de la digestión en fisiología. [277]




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