Rafael Barret. Introducción



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Son aquí oportunas las siguientes observaciones. La manera es copiable. Toda regla retórica conduce a la manera. Imitar un estilo no equivale a transplantarlo; muere en el camino y su cadáver es una manera. La muchedumbre de estafadores literarios aprovecha los vetustos guardarropas para disfrazar su vergonzosa desnudez, pero agrada intensamente ver que su parasitismo no es bastante ingenioso para disimular las costuras. Otros imaginan en seco algo extraordinario. Necesitan épater le bourgeois, y levantan a guisa de estandarte su espantajo, terror de los inocentes pájaros del cielo. Son como aquel enrevesado pedante de quien declaró excelentemente D'Alembert que si hablara en buen francés nadie le haría caso. M. Abalat publica actualmente en París una serie de libros sobre el medio de hacerse un estilo. El mejor mérito de M. Abalat consiste en haber proporcionado al encantador y penetrante Remy de Gourmont la ocasión de reírse de sus recetas. Realmente la manera se hace y con el estilo se nace. La corrección aprendida en el papel es un amaneramiento más. Vayamos a la raíz de la cuestión. ¿Por qué la manera, semejante en esto a la idea pura, se transfiere fácilmente de un cerebro a otro cerebro? Noto, desde luego, que la manera puede ser natural, que existen amaneramientos inspirados al igual de las metáforas sublimes de un Heine. Surgen en los estratos epidérmicos del artista grupos de emociones de corto radio, los que, si coinciden con oleaje de fondo, atraen fuertemente las facultades de ejecución. Merced a un espejismo, supone el artista que obtendrá emociones de parecida intensidad y alcance con sólo traducir esos grupos secundarios, y por lo común se equivoca. Sería precisa una constitución idéntica para el temperamento receptor (y quizá ni eso fuera suficiente, puesto que se quiere impresionar de fuera adentro); sería también [245] preciso un concurso idéntico de condiciones exteriores. El grupo secundario que se pretende hacer corresponder a grupos generales es lo que en las escuelas modernas se entiende por símbolo. El símbolo, ejemplo inmejorable de manera, se calca bien y envejece enseguida. Resulta despreciablemente cómico continuar representando la justicia por una vieja panzuda cargada de espadón y platillos, o la muerte por un esqueleto provisto de luenga guadaña. Lo que un día fue bello hoy huele mal. Después de siglos de pasarnos maquinalmente de mano en mano el fruto de oro, no advertimos aún que se ha convertido en leña roída. El arte auténtico no sucumbe tan pronto.

Los grupos secundarios envejecen enseguida; en su campo reducido el automatismo se establece rápidamente. Los planetas chicos son los que se enfrían antes. Del pueblo y de los literatos brotan constantemente mil ligeras y felices figuras que se marchitan en breve, mudándose en esas horribles y tenaces frases hechas con las que las inteligencias cobardes inundan leguas cuadradas de cuartillas. Todavía se lee que la aurora tiene los dedos de color de rosa y que los corceles corren como el viento. Esto tranquiliza al público tímido. Todavía hay quien cultiva las citas con una vanidad de fonógrafo. Los grupos secundarios se calcan bien. El mar es amorfo, pero una gota es esférica. Al hacerse diminuto, la capilaridad emocional empasta el fluido y lo vuelve manejable y moldeable. Emilio Verharen, ilustre poeta, se enamora de la palabra or, que para él es un signo, un verbo mágico, un amuleto. No ofrece dificultad emplear también la misma palabra en endecasílabos retumbantes. Lo difícil es tener la fantasía jugosa y densa, luciente como un río en la sombra, del cantor de las ciudades muertas y de las empresas fanáticamente heroicas. He descubierto la curiosa preferencia de Valle Inclán por la castiza, inquisitorial y seca palabra adusto. No ofrece dificultad colocarla con frecuencia. Lo difícil es tener la elegante invención y la diamantina gracia del autor de Sonata de Otoño. Cualquiera puede repetir los ritmos de Bécquer y los consonantes de Campoamor. Nadie repite la ironía de Campoamor, ni la desesperada ternura de Bécquer. Nos está permitido usar pelo y dientes de otro pero no arrancar un corazón vivo para metérnoslo en el pecho.

La cumbre del arte se alcanza por aquellos semidioses que no tienen manera, o las tienen todas, y que se reconocen solamente por la tiranía de una sugestión sin contornos. Empapan subterráneamente los cimientos de nuestro mundo emocional y disuelven para siempre en nuestra [246] sensibilidad el matiz indefinible de su genio. Son los hermanos de la inmortal naturaleza. Son infinitos y omnipresentes. En ellos están todas las palabras, todos los tonos, todos los recuerdos, todos los sueños. Son la fuente universal. Se incorporan definitivamente a la evolución del hombre y modelan a lo largo de las generaciones las almas y los pueblos. Son la patria intelectual y son tan pocos, que sobran para contarlos los dedos de una mano.

- VI -

La filosofía dinámica va desalojando a la filosofía estática. Hemos aprendido que el planeta se mueve; que el sol nos arrastra con él a lo largo de una órbita de centro ignorado; que las estrellas no son clavos de cabeza diamantina, eternamente hundidos por Dios en la bóveda celeste, sino colosales antorchas, lanzadas vertiginosamente a través del negro espacio. Lo que creímos fijo para siempre no lo es. Todo se agita en lo infinitamente grande, y todo se agita también en lo infinitamente pequeño. Los átomos imitan a los astros. Se deslizan, pasan, se precipitan. En un líquido fluyen constantemente las moléculas; en un gas bombardean a velocidades locas las paredes que lo encierran. No ha mucho salieron a luz interesantes estudios sobre la migración de las moléculas en los cuerpos sólidos. Las sustancias que nos parecen inertes, más inmóviles, el vidrio y los metales, ocultan en su macizo seno toda una vida sorda y tenaz, según la cual, durante meses y años, viajan los átomos a distancias increíbles, cambiando la estructura de la masa. Y en el corazón mismo de la materia, en el átomo, antes idéntico e indestructible, sospechamos hoy una transformación continua, una organización compleja y mudable, una vibrante gama de palpitaciones eléctricas bellas como las conflagraciones de los soles más soberbios.



En el terreno biológico igual ha sucedido. Hemos abandonado el concepto de especie inamovible para adquirir el de especie cambiante, elásticamente dócil a incontables causas de mudanzas. Y ese reciente aspecto de la realidad exterior ha de constituir una imagen de la realidad interior. Todo surge, se dobla y cae en nuestra alma. Las ideas puras más invariables, semejantes a las estrellas fijas, sin duda sufren una deformación secular que no hemos analizado todavía, y que desviará el rumbo de la lógica y de la metafísica. Los mitos más imponentes, los dioses más impasibles se desvanecen y huyen. Las emociones que sin cesar cruzan [247] nuestra conciencia son las partes esencialmente vivas de nuestro ser. Son las que con mayor rapidez se agolpan unas sobre otras y las principales fuentes de nuestra energía (51). Son la cascada violenta, desplomándose entre los bordes de roca sometidos a movimientos geológicos más lentos. La velocidad de alteración es lo que caracteriza mejor nuestro estado de espíritu, y tal vez sea lo único. Ella produce, como en las venas líquidas, diferencias de presión que corresponden a la voluntad. En ese torbellino se sumerge la acción ordenadora del arte transfigurándose profundamente.

No se ha insistido bastante en el papel activo del lector, del espectador en la obra de arte. Nuestra alma es un conjunto de fuerzas que trabajan. Es un organismo en perpetuo cambio y marcha. ¿Qué fuerza nueva se añade a este conjunto por la simple vista de una hoja impresa, de una estatua o de un cuadro, por el suave susurro de una cuerda de violín? ¿Qué mayor impulso se suma a esa marcha? Para el biólogo perdemos en puridad potencia en lugar de ganarla por el solo hecho de la atención intensa y prolongada que gasta químicamente el cerebro. Spencer funda una estética en la economía de los recursos cerebrales durante la percepción artística (Philosophy of Style, Essay). Pero aquí es más ingenioso Spencer que penetrante. Por el contrario, las creaciones del genio nos exaltan al tiempo que nos fatigan. Distribuyen y asocian nuestras emociones dispersas, disciplinándonos para elevarnos. Nos mortifican para bañarnos de un entusiasmo divino. La impresión capital del verdadero arte es un aumento, una fortificación del yo. No es la personalidad del artista la que se nos impone, sino la nuestra la que se nutre de la suya. Nos sentimos más originales, más remozados. Sabemos que el arte nos da más salud y más audacia, que nos perfecciona, no moralmente en el sentido estrecho de la palabra, sino en calidad de seres vivos, engendrados por pasiones y padres de pasiones. El cansancio es cosa secundaria. A través de él, como los mártires a través del tormento corporal, gozamos de esa consolación interior de que hablan todos los místicos.

Nos consuela la evidencia íntima de que tal dignificación y vivificación es toda nuestra, de que el artista nos revela nuestro mundo interno, de que nada crea, de que solamente nos descubre a nosotros mismos. Es el [248] espejo y el eco; es el reactivo que hace aparecer en la blanca superficie del papel los caracteres trazados con tinta invisible. Nos reengendra sin quitarnos nuestra personalidad, y por eso nos volvemos hacia él con agradecimiento y santo orgullo. La grandiosa construcción del genio existía en nosotros de antemano; la sinfonía de sus emociones cantaba ya en el fondo de nuestra sensibilidad. No la oíamos; estaba hecha de débiles murmullos. El poeta vino a traer a nuestra conciencia un religioso silencio que nos dejara escucharla. Lo absolutamente nuevo es inaccesible. Conocer es recordar y sentir, tornar a sentir. He aquí por qué cada hombre toma únicamente lo suyo en la obra de arte, y los gustos son tan distintos y numerosos como las personas.

He aquí por qué el incomparablemente melancólico Quijote arranca al vulgo una risa grosera. El más puro cristal volverá al estúpido la imagen de su estupidez y todos seguimos en un poema, no una ficción, sino una historia y no una historia cualquiera, sino nuestra propia historia. ¿Cómo nos interesaría tan hondamente si así no fuese?

La mole de conexiones emocionales que los genios vuelcan sobre el universo despierta, pues, en cada individuo a que llega, una porción más o menos considerable de conexiones análogas que se dibujaban ya en él latentemente. Cada cual se reconoce a sí mismo en la obra, y al conmoverse afirma y glorifica su individualidad, armonizándola y ennobleciéndola por el poder del arte, capacitándola para brotar, merced a la infusión de savia espiritual que recibe, nuevas ramas hacia lo desconocido. Se comprende que la misión del genio es fijar y animar los gérmenes nacidos inconscientemente en la oscuridad de las mentes, fecundar las matrices sociales de donde saldrán las ideas y las emociones futuras y gestar poco a poco las concepciones venideras en lo moral. El genio, como esposo prometido, ha de acudir a tiempo, en la primavera de las naciones, en la pubertad de los siglos, porque es el supremo macho de las humanidades civilizadas. En su acción maravillosa no hay sino amor, amor hermano del que difunde y modifica sobre la tierra la forma de las razas. Por aquí el arte, según sospechábamos al principio de estos someros capítulos, se relaciona con el problema general de la evolución.

[249]

- III -

Textos de análisis social



[251]
Lo que son los yerbales
La esclavitud y el estado

Es preciso que sepa el mundo de una vez lo que pasa en los yerbales. Es preciso que cuando se quiera citar un ejemplo moderno de todo lo que puede concebir y ejecutar la codicia humana, no se hable solamente del Congo, sino del Paraguay.

El Paraguay se despuebla; se le castra y se le extermina en las 7 u 8.000 leguas entregadas a la Compañía Industrial Paraguaya, a la Matte Larengeira y los y a los arrendatarios y propietarios de los latifundios del Alto Paraná. La explotación de la yerba-mate descansa en la esclavitud, el tormento y el asesinato.

Los datos que voy a presentar en esta serie de artículos, destinados a ser reproducidos en los países civilizados de América y de Europa, se deben a testigos presenciales, y han sido confrontados entre sí y confirmados los unos por los otros. No he elegido lo más horrendo, sino lo más frecuente; no la excepción, sino la regla. Y a los que duden o desmientan les diré:

«Venid conmigo a los yerbales, y con vuestros ojos veréis la verdad».

No espero justicia del Estado. El Estado se apresuró a restablecer la esclavitud en el Paraguay después de la guerra. Es que entonces tenía yerbales. He aquí lo esencial del decreto del P de enero de 1871:

«El Presidente de la República, teniendo en conocimiento de que los beneficiadores de yerbas y otros ramos de la industria nacional, sufren constantemente perjuicios que les ocasionan los operarios, abandonando los establecimientos con cuentas atrasadas...

DECRETA:


«Artículo 1º.-...».

«Art. 2º. -En todos los casos en que el peón precisase separarse de sus trabajos temporalmente deberá obtener... asentimiento por medio de una constancia firmada por el patrón o capataces del establecimiento». [252]

«Art. 3º. -El peón que abandone su trabajo sin este requisito, será conducido preso al establecimiento, si así lo pidiere el patrón, cargándosele en cuenta los gastos de remisión y demás que por tal estado origine».

RIVAROLA


Juan B. Gil

El mecanismo de la esclavitud es el siguiente: No se le conchaba jamás al peón sin anticiparle una cierta suma que el infeliz gasta en el acto o deja a su familia. Se firma ante el juez un contrato en el cual consta el monto del anticipo, estipulándose que el patrón será reembolsado en trabajo. Una vez arreado a la selva, el peón queda prisionero los doce o quince años que, como máximum, resistirá a las labores y a las penalidades que le aguardan. Es un esclavo que se vendió a sí mismo. Nada le salvará. Se ha calculado de tal modo el anticipo, con relación a los salarios y a los precios de los víveres y de las ropas en el yerbal, que el peón, aunque reviente, será siempre deudor de los patrones. Si trata de huir se le caza. Si no se logra traerle vivo, se le mata.

Así se hacía en tiempos de Rivarola. Así se hace hoy.

Es sabido que el Estado perdió sus yerbales. El territorio paraguayo se repartió entre los amigos del gobierno y después la Industrial se fue quedando con casi todo. El Estado llegó al extremo de regalar ciento cincuenta leguas a un personaje influyente. Fue aquella una época interesante de venta y arriendo de tierras y de compra de agrimensores y de jueces. Pero no nos importan por el momento las costumbres políticas de esta nación, sino lo referente a la esclavitud en los yerbales.

En la reglamentación del 20 de agosto de 1885 se dice:

«Art. 11. -Todo contrato entre el explotador de yerba y sus peones, para que tenga fuerza, deberá ser hecho ante la autoridad local respectiva, etcétera».

Ni una palabra especificando qué contratos son legales y cuáles no. El juez sigue poniendo su visto bueno a la esclavitud.

En 1901, al cabo de treinta años, se deroga especialmente el decreto de Rivarola. Pero el nuevo decreto es una nueva autorización, más disimulada, puesto que ya el Estado no tenía yerbales, de la esclavitud en el Paraguay. Se prohíbe al peón abandonar el trabajo, so pena de daños y perjuicios a los patrones. Ahora bien, el peón debe siempre al patrono; no le es posible pagar y legalmente se le apresa. [253]

El Estado tuvo y tiene sus inspectores, los cuales por lo común se enriquecieron pronto. Los inspectores van a los yerbales para:

«1º) Reconocer toda la jurisdicción de su sección; 2º) Fiscalizar la elaboración de yerba; 3º) Cuidar que los industriales no destruyan las plantas de yerba; 4º) Exigir que cada arrendatario le presente la patente del rancho arrendado, etc.».

Ninguna orden de verificar si en los yerbales se ejerce la esclavitud, y si se atormenta o fusila al obrero.

Este análisis legislativo es un poco inocente, pues aunque la esclavitud no se apoyara en la ley, se practicaría de todas maneras. En la selva está el esclavo tan desamparado como en el fondo del mar. Don R. C., en 1877, decía que la Constitución se detenía en el río Jejuy. Suponiendo que un peón sacara de su cerebro enfermo un resto de independencia, y de su cuerpo dolorido la energía necesaria para atravesar inmensos desiertos en busca de un juez, encontraría un juez comprado por la Industrial, la Matte o los latifundistas del Alto Paraná. Las autoridades locales se compran mensualmente mediante un sobresueldo, según me ratifica el señor contador de la Industrial Paraguaya.

El juez y el jefe comen, pues, en ese plato. Suelen ser simultáneamente autoridades nacionales y habilidades yerbateros. Así el señor B. A., pariente del actual presidente de la República, es jefe político de San Estanislao y habilitado de la Industrial. El señor M., pariente también del presidente, es juez en el feudo de los señores Casado y empleado de ellos. Los señores Casado explotan los quebrachales por medio de la esclavitud. Todavía se recuerda el asesinato de cinco peones quebracheros que intentaron fugarse en una barca.

Nada hay, pues, que esperar de un Estado que restablece, la con ella lucra y vende la justicia al menudeo. Ojalá me equivoque.

Y entremos ahora en el detalle de los hechos.

[EL DIARIO, 15 DE JUNIO DE 1908]


El arreo


De 15 a 20 mil esclavos de todo sexo y edad se extinguen actualmente en los yerbales del Paraguay, de la Argentina y del Brasil. Las tres [254] repúblicas están bajo idéntica ignominia. Son madres negreras de sus hijos.

Pero el esclavo se convierte pronto en un cadáver o en un espectro. Hay que renovar constantemente la pulpa fresca en el lugar, para que no falte el jugo. El Paraguay fue siempre gran proveedor de la carne que suda oro. Es que aquí los pobres son ya esclavos a medias. Carne estremecida por los últimos latigazos del jefe político y las últimas patadas del cuartel, carne oscura y triste ¿qué hay en ti? ¿La sombra de la tiranía y de la guerra? ¿La fatalidad de la raza? Niños enfermos, que el vicio, hembra o alcohol, consuela un instante en la noche siniestra en que habéis naufragado, ¿quién se apiadará de vosotros? ¡Dios mío! ¡Tan desdichados que ni siquiera se espantan de su propia agonía! No: esa carne es sagrada; es la que más ha sufrido sobre la tierra. La salvaremos también.

Mientras tanto, está sobre el mostrador, ofrecida al zarpazo del agente yerbatero. En el Paraguay no es necesario aguardar, como en la India, a que el hambre o la peste abarate la acemita humana. El racoteur de la Industrial examina la presa, la mide y la ata, calculando el vigor de sus músculos y el tiempo que resistirá. La engaña -cosa fácil-, la seduce. Pinta el infierno con colores de El Dorado. Ajusta el anticipo, pagadero a veces en mercadería acaparada por la empresa, estafándose así al peón antes de contratarle. Por fin el trato se cierra. El enterrador ha conquistado a su cliente.

Y todo con las formalidades de un ingreso en presidio, el juez asesora la esclavitud. Véanse los formularios impresos de la Industrial y de la Matte Larengeira. En Posadas y Villa Encarnación, importantes mercados de blancos, hay instaladas oficinas antropométricas al servicio de los empresarios, como si la selva no fuera suficiente para aniquilar toda esperanza de fuga.

¡Pero, durante algunas horas todavía, la víctima es rica y libre! Mañana el trabajo forzado, la infinita fatiga, la fiebre, el tormento, la desesperación que no acaba sino con la muerte. Hoy la fortuna, los placeres, la libertad. ¡Hoy vivir, vivir por primera y última vez! Y el niño enfermo sobre el cual va a cerrarse la verde inmensidad del bosque, donde será para siempre la más hostigada de las bestias, reparte su tesoro entre las chinas que pasan, compra por docenas frascos de perfume que tira sin vaciar, adquiere una tienda entera para dispersar a los cuatro vientos, grita, ríe, baila -¡ay, frenesí funerario!-, se abraza [255] con rameras tan infelices como él, se embriaga en un supremo afán de olvido, se enloquece. Alcohol asqueroso a 10 pesos el litro, hembra roída por la sífilis, he aquí la postrera sonrisa del mundo a los condenados a los yerbales.

¡Esa sonrisa, como la explotáis, bandidos! El anticipo, pagado con diez, doce, quince años de horror, después de los cuales los sobrevivientes no son más que mendigos decrépitos, ¡qué invención admirable! El anticipo es la gloria de los alcahuetes de la avaricia millonaria. Así se arrean los mártires de los gomales bolivianos y brasileños, de los ingenios del Perú. Así se arrean las muchachas del centro de Europa prostituidas en Buenos Aires. El anticipo, la deuda, es la cadena que arrastra de lupanar en lupanar, como la arrastra el peón de un habilitado a otro. ¡El anticipo! Un mozo de Cracupé es contratado por la Matte a razón de 150 pesos mensuales. Le brindan el anticipo; lo rechaza. Llevan al desgraciado a 80 leguas de Concepción, allí le dicen que del salario hay que deducir la comida a no ser que el anticipo se acepte. El mozo verifica que su labor no alcanza a saldar su miserable bodrio y por milagro consigue escapar y regresar a su pueblo. ¡El anticipo! La Industrial alegará que sus peones la deben sobre el Paraná un millón de pesos. Deducid lo que la empresa ha robado a su gente desde que la encerró, y obtendréis el precio bruto de los esclavos. Un buen esclavo cuesta hoy aproximadamente lo que antes, de trescientos a quinientos pesos.

El anticipo se cobró y se disipó. ¡Lasciate ogni speranza! Ahora, el arreo. El río: a puntapiés y rebencazos los encajan a bordo. Es el ganado de la Industrial. Centenares de seres humanos en cincuenta metros. ¡Bazofia inmunda, escorbuto, diarrea negra y a trabajar por el camino! Escuálidos adolescentes descargan el buque; suben en cuatro patas las barrancas con 80 kilos a cuestas. Hay que irse acostumbrando.

El monte: la tropa, el rebaño de peones, con sus mujeres y sus pequeños, si se permite la familia. A pie, y el yerbal está a cincuenta, a cien leguas. Los capataces van a caballo, revólver al cinto. Se les llama troperos o repuntadores. Los habilitados que se traspasan el negocio escriben: «con tantas cabezas». Es el ganado de la Industrial.

Y el ganado escasea. Es forzoso perseguir a los jóvenes paraguayos en Villa Concepción y Villarrica. Los departamentos de yerbales, Igatimí, San Estanislao, se han convertido en cementerios. Treinta años de explotación han exterminado la virilidad paraguaya entre el Tebicuary [256] sur y el Paraná. Tucurú-pucú ha sido despoblado ocho veces por la Industrial. Casi todos los peones que han trabajado en el Alto paraná de 1890 a 1900 han muerto. De 300 hombres sacados de Villarrica en 1900 para los yerbales de Tormenta, en el Brasil, no volvieron más que 20. Ahora se rafla por las Misiones Argentinas, Corrientes y Entre Ríos.

En el Paraguay quedan los menores de edad, y se los lleva también. Un setenta por ciento de los arreados al Alto Paraná son menores. De 1903 a la fecha (1908) han sido unos dos mil, de Villa Encarnación y de Posadas; 1.700 eran paraguayos. Restan unos 700, de los cuales apenas unos 50 sanos. Naturalmente, ninguno, pues, se opone a semejantes infamias. Ésta es la feroz verdad: tenemos que defender a nuestros niños de las garras usureras que están descuartizando al país.

[EL DIARIO, 17 DE JUNIO DE 1908]

El yugo en la selva

No siempre se arrea la peonada mediante contrato previo. A veces los racoteurs preparan noticias de reclutamiento o de revolución, y ofrecen al cándido campesino un refugio en los yerbales. Tales ocasiones de adquirir gratis la hacienda humana se facilitan si el empresario, entendiéndose con las altas autoridades del país, dispone de la fuerza pública, no sólo para asegurar fraudes y contrabandos, sino para organizar razzias que arreen a los que quieren venir, y cacerías que cobren a los que quieren marcharse. Recientemente la Matte Larangeira hizo un pacto de esta naturaleza con Bentos Xavier, al cual adelantó fondos para que derrocara en Mato Grosso a un gobernador poco complaciente.




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