Rafael Barret. Introducción



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No es lo peor que los exámenes sean neciamente inútiles, sino que sean inmorales, que se monte un complicado mecanismo y se gaste un dinero precioso en corromper a la juventud.

En primer lugar, el resultado de un examen es cuestión de suerte. Se sube o se baja la nota según el paciente soporte un número limitado de preguntas dirigidas al azar. Notemos que en cuanto deja el profesor de interrogar a ciegas, es decir, cuando hace de abogado, o de fiscal, y especula sobre lo que le contestará su víctima, se sale de lo equitativo y favorece o perjudica a los demás alumnos, tratados de otro modo. En el caso más decente, pues, cuando el juez no cede a recomendaciones, ni a personales simpatías o antipatías, ni al buen o mal humor de la digestión reciente, ni al cansancio de la jornada, sólo queda al acusado la defensa del azar. Injusticia o azar; es el juicio de Dios. [157]

Como coronación de sus tareas del año, el estudiante, al ser armado caballero provisorio del saber, encuentra en su persona confirmada la ciencia por medio de un sorteo, cuando es precisamente la más alta misión de la ciencia combatir el azar, rechazarlo, ahuyentarlo, desterrarlo en lo posible del humano horizonte. Acoger y amar el azar, llamarlo, explotarlo, será siempre un suicidio de la razón y hábito propio de fracasados, aventureros y tahures. Cosa grotesca: la geometría, por ejemplo, el álgebra, el conjunto de las más rigurosas y fecundas leyes intelectuales, cortado en cincuenta o cien trozos, con una cifra pegada sobre cada uno, para sortearlos con pedante ceremonia. ¡La mesa de examen es una mesa de juego, y no se comprende por qué no hay código contra ella, ya que lo hay contra la ruleta y contra la baraja!

Esta lotería pedagógica conduce a la impostura. Tres señores, sin más datos confesables que los que la casualidad les proporciona en algunos minutos, firman un documento donde consta su descarada, absoluta e inexorable opinión, precisa hasta el matiz sobre el total de los conocimientos del candidato en una materia. Por mucho que semejante farsa, impuesta por la costumbre, prepare el ánimo de los jóvenes a la farsa más peligrosa de los tribunales de justicia, legítimo es lamentarnos de verla pomposamente practicada por los mismos encargados de incular la sinceridad austera sin la que son estériles los esfuerzos del sabio. ¿Qué respeto, qué consideración conservarán los discípulos hacia el maestro, cuando, después de un año de culto a la verdad y al orden, le contemplen juguete del azar y cómplice de la mentira? Ningún respeto, y además ninguna fe. Perdida la confianza moral, se pierden todas las confianzas. Si se empieza a dudar de la rectitud del hombre cuyo oficio es enseñar, se acabará declarándole ignorante, falsificador no sólo de la justicia, sino de la ciencia, que no puede ser injusta. Es que lo inmoral no consiste en que todavía estemos sujetos grandemente al negro azar, y en que muchos de nuestros hermanos sean servidores de la iniquidad y del engaño, sino en nuestra actitud ante ello. Lo inmoral no es que exista el mal, sino cederle. Lo inmoral es recibirlo, instalarlo en nuestro corazón y glorificarlo públicamente, como hacen los exámenes.

Todo está unido. La aparentemente pequeña inmoralidad que estoy analizando deriva de una inmoralidad mayor. El sistema de enseñanza entero es inmoral. No se debe permitir que el Estado, cuyo único objeto es reprimir la violencia y hacer cumplir los contratos, se meta a criar una casta especial de dómines y los imponga al pueblo. En los colegios y en [158] las universidades, establecimientos burocráticos, condenados a la misma carcoma rutinaria e intrigante que el ministerio de que dependen, es imposible profesar ni aprender dignamente la ciencia. El gobierno es conservador; la ciencia, revolucionaria y su peor enemigo. La ciencia estará siempre detenida y desfigurada por el artefacto administrativo, que no anda si no le untan manos culpables. Un diploma no es más que una patente de resignación, o un premio al desparpajo, a la memoria y a la charlatanería. Al terminar su carrera oficial, esmaltada de saineterías de seminario y ayudada por habilidades de político, habrá de volver a comenzarla por su cuenta, y en serio, el honrado ciudadano a quien repugne abusar del terrible poder social que le confiere la marca que en el anca lleva. Porque es así: no se tolera que se venga un puente abajo, como ha ocurrido hace poco en Ponts de Cé, sin que un título sellado legalice la ineptitud del profesional. El mismo requisito ha sido necesario para que entre nosotros se haya envenenado con ácido fénico a los enfermos, y se le haya abierto el vientre, creyéndolo ocupado por un tumor, a una mujer encinta.

¡Qué lentitud en barrer esos restos sacramentales de un pasado teológico! ¿Acaso exigimos a un zapatero, a un sastre, diplomas universitarios? ¿Corremos por ello riesgo alguno de ir desnudos o descalzos por la calle? Lo esencial es que hagan buena ropa, buenos botines, en lo que no hay trampa. Las profesiones han de probarse por sus obras, como las virtudes, y han de emanciparse del vergonzoso monopolio gubernamental, forzosamente envenenado por el virus político. El privilegio doctoral ha de suprimirse como han ido suprimiéndose los demás privilegios. Significativo es que las empresas ferrocarrileras, industriales, bancarias, organismos enormes y complejos cuya dirección supone excepcionales dotes, se confíen a particulares desprovistos de toda estampilla al dorso, pero no de su historia de obreros útiles. Hace ya siglos que las energías creadoras se han apartado de la mohosa maquinaria académica. Pasteur, renovador de la medicina, no era médico. Quintón, que la renueva ahora, tampoco. Sabido es que en arte no se avanza sin dar un puntapié al dogma catedrático del momento. Y no hablemos de los inventores mecánicos de nuestra época, que sin haber saludado al magister de texto han cambiado la faz del mundo.

Sí; la enseñanza en uso es inmoral porque no es libre, y los exámenes, ruedecita de ese equivocado engranaje, tenían que funcionar mal y ser también inmorales. ¿Remedio? Abolirlos. ¿Cómo? Muy sencillo. [159] Para que haya exámenes es preciso por lo menos el alumno. Pues bien, abolir los alumnos. Huelga de estudiantes. Trabajar mucho todo el año, y al llegar el interrogatorio inquisitorial, buenas noches. Algo resultaría.

[EL DIARIO, 18 de noviembre de 1907]


Reflexiones religiosas

He asistido al templo el Viernes Santo. Quería ver muchachas, y escuchar la palabra de Dios. Sospecho que yo no era el único a quien agradaba flirtear en esa visita de pésame a la sagrada familia. El amor se insinúa por las grietas de los sepulcros, y palpita en la lívida claridad de los fantasmas y se mueve con las alas de los ángeles. Se acomoda a cualquier decoración y lugar. No pierde su encantadora virtud al pie de los altares, entre vagos vapores de incienso, y a la luz temblorosa de los cirios. Noté que las muchachas conservaban la fatal belleza que hizo temibles a Eva, a Lucrecia Borgia y a la Otero. Bajo los mantos azules o blancos lucían misteriosamente delicados perfiles, se bajaban suavemente largas y misteriosas pestañas. Eran ellas, es decir, las eternamente jóvenes. El que había envejecido era Dios, que por la boca del predicador no nos comunicaba más que desmayadas vaciedades.

Recordé que, según Anatole France, el catolicismo es la forma más elegante del descreimiento. La procesión salió de la iglesia. Anochecía, y una lluvia fina engrisaba el ambiente. Detrás de las imágenes, balanceadas sobre el mar de cabezas, el pueblo gemía y rezaba. Junto a mi pasó una vieja, abandonada al torrente humano y al fuego de la fe. Su rostro era doblemente antiguo. Por sus mejillas áridas, surcadas por las hondas heridas del tiempo, descendían lentamente aquellas lágrimas que pintaban los sombríos monjes de la Edad Media con colores cuya composición se ha perdido, y que quedan como veladuras tenaces en los retablos italianos. En su garganta sarmentosa vibraba un estertor fanático, y sus dedos se clavaban unos en otros para no dejar escapar a Cristo. Comprendí que el pueblo no es elegante, y que se permite ser creyente. Comprendí también que los elegantes de otras épocas fueron descreídos como lo son ahora y lo serán siempre. Pero no por eso, ¡oh Anatolio inmortal!, admiro menos tu ironía sublime.

[ROJO Y AZUL, 22 de abril de 1906] [160]

La torre de marfil

Lástima es que se metan a escribir los que no saben, y mayor lástima que abandonen la pluma los que podrían con fruto manejarla. El inepto, a fuerza de trabajar, se hace menos inepto. A fuerza de caminar, aunque sea a ciegas, algo alcanza. Los tropezones le guían; los fracasos le enseñan, y en todo caso, resta el recurso de no leerle y de negarle la circulación y el aliento. Pero el talento ocioso disminuye, y no hay defensa contra los daños que causa su esterilidad. El necio charlatán nos fastidia; el sabio que calla, nos roba.

Estos avaros de su inteligencia, estos traidores a su fama, se dividen en dos clases. Los unos pretextan que el oficio de las letras es criadero de pobres, y prefieren lucrar en un rincón. Con tal de cenar, renunciarían a concluir el Quijote. Los otros, enredados en su pureza, dicen que se preparan, que aún es tiempo, y que de no producir cosas notables, mejor es no producir cosa alguna.

La defección de los primeros no es tan calamitosa como la de los segundos. Debemos desconfiar de los que no estiman bastante su carrera. Entre escribir y ser ricos, eligieron ser ricos. Demostraron que no merecían ser escritores. Nacieron verdaderamente para picar pleitos o para vender porotos o, lo que es peor, para mandar. No lloremos demasiado la fuga de los infieles al arte que se acomodan con el destino de un Rotschild, y llamemos a la torre de marfil donde se encierran los indecisos:

-¡Salid! Perfumemos los pies en el rocío de los campos. Descubramos lo que el monte oculta. Viajemos.

-Nuestra torre es muy bella.

-No hay cárcel bella.

-Estamos cerca del cielo.

-¿De qué os servirá lanzar al cielo vuestra simiente, si no cae a tierra? Sólo la humilde tierra es fecunda.

-El polvo nos asfixia. El pataleo de la plebe nos da asco. El sudor de la soldadesca hiede. La realidad mancha y aflige: es fea.

-Porque no sois bastante agudos para penetrar su hermosura. El mundo os abruma, porque no sois bastante fuertes para transformarlo. Os parece oscuro y triste, porque sois antorchas apagadas.

-En cambio, nos entregamos al maravilloso resplandor de nuestros sueños. [161]

-¿Qué valen vuestros sueños, si no los comunicáis? Hacedlos universales y los haréis verídicos. Mientras los guardéis para vosotros, los tendremos por falsos.

-Nuestras ideas solitarias baten sus alas en el silencio.

-Ideas de plomo, incapaces de marchar diez pasos. Alas de gallina. De los muros de vuestra torre de marfil, nada se desprende, nada parte. Decoráis vuestro egoísmo: bostezáis con elegancia. Complicáis vuestra inutilidad. Prisioneros del humo de vuestra pipa, confundís la filosofía con la toilette, el genio con la pulcritud. Tomáis la timidez por el buen gusto; envejecéis satisfechos de vuestros modales. Alejados de la ciudad, nadie os busca, porque nadie os necesita. Sois muy distinguidos: os distingue vuestra debilidad. Desdeñáis, pero ya se os ha olvidado.

-El presente nos rechaza tal vez, por no doblegarnos a sus exigentes miserias. Nos refugiamos en el pasado. Somos los eruditos de la tumba. En nuestras salas, vagan los tintes tenues de los venerables tapices. La claridad discreta de las lámparas de bronce arranca un noble relámpago sombrío a las armaduras milanesas, y en la paz nocturna sólo se oye el pasar de las rígidas hojas de pergamino bajo nuestros dedos pálidos, donde brilla un sobrio y denso sello antiguo.

-Os refugiáis en el pasado, como muertos que sois. Si estuvierais vivos, os refugiaríais en el porvenir. Desenterrad en buena hora, mas no cadáveres. Resucitad a los difuntos o dejadlos tranquilos. ¿Para qué traer su podre al sol? Ya que tanto afán tenéis de frecuentarlos, id vosotros a ellos: huid a la región de eterna sombra. Mas si os decidís a vivir con nosotros, vivid de veras, no en simulacro; vivid en vida y no en muerte. Respirad el aire de combate común y empezad vuestra propia obra.

-La queremos perfecta. La perfección a que aspiramos nos paraliza. Apenas trazamos una línea, nos detenemos, porque la reputamos indigna de nuestro ideal. Lo perfecto o nada.

-¡Suicidas! Lo primero y lo último y lo perfecto es vivir. Esa perfección es una forma del egoísmo. Ansiáis lo perfecto, es decir, lo acabado, lo intangible, aquello en que nadie colabora ya, aquello a que nadie llega, lo que aparte y humilla, lo que os eleva y aísla, el mármol impecable y frío, la torre de marfil. Por aparecer perfectos según vuestros patrones del minuto, os inutilizáis y mentís. Atentáis a la secreta armonía de vuestro ser, destruís en vosotros y alrededor de vosotros, la misteriosa, exquisita, salvaje belleza de la vida. [162]

Sobre lo perfecto está lo imperfecto. Sobre la augusta serenidad de las estatuas, hay que poner nuestros espasmos y nuestros sollozos y nuestras muecas de criaturas efímeras. Lavad vuestra alma, encontradla y dadla toda entera, con sus grandezas y con sus bajezas, con sus fulgores sublimes y con sus tinieblas opacas, con sus cobardías y hasta con sus monstruosidades. Libertaos de vosotros mismos y os salvaréis y nos salvaréis a nosotros. Habréis aumentado la sinceridad y la luz del universo. Abrid la mano del todo, ¡oh sembradores! Que no quede en ella un solo germen.

[EL DIARIO, 10 de enero de 1908]


Polémicas

Toda polémica es en el fondo una cuestión personal. Pretender que combatan las ideas sin que al mismo tiempo choquen sus envolturas vivas, las personas, es pretender lo imposible. Por eso las polémicas, muy significativas como síntoma moral, son casi siempre estériles para la ciencia o el arte. Una mordaza es mucho más útil que la razón para tapar bocas. Al defender una tesis abstracta se suele defender la ambición propia o sencillamente el pan. No hay argumentos contra la vida.

Es cierto que existen asuntos prácticamente inatacables, y que una polémica sobre ellos puede provocarla tan sólo la ignorancia. En estos casos poco frecuentes resultan fijadas y explicadas nociones fundamentales, de adquisición provechosa para el vulgo. Al capítulo de las excepciones deben ir también las polémicas matemáticas. Quizá el hábito de definir con precisión las palabras, así como el uso uniforme del análisis, influyan en que tales contiendas sean fecundas. Poisson derrotó al partido de Lagrange; las opiniones de Abel triunfaron sobre las de Wronski, y de una reciente y ruidosa polémica surgió consagrado el nuevo concepto del transfinito. Los matemáticos, por otra parte, parecen gente apacible y sensata; algunos llevaron su plácida distracción hasta el extremo de asombrar a sus compañeros mismos. El bueno de Ampère tomaba las traseras de los coches de punto por sendos pizarrones. Sacaba la tiza del bolsillo y las cubría de cálculos indescifrables. Si el vehículo se ponía en movimiento, Ampère echaba a correr detrás de sus fórmulas [163] ante el público estupefacto. Ampère no era polemista temible. Las rivalidades más rabiosas, según observa justamente Bourget, son -¿quién lo diría?- las rivalidades entre músicos.

Siempre que se trate de cuestiones directa o indirectamente sociales, sobre todo cuestiones de historia, de religión, de política, las polémicas no prueban nada sino el odio de los polemistas. Cada cual ve a su modo y habla a su manera. Hay para cada hombre un punto de vista y un lenguaje. Este lenguaje y este punto de vista, deformables continuamente, se falsean y desfiguran por la pasión. Lo que se evita a toda costa es un acuerdo. Se aborrece y se teme la verdad, que al establecer el hecho suprime a las personas. El ruido de las disputas no sube a las regiones de la ciencia y del arte verdaderos.

En cambio, las polémicas nos descubren el corazón y los nervios de un individuo, de una ciudad, de una nación entera. Lo discutido queda en la sombra. Los intereses de los discutidores salen a la luz del día. La polémica es siempre un precioso documento histórico.

He aquí por qué estudiamos hoy las herejías de los primeros siglos cristianos, aunque no nos quite el sueño la sustanciación del Verbo; he aquí por qué leemos apasionadamente las Provinciales, aunque nos hagan sonreír las teorías jansenistas; he aquí por qué se manoseará durante largo tiempo el asunto Dreyfus, aunque la inocencia real del judío no interese más que a las niñas románticas.

Es comprensible el ardor con que se declara la guerra a los grandes hombres, apenas asoman a lo lejos. El instinto social no se engaña. Traen con ellos lo desconocido, la fuerza incalculable que volcará los ídolos y arrancará las columnas. Los intereses amenazados se coligan, y rodean al coloso. Es pedante, es oscuro, es decadente. Se le sitia por hambre. El genio calla y produce. Siente que toda esa furia desencadenada es el eco de su energía interior. Se acostumbraba a los ataques como después se acostumbrará a la adulación, y los echa de menos cuando el odio y la envidia comienzan a ceder. Berlioz, al ser aplaudido por fin, duda amargamente de su talento; también exclamaba el orador pagano, al estallido de la ovación: «... ¿qué? ¿Has dejado escapar alguna necedad?».

[EL DIARIO, 9 de junio de 1910] [164]

Vacuna


«Scire est mensurare», decía Képler. Saber es medir. De Képler acá, el desarrollo de las ciencias ha hecho cada vez más axiomático el aforismo. «Si sabéis medir aquello de que habláis, dice lord Kelvin, y expresarlo por medio de una cifra, algo sabéis de vuestro asunto». El cuerpo de una ciencia que merece el nombre de tal es un conjunto de medidas, una estadística suficiente, y cuando la ley probable nos reproduce los números de la observación con un error más pequeño que el imputado a los instrumentos, la ciencia es exacta. La mecánica celeste entera, casi toda la física y gran parte de la química son exactas. En cambio, casi toda la medicina es empírica y conjetural. La medicina sólo pasa por ciencia a los ojos de los que, ignorando las matemáticas aplicadas, no tienen concepto alguno de lo que la ciencia es. El médico mide la temperatura, la presión arterial, los coeficientes respiratorios; hay una energética fisiológica, una química de nutrición, un ensayo de una química de la infección y de la inmunidad; hay un bosquejo de una electrotecnia del sistema nervioso... es indiscutible. Pero lo que el médico mide es todavía insignificante; islotes cuantitativos en medio del mar cualitativo, es decir, en medio de lo que aún está lejos de ser ciencia. El médico, habitualmente, nada en pleno azar. No le culpéis; el organismo humano es mucho más complicado y misterioso que el firmamento; por eso la astronomía es más perfecta que la fisiología, y más pobre. En lo perfecto hay siempre un fondo limitado y simple. No culpéis tampoco al médico de su anómala suficiencia; la sugestión es una terapéutica apreciable, y esa piadosa farsa sacerdotal le permite consolar y aliviar al que sufre.

¿Debemos vacunarnos? He aquí, a mi entender, una cuestión de pura simpatía. Para fijar científicamente el valor de la vacuna sería necesaria una estadística, quimérica por lo enorme. ¿Y cómo separar de la influencia vaccínica la de los factores higiénicos? Si pretendiéramos conocer los efectos a largo plazo, en lo que respecta a inferiorización del terreno fisiológico, la estadística -mejor dicho el censo- llegaría a lo descomunal. Apenas el milésimo de los datos posibles obra en nuestras manos. Lo positivo es que también los vacunados se enferman de viruela y mueren. Sin embargo, la vacuna quizá sea útil. No nos está prohibido creer en ella; lo que nos está prohibido es creer en ella de una manera científica. Se trata de una creencia religiosa. Esta seudo-verdad ha durado un siglo. Es [165] bastante vida para un dogma tan menudo. Aunque fuera verdad, debe eclipsarse. Sería una verdad mal comprendida, aislada de la investigación corriente, tal vez por no haberse obtenido hasta la fecha el microbio variólico, una verdad estéril por haber sido descubierta sin motivos y aceptada sin esfuerzo, una verdad desacreditada por su triunfo y que, si vale la pena, volveremos a descubrir más tarde.

En la legítima contienda entre vacunistas y antivacunistas, de la cual hemos de felicitarnos -la unanimidad, ha dicho Gourmont, es una cosa triste- los antivacunistas me inspiran confianza porque son pocos. Las certidumbres nuevas, como el sol naciente, brillan en una minoría de cumbres, a veces en una sola. Cuando el buque se acerca a tierra, no es la multitud de a bordo quien la ve primero, sino el vigía solitario en su mástil. Estos herejes de la vacuna son simpáticos. Lo son tanto más, cuanto que se ha deliberado sobre si convenía hacerles callar a la fuerza. Entonces ha parecido evidente que tenían razón.

Ciertos argumentos suyos, no obstante, carecen de solidez. «La vacuna obligatoria, dicen, es un disparate, porque una persona sana no constituye peligro». Pero si la vacuna inmuniza realmente contra la viruela, claro está que los vacunados son menos peligrosos que los no vacunados. No contagian hoy, mas contagiarán mañana. Se aísla a los variolosos, no por los contagios que han producido ya, sino por los que han de producir. El peligro y las medidas para evitarlo, se refieren a un futuro remoto o próximo. Matamos o encarcelamos a los criminales con el fin de que no nos perjudiquen más. El crimen ejecutado no tiene importancia, puesto que no tiene remedio. La reincidencia presunta es lo que justifica nuestra represión. Los delincuentes son castigados por los delitos que no han cometido, como serían vacunados por la viruela que no habrían nunca de padecer.

La evaluación del peligro público y del derecho que asiste a los gobiernos para vulnerar en beneficio común la libertad individual, depende de mil matices mentales. Supongo que esta época de pesado materialismo -en que el prosaico Samuel Smiles es un apóstol etéreo- atribuye definitiva trascendencia a la salud. Si a la inmensa mayoría de los hombres de nuestro siglo se les ofreciera, con las enfermedades correspondientes, el genio de Lucrecio o de Pascal, lo rechazarían indignados.

[166]
Los médicos

¿De qué viven los médicos? De los enfermos. El hecho es conocido, pero no solemos sacar sus evidentes consecuencias. Lejos de recompensar a los médicos por la cantidad de salud que gracias a ellos, o a pesar de ellos, pueda haber en el mundo, se les recompensa en razón de la cantidad de enfermedad que revisan. Sumad los dolores, las angustias y las agonías de la carne humana en los países civilizados a lo occidental, y previa una simple proporción, deduciréis lo que se abona a los médicos. El interés de todo médico es que haya enfermos, cuantos más mejor, como el interés de todo abogado es que haya gentes de mala fe y de mal humor, enredadores, tercos y tramposos. La lealtad de los corazones y el sentimiento de lo justo acabarían con los pleitos. También la higiene privada es para los médicos una epidemia.

Si constituyesen un gremio de moralidad media; si fueran hombres parecidos a los demás, correríamos grave riesgo. Cada cual provoca en el ambiente que le envuelve las transformaciones favorables a su existencia: el comerciante acapara, el periodista inventa, el político intriga, el banquero hace correr noticias, falsas o no, que ayuden a sus planes. Al médico le conviene que haya enfermos: es extraordinario que no procure producirlos. La medicina, incapaz de curar, no lo es de enfermar. Nada más sencillo que descomponer un aparato, por mucho que ignoremos su mecanismo. Pues bien, mientras los bolsistas urden la miseria y la desesperación de familias inocentes, y los empresarios industriales restablecen sobre la tierra una esclavitud peor que la otra, los médicos, según todas las probabilidades, renuncian al semihomicidio lucrativo. Si empeoran el estado de sus clientes es -fenómeno curioso- de un modo involuntario.

Les somos, a priori, grandemente deudores de que, en general, se abstengan de intervenir demasiado en sus asuntos. Les hemos de estar muy agradecidos de que se mantengan en su papel de espectadores a veces poco afortunados. ¿Y quién tiene la culpa de nuestra situación desairada? Nosotros mismos. ¿En virtud de qué razonamiento de topos hemos resuelto pagarles por visita? Ningún técnico es empleado a jornal; se le ajusta el precio de una obra concluida satisfactoriamente, y ¡ay del ingeniero a quien se le cae el viaducto, o del contador a quien no le salen las cuentas! Era de sentido común convenir los honorarios en el caso único de la curación. Un campesino muy avaro tenía a su mujer en cama [167] desde hacía dos meses, y acosado por los vecinos, se decidió a llamar al doctor:




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