Rafael Barret. Introducción



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El odio y la corrupción juntos. «Compadezco al demonio, exclamaba Santa Teresa, porque le está prohibido amar». El amor se queda a la puerta donde Dante leyó la inscripción terrible. El Infierno es el lugar del odio eterno. Si en los instantes de dolor y de angustia, cuando nos rodean las tinieblas y la maldad humana, somos aún capaces de amar, de combatir sin odio, estamos salvados. Si odiamos, estamos perdidos. Cuando los romanos empezaron a odiarse y a delatarse bajamente, comenzó la agonía de Roma. No eran los emperadores crueles, sino viles los ciudadanos. Llegó un día en que los cristianos odiaron también, y se hicieron católicos. Los instrumentos de tortura que el odio inquisidor imaginó en España asesinaron por segunda vez a Cristo, y Cristo no resucitó. La religión española, deshonrada desde entonces, se ha convertido en un materialismo grosero. Así mueren los cultos, alma de las razas, y así mueren las almas de los hombres. Odiar es obedecer a la muerte.

No es al amor a quien hay que pintar ciego. Es el odio el que no ve ni comprende. Las ideas se aman, y sólo se odian las personas. El odio es mezquino como su objeto. Toda la ilusión del que odia consiste en herir la miserable envoltura ya condenada por leyes fatales a desvanecerse. ¿Cuál será tu triunfo, odio que caminas con los ojos bajos, buscando un arma que se clave, un alfiler que pinche, un pedazo de lodo que manche? Desgarrar unas entrañas: ahí concluye tu obra. El amor las fecunda, y su obra no tiene fin.

Odiamos demasiado. Al despojarse del prestigio que le daban los tradicionales factores históricos, semi anulados hoy por la democracia, el odio social se ha desnudado de cuanto lo volvía interesante y casi poético. Ha sido, como tantas otras cosas, reducido a su verdadero tamaño por el positivismo del siglo XIX. Se ha revelado individual, vulgar y monótono. Ha descubierto netamente su repugnante raíz, la envidia, y su procedimiento habitual, la calumnia. De gigante que dislocaba fronteras se mudó en microbio que infecciona el hogar y hace irrespirable la política. [136]

Pero la trágica cuestión económica tornará a organizarlo vastamente. La humanidad se ha dividido en Caín y Abel; el rico y el pobre. Los desniveles de dinero, en vez de producir energía matriz, como todos los desniveles mecánicos, producen odio mortal. La estúpida y salvaje dinamita había de ser el verbo de ese odio. El trabajo es un tormento, el afán de libertad, sed de venganza, y el progreso, crimen. Emponzoñada en sus fuentes vivas, la civilización se siente más en peligro que cuando el Asia volcó sobre Europa el mar furioso de sus hordas innumerables.

Hasta a la Naturaleza odiamos. Nuestras horrendas construcciones profanan los suaves y profundos paisajes que hubiéramos cantado en otro tiempo. Esclavos del oro, cotizamos los encantos del planeta, explotándolo sin compasión. Nuestra admiración es industrial. Hemos olvidado el virgiliano amor a la tierra madre. No es ya el secular arado quien abre con ternura su vientre para preparar la venida de la simiente misteriosa. Encontramos mayor placer en hendirlo a golpes de explosivo para saquearlo. Y también nos odiará la tierra. Vagaremos hambrientos sobre su seno destrozado y estéril. Temblará de ira formidable, y hará desplomarse nuestras fútiles torres de Babel.

[LOS SUCESOS, 9 de mayo de 1906]


Lápida


Envidiemos la gloriosa apoteosis de Ferrer, asesinado en los fosos de Montjuich, la última Bastilla de los latinos.

Arrastrado a los fosos como por una banda de chacales, devorado en la sombra y el silencio, a espaldas de Europa.

Fue fulminado, porque era cumbre. No le podían perdonar. Los inquisidores perdonan el crimen, no la idea. Cayó, porque causaba miedo, porque era una de las imágenes vivas del futuro, un anuncio de muerte para los que le hicieron morir. Pero, ¿qué es la desaparición de Ferrer? Un simulacro. Lo grave no es que haya muerto, sino que haya vivido, que después de él perduren y crezcan formidables las energías de que se formó. Ferrer, desposado con la bella muerte que le disteis, engendrará los héroes de mañana. ¿Qué habéis conseguido? Hacerle inmortal a balazos, convertir el inofensivo profesor en un irritado ángel que visitará vuestras noches. [137]

¿Por qué no atendisteis al rey extranjero que os pidió prudencia en voz baja, por vosotros y por él? Es que sois todos solidarios, despojos flotantes de la historia, majestuosos fantoches, temblando con el cetro en la mano; fariseos que no queréis dejar escapar de vuestras uñas el botín de un Dios difunto; militares que os honráis poniendo la matanza al servicio de la avaricia financiera; burgueses momificados dentro de vuestros alveolos de oro frío; mundo que subsistes, porque los nueve décimos de la humanidad son todavía un rebaño de resignados mendigos. ¡Asesináis, oh, moribundos armados hasta los dientes! Asesináis; creéis, decrépitos, que los baños de sangre os devolverán la juventud. Inútil. Comprendemos el mecanismo de vuestra agonía. Hemos hecho algo mejor que venceros: os hemos explicado. La vida misteriosa se refugia en la carne que sufre. Asesinaréis mil Ferrer... ¿Y qué? ¿Detendréis el Tiempo?

[?]

El duelo


Reparación por las armas... Es opinión antigua que los aparatos de destrucción son útiles, que la muerte sirve. El honor, como los dioses, necesita sangre. Vivimos de la opinión ajena, y el público es cruel; exige espectáculos de circo: gladiadores. Nuestra virtud, por otra parte, resulta de la corrupción de los demás. Si el último de los granujas asegura que he asesinado a mi madre, todos los creerán, porque les conviene y porque me odian. ¿Cómo desagraviar al monstruo omnipotente? ¿Cuál será el sacrificio expiatorio? Un cincuenta por ciento de suicidio: el duelo.

Degeneramos, no obstante. A esa fiesta, obligatoria en algunos ejércitos, acuden los íntimos. En París, las claras toilettes de las señoras la amenizan. Un gesto a lo Artagnan, una picadura en el antebrazo, saludos cordiales, y hasta otra. Pero hay quien toma la cosa en serio. Nada más divertido entonces que la desbandada general de adversarios y padrinos. Un hombre resuelto a batirse de veras no lo consigue nunca. El siglo es práctico.

¿Quién confía, ni por un instante, su fortuna al prójimo? En cambio confiamos la honra. Al principio los desafíos eran solitarios. El moro [138] Tarfe no menciona testigos en su célebre cartel, da la hora y el sitio. «Ven y verás cómo habla el que, delante del rey, por su respeto callaba». Después los cortesanos franceses llevaban un apoderado a dirimir los lances versallescos. Ahora urgen cuatro representantes, director de combate, médicos, etc., y se dibuja la tendencia al jury, al expedienteo, a la prudente burocracia. Ahogamos en tinta nuestro noble prurito de pincharnos.

Todo se afea rápidamente. La humanidad atraviesa una edad ingrata. Conservábamos la bella costumbre del duelo, mezcla elegante de barbarie y de cortesía, de valor individual y de llamamientos al destino. Nos queda una parodia lamentable. Y lo terrible es que la injuria no ha perdido un adarme de su poder.

No digáis que la injuria es la palabra; no hay palabra donde no hay pensamiento. La injuria a secas es un aullido, un grito de bestia. Y demasiado débiles para oponer a la injuria el espasmo fulmíneo del coraje, no hemos aprendido aún a domesticarla bajo el influjo divino de la idea.

[LOS SUCESOS, 7 de diciembre de 1906]


La moral y la ciencia

Un joven inclinado sobre un libro: «imagen de paz», diréis. ¡No! ¡Imagen de combate! ¿Quién vencerá? ¿Devorará el hombre al libro, o será el libro quien asesine al hombre?

Estudiantes: la literatura humana es una selva sin fin, infestada de felinos traidores, de reptiles ponzoñosos, de insectos que os disecarán si caéis, de pantanos donde acecha la fiebre. Y preñada de paisajes magníficos, sí. Leer es viajar. No emprendáis el viaje sin conoceros, sin vigorizar vuestras almas. Hay comarcas maravillosas de donde no se vuelve. Sabedlo a tiempo.

Estremece esta idea: que la moral se aprenda en los libros. Los libros de moral son libros que mandan. Y los libros no deben mandar, porque son de ayer. No coloquéis en el pasado vuestros jefes, sino en el futuro. Decid al libro: «cuando vivías realmente, cuando naciste para proclamar algo nuevo, no eras moral, eras inmoral». Religioso, al fundar tu secta fuiste hereje. Político, al reclamar más libertades fuiste revolucionario. [139]

¿A qué me enseñas? ¿A obedecer? ¿Por qué no obedeciste? ¿A mandar? ¿Por qué entonces me mandas?

El ideal sería ¿no es cierto? Obedecernos y mandarnos únicamente a nosotros mismos. El deber supremo no es ser como otros fueron, sino ser como se es. Lamentable cosa: encontrar ya escrito lo que habremos de hacer y de pensar. Tan absurdo es ordenar a un individuo libre como a una máquina. El uno no hará caso, puesto que es libre; la otra no necesita que la ordenen, si está construida para la faena que de ella se exige, y si no lo está, ordenarla es inútil. Las máquinas funcionan solas, o no funcionan de ningún modo. Las máquinas no oyen a nadie, y los seres libres no oyen sino la voz interior.

Hemos eliminado de la enseñanza -casi- la tradición religiosa. Aún nos entorpece la didáctica de los deberes civiles, de los prejuicios sobre la propiedad y el Estado. En cuanto a los sentimientos fundamentales, sería monstruoso, por ejemplo, tener que enseñar a las madres el amor a los hijos. El verdadero maestro no enseña más que hechos; su triunfo es despertar en sus discípulos el sentido crítico. El verdadero maestro no enseña la certidumbre; enseña a dudar. Sólo en la duda la conciencia propia alcanza su máximo; sólo en la duda se mueven las energías internas, es decir, las que merecen salvarse.

Ahora se ensaya una moral científica. Durkheim y Lévy-Brühl la desarrollan. Pero no la atribuyamos otro carácter que el descriptivo. Lévy-Brühl ha escrito una Ciencia de las costumbres. Estudiar las costumbres del hombre como las del castor: muy bien. Sin embargo, no es en el libro de Lévy-Brühl donde están mis sueños, mis deseos, mis victorias, mis fuerzas, mi destino. Los míos, ¿comprendéis? Yo no me casaré para restablecer la cifra media en la estadística anual de los matrimonios. El poder de que dispongo contra las leyes sociales es más sagrado que el poder de cumplirlas.

La ciencia es una ventaja enorme. La ciencia es una luz en una encrucijada. Mas no es lo mismo iluminar los diversos caminos que echar a andar por uno de ellos. La ciencia es lo impersonal, lo objetivo, lo que hay de mecánico en el mundo. Para la ciencia no hay «escala de valores». El microbio es lo que el astro, el placer lo que el dolor, la vida lo que la muerte; fenómenos. Todo está en un plano idéntico; la ciencia no tiene espesor ni claroscuro. Mi espíritu, en cambio, es una jerarquía. Si prefiero suicidarme ¿con qué me detendrán? ¿Con un argumento biológico? [140]

¿Experiencia? Sí. Hay dos experiencias; la exterior, que construye el edificio científico, y la interior, la del yo incomunicable. La ciencia del exterior es la lógica de los casos iguales; yo soy un caso que no se repetirá nunca y mi gobierno será mi ciencia interior, o sea la sabiduría. La sabiduría es lo que me importa en primer término: ser no lo que la ley mande, sino lo que soy.

Y si a ser lo que se es llaman rebeldía, ¡tanto monta!

[REV. DEL CENTRO ESTUD., Nº 6, agosto de 1909]

Patriotismo

La idea de patria ha perdido mucho de su virulencia. Los dioses, hace ya tiempo, se inclinaron al cosmopolitismo. Jesús fue mal hebreo. Se entendía con los gentiles, y hablaba de paz. Aseguraba que no era necesario ser judío para salvarse. La divinidad obraba así en defensa propia. Vinculada a sus tribus, fiadora de ellas y obligada a batirse a su lado, su situación era comprometida. El pueblo elegido recibía más palizas que ningún otro. Después de cada una, las explicaciones con Jehová se hacían penosas. Durante los siglos cristianos, en cambio, las naciones europeas no se destrozaban sin solicitar antes de un mismo Dios la victoria, y con la misma confianza. La Providencia ganaba siempre. Jugaba de banquero, no de punto; se había emancipado de las contingencias del patriotismo.

El hombre ha seguido un método análogo. Si algún consuelo inducimos de la evolución, tal como nos la imaginamos, es el de la eficacia creciente con que nos sustraemos a las contingencias del mundo. Entre las veleidades de la atmósfera y la tibieza uniforme de nuestro hogar hemos puesto un vidrio inteligente. Las tormentas no suelen estorbar la celeridad serena de nuestros viajes. Nuestra sangre de animales privilegiados nos da el ejemplo: haga frío o calor, se mantiene en sus treinta y siete. Bueno es, por no morir, adaptarse al medio externo: mejor es subsistir sin adaptarse, en la afirmación soberana de un destino propio. Hemos vuelto estas armas contra los mismos dioses, cuyo capricho nos hemos negado a padecer. No les hemos suprimido: les hemos delimitado. Les hemos cerrado la puerta.

Estamos ahora delimitando la naturaleza, pero no para librarnos de ella, sino para circunvenirla. No renunciemos a la finalidad. Antes era [141] celeste. Hoy es terrestre, y pensamos cumplirla mediante la ciencia. Lo deseable nos parece lógico. No nos desanimemos. El patriotismo es un molde muy chico para nuestro futuro. Porque al delimitar la naturaleza nos homogeneizamos. El patriotismo es la división. No venceremos desunidos.

El dualismo, la oposición que es base de la vida, se va dibujando según perspectivas nuevas. Se polariza la humanidad, atenta a juntar sus esfuerzos. Quiere cautivar las energías naturales, y no es un grupo quien ha de conseguirlo. Ni una raza. ¡Ay de los que cultivan el patriotismo blanco! Los japoneses nos han convencido de que también los amarillos son hombres. Los que manejan con tanta habilidad los cañones pueden manejar igualmente aparatos de mayor trascendencia.

La especie humana frente al universo físico: he aquí el cuadro. La ciencia es indispensable. Todos somos sagrados para el porvenir.

Pero ¿qué es una ciencia nacional? Una mentira.

¿Conocéis la química francesa, la astronomía alemana? La máquina y la astronomía nos pertenecen a todos; han sido creadas por la humanidad, y para la unanimidad.

Si la ciencia no es una, no es ciencia. En esto se asemeja al amor. Y si la ciencia es el instrumento, el amor es el impulso. Separad la ciencia y el amor, y los destruís.

Todavía explotamos a los débiles. Mientras no los amemos y los levantemos hasta nuestra frente en un beso hermano, la ciencia está amenazada. Sólo una cosa matará a la ciencia, el odio. Estrangulemos el odio.

No: la ciencia se encargará de aniquilar al odio. Concluirá con el patriotismo porque lo específico del patriotismo es el odio.

Un patriotismo que no odia al extranjero no es patriotismo, es caridad. Y una caridad que se detiene en las fronteras no es más que odio.

Amad vuestra tierra, y también la ajena. Amad vuestros hijos y también los ajenos. Admirad los héroes de aquí y de allá. Y no admiréis los héroes asesinos, aunque sean de aquí.

Pero si no amáis sino lo vuestro, no amáis, odiáis. Y mientras odiéis estaréis privados de la ciencia, y frente a la realidad sombría no seréis más que miserables fantasmas.

[EL DIARIO, 13 de mayo de 1908] [142]


Más allá del patriotismo

Nos parece grande el hombre que arriesga su vida por salvar la ajena. Comprendemos que hay cosas superiores a la vida material. Cada vez que un acto afirma y demuestra esta superioridad, nos sentimos tranquilizados, y como consolados de las incertidumbres permanentes que nos rodean. El ejemplo de sacrificio nos reconforta en lo más esencial de nuestro ser.

El hombre que se sacrifica por su hijo, por su compañera o por su padre no es tan grande como el que se sacrificó por un desconocido. En la familia hay mucho nuestro. Al defenderla defendemos en parte lo nuestro. Defender y amar lo completamente ajeno es sublime.

El patriota perfecto no solamente sacrifica su persona, sino su familia; Guzmán el Bueno inmola a su propio hijo. La patria, para él, estaba antes que él y antes que la carne de su carne. ¡Generosidad magnífica!

¿Por qué?

Porque la patria es más indeterminada, más exterior que la familia. Porque la patria es más ajena que la familia, y lo magnífico es defender y amar lo ajeno.

Y como hay algo más ajeno que la patria, es decir, las otras patrias, es magnífico en extremo defender y amar las otras patrias como la propia, y sacrificar la patria en beneficio de la humanidad.

Por eso debemos amarnos, como hombres que somos, mientras este amor aparente no nos conduzca a odiar al prójimo. Debemos amar la familia mientras este amor no nos conduzca a odiar la comunidad hermana en que vivimos, y debemos amar la patria mientras no odiemos a la humanidad.

Que para el círculo de nuestro amor no haya fronteras, que sea nuestro amor infinito como el cielo; que nada ni nadie sea desterrado de él.

Y si hubiera otra alma más alta y más profunda, que en su seno misterioso abrazase el alma de la humanidad misma, el acto supremo sería sacrificar lo que de humano hay en nosotros a la realidad mejor.

Pero esa alma más alta y más profunda existe. Es el alma de la humanidad futura.

[ROJO Y AZUL, 14-15 de mayo de 1908] [143]

El antipatriotismo

El día que no se practique la guerra, se habrá debilitado la idea de patria. Tendremos siempre razones de matar o de morir, pero la patria habrá dejado de ser una de ellas, y en la perspectiva de la conciencia habrá pasado al segundo término. Respetar la vida propia y la ajena en absoluto, creer que nada vale la pena de sacrificarla, sería una irremediable degradación de la humanidad. Sería perder el vivificante contacto con la muerte. Declarar a la muerte inoportuna por esencia, declararla mala y enemiga, sería cegar las más profundas fuentes de perfección. No se suprimirá, pues, la guerra por sensiblería de mujer que se desmaya si ve sangre, sino en virtud de un razonamiento trascendentalmente utilitario. Acabará la guerra como empezó y se hizo en la historia: virilmente. La diosa patria, lo mismo que los demás dioses, caerá, cae, bajo el peso sutil de la crítica. El antimilitarismo es la forma actual del antipatriotismo. Se empieza a comprender que la guerra es un pésimo negocio social, y la patria una firma de crédito ficticio.

Las armas se han vuelto demasiado eficaces. Que perezcan por millones los soldados, y se despilfarre por miles de millones el tesoro público, aparecerá cada vez con mayor evidencia, sea cualquiera de los combatientes el que triunfe, una pérdida inevitable y necia para los dos y para el resto de la colectividad, un acto demente. Antes no lo era. Antes la guerra servía para abrir el comercio, mezclar y equilibrar las razas, arraigar los ideales religiosos, preparar la cultura; hoy la imprenta, el ferrocarril, el vapor y el teléfono hacen eso mucho mejor. Antes era la guerra algo previsto y habitual, un oficio casi apacible, de pocos riesgos y de aceptables rendimientos para los enganchados. Hoy, ya ruinosa por sus preparativos en tiempo de paz, se manifiesta como un cataclismo más propio de las épocas primitivas de la geología humana que de la delicada, precisa y compleja organización moderna.

Es claro que este sentimiento de perjuicio, de asunto equivocado, de quiebra ineludible, no afecta primero a los generales que huyen el cuerpo y se engríen con cintajos, ni a los proveedores del ejército y de la armada, ni a los banqueros que lucran en la bolsa de la matanza y de las noticias impostoras, ni al enjambre de piratas de peor estofa que viven de los cadáveres y de la desolación como los buitres. Son la minoría. Los convencidos, los que a la fuerza ven claro, son los desposeídos y arreados al matadero, los que nada sacan de la siniestra rapiña, los que sin [144] esperanza de botín, sin bella visión de la batalla ni divinidad que desde los cielos les ayude, van a que les machaquen la carne en el fondo de un agujero innoble, aplastados por las masas de metal que les envía una maquinaria invisible. Éstos son la mayoría. Éstos van siendo los mayores.

Si no fuera por las bayonetas con que aún les podéis picar las espaldas, ¿con qué argumentos les arrancaríais a su tranquilo trabajo? ¿A qué concepto, a qué emoción apelaríais?

-La patria lo quiere -le diríais tal vez.

-¿Qué es la patria? -preguntará el proletario-. ¿Es el templo? Está vacío. ¿Es la ciencia? No tiene fronteras. ¿Es la fortuna? Suele estar del otro lado de los mares. ¿Es mi linaje? Las castas se confunden pacíficamente. ¿Es la tierra? No es mía. No eres tú mi compatriota, sino el proletario de la nación vecina. Deseáis mi vida para salvar no la patria, que habéis inventado, sino vuestra propiedad.

«Soy francés, porque han escrito mi nombre en un papel. Me dices que Alemania me ha insultado, que debo vengarme. Si no me lo dijeras, nada sabría. Os habrán insultado a vosotros. Vengaos con vuestros propios recursos. No exijáis que defendamos vuestros bolsillos, repletos del oro que nos quitáis. Nuestros intereses no son comunes. ¿Y qué es Alemania? No hay Alemania, no hay más que alemanes. No sé qué alemanes me han insultado, pero estoy cierto de que no ha sido ninguno de los millones que como yo aran el campo en que ni siquiera nos enterrarán. ¿Que vienen, que invaden el país? ¡Pobres hermanos nuestros en esclavitud! Vienen espoleados por el terror, y aterrado marcharé yo contra ellos».

Hervé, el famoso antimilitarista francés, se ha levantado en el último congreso socialista de Stuttgart, y ha exclamado sencillamente: «Nuestra patria es nuestra clase; no hay patria más que para las gentes que comen bien».

¿Qué contestar? ¿Qué hacer? Lo de costumbre, meter en la cárcel a Hervé de cuando en cuando, y apedrearle desde la prensa conservadora. Entretanto, como las sectas nacientes se nutren de la persecución, los conscriptos escupen la bandera en los cuarteles y los regimientos desertan cuando se les manda hacer fuego sobre los ciudadanos.

La segunda conferencia de La Haya ha fracasado lastimosamente, como era de prever ante su programa más reducido y cobarde que el de la primera. Un Hervé no fracasa. En primer lugar no está solo; además [145] es un hombre. No llegaremos a la violencia de lenguaje de Quelch, que ha dicho: «La conferencia de La Haya es una asamblea capitalista... reunión de ladrones y de bandidos. No tiene otro objeto que ponerse de acuerdo para buscar los medios de reducir los gastos de sus robos y bandolerías». Reconozcamos, no obstante, que los apreciables delegados son ricos, es decir, insensibles; han empleado la existencia en pelear, intrigar, lucirse en los salones. No tienen noción de las verdaderas necesidades modernas; no sospechan las corrientes subterráneas que empujan a un Hervé. No son hombres, son correctos muñecos. No harán jamás nada. Los que lo harán todo son los humildes que protestan. La modificación de la idea de patria y la paz universal constituyen una revolución extraordinaria. Como todas las revoluciones irresistibles, vendrá de muy abajo.

[EL DIARIO, 14 de noviembre de 1907]

El anticristo

Según la estimable profecía de San Malaquías nos quedan -si mal no recuerdo- dos o tres Papas solamente después de Pío X. El siglo XX será el fin del mundo, y es probable que el Anticristo haya nacido ya. Noticias de Rusia nos hacen creer que nació en Chahileff -telegramas posteriores comunican Mohileff- y que fue asesinado a los dos años. Cuarenta campesinos, en efecto, se pusieron de acuerdo contra un niño de esa edad, acusado de perder las cosechas. No podía ser otro que el Anticristo; su mismo padre estaba convencido de ello, y consintió en el crimen. Los tribunales han absuelto a todos menos al instigador.

Se mencionan la justicia divina y la humana, lo cual es demasiado simple; hay muchas justicias divinas, puesto que hay muchos dioses; y muchas justicias humanas: la francesa, la sajona, la turca, la china... la de los viejos y la de los jóvenes. Si ejecutáis un acto a la derecha de un río, os ahorcarán; si lo ejecutáis a la izquierda, os darán la cruz de la legión de honor. La iglesia infalible quemó ayer a Juana de Arco; hoy la canoniza. Se es santo o hereje por razones locales. En el tenebroso drama de Chahileff -o de Mohileff- obró la justicia rusa de 1909, una justicia enderezada a castigar las iniciativas, sean las que fueren, y a perdonar las obediencias gregarias, aunque lleven el rebaño a la más negra [146] bestialidad. Treinta y nueve idiotas obedecieron y mataron; el padre del Anticristo consumó lo que había comenzado el buen Abraham. Paz a ellos y guerra al que fue visitado por la idea, al que reveló las causas ocultas. Lo que no se tolera en Rusia -ni en tantas académicas regiones- es la imaginación.




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