Rafael Barret. Introducción



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Por definición, la ley se establece para conservar y robustecer las posiciones de la minoría dominante; así, en los tiempos presentes, en que el arma de la minoría es el dinero, el objeto principal de las leyes consiste en mantener inalterables la riqueza del rico y la pobreza del pobre. Llega el instante de que la idea de justicia nazca porque la ley, que favorece al poderoso, habría de parecer justa al poderoso, y al humilde, injusta. Sin embargo, nace la idea en sentido contrario: el poderoso encuentra la ley todavía estrecha a su deseo, ya que él mismo la dictó y es capaz de hacer otras nuevas, y el humilde se conformaría con que la ley se cumpliera como se dice y no como se hace.

Hay algo peor que la ley: es la incertidumbre. El terror del infierno se debe no a que las torturas sean excesivas, ni a que sean eternas, sino a que no se sabe lo que son. El que delinque y sabe que será ahorcado, descansa en una realidad espantosa, pero firme. Si ignora qué género de suplicio le espera, su angustia sería intolerable.

Los jueces prevarican algunas veces, y muchas, se equivocan. De aquí procede su prestigio. Un juez infalible no amenaza más que a los culpables; un juez que yerra, amenaza a culpables e inocentes. El es el juez verdaderamente augusto; nada escapa a sus ojos; nadie está seguro con él. Y la idea de justicia, en la mente de los humildes, nace menos verosímil aún que el país de utopía, que la edad dorada; es un ventanillo abierto en lo alto de la prisión, sobre el infinito azul del cielo; es lo irrealizable, lo que florece más allá de la tumba. Sólo Dios es justo: para salir por el ventanillo, hacen falta las alas de la muerte.

Y únicamente en las épocas felices, cuando durante largos años son [125] los jueces incorruptibles, esclavos de lo escrito, es cuando los hombres empiezan a descubrir la formidable injusticia de las leyes.

[GERMINAL, Nº 6, 6 de setiembre de 1908]


El materialismo católico


El catolicismo -el Vaticano, para emplear la palabra exacta- muere porque ha dejado de ser una religión.

Su alma, que era el misticismo y la caridad, ha ido desvaneciéndose a medida que aumentaba su poder político y se consolidaba su estructura burguesa. Convertido fatalmente, por el proceso de la decrepitud universal, es una vasta industria explotadora de las más groseras supersticiones; el vaticanismo se fosiliza a nuestros ojos y pronto será un inmenso sepulcro blanqueado.

Si hoy es imposible ser sabio -o siquiera inteligente- y ser católico -en el sentido en que lo es por ejemplo Pío X, ese fenómeno de sandez augusta-, también es imposible ser católico y ser religioso. No es la ciencia lo que sobre todo nos separa de Roma; es nuestro instinto de la belleza y de la majestad de lo invisible; es nuestra honradez. ¿Qué persona decente admitirá el Dios que aplasta niños en Messina? Para eliminar a semejantes dioses de nuestras costumbres entran ganas de apelar a la policía antes que a la lógica.

¿Qué queda del espíritu de Jesús en el clero?¿Qué queda del sublime manantial? Ya San Pablo, que no conoció al maestro, es un poco áspero. Los papas volvieron la espalda al comunismo desde el siglo III. Los católicos se hicieron capitalistas y militares, usureros y verdugos, y los verdaderos cristianos huyeron a la soledad. La Reforma salvó de la corrupción definitiva una parte del culto pero dentro del vaticanismo el efecto reaccionario trajo a los jesuitas, término con que ahora se designa en todos los países a una cierta categoría de hombres despreciables.

El catolicismo parece por fin reducido a las solas funciones digestivas. Es un paralítico que digiere y defeca en enormes proporciones, y fuera de cuyo vientre ningún órgano trabaja. ¿Dónde encontrar el rastro, no ya del ideal, sino de la idea? El catolicismo, materialista como un banquero hidrópico, trafica y hace política; compra, vende y manda representantes de su partido a los parlamentos; la empresa marcha, los [126] dividendos no son malos. Y, no obstante, ¡cuánto más débil es en medio de su oro, que cuando Jesús no tenía donde reposar la cabeza! ¡Oh, católicos!, ¿qué hicisteis de la cabeza de Jesús? Sois incapaces, con todos vuestros millones, de levantar un templo digno de vuestro pasado, incapaces de añadir un capítulo al Libro, incapaces de producir un santo que no nos haga reír. De la más alta figura de la historia hemos venido a parar a las Marías Alacoque, fletadoras de corazones sanguinolentos a tanto el cromo. Es triste, después de haber bebido en el purísimo manantial bajar a la fétida charca en que se abrevan los fariseos y los temibles asnos de nuestra época.

¡Tristeza de las religiones moribundas! ¿Qué diría Jesús, Él, que llamó al clero de su tiempo raza de víboras, qué diría, si viera el champaña de los obispos y los cheques del Papa; qué diría si viera las imágenes de palo cubiertas de joyas, qué diría si buscando en vano un destello de su prodigioso espíritu en las iglesias, que profanan su nombre, hallase, en la de San Juan de Letrán, en Roma, adorados por la tribu fetichista, su cordón umbilical y... etc.

[EL ALBA, 23 de febrero de 1910]

La sinceridad


No acaba la humanidad de ser libre. Ha tenido amos durante tantos siglos, que aún necesita el amo. Derribados los espesos muros de su prisión, todavía la aprisiona el recuerdo. Todavía la impiden caminar los grillos ausentes. El aire puro la ahoga. El infinito azul la desvanece. La libertad es también un yugo para ella. Llevamos en el alma la marca ardiente de la esclavitud: el miedo.

Nerón encontraría hoy un trono, y Atila un caballo, porque los hombres tienen miedo y reconocerían enseguida el familiar chasquido del látigo. A falta del déspota histórico, soportan un enjambre de tiranuelos que no les dejan perder la costumbre: galones y espuelas, cacicatos políticos, espionaje, capital y usura. El pensamiento teme, la lengua calla, y la sinceridad, como en tiempo de Calígula y de Torquemada, es siempre un heroísmo.

La libertad está escrita; yo no la he visto practicada. Inglaterra es una corte pudibunda; Alemania, un cuartel; España, un convento. No [127] hay pueblos civilizados; hay hombres civilizados. No he visto pueblos libres, he visto hombres libres. Y esos pocos hombres, pensadores, artistas, sabios, no tienen nada de común con los demás. Se les pasea como a bichos raros. Lo han hecho todo sobre la tierra, pero no es probable que lleguen al poder público. Por eso no se les persigue con la crueldad de otras épocas. Son los asombradores del porvenir. Se les mira como a monstruos. Es que pensar, decir, hacer algo nuevo es todavía una monstruosidad.

El miedo es lo normal. Su hábito es la hipocresía, su procedimiento, la rutina. Los que no son estúpidos simulan la estupidez. Hay que imitar a los demás, hay que ser como todo el mundo, como nuestros padres, como nuestros abuelos. Nuestro mayor orgullo es que nuestros hijos sean copia nuestra, y comprobar que la sociedad no ha dado un paso. Ocultemos la vida interior, las ideas, chispas que saltan de la fragua, las pasiones fecundas. Son la desgracia, el pecado. Escondámonos detrás de nosotros mismos, y aguardemos la muerte sin hacer nada.

Se explica la hipocresía del criminal. Comprendo sobre todo la hipocresía necesaria al débil. El débil no puede ser sincero. La sinceridad atrae el rencor, el rencor general provoca lo imprevisto. Sólo el fuerte resiste y ama lo imprevisto. La salvación del débil está en no distinguirse. También el insecto reproduce los matices del árbol que habita, y la víbora, por escapar del águila, se confunde con las ramas muertas.

Lo aborrecible es la hipocresía inútil, universal, que asfixia en germen la originalidad redentora y nos hace lacayos los unos de los otros. La ley de los carneros de Dindenault es la suprema ley. Nuestra existencia es un tejido de absurdos y de cobardías. El traje, la casa, el lenguaje, el ademán; el modo de entender la amistad, el amor y las demás relaciones sociales; las nociones de respeto, honor, patriotismo, derecho, deber; lo que, en una palabra, constituye el ambiente humano, está repleto de contradicciones humillantes, pintarrajeado con los grotescos residuos de un pasado semisalvaje, mutilado en fin de todo lo que signifique unidad y armonía. Cuando el conjunto de las cosas estaba orientado alrededor de un dios o de un príncipe, el espectáculo de la humanidad no era tan desagradable. Hemos suprimido ese foco ideal y hemos obtenido la democracia moderna, caso incomprensible del cual no saldremos mientras no nos decidamos todos a mirar la realidad cara a cara, a ser sinceros y a despreciar la hipocresía.

La mayoría inmensa de los hombres es incapaz de crear una idea, un gesto. Darán la carne de la generación próxima y nada más. A fuerza [128] de acallar su pensamiento lo han enmudecido para siempre; a fuerza de amordazarlo le han estrangulado. Su hipocresía ingénita ha dejado de serlo. De tanto llevar la máscara se han convertido en máscaras inertes, que no encubren sino el vacío. Son los sepulcros blanqueados de Cristo. Parecen vivos, y están difuntos.

Pero en muchos de nosotros se despiertan vibraciones nuevas, se levantan conceptos nuevos del destino y de la voluntad. En muchos de nosotros la razón habla, y no la escuchamos; embriones sagrados se mueven confusamente en nuestro espíritu, y los hacemos morir. Matamos lo que no ha nacido aún: tenemos miedo. Esperamos a que lo nuevo, es decir lo verdadero, lo hermoso, venga de otros. Otros, sí, bohemios melenudos, chiflados, vacilantes, hambre, fiebre. ¡Cómo nos hemos ingeniado en martirizar la dolorosa juventud de los mesías! ¡Cuántas veces les hemos clavado las manos y los pies, y nos hemos reído de su facha lamentable! Por fin se ha descubierto que el talento es una enfermedad, y el genio una locura. Arrastramos la librea burlándonos de los enfermos y de los locos que traen la aurora. Sin valor para libramos ni del oprobio de una vestimenta inexplicable, aguardamos a que cambien la moda los cómicos y las prostitutas.

Nos educamos en el disimulo y en la avaricia. Jamás nos ponen de adolescentes frente a la verdad para decimos «mírala, grítala». No; hay que callar o repetir. Hay que absorber la energía ajena, y petrificarla en nuestro egoísmo. Es preciso que con nosotros sucumba todo lo que vive dentro de nosotros; que con nuestra vida concluyan las futuras probabilidades de una vida superior.

Seamos sinceros. Bella es la máxima de amar al prójimo, y más bella la de amar al prójimo que no vemos, al que vendría mañana. Abriendo nuestra conciencia y al viento y a la luz mientras respiremos, quedarán en el mundo, como prolongación de nuestro ser, formas duraderas o efímeras, nobles o humildes, avasalladoras o débiles, pero formas nuevas, formas vivas que se unirán a otras para engendrar una molécula de armonía, formas esencialmente nuestras, y única justificación, único objeto de nuestra existencia breve.

Seamos sinceros. Libertemos cada día nuestra ingenuidad. Lancemos la semilla al surco desconocido. Suframos, ¿quién ha dicho que la vida es placer? Entreguémonos, ¿qué deseamos conservar, si no logramos conservar nuestros huesos? Entreguémonos. Es el mejor medio de perdurar.

[LA TARDE, 7 de febrero de 1905] [129]


El azar
El azar llenaba el espacio infinito y la eternidad del pasado cuando el hombre apareció: un punto, punto de fuego que no se apagó nunca, ojo que nunca pudo ser cegado. Allí concluía la libertad sin forma del caos, y empezaba la extraña libertad del hombre. Y el hombre construyó su nido; sobre el ojo, la frente; el punto fue una llama minúscula que ardía en medio de lo inmenso; imperceptiblemente retrocedió el azar. Y el nido se ensanchó, y el azar siguió retrocediendo.

La llama vacilante y central iluminaba débilmente masas oscuras, que galopaban en el vacío, siempre enormes y diferentes, monstruos, que caían al precipicio inacabable. La llama persistía. El hombre prolongaba a lo desconocido la constancia de su genio y la identidad de su especie. Semejante a sí mismo, crecía. Lo inerte temblaba a su voz, y se alzaba hacia él. Los delirios desbocados y negros se inclinaban y torcían y deseaban girar en torno de él. En verdad, era el centro. Las rocas se juntaron para abrigarle; las simientes por su mano lanzadas, fructificaron, sus ideas buscaron lo invisible, y los moles sin medida se estremecían en su carrera al cortar los hilos de luz tendidos por el hombre.

Y los pies del hombre hicieron redonda a la tierra, y su mente organizó el firmamento. Los astros obedecieron a la geometría. Los siglos innumerables agitaron sus limpios, y ordenaron sus osamentas en los archivos del globo. El deseo del hombre engendró por fin cosas futuras, y el azar huyó detrás de las estrellas.

Y al huir dejó rastros entre nosotros, brumas, pozos, filamentos siniestros, estelas amenazadoras, errantes vientos, tempestades, catástrofes inesperadas, rápidas traiciones como zarpazos de tigre, la vida, donde hay tanta incertidumbre, y la muerte, donde hay más incertidumbre aún. Pero la muerte misma, que detiene a cada hombre sin detener a la humanidad, no es completamente inaccesible; la hacemos esperar, impacientarse; se la llama; se la violenta, se la mira de frente. El azar que resta no es puro azar; está amasado con nuestro espíritu triunfante. Y siempre queda, para toda conciencia y dentro de sí propia, el refugio supremo, la cima donde nada alcanza, y donde el hombre se siente invulnerable.

Y así como el hombre tiene la virtud vital de perseguir y pulverizar y disolver y aniquilar, el azar que todavía subsiste, y que por numeroso y formidable que parezca no es más que un residuo, tiene también el [130] poder suicida de hacerlo tomar entero y de un golpe, de condensarlo dos veces tenebroso, entre los dedos trémulos del jugador. Basta un gesto para cavar un microscópico Maelstrom capaz de tragarse familias y pueblos. Basta un instante de locura o de cobardía para abrir a nuestro lado un estrecho abismo sin fondo, y para que el universo agujereado pierda su sangre luminosa, y se hunda en la absoluta noche. Baraja, ruleta, trivialidades que encierran el enigma devorador, y ante las cuales el hombre se anula más eficazmente que muriendo, porque la muerte no es azar sino a medias. El que logró señalar su rumbo fantástico a los cometas, se convierte en un espectro inútil, en un testigo idiota y mudo, en la nada. Sobre él, cae el infortunio y el desamparo fundamentales. Así los jugadores se entregan al fatal Océano cuyas orillas han suprimido, y no tienen otro recurso que sortearse para comerse entre sí. En cuanto nuestra razón se retira, el azar avanza, empujado por la presión de los lejanos y colosales depósitos.

Pero entra el tahúr, y se sienta a la mesa de juego, entre los fantasmas esclavos. Valido de la trampa sutil, corrige y guía a la estúpida casualidad. Es el piloto. Ante él huye de nuevo el azar detrás de las estrellas. Ante él la luz renace. En él la humanidad soberana reaparece.

[GERMINAL, Nº 10, 4 de octubre de 1908]


El día de difuntos

Coyuntura es ésta para hablar de muertos y de muerte. Hablar digo, y no pensar, porque dudo que exista hombre ni mujer de tan mutilado entendimiento que sólo piense una vez al año en el misterio y en la necesidad de morir. Pensemos siempre, pues, y hablemos hoy.

Nuestros muertos, ¡cómo viven dentro de nosotros! Esos dos o tres muertos queridos que llevamos muchos en el alma, ¡con qué grave peso nos ayudan a bajar la pendiente de la vida! Si nos separaron de ellos demasiado pronto, y los creímos, en nuestra joven ignorancia, devorados por la segunda muerte del olvido, ¡qué dulce emoción, ahondada en el espíritu con el pasar del tiempo, al sentir que de nuevo se mezclan con nosotros, y nos hablan, y se apoyan cariñosamente en nuestro brazo, y clavan en los nuestros sus ojos resucitados! Muertos que caídos al mar [131] os sumergisteis y después subís en las aguas lentamente y ahora flotáis, volviendo al sol vuestros blancos rostros, ¿será cierto que nosotros también os visitamos, aunque sea en sueños, allá donde estáis y que en la sombra os persiguen nuestras pálidas figuras ausentes?

¿Anudáis y soltáis largos coloquios de silencio con nuestros fantasmas, y engañáis como nosotros la tristeza? Tristeza que nos viene de las cosas que no hicimos cuando era lugar, de las palabras que no dijimos, de todo lo que faltó para despedirse en paz. Tristeza y remordimiento de lo injustos, de lo ciegos que fuimos para los que tanto adorábamos. Descubrimos la profundidad del amor cuando no hay remedio, y nos prendemos a un espectro, y le gritamos lo imposible, y le ofrecemos inútiles tesoros de ternura. Esperamos el supremo día en que, por fin, se nos revelará el destino cara a cara, y entonces...

«El que se muere no da


Lo suyo, sino lo ajeno».

Nuestros muertos, ¿serán entonces verdaderamente nuestros? ¿Nos aguardarán a la otra orilla?

Ya que ellos, al irse, nos dejaron la ilusión de algo de su ser, confiemos en llevarles la realidad de algo nuestro, de algo que recuerden. Confiemos en ser reconocidos.

Alejemos de nosotros el temor, no sólo de desaparecer, sino de que la muerte nos desfigure. Al contrario, ella nos devolverá nuestra efigie auténtica, escondida bajo las miserias y el desorden del mundo visible. No conocemos nuestra propia conciencia. Raros son, de la cuna al sepulcro, los instantes en que vislumbramos nuestras entrañas y medimos al fulgor del relámpago los abismos que en nosotros se abren. Vivimos con la atención fija en lo exterior, que es la mentira, e ignoramos la única realidad de nuestra condición misma. Cometemos el error de preferir la ciencia, la ciencia lamentable, cuyos más firmes cimientos no duran medio siglo, la ciencia falsa, la ciencia bárbara que, incapaz, por definición, de sospechar siquiera lo invisible, se reduce a estudiar con ridícula ceremonia la máscara fría del universo. Y por eso, defraudados, padecemos la sed de la sabiduría, la sed de la muerte. Ella será la maestra. Morir es comprender.

Es manifestarnos. Es nacer. Es el símbolo de la vida plena. Ella nos hace entender que lo físico es provisional. Ella nos muestra su fecundidad al elevarnos y fortificarnos mediante su idea. Aquellos a quienes la muerte es familiar son los más nobles. [132]

Ella nos enseña que ni el dinero, los honores, ni el placer, ni la carne son nuestros. La muerte es una criba que guarda lo esencial. Y si a la criba llegamos con carne satisfecha y un montón de títulos y de oro por todo equipaje, de nosotros nada quedará. Moriremos de veras y completamente, puesto que no supimos de veras vivir.

He aquí por qué nuestra vida debe ser una imitación de la muerte, y por qué los héroes de la vida interior se ocuparon con tanto ahínco de mortificarse, es decir, de hacer la muerte. Es que la muerte no es un aniquilamiento, ni una transfiguración, sino un balance. Define y depura; pone de un lado lo que es nuestro, y de otro lo que no lo es. Y si empleamos la vida en obrar esta separación de lo propio y lo ajeno, del metal y la escoria; si luchamos, por el hierro y el fuego, aunque nos desgarremos y ardamos en cavarnos y encontrarnos y arrancarnos a lo de afuera, la muerte nos hallará dispuestos, y apenas sentiremos su mano glacial e irresistible. Cuando más muertos seamos a lo que no nos importa, cuanto más vivos en nuestra esencia, tanto más nos emanciparemos de la muerte y nos acercaremos a la inmortalidad.

No es lo importante trabajar, sino trabajarnos. La verdad está oculta. Hay que extraerla del fondo de nuestra naturaleza. Hay que ensangrentarnos, hay que desfallecer en busca de la verdad, de lo que no muere, y a ello nos empuja el amor. El amor es divino; él, y sólo él, sabe dónde está la verdad. Por eso los que nos amaron saben cuál es nuestra verdadera cara; ellos nos vieron tales como seremos después de la muerte; ellos, los muertos queridos, nos reconocerán cuando muramos y nos juntemos todos en la otra orilla, y nos darán la bienvenida eterna. Sólo amar no engaña.

[EL DIARIO, 4 de noviembre de 1907]

El valor


La lucha inacabable con la naturaleza ha cambiado de forma.

No son ahora los tiempos en que la noche era terror; el día, caza; en que no había otro problema que el de comer y no ser comido. Sin más refugio que un agujero entre las rocas, sin haber conquistado aún el cortante sílex que se ata a un palo y la llama que hace retroceder las tinieblas donde cuchichea la muerte, el hombre combatía cuerpo a cuerpo con la realidad. Eran sus uñas, sus dientes, sus músculos, sus [133] fundamentales instintos los que se adherían desesperadamente a la vida. Había que salvar a la humanidad de las fauces del tigre y del abrazo del oso. Había que ser astuto; había, sobre todo, que ser feroz.

Pero después la inteligencia, en una inexplicable crisis, creció monstruosamente, y desbordó de los sentidos. Incapaces de seguirla y de servirla, la inteligencia prescindió bien pronto de ellos, y se fue fabricando los delicados o colosales órganos que necesitaba: las máquinas. Y hoy vemos lo invisible, estrellas perdidas en el fondo de los espacios y microbios que viven a millones en una gota de sangre; palpamos casi las moléculas y el éter, apreciamos las más imperceptibles vibraciones y las más formidables magnitudes; escuchamos, a centenares de kilómetros, el susurrar de una voz. Nuestro aliento ruge en las calderas o clama con la dinamita; nuestros músculos de metal aplastan las rocas; nuestras uñas y nuestros dientes abren las montañas; nuestros nervios son una red de alambres que aprisiona la tierra. La eterna batalla no es ya un episodio cruel de la historia de las especies, sino un designio del universo; no es ya una tentativa, es una verdad que marcha con la majestad de un poema; no está hecha ya de incertidumbre y de ferocidad, sino de pensamiento y de valor.

Es preciso tener valor. Doblemente es preciso, porque antes de encontrar la naturaleza hay que encontrar a los hombres; antes de herir y fecundar la realidad sombría hay que herir y fecundar los cerebros entenebrecidos de nuestros hermanos los brutales, de nuestros hermanos los supersticiosos, de nuestros hermanos malvados y débiles. Hay que lanzar las ideas nuevas contra las ideas viejas; hay que conspirar contra el pasado, y barrer los fantasmas. Estamos en camino. El mal persiste siempre detrás de nosotros, como una manada de lobos que aúllan. Detenerse es morir.

El genio no es nada sin el carácter. Si somos cobardes, nuestras ideas lo serán también, y no se atreverán a dejar su rincón oscuro para salir a la luz. Es necesario no proponerlas, sino imponerlas. Sólo resiste a la fuerza lo que la fuerza construye. Como la gran mayoría de los hombres no conoce ni teme más que la fuerza, aceptarán el bien cuando no haya otro remedio. Por eso, lo primero es ser fuertes. Se persuade con los puños, y se defiende la verdad con la punta de la espada.

Los grandes depósitos de energía humana, dinero, dictadura social, masas de obreros y de soldados, está en poder de la estupidez, la crueldad y la avaricia. Nunca ha sido más indispensable el valor que ahora. [134] Sabemos el punto exacto que hay que atacar. Sabemos dónde está la ruta, y por qué sitio del horizonte vendrá el sol. Sabemos que un puñado de espíritus superiores, prisioneros de la inmensa mole esclavizada, son lo único que hace avanzar el mundo. Comprendemos que mientras no les pertenezca el poder político la humanidad no será libre, y sentimos que esa suprema obra exige toda nuestra inteligencia y todo nuestro valor.

Se rechaza el consejo del pacífico sabio, y se acata la orden de un imbécil con el sable al cinto. Afirmemos valientemente nuestra convicción, y no nos dejemos amordazar. El silencio siempre es cómplice. No seamos humildes, no prostituyamos la razón, que nos hace sagrados. La palabra del profeta debe estallar como un trueno. Disciplinemos nuestro organismo, hagámonos amantes de la obstinada lucha. Las ideas, flechas sublimes, se forjan en el reposo, pero es la voluntad la que tiende el arco.

[LA TARDE, 13 de abril de 1905]


El odio


Hay odios que no son más que amor. Cuando Zola, en el primer arranque de su talento titánico, escribió el famoso artículo Mes haines, que es una fulmínea imprecación a los imbéciles y a los hipócritas, demostró heroico amor a la ciencia y a la sinceridad. Benvenuto Cellini discutía escultura a puñaladas en las calles de Florencia. Su puñal estaba tan enamorado al defenderla belleza, como su cincel al retratarla. Delante de Napoleón no había enemigos que aniquilar, ni aborrecimientos que estrangular, sino problemas que resolver. «Para un espíritu superior, decía el sublime combinador de batallas, no existen más que hechos». Napoleón amaba la guerra sin odiar a nadie. Los grandes ambiciosos, nacidos del pueblo para apoderarse del pueblo, fueron grandes amantes de sí mismos. Su vitalidad desbocada engendró el sueño insolente de la gloria, y con fanatismo profético transfiguraron su destino en leyendas deslumbradoras. ¿Quién cuenta las víctimas anónimas del tirano que funda naciones? Su mano ensangrentada es venerable. Su espada y su látigo son reliquias. Sólo el amor arraiga y procrea.

Los fuertes no pueden odiar. Se odia de abajo a arriba. La salud no odia, y el odio absoluto, la obsesión del mal por el mal, el designio de la [135] destrucción inútil es cosa de enfermos. La lucha por la vida, con todas sus ferocidades, no es más que el santo amor a la vida. De las decepciones que exageró sin soportarlas nuestro cerebro anémico, de las humillaciones merecidas que nuestra cobardía y nuestra debilidad hizo fáciles y no dejó castigadas, se amasa nuestro odio. Los que apenas tienen fuerzas para no ser aplastados las emplean únicamente en odiar, y destilan la última defensa de los organismos inferiores: veneno.




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