Rafael Barret. Introducción



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[LA RAZÓN, 20 de julio de 1910] [221]

Los prestigios de la guerra

No pasa día sin que en alguna parte de la tierra retumbe el cañón. Y por cada libra de pólvora que se quema existen innumerables toneladas que sólo esperan una orden, un signo, un roce ligero para estallar. La montaña de combustibles aguarda una chispa. Miles de millones de pesos se invierten anualmente en conservar y renovar los instrumentos de matanza, y millones de soldados están listos a morir y a hacer morir en cuanto así se disponga. Por muy optimistas que seamos, confesemos que a pesar de los arbitrajes, de las conferencias y de las campañas de todo origen a favor de la paz, la guerra sigue sólidamente instalada en este mundo. Los estados menos belicosos se arruinan en armamentos y en efectivos, prueba de que entre la gente del alto negocio nadie confía en que disminuya la ferocidad de nuestra especie. La guerra continúa siendo amenaza para unos y comercio lucrativo para otros. Y la hipertrofia de los ejércitos acrecienta el riesgo. No se acumulan en vano enormes energías; locura es pretender que se mantenga indefinidamente inmóvil un órgano que se robustece sin cesar. Vencido de su propio peso, el alud se desplomará por fin, tanto más destructor cuando más tardío. Pasaremos del simulacro de las maniobras, a la realidad, y esa comedia de gran aparato que es la luz armada, concluirá en tragedia, porque nuestras armas no son de cartón y, tarde o temprano, la verdad se apodera del hombre.

¿Será mentira nuestro mejoramiento moral? ¿Quién negará que la guerra agresiva es un crimen, está muy puesto en la regla; pero ¿cómo es que encuentran tantos auxiliares desinteresados? Además, se dice que la guerra ha perdido su esplendor caballeresco. No concebimos hoy a Bayardo. Ya protestaba don Quijote contra la endemoniada artillería, «con la cual se dio causa a que un infame y cobarde brazo quite la vida a un valeroso caballero», y añade: «estoy por decir que en el alma me pesaba de haber tomado este ejercicio de caballero andante en edad tan detestable como es ésta en que vivimos...». Olavo Bilac, en uno de sus deliciosos artículos, exclama: «La espada antigua noble, que fulguraba en las manos de Alejandro, es hoy una reliquia de museo... El arma moderna es un revólver cobarde, que fulmina de lejos, como un rayo de la Fuerza irresponsable y anónima», y deduce: «¡Tanto mejor! ¡La guerra morirá, porque dejó de ser bella y gloriosa!».

Creo que la espada recién inventada no fue bella. Habrá parecido un pincho raro. Es el tiempo el que, al consumirlas, embellece las cosas, y por eso, cuando comienzan a ser bellas suelen comenzar a ser inútiles. [222] La guerra ha dejado de ser bella, lo que demuestra que prosigue viviendo. Acaso nuestras herramientas actuales sean la poesía de mañana, si no las reemplazamos demasiado pronto. La guerra vive, la guerra es fuerte porque ha sacrificado la vieja poesía, porque se ha incorporado a un siglo, porque ha progresado tal vez más de prisa que el resto de la civilización. La guerra triunfa todavía de la evolución moral porque se ha hecho científica, porque se ha convertido en un vasto trabajo inteligente. Ha organizado un tejido de oficios y de carreras. Ocupa casi todo un hueco de incontables cerebros, donde no hay ya lugar para ideas de altruismo abstracto, ni para ferocidades gratuitas. El artillero empleado en apuntar su cañón contra el obstáculo casi invisible no tiene nada de feroz. Es congénere del astrónomo que apunta su telescopio. No es un bestia sediento de sangre, ni un patriota abnegado, ni un apóstol de ningún credo. Es sencillamente un técnico. El tecnicismo es el alma de nuestra época. ¡Qué queréis! De tanto hacer máquinas, nos vamos haciendo máquinas, máquinas de pensar, máquinas de curar, máquinas de matar... Es lo mismo...

No es completamente lo mismo. Hace pocas noches, cruzaron cerca de la estancia donde resido, las fuerzas revolucionarias paraguayas, que habían levantado el sitio de Laureles. Un grupo de jinetes se detuvo frente a mi puerta. Era el caudillo José Gil con su estado mayor. Al ver salir de la sombra, anunciados por los destellos de los sables, aquellos rostros resueltos y fatigados, que una bala destrozaría quizá un momento después, comprendí el prestigio del peligro; que es la sal de la vida. Se trataba, es cierto, de una guerra muy chica, pero como ya ha replicado alguien, en las guerras chicas se hace lo que en las grandes: se muere. No hay vida intensa si no es junto a la muerte. Sentimos que únicamente a través de la muerte somos eficaces. Aun a medias transformados en máquinas, anhelamos ser máquinas heroicas. Y eso es el crimen de la guerra contemporánea: un tecnicismo heroico. No se suprime sino lo que se sustituye, y como la humanidad no puede renunciar al heroísmo sin traicionar su destino sublime, necesario es uscar otros tecnicismos heroicos que absorban el de la guerra. La esperanza, en estos instantes, luce del lado de los admirables sports de los Shackleton y de los Blériot. Luce también del lado del antimilitarismo activo, porque, sin duda, el soldado que se niega a la agresión internacional es más audaz que el esclavo de la disciplina. Y además es menos máquina...

[LA RAZÓN, 27 de octubre de 1909] [223]

Terror


No puedo abrir un diario sin encontrarlo salpicado de sangre. Los gubernistas de Nicaragua han fusilado a setecientos prisioneros, ante una multitud frenética fueron guillotinados en Valence tres hombres: «La sangre de los condenados corría por los rieles del tranvía hasta una distancia de cincuenta metros y la gente tenía los pies, húmedos de sangre». En los Estados Unidos siguen linchando negros. El último fue ahorcado, luego baleado, luego quemado: «antes de procederse a la incineración, la turba cortó la cabeza del negro, que fue clavada en la punta de un bastón y paseada por las calles; los manifestantes le sacaron el corazón y lo cortaron en pedazos menudos, que se repartieron como recuerdo». Ved después de las matanzas de Barcelona a Ferrer ejecutado; ved después de las matanzas del 1º de mayo en Buenos Aires a Falcón dinamitado. Sangre... Máuser, horca., puñal, guillotina o bomba, ¿qué más da? Todos estos instrumentos me causan la misma tristeza; todos representan la misma desalentadora realidad, parecen distintos pero no lo son; complicado es el mecanismo del fusil moderno, y complicado el mecanismo legal que mueve las guillotinas y levanta las horcas, pero la esencia de ambos es hacer sangre, es dejar tras sí el trasto uniforme de la bestia humana. Yo quiero creer que somos mejores, que seremos mejores, que avanzamos, y no se avanza sin sangrar, sin desgarrarnos. Yo sé que a veces el esfuerzo se vuelve convulsivo, y hay que herir y hendir pronto, buscar el futuro y arrancarlo de las entrañas de su madre muerta. ¿Y si fuera mentira? ¿Si al llevar el ideal en los labios, lleváramos en las manos la venganza? ¿Si en lugar de ser cirujanos fuéramos asesinos? ¿Había luz en las conciencias de los que condenaron a Francisco Ferrer? ¿Había luz en la del anarquista que condenó a Falcón? Porque no es otro el problema. Necesitamos la luz. Necesitamos el profeta que diga: «matad», ya que no somos capaces de comprender la voz dulcísima que hace dos mil años nos dijo: «no matéis».

En las almas no hay luz. No hay sino terror. Es el terror quien mata. Jamás se apoderó de una sociedad un terror semejante al que como un sudario negro ha caído sobre la Argentina. Al primer estampido de la dinamita, este pueblo de republicanos ha gritado: «¡el zar tenía razón!». Mientras los jesuita del Salvador, con sus alumnos armados de carabinas, desfilaban ante el cadáver del coronel, la policía, imponiendo silencio a cinco millones de hombres libres, preparaba la caza al [224] proletario. ¡Admirable ejemplo de la futilidad de las leyes! La constitución, prostituida en cada campaña electoral, fue declarada impotente para reprimir un delito común. Tres mil obreros fueron deportados o enviados a presidio. Las detenciones continúan. Si el autor del atentado no estuviera preso, no habrían quedado en Buenos Aires más que los que viven de sus rentas. El juez se contenta con tres mil cómplices. En la sombra espesa y muda que invade a la metrópoli, sólo se distinguen las garras del gendarme, protectores del dinero porteño. Los inmigrantes rusos son rechazados en la dársena. La Argentina, sentada sobre sus sacos de oro, ganados por el gringo, llora de ser tan hospitalaria. «¡Ingratos!» dice a los innumerables trabajadores que sudan en los campos, en los saladeros, en los talleres, en las fábricas y en los docks, enriqueciéndola sin límite. «¡Ingratos!» repite a los centenares de inocentes que manda al presidio. El terror tiene su lado cómico. Tiene también su alcance instructivo. En estos choques un país se vomita a sí propio; es el momento de estudiarlo. Estudiad, pues, la desesperación con que Buenos Aires defiende su bolsa del espectro anarquista; Buenos Aires, la ciudad-estómago, donde los tribunales han castigado con cuatro años de cárcel a un infeliz que había robado un dedal, y con seis a otro, que había sustraído un pantalón. Pero no es únicamente Buenos Aires, no; es la América Latina entera donde no hay más Biblia que el registro de la propiedad, donde la escuela honra el afán de lucro como una virtud y los padres predican a sus hijos la codicia. Ni siquiera imitáis ya a la América sajona. Allí nacen religiones nuevas, en tanto que vosotros no tenéis religión, puesto que os devora el clericalismo. Allí los millardarios intentan hacerse perdonar, y fundan establecimientos públicos. ¿Quién se avergüenza aquí de su fortuna, y ante quién se avergonzaría, si cuanto más rico más venerado se es? Locura es figurarse que un régimen de avaricia puede ser un régimen de paz; la avaricia es forma del odio como la rabia homicida; en ella se transmuta y de ella brota. Las persecuciones de hoy traerán las bombas de mañana, que traerán otras persecuciones y la sangre renueva el terror que hace verter más sangre.

[no tiene fuente] [225]

La pluma


Miro mi pequeña pluma de acero, pronta al trabajo, y pienso un instante:

-Es descendiente legítima del genio más alto de la humanidad, del Prometeo que surgió en una lejana era geológica y robó el fuego de la Naturaleza. Es nieta de los rudos vulcanos que aprendieron a concentrar la llama en hornos de barro, separar el hierro de la escoria y dejar en la fundición el carbono indispensable. Es hija de los forjadores del Asia que descubrieron los efectos del temple, y fabricaron las hojas damasquinadas proveedoras de tronos. En ellas hay un átomo de la fatiga y de la angustia de los esclavos que faenaban con los grillos en los pies. Y como está hecha a máquina, veo hundirse en el pasado otra rama de su inmenso árbol genealógico. Ha salido de la palanca y de la rueda, de la mecánica y de la geometría; luce en ella un destello de Pitágoras y de Arquímedes, de Leonardo da Vinci, Galileo, Huyghens y Newton. Ha salido del empuje del vapor cautivo en los émbolos, y si por la metalurgia se emparienta con la química, por el vapor se enlaza a la termodinámica, y a la pléyade de los héroes industriales de la pasada centuria. Para crear la pluma, los mineros enterrados vivos penan en las trágicas galerías, al resplandor tembloroso de sus lámparas. Por ella perecen, asfixiados o quemados por el grisú aplastados por los desprendimientos, ahogados por las inundaciones subterráneas, o lentamente destruidos por la enfermedad. Y para llegar hasta mí, la pluma ha viajado a través de los continentes y de los mares, ha utilizado todos los recursos de la ingeniería civil y naval; para traérmela, el maquinista, colgado de su locomotora, ha pasado las noches, bajo el látigo de la lluvia, con la mirada fija en el vacilante fulgor que la linterna arroja sobre los rieles, y el maquinista del steamer, en la atmósfera febril de las calderas, ha espiado durante un mes la aguja de los manómetros, mientras el piloto consultaba la brújula y el marino interrogaba los astros. Los pueblos y los siglos, las ciencias y las artes, las estrellas y los hombres han colaborado para engendrar la oscura plumita de acero...

«Lo pasajero no es más que símbolo», decía Goethe. Y ciertamente la efímera pluma -tan efímera que por la labor de un día se anquilosa, se oxida y sucumbe- es símbolo de algo maravilloso ejemplo de la asociación, representa el dominio de nuestra especie sobre la inquieta y amenazadora realidad. No podrían encerrarse en este humilde pétalo de [226] metal tantos esfuerzos, tantos dolores, tantas ideas, tanto espacio y tiempo humanos si no fuese una verdad sublime que hemos domado el planeta, que transportamos la materia con la rapidez del viento y el espíritu con la del rayo; que hacemos uno por uno prisioneros a los salvajes seres sin forma que nos rodean, y nuestros ojos empiezan a medir la distancia que nos separa de otros mundos. No lo dudamos: cuando hayamos conseguido condensar toda nuestra alma, todas nuestras almas en un punto -acaso más exiguo que la pluma de acero- nos habremos apoderado de lo infinito efectivamente. ¿Y qué es nuestra historia, sino la historia de la asociación? Los individuos, las tribus, las naciones, las razas y las clases se exterminan entre sí. Todavía hoy se llenan de cadáveres los campos de batalla, y se gime en el hospital y en la cárcel, y se tortura y se ahorca y se fusila; y la dinamita lanza su gran grito desesperado... Y ved la pluma de acero, donde se abrazan y se funden esas fieras convencidas de que se odian... No, no nos odiamos aunque nos arranquemos las entrañas, porque el trabajo nos mezcla con una energía superior a las que aparentan dirigirnos, energía gemela de la que hace morderse y herirse a los sexos fecundos. Y mañana seguiremos ensangrentando la tierra, y asociándonos más estrechamente, y por lo mismo ensanchando nuestro poder sobre el universo. Llamad odio o amor a lo que nos precipita los unos contra los otros; ¿qué importa, si nos penetramos y nos confundimos, y la muerte nos renueva? El odio esencial es la indiferencia. No se odian los que creen odiarse ni los que creen amarse, sino los que se ignoran.

¡Oh pluma modestísima, que cuestas una fracción de centésimo y eres hermana de millones de plumas tan modestas como tú, y como tú condenadas a una breve y baja existencia! ¡Yo te respeto y te amo, y me pareces mucho más bella que la orgullosa pluma de águila que recogieron para Víctor Hugo en una cima de los Alpes! Yo quiero morir sin haberte obligado a manchar el papel con una mentira, y sin que te haya hecho en mi mano retroceder el miedo.

[LA RAZÓN 5 de abril de 1910] [227]

La evolución de los mundos

Percival Lowell es un sabio astrónomo norteamericano. Es -una cosa rara- un sabio inteligente. La inteligencia no abunda, y quizá menos aún en los sabios especialistas que en los demás profesionales. La vida corriente, en efecto, puede por su misma diversidad católica despertar en nosotros esa electricidad mental que relaciona lo distante, y tiende sus hilos invisibles a través del mundo. Hay analfabetos inspirados. Pero la hermética existencia de un hombre exclusivamente consagrado, por ejemplo, a la arqueología etrusca, ¿no le embrutecerá del todo? Es muy posible. Se encuentran así profundos investigadores, célebres por sus descubrimientos -¿quién después de veinte o treinta años de labor rectilínea no descubre algo?- y cuya incomprensión, fuera de los detalles de su especialidad, asusta. Sin embargo, son en extremo útiles, porque hallan los materiales oscuros que mañana el talento organizará en luminosa síntesis. Leonardo -un artista- contribuye a fundar la mecánica moderna. Pasteur, que no era médico, revoluciona la medicina, y el médico Mayer, la física matemática. Los amores de la inteligencia son enciclopédicos. «Es plomo y no alas lo que es preciso dar al entendimiento», decía Bacon; hoy, ante la triste pesadez de nuestra ciencia, aconsejaría lo contrario.

No sólo es inteligente Percival Lowell: tiene por añadidura imaginación. Capaz de interpretar lo que ve, ha querido ver claro, lo que es cada día más difícil para los que miran las altas estrellas. La historia ha empañado la atmósfera de las ciudades al punto que se han hecho imposibles las observaciones practicadas en otro tiempo. El vaho de la inquieta multitud humana las roba el espectáculo de lo infinito. Nuestra agitación nos priva del tesoro celeste que gozaban los meditativos pastores de la antigua Caldea. El profesor Lowell no se ha sometido como la mayoría de los astrónomos -sabido es que el telescopio no parece susceptible de perfeccionamiento alguno- y ha instalado su observatorio en Flagstaff, en medio de los desiertos de Arizona, La soledad le ha puesto en posesión de la magnífica y silenciosa transparencia de la noche, y desde su retiro nos manda noticias del etéreo más allá. A fines de 1909 publicó un bello libro sobre Marte. Ahora otro, titulado La evolución de los mundos. ¡Qué poema sublime el del nacimiento y la agonía de los astros! Lowell hace desfilar ante nuestros ojos todos los planetas jóvenes, que son los más grandes, los más apartados del sol; el misterioso Neptuno, que gira al revés que sus compañeros, y cuyo [228] espectro presenta fajas inexplicables; Urano, que encierra sustancias desconocidas en nuestro globo; Saturno, candente como un ascua, cuajando a nuestra vista satélites nuevos con las partículas de su anillo; Júpiter, masa de densos vapores que hierven... Son los planetas-niños, demasiado grandes todavía para que asiente en ellos su planta el Dios del Génesis. Y luego los planetas que han comenzado a envejecer: Marte, medio seco, donde el deshielo de los casquetes polares, aprovechado por una hipotética humanidad, refinada y marchita, se filtra hacia el Ecuador, a lo largo de los famosos lagos que vislumbró Schiaparelli, y que al fin se han fotografiado, «tela de araña como las que la primavera extiende sobre el césped, finísimo retículo que va de un polo al otro... joya de hermosura geométrica»; Venus, barrida por los huracanes, lavada por la fricción de las mareas, cara al sol, con un hemisferio tórrido y otro glacial; Mercurio, igualmente inmovilizado sobre su eje, o poco menos, despojado de estaciones y de la alternancia de la noche y del día, planeta consumido, agrietado y árido, «osamenta de un mundo». En cuanto a la Tierra, ya camina hacia la desecación, que es la muerte. Los océanos se cargan de sales, el frío permite a las aguas descender a las capas geológicas inferiores, mientras en las regiones elevadas del aire el vapor se desprende y se disemina sin cesar; dejamos en nuestra marcha una estela fluida, y cuando hayamos perdido todo lo que es líquido y gaseoso, la Tierra, semejante a la Luna, su difunta hija, paseará por la inmensidad su propio esqueleto. ¡Trágico destino de estos cadáveres enormes, viajeros de la sombra, y para los cuales no hay tumba!

Según Percival Lowell, son los choques entre las estrellas apagadas, las estrellas negras, los que engendran nuevas nebulosas, nuevos soles y nuevos mundos. Hemos presenciado tales fenómenos. En 1901, cerca de Algol, brilló de pronto un astro, y se extinguió enseguida. Algunas semanas más tarde había en el mismo sitio una nebulosa, «moléculas impelidas tan sólo por la presión de la luz, escribe Lowell; como si dijéramos el humo de una catástrofe». Pero pensad en la materia dispersa continuamente por los confines del universo. ¿Quién recoge esos átomos, en su divergente fuga, si el espacio es infinito? Y si el pasado fue eterno, ¿por qué no se cumplió lo que tiene que cumplirse, el desvanecimiento total de las cosas? Acaso nuestra razón es más ancha que la realidad, y no concibe que el espacio concluye, que el tiempo termina y que el cosmos es una cárcel donde se gira sin esperanza.

[LA RAZÓN, 7 de abril de 1910] [229]

- II -

Ensayos


[231]
De estética
- I -

Nos sentimos tentados, al estudiar el carácter de las funciones estéticas, en el hombre o en otro animal, de creerlas debidas a un exceso de energía que se escapa por las válvulas del arte, del juego, de la agitación inútil y caprichosa. Mientras el organismo individual o colectivos es débil, mientras cruza un período precario y apremiante que exige todos los recursos de la resistencia, del valor y de la maña, la voluntad de vivir busca y encuentra el camino más corto, decide la medida urgente y salvadora, tiene mucho de automática y fatal, y presenta, en una palabra, el ejemplo constante de lo que los escolásticos entienden por instinto. Más tarde aparece ese conjunto de inexplicables rodeos que constituye la ornamentación de la vida. El niño sonríe por vez primera un día en que ha mamado bien y no le duele nada. Crecerá y luchará. Las condiciones de la lucha le acercarán a lo bello si son benignas; le mantendrán en la ignorancia y en la ineptitud si le son crueles. La anemia, el hambre y el miedo son incompatibles con la belleza. Igual cosa ocurre en las sociedades. Nacen amenazadas y desnudas. Aprovechando un instante de sosiego, el troglodita araña inhábiles trazos en el margen liso de su hacha de sílex, o dibuja torpemente en el rugoso muro de su caverna una silueta de ciervo o de mamut. Y es al final de las civilizaciones, durante las mal llamadas decadencias, en medio de la seguridad material de la raza, de la estabilidad política y de un alivio aislamiento, cuando el arte toca su apogeo y se sobrepasa a sí mismo.

Según esta teoría, el arte, en su amplia significación de proceso aparentemente privado de utilidad inmediata para la conservación del individuo y la prolongación de la especie, es un lujo, un sobrante de vitalidad, y deberán surgir sus más intensas manifestaciones en la época de mayor acumulación de energía, es decir, en la época del amor y del celo. No es demostrable esa ley en el hombre, pero lo es en los animales. La estación sexual trae consigo, a lo largo de la escala de los seres y sobre todo en los peldaños superiores, un derroche de hermosuras y de actividades incomprensibles. Los pájaros, los insectos y hasta los peces, hacen como las flores: se visten de brillantes y delicados matices. En la naturaleza, todo se vuelve cantos, danzas, juegos, romerías, y los mil artificios del pudor y del deseo. Las imaginaciones florecen entre las selvas y alrededor de los nidos, e iluminan el tenebroso mundo animal con un incendio pasajero que parece la remotísima aurora del arte humano. [232]

Voy a citar dos ejemplos que mostrarán el alcance de las últimas líneas. Ambos están elegidos en el mundo encantado de los pájaros. No puedo menos que señalar aquí un hecho interesante. Contrariamente a la concepción religiosa y a la concepción darvinista no es el hombre lo último creado, el resultado final de la evolución, el modelo definitivo después de hecho el cual se rompe el molde. El abismo fecundo ha seguido trabajando, y hacía muchos siglos que el hombre vivía sobre la tierra cuando rasgó los aires el vuelo triunfador del primer pájaro.

Los tetras, gallos silvestres de la América del Norte, tienen costumbres curiosísimas. Sus torneos sexuales han llegado a ser para ellos exactamente lo que son para nosotros: danzas. Demuestra que estas paradas equivalen a una supervivencia, a una transformación, el que los machos se entreguen a ellas no sólo antes, sino después de la cópula. Las practican hasta durante la incubación, para entretenerse mientras las hembras están absorbidas por el deber maternal (42). He aquí cómo describen los viajeros las danzas de los tetras: «Se reúnen veinte o treinta en un lugar escogido y se ponen a bailar allí como locos. Abriendo las alas, juntan los pies, y saltan como los hombres en la danza del saco. Luego, avanzan unos contra otros, dan una vuelta de vals, cambian de pareja y así sucesivamente... Están lo bastante ensimismados para que el curioso se pueda aproximar mucho» (43).

Hay pájaros en Australia y en Nueva Guinea que hacen el amor con un ceremonial delicioso. Para atraer a su amada, el macho construye, según su habilidad, una verdadera casita de campo, o sencillamente una rústica cuna de follaje. Planta ramas y ramillas que encorva en bóvedas de más de un metro de luz. Siembra el suelo de hojas, de flores, de frutos rojos, de huesecillos blancos, de relucientes piedrecitas., de trozos de metal, de joyas robadas en las cercanías. Se dice que los colonos australianos, cuando les falta una sortija o unas tijeras, van a buscarlas a esas tiendas de verduras. El «jardinero» de Nueva Guinea edifica con su pico y sus patas mejor que los aldeanos y con más gusto decorativo (44). «Al atravesar un magnífico bosque, me encontré de pronto en presencia de una pequeña cabaña de forma cónica, precedida de un césped [233] esmaltado de flores, y reconocí enseguida en esa choza el género de construcción que los cazadores de M. Brujin señalaban a su amo como obra de un pájaro oscuro y poco más voluminoso que el mirlo. Tomé un croquis muy exacto y cotejando mis propias observaciones con los relatos de los indígenas, establecí el procedimiento seguido por el pájaro para levantar esta cabaña que no representa un nido, sino más bien una habitación de recreo. El amblyornis (es un nombre técnico) prefiere un pradito de terreno perfectamente liso, en cuyo centro se eleve un arbusto. En torno de este arbusto, que servirá de eje al edificio, reúne el pájaro un poco de musgo, y hunde oblicuamente en el suelo ramas que continúan vegetando algún tiempo y que, por su yuxtaposición, forman las paredes inclinadas de la choza. De un lado, sin embargo, estas ramas se separan ligeramente para dejar una puerta, enfrente de la cual se extiende un hermoso césped cuyos elementos han sido traídos penosamente, matita a matita, de largas distancias. Después de haber cuidadosamente limpiado este césped, el amblyornis siembra en él flores y frutos que va a cosechar por la vecindad y que renueva de cuando en cuando» (45).




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